LIMINAR A ASPAVIENTOS
Día anubarrado. Mientras escribo este liminar escucho la «Misa en sí menor» de Bach. De cronología imprecisa, a priori el «Sanctus» original ya estaba compuesto de 1724. El resto de obras tardarán hasta mediados del siglo XVIII en completarse. Bach reutilizó muchos de sus antiguos materiales y los expertos en el compositor, según afirma «An Introduction to Bach Studies», llaman a esto «parodia». Bach morirá mucho después, en 1750, de una apoplejía, siendo ya casi totalmente ciego.
Quiero que mi prosa sea como la música de Bach. Eso no consiste en “musicalizar” el lenguaje con adornos sonoros, sino en someter la escritura a una disciplina estructural: hacer que cada frase no solo diga, sino que funcione dentro de un sistema. Bach no es melodía: es arquitectura en movimiento.
El primer principio es el contrapunto. En Bach, varias voces avanzan simultáneamente sin anularse; cada una conserva su independencia y, sin embargo, contribuye al conjunto. En prosa, esto se traduce en la capacidad de sostener varias líneas de pensamiento dentro de un mismo párrafo: una afirmación principal, una reserva, una digresión que no disuelve la dirección, sino que la enriquece.
No se trata de escribir linealmente, sino de pensar en capas.
Theodor W. Adorno lo formuló con su precisión habitual:
“En Bach, la lógica no es exterior a la música: es su propia sustancia. Cada voz es necesaria, y la totalidad no resulta de la suma, sino de la relación interna entre sus partes.”
Aplicado a la prosa: no basta con encadenar frases correctas; cada frase debe ser necesaria en relación con las demás. La escritura bachiana no admite lo contingente.
El segundo principio es la variación. Bach toma un motivo —mínimo, casi neutro— y lo transforma sin cesar: lo invierte, lo desplaza, lo amplía. La identidad se conserva en la diferencia.
En prosa, esto implica volver sobre una misma idea sin repetirla. No insistir, sino desplegar. Cada retorno debe añadir una inflexión, una perspectiva nueva. El lector reconoce el motivo, pero no lo recibe dos veces de la misma manera. Bach no desarrolla ideas: las hace coexistir en un espacio donde cada transformación revela una posibilidad ya contenida en el origen.
La prosa que aspire a esto evita la redundancia y practica la reformulación creadora.
Además de la economía formal, quiero que mi prosa se asemeje a la pintura de Velázquez. Allí donde el pintor trabaja con luz, materia y silencio visual, el prosista debe producir efectos equivalentes con ritmo, sintaxis y selección léxica. No se trata de “describir como Velázquez”, sino de escribir bajo leyes análogas: economía, verdad tonal, respiración del conjunto, dignidad sin énfasis.
En este sentido, resulta iluminador lo que observa José Ortega y Gasset al pensar la pintura velazqueña:
“Velázquez pinta sin retórica. Su arte consiste en eliminar todo lo que no es estrictamente necesario para que la cosa aparezca. No interpreta: deja ser. Y, sin embargo, en esa abstención se cifra una de las formas más altas de la inteligencia.”
Llevado a la prosa: escribir como Velázquez sería no interponerse entre la cosa y su aparición verbal. La frase no comenta: muestra. El estilo no adorna: deja pasar.
Con estos altos propósitos empieza mi libro. Lucio Anneo Séneca insiste en la necesidad de someter el querer al orden de las cosas: “Non quia difficilia sunt non audemus, sed quia non audemus difficilia sunt», «No es que las cosas sean difíciles y por eso no nos atrevamos; es que no nos atrevemos y por eso son difíciles».
“Saepe stilum vertas, iterum quae digna legi sint scripturus”. Amor y libertad, amables lectores.
