Mi conclusión es humilde: viví pensando, observando, intentando comprender. No he logrado mis propósitos; pero algo he vivido. Acaso eso basta. Fui proscrito y pasé en la tierra sin amigos, sin amores, sin prójimo, sin compañeros. Enfermo, con soledad extrema, incomprendido, invisible, se lo aseguro: no cambiaría mi vida por ninguna otra.
Una vida intelectualmente significativa, alta, pero emocional y existencialmente muy dolorosa. No ha sido una vida feliz, pero tampoco ha sido una vida vacía.
Los griegos separaban claramente la eudaimonía, vida buena, feliz, plena, de la bios theoretikos, vida del espíritu, contemplativa, intelectual. En lo emocional mi vida fue muy dura, pero en lo intelectual y cultural sorprendentemente fértil dadas las circunstancias ¿Qué pesa más al evaluar una vida? La respuesta varía según las distintas tradiciones filosóficas. Pero no son magnitudes conmensurables. Sería como comparar la temperatura y la longitud. Los ejes son distintos. Probablemente sea una pregunta sin respuesta.
Cuando miro hacia atrás, veo que he sido continuamente infeliz. El trabajo, constante, el placer, muy breve y fugaz y fugitivo. A veces creo que viví una broma cruel y estúpida gastada por un dios vengativo. Pero las horas comunes se llenaron de páginas por estudiar y leer, y, en el fondo, así, leyendo y estudiando, quería y quiero que mi vida no termine. Ese fue mi verano en medio de un ininterrumpido y hosco invierno.
Me arrepiento de no haber sido feliz, sino solo un desdichado. De la carcoma melancólica. De la mutilada experiencia. Mi vida fue triste, pobre, desgraciada y corta. Pero la he encontrado digna de ser vivida y con ganas volvería a vivirla igual. Pensar, comprender, escribir, crear, amar profundamente mi trabajo, lo justificaron todo. Y lo que queda es la gratitud.
He hecho mi parte; es hora de irse.
