Sostres sostiene (con teología costumbrista) que el ser humano no puede escapar de su propio vacío existencial ni de su necesidad de trascendencia y perdón. Para el autor, la masa que se vuelca a las calles no lo hace por mera curiosidad, sino porque la belleza y el misterio litúrgico revelan una verdad histórica: que España está hecha «mirando al Cielo», lo que paradójicamente la vuelve un pueblo ingobernable para los poderes terrenales.
Convierte un rasgo históricamente conflictivo (el carácter ingobernable de los españoles, nuestra historia enredada y el resentimiento) en una consecuencia mística: el español no obedece porque, en su fuero interno, solo responde ante el Creador. La coda final sobre el Real Madrid es la típica técnica jesuítica: mezclar lo sublime con lo profano para hacer que el dogma entre de manera más natural.
El Areopagita, en sus tratados sobre los nombres divinos, ya hablaba de cómo incluso las criaturas que parecen alejadas o sumidas en el caos se mueven por la atracción de la Belleza Suprema: «Esta sobreesencial Belleza se llama hermosura porque de ella proviene la armonía de todas las cosas, cada una según su propia naturaleza… Y es el principio de todo, en tanto que es la causa eficiente que mueve el Todo y lo mantiene unido por el amor de su propia belleza. Por eso, todas las cosas, incluso aquellas que parecen negarlo o ignorarlo, tienden hacia lo Bello y lo Bueno por un deseo secreto, pues no hay criatura que no lleve en sí la sed de su Principio».
La frase de Sostres «Dios es la falta que nos hace, nuestro vacío» es una paráfrasis moderna de la antropología agustiniana del corazón inquieto: «Tú mismo excitas al hombre para que se deleite en alabarte, porque nos hiciste para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti. ¿Y cómo te invocaré yo, Dios mío, si cuando te invoco te llamo a mí? ¿Y qué lugar hay en mí adonde venga mi Dios? […] No existiera yo, Dios mío, no existiera en absoluto si tú no estuvieras en mí; o más bien, no existiría si yo no estuviera en ti, de quien, por quien y en quien son todas las cosas».
Péguy y la «Sed de la Voz»: «El pecador, el increyente, no está fuera de la cristiandad; está en el corazón mismo de la cristiandad. Nadie es más competente que el pecador en materia de cristiandad. Nadie, a menos que sea el santo. El laicismo cree haber construido un mundo sin Dios, pero solo ha construido un tejado de paja. Cuando cae la gran lluvia de la angustia humana, el hombre vuelve a mirar hacia arriba, porque su pecado no es una ausencia de Dios, sino el grito herido de su necesidad de Él».
¿Mi propio sentido de la vida? No soy un providencialista. Lo encuentro en la CIENCIA. El verdadero sentido de la vida, la verdadera madurez del espíritu, se alcanza, a mi juicio, cuando miramos al abismo del universo no con miedo a un juez, sino con la audacia de la razón. Sentir que somos una mota de polvo cósmico que, a través de la evolución, ha desarrollado la capacidad de comprender el código de la vida y la física de las estrellas… esa es la verdadera trascendencia. La ciencia no nos deja vacíos; nos llena de una reverencia genuina por lo real. No necesitamos que un pastor nos perdone; necesitamos entender nuestro lugar en la cadena de la naturaleza para ser libres. También en el ARTE. Schopenhauer: «La contemplación de la obra de arte nos arranca por un instante del torrente del deseo y de la servidumbre de la voluntad. Cuando nos perdemos en la belleza de una pintura, en la armonía de una sinfonía o en la arquitectura que desafía al tiempo, dejamos de ser individuos alienados por la necesidad y el egoísmo; nos convertimos en el puro ojo del mundo, en sujetos puros del conocimiento. El arte realiza el milagro que la religión promete en vano: suspende el sufrimiento». Y, por último, en la LITERATURA. Frente a la vanidad y el olvido, la literatura vence a la muerte.
P.S. Gran artículo. Respeto sus tesis provocadoras ¿Leerlo? Fue un placer.
