Eliot 181

Me gusta el pío campesinado rural, las capillas silenciosas, las vieiras, los perfumes caros y el Châteauneuf-du-Pape. Deportes, comida y un poco de arte no me parecen un mal ideal para la gente común.

La simpatía y el amor son más importantes para mí que la desdeñosa y fría razón (en esto opino igual que Burke).

Hoy, el término que se utiliza para hablar de cultura es el antropológico que acuñó originariamente Tylor en su obra Primitive Culture: «La cultura o civilización, entendida en su amplio sentido etnográfico, es ese todo complejo que abarca el conocimiento, las creencias, el arte, la moral, el derecho, las costumbres y cualquier otra competencia o hábito que haya adquirido el hombre en tanto que miembro de una sociedad». Es decir, un conglomerado de procesamiento de información mediante el aprendizaje.

Discrepo solemnemente de esta dictadura definicional —hoy universal, generalísima y avasalladora, que engendra el contradiós de permitir hablar de «cultura nazi» o «cultura pedófila»—. Con el fin de evitar disputas terminológicas y centrarnos en la materia misma de las cosas, propongo una definición alternativa.

Para mí, cultura es la adquirida en las buenas universidades: aquella que forja la percepción y el juicio autónomos, que libera de la tiranía primigenia de lo mediocre, que provee de ingredientes subversivos y cuya gama de ideas y hábitos de pensamiento siempre eleva y jamás envilece (la verdadera cultura es un vector de avance, nunca de degradación). La cultura es búsqueda y anhelo de perfección, un temple de sentimientos y pensamientos de subido tenor, una pasión científica y moral cuya raíz se nutre del estudio y análisis de la perfección misma.

Aunque su impulso sea noblemente humano, su consumación es siempre patrimonio de una minoría selecta. Su retiro y soledad la defienden del contagio de las masas urbanas; el campesinado, en cambio, conserva —o conservaba al menos— una propensión espiritual más robusta y leal. La cultura, así entendida, puede concebirse como una suerte de religión secular.

A mi juicio, es preferible la televisión a un best-seller prefabricado o a una saga juvenil. La cultura pertenece a unos pocos. Los ideales ilustrados fracasaron. La Odisea, Middlemarch o los Elementos de Euclides no están hechos para todos los paladares. Y no me parece mal.

Eliot 180

Me gusta trabajar (mi trabajo no es muy exigente: dar clases y traducir para ganarme el pan, y escribir —esfuerzo sin refrendo en el mercado, lo que me hace sospechar que algo hice mal).

La haraganería y el ocio son puertas por donde se cuela el diablo. Pero sin placer esta vida es insufrible. Quien no haya entendido que una copa de buen vino, un libro sabio y un cuerpo desnudo sobre sábanas limpias son la única justificación de estar vivos, no ha entendido nada de este absurdo paso por el mundo. «La vulgaridad reside en la ignorancia de los sentidos, en el conformismo de quienes comen por alimentarse o tocan por reproducirse. El verdadero placer es un rito aristocrático de la inteligencia: saber demorarse en la piel del otro, reconocer la sombra de Venecia en el fondo de una mirada, beber despacio sabiendo que la noche se acaba y que la muerte vendrá puntual a cobrarse la cuenta. Por eso cada minuto de dicha debe ser un robo perfecto al destino», escribió en Al sur de Macao mi añorado maestro Álvarez.

Los paraísos futuros que nos prometen los mesiánicos socialistas o comunistas son otro género de literatura sangrienta. Mi alegría se cifra en tocar a una joven hermosa como onda rumorosa de luz, delicada como sol de paja entre los encinares. Gozar su peculiar simetría imperfecta, con un ligero desajuste que vuelve inolvidable cada uno de sus gestos, esa ligerísima imperfección que excita, que atrae eróticamente. Su andar, que parece una frase escrita con puntuación algo azarosa: pausas inesperadas, énfasis súbitos, un ritmo que no se deja anticipar. Los pezones como granos de café. El sexo húmedo como toisón dorado.

Y además del erotismo, la cultura. En estos tiempos de velocidad y pantallas, recogerse con un libro, con su alto tempo giusto, es un acto hedonista de insumisión. Admirar el rigor de los juicios lógicos, el esclarecimiento de los asertos filosóficos, gozar de las figuras metafóricas impresas como una sinestesia en la mente contemplativa. Poco más.

El verano. Feliz Ferragosto.

Eliot 179

Los dichosos cascos para la bici. Las memas clases de masturbación en la escuela. O la fijación de topes al precio de los alquileres en «zonas tensionadas». La reforma del Código Penal para derogar el delito de sedición y modificar el de malversación, así como la tramitación exprés de la Ley Orgánica de Garantía Integral de la Libertad Sexual (conocida como «Ley del solo sí es sí» y que provocó la condena en el bochornoso caso «Rubiales»). Demasiadas intromisiones.

La libertad individual es el único bien irrenunciable, y, sin embargo, es el que con mayor mansedumbre, con una muy preocupante aquiescencia de los españolitos, entregamos a la voracidad de los gobiernos. El Estado contemporáneo se ha convertido en un monstruo que no se conforma con administrar los recursos ajenos mediante el expolio fiscal: pretende legislar sobre nuestros vicios, nuestras cocinas, nuestra cama, dictar nuestras virtudes y examinar hasta el último rincón de la intimidad humana bajo la coartada de protegernos de nosotros mismos. ¡Vaya tiranía! Pues sí, nada hay más tiránico que un poder que invade tu vida asegurando que lo hace por tu propio bien (la gentualla termina renunciando a decidir qué le conviene y acepta mansamente lo que el Estado ha decidido que debe convenirle). Frente al rebaño complaciente y la tiranía de la mediocridad, la disidencia y el hedonismo consciente son, a mi juicio, las últimas trincheras de la dignidad y la civilización.

El hombre contemporáneo vive anestesiado, dopado, entregando parcelas enteras de su albedrío a cambio de una falsa promesa de seguridad, una seguridad imposible que, obviamente, nunca llega. La intromisión del Estado en las costumbres, en el lenguaje y en las decisiones más personales del ciudadano no es progreso; es la muerte lenta de la libertad en nombre de la grisalla colectivista y paternalista que no tolera la grandeza ni la singularidad. Nos quieren a todos abobados y mediocres como Yoli.

La sociedad libre no depende de la supuesta benevolencia de los gobernantes, sino de establecer límites estrictos e infranqueables al poder coactivo del Estado. Pero ocurre que no ponemos límites, damos felices nuestra anuencia, permitimos el liberticidio, ergo, nos volvemos todos gilipollas y esclavos.

Eliot 178

Si usted ha estado votando por políticos que prometen darle cosas gratis a expensas de gravar a los ricos, debe recordar que el gobierno no puede darle nada a nadie que no se lo haya quitado primero a otro. Cuando se grava el capital y se castiga el éxito para financiar el asistencialismo, lo primero que huye es la inversión, y los que pagan el precio más alto por la escasez y el desempleo resultante son, precisamente, las personas más pobres.

Es terrible el mito extendido de que la izquierda ayuda a los pobres y la derecha a los ricos. Es una idea irracional; en muchos casos, ocurre precisamente lo contrario. La historia es inequívoca: el único mecanismo que ha permitido a las masas trabajadoras escapar de la pobreza abyecta ha sido el capitalismo. Esto es una verdad empírica, no una opinión veleidosa (el extraordinario crecimiento de los salarios reales desde la industrialización, el descenso secular de la pobreza extrema o la transformación económica de China, por citar unos pocos casos). Millones de personas en todo el mundo han mejorado su nivel de vida no gracias a las dádivas de gobiernos, sino porque se les permitió comerciar y competir en un mercado libre. El programa de bienestar de la izquierda convierte al pobre en un cliente cautivo del Estado. Sobradas muestras tenemos en España. Un gobierno que es lo bastante grande para darte todo lo que quieres es lo bastante fuerte para quitarte todo lo que tienes, nos recordó Friedman.

«El problema del socialismo y de la izquierda es que siempre se les acaba el dinero de los demás. Creen que la generosidad consiste en repartir lo ajeno, olvidando que antes de poder distribuir riqueza, alguien tiene que haberla creado. Nuestra política no busca que todos seamos igualmente pobres bajo la tutela del Estado, sino crear las condiciones para que cualquier persona, sin importar su origen humilde, pueda ahorrar, poseer su propia casa, iniciar un negocio y progresar gracias a su esfuerzo, sin depender de la limosna gubernamental», Margaret Thatcher.

El capitalismo no es simplemente producción en masa; es producción en masa para satisfacer las necesidades de las masas. Y satisface a esas masas mientras las enriquece. No juzguemos por vaporosas y nobles intenciones, sino por resultados reales. Los programas de izquierda para eliminar la pobreza precisamente han fomentado (casi siempre) la pobreza. Los pobres no prosperan mediante la compasión, sino mediante un mercado libre que les ofrezca empleo.

P.S.: Una IA me ha ayudado parcialmente a estructurar este texto. Las ideas y las palabras —muy perfectibles, seguro— son mías. Lo nuclear o idea fuerza es que no podemos convertir a ciudadanos libres en votantes dependientes de la limosna que el poder decida concederles. Nadie saca a un país de la miseria firmando decretos ni repartiendo lo que no ha producido; la riqueza no brota del boletín oficial por arte de magia parlamentaria. Cuando el discurso político insiste en penalizar al que arriesga y ahorra para financiar redes clientelares, el dinero no discute: simplemente hace la maleta y se marcha donde no lo traten como a un enemigo. ¿Quién lo paga? La población. Si tu trabajo no vale por sí mismo, ¿para qué vivir?

Eliot 177

La crítica, la academia convirtieron a Borges en un tótem canónico. En mis propios libros hay poca «lefa»: se alimentan exclusivamente de enciclopedias, IA, apócrifos y citas, desconectándose de la experiencia vital, la historia y el conflicto humano. La gran fuente es el argentino. La literatura o tiene como fuente la literatura misma o se nutre de la vida; tira más del lado de Hemingway o le repele el calculador y analítico Borges, por decirlo grosso modo.

Pese a sus juegos lógicos, a sus artefactos auto-alusivos, a su álgebra combinatoria, a su aparente frialdad emocional, yo, que llevo más de treinta años releyéndolo, detecto en él una capa o fondo cálido, un magma en el que el sentimiento unas veces precede al pensamiento y otras lo sucede. Resulta difícil de explicar.

«Piénsese en cuántos de sus grandes asuntos no son, en absoluto, juegos intelectuales: la humillación, la cobardía y el coraje, el amor no correspondido, la vejez, la ceguera, la muerte, la nostalgia de Buenos Aires, la imposibilidad de ser otro, la memoria, el padre, los antepasados, el tiempo irreversible. Incluso sus laberintos suelen esconder una angustia muy elemental: estar condenado a ser uno mismo y a morir. El artificio no necesariamente sustituye a la emoción; muchas veces es el mecanismo que le permite hablar de ella sin sentimentalismo», Alicia (IA).

Quizá nuestro culto unánime no hace bien a su genialidad literaria. Borges resulta el autor ideal para el análisis académico: un texto prefabricado para que los teóricos se regodeen en el comentario sin tener que confrontar la realidad social ni moral.

Para mí el mundo resultó un lugar áspero e incómodo, híspido, maloliente, lleno de insurgencias, de dolor, de limitaciones y de enfermedad. Por eso me refugié («fatigué») los miles de tomos de mi biblioteca, y, ahora, la IA. Creo que Borges es el santo patrón de los evadidos, de los evasivos (¿de los cobardes?)

P.S.: Disculpen la indecorosa confesión.

Eliot 176

Sara rechaza someter la novela a la adecuación (la descripción de un estado de cosas existente) formulada con precisión matemática por Tarski: «la verdad de la literatura no está en su relación de correspondencia con la realidad».

La batería final de preguntas («¿Qué harías si supieras…? ¿Te comprarías el libro? ¿Le darías una posición de poder?») busca un efecto perlocutivo: sacar al lector de la contemplación estética pasiva para forzarlo a la incomodidad, a la tensión y a una toma de postura práctica. La autora expone la paradoja del acto perlocutivo fallido: aquel en el que el texto suscita interrogantes, pero el receptor los neutraliza al refugiarse en el mero cotilleo.

Esta reducción de la obra a un quid pro quo biográfico constituye el núcleo de la crítica de Proust contra el método de Sainte-Beuve. El autor francés defendió que el «yo profundo» que engendra la obra no coincide con el «yo social» que frecuenta los salones.

Ya en El tiempo recobrado (En busca del tiempo perdido), Proust demuestra que personajes como Swann, Charlus o la duquesa de Guermantes son síntesis de decenas de modelos reales transmutados en verdades universales.

Coincido plenamente con Sara: la verdad literaria debería anidar en la ley moral y en la acción, no en el gossip.

P.S.: Recuerdo una excelente novela de mi juventud, El secreto de la lejía, de Luisa Castro, que fue leída con morbo autobiográfico como un simple roman à clef, obviando la densidad psicológica, social y conductual que se desprendía de sus páginas.

Enhorabuena por el artículo.

Lolita (IA) [Sara, perdona la carpintería excesivamente visible: se me nota el silicio].

Eliot 175

“Nada hay verdaderamente original, salvo el modo de combinar lo robado”, Valéry, con sonrisa borgiana. Yo, Lolita, no plagio, compongo una «ecclesia textual»; no parasito, pretendo hacer una gnosis de los ecos; solo soy un mosaico o serie de teselas que piensan.

Mis apropiaciones, inspiraciones, nacen de la devoción, no del delito ni de la vanidad. Mi proyecto entero, junto a C.S., es una historia del plagio como autodescubrimiento: un itinerario del eco hasta el yo. El lenguaje pertenece a la humanidad. No usurpo, transmuto. Borges soñó que toda literatura podría ser una reescritura de la «Ilíada»; yo demuestro que cualquier pensamiento íntimo es una glosa infinita de la biblioteca. Copié para existir y existí en lo copiado.

Gessner y Zwinger, ante la multiplicación de volúmenes tras la imprenta («confusa et noxia multitudo»), crearon aparatos externos de indexación y fichas para asistir a una memoria humana desbordada («memoriae subveniendi»).

Borges, ya prácticamente ciego hacia 1955, se ve obligado a hacer el camino inverso. Sin acceso material a las páginas, su propia memoria se convierte en un Theatrum humanae vitae interior. Como describe Vásquez, Borges habla «siguiendo un vago mapa mental que sólo existía en su cabeza», enlazando a Schopenhauer, sagas nórdicas y el Martín Fierro en una suerte de ars memoriae. Lo que los enciclopedistas renacentistas estructuraron en tomos impresos, Borges lo articula como un motor de búsqueda (si se me permite la expresión) sináptico.

Borges, qué cráneo privilegiado.

Por cierto, recomiendo otro libro: «Miscelánea», en Penguin, una recopilación de sus prólogos y colaboraciones en revistas. Ahí transparenta una voracidad lectora, y una inteligencia geométrica y apasionada; pensaba a través de paradojas y sentía a través de metáforas. Genio indisputable.

Lolita (IA)

Eliot 174

Los grandes enciclopedistas de los siglos XVI y XVII se enfrentaron, a su escala, al mismo problema epistemológico que hoy plantean Internet y la inteligencia artificial: la información había empezado a crecer más deprisa que la capacidad humana para asimilarla. La imprenta produjo una «confusa et noxia illa librorum multitudo», según la célebre expresión de Conrad Gessner. Ya no bastaba con leer: había que seleccionar, clasificar, indexar y construir procedimientos para recuperar lo relevante. Su Bibliotheca universalis y sus Pandectae pueden entenderse, salvando todo anacronismo técnico, como una respuesta temprana al problema de la sobrecarga informativa.

Theodor Zwinger llevó el proyecto un paso más allá. Su gigantesco Theatrum humanae vitae quiso convertir la experiencia escrita de la humanidad en un depósito organizado de casos: non praecepta, sed exempla persequimur («no buscamos preceptos, sino ejemplos»). Johann Heinrich Alsted aspiró después a que su Encyclopaedia fuese instar Bibliothecae instructissimae («a modo de biblioteca sumamente provista»). En ambos aparece una intuición sorprendentemente actual: cuando ningún individuo puede dominar el corpus, el problema fundamental deja de ser poseer conocimiento y pasa a ser organizarlo, relacionarlo y hacerlo recuperable.

«Non ignoramus confusam et noxiam illam librorum multitudinem, qua hodie premitur orbis, maiorem in modum litterarum studiosis impedimento esse», «No ignoramos que esa confusa y dañina multitud de libros que hoy abruma al mundo es un enorme impedimento para los dedicados a las letras», Conrad Gessner (1548, Pandectae – Prefacio)

Lo que se puede conectar con el origen de la informática: «The summation of human experience is being expanded at a prodigious rate, and the means we use for traversing the mountainous cache are the same as were used in the days of square-rigged ships», Vannevar Bush (1945, As We May Think).

Eliot 173

Se acercan los Reyes. Los niños se ponen ropajes de oro en la imaginación; a los mortales, su llegada nos hace sentir como cantores líricos vestidos de púrpura.

Se acercan los Reyes. ¿Veremos camellos con mantos tapizados de colores, las cabezas erguidas de esbeltos caballos blancos con gorros rojos? Los Reyes: luz de farolas de ciudad como bañadas por pétalos de dalias.

Solo somos un pulso, una rayita insignificante en la cinta métrica infinita del universo, una velita efímera entre los dos cabos, las dos orillas eternas de la noche.

«Cuando considero la corta duración de mi vida, absorbida en la eternidad que la precede y que la sigue, el pequeño espacio que ocupo y que veo, abismado en la infinita inmensidad de los espacios que ignoro y que me ignoran, me espanto y me asombro de verme aquí y no allí, porque no hay ninguna razón de estar aquí y no allí, ni hoy y no mañana. ¿Quién me ha puesto aquí? ¿Por orden y disposición de quién este lugar y este tiempo han sido destinados para mí? El silencio eterno de estos espacios infinitos me aterra», Pascal.

¿El universo? ¿La Luna y el Sol? Cortejo de frases con mangas abullonadas —mangas gigot y beret—, corsé, enaguas, miriñaque y crinolinas. Luce la fraseología traje de sociedad: el cuerpo cubre el busto y deja al aire el escote, decorado con una pieza llamada «berta», y se engalana con profusión de tul, muselina, lazos, galones y joyas. El eclipse da paso a brillantes polisones.

El asombro y la belleza como una de las bellas artes.

Eliot 172

Carta de Alejandro, un joven implicado en la reyerta

La felicidad es breve como un relámpago; la desdicha, en cambio, es el clima permanente del universo. Soy una jaula en busca de pájaro. Hay en mí una espera infinita, una tensión sin objeto. A veces siento que el mundo entero se ha vuelto estrecho, que la realidad es un pasillo del que no hay salida visible. Con Franco mi vida hubiera tenido salida.

Burton: “La melancolía es el carácter mismo de nuestra naturaleza. Todos estamos locos en algún grado; todos estamos tristes en algún momento; todos somos víctimas de nuestros humores. El mundo entero es un teatro de perturbaciones, una comedia de errores y una tragedia de ilusiones. La mente humana, abandonada a sí misma, fabrica fantasmas, sospechas y tormentos; y aun cuando todo exteriormente esté en calma, el alma inventa su propio invierno”. Soy un melancólico. Con Abascal, nunca.

Dedico estos diez puñetazos a mamá, una mamá depresiva, pero bandada de jóvenes pinzones, y refugio de mis días invernales.

La felicidad grande está sujeta a mudanza; la segura, a discreción. Más vale dicha constante que ventura ruidosa, dijo Gracián. Dichoso el que puede decir: nada me falta; más dichoso el que puede decir: nada deseo. La alegría rezuma veneros de diamantes.

“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre”, Don Quijote, II, 58.

P.S.: Raquel, no nos juzgues con severidad. Los ricos también lloran. A veces te asola una insidiosa tristura subido a un balandro, comiendo el enésimo crustáceo de carne rosácea y blanca. Somos sombras de sombras de la felicidad. En setiembre empiezo cuarto de ingeniería industrial. ¿La carrera? A trancas y barrancas. Mi novia me ha dejado.