Cabaleiro 50

La inteligencia se distribuye entre la diestra y la siniestra. Vano mencionar inteligencias soberbias de la diestra: Hayek, Von Mises, Berlin, Friedman, Salisbury, Hume, Locke, Burke, René Girard, Rémi Brague, Robert Spaemann, Fabrice Hadjadj. También Menger, von Böhm-Barker, von Wiese, Lachmann, Kauder, Jay Nock, Chamberlein, Chodorov, Nisbet, y Aron, y Polanyi, y Ropke, y Rueff, y Oakeshott, y Strauss y Voegelin. O Jouvenel, Ortega, Weaver, Revel. Y tenemos a Kirt, a Viereck, Weber, o Julián Marías, Gómez Dávila, Balmes, Donoso Cortés, Bonald, ETCÉTERA ETCÉTERA.

Eso por citar unos pocos clásicos. Es ridículo presuponer la exclusividad moral y epistémica de la izquierda. Subrayemos lo obvio. Es totalitario excluir de la cultura y de la inteligencia política a los autores no canónicamente «progres».

La degradación de maneras, la derrota del pensamiento, el ínfimo nivel intelectual, se reparte por igual ente representantes de la izquierda y de la derecha. No se suele ser capaz de argumentar de modo claro, distinto y terminante, educado y persuasivo. El político promedio impone su ley de farfolla y opinión tabernaria, en lugar de tomarse el trabajo de pensar con rigor y sin paralogismos. Poca arquitectura lógica y mucha afirmación rotunda y emocional. La libertad de opinión es una farsa si la información factual no está garantizada. Cuando la discusión se vuelve tribal, los hechos dejan de importar y el discurso se transforma en propaganda identitaria.

Permítanme estas citas: Karl Popper, «La sociedad abierta y sus enemigos» (1945), «La discusión racional consiste en estar dispuesto a aprender del otro; quien solo busca vencer, ya ha abandonado la razón».

Popper contrapone el debate crítico al combate retórico: sin posibilidad de refutación, no hay pensamiento político serio. Y Raymond Aron, «El opio de los intelectuales» (1955): «Las ideologías simplifican el mundo hasta hacerlo irreconocible; ofrecen claridad emocional al precio de la verdad». Aron denuncia cómo derecha e izquierda pueden caer en la misma tentación: sustituir complejidad por consigna.

La mejor definición de conservadurismo la leí en Oakeshott: «Ser conservador es preferir lo familiar a lo desconocido, lo que se ha probado a lo que no, el hecho al misterio, lo real a lo posible, lo limitado a lo infinito, lo cercano a lo distante, lo suficiente a lo superabundante, lo conveniente a lo perfecto, la risa presente a la felicidad utópica».

Cabaleiro 49

Se insiste, con razón, que en política clásica las instituciones importan… pero -obviamente- los temperamentos también. Cuando los líderes se detestan, la política se vuelve más rígida que los programas. La psicología de los dirigentes, a mi juicio, es una enfática variable política. Posibles coaliciones no fracasan solo por ideología, sino por memoria emocional acumulada, por crispación acumulada. La polarización personal puede bloquear opciones estratégicamente plausibles.

“La política se hace con la cabeza, no con otras partes del cuerpo o del alma; pero para sostenerla se necesita pasión y sentido de la proporción. El enemigo mortal del político es la vanidad… pues convierte la lucha por la causa en lucha por la propia persona”, Max Weber, «La política como vocación» (1919)

“Las relaciones entre Estados o partidos no son puramente lógicas; están mediadas por hombres concretos, con orgullo, resentimiento y memoria. Una decisión que sería racional en abstracto puede volverse imposible por el carácter de quienes deben firmarla”, Raymond Aron, «Paz y guerra entre las naciones»

“El mundo común se destruye cuando los hombres dejan de hablarse; donde el adversario deja de ser interlocutor y se convierte en enemigo moral, la política degenera”, Hannah Arendt, «La condición humana».

Para mí el PSOE y el PP sacrifican la eficacia al gesto histriónico. El fuerte antagonismo de sus líderes es como un teatro que debilita a nuestra nación. La reconcialiación se interpreta como debilidad. Si lográramos un lenguaje más técnico que moral, si se lograse escindir la legítima crítica pública política (argumentos, no insultos) de la negociación privada, si se combinasen convicciones firmes con la disposición a aceptar lo imperfecto, si se diesen estas condiciones, España saldría ganando.

La ecuanimidad se vuelve sospechosa porque la política mediática recompensa el dramatismo, el aparatoso conflicto. Ser tachado de «tibio» es como tener una grave enfermedad. Casi me sé de memoria una cita de Ralf Dahrendorf: “Las sociedades abiertas sobreviven gracias a políticos aburridos: hombres capaces de compromisos grises que impiden catástrofes negras”.

En Alemania, Austria y Holanda hay o hubieron coaliciones entre liberales-conservadores y socialdemócratas. A mí me encantaría una entre el PSOE y el PP (uf, qué dice éste), idearios con mayor afinidad y aire de familia que con los populismos de izquierda o derecha, que siempre los percibí como astrólogos ideológicos frente a los astrónomos del hemiciclo.

Pero nos hallamos ante un cambio cultural. La política democrática se desplaza del acuerdo racional a la afirmación identitaria; el compromiso ya no es virtud, sino sospecha. Ser un equidistante es como ser un estigmatizado enfermo mental. PSOE y PP comparten bases comunes (economía de mercado, Estado de derecho, sociedad abierta etc.); la altura de miras podría unirlos.

Raymond Aron lo dijo con una lucidez que parece escrita para hoy: “Los regímenes libres mueren menos por sus enemigos que por la incapacidad de sus propios dirigentes para reconocerse mutuamente como necesarios”.

Cabaleiro 48

En «Miau» y en varios «Episodios nacionales», Galdós retrata burócratas y políticos que convierten el cargo en supervivencia personal (la política como teatro social donde la ambición privada se disfraza de patriotismo) Si no recuerdo mal -cito de memoria- en determinado momento escribe: “¡Qué país, donde el que manda no gobierna y el que gobierna no manda!”.

Ah, esa añagaza de la impostada virtud de muchos políticos que les sirve de turbia máscara. Hablan mucho y hacen poco …o roban. Un origen antiguo; ya Feijoo en sus «Cartas eruditas y curiosas» escribe: «No hay cosa que más fácilmente engañe al vulgo que el aparato de autoridad. Muchos, sin más mérito que el ruido de su voz o la gravedad del ademán, se constituyen en árbitros de la república, y gobiernan más por la opinión que por la razón. El pueblo juzga por lo exterior; mas el sabio atiende a la sustancia y conoce que debajo del manto grave suele esconderse el interés particular».

Hombres públicos de palabra hueca. Predican una honestidad que nadie cree. Recordemos a Quevedo: «Gobiernan los necios con títulos graves, y llaman razón a su provecho; visten la codicia con capa de servicio y hacen del cargo público mercadería».

Demasiadas veces en España (un país lleno de retrocesos) nos gobernó la farsa y el esperpento. Políticos hinchados de palabras, pero vacíos de soluciones. Eco de palabras sin peso de actos. La patria como un eslogan y el gobierno como ademanes retóricos. El político aprende a sobrevivir en una taimada ambigüedad. Acude a mi mente Valle-Inclán: «Los próceres cruzan la escena inflados de dignidad, pero son muñecos de feria movidos por hilos invisibles. Hablan con solemnidad hueca, prometen mundos imposibles y dejan tras sí un rastro de papeles inútiles y gestos teatrales. España entera parece un espejo cóncavo donde la política se vuelve caricatura.»

En las elecciones aragonesas, a mi juicio, se castigó al PSOE por la tremenda corrupción y las alianzas estratégicas con partidos independentistas y radicales. No me parece mala decisión. Mucho es el clamor. Existe, qué duda cabe, una España digna de ser defendida. Si hay deformación, puede haber recuperación. Ojalá esa no sea una mitología o un sueño vacío.

Cabaleiro 47

Thomas Meyer lo formula de manera casi quirúrgica: la “media democracy” sería la colonización de la política por la lógica mediática, con partidos y élites adaptándose a “fórmulas” del teatro y la producción audiovisual. Lo real adopta la forma de lo visible-viral. Lo que no cabe en 12–25 segundos se degrada a “no existente”. Y lo que sí cabe suele ser la indignación demagógica, la burla, la amenaza, la consigna elemental, el eslogan y la moralina simplona.

Se sustituye el argumento por el golpetazo retórico, la exposición del programa político por el énfasis en señales identitarias excluyentes, la complejidad por la solución y el enemigo simples, y en lugar de diálogo encontramos escenificación del conflicto para consumo del votante. No se intercambian ideas, sino imágenes.

Observamos un estilo sofístico agrupado en binomios: decente / corrupto, pueblo / élite, grupo / territorio, medio / casta, e innumerables falacias que funcionan como anzuelos (ad hominem, ad populum, falacia de intención, pendiente resbaladiza, cherry picking etc.) Y todo envuelto en una emocionalidad directa, populista y espectacularizada. Existe asimismo un retroceso o erosión del pensamiento deliberativo. Por ser ideología “delgada”, el populismo se adapta a izquierda y derecha.

España hoy me recuerda la idea de Salustio de una Roma avariciosa, ambiciosa y corrupta. En «Bellum Catilinae» describe cómo la avaricia “subvierte” la fe, la probidad y las buenas artes, y enseña a tener “todo en venta”. Es, literalmente, un retrato del político que convierte el cargo en mercado. E incluso esta España la asocio a Polibio que, en «Historias» (libro VI), distingue formas “buenas” políticas y sus degeneraciones; para la democracia en concreto, la degeneración es la “regla salvaje de la violencia” (lo que luego se llama oclocracia, el gobierno o dominio tumultuario de la multitud)

Tiempos de grisalla atroz.

Cabaleiro 46

Giorgia Meloni y el ascenso de Fratelli d’Italia; Francia y el auge de Marine Le Pen y el debilitamiento socialista francés; y Alemania con el crecimiento de Alternativa para Alemania (AfD); y los Estados Unidos con el fenómeno Donald Trump; y los Países Bajos y Escandinavia, con el aumento de la derecha identitaria y el retroceso socialdemócrata. Ahora, el auge de VOX en España.

Se observa un cambio de eje político; el voto de izquierda ya no es patrimonio de las clase trabajadora, ni el de la derecha de las clases acomodadas. La derecha populista capta voto obrero y periférico, y la izquierda queda más asociada a sectores urbanos y educativos. Los discursos identitarios funcionan mejor que los tecnocráticos. La izquierda institucional a veces aparece como gestión sin épica. La inseguridad cultural y, en España, la pasmosa corrupción y las alianzas «Frankestein», provocan que parte del electorado busque discursos más firmes o simples. Si en Italia hay tradición posfascista, o en Alemania pesa la cuestión migratoria y la reunificación, en España -repitámoslo- el factor territorial y la reacción a debates culturales tienen un peso particular. Conviene hablar de una familia de fenómenos, no de copias exactas.

***

Me recuerda todo esto algunos referentes históricos, mutatis mutandis, por ejemplo la época de los emperadores Tiberio, Sempronio, o la crisis republicana de los Graco, o bien la Atenas de Cleón.

Acaso esclarezca e ilumine este tren de citas:

Tucídides, «Historia de la guerra del Peloponeso», III (episodio de Corcira): «Las palabras cambiaron incluso su significado habitual para adaptarse a los hechos. La audacia irreflexiva fue considerada valor leal; la prudencia reflexiva, cobardía disfrazada; la moderación pasó a ser una máscara de debilidad. El que gritaba más fuerte parecía más digno de confianza que quien razonaba con calma; y el ciudadano prudente era sospechoso, mientras que el violento encontraba siempre seguidores.»

Salustio y la corrupción del equilibrio republicano: «Después que la riqueza empezó a ser tenida por honor y el ocio por vergüenza, la ambición y la avaricia invadieron el ánimo de los ciudadanos. La antigua moderación fue despreciada, y el pueblo, fatigado de la disciplina, comenzó a buscar líderes que prometían cambios rápidos más que leyes duraderas».

Tácito, «Historias»: «No fue el odio lo que perdió a la república, sino el hastío. Los ciudadanos dejaron de creer en las instituciones y comenzaron a buscar espectáculo en la política; entonces los más audaces ocuparon el lugar de los más prudentes».

Cicerón, «De re publica»: «Cuando el pueblo, fatigado por disputas interminables, entrega su juicio a quienes prometen soluciones simples, la libertad cambia de rostro sin que los ciudadanos adviertan el momento exacto de la transformación».

Cabaleiro 45

(Para Ángeles Pérez)

El trabajo es el opio de las masas. La ociosidad no es haraganería; es libertad frente al esfuerzo inútil. «The greatest luxury is time”,

«El mayor lujo es el tiempo», me gustaría que fuera la divisa del mundo. Tal vez nos olvidamos de vivir. Nos enseñan a ser útiles antes que a estar vivos (queridos, reduzcan la velocidad y quizá vuelvan a notar la fosforescencia intensa de la vida)

No estamos diseñados para vivir como empleados permanentes a la busca de mejores coches y gadgets y estatus. La pereza puede ser un acto de resistencia contra una sociedad obsesionada con el rendimiento; la vagancia y el aburrimiento son una obertura para el arte. Seamos dandis anacrónicos, rentistas budistas.

La gente cree que quien descansa pierde el tiempo, cuando en realidad lo recupera. Un hombre que se permite tenderse al sol, cerrar los ojos y dejar que los pensamientos pasen sin apremio, aprende más del mundo que quien corre sin pausa de una obligación a otra; porque el espíritu necesita intervalos como la música necesita silencios.

Henry David Thoreau, «Walking» (1862): «Creo que no puedo preservar mi salud y mi espíritu si no paso al menos cuatro horas al día vagando por los bosques y los campos, libre de toda obligación mundana. Caminar no es un simple ejercicio físico: es una especie de peregrinación interior. Cada paso disuelve una preocupación y devuelve al pensamiento su ligereza natural».

Si no trabajas, puedes escribir. Yo escribo cada noche no para dejar memoria al mundo, sino para entender mi propio día. En el acto de narrarlo descubro lo que realmente he sentido.

Ah, una buena cerveza tomada lentamente y con moderación, entre amigos y sin prisa; alegra el ánimo más que muchas medicinas. No es la cerveza lo que enferma al hombre, sino la intemperancia y la soledad.

Séneca, «Cartas a Lucilio»: «No rehúyo los pequeños placeres si vienen sin esclavitud. Sentarse, conversar, compartir una copa sencilla: tales cosas son descanso del ánimo cuando no se convierten en necesidad».

Cabaleiro 44

A mi juicio, la ociosidad presenta dos caras, un polo positivo y uno negativo.

Me digo a mí mismo a menudo que la soledad es caldo de cultivo de la melancolía; cuando no hay fricción con el mundo, la mente se vuelve tribunal, verdugo y testigo, todo a la vez. La ociosidad es combustible a esa acedía: “no hay mayor causa de melancolía que la ociosidad; no hay mayor remedio que el estar ocupado” (formulación asociada a Burton)

El eco interior se agrava por rumiación; la mente sin tareas se vuelve una máquina de fabricar fantasmas. La ocupación —aunque sea modesta— funciona como anclaje; saca el foco de la autoobservación mórbida. Y la compañía corrige el espejo deformante: el otro te devuelve proporción (no “solución”, justa proporción)

Como contraargumento (puede haber un ocio fértil) me gustaría citar un pasaje de la lúcida obra de Stevenson, «An Apology for Idlers» (1877):

«La actividad extrema, ya sea en la escuela o en la universidad, en la iglesia o en el mercado, es síntoma de una vitalidad deficiente; y la capacidad para la ociosidad implica un apetito amplio y un fuerte sentido de la identidad personal. Hay una especie de gente medio muerta, rutinaria, que apenas es consciente de vivir salvo cuando ejerce alguna ocupación convencional».

Entre la retirada noble y la haraganería sin forma hay apenas un matiz: el propósito. El ocio sin estudio es muerte y sepultura de un hombre vivo. No llamo buen ocio a la inercia, sino al uso noble del espíritu; es lícito retirarse de los deberes, si nos volvemos hacia estudios mejores. La ociosidad innoble derriba la salud, embota el espíritu y engendra mil imaginaciones vanas. No seas solitario, no seas ocioso… pues la ociosidad es la ruina del cuerpo y del ánimo, nodriza de desórdenes y madrastra de la disciplina, nos advirtió Burton.

Sabias palabras, y difíciles de obedecer.

Cabaleiro 43

Aprendemos tarde a vivir, cuando el cuerpo empieza a enseñarnos sus límites; pero incluso entonces queda algo despierto que aún puede amar lo que perdura. Y, aunque todo parezca vano, el corazón insiste en una sola palabra: todavía.

***

(Zapatero)

Tiene el arte de convertir la ligereza en encantamiento para bobos y la mentira en descuido y rapacería. No parece culpable de nada, porque nunca pone en sus actos bastante seriedad para que puedan tomarse como delitos, delitos que comete y abundan; y así lo vemos ir por la vida dejando tras sí una estela nada pequeña de ruinas morales, sin que nadie supiera decir en qué instante preciso empezó el daño.

De dulzura estudiada, por dentro analiza las posibilidades de rapiña como quien desarma un reloj para ver dónde está el muelle débil. Su bondad aparente es método; su caridad política, estrategia egoísta; su silencio, cuando lo hay, intención aviesa.

Farsante y bribón disfrazado de socialista. Engañador de oficio. Torcido muñeco de feria. Frío, pese a la calidez impostada. El que sermonea virtud y carece de un gramo de principios.

Cabaleiro 42

Juvenal, «Sátiras», I (s. I-II d.C.): “Las leyes se tejen como redes: atrapan a los pequeños y dejan pasar a los grandes”. Y mi maestro Tácito, en «Anales», III: “Cuanto más poderoso es un hombre, menos se somete a los tribunales”.

Las élites buscan ampliar su margen de acción, lo que puede traducirse en una esfera moral propia. La riqueza crea no solo privilegios materiales, sino también una ética distinta. F. Scott Fitzgerald , «The Great Gatsby»: “Eran gente descuidada… destrozaban cosas y personas y luego se refugiaban en su dinero”. Percibo en estos ultrarricos opulencia, pero también miseria privada.

En la Roma tardía grandes latifundistas evadían obligaciones fiscales, contribuyendo al desgaste institucional. En las Repúblicas italianas renacentistas, familias bancarias como los Medici ejercían un poder casi estatal con escasa rendición pública. Los élites tienen otra ley, que no siempre se escribe. Guillermo de Malmesbury, «Gesta Regum Anglorum»: “Quo ditiores, eo securiores a censura”, “Cuanto más ricos, más seguros frente al reproche”. Las élites no desaparecen, se transforman, y justifican sus privilegios mediante nuevas ideologías. Banqueros genoveses, aristocracia eduardiana, magnates de Internet…nada nuevo bajo el sol.

Cabaleiro 41

(Era Trump)

Justiniano I representó la idea de restaurar una grandeza perdida mediante una mezcla de reforma jurídica, propaganda imperial y autoridad fuerte. Su «Corpus Iuris Civilis» no fue solo legislación; fue un plan de restauración. Justiniano hablaba de «renovatio imperii», y hacía un uso intensivo del espectáculo político centralizando el poder.

Alejo I Comneno gobernó en una época de crisis, reconfiguró alianzas, manipuló narrativas y combinó pragmatismo económico con teatralidad política.

También se me ocurren algunas similitudes con Basilio I, y con el papado de Bonifacio VIII y Gregorio VII.

El poder trumpista no se legitima solo por leyes o votos, sino por mitologías políticas capaces de organizar emociones colectivas. Se quebró el optimismo ilustrado clásico. “Democracy is a system that makes the state permanently adolescent.”, Curtis Yarvin, «La democracia es un sistema que mantiene al Estado permanentemente adolescente». Tiempos de grisalla tenebrosa.