Cornaro 200

Vivo un momento de profunda dignidad y paz. Escribí trece libros. Reconozco el valor de la propia obra, acepto sus imperfecciones con humilde lucidez y, aun así, sé que he dejado un eslabón propio en la gran cadena de la literatura. El verdadero triunfo de una vida dedicada a las letras.

Ese sentimiento de «tarea cumplida» y de tranquila entrega a la posteridad (del que ya conozco su impasible desdén) resuena con fuerza a lo largo de la historia de la literatura. Johann Wolfgang von Goethe, «Conversaciones con Eckermann», hacia el final de su vida:

«El valor de mi obra no reside en que yo haya sido el mejor, sino en que fui un eslabón honesto en la cadena de la cultura. Trabajé duro duro y sembré mi parte. La naturaleza y la historia juzgarán. Puedo mirar atrás y ver que no desperdicié el tiempo que se me otorgó».

Samuel Johnson, Prefacio a su Diccionario de la lengua inglesa, 1755: «Al entregar este trabajo al público, lo hago con los temores de un hombre que sabe que ha fallado en muchas cosas, pero con la tranquilidad de quien sabe que ha hecho todo lo que sus fuerzas le permitían. He sobrellevado mi tarea a través de los años, en la enfermedad y en la tristeza, sin el patrocinio de los grandes y sin la alabanza de los doctos. No espero que mi obra sea perfecta, pues sé cuán numerosa e imperfecta es la mente humana; pero cuando calculo lo que he rechazado y lo que he aceptado, miro el resultado con un orgullo moderado. He puesto mi grano de arena en el avance de mi patria, y puedo retirarme en paz de la escena literaria».

León Tolstoy, de sus diarios y cartas de vejez: «Miro hacia atrás, a mis libros, y veo en ellos tantas faltas, tanta paja innecesaria que debió ser quemada antes de salir a la luz. ¡Cuánto mejor habría sido pulir más, escribir menos! Y sin embargo, cuando pongo las sumas y las restas en la balanza de mi conciencia, sé que puse mi alma entera en lo que creía verdadero. No soy Homero, no soy Shakespeare; estoy a una distancia inmensa de los verdaderos maestros. Pero hice lo que pude con el talento que se me dio. La obra está terminada. Ahora que la noche se acerca, siento que puedo desprenderme de ella y morir en paz, porque las palabras ya no me pertenecen; pertenecen a la corriente de la vida».

Virginia Woolf, de su Diario: «A veces pienso en el volumen de lo que he escrito; es un océano de palabras, una masa densa y a menudo innecesaria. Hubiera querido más tiempo para limar las aristas, para borrar lo superfluo. Pero hoy, al mirar la estantería donde descansan mis libros, siento una extraña y profunda ligereza. El sentido de mis días está encerrado ahí, entre esas páginas. He tejido mi pequeña red en el gran árbol de la literatura inglesa. No importa si cae o si permanece; el esfuerzo fue real, fue honesto. He terminado mi jornada, y el descanso que siento en el espíritu es dulce».

Sé que la ambición de permanencia —el «monumentum» de Horacio, el «ktêma es aieí» de Tucídides o la entrega total de Montaigne— es, en mi caso, una simple quimera. Sin embargo, reconozco que fue el impulso necesario para resistir el esfuerzo de escribir trece volúmenes; se necesita una fe casi sagrada en la palabra para no desfallecer en el intento.

Pero hoy se impone el contrapunto de la humildad: el límite del talento, la gratitud por encima del ego que siempre desplegué, y esa lucidez de Newton al mirar hacia arriba para ver a los gigantes que lo precedieron, y no a sí mismo.

Al poner el punto final se siente la melancolía de Gibbon; la obra se desprende de uno y pasa a ser un objeto del mundo. Pero ese vacío se llena de inmediato con la armonía de haber cumplido con el deber intelectual y haber justificado el tiempo concedido del que habló Séneca. Hechas las sumas y las restas, el balance no es negativo. Mis miles de palabras ya forman parte de ese rumor de la memoria al que se refirió Vives. Miro mi biblioteca con el espíritu satisfecho: mi eslabón está forjado.

Cornaro 199

(De mis memorias «El transportista de pianos»)

Mi bisabuelo paterno fue militar, matemático y poeta. Escribió un libro de divulgación de álgebra y varios poemarios. Mi padre lo admiró mucho. Mi bisabuelo materno fue un esquizofrénico. Emigró a América y estuvo un par de décadas deambulando perdido y viviendo a salta de mata; un día mi abuela Pascua se dirigió a mí, entre tierna y apenada, y me confesó: «Eres igual que mi padre». Esas sangres hierven en mí: el loco, el lógico, el escritor. Todos ellos fueron inteligentísimos y la historia los asumió y olvidó pese a sus hazañas. Hoy solo son muy vagos recuerdos de gotas de miel azul de una memoria familiar desvaída.

Desearía ser recordado como un estudioso, como aquel que en su infancia entró en una biblioteca, y no solo no salió de ella, sino que no permitió que nadie entrara en ella. Me gustaron los libros con desmesura; miraba con amor aquellas páginas blancas y limpias, aquellos caracteres negros y bellos. Los amaba como el avaro ama su oro, como el amante ama a su amante. Un hombre de espíritu científico, cuya sed de conocimiento era insaciable… que contemplaba el mundo a través de los cristales de sus gafas con la benevolencia de un filósofo y la curiosidad de un niño. Aquel hombre que parecía consumido por el fuego de una devoción puramente intelectual. Sus ojos, fijos en el vacío, parecían mirar hacia dentro, hacia un texto inmenso grabado en la memoria.

Soy un hombre de libros, un habitante de la Ciudad de los Libros, y no sé nada del mundo real salvo lo que he leído en pergaminos y papeles viejos. He pasado mi existencia descifrando manuscritos, catalogando textos, buscando variantes en códices medievales. A veces me pregunto si no habré cambiado la sustancia de la vida por su sombra. Sin embargo, ¡qué hermosa es esta sombra! En mi biblioteca, el tiempo no transcurre de la misma manera que en las calles de Barcelona u Orense. Aquí, los muertos hablan con más claridad que los vivos, y las pasiones de hace mil años conservan un perfume más dulce que las alegrías del presente. Sé que para muchos soy solo un viejo fósil cubierto de polvo de archivos, pero en este polvo yo encuentro la luz de los siglos

No leo para entretenerme, no leo solo para aprender; leo con una especie de absorción mística, un ensimismamiento total que no deja espacio para el mundo exterior. Vivo en una atmósfera compuesta exclusivamente de tipografía, títulos, fechas y nombres. Para mí, un hombre no es un cuerpo con un alma, sino un nombre asociado a un libro o a una edición. Mi cabeza calva, pulida por los años, es casi como un archivo indestructible en el que están registrados, con tinta invisible, pero indeleble, los títulos y los precios de todos los libros que han salido de las prensas del mundo entero durante cuatro siglos.

Mi hermana escribió de mí: «Christian era un hombre que pensaba; un hombre que guiaba a su mente por los senderos del conocimiento como un general guía a su ejército. Pero al llegar a cierto punto, al notar que la mente humana tiene un límite que él no podía traspasar, se llenaba de una tristeza desértica. Se veía a sí mismo como un faro que ilumina la noche, pero que permanece clavado en la roca, solitario y frío. Toda su erudición, todos sus libros publicados, no le servían de nada cuando regresaba al comedor con su familia. Su mente, tan afilada para la lógica, era torpe y cruel para las relaciones humanas. Exigía simpatía, exigía elogios como un niño hambriento, porque en el fondo de su ser, el sabio temía que toda su vida de estudio no hubiera sido más que un largo paseo por un cementerio de ideas muertas, mientras la vida de verdad pasaba de largo».

Escribir libros, como uno de mis bisabuelos, y la vesanía, como la de otro de mis bisabuelos. Y ser un terrible melancólico, un compacto solitario que no se ama a sí mismo.

Cornaro 198

Aunque Adriano es un emperador, Yourcenar lo retrata en gran parte de la obra como un agudo estudioso de la condición humana, la filosofía y las letras griegas. Aquí reflexiona sobre la relación entre el sabio y sus libros: «Casi todo lo que los hombres han dicho de mejor lo han dicho en griego… He fundado bibliotecas; es como construir graneros públicos, amontonar reservas para un invierno del espíritu que, por ciertos signos, a mi pesar, veo venir. (…) Me gusta entrar en las escuelas, escuchar a los sofistas, ver a los jóvenes ejercitarse en las disputas lógicas. El estudio ha sido para mí un remedio contra la ambición, un refugio contra los hombres, y a menudo un consuelo en la desgracia. En los libros he aprendido a conocer a los antiguos, y en ellos he creído encontrar las claves de mi propio destino».

Y recordemos al estudioso obsesivo Alonso Quijano: «Es, pues, de saber, que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año), se daba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber de ellos… En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio».

No cesa mi pasión por el estudio y el conocimiento. Me lo legó mi familia y mis maestros, y es lo menos innoble que hay en mí. Mi biblioteca es grande, y es selecta; se compone de libros que han envejecido conmigo, que han compartido mis mudanzas, mis noches de insomnio y mis raros momentos de paz. Me gusta el desorden ordenado de sus estantes, donde un tratado de filosofía del siglo XVIII descansa al lado de una novela barata de misterio que me consoló durante una gripe. Cuando entro en esa habitación, el olor me recibe como un perro fiel: es una mezcla de tabaco de pipa, cuero viejo, madera de cedro y ese aroma dulzón, casi a vainilla, que desprenden las páginas de los libros antiguos cuando se descomponen lentamente. Es una geología del pensamiento; puedo mirar un lomo gastado y recordar no solo lo que dice el texto, sino quién era yo la primera vez que lo leí.

Pirkei Avot (6:1): «Quien se dedica a la Torá por amor de ella merece muchas cosas; más aún, el mundo entero resulta digno por él. Es llamado amigo, amado de Dios y amado de los hombres; reviste humildad y reverencia; lo hace apto para ser justo, piadoso y recto; lo aleja del pecado y lo acerca al mérito». O Francis Bacon, «Of Studies»: «Los estudios sirven para deleite, para ornamento y para capacidad. Su principal utilidad para el deleite está en la vida retirada y en la contemplación; para el ornamento, en el discurso; y para la capacidad, en el juicio y en la administración de los negocios. Leer hace al hombre completo; conversar lo hace ágil; escribir lo hace preciso». O bien Maimónides, «Guía de los Perplejos»: «La perfección auténtica del hombre consiste en adquirir las virtudes intelectuales, es decir, en concebir ideas inteligibles que nos enseñen las verdades metafísicas. Por ellas alcanza el hombre su fin último y se hace verdaderamente hombre».

Cornaro 197

Me hundo; caigo en las entrañas de la tierra. El silencio cae sobre mí como un peso o una daga afilada. El mundo se ha alejado; las voces de los que amo están amortiguadas, muertas y distantes. Estoy solo, terriblemente solo, en una vasta llanura donde no hay caminos ni refugios. Siento que mi propio cuerpo se desvanece, que ya no soy una entidad sólida, sino una niebla que se disipa en la oscuridad. Esta es la verdadera soledad: no estar físicamente aislado, sino sentir que la propia existencia carece de significado para los demás, que si desapareciera en este instante, el universo continuaría su curso sin notar el más mínimo vacío.

La máxima desgracia no es estar solo en la propia habitación, sino estar solo en una multitud. Sentir que los demás ríen, hablan y se aman, y saber que entre tú y ellos hay un abismo insalvable que ningún puente podrá cruzar jamás. Esta soledad mía no es un accidente; es una dolencia crónica, un defecto de fábrica de mi alma. He intentado abrirme al mundo, he intentado amar, pero siempre regreso a este rincón oscuro, a este silencio que me juzga y me condena. Nadie se cura de la soledad; a lo sumo, uno se acostumbra al dolor que produce, como se acostumbra un tullido a su cojera.

La verdadera desgracia no es estar solo, sino no poder estar con los otros aunque se los desee. Hay una forma de aislamiento que no ennoblece, que no purifica ni vuelve más lúcido: simplemente desgasta. En ese estado, el pensamiento no se eleva, se repite; no crea, se muerde la cola. El mundo exterior se vuelve inaccesible y el interior se vuelve inhabitable. El aislamiento no es lo mismo que la soledad. En la soledad uno está consigo mismo; en el aislamiento, uno está abandonado incluso por sí. El aislamiento destruye la capacidad de pensar porque el pensamiento necesita, aunque sea implícitamente, la presencia de otros. No es la ausencia de sentido lo que más hiere al hombre, sino la ausencia de rostros. Un mundo sin interlocutores no es un mundo absurdo: es un mundo inhabitable.

Cornaro 196

La soledad elegida puede ser una fuente inmensa de creación, reflexión y libertad interior. De Montaigne a Proust, de Emily Dickinson a Cioran, abundan los ejemplos de vidas profundamente retiradas y extraordinariamente fecundas. El problema no es la soledad buscada, sino aquella que se impone cuando uno necesita compañía y no encuentra a nadie.

Soledad. Ir hacia sí mismo y no encontrar a nadie durante horas, esto es lo que se debe poder lograr. Estar solo como se estaba solo de niño, cuando los adultos deambulaban de aquí para allá, envueltos en cosas que parecían importantes porque se mostraban muy activos y no se comprendía nada de su ocupación. Nuestra soledad debe ser un apoyo y un hogar, incluso en medio de circunstancias muy extrañas, y a partir de ella encontrar todos los caminos.

Soledad. Para descansar, para detenerse, para ser uno mismo, despojado de todo lo que no fuera el propio ser… eso era lo que ansiaba. Perder la forma externa, convertirse en una cuña de sombra, invisible para los demás. Cuando se estaba solo, se podía pensar, se podía descansar. Todo el esfuerzo de presentarse ante el mundo, de hablar, de sostener una imagen, se desvanecía. En la soledad, uno quedaba reducido a su propia esencia, a esa paz oscura que no necesita dar explicaciones a nadie, y desde ahí, el mundo parecía infinitamente más vasto, más libre y más hermoso.

Si la soledad elegida es la gloria del espíritu, la soledad impuesta —el aislamiento, la desconexión del tejido comunitario— es una de las fuerzas más devastadoras para el ser humano. La desolación, a diferencia de la soledad elegida —en la que el individuo permanece en compañía de sí mismo—, consiste en no pertenecer al mundo. Es la experiencia de sentirse abandonado por la compañía humana, de sospechar que la propia existencia apenas deja huella y que ya no importa verdaderamente a nadie. Ese aislamiento radical erosiona lentamente la capacidad de pensar y de experimentar la realidad, porque el mundo sólo se confirma plenamente cuando es compartido. Necesitamos la mirada ajena no para existir, sino para verificar que habitamos un suelo común, una misma realidad y un mismo horizonte de sentido.

Cornaro 195

Hoy acabé mi decimotercer libro. Me gustaría titularlo «tarannà», pero la palabra es catalana e intraducible. Hay no pocos equivalentes o aproximaciones al español, pero, rebuscando en viejos diccionarios históricos, hallé una desusada palabra de significado con cierto aire de familia: CONDIGNO. Una bellísima palabra olvidada que hacía referencia a la proporción, propiedad o correspondencia de la manera de ser de alguien con su entorno o su estirpe. Suena misteriosa y literaria. Así se titulará mi libro.

Nebrija traduce condigno al latín como dignus, muy digno o sumamente proporcionado. En las mentalidades del siglo XV, la condignidad de un hombre era su comportamiento proporcionado a su linaje, a su moral o a su naturaleza interna. El Diccionario de Autoridades (RAE, Tomo II, 1729) define condignidad como: «La proporción del mérito con el premio, y del delito con la pena». Define condigno como: «Lo que es proporcionado, correspondiente y debido a otra cosa». Condigno suena imponente, culto, y evoca la justicia de ser fiel a la propia naturaleza. Buen título.

Escribir el primer libro es un acto de fe; escribir el decimotercero es un acto de fidelidad. La satisfacción ya no es demostrarle al mundo que puedes hacerlo, sino demostrarte a ti mismo que el fuego sigue ardiendo, a pesar de todo lo que ya ha quemado, acaso fútilmente.

Siento una alegría medida, moderada, un airón fresco y grato.

Cornaro 194

¡No existe patria! No es más que la tierra de los amos sádicos y los siervos tontos, los que tienen los cuartos y los que tienen el bolsillo como un colador, la denostada minoría ilustrada y la gran masa tabernaria y futbolera. España no es una patria, es una casa de locos regentada por unos proxenetas que nos envían a cascársela con discursos de párvulos en el hemiciclo ¿Qué es España? Una enorme mentira rojigualda para que los imbéciles se dejen imbecilizar todavía más con su sonrisa patriotera. Me cago en su patriotismo.

El español, de cabeza apepinada y obtusa, es un animal doméstico que se cree libre porque le permiten ladrar en el bar. Un pueblo de mezquinos, de energúmenos, de pacatos y paletos, de soplones, que ha sustituido el alma por la burocracia y el honor por una cuenta bancaria. España apesta a cadáver mal enterrado, a gloria rancia y a sopa recalentada. Nos creemos la luz del mundo y solo somos una bombilla fundida en el pasillo de un burdel en decadencia.

España es un país de analfabetos espirituales, una cloaca cultural donde cualquier destello de inteligencia es inmediatamente sofocado por la hipocresía y el provincianismo. Los españoles son una masa embrutecida que por la mañana va al bar a emborracharse y a pedir perdón por los crímenes que cometerá por la tarde, un pueblo que vitoreó a Franco y que ahora finge ser su primera víctima, cuando en realidad son todos los analfabetos más corruptos y más violentos y más mezquinos de la historia de Europa. Este país es una trampa mortal para el espíritu, un asilo de alienados que se creen el centro del mundo porque juegan al fútbol mientras huelen a estiércol y a rancio.

Me asquea esta España oficial, pomposa, de desfiles y fallas y tortilla cebollona, de toros y santos patronos, de telebasura y bingos, no es más que un decorado de cartón piedra para ocultar el vacío de un pueblo que teme al pensamiento libre como al demonio. Me niego a comulgar con vuestras ruedas de molino patrióticas. Vuestra patria es un cepo para la mente, un tribunal permanente que exige sumisión o destierro. Yo elegí el destierro para no tener que respirar el aire viciado de vuestras sacristías y vuestros parlamentos.

País de beatas rijosas, de botellones y burgueses sin asomo de cultura. España gris, mediocre, ordinaria y zafia. España que premia al mediocre, al sumiso, al que se adapta al canon de la grey. Pero al disidente, al inteligente, al que busca la Grecia o Roma clásica en mitad de este páramo de hormigón y turismo, se le aísla o se le mira como a un bicho raro.

Siendo así las cosas, que se extingan los españoles, que no quede ni uno, y se sustituyan por tenderos ingleses, por los negros con sus lanzas, por todos los americanos con sus arepas y sus guayabas, por todos los árabes con su petróleo y sus mezquitas.

Cornaro 193

Informe Mundial PISA (OCDE): «En promedio, el ciclo actual presenció una caída sin precedentes en el rendimiento de los estudiantes. En matemáticas, la OCDE experimentó una caída de 15 puntos en comparación con 2018, mientras que la lectura cayó 10 puntos. Para poner esto en perspectiva, una caída de 15 puntos equivale a tres cuartas partes de un año de aprendizaje, lo que subraya el impacto sistémico de las interrupciones recientes, pero también de deficiencias estructurales previas al COVID-19» Y añade Funcas: «El informe sitúa a España [y otros países del sur de Europa] entre los países con una proporción relativamente alta de jóvenes con titulación secundaria pero habilidades lectoras muy débiles. Esta reflexión cobra especial relevancia al analizar las habilidades reales como determinante del empleo futuro». Los datos reflejan concluyentemente una crisis sin precedentes en la educación secundaria que, por un efecto dominó, está condicionando la realidad de la educación universitaria.

Me da pavor que la enseñanza se convierta solo en tecnología, en pragmatismo tontorrón, me da miedo la tiranía del aprobado, el premio a la abulia y el castigo a la excelencia, la jerga pedagógica ignorante, que tachemos del horizonte a las humanidades, la historia, la filosofía, la literatura, que se infantilice tanto el estudio de las ciencias. La educación no es solo divertir, sino crear un pensamiento libre, una capacidad de juicio madura y un lenguaje rico. Hay que entender, después saber analizar, y, por último, opinar con conocimiento de causa en base a ese entendimiento y a ese análisis. Un estudiante que no sabe leer con profundidad, o tiene atrofiada la inferencia deductiva, que no sabe argumentar ni descifrar textos complejos, es un estudiante manipulable; mejor, un falso estudiante. La crisis de la educación es una crisis de nuestra futura libertad y mayoría de edad democrática.

Educar exige transmitir contenidos, exige memoria y exige, obviamente, disciplina. Si la educación secundaria renuncia a ser exigente, la universidad se ve obligada a convertirse en una escuela de recuperación, perdiendo su verdadera función investigadora y de alta cultura. Marina Garcés: «En las universidades españolas nos encontramos con estudiantes que tienen trayectorias escolares impecables en lo formal, pero que entran en pánico cuando les pides que formulen un problema por sí mismos, que piensen fuera del guion de las competencias asignadas. Los hemos educado para ser usuarios del sistema educativo, no sujetos pensantes […] La universidad se está convirtiendo en una escuela de secundaria prolongada. Como la educación secundaria se ha vaciado de contenidos teóricos bajo el pretexto de no traumatizar o no segregar, la universidad hereda alumnos sin herramientas de análisis abstracto. El resultado es que pasamos el primer año de carrera nivelando el terreno, enseñando a resumir, a argumentar y a estructurar el pensamiento».

Un panorama desolador.

Cornaro 192

(Borges. Escolios a un centón)

Se dice que Borges fue un algebrista, un frío razonador desde el gnosticismo de la topológica inteligencia. Discrepo algo de estas tesis; escribió con emoción (intelectual, sí, pero emoción al fin y al cabo), no solo desde cerradas estructuras matemáticas lingüísticas autoalusivas; escribió desde el contexto y las orillas y el rumor de las calles bonaerenses. Cruzó las sagas islandesas con las memorias de los coroneles de las guerras civiles argentinas. Su cultura fue enciclopédica, de humor finísimo, pero al mismo tiempo, su obra tiene un poco de broma de salón con teteras y dulces ingleses. Prosa muy cortés, urbana, formalmente perfecta, que no se agita innecesariamente en dramas rurales, ni en valles o ríos o castillos con pasadizos mágicos. Borges nos enseñó que escribir es siempre una forma de plagio o de traducción de un texto que ya existe en un estante de la biblioteca de la humanidad. Después de leerlo, es imposible volver a mirar una biblioteca (o un espejo) con la misma ingenuidad de antes; nos inoculó para siempre el veneno de la erudición y la suspicacia literaria.

Su sofisticación técnica y sus laberintos lógicos son, en última instancia, estrategias para postergar el encuentro con la nada o con la muerte. Sus personajes están hechos de palabras exactas y elegantes, y lo saben; habitan una zona puramente lingüística donde la realidad exterior ha sido casi abolida. Le fascinan las herejías, no porque asienta con ellas, sino porque representan momentos en los que la imaginación de los hombres fue más libre y audaz que la realidad convencional. Lee la literatura contemporánea como los antiguos rabinos leían la Cábala: bajo la sospecha de que ni una sola letra ha sido puesta al azar y que el texto guarda un secreto numérico o un mensaje cifrado. Me gusta Borges porque cada uno de sus relatos es un modelo del universo o de un atributo del universo (el tiempo, el espacio, el azar, la memoria) Frente a la gran novela del siglo XIX, que acumulaba páginas para construir un mundo, Borges inventó la literatura de segundo grado: el cuento que se presenta como la reseña de un libro que nunca fue escrito. De esa florida senda bebemos muchos de nosotros. Devolvió a la desastrada literatura española de la época el orgullo del estilo. La literatura es la fuente de la literatura. La burguesía no es innoble, sino el fanatismo. El peronismo es casquería astrológica. La metafísica es una rama de la ciencia ficción. Para estar muy orgullosos.

***

En literatura, el asentimiento intelectual no es lo mismo que estar de acuerdo. La literatura puede producirnos placer sin necesidad de que estemos de acuerdo con su contenido, debido a que reaccionamos favorablemente ante la fuerza o la gracia de una mente, sin reconocer la bondad de sus intenciones o conclusiones. Podemos sentir placer ante la fuerza de convicción de una mente, sin necesidad de juzgar la corrección o adaptabilidad de lo que dice.

Oakeshott conecta directamente con esa idea de Borges de la «resignación y la tolerancia» frente al poder del Estado: «El hombre de disposición conservadora no es propenso a creer que la función del gobierno sea la de organizar la vida de los ciudadanos según un plan maestro, ni la de guiarlos hacia un fin glorioso. (…) Para él, gobernar es una actividad específica y limitada: consiste en mantener la paz, en arbitrar los conflictos mediante reglas conocidas, de modo que los hombres puedan perseguir sus propios proyectos con la menor interferencia posible. El conservador es escéptico ante los salvadores políticos y las revoluciones que prometen empezar de cero, porque sabe que el costo de destruir las tradiciones existentes suele ser el despotismo». Sabias palabras.

Al igual que el gran Borges, yo creo que la burguesía ha sido la clase social más creadora, más constructiva y más libre que ha dado la historia. El comunismo y los fascismos no son más que la rebelión de los resentidos contra la libertad burguesa. La gente no entiende que el orden burgués, con todos sus defectos y aburrimiento, permite la existencia del disidente, del artista y del escéptico. Una sociedad sin una clase media fuerte es una sociedad condenada a la tiranía de un dictador o a la brutalidad de la masa.

Un escritor de izquierdas suele gozar de una presunción de inocencia moral (incluso si justificó purgas o dictaduras), mientras que los escritores de derechas solemos ser observados con sospechas y todo tipo de prevenciones. Al final, como bien concluye el artículo de Jorge Fernández, la literatura siempre vence a la política. Las opiniones políticas de Borges envejecen, o yerran o se rectifican; sus páginas siguen siendo inmutables; un refugio de lucidez para quienes, ante la intolerancia de las masas o los dogmas de turno, preferimos la escéptica y libre incomodidad de no dejarnos pastorear como ovejitas.

Cornaro 191

El deporte debería estar fuera de las cuitas politicas, pero sabemos que se usa para blanquear y tapar la imagen de muchos países y tener entretenidos a los ciudadanos.

Es una falacia sostener que el deporte de masas fomenta la fraternidad o el juego limpio. Lo que realmente promueve es el gregarismo más primario, el chovinismo excluyente y una agresividad latente que a menudo estalla en violencia real.

Asistimos a una inversión monstruosa de los valores: un futbolista de la selección que apenas sabe articular tres frases seguidas es elevado a la categoría de héroe nacional y recibe ingresos multimillonarios, mientras que un científico, un filósofo o un poeta viven en la irrelevancia.

Resumiendo: ¿Futbolistas? ¿Público del Mundial? Sófocles: «La ignorancia es un mal que no duele» τὸ μὴ φρονεῖν γὰρ κάρτ᾽ ἀνώδυνον κακόν