Azaña podía pronunciar un discurso parlamentario citando a Tácito y a Galdós. Churchill había leído a Macaulay, Gibbon y Shakespeare. Burke escribía como un hombre que había pasado media vida entre historiadores clásicos. Incluso los revolucionarios franceses, con toda su violencia, se expresaban en el lenguaje de Plutarco y Rousseau. Hoy resulta difícil imaginar a un ministro discutiendo una reforma educativa a partir de Quintiliano, Tocqueville o Stuart Mill.
La oratoria política actual (bronca, incivil, y breve, pobre y triste) adolece de falta de sustancia. Se habla mediante construcciones gramaticales idénticas que valen tanto para un mitin como para una crisis institucional: «poner en valor», «hoja de ruta», «resiliencia», «cohesión transversal». Si se quitan los adjetivos de moda, la estructura se viene abajo; es un lenguaje que se muerde la cola sin llegar jamás al dato empírico ni a la premisa lógica.
El político actual no se nutre de la tradición del ensayo político, la filosofía o la historia, sino del dossier ejecutivo sintetizado por asesores de comunicación, del argumentario de partido de la mañana y del pulso de las redes sociales. El resultado es un discurso con la profundidad de un tweet y la consistencia de un eslogan publicitario.
La formación intelectual de Winston Churchill fue bastante heterodoxa. No pasó por Oxford o Cambridge ni recibió una educación clásica profunda como la de muchos políticos victorianos. De joven era más bien un oficial de caballería ambicioso que un erudito. Uno de los episodios decisivos ocurrió cuando estaba destinado con el ejército en la India, sobre todo en Bangalore (1896-1897) Allí se dio cuenta de las lagunas de su educación y emprendió un programa de autoformación feroz. Le pidió a su madre que le enviara libros y leyó durante horas todos los días. Entre las lecturas que él mismo menciona se encuentra Gibbon, Macaulay, Platón, Schopenhauer, Darwin, obras de historia inglesa, militar y parlamentaria. Más tarde, durante sus campañas en Sudán y Sudáfrica, continuó leyendo de forma obsesiva. Qué contraste con nuestros analfabetos funcionales poíticos de ahora.
«La retórica política moderna sufre de una epidemia de simplismo. Se ha producido una quiebra de la confianza en la capacidad del público para comprender el argumento político en toda su complejidad. El resultado es un lenguaje público infantilizado, donde las opciones difíciles se ocultan tras consignas sentimentales o tecnocráticas. Al sustituir la explicación por el eslogan, los políticos no solo degradan el idioma, sino que erosionan la legitimidad del sistema democrático», Mark Thompson, «Sin palabras: ¿Qué ha pasado con el lenguaje de la política?».
Cuando los políticos no se atreven a pensar, recurren a la frase hecha. La frase hecha es un pasaporte para la falta de pensamiento. La decadencia de un pueblo comienza cuando sus representantes confunden la verborrea con la elocuencia y el cliché con la idea; aquel que corrompe el lenguaje, tarde o temprano acabará corrompiendo las leyes y la convivencia.
El charlatán no engaña sobre los hechos, sino sobre sus propias intenciones. No le importa si lo que dice es verdadero o falso; le importa el efecto que produce. El político que recurre sistemáticamente al lenguaje huero, inane y cochambroso ya no respeta la verdad ni para falsearla. Su falta de lecturas e interés por el rigor conceptual se traduce en una indiferencia total hacia cómo son las cosas en realidad.
Las palabras pueden actuar como dosis mínimas de arsénico (Klemperer): uno las traga sin darse cuenta, parecen no tener efecto alguno, y al cabo de un tiempo se nota el efecto tóxico. Si el lenguaje de quienes gobiernan es agresivo y carente de lecturas, la mente del ciudadano se acostumbra a la inanidad y la agresividad. El lenguaje político actual, con su pobreza de vocabulario y su fijación por las frases hechas, devalúa la capacidad humana de discernir. La palabrarería política es contagiosa.
La clase política contemporánea adolece de una llamativa analfabetización cultural; ya no habitan el lenguaje de los clásicos. Al carecer de lecturas, carecen de memoria. Su lenguaje es puramente presentista, una costra de clichés que oculta un vacío espiritual absoluto. Cuando una sociedad tolera que sus gobernantes hablen un idioma degradado, está aceptando la devaluación de su propia altura intelectual.
