UNA VIDA DE LECTOR
Acabo de comprar los ocho volúmenes
de Gibbon para leerlos antes de morir.
Avanza el fin con su vértigo imparable
y arden las últimas cortinas del crepúsculo.
Las paredes quemadas de mi biblioteca
no sé si son reales o las soñé:
fuga de colores de aves andinas,
prosa de miraje de la tarde inmóvil reflejada
en el espejo del arte. Mereció la pena mi vida
ilustrada: ese faro al fondo de la noche,
esa dicha de la que no pudo apartarse mi destino.
Con Gibbon no se envilecerá mi muerte.
Cabaleiro 156
Sin imperio de la ley no hay previsibilidad; sin previsibilidad no hay libertad civil; y sin libertad civil la economía y la convivencia se degradan en arbitrariedad, miedo y privilegio.
La ley no es solo “castigo”: es previsibilidad. Si sé a qué atenerme, puedo emprender, contratar, invertir, discrepar, moverme, educar a mis hijos, asociarme… sin temer que mañana cambie el criterio por capricho. Hayek lo formula con su definición clásica del Estado libre: el gobierno debe estar atado a reglas previas y públicas. En «The Road to Serfdom» escribe: “government… is bound by rules fixed and announced beforehand”.
Cuando la norma se aplica “según convenga”, reaparece lo más viejo: la clientela. Los amigos del poder reciben trato; el resto, trámites. Y entonces la vida pública se llena de “concesiones” y “exenciones”, que son la antesala de la corrupción (aunque a veces vaya vestida de legalidad) La mayor amenaza para la democracia no es solo que se delinca, sino que se erosione la credibilidad de que “nadie está por encima de la ley”.
Von Mises aduce otra idea clave: su tesis general es que la cooperación social moderna se apoya en instituciones que reducen la violencia y el capricho; entre ellas, propiedad, contrato, tribunales previsibles. Donde el gobierno puede discriminar a voluntad, la disidencia y la autonomía se vuelven imposibles. Mises lo dice con crudeza: “individuals can be free… only where they are economically independent of the government.”
Permítanme acabar con una trenza de citas:
«Nada distingue con mayor claridad las condiciones de un país libre de las de uno sometido a un gobierno arbitrario que la observancia de los grandes principios conocidos como el imperio de la ley», Hayek.
«El imperio de la ley significa que el gobierno está sujeto a reglas establecidas y anunciadas previamente, reglas que permiten prever con razonable certeza cómo utilizará la autoridad sus poderes coercitivos» Hayek.
«EL IMPERIO DE LA LEY ES EL FUNDAMENTO DE LA CIVILIZACIÓN», Von Mises.
Cabaleiro 155
(La camarilla sanchista)
Hay algo profundamente romano en esta historia. Romano en el sentido más inquietante (todo nos inquieta en este gobierno de cayena y pimienta): el del poder que deja de habitar las instituciones y se repliega hacia los pasillos. Cuando el principado empezó a consolidarse, los viejos magistrados republicanos siguieron reuniéndose en el Senado, pero las decisiones verdaderas nacían en el círculo íntimo del príncipe, en esa zona imprecisa donde lo privado y lo público se confunden hasta volverse indistinguibles.
Los periódicos hablan día sí día no de la deriva sátrapa de Sánchez et alia. Los historiadores latinos aprendieron pronto a reconocer el síntoma: la aparición de la camarilla, del grupito de fieles que acompaña al líder –no graduados precisamente en una Ivy League– desde su ascenso y que, una vez alcanzada la cima, ocupa los puestos clave del Estado como una guardia pretoriana civil.
Así ocurrió con Sejano bajo Tiberio, con los libertos de Claudio, con los prefectos de Nerón y Domiciano. El mecanismo se repite con ritmo de metrónomo: primero la conquista del poder; después la fusión entre aparato político y aparato gubernamental; más tarde la red de clientelas, contratos y favores que convierte la administración en un sistema de reciprocidades; finalmente, la fase más peligrosa, cuando abandonar el poder deja de ser una opción y se transforma en amenaza personal. Entonces comienza la huida hacia adelante.
Tácito observó que, llegado ese punto, el imperio ya no se gobernaba desde el foro sino desde el palacio, y que el príncipe dejaba de sostener el poder para pasar a ser sostenido por él. El momento en que la proximidad al trono empieza a parecerse, para todos los que lo rodean, a una silla maldita. Y todos conocemos el colofón de cabeza de serpiente de esa silla.
Cabaleiro 154
CONCERTATO
El atardecer pertenece a la memoria. Pronto
subiré al último carro de fuego. Permitidme,
madame, que os haga un resumen de mi vida.
En esencia, todo fueron rosadas escarapelas
de seda natural, inquietas joyas verdes en mi regazo,
palabras bajo rosetones de cúpulas y albas.
Omitiré la melancolía porque sobrepasa la templanza.
Viajaré pronto al Ártico, al País de Nunca Jamás.
Decidle a todos que Venecia yace soñando
sobre el mar; la luz de la mañana no la despierta:
la revela. Marta, oh tú, único amor de mi vida
(estuviste más dentro de mí que lo más íntimo mío
y más alto que lo más alto de mí).
Hora es de partir hacia las últimas estrellas.
Quiero lejos à cette sale rosse de bourgeois.
Qué pocas cosas necesito para morir: mis raros
tomitos de bibliófilo, algunas carretadas
de agavanzos y rosas, a Noemí y mamá
en la memoria, mi bastón con puño de nácar,
el amor de mi perrita, los gatos silvestres adoptados,
y, a ratos, contemplar con la mente
el mar de Barcelona y la bruma azul
envolviendo las torres de mi pazo.
Decidles a todos mis amigos que fui feliz.
Cabaleiro 153
El barón y poeta Jacques d’Adelswärd-Fersen construyó en 1905 la Villa Lysis en Capri como refugio tras un escándalo en París. La dedicó a celebrar distintos juegos y se convirtió en símbolo del decadentismo.
Pero Capri, escribió en un poema, era demasiado blanca, demasiado marmórea, demasiado observada por los ojos del mundo. Así que soñó con Venezuela, nombre descubierto en un atlas, verde, húmeda, con insectos diminutos aplastados por la lluvia. Y soñó también con el Orinoco, río lejos del latín, y soñó fatalmente con la Amazonía, porque América era una fiebre. Y hete aquí que se dejó de palacios y allí construyó modestas chozas.
Cito del libro de Carlo Benedetti, «Il Barone Esiliato. Fersen tra Capri e l’America», Milano, 1932: «Cuando pienso en Fersen en su choza amazónica, recuerdo al otro exiliado: Casanova en el castillo del conde de Waldstein. El veneciano, viejo y enfermo, clasificando libros, traduciendo pasajes de Homero, revisando su pasado como quien ordena un archivo. Fersen hizo lo contrario. Casanova encerró el mundo en volúmenes encuadernados. Fersen disolvió los volúmenes en la humedad verde».
Cabaleiro 152
EL DUELO DE ÁYAX Y HÉCTOR Y LA HIPÓTESIS HEIDELBERGENSE DE LA INTERPOLACIÓN HELENÍSTICA COMO HOMOLOGÍA A LAS RELACIONES DE ABASCAL Y FEIJÓO
REVISTA DE ESTUDIOS FILOLÓGICOS
El duelo entre Áyax y Héctor en el canto VII de la Ilíada termina —según el texto que nos ha llegado— con una escena sorprendente: tras horas de combate brutal, ambos héroes intercambian regalos y se despiden como rivales respetuosos. Un momento hermoso de la epopeya. Héctor entrega su espada; Áyax, un cinturón púrpura. El gesto ha sido leído tradicionalmente como una cristalización del llamado código heroico: el enemigo digno no deja de ser, en el fondo, un igual.
¿Seguro que son así las cosas? Según la llamada hipótesis heidelbergense, atribuida al filólogo Ulrich-Konrad Heidenreich, éste propone una sospecha incómoda y argumentada. El intercambio de dones, arguye, podría no pertenecer al núcleo arcaico del poema. Esta idea causó un terremoto en el pequeño orbe filológico. ¿Qué sostiene el sabio profesor alemán? Que su tono conciliador rompe la secuencia de violencia acumulada en el duelo: las lanzas que atraviesan escudos, las rocas arrojadas con furia, los heraldos obligados a intervenir para evitar la muerte. La transición resulta, cuando menos, abrupta.
Heidenreich sugiere que ese final civilizado refleja una sensibilidad posterior, probablemente helenística, más inclinada a suavizar la guerra que a mostrarla en toda su crudeza. El enemigo, así, dejaría de ser el temible adversario irreductible para convertirse en rival homologable y «amistoso». No una reconciliación, obviamente, sino una serie de reglas que rigen el conflicto.
Llegados a este punto la escena de los regalos no sería el testimonio de una amistad inesperada, sino la puesta en escena de una misma pertenencia. Áyax y Héctor combaten con violencia real, pero dentro de un mismo aire de familia aristocrático; ninguno puede existir sin el otro como antagonista.
No hace falta forzar mucho la imaginación (y entramos en un campo espinoso) para advertir analogías. Dos líderes alfa que disputan un espacio político similar pueden intensificar su confrontación pública sin dejar de compartir, de hecho, un mismo terreno simbólico y electoral. La tensión se vuelve estructural. Cada uno define al otro. El intercambio de espada y cinturón —si fue realmente añadido por manos posteriores— podría leerse entonces como la imagen literaria de ese equilibrio precario entre competencia y espacio común.
Dicho sin rodeos, el duelo homérico no es tanto una escena de reconciliación como un modelo de rivalidad en modo y manera de ritual: adversarios que se enfrentan con dureza, pero cuya oposición está contenida dentro de un marco paralelo. La épica arcaica, reelaborada por la tradición, seguiría ofreciéndonos así algo más que arqueología literaria: una metáfora persistente de cómo funcionan ciertas disputas políticas, incluso cuando se proclaman, en los media día sí y día no, irreductibles.
Cabaleiro 151
El populismo no es una ideología, sino un estilo de comunicación política. Puede ser de izquierda, derecha o centro. Se basa en simplificar, emocionar y movilizar.
Ahora la ultraizquierda desea movilizar con otro recurrente baile de San Vito. Como que estamos ante un emergente drama moral y nacional el pícaro catalán nos exorcizará y salvará. Los culpables adquirirán forma de villano de cómic y las soluciones serán tan elementalmente comprensibles (caben en tres tuits) como imposibles.
Un movimiento político como de fraile medieval dividirá España en el Bien y el Mal, «dignidad», «justicia», «esperanza», «derechos», «miedo», «odio», «justicia», se blandirán como espadachines en un motín. El razonamiento y los programas de gestión y gobernanza se sustituirán por la justa moral. Veremos dosis de todo ello en las redes sociales, los magazines de entretenimiento, en la cultura audiovisual; como decía, el baile de san Vito.
Mucha musica, mucha manifestación masiva, mucho símbolo cultural y «artistas» unidos a la causa que acusa. Conciertos, memes, lenguaje informal, Rufián en Vogue. Las metafóras y los antagonistas se simplificarán hasta la irrisión. Como escribió Platón en el Gorgias: «La retórica es el arte de producir persuasión sin enseñar nada”. O como dijo Chantal Mouffe unos milenios después: “La política democrática requiere pasiones colectivas”.
Cabaleiro 150
En la tradición clásica (griega y romana) se entendió la amistad como algo mucho más alto que el afecto emocional. No era simpatía ni afinidad superficial, sino concordia de almas y comunidad de virtudes, elección deliberada y lealtad estable, y perseverancia ante el conflicto o disenso. En ese marco, romper un vínculo por enfado pasajero o herida narcisista no era simplemente “mala educación”, sino inmadurez moral.
El “berrinche”, para Aristóteles, pertenece al ámbito de la pasión irreflexiva (πάθος), no de la elección racional (προαίρεσις) Y Cicerón, en «Laelius de amicitia», insiste en que la amistad no puede depender del humor cambiante. No debemos -creo- abandonarnos o gobernarnos por el simple y veleidoso capricho. La ira destruye lo que el tiempo construye. No creo que la amistad deba ser volátil, emocionalmente explosiva, teatral ni tampoco depender del ego.
Esa exigencia moral lenta y duradera en nuestros tiempos líquidos se convirtió en algo flexible, reversible y frágil. De la lealtad férrea pasamos a la mera sintonía efímera. La cultura digital acelera las rupturas. Hoy es una práctica normal bloquear, desaparecer, cortar. Mark Fisher, «Realismo capitalista» (2009): “La cultura contemporánea fomenta la desafección preventiva: no te vincules demasiado, no te comprometas demasiado”.
La amistad profunda no ha desaparecido, pero dejó de ser una promesa para convertirse en una opción. Los antiguos temían perder a los amigos; nosotros tememos necesitarlos demasiado. Tiempos modernos.
Cabaleiro 149
Europa, a mi juicio, es una unidad administrativa, no emocional ni cultural. Lo que antaño unió el derecho romano, el latín, la herencia grecorromana, el cristianismo, las universidades, el canon filosófico y literario -pese a que la homogeneidad no era absoluta-, se fue volatilizando. Europa nunca será como EE.UU. Nuestra tradición común de pensamiento, crítica y cultura se diluye en las memeces de las redes y en el pacto fáustico de las finanzas.
Víctor Hugo expresó un bello, utópico, imposible, sueño europeo: “Llegará un día en que todas las naciones de nuestro continente, sin perder sus cualidades distintivas ni su gloriosa individualidad, se fundirán estrechamente en una unidad superior y constituirán la fraternidad europea. Llegará un día en que no habrá otros campos de batalla que los mercados que se abren al comercio y las mentes que se abren a las ideas. Llegará un día en que los cañones y las bombas serán reemplazados por los votos, por el sufragio universal de los pueblos”.
La Europa de la cultura se ha aniquilado a sí mismo. Europa entró en su invierno, está cansada y no cree en sí misma. Se rompió la transmisión cultural. Fracasó por agotamiento interno. Wolfgang Streeck lo expresa así: “La Unión Europea ha dejado de ser un proyecto de esperanza para convertirse en una máquina de gestión de crisis permanentes”. Y Mark Leonard indica algo a mi ver muy certero: “Europa corre el riesgo de convertirse en el museo del mundo”.
Avanzamos de crisis en crisis: crisis de natalidad, de identidad, de confianza etc. Douglas Murray, en «The Strange Death of Europe»(2017), acuñó una profética frase polémica: “Europa está cometiendo un suicidio”.
¿Podremos imaginar a Sísifo feliz?
Cabaleiro 148
“Esta y no otra es la raíz de donde surge el tirano; cuando él aparece como un protector”, Platón. Y Plutarco nos avisa: “El verdadero destructor de las libertades del pueblo, es aquél que le reparte regalos, donaciones y beneficios”. Asombran los parecidos de estas dos citas con el quehacer de Sánchez. Pero, el resumen y numen de su obra y gobierno (sic), cabe idealmente en la observación de H.L Mencken: “Democracia es el arte de administrar el circo desde la jaula de los monos”.
La tiranía por lo usual se templa con asesinato, y la democracia debe ser templada con una buena constitución. En ausencia de esto, se convierte en una representación de la locura colectiva. Sánchez pretende dinamitar la constitución y hacernos saltar a todos por los aires. Le disgustan las funciones jurídicas, políticas y simbólicas de nuestra carta magna. Debido a su ambición cesarista y patológica, no cree en un poder ordenado, limitado, y a veces dudo que incluso hasta en la legitimidad popular. Descree de las garantías jurídicas y los límites a la autoridad (lo que genera confianza social)
Si una constitución se rompe, lo que luego suele caer es el propio Estado; el sueño húmedo de nuestro plenipotenciario líder.
NOTA BENE: Espero, por el bien de la nación, que mis impresiones solo sean sesgos de la fachosfera o alucinosis de un perturbado.
