La inteligencia se distribuye entre la diestra y la siniestra. Vano mencionar inteligencias soberbias de la diestra: Hayek, Von Mises, Berlin, Friedman, Salisbury, Hume, Locke, Burke, René Girard, Rémi Brague, Robert Spaemann, Fabrice Hadjadj. También Menger, von Böhm-Barker, von Wiese, Lachmann, Kauder, Jay Nock, Chamberlein, Chodorov, Nisbet, y Aron, y Polanyi, y Ropke, y Rueff, y Oakeshott, y Strauss y Voegelin. O Jouvenel, Ortega, Weaver, Revel. Y tenemos a Kirt, a Viereck, Weber, o Julián Marías, Gómez Dávila, Balmes, Donoso Cortés, Bonald, ETCÉTERA ETCÉTERA.
Eso por citar unos pocos clásicos. Es ridículo presuponer la exclusividad moral y epistémica de la izquierda. Subrayemos lo obvio. Es totalitario excluir de la cultura y de la inteligencia política a los autores no canónicamente «progres».
La degradación de maneras, la derrota del pensamiento, el ínfimo nivel intelectual, se reparte por igual ente representantes de la izquierda y de la derecha. No se suele ser capaz de argumentar de modo claro, distinto y terminante, educado y persuasivo. El político promedio impone su ley de farfolla y opinión tabernaria, en lugar de tomarse el trabajo de pensar con rigor y sin paralogismos. Poca arquitectura lógica y mucha afirmación rotunda y emocional. La libertad de opinión es una farsa si la información factual no está garantizada. Cuando la discusión se vuelve tribal, los hechos dejan de importar y el discurso se transforma en propaganda identitaria.
Permítanme estas citas: Karl Popper, «La sociedad abierta y sus enemigos» (1945), «La discusión racional consiste en estar dispuesto a aprender del otro; quien solo busca vencer, ya ha abandonado la razón».
Popper contrapone el debate crítico al combate retórico: sin posibilidad de refutación, no hay pensamiento político serio. Y Raymond Aron, «El opio de los intelectuales» (1955): «Las ideologías simplifican el mundo hasta hacerlo irreconocible; ofrecen claridad emocional al precio de la verdad». Aron denuncia cómo derecha e izquierda pueden caer en la misma tentación: sustituir complejidad por consigna.
La mejor definición de conservadurismo la leí en Oakeshott: «Ser conservador es preferir lo familiar a lo desconocido, lo que se ha probado a lo que no, el hecho al misterio, lo real a lo posible, lo limitado a lo infinito, lo cercano a lo distante, lo suficiente a lo superabundante, lo conveniente a lo perfecto, la risa presente a la felicidad utópica».
