Tentativas 65

(De risu IV)

«Hay algo sospechoso en quien nunca se permite una ironía sobre sí mismo. La risa, cuando no es grosera, introduce una duda saludable en el discurso. Nos recuerda que todo lo que decimos podría haber sido dicho de otro modo, o incluso no haber sido dicho. En ese sentido, la risa no es frivolidad, sino una forma discreta de inteligencia», Javier Marías.

«Me interesa esa literatura que, sin dejar de ser seria, sabe sonreír. No una sonrisa complaciente, sino una que pone en cuestión el propio acto de escribir. Hay libros que parecen ignorar que son libros; a mí me interesan los que se saben libros y, por eso mismo, pueden permitirse una ironía, una leve risa que los salva de la solemnidad», Enrique Vila-Matas.

«Riure és una forma de resistència. No pas el riure buit, que només distreu, sinó aquell que desmunta les impostures. Quan un poble perd la capacitat de riure’s dels seus ídols, ja no és lliure. La sàtira no és un luxe, és una necessitat: és la higiene de la vida pública. I si a voltes el riure sembla cruel, és perquè la veritat també ho és», Pere Quart.

«El món és prou estrany perquè encara l’haguem de fer més seriós. La ironia és una manera de mirar-lo sense quedar-hi atrapat. Quan un personatge meu fa alguna cosa absurda, no és perquè jo vulgui riure-me’n, sinó perquè vull mostrar que la lògica que ens governa és més fràgil del que sembla», Pere Calders.

«La ironia és l’últim refugi de l’intel·lectual en una època de simplificacions. No es tracta de riure per riure, sinó d’introduir una distància que permeti pensar. Quan tot es presenta com a evident, la ironia recorda que res no ho és del tot», Jordi Llovet.

Tentativas 64

(De risu III)

«Nada hay más contrario a la sabiduría que la gravedad afectada. Me gusta una cabeza bien hecha, pero no tensa. La risa, cuando es libre, no ofende a la razón, sino que la acompaña. Es señal de que el espíritu no se ha endurecido en opiniones inamovibles. Reírse de uno mismo es la más alta forma de juicio: quien puede hacerlo ha aprendido ya a no tomarse por el centro del mundo», Montaigne.

«Si quitáis del mundo la risa, ¿qué queda sino una severidad insoportable? Yo, la Locura, he concedido a los hombres este don: poder ver sus propias necedades sin desesperar por ellas. Porque la risa no destruye la verdad, sino que la hace soportable. Gracias a ella, los hombres toleran sus errores, sus ilusiones, sus vanidades. Y en esa tolerancia reside, quizá, una forma de sabiduría», Erasmo de Rotterdam.

«Yo no creería sino en un dios que supiera bailar. Y cuando vi a mi demonio, lo encontré grave, profundo, solemne: era el espíritu de la pesadez. No con la cólera, sino con la risa se mata. Aprended a reír más allá de vosotros mismos: esa es la única victoria», Nietzsche.

«La risa es un gesto social. Castiga la rigidez allí donde la vida exige flexibilidad. Nos reímos del hombre que se automatiza, que se vuelve mecánico en sus gestos, en sus ideas, en su carácter. La risa lo corrige, lo despierta, lo devuelve a la movilidad de la vida», Bergson.

«La raza humana posee un arma verdaderamente eficaz: la risa. Contra el asalto de la indignación, la risa se defiende mejor que la furia. Desarma al adversario, lo vuelve ridículo, y al mismo tiempo nos libera de la tentación de tomarnos demasiado en serio», Mark Twain.

«Prefiero a quien puede reírse de sí mismo que a quien jamás se equivoca. Hay en esa risa una indulgencia que hace habitable el mundo. Sin ella, la vida sería una serie de juicios sin apelación», Charles Lamb.

Tentativas 63

(De risu II)

«¡Ay de vosotros, los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis! Porque vuestra risa es ligera y pasajera, y no nace de la verdad, sino de la satisfacción momentánea. Llegará el tiempo en que lo que ahora os divierte os parecerá vacío, y entonces conoceréis el peso de aquello que habíais tomado a la ligera», Lucas (6,25)

«Como el crepitar de los espinos bajo la olla, así es la risa de los necios. Brilla, estalla, hace ruido, pero no calienta ni alimenta. Es fugaz, estéril, incapaz de sostener nada duradero», Eclesastés (7,6)

«No fue para la risa para lo que hemos sido llamados, sino para la sobriedad del espíritu. Cristo no rió nunca —al menos, la Escritura no lo atestigua—, pero sí lloró. ¿Qué significa esto? Que la vida presente es un lugar de combate, no de diversión. La risa disuelve la vigilancia del alma, afloja la disciplina interior y abre la puerta a pensamientos ligeros, que pronto se vuelven impuros», Juan Crisóstomo.

«La risa inmoderada es señal de un alma que ha olvidado su propio peso. El hombre sobrio no se abandona a convulsiones del cuerpo, porque sabe que toda agitación exterior refleja una agitación interior. Así como el agua agitada no refleja el cielo, el alma que ríe sin medida no puede reflejar a Dios», Basilio el Grande.

«Me aparté de aquellos juegos en los que el alma se derrama en carcajadas sin fruto. Porque, ¿qué es la risa sino una expansión del espíritu hacia lo exterior? Y cuando el espíritu se dispersa, pierde su centro. No condeno toda alegría, pero sí aquella que no tiene raíz en la verdad», Agustín de Hipona.

«El monje debe guardarse de la risa como de una puerta abierta al enemigo. Porque no entra primero el pecado grave, sino la ligereza. Y la ligereza comienza en el rostro, en el gesto, en la risa que no se contiene. Poco a poco, el alma pierde su firmeza y se vuelve incapaz de recogerse», Juan Casiano.

«La risa frecuente revela un corazón vacío. El que está lleno de Dios no necesita reír mucho, porque su alegría es silenciosa. Pero el que carece de ese gozo busca en la risa un sustituto, un eco superficial de una felicidad que no posee», Bernardo de Claraval.

Tentativas 62

(De risu I)

«La risa es satánica, es decir, profundamente humana. Tiene su origen en la idea de superioridad. Pero esta superioridad no es moral: es la conciencia de nuestra caída. Reímos porque nos sabemos caídos, y porque vemos en el otro una caída aún más visible. Así, la risa es el signo de una miseria compartida, pero celebrada como triunfo momentáneo. Es una alegría amarga, una exaltación nacida del abismo», Baudelaire.

«Hay una risa que no nace de la alegría, sino del vértigo. El hombre que ríe así no se eleva, sino que se precipita. Es una risa que no comunica, que no une, sino que separa al hombre de sí mismo. En ella hay algo de desafío, algo de blasfemia: como si el hombre, al reír, negara toda ley, toda medida, toda forma. Esa risa pertenece a los espíritus perdidos», Dostoyevski.

«La risa no es otra cosa que una súbita gloria, nacida de la concepción repentina de alguna eminencia en nosotros mismos, por comparación con la debilidad de otros o con la nuestra anterior. Y aunque parezca leve, este movimiento revela una inclinación constante a la humillación del prójimo, una forma de violencia sin sangre, pero no sin crueldad», Hobbes.

«La risa abre en el hombre una herida por la que se escapa todo lo que creía estable. Nada resiste a la risa: ni la ley, ni el deber, ni la identidad. Reír es, en cierto modo, consentir en la ruina. Es aceptar que el orden moral no es más que una construcción precaria, suspendida sobre el vacío», Bataille.

«Reímos porque hemos comprendido demasiado. Porque todo lo que se presenta como serio —la moral, la cultura, la política— no es más que una mascarada. La risa es el último gesto de honestidad, pero también el más devastador: no deja nada en pie. Quien ríe de verdad ya no puede creer en nada», Bernhard.

«La risa es el grito del espíritu que ha perdido toda ilusión. No es alegría, sino la forma sonora de la desesperación. Reír es abdicar del sentido, es aceptar que todo es igualmente vano. Por eso hay en la risa algo de diabólico: no porque invoque al demonio, sino porque destruye toda posibilidad de redención», Cioran.

Tentativas 61

Hay libros como «Beautiful Disaster» de Jamie McGuire, «Twilight» de Stephenie Meyer, o «The Kissing Booth» de Beth Reekles, que, dados los clichés acumulados, el diálogo pobrísimo, el sentimentalismo continuo y tóxico, o la prosa que no se eleva un centímetro del suelo, serían, a mi juicio, el equivalente literario al kitsch putrefacto de las frutinovelas de Internet.

Las series folletinescas de, digamos, Ponson du Terrail, no eran menos previsibles, ni menos excesivas. Pero al menos conservaban a veces cierta energía verbal.

El paso siguiente es el pulp del siglo XX. Las frutinovelas digitales no inventan nada: perfeccionan el modelo pulp bajo condiciones algorítmicas.

En ellas, el kitsch sentimental alcanza una pureza casi química, esa que Gustave Flaubert habría reconocido como la forma perfecta de la estupidez y que Thomas Bernhard no habría dudado en considerar el estado natural de una cultura entregada a su propia banalidad.

El pionero Charles Nisard escribió: «Ils ne cherchent ni la vérité ni la beauté, mais l’émotion immédiate, grossière, répétée jusqu’à l’usure», «No buscan ni la verdad ni la belleza, sino la emoción inmediata, grosera, repetida hasta el desgaste».

No hay definición más exacta.

Tentativas 60

«Le moi est haïsable». Desdichadamente no sigo esa prudente observación. Soy un rentista pobre y puedo escribir sin preocupaciones pecuniarias.

Recuerdo los terciopelos carmesíes de las cortinas y la lámpara de araña de mi casa barcelonesa: cada prisma de cristal, pulido hasta una minuciosidad casi microscópica, no reflejaba simplemente la luz: la fragmentaba en epifanías. Ahora vivo en un pazo orensano desvencijado y que se cae a pedazos.

Creo que el dinero, respecto a la literatura, puede ser peligroso si contamina la forma. Balzac en «Pere Goriot»: «L’argent est la vie. L’argent fait tout. Il n’y a que l’argent qui compte. Sans argent, vous n’êtes rien; avec de l’argent, vous êtes tout», «El dinero es la vida. El dinero lo hace todo. No hay más que el dinero que importe. Sin dinero no eres nada; con dinero lo eres todo.» Pero, el dinero, sin talento, no es nada.

Follet escribe para que el lector pase páginas y para poder comprarse una mansión con varias piscinas. Nabokov porque el mundo, tal como se presenta, es insuficientemente preciso. La novela no refleja la realidad: la corrige mediante el detalle.

Mi opción es nabokoviana. Mi millón de euros es el recuerdo del esmalte de un huevo de Fabergé—de un verde que recordaba, con una precisión irritante, la superficie de ciertas hojas en mi infancia veraniega gallega— y que parecía vibrar bajo una luz íntima, como si contuviera una vida encerrada.

Tentativas 59

¿És una casualitat que un mateix país produeixi Isaac Newton, Robert Hooke, Robert Boyle i també Joseph Addison o Samuel Johnson? No ho he estudiat, i potser converteixo en veritat allò que no és sinó una conjectura; però la prevalença de l’experiment, de l’observació, del fet empíric i de l’anti-dogmatisme científic probablement influí en la «maniera» dels moralistes anglesos.

En els seus assaigs sobre la tradició anglesa (de Samuel Johnson a William Hazlitt), Frank Kermode insisteix que el moralista anglès no és un sistemàtic, sinó un observador de contingències, un lector del temps present més que no pas de l’eternitat (hi veig una nova ressonància de la ciència)

Cito:

«El moralista anglès no pretén fundar sistemes, sinó corregir il·lusions. La seva autoritat no prové d’una doctrina, sinó d’una atenció sostinguda als usos del món. […] No parla des d’una altura filosòfica, sinó des de l’experiència acumulada de la conversa, de l’assaig, de l’observació dels costums».

Kermode subratlla que aquests autors escriuen en una forma —l’assaig— que és provisional, revisable, oberta:

«La forma de l’assaig permet una moralitat que no s’imposa, sinó que se suggereix. […] Johnson, per exemple, no ofereix una ètica tancada, sinó una sèrie de judicis que han de ser constantment reconsiderats a la llum de noves circumstàncies».

Aquesta propensió empírica i conversacional, al meu entendre, prové de l’aire dels temps i de la influència de la revolució científica.

No gosaria afirmar una dependència directa, però sí una consonància profunda: la mateixa desconfiança envers els sistemes que impulsa l’experiment sembla modelar també la prosa del moralista.

Corregiu-me si m’equivoco, professor.

NOTA BENE: Gràcies per l’article, francament superb. I felicitats al professor Torralba pel llibre i pel premi.

Tentativas 58

Recomiendo la lectura u ojeo de: Stevenson, William D. Jr. «Elements of Power System Analysis». New York: McGraw-Hill, 1975. Y también: Portero Rodríguez, Juan José. «Líneas de alta tensión: ingeniería técnica industrial». Cartagena: Universidad Politécnica de Cartagena, 2009. Cubren el cálculo mecánico de apoyos (torres), el efecto corona, las cargas, las normativa y el diseño estructural. Ante las ilustraciones, ante tal irradiación de belleza de las torres eléctricas uno se queda boquiabierto y solo puede exclamar como San Buenaventura: “Pulchritudo est splendor formae super partes materiae proportionatas”, «Itinerarium mentis in Deum», II. “La belleza es el esplendor de la forma sobre las partes de la materia proporcionadas”.

También es apasionante la lectura de -escrita con una prosa de relojero prístina-: Vavilov, Nikolai I.: «The Origin, Variation, Immunity and Breeding of Cultivated Plants». Waltham, MA: Chronica Botanica, 1951. Una obra fundamental sobre el origen y la variedad del trigo.

Y, en un campo donde existe muy poca bibliografía, lean, si les apetece: Hoare, Syd. «A History of Judo». Yamagi Books, fecha variable. Obra de referencia histórica que intenta reconstruir el desarrollo del judo no solo como deporte, sino como fenómeno cultural, pedagógico y filosófico. El núcleo del libro es la interpretación de Kano: Seiryoku zen’yō (máxima eficiencia) y Jita kyōei (prosperidad mutua)

Me cuenta un amigo librero que, entre los pedidos por Internet, un día se contó uno de los libros más aburridos con los que se topó en mucho tiempo: «British Transport Film Library Catalogue since 1966» [Catálogo de películas sobre el trasporte público desde 1966] En sus páginas se incluyen títulos tan apasionantes como AC electric locomotive drivers procedures [Manual del maquinista de locomotoras eléctricas por corriente alterna], Service for Southend [Con servicio a Southend] y Snowdrift at Bleath Gill [Acumulaciones de nieve en Bleath Gill] Pese al sentir general, me comentaba, de que los libros sobre trenes son extremadamente aburridos, se encuentran entre los más vendidos en su tienda. Sus compradores son siempre hombres y la mayoría luce barba. Suelen ser clientes de lo más afables, quizá por el alborozo que sienten al descubrir el tamaño de la sección de libros sobre trenes en la librería de mi amigo, que comprende unos mil títulos.

Flaubert capta muy bien ese carácter del libro raro como objeto fuera del tiempo. Así nos dice: “Me gustan los libros extraños, raros, difíciles, aquellos que nadie lee. Hay en ellos un perfume particular, algo de moho y de eternidad, como si hubieran sido escritos para un lector que aún no ha nacido. Los libros comunes envejecen; los raros permanecen en suspenso”.

Hay una idea inquietante. La búsqueda supera a la lectura. El verdadero bibliófilo no ama los libros por su utilidad, sino por su rareza. El libro más precioso no es el que se lee, sino el que se busca. La posesión de un libro raro produce una emoción que la lectura rara vez iguala.

Es una fiebre que no conoce límites.

Tentativas 57

Freud, con acendrado sentido común, obsevó que los hombres no son criaturas apacibles, necesitadas de amor, que solo se defienden si se les ataca; al contrario, cuentan entre sus disposiciones instintivas con una buena porción de agresividad. Una agresividad que es una inclinación instintiva autónoma, originaria, que constituye el mayor obstáculo para la cultura. La cultura, insiste el vienés, se ve obligada a realizar enormes esfuerzos para poner límites a las tendencias agresivas del hombre mediante la interiorización de esa agresión. Pero esa represión no elimina la pulsión: la desplaza, la transforma, la acumula.

Nunca deberíamos olvidar el lema de Carl von Clausewitz acerca de que la guerra no es más que la continuación de la política por otros medios. En su tratado clásico «De la guerra», La Esfera de los libros, escribe en la página 53: «En la guerra se entrelazan tres tendencias: la violencia original de su elemento, el odio y la enemistad; el juego del azar y la probabilidad; y su carácter de instrumento subordinado a la razón política. Estas tres tendencias están profundamente arraigadas en la naturaleza humana y no pueden ser eliminadas».

La violencia es uno de los elementos que gobierna nuestra naturaleza. La vida es esencialmente un campo de batalla. Demasiados hombres buscan necesariamente la resistencia, el peligro, el enemigo; y donde no lo encuentran, lo crean. Para nuestro oprobio, la guerra y la crueldad han sido siempre los grandes educadores de la humanidad. Mientras la naturaleza humana no cambie, el peligro de la guerra seguirá existiendo. No hay nada excepcional en la violencia colectiva: es la convergencia de mecanismos ordinarios del cerebro humano.

El gran biólogo Edward Wilson lo expresa con claridad: «La guerra, en el contexto evolutivo, no es una aberración cultural, sino una consecuencia recurrente de la forma en que la evolución ha moldeado nuestra sociabilidad. Somos, al mismo tiempo, la especie más altruista y la más destructiva».

Los seres humanos poseen múltiples sistemas psicológicos que pueden conducir a la violencia: la dominación, la venganza, el sadismo, la ideología. La paz no es el estado natural de la humanidad, sino un logro histórico muy frágil que requiere instituciones, normas y autocontrol. Sin estos frenos, las tendencias violentas pueden reaparecer con rapidez.

Las mazas, el inevitable lenguaje de los hombres.

Tentativas 56

Debiera hablar más de mi infancia; grullas coronadas (Baleiraca pavonina) Pero mucho mejor que ella, más estética, mi infancia se asemeja a la grulla siberiana, de la que habla Ánxos Eliano en «Zoología pintoresca», Ramón Sopena, Barcelona, 1950, pág. 132. De ellas es muy típica la danza nupcional, espectáculo verdaderamente excepcional.

Mi infancia, una buena tierra de labor. Como los loes arcillosos-calcáreos y limosos, continentales y de origen eólico. En esa época Iván IV disfrutaba de la compañía de mi familia.

Sitges, «bistrots» franceses y fútbol con los amigos. Por cierto, ¿por qué los deportes americanos populares no tienen portero?