Eliot 18

Me exalta lo nuevo y me enamora lo viejo. No así en música, donde no pasé de principios del siglo XX.

Para mí la música no es un simple entretenimiento inocuo, sino una fuerza formadora del alma y de la sociedad. Permítanme la «strong opinion»: ¿Se puede llamar progreso a jóvenes de articulación mental inmadura, cuyos cuerpos palpitan con ritmos orgásmicos y coribánticos; cuyos sentimientos se cifran en himnos a los placeres del onanismo; cuya ambición es ganar fama y riqueza imitando a la drag-queen (una folclórica) que canta?

Recordemos la admonición famosa de Scruton: «La elección no es entre soluciones rápidas y cálculos aburridos. Esto es lo que la educación liberal está destinada a mostrarles. Pero mientras tengan el auricular puesto, no pueden oír lo que la gran tradición tiene que decir. Y, tras su uso prolongado, cuando se lo quitan, descubren que están sordos».

Chicas y chicos bailan, se encabalgan, se tocan, se miran, se cruzan, se envían potentes dardos de deseo, y bailan, bailan y chillan de manera ardiente, circular, estroboscópica. Olor a alcohol mezclado con perfume barato. Neón y vestidos ligeros. El DJ, gran chamán urbano de la noche, repite el mismo ritmo tribal (la música golpea el estómago y llaga los labios) Cocaína y polvos rápidos en los retretes. Es delirante tanto brillo suspendido y milagroso. Desde la barra, los vasos mojados brillan como peces recién sacados del agua.

Eliot 17

Sobre la extraordinaria capacidad reproductiva del contagio, en el caso de este Ernesto Castro religioso, permítaseme citar a un clasico: De contagione et contagiosis morbis, de Girolamo Fracastoro:

«Contagium est, cum morbus ab uno in alterum traducitur; neque id fit casu, sed per semina quaedam tam exigua ut sensus effugiant, quae tamen vim habent propriam, qua sibi similia generent atque multiplicent. Haec semina corporibus adhaerent, aerem occupant, vestibus inhaerent, atque per contactum vel propinquitatem facile transferuntur.»

Ernesto Castro es, obviamente, muy inteligente. Rara vez responde de forma directa a lo que se le pregunta; antes bien, desmonta los presupuestos de la propia pregunta. Nunca concede al periodista la cómoda posición del árbitro neutral. Convierte la entrevista en un ensayo sobre la degradación del periodismo cultural, el fact-checking y la tiranía del clic. Oscila entre un cinismo casi aristocrático y la jerga de internet («quince minutitos de mierda y barro»). Esa capacidad para elevar continuamente la discusión a un plano metateórico —sumada a una erudición capaz de enlazar la cultura pop con Kierkegaard, Jefferson o Gerald Cohen— delata una inteligencia poco común. Me produjo la impresión de un híbrido entre Bernhard y Diderot, con un lejano parentesco grotesco con Los caprichos de Goya. En conjunto, la impresión fue magnífica.

Acaso —no lo sé— haya encontrado en el dogma católico la última forma posible de iconoclasia en el siglo XXI. Su conversión no busca el consenso; más bien parece escoger deliberadamente el lugar desde el que todavía resulta posible escandalizar a una cultura convencida de haber agotado todos los escándalos. Es, en ese sentido, una paradoja ambulante.

Si algún día nombran Papa a Ernesto, el Vaticano verá aparecer kebabs, playeras, trap y pistachos junto a fatigados ejemplares del De abditis rerum causis de Jean Fernel, la Pandectae locorum communium de Andreas Hondorff y decenas de volúmenes de la Patrologia de Migne, todos ellos densamente subrayados y cubiertos de minuciosas apostillas marginales. Dios me oiga.

Eliot 16

En el proemio del Cursus Mathematicus (1661), Gaspar Schott escribe:

«Entre todas las disciplinas humanas, solo las ciencias matemáticas brillan con tal esplendor de verdad que no dan cabida a la opinión vacilante ni a la disputa caprichosa. Mientras que en la filosofía especulativa los ingenios más agudos se desgarran mutuamente en perpetuas controversias, el geómetra, apoyado en el firme eslabón de sus demostraciones, avanza con pie seguro. El pensamiento riguroso no es aquí una elección, sino la ley primera: quien la infringe, no yerra en la matemática, sino que cae enteramente fuera de ella».

El artículo de García Montero describe un estado de ánimo y una actitud vital; como argumentación, a mi juicio, resulta endeble. A mí también me gusta leer novelas de ternura y hechuras novísimas, poesía del ahorita mismo, ensayos sobre tópicos del día. Pero eso averió la precisión lógica de mis argumentos. Orden y coherencia mental, me exhorto a mí mismo.

Ambrosio, Agustín, Casiano, Alcuino y Bernardo opacaron a Juan de Fécamp, «el más notable autor espiritual de la Edad Media antes de san Bernardo» (A. Wilmart, Auteurs spirituels et textes dévots du moyen âge latin, París, 1932, p. 127). A Montero lo opaca la escritura de sus notables poemas.

Eliot 15

Leo y escribo de noche. Ayer releí a Borges, algunas «Epystole» y fragmentos del «De remediis utriusque fortunae», de Petrarca. Hoy estudiaré un poco el manual de Vicens Vives sobre «Matemática discreta» y hojearé la «Historia de la literatura inglesa», en Gredos, de Esteban Pujals. Probablemente mañana me enfrente a las «Memorias» de Gibbon.

Otro no leen o tienen gustos y aprensiones muy distintas a las mías. Ser liberal es una actitud ante la vida, admitir generosamente la discrepancia, el disenso, la diferencia, la pluralidad. En el ámbito anglosajón prevalece la doctrina económica; en España, la humanista y jurídica. Uno se abre a las razones y conductas de los demás.

Para mí el liberalismo es la creencia en un conjunto de métodos y prácticas que tienen como objeto común el mayor grado de libertad para el mayor número de individuos. Solo un individuo es propietario de sí mismo. No te preguntes tanto por quién ejerce el poder público, sino por los LÍMITES de ese poder público.

Creo en el gobierno de las leyes y no de los hombres, y me limito a apoyar todo lo que vaya en menoscabo del poder del Estado, y a condenar todo lo que pueda fortalecer a ese enemigo de nuestras libertades y nuestras escasas posibilidades de felicidad.

Al juzgar un gobierno casi tengo en cuenta solo si bajo sus leyes soy más libre, si cuanto soy como ser humano está más garantizado.

Eliot 14

Leí su artículo tres veces y me supo a poco. Es un texto de cámara, contenido, elegíaco, escrito en un tono de moderato constante. No hay estridencias. Todo está subordinado a una tesis: el liberalismo debería dejar de ser un partido para volver a ser un clima compartido.

No hay ideas liberales, sino sentimientos liberales, a veces me atreví a creer osadamente. Discrepo del marxismo. Una civilización no es un problema técnico que deba resolverse, sino una conversación que debe continuarse prudentemente. La tentativa de abolir el mal mediante la política conduce normalmente a la multiplicación del mal. Intentar hacer algo inherentemente imposible es siempre una empresa corruptora; por ello no coincido con las ideas de la izquierda extrema.

Para afinar con la naturaleza del liberalismo clásico español (un islote noble rodeado de incomprensión), el parangón idóneo acaso sea «Spiegel im Spiegel» (Espejo en el espejo) de Arvo Pärt, o en el terreno puramente clásico y recóndito, los «Lachrimae, or Seaven Teares» (1604) de John Dowland.

Acaso le parezcan comparaciones extravagantes. En la pieza de Pärt la voz tintinnabuli solo toca las notas del acorde perfecto de Fa mayor. Es una voz estática, inmutable, que representa la ley, los principios fundamentales, el marco constitucional. No exagero si le digo que la voz melódica del violín o del chelo se mueve por notas consecutivas de la escala. Enlazando con su artículo, creo que pudiera o pudiese representar el devenir histórico, la acción política, el día a día. La genialidad de la obra es que LA MELODÍA NO PUEDE DAR UN SOLO PASO SIN QUE EL PIANO LA ARROPE CON UNA NOTA DEL ACORDE BÁSICO. Es exactamente la tesis que usted y yo defendemos: la socialdemocracia y la democracia cristiana pueden competir, pero solo sobrevivirán si están ancladas a ese «código fuente» compartido.

«Algo va mal», de Judt, es en esencia un lamento (áticamente escrito) sobre cómo la socialdemocracia y el liberalismo clásico olvidaron sus propios fundamentos y cedieron terreno al lenguaje puramente economicista y al sectarismo. El tono de Judt es exactamente el suyo: el de un intelectual que ve cómo las vigas maestras del edificio se desgastan ante la pasividad de los partidos principales.

Los extremos vacían el centro institucional. Por cierto, ahora que lo pienso, la hoy casi olvidada Eclogue, Op. 10, de Gerald Finzi, transmite y contempla con tristeza una herencia que se desvanece. Sobran comentarios.

Mientras lo leía pensaba alternativamente en Timothy Garton Ash —por la arquitectura del razonamiento— y en Scruton, por esa nostalgia moral que atraviesa el artículo.

P.S. Permítame expresarle públicamente mi admiración. Un saludo, Diego.

Eliot 13

Casi toda la noche leyendo. Cuando me canso de haber estado leyendo toda la noche en la sala, me echo un muy ligero “plaid” por los hombros y salgo; mi cuerpo, forzado por mucho rato a la inmovilidad, se gasta en la gozosa contemplación de las paredes de las casas, y en los setos y árboles y matorrales del bosque de Pereiro de Aguiar.

Pasmado ante la crónica del libro sobre Trump.

Por una de esas carambolas de la imaginación, mientras leo el pasaje en que Trump se compara con Hitler, Mao o Stalin para demostrar que es «el hombre más poderoso de la historia», según le dijo un caddie, me vienen a la memoria los tiranos y usurpadores de la «Argenis» de John Barclay, 1621, tiranos como Lycogenes, que confunden el tamaño de su corte con la verdadera legitimidad política. Permítanme la osadía de citar «Argenis», Liber II, Cap. IV – «Sobre la adulación y el aislamiento del Rey»:

«Esta es la calamidad de los reyes: que siendo los únicos que lo pueden todo, son los únicos que nada oyen que pertenezca a la verdad. Pues rodeados de aduladores, cuyo empeño no es guiar al Príncipe, sino torcer su ánimo para sus propios fines, se cierran los accesos a los hombres buenos. Estos cortesanos vestidos de púrpura protegen su propio poder basándose en la debilidad del Señor; y le persiguen con la idea de que nada hay más magnífico que disolver las leyes, tener a los ciudadanos en temor, y favorecer únicamente a aquellos que han entregado la libertad de la patria a la adulación de uno solo. Entonces el Palacio Real ya no es la casa de la justicia, sino un teatro en el que la soberbia y la venganza, bajo los nombres disfrazados de la virtud, lo corrompen todo».

NOTA BENE: No duden en que soy un impostor. Me pasé toda la vida estudiando y no sé nada. Me gusta leer latinajos. Uno de ellos, el famoso de Quintiliano, que se podría aplicar perfectamente a Trump: «Non enim eloquentiae viribus, sed scelerum magnitudine nomen assecuti sunt», «No alcanzaron su nombre por la fuerza de la elocuencia, sino por la magnitud de sus crímenes».

Preparo mi único menú del día: Nescafé, páginas de anti-modernos y dos «éclairs». Buenos días.

Eliot 12

«Presea», según Covarrubias (1611), es «cualquier cosa preciosa y de estima». Se utiliza para joyas, muebles exquisitos u objetos de gran valor artístico y sentimental que se guardan como un tesoro. El «azafate» es el alma gemela del croquetero de Lhardy. Originalmente fue una canastilla tejida, que pasó a ser una bandeja de plata, oro o cristal de poca altura donde las damas de palacio (las azafatas) presentaban las joyas, paños o aderezo a la reina.

«Azafate»: tres aes abiertas como vidrieras; la zeta, una diagonal que engarza los extremos de las paralelas; color sepia, bombón tostado y tardes de cristales verdes. Y «presea», ese esmalte rubí sobre un monte de cunetas repletas de margaritas silvestres.

El español es crismera y arqueta.

Eliot 11

Gracias al seguro azar, al legendario azar objetivo, al racionalismo mágico (buena expresión para definir a la literatura) de la sincronicidad, hallé una perla, entre muchas, a propósito de su artículo.

La «Piazza universale di tutte le professioni del mondo» (1585), de Tomaso Garzoni, demuestra que la impostura no ha cambiado un ápice en cuatro siglos. Las mismas artimañas de seducción que empleaban los farsantes renacentistas para embaucar a la nobleza italiana son las que hoy utiliza una falsa psicóloga con la alta burguesía barcelonesa: la «vèrbola» (la charlatanería elocuente), la explotación de la vulnerabilidad y la puesta en escena.

Garzoni dedica los capítulos más «llaminers» a charlatanes, falsos médicos, astrólogos y engatusadores de feria. Para él, estas profesiones no se sostienen sobre la razón, sino sobre el ansia de los hombres por soluciones mágicas a los dolores del alma y del cuerpo. Nihil novum sub sole.

En el Discurso CIV («De los charlatanes y embusteros»), Garzoni describe la «vèrbola» del falso sanador exactamente con la misma indignación que usted:

«Entran estos en la plaza con sus carteles y títulos fingidos, precedidos por trompetas y tambores para congregar a la turba. Subidos a sus bancos, comienzan a esparcir por el aire una vana e infinita palabrería (una vana e infinita ciarla), pronunciando nombres solemnes de filósofos que jamás leyeron y términos médicos inventados para asombrar a los idiotas. Son hombres de una audacia indomable y de una elocuencia puramente teatral. Su profesión no es la ciencia, sino la persuasión fraudulenta y el engaño de las gentes desvalidas, a las cuales prometen salud, remedios divinos y el alivio de todas las melancolías del ánimo. Mas todo su arte se reduce a esto: vaciar las bolsas de los necios infundiéndoles falsas esperanzas, vendiendo por gran precio un agua clara o un ungüento de manteca como si fuesen el elixir más precioso del mundo».

P.S.: Es muy interesante leer la «Pseudodoxia Epidemica», de Browne, en paralelo a Garzoni. Un saludo cariñoso, profesor.

Eliot 10

De adolescente, al escribir, cada corrección era un gesto físico: una presión de la mano que añade, borra, desplaza o cambia. Mis fichas holandesas de cartulina blanca se llenaban de tachones, flechitas, ralladuras y borrones. Me gustaba la huella del pulso en ellas. Escribir también es un oficio, como el de ceramista o herrero. La mente del ajedrecista Luzhin se parece al aspecto de aquellas fichas.

En el vasto catálogo de las pasiones y de las actividades humanas que Zwinger analiza en el monumental Theatrum vitae humanae (publicado originalmente en 1565), el ajedrez (ludus latrunculorum o scacchorum) ocupa un lugar privilegiado. No lo ve como un simple pasatiempo, sino como un espejo de la guerra, de la estructura social y, sobre todo, como un laboratorio psicológico para medir la virtud y la templanza de un hombre frente a la adversidad.

A continuación, adapto del latín renacentista de Theodor Zwinger un pasaje jugoso sobre el juego, poniendo especial énfasis en el arte (nunca suficientemente ponderado) de encajar la derrota:

«El ajedrez es el teatro de la mente donde no cabe el auxilio de la fortuna; aquí los dados no excusan la necedad del que pierde. Por ello, la derrota en este juego muerde con mayor saña el corazón de los hombres soberbios. Hemos visto a varones prudentes en la plaza pública perder toda compostura ante el tablero, maldiciendo sus propias manos y acusando de ceguera a sus ojos. El hombre templado, en cambio, demuestra su virtud no cuando sus piezas asedian al rey adverso, sino cuando, viéndose acorralado y despojado de sus torres, entrega las armas con el semblante sereno. Quien no sabe perder en el ajedrez, difícilmente soportará con dignidad los reveses con que la Fortuna azota la vida pública».

Un saludo, Karina.

Eliot 9

La traducción de El cortesano de Castiglione, realizada por Juan Boscán e instigada por Garcilaso de la Vega, modeló la prosa y el ideal de caballero en la España del Siglo de Oro. Ah, la sprezzatura: el nunca dar la impresión de esforzarse vanamente por agradar. Clímax de la cortesía y de la convención social.

Los expertos han leído con atención el Galateo overo de’ costumi (Galateo o Tratado de las costumbres), de Giovanni Della Casa (1558). Mi madre, que coleccionaba libros de protocolo, tenía una edición facsímil. En ella, Della Casa recomienda no sonarse con la mano ni con el gorro, sino con un pañuelo, pero añade que tampoco debe hacerse de manera ostentosa: «No es decoroso sonarse ruidosamente ni quedarse contemplando lo que uno ha expulsado de la nariz como si fueran perlas». Acaso la censura más curiosa sea la que advierte que no debemos oler las flores que luego vayamos a ofrecer a otra persona.

Por su parte, Polidoro Virgilio (citado en El Quijote y auténtico bestseller en su época) publicó la monumental De rerum inventoribus libri octo. Su propósito fue titánico: rastrear el origen filológico e histórico de todas las actividades humanas, las leyes, las artes y las ciencias, y, de manera muy especial, las costumbres religiosas y civiles, confrontando las fuentes griegas y romanas con las Sagradas Escrituras. De aquella obra extraigo esta cita, cuya traducción pertenece a Francisco de Támara:

«Los banquetes y convites tuvieron principio entre los antiguos para dar gracias a los dioses y para confirmar la paz y amistad entre los hombres. Al principio eran muy templados y frugales; los lacedemonios comían juntos en público con gran templanza, y los primeros romanos vivían de gachas y yerbas. Mas los persas y los asiáticos derramaron después la ponzoña del regalo y la glotonería por el mundo. Inventáronse los cocineros refinados, los sumilleres, y el trinchado de las viandas, y trocóse la necesidad de comer en arte de deleite. Escribe Plinio que la demasía de los banquetes llegó a tanto en Roma, que fue necesario poner leyes que tasasen el gasto de las cenas, porque los hombres ya no comían para sustentar la vida, sino que consumían provincias enteras en una sola mesa, buscando aves raras y pescados traídos de lejanos mares para complacer a la gula.» (Libro III, Capítulo II)

Al leer a Polidoro Virgilio se comprende perfectamente de dónde bebieron humanistas como Erasmo de Rotterdam (De civilitate morum puerilium) o el propio Baltasar Castiglione para reglamentar el comportamiento moderno. Polidoro les brindó la justificación histórica y la genealogía a unos gestos que el Renacimiento terminaría por convertir en leyes de vida.

Un saludo afectuoso, Sra. Posadas.