
El Sr. Sánchez, en el momento del flechazo con Otegui, llevaba una levita abrochada y unos rampantes pantalones de seda carmesíes. Aires de marcialidad y suma atención al divino bulto en la entrepierna del vascongado. Larguirucho, de ojos grandes, boca «petonera» de fresón, más que chulesco, o antipático, era guapo y vacío, colosalmente vacío. Pese a haberse acostumbrado a la comodidad de la familia y de María Begoña, le rebullía el estómago de maripositas al pensar en Arnaldo, y dibujaba corazones al objeto grande y marmitako de su amor en cuadernos Moleskine. En su habitación, entre gráficos de cosechas de patatas y dígitos sobre la energía eléctrica gastada por los españoles en las horas valles, entre informes del C.N.I. sobre Ucrania y un montón de recortes de periódico, esbozaba poemas de pasión y deseo como un quinceañero.
Otegui era seboso, moralmente muy seboso, arcaicamente peludo, feo, ateo y sentimental. No le gustaba nada cuando todos alabábamos su brusquedad de pasamontañas y su recién impostada bonhomía. Desde jovencito empezó a odiar a lo español. No se lo prohibía el cura, ni los vecinos del villorrio donde triscaba entre ovejas, así que Arnaldo peroraba largas disquisiciones sobre el maligno toro de Osborne y el venenoso gazpacho de Belén Esteban. Y hubiera cambiado cien años encarcelado por poder vivir en su patria como vive un zulú en Zimbabue.
Alforfones, grajos y el Gugenheim se estremecían al saberlos tan enamorados. Los campos de centeno brillaban más. El sexo, el abrazo, más que necesario, era inevitable, como la cerveza del alcohólico. Solo un rufián podría oponerse a sus fornicios, cópulas de luz que a ambos sacaban del abismo.
¿Qué importaba la maledicencia, los antiguos yernos y suegros, las ventanas de los cuarteles tapadas con celosías?
Oponerse a esa historia de amor puro y santo era propio de crueles muchedumbres sin corazón ni cabeza. Amor vincit omnia.
Románticamente cenan ahora en la Tratttoria della Bruna. ¿Durará el affaire?. No lo sé; aquellos que se obsesionan con un misterio no son los más adecuados para resolverlo.
Horacio durante un tiempo frecuentó la escuela epicúrea de Sirón en Nápoles. Allí -presumiblemente- conoció a Virgilio, «la mitad de mi alma«. Esas dos almas al fin se han encontrado y fundido en una.
Un vasto mar separa a Ilión de Roma. Un vasto océano no separará jamás a Sánchez de Arnaldo.

Un saludo Christian 🤗
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