Cornaro 4

Llega una edad en que uno empieza a comprender que la mayor parte de las obligaciones sociales no enriquecen, sino que erosionan. Reuniones clandestinas, protocolos del gobierno de Israel, conversaciones repetidas y baldías, cordialidades automáticas… todo ello deja en el espíritu como una película de hastío y de dispersión. Después de ciertas cenas, el único deseo verdadero, máximo e íntimo, consiste en regresar a casa, cerrar la puerta y volver a abrir un libro. La lectura restituye una continuidad interior que el mundo exterior rompe constantemente. Hay personas hechas para la conversación pública y otras hechas para el diálogo silencioso con los autores. Yo siempre he pertenecido más bien a esta segunda especie.

Los libros poseen una amabilidad superior a la de los hombres. No imponen su cargante presencia. No exigen teatralidad ni hipocresía. Permanecen ahí, silenciosos, hasta que uno está preparado para ellos. Y entonces ofrecen una compañía mucho más profunda que casi cualquier sociabilidad contemporánea. El retiro entre libros no nace necesariamente del desprecio hacia los demás, sino de una necesidad de amor mental. Hay espíritus que solo pueden respirar plenamente en el recogimiento. La inteligencia necesita ciertas condiciones: silencio, lentitud, una mesa, una lámpara, el tiempo suspenso.

Vivimos en una civilización que teme el vacío y por eso lo llena todo de «petarrelleig». Pero una conciencia continuamente estimulada termina siendo superficial. Las imágenes profundas solo emergen en la lentitud y en el apartamiento. He sentido muchas veces que el exceso de actualidad empobrece el alma. Saber demasiado acerca del «retruny» inmediato del mundo impide escuchar los movimientos más delicados de la imaginación. Por eso la soledad no es mera retirada: es como una técnica de la percepción sublime.

El hombre verdaderamente cultivado acaba creando una vida interior más intensa que la exterior. Habita simultáneamente muchos siglos, muchas voces, muchos paisajes espirituales. Mientras la sociedad moderna reduce al individuo a presente instantáneo y opinión fugaz, a un puntillismo irreflexivo, la lectura abre dimensiones temporales infinitamente más amplias. Hay momentos en que uno comprende que la verdadera aventura no consiste en multiplicar experiencias exteriores, sino en profundizar unas pocas experiencias esenciales: leer lentamente, contemplar, recordar, pensar. La soledad permite precisamente esa profundización.

Hay una dignidad secreta en el estudioso solitario. Mientras la multitud acémila persigue honores efímeros, él conversa con Aristóteles, Boecio, Virgilio, Erasmo, Montaigne, Hobbes o Sterne. Vive apartado, no por esterilidad del ánimo, sino porque busca una claridad que rara vez existe en la vida pública. El alma humana asciende precisamente cuando aprende a separarse del tumulto vulgar. La contemplación exige distancia. Solo desde cierta soledad puede el hombre mirar rectamente las cosas y descubrir un orden superior.

La soledad no es esterilidad: es una conversación más alta. Allí comparecen Virgilio, Cicerón, Tito Livio, Agustín, Stendhal, Dickens, Jonathan Swift, Sófocles. Los muertos ilustres hablan sin gritar, sin interrumpir, sin exigir máscaras. Ningún amigo vivo posee una fidelidad semejante a la de ciertos libros. El vulgo teme el silencio porque en él se encuentra consigo mismo; el estudioso lo ama porque solo en él puede desplegarse plenamente la inteligencia. Lejos del «brogit» ciudadano, el espíritu adquiere una lentitud fecunda. Entonces las ideas dejan de atropellarse y empiezan a ordenarse con claridad. La soledad devuelve proporción al alma.

Muchos creen que huyo del mundo; en realidad huyo de su inconmensurable trivialidad. Prefiero, como Petrarca o Thoreau, Pascal o Dickinson, una colina silenciosa con un códice abierto a todos los banquetes y honores públicos. La gloria social dura una tarde; una página verdaderamente comprendida permanece para toda la vida.

Mi felicidad ideal siempre ha sido extremadamente simple: una habitación tranquila, una lámpara, algunos libros amados, el murmullo lejano de esta lluvia gallega y la posibilidad de leer durante horas sin interrupción. La mayor parte de la humanidad teme quedarse sola; yo he sentido más bien lo contrario: temor ante la invasión continua de lo colectivo y gregario. Leer no es una actividad pasiva. El gran lector se convierte en cómplice del autor, en recreador secreto de un universo entero. Esa experiencia exige silencio, lentitud y una atención casi voluptuosa. El ruido del mundo moderno —sus consignas, sus periódicos, su política histérica— destruye precisamente esa delicadeza perceptiva de la que nace el arte.

He amado un in-folio encuadernado en plena piel inglesa del siglo XVIII, color avellana oscurecida por el tiempo y por el roce lento de generaciones de manos lectoras. El cuero, fatigado en los bordes, que adquirió una suavidad casi orgánica, semejante a la epidermis seca de una fruta conservada durante décadas en una alacena cerrada. La mayoría de las personas viven envueltas en una neblina de aproximaciones; el escritor busca exactitud. Y esa exactitud solo florece plenamente en la soledad.

Cornaro 3

Me encerraba durante semanas enteras. Leía, escribía y evitaba toda visita. La simple idea de conversar pegajosa y trivialmente con alguien me producía horror. El mundo exterior aparecía como una maquinaria de innegable estupidez, de ininterrumpido ruido. Solo en el aislamiento lograba mantener una cierta plausibilidad mental. Vivo rodeado de una niebla interior donde solo los libros y las ideas poseen algo de consistencia. Paso días enteros sin hablar con nadie y no siento exactamente tristeza, sino una especie de suspensión o paréntesis. Como si hubiese sido retirado del burdo mecanismo general del mundo. Me alegro de ello.

Después de las -poquísimas- reuniones sociales quedo exhausto, como si hubiese entregado fragmentos anatómicos de mí mismo. Conversar exige sostener una continuidad íntima que rara vez siento naturalmente. Solo en mi habitación, entre libros, recupero una suerte de respiración propia. La sociedad no cesa de fabricar rostros falsos. Cada conversación obliga al individuo a adoptar una forma aceptable, una postura, una mueca colectiva. El hombre aislado, aunque padezca su aislamiento, conserva al menos la posibilidad de una relación más auténtica consigo mismo. Las habitaciones silenciosas, las tardes interminables, el polvo dorado suspendido de mi biblioteca, los libros abiertos bajo una lámpara, el crujir del lomo de un viejo libro: allí transcurre la verdadera vida.

Llega una edad en que uno prefiere claramente la conversación de los muertos. Los libros poseen una cortesía y una inteligencia que raramente (o nunca) se encuentra ya en el tráfico del mundo. Leer durante horas en silencio, rodeado de música y de viejas ediciones príncipes, constituye una forma suficiente de felicidad. El mundo moderno resulta casi siempre demasiado grosero, demasiado rápido y demasiado bullicioso para determinadas sensibilidades. La soledad elegante —rodeada de libros, música y recuerdos— es preferible a la sociabilidad degradada. El estudio prolongado, la frecuentación obsesiva de ciertos libros terminan alejando inevitablemente de las formas de la vida ordinaria. Uno ya no encuentra fácilmente interlocutores. Pero esa pérdida tiene también una compensación: la construcción de una conciencia más compleja, ilustrada y exacta.

Cornaro 2

El almuerzo aparecía como una lenta procesión de maravillas. Primero las sopas transparentes y humeantes; luego los pescados fríos rodeados de pepinos diminutos y eneldo fresco; después las carnes con salsas densas cuyo aroma parecía mezclarse con el perfume de los jardines abiertos al verano. Recuerdo particularmente las fresas enormes servidas con crema espesa y helada, y aquellos panes todavía tibios cuya corteza crujía bajo los dedos. Todo ello brillaba sobre manteles blancos, bajo la conversación suave de mis padres y el tintinear de la porcelana. La comida era una extensión de la felicidad familiar, una prueba tangible de que el mundo estaba bien ordenado.

Dolors traía aquellos espárragos cuya punta estaba teñida de malva y azul celeste, como si conservaran todavía los colores del crepúsculo. El vapor subía lentamente y el olor vegetal, fino y penetrante, llenaba el comedor. Mi abuela Pascua los contemplaba casi con respeto. Después venían las aves asadas, cuyo jugo dorado impregnaba las patatas; y las compotas espesas, oscuras, cocidas durante horas, que parecían contener el verano entero reducido a una sustancia dulce y melancólica.

Recuerdo los canelones gratinados cuya bechamel dorada desprendía un perfume dulzón y lácteo. Y el vino servido con discreción, las conversaciones literarias, y al final crema catalana quemada con hierro candente.

Uno de los sonidos y olores de mi vida era ver a mamá cómo freía los pimientos verdes lentamente, hasta que la piel se ampollaba y el aceite adquiría un perfume vegetal y moreno.

El tiempo es el flagelo del hombre.

Cornaro 1

Cielo anubarrado en la aldea. Las nubes descienden por el valle como lentos rebaños, empapando con su sombra los huertos y las eras. Una tenue luz cenicienta se cierne sobre las casas, y el cielo parece estar hecho de un material suave y antiguo, como lana desgastada por el tiempo. El cielo tiene el color de una copa donde alguien hubiese mezclado ceniza y ginebra. Una luminosidad secreta, como la luz tras un cristal esmerilado.

Hoy leí el «Discorso della vita sobria», de Luigi Cornaro. Cornaro pertenecía a la nobleza veneciana y afirmaba haber llevado una juventud desordenada, entregada al exceso culinario y sensual. Según su relato, su salud quedó arruinada relativamente pronto. Los médicos le recomendaron una vida extremadamente sobria: restringir radicalmente comida y bebida. Él obedeció y sostuvo que no solo recuperó la salud, sino también una extraordinaria claridad mental y serenidad espiritual. La tesis central del libro podría resumirse así: La moderación no es privación, sino liberación. El hombre que reduce sus necesidades corporales gana lucidez intelectual, equilibrio emocional, longevidad y una forma superior de placer: la tranquilidad del alma.

Cornaro insiste continuamente en la ligereza como condición del espíritu: “Desde que adopté la vida sobria, me levanto siempre con ánimo alegre; duermo suavemente; trabajo con placer; leo, escribo y converso sin fatiga. El alma se encuentra entonces libre para ejercitarse, porque el cuerpo ya no la oprime con humores espesos ni vapores nocivos”.

A las siete cené frugalmente unas pocas setas con pimientos. Me cobijé bajo el consejo del sabio humanista: “Quien come más de lo necesario entrega al estómago las fuerzas que debían servir al entendimiento”.

¿Qué siento al llevar años comiendo y cenando solo? Una mezcla de melancolía, libertad, ritual y extrañeza, como una decadencia o acaso un exilio íntimo. Un hombre solo, una lámpara amarilla, una copa de cerveza, quizá Schubert al fondo. La comida pierde entonces toda exuberancia social y se vuelve reflexión material sobre el tiempo. Cenar solo tiene algo de escritor ruso exiliado o de profesor de latín venido a menos. La mesa para uno es siempre un pequeño escenario de abandono. Aunque el mantel sea hermoso y la bebida excelente, hay un momento en que el silencio revela que nadie llegará. En algunas cenas silenciosas sentimos de pronto el peso entero de los años vividos, como si cada objeto de la mesa hubiese conservado discretamente el polvo del tiempo. Pero existen hábitos solitarios tan prolongados que la propia compañía comienza a parecer una intrusión. Eso es ya lo que me pasa.

LIMINAR A «ASPAVIENTOS»

LIMINAR A ASPAVIENTOS

Día anubarrado. Mientras escribo este liminar escucho la «Misa en sí menor» de Bach. De cronología imprecisa, a priori el «Sanctus» original ya estaba compuesto de 1724. El resto de obras tardarán hasta mediados del siglo XVIII en completarse. Bach reutilizó muchos de sus antiguos materiales y los expertos en el compositor, según afirma «An Introduction to Bach Studies», llaman a esto «parodia». Bach morirá mucho después, en 1750, de una apoplejía, siendo ya casi totalmente ciego.

Quiero que mi prosa sea como la música de Bach. Eso no consiste en “musicalizar” el lenguaje con adornos sonoros, sino en someter la escritura a una disciplina estructural: hacer que cada frase no solo diga, sino que funcione dentro de un sistema. Bach no es melodía: es arquitectura en movimiento.

El primer principio es el contrapunto. En Bach, varias voces avanzan simultáneamente sin anularse; cada una conserva su independencia y, sin embargo, contribuye al conjunto. En prosa, esto se traduce en la capacidad de sostener varias líneas de pensamiento dentro de un mismo párrafo: una afirmación principal, una reserva, una digresión que no disuelve la dirección, sino que la enriquece.

No se trata de escribir linealmente, sino de pensar en capas.

Theodor W. Adorno lo formuló con su precisión habitual:

“En Bach, la lógica no es exterior a la música: es su propia sustancia. Cada voz es necesaria, y la totalidad no resulta de la suma, sino de la relación interna entre sus partes.”

Aplicado a la prosa: no basta con encadenar frases correctas; cada frase debe ser necesaria en relación con las demás. La escritura bachiana no admite lo contingente.

El segundo principio es la variación. Bach toma un motivo —mínimo, casi neutro— y lo transforma sin cesar: lo invierte, lo desplaza, lo amplía. La identidad se conserva en la diferencia.

En prosa, esto implica volver sobre una misma idea sin repetirla. No insistir, sino desplegar. Cada retorno debe añadir una inflexión, una perspectiva nueva. El lector reconoce el motivo, pero no lo recibe dos veces de la misma manera. Bach no desarrolla ideas: las hace coexistir en un espacio donde cada transformación revela una posibilidad ya contenida en el origen.

La prosa que aspire a esto evita la redundancia y practica la reformulación creadora.

Además de la economía formal, quiero que mi prosa se asemeje a la pintura de Velázquez. Allí donde el pintor trabaja con luz, materia y silencio visual, el prosista debe producir efectos equivalentes con ritmo, sintaxis y selección léxica. No se trata de “describir como Velázquez”, sino de escribir bajo leyes análogas: economía, verdad tonal, respiración del conjunto, dignidad sin énfasis.

En este sentido, resulta iluminador lo que observa José Ortega y Gasset al pensar la pintura velazqueña:

“Velázquez pinta sin retórica. Su arte consiste en eliminar todo lo que no es estrictamente necesario para que la cosa aparezca. No interpreta: deja ser. Y, sin embargo, en esa abstención se cifra una de las formas más altas de la inteligencia.”

Llevado a la prosa: escribir como Velázquez sería no interponerse entre la cosa y su aparición verbal. La frase no comenta: muestra. El estilo no adorna: deja pasar.

Con estos altos propósitos empieza mi libro. Lucio Anneo Séneca insiste en la necesidad de someter el querer al orden de las cosas: “Non quia difficilia sunt non audemus, sed quia non audemus difficilia sunt», «No es que las cosas sean difíciles y por eso no nos atrevamos; es que no nos atrevemos y por eso son difíciles».

“Saepe stilum vertas, iterum quae digna legi sint scripturus”. Amor y libertad, amables lectores.

Tentativas 160

POSTSCRIPTUM

Yo, Christian mi nombre, autor menor, de cincuenta años de viejo, doy aquí por terminado mi duodécimo libro, «Aspavientos».

Hay escritores que poseemos sensibilidad, inteligencia, incluso estilo; pero carecemos de ese algo inexplicable que obliga a nuestros dones a organizarse. Permanecemos dispersos, como talentos que no han encontrado su ley de gravitación. Permitan que me acoja entonces a Joubert: “Los libros no siempre son necesarios. A veces basta con pensamientos justos. Hay autores que no construyen, pero afinan; no levantan edificios, pero pulen las piedras que otros usarán”.

La mayoría de los escritores somos menores, y no pasa nada. Lo raro sería lo contrario. Lo importante es si, dentro de esa minoría literaria, uno ha sido fiel a lo que quería hacer. Y quizá ahí, en esa modestia radical, haya una forma de grandeza negativa: la de quien no funda nada, pero tampoco traiciona del todo aquello que, oscuramente, le ha sido dado entrever.

Buenas noches. Libros, salud y libertad.

Tentativas 159

-Hemos leído casi todas sus entrevistas y de ellas se infiere una máscara o personaje de alguien con un intelectualismo radical (con matiz spinozista), una ironía defensiva (se describe como mediocre, pero con una exageración sospechosa, ridiculiza su propia obra antes de que lo hagan otros), un escepticismo aristocrático, un individualismo extremo, cierto esteticismo ¿Qué atributos implícitos hay en usted que le da vergüenza mostrar?

-De alguna manera los muestro. Me avergüenza mi vanidad hondísima (siempre estoy hablando de mí mismo), la insensatez irracional cifrada en el deseo de aspirar a un lugar en la historia, la necesidad de reconocimiento (quiero ser leído, aunque diga lo contrario), la pueril fantasía de excepcionalidad (que si el C.N.I., el Mossad, mi supuesta super inteligencia…) Estas propiedades se perciben claramente. Me apena ser tan egocéntrico y ridículo.

-No necesariamente es ser ridículo. Puede hacer un retrato de sí mismo sin máscara.

-Solo soy un pobre solitario muy enfermo al que le gusta escribir, alguien terriblemente fracasado, que busca ideales inalcanzables, un tipo dañado, herido, muy, muy herido, falto de amor y ternura, acomplejado, que huye de la vida gracias a una superficial e impostada erudición, que desea ser grande, mejor, que sueña con ser grande porque es incapaz de afrontar cara a cara su terrible pequeñez. Les contaré una anécdota. A los veinte y pocos estaba merendando con mi madre en una granja-pastelería y se mezclaban mis babas con la nata entre mi abundante barba de talibán. Entró una adolescente muy guapa, me miró fijamente, y le acometieron unas arcadas. Ese es el símbolo exacto de mi vida. Perdonen. Prefiero dar por terminada la entrevista. No quiero contar cosas que pertenecen a mi vida, no privada, sino secreta.

Tentativas 158

-Siempre creí que usted no está loco.

-Mire, algo de razón no le falta. Hice un test sobre psicoticismo y respondí al azar las preguntas, después, arrepentido, le dije al psiquiatra que deseaba repetirlo. Esta segunda vez lo contesté concienzudamente. Poco después le dije al médico: «¿Cómo salieron los test?», «Exactamente iguales», contestó él. Ya me dirá usted.

-No hay tanta tradición de escritores locos.

-Abundan más suicidas y alcohólicos o drogadictos, en efecto. Si me permite la confesión, uso un ardid o triquiñuela, a saber, exagero a propósito mis notas de perturbado como un posible pasaporte hacia la pertenencia en la historia de la literatura. Muchos son los elegidos y pocos los llamados, pero en la sección enfermos mentales, subsección esquizofrénicos, puedo tener mi oportunidad. Esto es como una táctica de guerrillas y afino mis cálculos.

-Ya que se confiesa. No parece usted demasiado erótico.

-No tengo veinte años, querido. El placer intelectual es, además, superior al placer sexual. Como usted es muy joven, acaso no lo entienda. La idea de que el placer intelectual puede ser más alto, más duradero o más refinado que el placer sexual recorre toda la tradición occidental —aunque rara vez en forma de oposición simple. El placer que nace de la contemplación intelectual de las cosas es necesariamente más estable y más firme que aquel que depende del cuerpo. El cuerpo está sujeto a múltiples variaciones. El entendimiento, en cuanto comprende, participa de la necesidad; creo recordar que afirmó esto -lo digo a mi manera- Spinoza.

-¿La incultura acarrea consecuencias?

-Tremendas. La verdadera división de la humanidad no es entre ricos y pobres, sino entre los que saben y los que ignoran. Mientras haya hombres que no comprendan, habrá hombres que dominen; mientras haya ignorancia, habrá servidumbre. La instrucción es la gran niveladora, la fuerza que rompe las jerarquías injustas y devuelve a cada individuo su dignidad.

-¿Cuál será su epitafio?

-Tengo escritos unos veinte o treinta poemas-epitafio. En su tumba, Ludwig Boltzmann tiene inscrita su famosa fórmula de la entropía. En la tumba de Schrödinger se muestra asimismo la ecuación fundamental de la mecánica cuántica que concibió. No me gustaría que esculpieran mi efigie con una camisa de fuerza. Preferiría que una línea o dos de prosa memorable -si las tengo- quedaran grabadas en mi lápida.

-¿Cuál es su teoría política?

-A favor del Estado mínimo, limitado a las funciones estrechas de protección contra la fuerza, el fraude y el incumplimiento de contratos; solo ése está justificado. Cualquier Estado más extenso violará los derechos de las personas al obligarlas a hacer cosas que no han elegido. Todo lo que pretende dominarme —sea una idea, una ley o un deber— no es más que un fantasma al que se me invita a servir. Mi patria es mi propia conciencia. No pertenezco a nada, no deseo pertenecer a nada.

-Pregunta tópica: ¿sus sueños?

Allí, todo es orden y belleza,
lujo, calma y voluptuosidad.
Los muebles relucientes, pulidos por los años,
decorarían nuestra habitación;
las flores más raras, mezclando sus aromas
con los vagos perfumes del ámbar,
los ricos techos, los espejos profundos,
el esplendor oriental,
todo hablaría al alma en secreto
su dulce lengua natal.

Baudelaire, naturalmente.

Tejidos bordados, gemas raras, instrumentos antiguos, perfumes exóticos, incunables, editio princeps, la luz que cae a una hora precisa sobre un reloj antiguo, luces, música, risas que flotan en el aire como burbujas de champán.

-¿El fuerte de la gente es precisamente la estupidez?

-«La bêtise es algo sólido, compacto, resistente; nada la detiene», escribió mi admirado maestro Flaubert. La mayoría de los hombres, a mi juicio, no piensan, o piensan superficialmente; no sienten profundamente, o sienten de manera prestada. Y, sin embargo, viven tranquilos, seguros de sí mismos, como si la vida no fuese un enigma. Tal vez la verdadera inteligencia consista en no poder aceptar esa tranquilidad, o tal vez la sabiduría consiste en adaptarse a este pleno sosiego.

-Recomiendo uno de sus libros.

-Ninguno. Se lo digo con total sinceridad y sin afectación. Lean a Homero, Dante, Descartes, Newton, Erasmo, Tácito, William James, Pascal, Maquiavelo, Tucídides, Eurípides, etcétera. Trabajemos, pues, en pensar bien. Las obras de los grandes autores no deben leerse como curiosidades de su época, sino como pruebas de lo que la naturaleza humana es capaz de producir en su forma más alta. Los grandes textos se revelan en la relectura. Leer a los grandes es aprender a sospechar de la primera impresión. No pierdan ni un segundo con un mindundi como yo. De veras. Buenos días.

Tentativas 157

Todo empieza con el chasquido del encendedor y sigue con la primera aspiración, que no es todavía placer, sino un pequeño ajuste, la primera caricia a la amada: el cuerpo reconoce la temperatura, el sabor, la leve aspereza. El humo entra como una idea que aún no ha encontrado su forma; se expande, se demora en los pulmones y la garganta, y luego sale en una figura helicoidal que no puede fijarse, una escritura aérea que se disuelve antes de ser descifrada.

Fumar es repetir esa secuencia, donde cada repetición tiene una variación imperceptible, como si el gesto quisiera alcanzar una perfección que nunca se logra. Mientras tanto, la mente se desliza —no gracias estrictamente al tabaco, sino al ritmo que el tabaco impone— hacia asociaciones oblicuas, hacia detalles que de otro modo permanecerían invisibles.

El tiempo, cuando no pasa nada, es una materia incómoda; el cigarrillo le da una forma, lo divide en intervalos breves, manejables. En una terraza, el humo asciende sin prisa, y uno lo sigue con la mirada como si fuera un argumento que no acaba de formularse. No es necesario pensar mucho: basta con estar ahí, viendo cómo el cigarrillo se consume lentamente, como si se tratara de una tarea.

Se fuma como se mira el polvo en el aire, como se oye el silencio: para no estar completamente solo. Fumar ha estado ligado durante mucho tiempo a una cierta idea de vida intelectual: el café, el libro, el humo. Con una calada por fin encontrabas el adjetivo, la sintaxis a la frase, la metáfora feliz. Hoy sabemos que esa imagen tenía algo de ilusión, incluso de autoengaño. Pero no por ello deja de revelar una verdad: el pensamiento necesita pausas, interrupciones. El problema no es el tabaco, sino creer que sin él no hay pensamiento.

Conste que en mi vida nunca fumé un cigarrillo.

Tentativas 156

-Recuérdenos un poema, así a bote bronto

-Pues un soneto del gran Quevedo. Si no me falla la memoria, procede como sigue:

Estaba una fregona por Enero
Metida hasta los muslos en el rio,
Lavando paños, con tal aire y brio,
Que mil necios traia al retortero.
Un cierto Conde, alegre y placentero,
Le pregunto con gracia.”¡¿Teneis frio?”
Respondió la fregona:”Señor mio,
Siempre llevo conmigo yo un brasero”
El Conde, que era astuto, y supo dónde,
Le dijo, haciendo rueda como un pavo,
Que le encendiese un cirio que traia:
Y dijo entonces la fregona al Conde,
Alzándose las faldas hasta el rabo:
“Pues sople este tizón vueseñoria”.

-Sensacional. Es usted un erudito.

-Pues, si gusta, continuamos con otros versos:

El Prebendado indolente,
Delicado y sibarita,
La quiere joven, fresquita,
Que sea rabicaliente;
Empero cuando ya siente
Ménos robustez y anhelo,
Temiendo la ira del Cielo,
Y del infierno la llama,
Se compone con un Ama,
O con dos si viene á pelo.

-Ja, ja.

-Mire, mire:

Los cojones del cura
de Villalpando,
los llevan cuatro bueyes
y van sudando.

Al cura de Villarejo
de Salvanés,
le llegan los cojones
hasta los pies.

El cura de Morata de Tajuña
se rasca los cojones con la uña,
pero en cambio el de Arganda
se pisa los cojones cuando anda.
¡Rediós, y qué locuras
hacen con los cojones esto curas!

-Cambiando radicalmente de asunto ¿Hay algo que mejore con los años?

-Con el tiempo uno aprende que la claridad no es lo contrario del misterio, sino su forma más precisa. Con los años, también, uno aprende a deberle menos al azar. Por último, la madurez permite hacer conexiones polímatas; cada verdad nueva es una armonía descubierta entre hechos que antes parecían discordantes, aprendes a referir cada cosa a otra; la experiencia no consiste solo en multiplicar hechos, sino en establecer relaciones entre ellos. Véase Plinio el Viejo, Pico della Mirandola, Athanasius Kircher, Alexander von Humboldt, Isaiah Berlin o Leibniz. Llegamos a la experiencia a través de la desilusión; y la desilusión, bien entendida, es el comienzo de la sabiduría. Lo lamentable del tiempo es la corrupción del cuerpo. Yo tuve pufos de esteta.

-¿A la hondura de las palabras llegan las imágenes?

-Ni por asomo ¿Se imagina una serie de Netflix sobre «En busca del tiempo perdido», una película sobre «La crítica de la razón pura», un programa de televisión sobre «El cuaderno gris»? La imagen no piensa, tiene el encefalograma plano. La imagen es total, inclusiva, simultánea; no se presta naturalmente a la disección analítica. El conocimiento que se obtiene mediante palabras —y especialmente mediante argumentos— es, por su naturaleza, más complejo, más exigente, más susceptible de corrección que el conocimiento que se obtiene mediante imágenes. Las imágenes anestesian; las palabras inquietan.

-¿Cuál es su anécdota favorita personal?

-Dos. Cuando tenía trece años me leí «¿Qué hacer?» de Lenin, y me convenció. Me puse en contacto con el PCC, partido de la izquierda extraparlamentaria, y me dijeron que mi función era «intelectual» (yo quería empezar ya a poner bombas) Hice un informe para el partido de un acto organizado por el ayuntamiento, y mezclé a Lautréamont, Rimbaud, Darío con Lenin, la URSS, el alcalde y los pechos de su mujer. Una pieza surrealista. Me expulsaron por «gilipollas». Pero conste que existe una pequeña moto de polvo mía en los anales de la revolución comunista mundial. Con 17 años fui a un cine porno (a la sesión matinal) y, además del olor a zotal inconfundible, precisamente cuando la pajillera comenzaba conmigo su dulce labor, se cayó de la silla de ruedas uno de los siete espectadores de la sala. Nos asustamos, se encendieron las luces, y ayudamos al desvalido. Fue casi como la escena de la resurrección de Lázaro.

-De cuanto se escribe, ¿qué disfruta?

-Poca cosa. No me gusta mucho la retórica literaria de mis coterráneos. El talento es «escadusser». Hay una voluptuosidad de la relectura, una forma de lujo intelectual, que consiste en no buscar ya solo información, sino matiz, tono, inflexión. El lector joven busca argumentos; el lector formado busca las cadencias conocidas. La cultura no consiste en acumular lecturas, sino en haber fijado unas pocas. Hay libros que sirven para informarse y hay libros que sirven para formarse: estos últimos son los que se releen. La repetición no empobrece: refina. Suelo releer lo de siempre que es vano mencionar. Los clásicos no lo son porque sean antiguos, sino porque soportan indefinidamente la relectura sin agotarse.

-¿Somos menos cultos?

-Si no entiendes el recibo de la luz, te pueden engañar con el recibo de la luz. Somos menos cultos y mucho más serviles y manejables. La cultura se ha vuelto un decorado amable, una forma de entretenimiento sin consecuencias. Antes era un ejercicio de riesgo: obligaba a pensar, a tomar partido, a demorarse. Hoy se consume con la misma ligereza que un programa de televisión. Saber muchas cosas —haberlas visto, haberlas oído nombrar— no equivale a haberlas comprendido ni, mucho menos, incorporado. La cultura verdadera es lenta, selectiva, exigente: implica elección y renuncia. Pero el presente nos empuja a la acumulación indiscriminada, a un saber superficial que no se asienta en ninguna parte. Mi maestro Álvarez siempre me recordaba que la barbarie no consiste en la ausencia de libros, sino en su inutilidad. Puede que exista algo de formación técnica, pero la humanística tiende a cero.

-¿Cómo le gustaría ser recordado?

-Con la bondad de mi primer maestro, Josep Tomàs Cabot, como un caballero inactual, y como un lugareño de la Ribeira Sacra que, lo mismo que el general Armada, cultivaba camelias y leía tratados militares del siglo XVIII.