Las dos de la mañana. En la oscuridad perlada de la madrugada de mi aldea, solo el sonido de un ladrido a lo lejos y el halo orgulloso de las farolas en algunos caminos que la circunvalan. Las ventanas de mi casa reflejan un negro azulado, y el huerto parece barnizado por ojos divinos, atentos. La tierra — fértil— exhala un vapor tenue que se eleva entre los cercados, y los árboles, aún en penumbra, parecen guardar el secreto de un día que ya ha sido vivido innumerables veces. Aire fresco, y ningún viento; aire ligeramente perfumado de hierba. Uno puede pensar sin interrupción. Volúmenes, líneas, superficies que el ojo debe reconstruir con un esfuerzo deliberado. Todo invita a quedarse un poco más, a alargar ese instante en que el mundo todavía no ha empezado a exigir nada.
Salgo al jardín a fumar sentado en la hamaca de hierro de tela naranja. Y pienso en lo extraordinario que es escribir, en el gozo y esta funesta manía deliciosa en que consiste la escritura. La alegría sensual, pictórica -textura y color, pincelada y composición- de la frase. La persecución interminable de un placer incomparable. Construir palabras como lugares de colores. Una necesidad tan absurda como absoluta. Goce refinado de un lenguaje. La vida pasa, pero la frase queda. Todo lo demás es accesorio.
