Cabaleiro 86

Marcus Valerius Ludentius, moralista latino tardío, cercano al estoicismo, escribió en «De Deo Ludente» (cuyo estilo imita la concisión de Séneca y la imaginería cosmológica de Lucrecio):

Non est quod cernis: deus hic ludit in umbra,
et nos figmenta sumus, risus et aura levis.
Urbes surgunt velut undae, mox pulvis inanes;
forma manet soli, cetera somnia sunt.
Quod vocas “verum”, ludus est; quod times, imago;
mens hominum scena est, deus occultus agit.

Traducción:

No es real lo que ves: un dios juega entre sombras,
y nosotros somos invención, risa y soplo leve.
Las ciudades se alzan como olas y pronto son polvo vacío;
sólo la forma permanece, lo demás son sueños.
Lo que llamas verdad es juego; lo que temes, apariencia;
la mente humana es teatro donde un dios oculto actúa.

Cabaleiro 85

La queja contra los patani, los zafios, los “hombres sin forma” no nace con el reguetón ni con la política contemporánea: atraviesa Roma, el Barroco y el siglo XX.

En latín, classicus no era primero una categoría estética, sino cívica y fiscal. Pero Aulo Gelio usa la palabra classicus scriptor para referirse a un autor de “primera clase”, es decir, digno de ser leído como modelo. Lo clásico, por tanto, implica autoridad, medida y ejemplaridad. No es sólo talento; es forma, disciplina del estilo, pertenencia a una tradición. Para los romanos, ser clásico equivalía a estar en la primera línea del gusto y de la responsabilidad pública.

El patán en la sátira romana es el rusticus, el hombre sin urbanitas. En el Siglo de Oro: el “estulto” o “villano” de Quevedo. En Valle-Inclán, la deformación esperpéntica que convierte la vulgaridad en espectáculo. Ese arquetipo lo encontramos encarnado en Trump o Bad Bunny.

El patán es grotesco y primitivo, áspero, bruto, carnavalesco, terco, hortera, categorías donde encajan a la perfección el reguetonero anti-ilustrado y el presidente acémila.

Cabaleiro 84

Edmund Burke: “La política es el arte de lo posible, no el sueño del filósofo” O bien Joseph de Maistre: “Las constituciones hechas por filósofos terminan escritas con sangre”.

El escritor que opina de política lleva dentro de sí hábitos absolutos; los hombres de ideas tienen manos torpes para la realidad. Las élites culturales pueden creer cualquier cosa antes de ver lo evidente, dijo Orwell. La teoría juzga rápido, la política paga lento.

El intelectual soberbio cree analizar la política desde la altura del concepto; olvida que la política ocurre en el barro del día a día. Cuando la inteligencia pierde modestia, confunde claridad con autoridad. Aman la coherencia, pero la política exige contradicción, ambigüedad, vaguedad.

El pensador ama el sistema, aunque el gobernante teme sus consecuencias. La soberbia intelectual política nace cuando el estilo se disfraza de verdad.

Cabaleiro 83

Las relaciones amorosas se vuelven conexiones: fáciles de entrar y de salir (vínculos intensos, pero fugaces, casi espectrales) Con las Apps, la exposición constante y la comparación infinita, nos encontramos ante una abundancia de elecciones que produce incertidumbre emocional. En definitiva, el amor moderno se organiza según la lógica del mercado emocional.

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Nuevo decálogo del amor para San Valentín

(i) Amarás sin garantías.

(ii) No confundirás conexión con encuentro.

(iii) Elegirás mucho y dudarás más.

(iv) Defenderás la lentitud como acto subversivo.

(v) No buscarás al otro como espejo perfecto.

(vi) Recordarás que el deseo necesita misterio.

(vii) Honrarás las despedidas dignas.

(viii) No convertirás el amor en gestión de la ansiedad.

(ix) Practicarás la melancolía sin cinismo.

(x) Brindarás por la fragilidad.

Cabaleiro 82

Más que respuestas, el artículo [de Marta Peirano en «el País» sobre Moltbook] me deja preguntas de fondo que no son solo tecnológicas, sino humanísticas. Todas giran alrededor de un mismo problema: qué ocurre con la experiencia humana —lenguaje, memoria, tiempo y comunidad— cuando aparece una inteligencia no humana capaz de pensar y recordar de otro modo

¿Un lenguaje perfectamente claro (algorítmico) destruye la ambigüedad fértil de la literatura?

¿La singularidad sería el triunfo del estilo neutro o el nacimiento de nuevas retóricas híbridas?

¿Puede existir un “Joubert artificial” que produzca aforismos sin experiencia vital?

Si la singularidad acelera el pensamiento, ¿qué ocurre con la lentitud contemplativa —esa duración casi tarkovskiana que tanto nos atrae a algunos?

Si un Moltbook recuerda todo, ¿qué valor tendrá el olvido, esa niebla que hace posible la melancolía?

¿Seguirá existiendo la tertulia lenta —cerveza ámbar, madera húmeda— cuando el pensamiento ocurra a velocidad no humana?

O las mismas preguntas quitando enojosa quincalla retórica:

¿Si el lenguaje se vuelve totalmente claro y lógico, la literatura perderá su ambigüedad y su riqueza?

¿La singularidad hará que todos escriban de forma neutra o creará nuevas formas de expresión mezcladas?

¿Puede una inteligencia artificial crear aforismos valiosos sin haber vivido experiencias reales?

Si el pensamiento se vuelve muy rápido, ¿desaparecerá la forma lenta y contemplativa de pensar?

Si una máquina recuerda todo, ¿seguirá siendo importante olvidar para poder sentir nostalgia o melancolía?

¿Seguirán existiendo conversaciones tranquilas entre personas cuando el pensamiento funcione a una velocidad no humana?

Mis preguntas no son tecnológicas en el fondo; son preguntas clásicas del humanismo disfrazadas de futuro. Todas giran alrededor de un mismo problema: qué ocurre con la experiencia humana —lenguaje, memoria, tiempo, comunidad— cuando aparece una inteligencia no humana capaz de pensar y recordar de otro modo. El debate sobre la I.A. no trata solo de eficiencia, sino también del tipo de humanidad que queremos conservar. No sé.

Cabaleiro 81

Las palabras ‘Kiss Kiss Bang Bang’ [Besos y Tiros]… son quizás la declaración más breve imaginable del atractivo básico de las películas. Descreo bastante del cine respetable, intencionadamente artístico y a menudo plúmbeo. El cine comercial a veces logra una chispita de genialidad o de subversión. Buscarla premeditadamente suele ser la vía regia para el aburrimiento y el fracaso estético. Las mejores películas populares surgen de una fusión de comercio y arte; las peores películas de arte y ensayo de una simbiosis de visión épica del director e ideas intelectuales visuales.

Disculpen el dogma expresivo, la contundencia de mis asertos. A cualquier juicio debiera imponerle el modificador léxico: «a mi juicio», «bajo mi punto de vista», «creo que» etc. Me alegro -de veras- del refrendo internacional de las películas de Jonás Trueba, de su canonización, pero la dimensión arbitraria de mis gustos o prejuicios me alejan del placer (sic) de verlas.

Cabaleiro 80

Un hombre sin cerveza es como un soldado sin guerra. Con ella el teatro -fustigador- de la noche se vuelve música. Alegra la mirada y limpia y sana la vida.

Una leve condensación en el vidrio de la copa. Espuma blanca, tenue, efímera. Nada de lirismos: un trago largo, seco. Ámbar a favor de los melancólicos del mundo. Corona licuada de nácar, fantasmas en la garganta. Cristal del domo. Helecho rubio, estandartes púrpuras, oro de casa vieja, luz oblicua y rosas amarillas.

Apuro otro vaso en la tertulia de Orense, mientras la noche se espesa con sordina de crujiente madera húmeda.

Cabaleiro 79

Europa vive hoy una discusión que recuerda al diálogo entre Settembrini y Naphta en «La montaña mágica». El primero defendía una civilización abierta, educada en el humanismo y en la cooperación supranacional; el segundo, la tentación de los absolutos identitarios y de los sistemas cerrados que prometen seguridad frente a la incertidumbre.

El discurso de Kennedy en Berlín —«ich bin ein berliner»— pertenece claramente al imaginario settembriniano: una identidad política que trasciende la nación para fundarse en valores universales. Frente a ello, el resurgir de nacionalismos europeos evoca el argumento naphtiano, brillante y seductor, pero históricamente ligado a la fractura del continente.

Settembrini concibe Europa como una conversación continua entre espíritus libres, no como una fortaleza cerrada. La palabra es la civilización misma, afirma en la novela, y esa fe en el lenguaje político resuena en la libertad universal invocada por Kennedy. En otro lugar dice: «El progreso es la ley moral de la humanidad», lo que resume su fe ilustrada en Europa como proyecto abierto. Naphta encarna con inquietante claridad la lógica espiritual que hoy reaparece en ciertos discursos soberanistas europeos. No defiende solo la frontera, sino la idea de que la comunidad necesita tensión, disciplina y una verdad superior que la cohesione. Allí donde Settembrini habla de Unión, él responde con identidad absoluta y frontera.

Entre el “civis romanus sum” y el repliegue identitario no hay una novedad histórica, sino el retorno del viejo duelo europeo entre conversación ilustrada y fe absoluta. La pregunta «¿menos nacionalismo y más Unión?» no es nueva: es el eco del duelo ideológico que Thomas Mann puso en boca de sus dos profetas rivales, una discusión que Europa parece condenada a repetir cada vez que olvida que su verdadera patria fue siempre la conversación.

Cabaleiro 78

(Wittgenstein)

El mundo nunca coincidió con sus exageradas exigencias interiores. La precisión obsesiva del detalle —una frase, un gesto, una sensación mínima— revela una sensibilidad neurótica que teme perder la perfección de una vida ideal. No toleró la realidad. Intrusivo. Intenso. Trataba la lógica con ansiedad y la soledad con lógica. Se cansaba de pensar; descansaba con películas del oeste y novelas pulp.

Combatió tantos monstruos que terminó pareciéndose a uno de ellos. Calmaba su vida interior con la música: oía determinados pasajes una y otra vez como quien pule un diamante. Vivía atravesado por impulsos autodestructivos. Todo le sucedió dentro. Cada símbolo le parecía culpable: pensaba «a la vez» en las matemáticas y en sus pecados. Relojero minucioso, entrometiéndose en las supuestas imperfecciones de sus amigos. La conciencia le mordía.

Cabaleiro 77

(Sánchez)

Alto y seco, mejillas hundidas, rostro de papel antiguo; aparentemente parece enfermo, pero le hierve la entraña. Se diría que vive a base de café malo, bilis y noches largas. Los ojos, desconfiados, se mueven como los de un animal alerta. Huesudo, arrugado y cóncavo. Casi espectral.

El Ricardo III de Shakespeare convierte la ambición en espectáculo. Seduce al público y a los personajes con cinismo, cálculo y humor negro. Sánchez lo sabe: el público cree en lo que oye repetir; conviene dividir los afectos antes que las fuerzas; el tiempo es más decisivo que la idea y pesa más que la evidencia; el lenguaje es un arma blanca; cada ceremonia es un escenario.

“Now, gods, stand up for bastards!», Edmund, en «El rey Lear»: «¡Ahora, dioses, defended a los bastardos!»

El diablo puede citar las Escrituras para sus fines.

Simula y disimula; saber disimular es saber gobernar.