En mi cama releo a Stendhal. Sensación de Misa en sí menor de Bach en Chartres. La lámpara, con sus libélulas generosas de luz, ilumina la página, pero alrededor se extiende una oscuridad de caverna. En esa oscuridad, las palabras adquieren una resonancia distinta, más íntima, más profunda. No leemos entonces para saber, sino para ser.
La noche me devuelve a mí mismo. Noche: juguete enterrado en la arena de la playa, coral al fondo de Billie Holiday. Durante el día me disperso, me diluyo en mil solicitaciones; pero por la noche, en el silencio, recupero esa unidad que me permite leer verdaderamente. Leer de noche no es leer los libros, sino dejar que los libros nos lean.
Las lecturas nocturnas tienen un carácter distinto, casi mineral. Se incrustan en la memoria con una dureza que las hace perdurar. En la noche, el lector se vuelve más preciso, más atento. No hay lugar para la distracción. Es entonces cuando los libros revelan su verdadera estructura.
