Contra Cataluña De “El falso aristócrata” El castillo de la noche me aquieta como a un Alástor voluptuoso y muy drogado. Prepárate otro Dry Martini, Christian. Desde tu exilio en feraz aldea feudal gallega ve como esa horda de imbéciles dicen adiós a la mente, al imperio de honra, estima y alabanza, el que te legó papá, la sombra de la honra de mamá, y glorioso razonar como un afamado laurel de tumba. Esta troupe de hijos de puta, de verduleras e imbéciles, de mandriles y horteras, tienen el sabor del populacho y la plebeyez propios del Gran Lelo Lerdo. Hoy oíste por la radio a Quimet I el Capullo y se diría indiscernible de una Juani estelada y una pesadilla subliteraria. Prepárate otra copa, y acaricia los mastines de la niebla. La Verdad sigue su camino con la espada en mano y no en las bocas pastosas de estos trapisondas borderline, en el descosido mongólico de sus discursos. Vete con Jean Harlow -con su fantasma- a un motel de Texas, píntate con rímel las pestañas, filma en blanco y negro los pinos, y olvídate de estos simios y su tambaleante bizquera trunca. Camina por un bosque de heno y sostén las columnas de los bosques y honr

Contra Cataluña
De “El falso aristócrata”

 

 
El castillo de la noche me aquieta como a un Alástor
voluptuoso y muy drogado. Prepárate otro Dry Martini, Christian.
Desde tu exilio en feraz aldea feudal gallega
ve como esa horda de imbéciles dicen adiós a la mente,
al imperio de honra, estima y alabanza,
el que te legó papá, la sombra de la honra de mamá,
y glorioso razonar como un afamado laurel de tumba.
Esta troupe de hijos de puta,
de verduleras e imbéciles,
de mandriles y horteras,
tienen el sabor del populacho y la plebeyez
propios del Gran Lelo Lerdo.
Hoy oíste por la radio a Quimet I el Capullo
y se diría indiscernible
de una Juani estelada
y una pesadilla subliteraria.
Prepárate otra copa, y acaricia los mastines de la niebla.
La Verdad sigue su camino con la espada en mano
y no en las bocas pastosas de estos trapisondas borderline,
en el descosido mongólico de sus discursos.
Vete con Jean Harlow -con su fantasma- a un motel de Texas,
píntate con rímel las pestañas,
filma en blanco y negro los pinos,
y olvídate de estos simios
y su tambaleante bizquera trunca.
Camina por un bosque de heno
y sostén las columnas de los bosques
y honra el temblor belígero de la Idea.
Cómo desprecio su ignominia que atrae infamia,
la Nada bulbosa de sus cerebritos comiendo cacahuetes como monos.
Prepárate otra copa y que vientos congelados agrieten su reino
de hojalata,
su reino farsante y trapacero de vil trementina,
sus enanos enigmas,
sus chismes incesantes y babosos,
sus ojos morados y resecos de buganvillas podres,
su gobierno entre chips, mostaza, ridícula gorrita, y foto de empleado del mes.
Que el tribunal más severo y la cárcel más larga sean su estrellas.
Frente a su disgrafía ágrafa mi paz celestial
de saber Dios existente y bueno,
de saber dominaciones y potestades junto a mi lecho,
y ellos una marca de vómito en su imaginaria patria,
una marca fecal en la loza
de los baños más lúgubres de la historia.

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