Burton 96

El ritmo de la prosa del Sr. Llovet transmite seguridad intelectual, pero evita el dogmatismo mediante el uso de atenuantes elegantes: ‘és, segons Hobbes…’, ‘es tractaria, doncs…’, ‘si bé resulta pràctic…’. El texto se mueve con el balanceo natural del pensamiento que sopesa pros y contras. Las frases son largas, arquitectónicas, pero nunca farragosas. Por ejemplo, la frase que describe el frontispicio avanza mediante incisos (‘brandant bàcul i espasa’, ‘com volent indicar…’) que van sumando capas de significado sin que el lector pierda el hilo conductor. Hay un balance armónico entre las pausas (comas y puntos y coma).

En apenas tres párrafos conecta la Biblia (el Libro de Job y la traducción de la Vulgata de San Jerónimo) con la Inglaterra del XVII (Cromwell y Hobbes), la Francia del XVI (Bodin) y del XVIII (Rousseau), y la teoría política del siglo XX (Strauss, Schmitt, Arendt) hasta llegar a los dictadores del siglo XXI. Un polímata sin igual. Este tipo de conexiones exigen décadas de estudio y reflexión. No estamos ante una mera reseña bibliográfica, sino ante un ejercicio de racionalismo crítico y memoria viva: el estilo de Llovet demuestra que la única forma de salvaguardar el humanismo en el siglo XXI es mediante una prosa densa pero de suma elegancia, el matiz que evita el dogmatismo y la capacidad polímata (insisto en el término) de hacer dialogar a los clásicos con nuestras propias crisis contemporáneas.

Un sabio catalán señaló: ‘La malenconia no és estament de ànima de tot passiu, ans és la condició per la qual se fa possible la profunda visió de les històries. Car lo malenconiós és aquell qui, veent les runes del temps passat, les cerca ab estudi e les recompon per tal de dar regiment e sentit al temps present. E qui no ha memòria de la tradició e dels antics, estiu en un present perpetual, viciós e buit, e, en darrera instància, és tengut per bàrbar’.

P.S.: Enhorabuena y mi admiración babeante por los señores Josep Montserrat y Roger Castellano.

Burton 95

«Vivimos en un siglo de electricidad, de gas, de guano, de crinolina, de caucho, de fotografía, de drenaje y de sufragio universal; y, sin embargo, somos menos letrados, menos artistas, menos delicados y menos educados que nuestros contemporáneos de Luis XIV, e incluso de Francisco I». Edmond About escribió esto en Le Progrès allá por 1864. Sorprende la vigencia.

Porque la estupidez hoy no consiste en no saber, sino en creer que no hay nada que saber. Hay pueblos en los que la ignorancia todavía pesa como una carga; en otros, en cambio, se lleva con ligereza, casi con orgullo. Allí donde todo debe ser fácil, inmediato y accesible, el esfuerzo intelectual se vuelve sospechoso. La verdadera incultura no es la ausencia de conocimientos, sino la ausencia de deseo de tenerlos. Y esa ausencia, cuando se generaliza, produce una sociedad en la que la mediocridad ya no se corrige: se celebra.

Diversos filósofos han argumentado que, al masificarse la sociedad y democratizarse el acceso al consumo, la cultura tiende a buscar el mínimo común denominador para apelar a la mayoría, transformándose en entretenimiento y perdiendo su función crítica o elevada. Así es. Cada vez desaparece más la alta cultura, sustituida insensiblemente por una cultura mediana o baja. Cada vez son menos los verdaderamente letrados, hoy intercambiados por los medio-letrados.

La democratización de la cultura se entendió mal. En lugar de significar que todos tuvieran las herramientas para acceder a la alta cultura, se interpretó como que toda manifestación cultural es igual de válida y que la distinción entre «alta» y «baja» cultura era un simple prejuicio aristocrático. Al desaparecer el canon y la exigencia estética, el nivel general sufre una caída en picado hacia la frivolidad. La diferencia entre la cultura del pasado y el entretenimiento de hoy radica en que aquella aspiraba a trascender el tiempo, a dialogar con las generaciones futuras y a transformar la sensibilidad o la conciencia de los seres humanos; la cultura del espectáculo, en cambio, agota su razón de ser en el consumo instantáneo, en la diversión fácil que no deja huellas ni exige esfuerzos.

Al asumir que todos los ciudadanos son iguales ante la ley, se infiere erróneamente la conclusión de que todas las opiniones y gustos culturales tienen exactamente el mismo valor, destruyendo la autoridad intelectual y los baremos de excelencia.

Podemos esperar que, si se cumplen las promesas de los reformadores de la educación, el número de personas que sepan leer y escribir aumentará constantemente; pero el nivel de lo que leen y de lo que escriben continuará descendiendo. Nos encontramos ante el peligro de una inflación cultural: cuanto más billetes culturales imprimimos y repartimos a la población, menos valor real tiene cada uno de ellos.

Una cultura de masas corre el riesgo de convertirse en una no-cultura. Cuando las distinciones de clase y las jerarquías espirituales se disuelven en nombre de un igualitarismo abstracto, la cultura deja de transmitirse a través de las familias y de las comunidades orgánicas para pasar a manos de burócratas, comités de expertos y medios de difusión. El resultado no es la elevación de la masa, sino la atomización y la vulgarización de la tradición. Nos encaminamos hacia una época en la que la alta cultura será considerada una excentricidad sospechosa y subversiva, mientras que la masa será alimentada con sucedáneos culturales diseñados científicamente para mantenerla satisfecha y pasiva.

Burton 94

Miren, llámenme snob, antipatriota o innoble elitista, pero esta tarde voy con Austria. Y lo digo sin el menor rastro de culpa.

Me resulta insoportable este simulacro de identidad nacional que se activa solo cuando once protosimios persiguen una pelota. ¿De verdad eso es la patria? ¿Esa es la «gloria» de la que enorgullecerse? Sentir orgullo por nacer en el mismo mapa de fronteras arbitrarias que un futbolista es el consuelo de quienes carecen de logros propios; una forma bastante barata de colgarse medallas. «¡Hemos ganado!», se vocea en los bares. No, usted no ha ganado nada; solo ha gritado mientras su alquiler sigue subiendo y la educación de sus hijos es un desastre sin paliativos. Es más fácil embriagarse con banderas que exigir una ciencia puntera o una industria que no dé vergüenza ajena. Pan y circo, opio del pueblo, festín de las casas de apuestas.

El fútbol no es cultura. En los estadios se ve una regresión evolutiva: masas uniformadas, tribalismo y una agresividad flotante que roza la xenofobia. Sinceramente, mientras el país entero se mimetiza con una célula eucariota debido a los goles, yo prefiero quedarme en casa, en silencio, refugiado en Händel. Llámenlo decadencia intelectual: ahora la máxima catarsis colectiva depende de la roja, y no de un hito científico o literario.

Al final, todo este misticismo no es más que el engranaje de un negocio hipercapitalista diseñado en despachos de Suiza para inflar las cuentas de cuatro magnates de los derechos televisivos. Emocionarse con la selección es, textualmente, tan absurdo como aplaudir los resultados financieros de Amazon.

En fin, disfruten de la alienación. Yo veré el partido de reojo, esperando el gol austríaco.

Burton 93

La estupidez es algo inquebrantable; nada la ataca sin romperse contra ella. Es de la naturaleza del granito: dura, compacta y soberana. A veces me agarra una melancolía que me sobrepasa cuando veo cuán generalizada está la imbecilidad humana. Necesito entonces desinfectarme leyendo a Suetonio o escuchando a Händel. Siento una ola de asco que me ahoga. Me dan ganas de vomitar sobre mis contemporáneos. Me enerva el paisaje y me asalta el deseo salvaje de aplastar a esos millones de memos como si fuesen cucarachas. Al fin y al cabo, la estupidez consiste exactamente en eso: en querer juzgarlo todo, en hablar de todo sin saber nada, en decretar la verdad basándose en prejuicios heredados y lugares comunes que se repiten de boca en boca como si fueran oráculos.

No me engaño. Sé que la imbecilidad es vasta, densa y que da vértigo. Y es impredecible; a diferencia de la maldad, que calcula y tiene un fin, la estupidez carece de brújula, lo que la vuelve infinitamente más peligrosa. Veo a diario una gentualla gobernada por eslóganes y por las mentiras más descaradas, gente incapaz de articular un argumento lógico o una sola oración de subjuntivo, que avanza dañándose a sí misma y a los demás con absoluta impunidad. Van embruteciendo el espacio social con la sombra de ameba de sus mentes; gentes que jamás dudan y que emiten juicios categóricos sobre campos de los que son completamente incompetentes. Son dóciles, gregarios, adictos al bulo, colonizados por una flagrante y voluntaria abdicación del pensamiento.

Sí, el censo de indocumentados aumenta exponencialmente; es una procesión de mentes obtusas que va desde los párvulos hasta la tumba. Lo sé. Pero la estupidez, bien mirado, es un elemento más de la naturaleza, como la lluvia ácida o la entropía. Comprenderlo es crucial, porque la exasperación es un veneno que solo me inoculo a mí mismo. No se puede litigar contra el paisaje.

La imbecilidad opera con la misma fría indiferencia que la ley de la gravedad o una granizada imprevista sobre la cosecha. Exigirle lucidez a la masa es tan estúpido como pedirle al invierno que no hiele. Por pura higiene mental, por mera supervivencia, debo aprender a tolerarlos. No desde la condescendencia —que es otra forma de soberbia—, sino desde la distancia del naturalista que observa una plaga inevitable. La mente humana se cansa e irrita en vano contra aquello que no puede cambiar.

Para vivir en este mundo es necesaria una enorme provisión de resignación. Contra la estupidez, los hombres más brillantes están indefensos si se empeñan en combatirla con la razón. Lo único que nos salva del desprecio absoluto hacia nuestros semejantes es la convicción de que la imbecilidad es un defecto constitucional de la especie. Cuando te encuentres con un hombre estúpido, insensato o grosero, no lo tomes como una ofensa personal; considéralo un hecho puramente objetivo: un obstáculo en el camino, una piedra roma, una rama seca.

Al final, gracias a los tontos, uno aprende el más sabio y necesario de los estoicismos.

Burton 92

Locomía no fue solo un producto de marketing para la España cañí; fue la voladura controlada de la represión nacional-católica a golpe de abanico. Frente al miedo al cuerpo y la obsesión por el control de las costumbres de puritanos y mojigatos, se opuso la libertad, la discoteca, la alegría descacharrante. Para el censor, el abanico de Locomía era «cosa de maricas de Ibiza»; para la historia de la sensibilidad española, fue la apropiación de un elemento del ajuar folclórico patrio para dinamitar el rígido decoro franquista desde el hedonismo.

Sade, aproximadamente: «¡Cómo! ¿Os imagináis que la naturaleza os ha dado esos miembros, esas formas, esa sensibilidad tan viva, para que los marchitéis con la abstinencia o los degradéis con la virtud? No lo creáis. Las pasiones son las únicas antorchas que nos guían en este mundo. ¿Hay algún placer comparable al de la lascivia? ¿Hay alguna sensación más aguda, más deliciosa, que la que experimentamos en el desborde de los sentidos?». Desarreglemos los sentidos. Oteemos a veces el palacio del exceso.

No quiero la libertad harapientamente concedida por el Estado; quiero la libertad que se arranca con las uñas en la oscuridad de un club, allí donde el dolor y el placer se confunden tanto que las palabras ‘correcto’ e ‘incorrecto’ estallan en pedazos. El libertinaje («libertino» viene de «libre») no es un juego de salón para ricos aburridos; es sublimidad estética.

El sexo, el deseo es una fuerza natural pagana y dionisíaca que la sociedad burguesa intenta inútilmente domesticar con sus manuales de buena conducta. La pista de baile, la pornografía, el erotismo y el exhibicionismo no son patologías que deban ser corregidas por terapeutas o comités de ética; son las válvulas de escape indispensables de una energía que se burla de la moralidad humana.

Lo que el Poder teme de verdad es la alegría desbocada, el tropiezo de los cuerpos bailando y que no marchan al ritmo de silbato de la producción. Nos han vendido una vida morigerada, una vida de túnel estrecho, donde el sexo está tasado y las costumbres vigiladas por el miedo al qué dirán o el miedo a la muerte.

D.E.P. Manuel Arjona. Que la orilla de las playas del cielo burlen tu soledad con barrocos abanicos y purpurina.

Burton 91

El artículo es flojito (el mejor Sostres es la peor Belmonte) Sobre su rigor lógico es inútil explayarse. Así como yo uso la provocación y las falacias de forma irónica en mis libros, Sostres se cree sus propios paralogismos sin capacidad de distancia, como un adolescente (y la madurez lo es todo)

Decir que «ser pobre es más fácil porque el resentimiento basta para vivir» o que los pobres «eligen ser víctimas» es una tontuna flagrante. Ignora las barreras, la falta de capital cultural y la ansiedad material real. La queja del pobre no siempre es «una vida de mierda excelente», a menudo es pura supervivencia. Pero, bueno, para escandalizar a su «tieta» le valdrá. Sostres victimiza al opulento. Yo, como hijo de la alta burguesía hacendada, propietaria y culta, le diría -por propia experiencia- que el dinero puede comprar el aislamiento, la seguridad jurídica, y tantas cosas más. Pero, lo que decimos, para ruborizar a la «cosina missaire» ya vale (por cierto, la caricatura del aire acondicionado ni la menciono, que me tengo en alta estima intelectual)

Para Arnold, la clase alta es «bárbara» porque está atrapada en el culto al cuerpo, el estatus, los modales externos y el individualismo, y carece de una luz espiritual o intelectual profunda. Están inmersos en su «aburrimiento» y su «privilegio», en sus balandros y sus escapadas a las montañas nevadas. Arnold aproxidamente escribió: «A nuestra aristocracia la llamamos los Bárbaros; y por esto queremos decir que tienen una fuerte voluntad, una alta consideración por la libertad individual… una gran dedicación a los ejercicios al aire libre y a los deportes caballerescos… Pero las notas de la cultura son el conocimiento y la luz; y de esto, los Bárbaros tienen poco». Los filisteos (la clase media) necesitan ser transformados por la idea de la belleza y de la inteligencia (como venturosamente sucedió en mi familia) El populacho meramente se abandona a sus instintos (o al fútbol, como el culé «abrandat» de Sostres)

A mí los ricos me parecen seres extravagantes y peligrosos; y los pobres redimidos por la queja, un fastidio.»Una societat és habitable quan la majoria de la gent gasta els mateixos vestits, menja els mateixos plats i té els mateixos horaris. El luxe és d’un mal gust de fons incalculable, perquè trenca la continuïtat de la vida social. El ric sempre fa l’efecte d’un home que té por que el robin o que l’enganyin, i aquesta por el fa esdevenir un ésser desagradable», Josep Pla. Leo a Pla desde mi adolescencia cultista. Sostres, de paupérrima formación académica, creo que también.

Burton 90

Profesora Camps, su artículo es una pieza de orfebrería que merece ser leída con la máxima atención, independientemente del ideario político de cada cual. Estamos ante una verdadera lección de civismo, rigor y honestidad intelectual, el reflejo de una de las mentes más preclaras de la filosofía española contemporánea.

Su elegancia en la expresión es, sencillamente, soberbia. Posee usted la rara virtud de los grandes ensayistas: la capacidad de ser profunda sin resultar críptica, y clara sin caer en el simplismo. Cuando nos recuerda que la socialdemocracia tuvo sus «treinta gloriosos» tras la Segunda Guerra Mundial, no solo hace historia; apela a la memoria institucional europea como un cable a tierra contra el cinismo imperante. Su prosa fluye con un ritmo preciso, donde cada palabra está medida. Qué maravilla. Frente a la grosería y la brocha gorda de la política actual, usted apela al debate civil, templado y fiel a Kant, recordándonos que la gesticulación vacía es el verdadero veneno de la democracia. Su cierre, recurriendo al Dante para advertirnos contra la bronca parlamentaria («Lasciate ogni speranza»), dibuja un retrato de su propia personalidad: armoniosa, deliberadora y noble.

Precisamente porque su texto es un monumento a la honestidad, creo que le gustaría tener un alumno —mucho menos capaz que usted— que se atreviera a pensar por sí mismo. De ahí que ose indicarle un par de desacuerdos desde mi modesto punto de vista liberal.

El primero es que afirmar categóricamente que el Estado de bienestar es «too big to fail» y que no caerá por «maquinaciones espurias» me parece una afirmación más normativa que empírica. Cuando la propia demografía nos muestra una pirámide invertida donde llegar a los cien años ya no es una extravagancia, la sostenibilidad del sistema no corre peligro por conspiraciones de la derecha, sino por pura contabilidad básica. Del mismo modo, al abrazar la tesis del «Estado providencia activo» de Rosanvallon para coordinar la formación y el empleo, temo que cae usted en la clásica utopía socialdemócrata. Creer que el burócrata tiene la capacidad de planificar y adivinar qué especialistas necesita el mercado es ignorar que los planes estatales de empleo en España han sido, históricamente, un pozo sin fondo de ineficiencia. Quien mejor coordina esa necesidad es el mercado libre a través de la flexibilidad y el sistema de precios.

Por último, cuando despacha el modelo del «Estado mínimo» asegurando que no merecería el apoyo de nadie, me parece que caricaturiza en exceso las posturas de centroderecha. Ningún partido liberal relevante en Europa defiende hoy el desamparo de los vulnerables o la abolición de la sanidad. Lo que se propone es introducir eficiencia mediante la colaboración público-privada, como el cheque escolar o las concesiones sanitarias. A mi juicio, usted asume que la única forma de garantizar un derecho es que el Estado lo gestione directamente, confundiendo la necesaria financiación pública de un servicio con su obligatoria prestación burocrática.

Me siento algo cohibido al discrepar amablemente con una mujer tan sabia, pero comparto de corazón su hartazgo ante la política de humo y trinchera. Aprovecho la ocasión para enviarle un saludo muy cálido.

Burton 89

A ver, el artículo de Brum está muy bien escrito y te toca la fibra, pero seamos sinceros: peca de una superioridad moral que hace aguas si apuntamos con un bisturí lógico-analítico implacable. Arabia Saudí, los jeques y el tonto útil de Cristiano Ronaldo; a qué dudar de su villanía (y en Ronaldo, pese al jurdó, de su disgrafía) Pero la realidad es displicente. El fondo soberano saudí no imprime los billetes ex nihilo; tienen esos torrentes viscosos de dinero porque nosotros, en Occidente, seguimos llenando el depósito del coche, encendiendo la calefacción y comprando toneladas de plástico. Al final, los millones que se embolsa Ronaldo salen de cada gasolinera del planeta. En la dupla oferta-demanda, no se debe olvidar a la demanda.

El purismo o rigorismo frailuno con el clima olvida que pasamos horas haciendo scroll, viendo streaming o usando herramientas digitales. Esos servidores gigantescos y la inteligencia artificial de la que tanto dependemos ahora consumen millones de litros de agua al día, a veces en sitios con escasez hídrica. Si el sector tecnológico fuera un país, gastaría más luz que Alemania.

La columna de Brum es necesaria para sacarle los colores a la geopolítica, sí, pero es algo tramposa (no me gustaría ser ineducado) Parece comodísimo indignarse con el dinero de los jeques mientras mantenemos un estilo de vida que es al ecologismo lo que Ronaldo a Kurt Gödel. Ese es el desagradable motor que financia el colapso. Ronaldo es el reflejo del espejo donde nos miramos.

P.S.: El artículo está muy bien escrito y argumentado. Mi réplica señala un punto ciego real de la argumentación de Brum: la tendencia a personalizar el mal en figuras como Arabia Saudí o Cristiano Ronaldo y a dejar en segundo plano la corresponsabilidad de los patrones de consumo que hacen posible ese modelo. Solo el sector digital consume ya tal cantidad gigantesca de electricidad y agua, que es comparable a la de grandes economías industriales. No veo fácil desanudar el lío.

Burton 88

Qué mosaico; un sampling o cut up alusivo y tapizado (con no poca efectividad y elegancia) à la Kathy Acker. No pillé todas las referencias; las más célebres, sí.

Yo estudié en Boston y no descubro ningún Mediterráneo —ni hace falta haber vivido allí— al observar lo paletos y aldeanos que son lo que etiquetaríamos como el ‘americano medio’. Bastante cutres; solo hay que advertir al propio Trump, vulgar ejemplo de las peores infraliteraturas.

Pero no soy antiamericano en sentido estricto. Como explicaba Revel en «La obsesión antiamericana», el principal motor de este fenómeno en Europa ya no es la crítica de los defectos reales de su sociedad, sino la necesidad de encontrar un chivo expiatorio para nuestras insuficiencias. Sostener que EE. UU. es la encarnación del Mal permite a intelectuales y políticos dispensarse de analizar por qué sus propias fórmulas fracasan. El antiamericanismo no es un análisis, sino una neurosis colectiva.

Aceptado esto, la excelencia de su alta cultura es indudable. Europa descubrió con fascinación a Faulkner, Hemingway o Fitzgerald porque revolucionaron la narrativa, no porque lo ordenara el Pentágono. Por eso leemos hoy a Emerson, Melville, Hawthorne, Roth, McCarthy, Whitman, Bloom, Quine o Kripke, y disfrutamos de su cine por igual. Lo mismo ocurre con la ciencia: Revel desmontó esa explicación perezosa de que monopolizan los Nobel solo por presupuesto. El dinero no genera inteligencia; lo hace la flexibilidad de sus universidades y su falta de dogmatismo frente a la rigidez y el corporativismo europeo que termina expulsando el talento.

Sin embargo, pretendiendo la osadía de contrarrazonar al propio Revel, lo trágico es que el modelo digital contemporáneo ha globalizado la superficialidad. Ya no es que falten medios intelectuales en un sitio u otro; es que el soporte digital actual —inexistente con esta agresividad en 2002— tiende a disolver la densidad que tanto la literatura como la ciencia necesitan para madurar.

Se avecinan tiempos oscuros.

Burton 87

Estefanía, Estefanía… Eres una analista con una capacidad de lectura política excelente: identificas con precisión las costuras del partidismo, manejas conceptos técnicos como el gerrymandering y desentrañas la hipocresía de los discursos con agilidad. Sin embargo, tu prosa es tu talón de Aquiles: utilitaria, a menudo deudora del lenguaje burocrático y lastrada por el tono más plano del academicismo periodístico.

Al escribir, careces de esa cadencia, de esa prosodia o tempo elegante que solo otorga la familiaridad frecuente con los grandes nombres de la literatura. Tus ideas no caminan; avanzan a trompicones, torpedeadas por muletillas de tertulia y construcciones sintácticas perezosas. Es un fluir traqueteante. Leerte es, a veces, como intentar nadar en un río lleno de pegamento.

Fíjate en estos pocos ejemplos:

«…tampoco hay que obviar que puede dar el vuelco de un escaño en ciertas circunscripciones. El PP obtuvo un representante más en las elecciones generales de 2023 por Madrid, tras el recuento del voto exterior, arrebatándoselo al PSOE. Es decir, que sean pocos o muchos, a veces se ha dado algún cambio, con independencia de a quién beneficie o perjudique. Es en esa tesitura…».

En apenas cuatro líneas repites la misma idea tres veces de forma redundante («dar el vuelco», «un representante más», «se ha dado algún cambio»). Además, hilvanas las frases con conectores de manual escolar («Es decir», «Es en esa tesitura»). Falta fluidez, falta ritmo. Un ensayista literario habría sintetizado toda esa acumulación de datos en una sola frase fulgurante.

O este otro:

«La cuestión es que el posicionamiento del Partido Popular nunca ha pivotado sobre abrir un debate epistemológico sobre la ley de nietos».

Prefiero callar sobre el término «posicionamiento». Pero es que la epistemología es la teoría del conocimiento científico —cómo sabemos lo que sabemos—. El debate sobre la ley de nietos es ético, jurídico o de filosofía política, pero jamás «epistemológico». Quien no lee literatura tiende a usar palabras grandilocuentes del ámbito académico creyendo que aportan prestigio, cuando en realidad emborronan el significado.

Para qué continuar. Vigila, ante todo, tu tendencia irrefragable a la cacofonía. No quiero hacer sangre; en el fondo, me caes muy bien. Pero recuerda que la decadencia del debate público comienza cuando los analistas sustituyen la metáfora viva y la sintaxis flexible por los clichés de la sociología de partido. Solo la familiaridad con los clásicos preserva al escritor de caer en la rústica jerga del burócrata.

«Hay una rara virtud en el observador político: la de no dejarse engañar por las pasiones del momento ni por las bellas palabras con que los partidos bautizan sus ambiciones. Esa lucidez, que disecciona la hipocresía sin cinismo, es el faro de la salud democrática», expresó Alexis de Tocqueville.

A ti no te falta esa lucidez, y te felicito por ello. Sobre el «qué», nos superas a la inmensa mayoría; el problema radica en el «cómo». El lenguaje, Estefanía, no solo tiene una dimensión informativa, sino también una irrenunciable dimensión estética. En el ensayo, el estilo no es el adorno del pensamiento: es el pensamiento mismo.