Charles 46

Os leo. Sois escritores mediocres con destellos ocasionales de humor involuntario, proveedores de un sentimentalismo de peluquería rancia y prosa de magazine, inflados como paquidermos fatigados.

Puedo decir, al igual que Nietzsche, que algún día mi nombre estará ligado al recuerdo de algo enorme. Lo sono il principe degli scrittori, princeps poetarum sum. Mi obra inaugurará una nueva era de la literatura.

La mayoría de los autores son como relojes de pared: hacen ruido, chirrían y molestan, pero no dan la hora. Escriben para demostrar que han leído mucho (si han leído), no para demostrar que han pensado. Escriben tanto porque piensan poco.

Los malos escritores son como las malas hierbas: crecen con abundancia. Los españoles, lo prueba la experiencia, no saben escribir. La literatura moderna está infestada de gente que escribe solo porque tiene un procesador de textos. El mundo está lleno de autores -pobrecillos- que escriben para demostrar que pueden escribir.

Dentro de mi pecho arde un fuego más alto. Las musas me han marcado con su sello, y mi nombre no se perderá entre la multitud de los hombres. Vendrán los siglos, y cuando las armas y los reinos hayan caído, todavía se escuchará mi voz en la memoria de los hombres.

Tasso y Ronsard lo dijeron con claridad.

“No nací para el silencio ni para los oficios humildes de la vida común.

Dentro de mi pecho arde un fuego más alto.

Las musas me han marcado con su sello,

y mi nombre no se perderá entre la multitud de los hombres.

Vendrán los siglos, y cuando las armas y los reinos hayan caído,

todavía se escuchará mi voz en la memoria de los hombres.”, Torquato Tasso.

“Cuando yo esté muerto y mi cuerpo sea polvo,

mi nombre no dormirá en la oscuridad.

Los siglos futuros repetirán mis versos

y mi lira resonará en labios que aún no han nacido.

Así la gloria del poeta vive más que los mármoles

y más que las torres orgullosas de los reyes», Ronsard.

El vulgo murmura, los mediocres ladran; pero la gloria del verdadero escritor se levanta por encima de todos.

No ignoro que mi ingenio suscita incomodidad. Así ha sido siempre cuando aparece un espíritu que supera a los demás. El hombre superior se distingue del inferior por la nobleza de su desprecio. El mundo está lleno de pequeños hombres que se creen el centro del universo.

La modestia rara vez produce obras inmortales.

Charles 45

Tengo la convicción de que escribí algunos libros que permanecerán. No sé si serán muchos, pero sé que serán sólidos, duros y compactos como bloques de granito. Asimismo estoy convencido de que dentro de algunos años seré considerado uno de los grandes prosistas de España. Lo sé con la misma seguridad con que sé que ahora mismo estoy sentado escribiendo estas líneas. No es orgullo vano, sino una certeza interior: siento en mí una potencia literaria que acabará imponiéndose.

Mi nombre vivirá mientras exista la literatura española. Un gran hombre tiene necesariamente fe en sí mismo; de lo contrario no podría soportar el peso de su propia tarea. Cuando muera, dejaré tras de mí tres cosas: mi nombre, mi obra y mi siglo. Mis libros serán leídos dentro de cien años, cuando la espuma de tantas páginas efímeras haya desaparecido.

Cada mañana, cuando me despierto, experimento un placer supremo: el de ser Christian Sanz. Soy el príncipe de los escritores, no lo duden. Sé perfectamente que soy un hombre extraordinario. La mayoría de los escritores no son más que fabricantes de basura sentimental. La literatura mediocre es siempre la más popular. Como decía Wilde: “Hay sólo dos tipos de escritores: los que tienen talento y los que tienen éxito”. La posteridad es un lector mucho más inteligente que el presente.

Fastidiaros, queridos. Los escritores rara vez se perdonan unos a otros el talento. Solo sois unos mediocres insalvables y embarazosos. Seguid escribiendo vuestros libritos inanes, queridos colegas. La literatura siempre ha necesitado comparsas.

Charles 44

Dos grandes sociólogos del siglo XX, Vilfredo Pareto y C. Wright Mills, explicaron que todas las sociedades están dirigidas por minorías. Siempre existen élites políticas, económicas y culturales. Pero eso no significa que esas minorías sean siempre las mejores. Pareto observó que las élites tienden a degradarse con el tiempo; se vuelven rutinarias, complacientes, incluso mediocres. Y Mills mostró que muchas élites modernas no llegan al poder por excelencia intelectual, sino por redes sociales, ambición y habilidad organizativa. Por eso no debería sorprendernos que la vida pública esté a menudo dominada por figuras bastante modestas desde el punto de vista cultural.

La democracia no elimina las élites; simplemente cambia el modo en que se seleccionan. Y ese proceso no siempre premia la inteligencia o la profundidad cultural.

Sobre esta mediocridad de las élites nunca viene mal recordar a Nicolás Gómez Dávila, que con su ironía habitual escribió: “La democracia sustituye el gobierno de unos pocos corruptos por el gobierno de muchos incompetentes.” Y en otra de sus sentencias más agudas añadió: “El problema no es que el hombre mediocre exista, sino que quiera dirigir.”

Las sociedades modernas no eliminan esas minorías dirigentes; simplemente las rebajan. El problema de las sociedades modernas no es la falta de élites, sino la escasez de minorías de poder verdaderamente excelentes.

Porque una sociedad puede sobrevivir con instituciones imperfectas, pero difícilmente prospera cuando la mediocridad se convierte en principio de gobierno y la excelencia en sospecha.

Charles 43

La ópera o el ballet son formas de arte que implican una música compleja, elaboración estética, exquisita tradición cultural, interpretación artística y emoción intelectualizada. En cambio, espectáculos como el fútbol o los toros apelan sobre todo a la emoción inmediata, a la adrenalina colectiva y a la identificación tribal. No significa que sean ilegítimos. Pero pertenecen a niveles distintos de experiencia cultural.

En una sociedad libre cada cual puede elegir sus placeres. Pero no todos los placeres son equivalentes desde el punto de vista cultural. Como explicó John Stuart Mill, hay placeres que ejercitan las facultades superiores del ser humano —la imaginación, la sensibilidad estética, la inteligencia— y otros que apelan sobre todo a la emoción primaria.

La ópera o el ballet pertenecen claramente al primer tipo. Son formas artísticas que concentran siglos de tradición musical, coreográfica y teatral. Exigen atención, sensibilidad y una cierta educación estética.

El fútbol o los toros, en cambio, producen sobre todo excitación colectiva, emoción visceral y rivalidad. No hay nada necesariamente ilegítimo en ello; pero sería extraño afirmar que ambas experiencias ocupan el mismo nivel cultural.

Mill decía que quien ha conocido ambos tipos de placer tiende a preferir los más altos, aunque sean más exigentes. En ese sentido, la cultura no consiste en prohibir los placeres populares, sino en ensanchar la capacidad humana para disfrutar placeres más ricos y complejos.

No desearía parecer arrogante, pero recordemos a Ortega: “La característica del hombre-masa es la complacencia en lo fácil. No aspira a superarse ni a elevarse; exige que todo se simplifique para acomodarse a su comodidad. La civilización, en cambio, es siempre el resultado de una minoría que se impone tareas difíciles”.

La música clásica o la ópera no buscan simplemente excitar; buscan transformar la emoción en comprensión. La alta cultura exige atención, disciplina y memoria. Es una invitación a la dificultad. Lo que hoy domina en muchas sociedades es la sustitución de la dificultad por el entretenimiento.

La cultura de masas no pretende elevar al individuo; pretende halagarlo. El entretenimiento de masas halaga nuestros impulsos más fáciles; el arte verdadero nos obliga a superarlos.

Charles 42

Dudo sobre si mi vida ha valido la pena tal como fue vivida. Quizá habla ahora un intenso desengaño y una enfadosa melancolía, no sé. Hubiera querido algo distinto, distinto hacia adelante, rico hacia atrás, con otra memoria grabada durante la eternidad. Haberme abandonado al espectáculo fosforescente del amor, a la íntima suavidad de la amistad, a la epifanía del sexo enamorado, en fin, que hubieran movido mis hilos la incandescente vida y no la seca razón. Vivir, después entender.

Pasé la vida imaginando la vida. La realidad me fue casi siempre inaccesible. Fui solo un pueril soñador, un desvertrebado adolescente, un angustiado loco. En la zona oscura de mi conciencia quedan palabras, montones y mallas de palabras, pero no la fuerza de la savia que impulsa el verde tallo de la flor.

Obviamente lo ideal sería tener ambos lados del poliedro, experiencia y cultura.

Me siento pobre, triste y mutilado. No volvería a vivir mi vida tal como la viví.

Charles 41

Me he pasado la vida leyendo y estudiando y prácticamente no sé nada. La inmensidad de lo desconocido, el océno de mi ignorancia, conforme más estudiaba, más visible y nítido se volvía. No sé nada con certeza. El que sabe mucho no es el que ha recogido muchas verdades, sino el que ha comprendido la infinita extensión de su ignorancia. Cuanto más me adentro en el conocimiento, más descubro mi propia incapacidad y mis inmensas limitaciones. Y a medida que subo -modestamente- a la cumbre del saber humano, encuentro allí una niebla espesa que me dice que todo lo que he aprendido es poco y frágil, o prácticamente nada. Siento que sé muy poco. Un eterno estudiante prácticamente necio del todo, o sin el «prácticamente».

Pese a mi astronómica ignorancia, viví intelectualmente con intensidad, pero emocionalmente con pobreza. La vida pasó a mi lado como un río que se mira desde la orilla. Tal vez comprendí algunas cosas, pero no viví casi ninguna. La cabeza, llena, la vida, bien yerma.

Tengo la sensación de que mi horizonte se ha cerrado. He vivido a la espera de una vida que no comenzó todavía, y ahora veo que tal vez ya pasó. Tengo la indudable impresión de que mi destino ya se decidió y que mi vida no es más que el lento recorrido por una pobre línea trazada. A mi alrededor está la ciencia, la filosofía, el arte, la literatura, mis libros, todas las cosas que creí amar; pero ninguna de ellas responde a la pregunta más simple: ¿Para qué vivir?

Una vida de pensamiento, no así de experiencia. Y no logré ser nada de todo aquello que soñé. Ni fama, ni riqueza, ni familia, ni gloria literaria. El mundo no me escuchó. Ni me leyeron en mi tiempo ni me leerán en un futuro.

Hola, Gregor Samsa. Soy yo.

Charles 40

Necesito una conversación profunda y no encuentro interlocutores— tema que aparece una y otra vez en diarios, cartas y memorias de escritores, filósofos y científicos. No es simplemente “soledad social”; es soledad intelectual, que es algo mucho más específico y más doloroso.

Aristóteles lo formuló con una claridad extraordinaria: la amistad más plena se da entre iguales en virtud y en vida intelectual. No basta con que alguien sea buena persona; tiene que haber comunidad de mundo mental. Y eso, estadísticamente, es raro.

Schopenhauer lo explicó brutalmente: “Cuanto más elevado es el espíritu de un hombre, más solo se encuentra. La gente común no puede darle nada, y él tampoco encuentra en ellos nada que recibir”. Eso no significa superioridad moral, sino diferencia de intereses y profundidad.

Estoy terriblemente solo. No tengo a nadie con quien hablar de las cosas que realmente me importan. Encima, escribo libros que nadie lee. La soledad es mi única realidad. Incluso entre personas siento que hablo desde un lugar donde nadie puede seguirme.

No quiero agobiar más a mi hermana (mi único refugio afectivo) Mientras escribo esta nota tengo la radio encendida de fondo; juegan la Champions y gritan como posesos; una verdadera avalancha o cacofonía de babiecas y mastuerzos (no me gusta el fútbol)

Si alguien está solo es porque algo le ha pasado. A veces es verdad. No soporto la compañía de la mayoría de las personas durante mucho tiempo. Quien vive intensamente hacia dentro no encuentra fácilmente compañeros hacia fuera. Escribo. Y la escritura es una forma extraña de conversación diferida (sueño dialogar con lectores futuros, aunque sé que eso es virtualmente imposible)

***

Permítanme un largo tren de citas (disculpen el efecto martillo) Su música cognitiva resuena dentro de mí con una intensa claridad y afinidad de símbolo.

Schopenhauer: “Cuanto más elevado es el espíritu de un hombre, más se aparta de la multitud. La vulgaridad de los intereses comunes, la superficialidad de las conversaciones ordinarias, la pequeñez de las preocupaciones que ocupan a la mayoría de los hombres, resultan insoportables para quien está acostumbrado a habitar en la esfera de las ideas. El hombre de talento encuentra en la soledad su elemento natural. Allí puede entregarse a la conversación silenciosa con los grandes espíritus del pasado, cuyos libros constituyen una sociedad más digna que la de muchos contemporáneos. La soledad deja de ser un sufrimiento cuando el individuo posee un mundo interior rico; pero se convierte en un tormento cuando el espíritu necesita interlocutores que casi nunca encuentra. Entonces se siente como un extranjero entre los hombres, obligado a escuchar conversaciones que no le interesan y a callar aquello que verdaderamente importa”.

Nietzsche: “Mi vida es ahora una completa soledad. No tengo amigos con quienes hablar de las cosas que realmente me preocupan. A veces siento que mis pensamientos viven en una región donde nadie puede seguirme. Cuando estoy entre los hombres debo reducir lo que pienso, simplificarlo, hacerlo irreconocible para que no resulte extraño o incomprensible. Esto produce una fatiga terrible. A menudo siento un deseo casi doloroso de conversación verdadera, de intercambio espiritual; pero no encuentro a nadie con quien compartir estas cosas. Así vuelvo a mis libros y a mis paseos solitarios”.

Kafka: “Estoy solo como nunca antes lo estuve. Incluso cuando estoy entre personas, siento que permanezco separado por una distancia imposible de salvar. Las conversaciones ordinarias me dejan exhausto, porque siento que lo esencial no puede decirse. Lo que realmente me importa permanece callado, como si estuviera encerrado detrás de una pared. Entonces regreso a mi habitación, a la mesa, al silencio. Allí al menos puedo hablar conmigo mismo y con lo que escribo”.

Flaubert: “No tengo con quién hablar de lo que ocupa mi mente. La mayoría de las conversaciones me parecen intolerablemente mediocres. Las personas hablan de política, de dinero, de pequeñas intrigas de la vida cotidiana, mientras yo pienso en frases, en libros, en ideas. Esto me hace sentir como un extranjero entre mis contemporáneos. A veces me pregunto si no he nacido para vivir en compañía de los muertos: Homero, Shakespeare, Cervantes. Con ellos puedo conversar; con los vivos, raramente”.

Unamuno: “Lo más difícil en la vida es encontrar con quién hablar de verdad. No de política ni de chismes ni de la trivialidad cotidiana, sino de las cosas que verdaderamente importan al espíritu. Muchas conversaciones no son más que ruido. Se habla para no pensar. Y quien necesita pensar en voz alta se encuentra a menudo condenado al silencio”.

Pessoa: “Nunca he tenido a nadie a quien pudiera llamar verdaderamente amigo. He tenido conocidos, compañeros de conversación, personas con las que intercambiar palabras; pero nunca alguien con quien compartir el fondo de mi pensamiento. Así he aprendido a conversar conmigo mismo. Y, en cierto modo, los libros que leo son mis verdaderos interlocutores”.

Charles 39

Náuseas, dolor de estómago y de cabeza, sequedad o congelación interior; no puedo ni pensar ni escribir. Desierto interior donde las palabras no salen. Es como si mi espíritu estuviera hecho de plomo. Permanezco horas enteras, inmóvil, en la cama. No es pereza; es una especie de petrificación interior, un agotamiento que se apodera de todo el cuerpo. No me interesa ni tengo ganas de escuchar música o leer, de respirar. No tengo fuerzas ni para hablar.

Estéril y vacío como un tambor. Todo parece sin sentido. El mundo pierde su color, y escribir resulta imposible. No hay energía, no hay curiosidad, no hay deseo. Solo una especie de peso oscuro sobre el espíritu. Un manto mojado, mugriento y espeso apresándote, empapándote. Todo pesa, cansa: vivir, hablar, moverse. La vida entera parece una carga absurda. Dentro de mí, en lugar de sangre y linfa, kilos de arena, polvo de arena.

Espanto y odio. Lombrices devorando las circunvalaciones del cerebro, sanguijuelas chupando la sangre de los ventrículos. Nube oscura, catástrofe, pecado. Una tierra agotada después de demasiadas cosechas.

Burton: “La melancolía es una enfermedad del alma que oscurece el entendimiento, abate el ánimo y deprime todo el cuerpo. El hombre melancólico siente un peso constante en su espíritu, una tristeza que no puede explicar ni apartar de sí. Su imaginación se llena de pensamientos sombríos, y su mente se vuelve incapaz de aplicar atención a ningún trabajo o estudio. Nada le agrada; aquello que antes le producía placer ahora le resulta insípido o fatigoso. Se siente torpe, lento, como si una nube oscura hubiese descendido sobre su cerebro. Intenta leer o escribir, pero el pensamiento no se sostiene y la mente se dispersa o se queda en blanco. El melancólico se queja de dolores de cabeza, pesadez en el estómago, náuseas, opresión en el pecho y debilidad general del cuerpo. Se siente cansado sin haber trabajado y triste sin saber por qué. Su espíritu está abatido, su imaginación perturbada y su voluntad debilitada. A menudo se sienta en silencio, incapaz de hablar o de pensar con claridad, y se siente como si estuviera oprimido por un peso invisible. Todo esfuerzo intelectual le parece insoportable, y el mundo entero le resulta oscuro y desagradable”.

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“Hay un estado del alma en el cual todo se vuelve indiferente y pesado. El mundo entero pierde su interés y su color. Nada despierta la imaginación ni mueve el corazón. El pensamiento mismo se vuelve fatigoso. El espíritu se siente oprimido por una especie de peso oscuro que lo aplasta y lo paraliza. El hombre experimenta entonces un cansancio profundo de existir, un hastío universal que no proviene de ninguna causa particular, sino del fondo mismo de la vida”, Leopardi.

“La desesperación es una enfermedad del espíritu, del yo. No es una enfermedad del cuerpo, y sin embargo penetra todo el ser. El desesperado se siente incapaz de ser él mismo, y al mismo tiempo incapaz de dejar de serlo. Esta desesperación puede presentarse como una especie de languidez del alma, un cansancio profundo de existir, en el cual todo parece pesado y sin sentido”, Kierkegaard.

“Hay días en que la conciencia se vuelve una carga insoportable. Todo pensamiento pesa, todo sentimiento fatiga. El espíritu se siente agotado por el simple hecho de existir. En esos momentos uno comprende lo que significa el vacío interior: una ausencia total de energía, de deseo, de curiosidad. El mundo entero pierde su consistencia y se vuelve extraño”, Cioran.

Charles 38

Mi vida consiste en una habitación, una mesa, una lámpara, el ordenador, la locura y el miedo. Pasé toda mi vida encerrado entre cuatro paredes, como un preso en su celda, o como un cerdo en su cuadra. Se me cerraron las puertas a la jarana, a la pandilla y a la alegría. He pasado mi vida sentado en una silla.

Un ermitaño, un muerto viviendo su sueño profundo. Toda la existencia como un encerramiento atroz, rumiendo mis inútiles obsesiones. Gran parte de mi vida (o toda) enfermo, en sanatorios o en casas aisladas, consumiéndome en estudios que me han robado la juventud y la madurez. Avanzaba y avanzaba, y de pronto llegué a un abismo y vi claramente que delante no había nada más que la muerte. Todo lo que he hecho me parece completamente inútil. Años sin ver la luz del día más que unos pocos minutos. Nacer es entrar en una cárcel.

Desdichado y desconocido, mi vida fue un fracaso.

Charles 37

No deseo que se diga de mí que fui alguien que tenía opiniones; una opinión no vale nada si no está motivada, justificada, apoyada por argumentos y pruebas. En ciencia y en filosofía, en una vida cotidiana seria y racional, lo que cuenta no es lo que uno cree, sino lo que puede demostrar o razonar persuasivamente.

El mundo está lleno de opiniones, pero está muy escaso de argumentos. La opinión es barata: basta solo con tener una boca y moverla. El pensamiento en cambio es caro: exige razones y una mente lenta, en activo.

La opinión es el refugio de quienes no tienen pensamiento. Las ideas de cuño moderno no son ideas: son meras opiniones de baratija rebuznadas y, a poder ser, gritadas. El hombre contemporáneo cree pensar cuando simplemente se limita a opinar toscamente. Las opiniones dominantes no necesitan ser verdaderas; fíjense: basta con que nadie piense ¿Lo advierten, verdad? Se habla incesantemente para no pensar. Si bien se mira, el exceso de opinión es el síntoma de una civilización fatigada, donde el barullo y la estridencia sustituye a la inferencia y a la delicadeza de gusto, idea y razón.

Observo que mucha gente cree que tiene derecho a imponer y a dar algo así como vigor o rango de ley a sus chuscos tópicos tabernarios. Parece que hoy a cualquiera no se le ocurre que para tener una opinión sobre algo es preciso haber pensado antes en ello. Opinar sin haber pensado es la forma más frecuente de la estupidez y la bobería pública.

Nos asaltan por doquier charlatanes, gentuza con ideas de rebaño, gente con cerebros atiborrados de clichés y una acusada banalidad en su discurso. La incapacidad para pensar no es estupidez. Se encuentra en personas muy inteligentes. Pero donde el pensamiento se ausenta, los clichés y las frases hechas ocupan su lugar. Las frases hechas construyen el pensamiento por nosotros. Se deslizan en la mente sin resistencia y nos permiten hablar sin pensar. Karl Kraus: “Cuando el sol de la cultura está bajo, incluso los enanos proyectan grandes sombras”.

La opinión pública (una forma de sentimientos disfrazados) es, a menudo, la opinión privada de los imbéciles.

***

No se puede hablar prácticamente con nadie. Se burlan de ti si usas subordinadas, si elevas un palmo la conversación, si, en lugar de hablar de la «liason» entre Esther Expósito y el tocapelotas de Mbappé, hablas de ciencia, humanidades, libros, arte o literatura.

Schopenhauer, en «Parerga y paralipómena» describe con gran claridad ese rechazo social u hostilidad a la inteligencia:

“La superioridad intelectual ofende. Es un hecho casi universal que la gente se siente incómoda en presencia de quien piensa más que ella. Por eso la mediocridad se consuela desacreditando la inteligencia. No pudiendo alcanzar la altura del espíritu, intenta rebajarla. De ahí la tendencia tan extendida a tratar con desprecio el saber, la reflexión y el estudio. El vulgo siente una especie de resentimiento instintivo contra todo lo que le recuerda su propia limitación”.

Proclamar e imponer el derecho a la vulgaridad es la nueva característica de esta Edad Media Tecnológica o Era de Piedra Anti-Ilustrada. La hostilidad hacia la excelencia, hacia el que destaca y no se rebaja, hacia el que evita manoseadas opiniones elementales y lugares comunes, es palpable. Se transformó en alguien ofensivo un individuo culto e inteligente.

Alexis de Tocqueville: “En las sociedades democráticas la mayoría ejerce una presión formidable sobre el pensamiento. No obliga mediante la violencia, sino mediante la opinión. Quien piensa de manera diferente se encuentra aislado. No se le prohíbe hablar, pero se le condena a una especie de exilio moral. El que no participa de las opiniones comunes es mirado con desconfianza y tratado como un extraño”.

Quien intenta argumentar, matizar, razonar con cuidado, suele encontrarse en una posición extraña en nuestro tiempo. Mientras la conversación pública se llena de opiniones instantáneas y consignas, el que intenta pensar parece un intruso. La inteligencia introduce complejidad, y la complejidad incomoda. Por eso las sociedades dominadas por el cliché reaccionan con irritación frente al pensamiento. El pensamiento exige esfuerzo; el cliché ofrece tranquilidad.