Cabaleiro 196

La vida española real ha sido siempre más sensata que su vida política. El país real no es lo que aparece en los periódicos. La nación es la inmensa mayoría de los españoles que trabajan, viven, aman y esperan sin hacer ruido. Los hombres discretos, los hombres responsables, los hombres que trabajan con rigor y profesionalidad, son los que sostienen la continuidad histórica de los pueblos. La historia visible la hacen los agitadores; la historia verdadera la sostienen los hombres silenciosos.

Manuel Azaña distingue entre la España política y la España real. Así escribe: «La España real ha vivido siempre más allá del ruido y de la política». Y Ortega señaló algo muy pertinente: «La vida pública española ha padecido siempre una hipertrofia de lo político». Hay una civilización silenciosa: la de la competencia frente a la estridencia, el trabajo bien hecho frente al discurso vacío, la continuidad frente al espectáculo.

El progreso de un país no lo hacen los que hablan, sino los que trabajan. También yo percibo españoles moderados, educados, trabajadores, poco ruidosos, sostenedores de la patria. El ingeniero que vuelve tarde a casa, el arquitecto que resuelve un problema de cálculo de estructuras, el agricultor que digitaliza su granja, el cirujano operando a las ocho de la mañana… ellos son la savia que edifica España.

Contra el barullo ideológico recuerdo a George Orwell: «El lenguaje político está diseñado para hacer que las mentiras suenen veraces y el asesinato respetable, y para dar apariencia de solidez al puro viento» («Politics and the English Language»)

Cuando el batiburrillo domina la política, la sociedad real sigue trabajando en silencio.

Cabaleiro 195

La idea de las realidades paralelas o Muchos Mundos en física, se argumenta a partir de (dicho sencillamente): (i) La función de onda nunca colapsa (ii) En una medición, el universo se “ramifica” en historias incompatibles (en una ves A, en otra ves B) (iii) Tú solo experimentas una rama, pero las otras existirían “en paralelo”.

Esta idea no pertenece al nucleo estándar de la física, sino a una nube especulativa físico-matemática muy sugerente.

Más documentado empíricamente son los ejemplos de políticos (y entornos políticos) que “niegan la realidad” o desvían la atención; en vez de de afrontar el problema, éste se niega, se maquilla, y se crea una narrativa sustitutoria.

Eso abundó en la China de Mao y en la URSS de la era de Stalin. Actualmente vemos que a muchas banderías políticas algunos hechos les molestan, por lo que crean surreales marcos alternativos. Muy mala es aquella política que intenta «maniobrar» la verdad factual. Pésimo es vivir en la mentira y desacreditar asimismo la verdad. Demasiadas ideologías ordenan rechazar la evidencia que nace en tus ojos y oídos. No prestar ningún caso en absoluto a la verdad es una forma de inicio de la decadencia, una puerta de entrada a los charlatanes, a las consignas irracionales sin refrendo empírico.

Parece que en nuestra época los hechos y los acontecimientos son cosas infinitamente más frágiles. Pero recuérdese este axioma: los hechos alternativos no son hechos.

Para Aristóteles: «Decir de lo que es que es, y de lo que no es que no es, es verdadero, y decir de lo que es que no es, o de lo que no es que es, es falso». Tarski le dio una forma lógico-matemática a esa definición secular.

Parece que para demasiados políticos la verdad consiste en decir que es lo que no es, y que lo que no es que es.

Tiempos de impostura e impostores.

Cabaleiro 194

De Demóstenes, Cicerón o Churchill aprendimos claridad expositiva, ironía elegante, rigor lógico, ritmo musical y dominio del idioma. También solemnidad contenida, o equilibrio entre conversación y elevación. De esos ilustres precedentes hemos pasado a la embarazosa mediocridad de los tertulianos.

Las tertulias ofrecen ignorancia de la gramática, la historia, la filosofía, el derecho o la ciencia. Tertulianos que, en rigor, conocen muy poco. Fast-thinkers que se interrumpen sin cesar, no mantienen un orden estructural en su exposición, y sustituyen el argumento por una cascada de falacias; un discurso, en fin, sin decoro ni competencia técnica, y con bajos estándares intelectuales.

Sus intervenciones son tan breves que no se puede oír desarrollar un argumento, y todo está envuelto en un ambiente de tan acusada superficialidad que la profundidad deviene un ideal imposible. En las tertulias los problemas se reducen a consignas. El gesto es lo relevante, no así el razonamiento. Y, dado que la polémica aumenta la audiencia, se incentiva y prima la discusión bronca y maleducada.

Si la oratoria clásica aspiraba a formar ciudadanos, la tertulia contemporánea aspira solo a generar audiencia. A veces observamos algún dialéctico rápido y ágil, o bien con una notable cultura, pero eso es la excepción.

Recordémoslo. Hablar mucho no es hablar bien. Una buena idea vale más que diez opiniones. La interrupción significa la renuncia a persuadir. La elocuencia no es viralidad. Levantar la voz no significa alzar la razón. Ridiculizar no es refutar.

En resumen, un buen tertuliano debería ser una persona razonable experta en hablar; y no una máquina chirriante de ruidos y aspavientos.

Cabaleiro 193

Edgar Malcolm Stroud nació en 1934 en Salford, cerca de Manchester. Hijo de un revisor de tranvías y de una costurera aficionada a las novelas sentimentales. Creció leyendo revistas pulp, seriales de detectives y ciencia ficción barata comprada en mercadillos ferroviarios.

Estudió Filología Inglesa en Leeds, pero nunca terminó la tesis sobre Sterne que había empezado con fervor juvenil y creciente irritación. Confesaba que Tristram Shandy le producía “una mezcla de admiración y fatiga muscular”.

Durante los años 60 trabajó como redactor publicitario, crítico ocasional de televisión y columnista deportivo (era devoto del Manchester United de Busby). Publicó reseñas incendiarias contra la “prosa marmórea” de ciertos modernistas.

En 1982 lanzó su panfleto-manifiesto “Long Live Pop Literature!”, que se convirtió en libro de culto entre lectores jóvenes hartos de la solemnidad universitaria. Fue traducido al alemán y al italiano, pero ignorado por la academia británica. En 1987 publicó la segunda parte del libelo original: “It’s Rubbish… BUT I LIKE IT!”

La tesis central que defiende es que la alta cultura se ha convertido en una industria moral de prestigio. La literatura popular, en cambio, conserva el placer. Allí escribió: “High culture is often nothing but slow reading performed for social applause», «La alta cultura no es a menudo más que una lectura lenta ejecutada para el aplauso social». “If you need footnotes to feel superior, you are already intellectually bankrupt”, «Si necesitas notas al pie para sentirte superior, ya estás en bancarrota intelectual». “Intellectual density is often a polite synonym for boredom”, «La densidad intelectual suele ser un sinónimo educado de aburrimiento. «Television taught me more about rhythm than Thomas Mann ever did”, «La televisión me enseñó más sobre ritmo que Thomas Mann».

Murió en 1997 dejando una repitación ambigua. No pocos críticos posteriores lo han considerado un precursor del giro cultural que legitimó la cultura digital a partir del 2000.

Cabaleiro 192

(A Carlos Boyero)

Me gustan sus críticas; son pasionales, caprichosas, impresionistas, arbitrarias. Hay una larga tradición en la defensa de la crítica de esta especie: subjetiva, parcial, incluso frívola.

La crítica no es más que autobiografía. El único argumento que cuenta es la aventura entre una mente y una obra. Amar y detestar, sin más razones. Dos joyas de Wilde: “El crítico verdaderamente grande jamás ve la obra como realmente es; la ve como él mismo es». Y también: “El desacuerdo con la crítica es simplemente la prueba de que el crítico es sincero.”

El núcleo de este enfoque es no preguntar o juzgar por normas abstractas; preguntarse tan solo qué efecto producen en ti las películas, los libros, los cuadros, la música. Y a partir de ahí subir o bajar el pulgar. El opinador no es juez, pero sí responsable de su sensibilidad. El registro de una impresión expresado con palabras ocurrentes o elegantes puede ser más que suficiente. No contar las obras, contarse en ellas, explicitar lo que te hacen sentir. Sugerir con el patrón de una sensibilidad y un gusto no demasiado destemplados. No dictar, compartir. No pontificar, emocionar. No una ciencia, entronizar un gusto. La academia lo convierte todo en seco polvo de tesis doctoral.

Basta una sola condición para la crítica: la capacidad de disfrutar y de detestar. Una voluptuosidad fosforescente del arte. Una licencia atada a la memoria y la experiencia. Ligera en forma, pero intensa.

Usted es un maestro de este noble linaje. Le expreso mi admiración. Un artista que trabaja con el arte de otros -y lo devuelve vivo.

Cabaleiro 191

Según Karl Kraus, un ensayista, un polemista y provocador nato que detestaba las imposturas del lenguaje y muchas otras cosas más censurables en aquella Viena suya que era testigo angustiado del fin de un imperio y el comienzo de un período estremecedor de inseguridad, muerte y horror.

La prensa, argüía, produce contenido por necesidad industrial, no por necesidad genuina de verdad. Distorsiona inevitablemente la realidad, corrompe el lenguaje y confunde la importancia con lo novísimo. También, desde su atalaya en «Die Fackel», formuló una idea muy moderna: «El periodismo es la organización del olvido», es decir, la actualidad permanente destruye la memoria histórica.

A mi juicio, leer las noticias significa algo casi opuesto a entender el mundo. Lo que admito es que sin la fiscalización de una prensa libre crece el abuso y aumenta la corrupción. Verificar, explicar -no meramente opinar-, jerarquizar, mimar el idioma, son propiedades irrenunciables de un buen periodismo.

Estamos inmersos en un periodismo industrial acelerado y lingüísticamente descuidado y esa lógica termina degradándolo. Defendamos una prensa lenta, jerárquica y responsable con el lenguaje.

Cabaleiro 190

(A Elvira Lindo)

Permítame comenzar con un tono civil antes de discrepar amablemente con usted. Es cierto que importamos lenguaje cultural de Estados Unidos, como también lo es que las etiquetas generacionales pueden simplificar en exceso la realidad social.

Sin embargo, conviene recordar —como señalaba Jean-François Revel en «La obsesión antiamericana»— que Europa ha tendido con frecuencia a reprochar a Estados Unidos rasgos que ella misma ha adoptado o producido. A menudo se culpa a América de tendencias que, en realidad, son occidentales y globales. Este argumento encaja con la idea de que términos como «boomer» o «woke» no deben interpretarse como simple colonización cultural. Internet ha acelerado la circulación del lenguaje: no estamos ante una americanización, sino ante una globalización cultural del mundo occidental.

Más discutible aún me parece la división binaria entre privilegiados y desposeídos. Procede de una tradición intelectual respetable y útil, pero hoy resulta inevitablemente simplificadora. La estructura social contemporánea es mucho más compleja y se articula en múltiples ejes simultáneos.

A mi juicio, una de las grandes fracturas actuales es tecnológica: integrados frente a desconectados del mundo digital, una división que atraviesa generaciones y clases sociales. También resulta esclarecedor el contraste entre globalizados y locales, entre quienes viven con horizonte internacional y quienes permanecen anclados a marcos estrictamente territoriales. Y sigue siendo fértil el viejo binomio entre quienes poseen capital cultural y quienes carecen de él.

La sociedad no se divide solo en generaciones ni solo en clases: se organiza en múltiples líneas divisivas que se cruzan constantemente. El esquema binario resulta moralmente atractivo, pero sociológicamente insuficiente.

Tal vez culpar a América de nuestras palabras sea, en el fondo, una forma elegante de evitar pensar nuestras propias transformaciones.

Cabaleiro 189

«No sabemos lo que nos pasa, y eso es precisamente lo que nos pasa», Ortega y Gasset.

Velázquez pinta la psicología del poder español; el Estado teatral, la corte cerrada, la jerarquía rígida, la realidad maquillada y la tristeza de fondo. España es Calabacillas: una mueca resignada en el centro del poder. Calabacillas sonríe… pero no hay alegría. Un país que se declara triunfante mientras presiente su declive. En el siglo XVII el imperio estaba exhausto tras bancarrotas y guerras interminables; en el XXI, lo que muestra fatiga es la democracia.

Hay cuadros que retratan a una persona y cuadros que retratan una civilización. El Bufón Calabacillas pertenece a esta segunda categoría: no es solo un retrato cortesano, sino una radiografía moral del poder español.

Velázquez pintó reyes, validos, infantes y generales, pero quizá ninguno de sus retratos es tan político como los de los bufones. Porque el bufón es el único habitante de la corte que no necesita fingir ser lo que no es. El rey representa la majestad, el valido representa la eficacia, el cortesano representa la obediencia; el bufón, en cambio, representa la verdad. Y la verdad, en el barroco español, adopta la forma de una sonrisa triste.

El barroco no desapareció: cambió de escenario. La corte se convirtió en parlamento, en plató televisivo, en rueda de prensa, en relato permanente. La política sigue necesitando ceremonias, gestos y personajes. El espectáculo continúa, aunque cambien los decorados.

Velázquez no ridiculizó al bufón: lo dignificó. Y al hacerlo dejó una intuición incómoda: la historia no pertenece solo a quienes gobiernan, sino también a quienes observan.

Calabacillas no ríe: amaga una sonrisa de quien ha entendido demasiado y ya no espera nada.

Cabaleiro 188

Cerca del Carnegie Hall hay un pequeño hotel con puerta giratoria de cristal, números dorados y un acogedor piano bar, que en una ocasión ella eligió a ciegas. Con un sombrero de ala amplia, ahora lee en el vestíbulo. La cortina, iluminada por el sol a su espalda, devuelve los blancos y los azul celeste de la mesa frente a ella; la escena se llena de claridad y crea una atmósfera de silencio y contemplación.

Somos vividos por fuerzas que fingimos comprender. La literatura no es magia. En la medida en que la literatura —o cualquier arte— es auténtica, es la expresión clara de sentimientos mezclados. De nuestras disputas con los otros hacemos retórica; de nuestras disputas con nosotros mismos, poesía.

Reflexiones a propósito de Henry James: “La experiencia nunca es limitada, y nunca está completa; es una inmensa sensibilidad, una especie de enorme telaraña de la más fina seda suspendida en la cámara de la conciencia. Atrapa en su tejido cada partícula de aire en suspensión. Es el trabajo del novelista sentir y registrar estas impresiones”.

Cabaleiro 187

Martin Heidegger, Carl Schmitt, Gottfried Benn, Hans Grimm, Ernst Jünger, Oswald Spengler etc., fueron intelectuales alemanes claramente comprometidos con el nazismo, o bien que mostraron cierta ambigüedad (casos más complejos y ambivalentes) Defendieron esa barbarie con justificaciones y argumentos sofisticados, para desdoro de la «intelligentsia».

Pero hubo otros que defendieron la libertad, la responsabilidad moral, criticaron la obediencia acrítica y servil, y tuvieron una visión humanista del ser humano como un individuo autónomo y responsable. Creyeron que la política empieza en la conciencia. No adoraron al Estado: defendieron la persona. No cayeron en la irracionalidad del Estado como destino histórico, ni bajo el influjo del líder carismático. No creyeron ni que la democracia liberal o la democracia fueran entes decadentes. Apostaron por el pluralismo, el individuo y la libertad, pagando a veces un precio muy alto. Honrémoslos con este pequeño trenzado de citas:

“El totalitarismo no se contenta con el poder político; busca dominar y transformar la naturaleza humana misma. Su objetivo no es la tiranía ordinaria, sino la dominación total», Hannah Arendt.

“La guerra de Hitler no es la guerra de Alemania. Es la guerra de un régimen criminal que ha secuestrado a la nación alemana y la ha conducido a la ruina moral y material. Alemania será liberada el día en que el nacionalsocialismo sea derrotado. Ese día no será una derrota alemana, sino una liberación alemana”, Thomas Mann.

“Lo sucedido en Alemania nos obliga a preguntarnos por nuestra responsabilidad. Existe una culpa criminal, una culpa política, una culpa moral y una culpa metafísica. Todos somos responsables del modo en que permitimos que se desarrollara este régimen”, Karl Jaspers.

“Nada es tan indigno de un pueblo civilizado como dejarse gobernar sin resistencia por una camarilla irresponsable que ha cedido a instintos criminales”, Sophie Scholl.

Honor y gloria para ellos.