Charles 56

Hay sentimientos que pierden su dignidad cuando se exponen demasiado. El corazón tiene zonas que deben permanecer veladas, no por hipocresía, sino por delicadeza. El pudor es una forma de respeto hacia lo que hay de más profundo en nosotros.

Yo carezco de esa discreción interior. Aquí, en las redes, expuse sentimientos íntimos, incluso a veces experiencias alucinatorias y delirantes. Mis padres consideraban muy ineducado y poco civilizado ese exhibicionismo. Me avergüenzo y me culpo de no mostrar cierta reserva, pues el exceso de exposición degrada lo que debería permanecer en silencio, nunca en la plaza pública. Mostrarlo todo es empobrecerse y es indigno.

Pero para alguien que escribe, la experiencia solo se completa cuando se formula. Ahí nace una tensión. Me educaron para que ciertas cosas nunca salieran del hogar. Una red social es como la calle. Si toda nuestra vida la convertimos en palabras, no protegemos lo íntimo ¿Cómo va a ser elegante desnudarse ante desconocidos?

Pido perdón a mis mayores por incurrir en la molesta literatura de tradición confesional. Noto su censura cariñosa, comprensiva, pero grave.

Charles 55

La noche ha sido terrible; el pensamiento no dejaba de girar. Pero por la mañana, con la luz, todo parece más soportable. Lo que parecía insoportable en la oscuridad pierde su poder. Hay días de tormenta y días claros. Pero incluso después de la noche más oscura, la mente puede volver a ver con claridad.

Durante la noche, cuando el pensamiento gira sin descanso, todo parece adquirir una gravedad excesiva; los recuerdos se agrandan y las inquietudes crecen en la oscuridad. Pero llega la mañana, la luz entra por la ventana y, con ella, una especie de indulgencia del espíritu. Lo que parecía terrible en la noche pierde parte de su poder, como si la claridad devolviera al alma su justa medida.

Hay noches en que el pensamiento se vuelve insoportable y la conciencia parece un cuarto demasiado pequeño para contener todas las inquietudes. Pero al amanecer algo cambia: la luz vuelve más simple lo que la noche había complicado, y el espíritu, aunque cansado, vuelve a encontrar una cierta serenidad.

Charles 54

La memoria mezcla a mamá, la muerte y la poesía. Todo nace de la desesperación y de la angustia, pero también de la música secreta de la noche. Oigo, mientras fumo en el jardín, el trino nítido de un pajarillo. Es como si se presentara ante mí su alma. Estoy cansado y me cuesta una enormidad pensar. Debido a un desvelo fuerte las asociaciones salen más rápido de lo que se pueden ordenar; una mezcla de imágenes poéticas, pensamientos sueltos, en varios idiomas y con asociaciones fugaces.

Un instante basta para que el tiempo perdido vuelva a nosotros. De pronto, una pequeña ola sirve para que resucite un mundo entero que creíamos muerto. Y en ese instante comprendemos que lo que llamábamos pasado no ha desaparecido: permanece escondido en nosotros esperando su señal. La noche es profunda y las voces callan. El espíritu clarea. Desaparece la vulgaridad de los gestos y las frases. Mamá con un vestido ibicenco en Peñíscola. Es delicada y evanescente la vida. El tapiz muestra un entramado de estrellas y rostros, de caras y escenas.

Por un instante pensé que ese pajarillo era mamá.

Charles 53

Sufro lo que técnicamense se llama «Ultradian cycling», es decir, soy un ciclador ultrarrápido, con cambios diarios varias veces de humor -de la euforia al hondo abatimiento. El Depakine (ácido valproico) es un estabilizador del ánimo que casi ni me funciona; parece agua. En esos momentos de desajuste emocional no es raro, debido al agotamiento, que surjan figuras visuales inexistentes, percepciones extrañas y voces.

Las olas de la mente se levantan y se desploman con violencia. Un día estoy en la cima del mundo, y, al siguiente, apenas puedo levantarme de la cama, pero a veces, a menudo, eso ocurre en unas pocas horas. Es muy aniquilador pasar de la exaltación más brillante a un abatimiento negro en pocas horas, varias veces, que la mente se eleve a alturas vertiginosas y después caiga como una piedra al fondo del pozo. Oscilo de la energía ardiente a una masa viscosa que no puedo atravesar, de ser un animal salvaje lleno de luz a estar enterrado en cuevas muy oscuras.

Ahora se apodera de mí una grave sensación de inutilidad y vacío, de falta de energía y de desidia. Estoy haciendo un esfuerzo sobrehumano para escribir estas líneas. Las figuras geométricas que ocupan mis ojos no me permiten enfocar bien la pantalla y las voces demoníacas me insultan y pretenden humillarme. No puedo más. De veras que no puedo más. He pensado en ingresarme unos días si hay plaza en el manicomio o bien acudir ahora a urgencias.

La noche me está cayendo como un yeso denso en la conciencia; siento casi una navaja abriéndome cada una de las vertebras; noto como unas afiladas cuchillas de una turbina que me despiezan. No puedo más. Les juro que la desesperación es clamorosamente real e intensa.

Todo se vuelve confuso. El silencio es una losa. La soledad murmura ideas incomprensibles. Brota una angustia tangible, febril, rota. Mi yo se deshace como nieve debajo de la lluvia. No soy. No puedo existir. Me rodea una mascarada de puntiguados libros hostiles en mi biblioteca. La languidez es una dentellada intolerable. Y no puedo dormir y corretean las ratas por mi habitación. Exhausto e inmóvil respiro con pulmones de piedra.

No puedo más. Es probable que dentro de nada llame al 112.

Charles 52

Denunciemos una ilusión con fuerza, a saber, el hecho de que intelectuales, científicos u hombres de letras ocupamos un plano superior de humanidad. En mis libros, conscientemente y con afán de provocar, jugué a esa especie de elitismo intelectual despreciador, pero nunca lo creí y siempre supe que era solo una añagaza o falacia.

A los lectores obsesivos nos ronda un problema: la tentación aristocrática del espíritu. Uno puede decirse de manera infantil: “He leído mucho, he estudiado, entiendo cosas difíciles; ergo, soy superior”. Pero ello obvia un aspecto crucial de las vidas: el papel del azar. Mi familia era rica, me estimulaba culturalmente, gocé de clases privadas de idiomas, música y dibujo, tuve acceso a una exquisita educación de élite y medios económicos de sobra. El capital cultural casi siempre se hereda o bien lo facilita el entorno. Por ello, los privilegiados, debemos sentir esencialmente gratitud y humildad.

Además la excelencia humana es plural. Se puede centrar en la valentía, o en la bondad, en la competencia artesanal, en la inteligencia práctica, en la sabiduría intuitiva. Si bien se piensa, el clasismo cognitivo hacia todos los que disfrutan del deporte, la televisión, o los entretenimientos de masas, suele apuntar o indicar inseguridad cultural y narcisismo intelectual.

Lo más importante de mi argumentación: no existe una única vida valiosa. Los fines sobre el valor humano son plurales. Un artesano, un campesino, un ingeniero etc. son formas de esplendor, o pueden ser formas de esplendor, absolutamente legítimas.

El ensayista Michel de Montaigne fue uno de los primeros en denunciar la vanidad del erudito.

“La mayor parte del conocimiento que adquirimos no hace sino inflar nuestro orgullo. Creemos que sabemos algo y empezamos a despreciar a quienes no lo saben. Pero el verdadero fruto del estudio debería ser la modestia y el reconocimiento de nuestra ignorancia”.

Blaise Pascal enfatizó el orgullo de la razón. Criticó el orgullo intelectual con una claridad extraordinaria.

“El hombre está lleno de orgullo. El sabio se cree superior al ignorante porque sabe algunas cosas más; pero ignora infinitamente más de lo que sabe. El conocimiento humano es tan limitado que debería inspirarnos humildad y no vanidad”.

El pensador Alexis de Tocqueville advirtió contra el desprecio de las élites culturales hacia el pueblo.

“Hay una forma de orgullo particularmente peligrosa: el orgullo del hombre instruido que desprecia a quienes no han recibido educación. Ese orgullo es injusto, porque la educación depende muchas veces más de las circunstancias que del mérito”.

No cabe duda de que la cultura es valiosa. Pero es miope despreciar los gustos, el lenguaje y las maneras del hombre común (a menos que eso se haga como un subterfugio o mecanismo retórico literario) A veces sentimos que se desprecian nuestra inteligencia y saberes, pero no debemos pagar con la misma moneda esa injusta humillación.

Bajo el pelaje del erudito o del intelectual se emboscan no pocas esterilidades. No inflemos puerilmente nuestro ego. La sabiduría auténtica comienza cuando uno reconoce que la inteligencia no agota la vida. La vida ordinaria es susceptible de darnos grandes (y necesarias) lecciones.

Charles 51

Desde la Antigüedad muchos pensadores han mirado con desconfianza las pasiones colectivas del espectáculo, ya fueran carreras de caballos, luchas de gladiadores o juegos atléticos. Al mismo tiempo, otros defendieron el valor del ejercicio físico y del entusiasmo popular.

El poeta satírico romano Juvenal lanzó una de las críticas más célebres contra el espectáculo de masas en Roma.

“La antigua plebe que otorgaba imperios, consulados y legiones

hoy ya no se preocupa por nada. El pueblo que antes concedía mando a los ejércitos, ahora solo desea dos cosas: pan y juegos de circo”.

El filósofo presocrático Jenófanes comparó la gloria del atleta con la del sabio. “Si un hombre vence en los juegos con sus pies o con su fuerza, la ciudad lo honra más que al sabio. Pero mi sabiduría es mejor que la fuerza de hombres y caballos”. Aquí aparece ya el conflicto entre intelecto y deporte.

Mientras escribo estas líneas, escucho al Real Madrid por la radio jugando la Champions. A mí mente acude Nabokov: “Nunca he podido entender el entusiasmo por los juegos de masas. Me parecen espectáculos de una monotonía casi hipnótica. Prefiero observar el vuelo de una mariposa durante diez minutos antes que ver un partido entero”.

Cuando la multitud se reúne para divertirse, la inteligencia suele quedarse en casa. El fútbol cumple funciones tribales, gregarismo, catarsis, identidad (a veces violenta) de grupo. La mayor parte de los hombres no tiene pensamiento propio. Por eso necesitan continuamente distracciones externas que ocupen su mente. Cuando no trabajan, buscan ruidos, espectáculos y diversiones.

El ruido de las multitudes y el bullicio de los espectáculos

les sirven para escapar del vacío interior.

Las masas necesitan excitaciones simples, gritos, colores, banderas, competiciones. Allí donde la inteligencia declina, la multitud se reúne para celebrar su propia trivialidad. El entusiasmo colectivo es una forma de minusvalía.

Pero el ser humano no es solo razón; también es emoción, juego y comunidad. Por eso el mundo puede contener al mismo tiempo la biblioteca y el estadio. Y cada persona se siente más cómoda en uno de esos dos territorios.

Charles 50

Soy una «rat de bibliothèque». En Don Quijote de la Mancha, Cervantes crea quizá la sátira más famosa contra la vida absorbida por los libros. El hidalgo enloquece por leer sin descanso novelas de caballería.

“Del poco dormir y del mucho leer se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros: encantamientos, desafíos, batallas, heridas, requiebros, amores y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de soñadas invenciones. Para él no había ya otra historia más cierta en el mundo”.

La crítica es clara: la lectura puede sustituir la experiencia hasta deformar la percepción de la realidad. Los hombres que pasamos nuestra vida entre libros apenas conocemos a los hombres. Creemos comprender la naturaleza humana porque leímos mucho sobre ella, pero no vimos ni observamos a los hombres reales. Salimos del gabinete de lectura llenos de sistemas y teorías, pero ignorando lo que sucede en el corazón humano y en la vida común.

El hombre que vive únicamente entre libros corre el riesgo de convertirse en un fantasma. Aprende las palabras de la vida, pero no la vida misma. Ha leído sobre aventuras, viajes, amores y peligros, pero su propia existencia permanece inmóvil entre cuatro paredes. Yo no miro el mundo directamente, sino a través de citas. Y no hablo yo; hablan por mí los autores que leí.

Por eso Nietzsche lanzó una frase demoledora: “Hay hombres que han leído demasiado para ser sabios”.

Charles 49

Vino el fontanero y su ayudante a mi casa. Hablaron de canalones, arquetas, sifones, pendientes, pozos ciegos y uno siente que oye una lengua extranjera— una experiencia muy antigua en la historia de los intelectuales. La civilización europea siempre ha tenido dos mundos paralelos: el mundo de las manos, de los oficios, y el mundo de la mente, de los libros y las ideas.

Y muchas veces ambos mundos apenas se comprenden. El erudito puede leer griego antiguo, pero no saber arreglar una cerradura; el carpintero levanta una casa, pero quizá no entiende un soneto de Góngora.

Los hombres que se dedican al pensamiento viven en un mundo singular. Saben cosas extraordinarias sobre lo remoto y lo abstracto, pero ignoran lo inmediato Pueden hablar durante horas sobre la esencia del tiempo o de la moral, pero si una cerradura se rompe o una tubería gotea, quedan tan desarmados como niños.

La inteligencia moderna ha conquistado el universo, pero ha perdido la habilidad de manejar los pequeños objetos de la vida.

Siempre me he considerado extraordinariamente incompetente para los asuntos prácticos. Durante años no supe cómo funcionaban las cosas más elementales de la vida doméstica.

Los mecanismos, los arreglos materiales, las pequeñas artes de la vida diaria me resultaban misterios casi tan profundos como la metafísica. Puedo discutir sobre lógica matemática o sobre la estructura del universo, pero soy incapaz de arreglar una puerta que no cierra o comprender cómo se repara un objeto roto. El mundo material siempre me pareció una maquinaria incomprensible.

No sé construir ni reparar nada. Me he dedicado a las letras, y ellas me han hecho inútil para muchas cosas que los hombres comunes hacen sin pensar. Vivo rodeado de instrumentos y artefactos cuyo funcionamiento desconozco. Sé quién fue Platón o qué es la relatividad, pero no sabría fabricar una mesa, ni una silla,

ni explicar cómo se construye una casa. Vivo gracias a técnicas que no entiendo. Sé muchas palabras y muchas teorías, pero no sé hacer nada.

Todos dependemos unos de otros para las cosas más simples.

Charles 48

Esta es la única verdad que les voy a decir de mí, y que no sirva de precedente. Soy, por naturaleza, un actor. Mi oficio consiste en fingir una vida mientras vivo otra. Llevo una máscara dentro de otra máscara, y con el tiempo corro el riesgo de olvidar cuál de ellas cubre el rostro verdadero.

Para mí la simulación no es una desviación moral, sino la herramienta principal, mi ser y existir en el mundo. Vivo de engañar, de fingir, de representar papeles. Soy un profesional del disfraz, un intérprete en un teatro donde nadie debe saber que hay teatro.

Vivo una doble vida, y, en el fondo, ninguna de las dos es del todo verdadera. Debo aprender a mentir con naturalidad, a inventar recuerdos, enfermedades, experiencias, a adoptar afectos que no siento y narrar anécdotas o tramos biográficos que no existieron. Tu mayor talento consiste en parecer exactamente, hacer absolutamente plausible, lo que no eres.

Hace décadas que represento mi papel con obstinación. Casi nadie conoce el motivo secreto de mis gestos y escritos. Imposto sin vacilar y les tengo engañados de un modo absolutamente convincente.

Mi vida solo fue persuadir a los demás de que soy (esquizofrénico, escritor, poeta, solitario) exactamente lo que no soy.

Charles 47

Sudoración, hormigueo en la mandíbula, dolor apretado en el pecho, taquicardia abrupta, intenso mareo, sensación apocalíptica de catástrofe; todo encaja perfectamente con un ataque de pánico que ocurre simultáneamente a mientras escribo estas líneas.

La angustia sube desde el pecho como una marea invisible. No es estrictamente solo un dolor, sino una invasión del cuerpo por algo desconocido que lo llena todo de alarma. Voy a morir. Nada es real. Todo velado y fantasmal, una propensión al desvanecimiento de ideas y cosas. Un temblor interior, una inquietud que no tiene objeto. Todo parece posible y al mismo tiempo imposible. El corazón golpea como si quisiera salir del pecho. Voy a morir. El pánico llega como un relámpago interior, una súbita certeza de que algo terrible está a punto de ocurrir, aunque la razón diga que no. Que Dios me ayude. Voy a morir.