Cornaro 193

Informe Mundial PISA (OCDE): «En promedio, el ciclo actual presenció una caída sin precedentes en el rendimiento de los estudiantes. En matemáticas, la OCDE experimentó una caída de 15 puntos en comparación con 2018, mientras que la lectura cayó 10 puntos. Para poner esto en perspectiva, una caída de 15 puntos equivale a tres cuartas partes de un año de aprendizaje, lo que subraya el impacto sistémico de las interrupciones recientes, pero también de deficiencias estructurales previas al COVID-19» Y añade Funcas: «El informe sitúa a España [y otros países del sur de Europa] entre los países con una proporción relativamente alta de jóvenes con titulación secundaria pero habilidades lectoras muy débiles. Esta reflexión cobra especial relevancia al analizar las habilidades reales como determinante del empleo futuro». Los datos reflejan concluyentemente una crisis sin precedentes en la educación secundaria que, por un efecto dominó, está condicionando la realidad de la educación universitaria.

Me da pavor que la enseñanza se convierta solo en tecnología, en pragmatismo tontorrón, me da miedo la tiranía del aprobado, el premio a la abulia y el castigo a la excelencia, la jerga pedagógica ignorante, que tachemos del horizonte a las humanidades, la historia, la filosofía, la literatura, que se infantilice tanto el estudio de las ciencias. La educación no es solo divertir, sino crear un pensamiento libre, una capacidad de juicio madura y un lenguaje rico. Hay que entender, después saber analizar, y, por último, opinar con conocimiento de causa en base a ese entendimiento y a ese análisis. Un estudiante que no sabe leer con profundidad, o tiene atrofiada la inferencia deductiva, que no sabe argumentar ni descifrar textos complejos, es un estudiante manipulable; mejor, un falso estudiante. La crisis de la educación es una crisis de nuestra futura libertad y mayoría de edad democrática.

Educar exige transmitir contenidos, exige memoria y exige, obviamente, disciplina. Si la educación secundaria renuncia a ser exigente, la universidad se ve obligada a convertirse en una escuela de recuperación, perdiendo su verdadera función investigadora y de alta cultura. Marina Garcés: «En las universidades españolas nos encontramos con estudiantes que tienen trayectorias escolares impecables en lo formal, pero que entran en pánico cuando les pides que formulen un problema por sí mismos, que piensen fuera del guion de las competencias asignadas. Los hemos educado para ser usuarios del sistema educativo, no sujetos pensantes […] La universidad se está convirtiendo en una escuela de secundaria prolongada. Como la educación secundaria se ha vaciado de contenidos teóricos bajo el pretexto de no traumatizar o no segregar, la universidad hereda alumnos sin herramientas de análisis abstracto. El resultado es que pasamos el primer año de carrera nivelando el terreno, enseñando a resumir, a argumentar y a estructurar el pensamiento».

Un panorama desolador.

Cornaro 192

(Borges. Escolios a un centón)

Se dice que Borges fue un algebrista, un frío razonador desde el gnosticismo de la topológica inteligencia. Discrepo algo de estas tesis; escribió con emoción (intelectual, sí, pero emoción al fin y al cabo), no solo desde cerradas estructuras matemáticas lingüísticas autoalusivas; escribió desde el contexto y las orillas y el rumor de las calles bonaerenses. Cruzó las sagas islandesas con las memorias de los coroneles de las guerras civiles argentinas. Su cultura fue enciclopédica, de humor finísimo, pero al mismo tiempo, su obra tiene un poco de broma de salón con teteras y dulces ingleses. Prosa muy cortés, urbana, formalmente perfecta, que no se agita innecesariamente en dramas rurales, ni en valles o ríos o castillos con pasadizos mágicos. Borges nos enseñó que escribir es siempre una forma de plagio o de traducción de un texto que ya existe en un estante de la biblioteca de la humanidad. Después de leerlo, es imposible volver a mirar una biblioteca (o un espejo) con la misma ingenuidad de antes; nos inoculó para siempre el veneno de la erudición y la suspicacia literaria.

Su sofisticación técnica y sus laberintos lógicos son, en última instancia, estrategias para postergar el encuentro con la nada o con la muerte. Sus personajes están hechos de palabras exactas y elegantes, y lo saben; habitan una zona puramente lingüística donde la realidad exterior ha sido casi abolida. Le fascinan las herejías, no porque asienta con ellas, sino porque representan momentos en los que la imaginación de los hombres fue más libre y audaz que la realidad convencional. Lee la literatura contemporánea como los antiguos rabinos leían la Cábala: bajo la sospecha de que ni una sola letra ha sido puesta al azar y que el texto guarda un secreto numérico o un mensaje cifrado. Me gusta Borges porque cada uno de sus relatos es un modelo del universo o de un atributo del universo (el tiempo, el espacio, el azar, la memoria) Frente a la gran novela del siglo XIX, que acumulaba páginas para construir un mundo, Borges inventó la literatura de segundo grado: el cuento que se presenta como la reseña de un libro que nunca fue escrito. De esa florida senda bebemos muchos de nosotros. Devolvió a la desastrada literatura española de la época el orgullo del estilo. La literatura es la fuente de la literatura. La burguesía no es innoble, sino el fanatismo. El peronismo es casquería astrológica. La metafísica es una rama de la ciencia ficción. Para estar muy orgullosos.

***

En literatura, el asentimiento intelectual no es lo mismo que estar de acuerdo. La literatura puede producirnos placer sin necesidad de que estemos de acuerdo con su contenido, debido a que reaccionamos favorablemente ante la fuerza o la gracia de una mente, sin reconocer la bondad de sus intenciones o conclusiones. Podemos sentir placer ante la fuerza de convicción de una mente, sin necesidad de juzgar la corrección o adaptabilidad de lo que dice.

Oakeshott conecta directamente con esa idea de Borges de la «resignación y la tolerancia» frente al poder del Estado: «El hombre de disposición conservadora no es propenso a creer que la función del gobierno sea la de organizar la vida de los ciudadanos según un plan maestro, ni la de guiarlos hacia un fin glorioso. (…) Para él, gobernar es una actividad específica y limitada: consiste en mantener la paz, en arbitrar los conflictos mediante reglas conocidas, de modo que los hombres puedan perseguir sus propios proyectos con la menor interferencia posible. El conservador es escéptico ante los salvadores políticos y las revoluciones que prometen empezar de cero, porque sabe que el costo de destruir las tradiciones existentes suele ser el despotismo». Sabias palabras.

Al igual que el gran Borges, yo creo que la burguesía ha sido la clase social más creadora, más constructiva y más libre que ha dado la historia. El comunismo y los fascismos no son más que la rebelión de los resentidos contra la libertad burguesa. La gente no entiende que el orden burgués, con todos sus defectos y aburrimiento, permite la existencia del disidente, del artista y del escéptico. Una sociedad sin una clase media fuerte es una sociedad condenada a la tiranía de un dictador o a la brutalidad de la masa.

Un escritor de izquierdas suele gozar de una presunción de inocencia moral (incluso si justificó purgas o dictaduras), mientras que los escritores de derechas solemos ser observados con sospechas y todo tipo de prevenciones. Al final, como bien concluye el artículo de Jorge Fernández, la literatura siempre vence a la política. Las opiniones políticas de Borges envejecen, o yerran o se rectifican; sus páginas siguen siendo inmutables; un refugio de lucidez para quienes, ante la intolerancia de las masas o los dogmas de turno, preferimos la escéptica y libre incomodidad de no dejarnos pastorear como ovejitas.

Cornaro 191

El deporte debería estar fuera de las cuitas politicas, pero sabemos que se usa para blanquear y tapar la imagen de muchos países y tener entretenidos a los ciudadanos.

Es una falacia sostener que el deporte de masas fomenta la fraternidad o el juego limpio. Lo que realmente promueve es el gregarismo más primario, el chovinismo excluyente y una agresividad latente que a menudo estalla en violencia real.

Asistimos a una inversión monstruosa de los valores: un futbolista de la selección que apenas sabe articular tres frases seguidas es elevado a la categoría de héroe nacional y recibe ingresos multimillonarios, mientras que un científico, un filósofo o un poeta viven en la irrelevancia.

Resumiendo: ¿Futbolistas? ¿Público del Mundial? Sófocles: «La ignorancia es un mal que no duele» τὸ μὴ φρονεῖν γὰρ κάρτ᾽ ἀνώδυνον κακόν

Cornaro 190

La pérdida de las humanidades infantiliza el espíritu. Demasiadas veces vivimos con el piloto automático puesto y con la pretensión casi monomaníaca de tener y acumular, y, lo que es más grave, sin haber reflexionado o dirimido qué clase de vida es digna de ser vivida o desearíamos vivir. No somos autómatas dedicados exclusivamente a atesorar; un ser humano debe preguntarse indefectiblemente por el significado, debe pulir su autoconciencia.

La música, la literatura, la filosofía, son las vías regias para advertir que no todo se reduce a la compraventa. Saboreemos la gratuidad de la ciencia y de la belleza. Una existencia dedicada exclusivamente al dinero es una existencia prácticamente zombi.

Cornaro 189

Usted utiliza una prosa que recuerda a las páginas más lúcidas de un Juan Donoso Cortés o a los análisis contemporáneos del filósofo Miguel Ayuso. Espero que en mi réplica no me considere azuzado por una vil demogresca y me vea resumido simplemente en «un imbécil liberal» (tengo mucho de una de esas dos cosas)

El siglo XIX fue peculiar. Sí, Gregorio XVI, en su encíclica Mirari Vos (1832), no anduvo con ambages a la hora de calificar la libertad de conciencia, raíz emponzoñada de la que brota la imposibilidad de una verdadera integración cristiana. Citemos in extenso: «De esa espantosa fuente del indiferentismo mana aquella sentencia absurda y errónea, o mejor dicho, locura, que afirma que debe garantizarse y asegurarse a cada cual la libertad de conciencia (…). De aquí la mudanza de las mentes, de aquí la depravación de la juventud, de aquí el desprecio de las cosas sagradas y de las leyes más santas en el pueblo; en una palabra, la peste más mortífera para las repúblicas, ante la cual la experiencia de todas las edades demuestra que las ciudades que florecieron por sus riquezas, por su poder y por su gloria, perecieron por este solo mal: la libertad inmoderada de opiniones, la licencia de los discursos y el ansia de novedades».

Asimismo, y usted lo sabe, leyó y estudió, León XIII, en Libertas Praestantissimum (1888), diseccionó cómo la libertad religiosa arranca la corona a Cristo para dársela al consenso social, convirtiendo la caridad en un servicio utilitario. Étienne Gilson y Thomas Molnar analizaron con amargura cómo la Iglesia, al adoptar el lenguaje de los derechos humanos y de la libertad religiosa, se desarmó a sí misma, transformando sus misiones en meras agencias de desarrollo de las Naciones Unidas.

Que quede claro. Sr. De Prada, su núcleo cosmovisivo es profundamente totalitario, teocrático y, en última instancia, impracticable en el siglo XXI. Usted plantea un dilema falso y muy peligroso: que para salvar el alma del inmigrante hay que anular su derecho legal a elegir su fe, y que la libertad religiosa es un invento «impío» diseñado para destruir la Iglesia.

Lea, sin sesgos cognitivos, apaciblemente, este pequeño convoy de citas (uno siempre sueña con la conversión de furibundos tradicionalistas en sensatos liberales):

«La libertad de comunicación es sin duda esencial para el progreso de la ciencia, pero la libertad de conciencia lo es aún más para el desarrollo de la dignidad humana. Un Estado que impone una ortodoxia religiosa o ideológica esteriliza la mente de sus ciudadanos. El misterio del universo es demasiado vasto para ser encasillado en un solo dogma obligatorio. Solo en una sociedad donde el hombre es libre de elegir su camino espiritual puede florecer la honestidad intelectual necesaria para descubrir las leyes de la naturaleza.», Albert Einstein, Ideas and Opinions.

«Nadie puede ser cristiano si carece de caridad y de esa fe que actúa no por la fuerza, sino por el amor… La salvación de las almas pertenece exclusivamente a Dios y a la conciencia de cada individuo. El cuidado de las almas no puede pertenecer al magistrado civil, porque la fuerza no convence a nadie; solo el entendimiento puede cambiar las mentes. Tratar de salvar a los hombres mediante la coacción, obligándoles a profesar religiones que no sienten como verdaderas, no es llevarlos al cielo, sino condenarlos a la mentira y a la hipocresía pública.», John Locke, A Letter Concerning Toleration (1689)

«En Europa, la religión y la libertad han marchado casi siempre en direcciones opuestas. En América, las encontré íntimamente unidas. Los católicos americanos son los ciudadanos más fieles y, al mismo tiempo, los más firmes defensores de la libertad de cultos. Entendieron que para que la fe sea respetada, debe renunciar al poder de coacción. Cuando una religión busca el apoyo de la ley para imponerse o para frenar a otras, se vuelve tan frágil como las instituciones humanas. La libertad religiosa no debilita a la Iglesia; la purifica, permitiéndole reinar por la fuerza moral de su mensaje y no por el miedo al decreto estatal.», Alexis de Tocqueville, La democracia en América (1835)

En serio. Me parece profundamente aterrador que usted, creyéndose poseedor de la verdad absoluta, considere que la libertad de los demás es un estorbo para el bien común. Aterrador y casi bárbaro.

Cornaro 188

Fútbol. Fútbol. La capitulación de la conciencia individual ante la tribu. Lo que la sociedad celebra como «pasión», el aristocratismo intelectual lo diagnostica como una evidente regresión a la cueva, la anulación del don del juicio crítico y el triunfo del gregarismo.

«La característica del momento es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho de la vulgaridad y lo impone dondequiera… El hombre-masa es el hombre cuya vida carece de proyectos y va a la deriva. Por eso no construye nada, aunque sus posibilidades, sus poderes, sean enormes… Hoy asistimos al triunfo de una hipertrofia de lo físico, de un culto al cuerpo que es el síntoma inequívoco de la decadencia de una civilización, porque el deporte, que era higiene, se ha convertido en la ocupación central de las gentes, en una forma de embriaguez colectiva que permite al individuo evadirse de sí mismo», Ortega y Gasset.

Nietzsche identificó con precisión algebraica el peligro de la disolución del ‘yo’ en la masa, una advertencia que resuena -percíbanla- en los cánticos posesos y los movimientos de cualquier grupo ultra o afición.

Borges, cráneo privilegiado: «El fútbol es popular porque la estupidez es popular. Once jugadores contra otros once corriendo detrás de una pelota no me parece algo precisamente estético. Además, el fútbol despierta las peores pasiones: el nacionalismo, la xenofobia, el desprecio por el rival. Es una forma de la cursilería y, lo que es peor, una forma del odio organizado. Yo no entiendo cómo una ciudad puede volverse loca porque un club gane o pierda. Es una de las mayores supersticiones de nuestra época, una forma de fanatismo que ha reemplazado a la religión y a la razón».

Nicolás Gómez Dávila, prócer cultísimo: «El hombre moderno es el hombre que ha trocado el diálogo por el grito, la meditación por el espectáculo, y la liturgia por el partido de fútbol. El fútbol es el opio del pueblo en una época que ya ni siquiera merece tener una religión verdadera. Las multitudes no piden pan y circo; piden circo para olvidar que solo tienen pan. Nada delata más la vileza de un alma que su capacidad de conmoverse ante el triunfo de un club deportivo».

Pasar una tarde leyendo a Tácito y D´Ors, estudiando los ensayos de Bacon. Gozar de una edición de lomo con hierros dorados, cabezadas y guardas especialmente diseñadas para la edición. De tirada limitada y numerada, acompañada de colofón justificativo y presentada en elegante estuche de conservación. Gozar de Telemann y Sebastián Durón. Quien se refugia en la purpurada cultura busca elevarse por encima de las contingencias de la época; quien se entrega al fútbol se diluye en el lodo de la miasma, aceptando que su felicidad dependa de la trayectoria azarosa de una pelota. El aristócrata del espíritu se aleja de los estadios y sus rugidos de acémila, donde lo noble jamás podrá penetrar.

Cornaro 187

Buenos días. Estoy acatarrado. Ya en mi casa de Tel Aviv. «Cada palabra de Torá estudiada produce una reparación (tikkún) en los mundos superiores», Isaac Luria.

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«Tres coronas hay: la corona de la ley, la del sacrificio y la del reino; pero la corona del estudio está por encima de todas ellas», Pirkei Avot 4:13

«Los libros son como ventanas que abren el alma a la luz del Creador. Lee, estudia, y verás cómo tu mente se expande», Rabí Najman de Breslov

Cornaro 186

Compró turquesas de viejas y nuevas minas, las primeras de un azul celestial, las segundas de un verde pálido, y se deleitaba con sus extrañas propiedades… Le gustaba leer sobre las piedras, palparlas, posarlas en la mano, escrutarlas con los ojos e imaginar las virtudes que los hombres les habían atribuido. Solía pasarse días enteros ordenando y reordenando en sus estuches las distintas piedras que había coleccionado, como el crisoberilo verde oliva, que se vuelve rojo a la luz de una lámpara; el topacio, amarillo como el vino de los dioses, y rosa como los pétalos del rosal silvestre; el carbúnculo, de un rojo encendido, con una estrella de cuatro rayos oscilando en su centro; las piedras de moco o ágatas musgosas, con sus hebras de vegetación fantástica; el zafiro de agua, que cambia de color según el punto desde el que se mire; el berilo, verde como el mar; el crisoprasio, de color de manzana; y el jacinto de color de llama. ZP era un extremado esteta.

Las esmeraldas del Perú o de Zambia. Los crisoberilos verde manzana; los peridotos verde oliva; turmalina verde botella, matizadas por los tonos más claros del berilo y del crisoprasio… El zafiro de agua de Ceilán, con sus irisaciones dudosas y cambiantes; el ojo de gato, con su pupila de plata atrapada en un cuarzo verdoso; la piedra de luna, de una palidez lechosa y azulada; y sobre todo, el ópalo noble, esa gema de una sensibilidad exquisita, que parece sufrir y alegrarse según la temperatura de la mano que la toca, y que arroja, en su fondo de porcelana blanca, un fuego tímido y cambiante, como un recuerdo de hoguera moribunda.

Pulcherrimus est mundus. Ah la Jerusalén Celestial: «Los cimientos de la muralla de la ciudad estaban adornados con toda clase de piedras preciosas: jaspe, zafiro, calcedonia, esmeralda, sardónica, cornalina, crisólito, berilo, topacio, crisoprasa, jacinto y amatista». Fundamenta muro ornata omni lapide pretioso.

El fuego del topacio, con su tono de azúcar quemado, y el verde sombrío de la turmalina, que parecía retener la sombra de los musgos, no eran simples adornos; parecían extensiones de su propio capricho, fragmentos de una geología personal que ZP escondía para desconcierto de quienes buscaban en sus joyas únicamente el valor de los diamantes de la Bolsa.

Cornaro 185

Es fascinante ver cómo el texto de Najat, marquetería y magnolias para vivir, conecta directamente con la raíz de nuestra mejor tradición pedagógica. Tanto el anarquista racionalista -umbral de fuego- Francisco Ferrer Guardia como el sacerdote católico -fuego de umbral- Andrés Manjón, desde las antípodas ideológicas, habrían firmado cada línea de El Hachmi. Ambos combatieron con fiereza la idea de la educación como una mera fábrica burocrática y defendieron el amor, el respeto a la identidad del niño y el rechazo decidido a la violencia.

«El verdadero educador no es el que impone sus ideas, sus dogmas o sus caprichos al niño, sino el que sabe guiarle para que descubra por sí mismo la verdad. Rompamos con los viejos moldes de la escuela que encadena. Nuestra enseñanza no acepta los castigos, ni los premios, ni las calificaciones que siembran la envidia y el rencor en los corazones infantiles. Queremos que el niño sea respetado en su individualidad. El maestro no es un gendarme del Estado ni un repetidor de cartillas; es un compañero que despierta las inteligencias con amor, que asume la responsabilidad sagrada de formar seres humanos libres, capaces de pensar y de sentir por sí mismos, y no esclavos sumisos destinados a la fábrica o al cuartel», Ferrer Guardia, Francisco. La Escuela Moderna. Posthumous Póstuma y explicación de sus fines. Barcelona: Publicaciones de la Escuela Moderna, 1910. Esta es la edición prínceps.

P.S. Se trata de un volumen de formato en octavo mayor. Fiel a la estética de la prensa obrera y de divulgación científica de la época, se editó originalmente en rústica (cubierta de papel blando). La portada es sobria, pero rotunda: tipografía modernista texturada, limpia de ornamentos religiosos o académicos tradicionales, donde destaca el sello editorial de la propia «Escuela Moderna».Impreso en un papel de pasta de madera corriente (lo que hace que los ejemplares supervivientes muestren hoy un característico tono tostado y cierta fragilidad por la oxidación). La composición tipográfica es clara, con una caja de texto espaciosa, pensada para una lectura cómoda y popular, lejos de las densas y oscuras ediciones eclesiásticas de la época. Suele incluir un retrato fotográfico en huecograbado del propio Ferrer Guardia en las páginas de cortesía iniciales, a modo de frontispicio y homenaje póstumo. Es un libro extremadamente escurridizo en el mercado del libro antiguo. Tras la ejecución de Ferrer Guardia y la clausura definitiva de sus centros, sus publicaciones fueron perseguidas, requisadas y, en muchos casos, destruidas por las autoridades. Encontrar un ejemplar de la primera edición de 1910, conservando sus cubiertas originales y sin encuadernaciones espurias posteriores, es una auténtica rareza bibliográfica; un fetiche secular que representa el nacimiento de la pedagogía libertaria internacional.

NOTA BENE: «Para educar a un niño, primero hay que amarle. El maestro que no ama a sus discípulos es un mercenario, un ciego que guía a otros ciegos. La educación no consiste en llenar la cabeza de nociones abstractas a fuerza de azotes o de gritos, sino en cultivar el corazón. El niño necesita aire, sol, alegría y el cariño de quien le enseña. Nuestras escuelas han de ser jardines de alegría, no prisiones sombrías. El buen maestro se hace niño con los niños, baja a su nivel, comparte sus risas, adivina sus silencios y sus miradas de anhelo. La letra con amor entra, y lo que se aprende con deleite y bajo el amparo de un trato tierno, jamás se borra de la memoria; acompaña al hombre hasta la vejez como el recuerdo más dulce de su vida», Manjón y Manjón, Andrés. Pensamientos Pedagógicos combinados con los métodos, régimen y prácticas de las Escuelas del Ave-María. Granada: Imprenta de las Escuelas del Ave-María, 1900.

Cornaro 184

Para mi maestro José María Álvarez (léase su obra «Sieg Heil!», Renacicimiento, 2007) la caída de Weimar demuestra que cuando un Parlamento se cree omnipotente y olvida el Imperio de la Ley (las garantías individuales inamovibles), abre las puertas a su propia destrucción a través de la demagogia: «Sobre lo que conviene reflexionar no es tanto sobre la muy conocida tragedia del Poder Nacionalsocialista —puesto que a lo largo de la Historia otras muchas formas de inhumanidad han prosperado— sino sobre la rendición ante el Mal (y no sin entusiasmo) de organizaciones sociales, religiosas, partidos políticos, la Universidad, la Judicatura, los intelectuales. Y cómo el hundimiento del Imperio de la Ley está latente en el alma de la Democracia de Masas y en el Parlamento de poderes ilimitados». El parelismo con nuestra política parlamentaria me parece directo e incontestable.

La era Sánchez es la apoteosis de un extremo estatismo en el contexto de la Agenda Global. Bajo la retórica de la «justicia social», la Transición Ecológica o el escudo social, el Estado asume prerrogativas morales e impositivas confiscatorias. Se legisla sobre el lenguaje, sobre los hábitos de consumo, sobre la propiedad privada y sobre la historia (memoria democrática) El Estado se mete en nuestras camas y nuestros fogones. La democracia se vuelve «simplista y engreída» porque asume que, mientras se vote cada cuatro años, el Estado tiene derecho a regular hasta el último reducto de la intimidad y la conciencia del individuo.

Observar hoy el panorama cultural, mediático y académico en España es asistir a esa misma rendición por entregas. Dan ganas de exiliarse. El sanchismo ha perfeccionado la colonización de las instituciones del Estado (CIS, Fiscalía, Tribunal Constitucional, RTVE) no mediante la fuerza, sino mediante la colocación sistemática de comisarios políticos y la asfixia económica o el linchamiento civil de las voces críticas. La disidencia ya no se castiga con la cárcel, sino con la muerte civil, el ostracismo mediático o la etiqueta de «fango» y «fachosfera». La Universidad y la prensa, que debieran ser los anticuerpos del sistema, se comportan a menudo como sus departamentos de propaganda.

Álvarez argumenta que la República de Weimar fracasó en su tramo final porque la política parlamentaria tradicional capituló ante la polarización radical, buscando soluciones desesperadas en lugar de defender los valores liberales clásicos. Así escribe en los capítulos inciales: «La República de Weimar era imposible. Pero pudo haber tenido otro final que la abominación del Volksgemeinschaft [comunidad del pueblo]: su continuación como República «autoritaria», la restauración de la Monarquía, el paso de esa República autoritaria a condiciones aceptables de Libertad con el avance económico. ¿Por qué sucedió lo que sucedió? Porque ninguna de esas salidas respondía tan bien al apetito de ese nuevo personaje de la Historia: las masas; ningún afán era «tan suyo», como el que les ofrecía el nacionalsocialismo. […] La Democracia se entregó sin lucha».

En una de sus tesis más polémicas y tajantes de filosofía política, Álvarez conecta el colapso parlamentario alemán con una tendencia estatista global que, según él, ya se gestaba en Occidente en los años 30: «Si he dicho que el Horror nazi fue una culminación de la Democracia moderna —otros intentos, más sutiles, pero igualmente no menos destructivos de las libertades, estaba ya fraguándolos EE. UU. con Roosevelt, o Inglaterra y otros países— lo es de manera muy especial. […] Lo que nos enseña Weimar es cómo una democracia puede autodestruirse respetando su propia legalidad. Las urnas legitiman el acceso a ese poder, quiero decir que evitan un cambio de gobierno por la violencia… [pero] es bastante políticamente incorrecto lo que nos cuenta de nuestra simplista y engreída Democracia».

El «apetito» actual de la masa es (digámoslo claramente) el resentimiento subvencionado y la tribalización de la sociedad. La política tradicional capitula ante la polarización radical porque el centro político ha sido dinamitado. El poder ya no busca convencer al adversario, sino mantener movilizada a su «tribu» mediante el miedo al «monstruo» (la eterna invocación de la extrema derecha o el fascismo omnipresente), justificando así cualquier demolición institucional como un acto de legítima defensa.

Si en Weimar el positivismo jurídico permitió que las leyes de plenos poderes vaciaran el sistema desde dentro, hoy vemos cómo la amnistía, el uso abusivo del Decreto-Ley y el cuestionamiento abierto de la Judicatura penalizan al ciudadano disidente mientras indultan al socio político. El Parlamento ya no se concibe como el límite al poder del Ejecutivo, sino como su correa de transmisión para someter al Tercer Poder. La «legalidad formal» devora a la legitimidad democrática.

Desearía que se meditasen y se actualizaran, cambiando lo que deba ser cambiado, a la era Sánchez y la democracia populista de masas, las ideas de mi añorado maestro Álvarez.