Periódicos 40

Con este folleto o tomito doy por finiquitada mi mediocre literatura, con, no escasa, sino nula repercusión de crítica y público. Saco un billete de lotería cuyo premio consiste en nunca ser leído ni en 2075 ni en 2040.

Robert Walser, uno de los mejores prosistas en lengua alemana, abandonó la escritura tras años de fracasos editoriales y se recluyó voluntariamente en un psiquiátrico, donde pronunció su célebre frase: «No estoy aquí para escribir, estoy aquí para estar loco».

No es mal destino. Adiós y hasta siempre.

Periódico 39

Estimado Sr. Peyró:

Su artículo me ha recordado al Falstaff de Verdi, pues parece escrito en un parlando continuo. En la última ópera del maestro no existen grandes arias donde el discurso se detenga para contemplarse a sí mismo; todo avanza mediante una conversación brillantísima en la que una ocurrencia conduce, de inmediato, a la siguiente. Es una comedia crepuscular escrita por un anciano sabio que ya lo ha visto todo. Peyró mira la historia de España y su relación con el deporte con esa misma distancia de quien sabe que «tutto nel mondo è burla», con una mezcla de entrañable cariño y escepticismo hacia nuestras glorias pasadas.

Su humor, finísimo, camina entre la retranca española y el understatement inglés. El artículo, por lo demás, está estructurado casi como un rondó.

Respecto a las influencias británicas, resulta imposible no advertir la sombra de Thomas Babington Macaulay. Cuando escribe: «Mussolini mostraba sus pectorales en las fotos; Franco solo mostraba sus atunes» o «amábamos más al fútbol de lo que él parecía amarnos», utiliza con precisión el mecanismo de contrastes paralelos y el balanceo de la frase característicos de sus ensayos históricos. Es la suya una prosa de orador que busca —y halla— el aforismo preciso.

Sea como fuere, el artículo invita también a reflexionar sobre el lugar desmesurado que el deporte ocupa hoy en la imaginación colectiva. Ante la marabunta vociferante y el desarreglo de la razón que la posible victoria en el Mundial despierta en los españoles, y frente al encumbramiento de los futbolistas como nuevos ídolos, conviene recordar a Eurípides:

«De todos los males que sufre Grecia, no hay ninguno más funesto que la tribu de los atletas. Para empezar, no han aprendido a administrar su casa según las normas; no sabrían cómo hacerlo […] Brillantes en su juventud e ídolos de su ciudad, de ello se envanecen; pero cuando cae sobre ellos la amarga vejez, se consumen como un trasto. Critico igualmente la costumbre de los griegos que organizan para ellos fiestecillas y convierten en honorables una serie de diversiones inútiles. ¿Quién, por haber ganado un torneo, por correr muy deprisa, o lanzar el disco, o golpear con fuerza una mandíbula, ha servido a la ciudad y a sus antepasados? ¿Acaso combatieron al enemigo con el disco en la mano? ¿Espantaron del suelo de la patria a los enemigos tan solo con sus puños? Son los sabios y la gente de bien a la que debemos coronar con una corona de oliva, y también al que gobierne la ciudad con racionalidad y justeza, y a aquellos que, con su elocuencia, eviten empresas desastrosas. Ellos sí son los buenos para la ciudad y para los griegos».

— Eurípides, Tragédies, vol. VIII, París, Les Belles Lettres, 2002.

P.S.: Un saludo muy cariñoso, Ignacio.

Periódico 38

Leo en el absolutamente esplendoroso, nada nejo, librito de Jean-Joseph Mounier: «De l’influence attribuée aux philosophes, aux francs-maçons et aux illuminés sur la révolution de la France» (1801), donde defiende la tesis de que ciertos libros actúan como auténticas epidemias morales o enfermedades del espíritu.

«On ne sauroit nier qu’il n’y ait des livres capables d’altérer la pureté des moeurs, ou d’inspirer le fanatisme de la liberté comme celui de la superstition, et qu’ils ne soient un poison pour les esprits. Leurs maximes, adoptées sans examen, circulent comme un venin contagieux».

«No se podría negar que hay libros capaces de alterar la pureza de las costumbres, o de inspirar tanto el fanatismo de la libertad como el de la superstición, y que son un veneno para los espíritus. Sus máximas, adoptadas sin examen, circulan como un veneno contagioso».

[Mounier escribe este libro en el exilio, concretamente en Weimar, para moderar las tesis conspiranoides extremas -como las del Abad Barruel. Su postura es matizada: reconoce que los libros causan «epidemias morales» y actúan como «contagio», pero sostiene que este contagio solo tiene éxito si el gobierno y las instituciones ya estaban corruptas y el pueblo predispuesto a enfermar]

Tengan todos ustedes unas felices vacaciones. Joaquín María Bartrina, prematuramente fallecido, era un lector obsesivo. En 1876 publicó «Algo». Libro casi olvidado, mitad aforismos mitad poemario, repleto de observaciones irónicas sobre los libros como enfermedad.

«No leas para saber más, sino para ignorar menos; que el exceso de lectura suele producir una indigestión de ideas ajenas que impide la digestión de las propias», Bartrina, Joaquín María. Algo. Barcelona: Imprenta de la Renaixença, 1876, pág. 97.

Lean este verano, queridos amigos.

Y un ensayo médico extraordinariamente raro sobre el agotamiento mental y neurastenia que provoca la lectura lo encontramos en: José Moreno Nieto: «Del exceso del trabajo mental» (1882)

«La lectura continuada y febril, la absorción incesante de nociones abstractas y de imágenes que no dan tregua al cerebro, produce una verdadera plétora orgánica en los centros nerviosos, estancando la corriente de la vida y sembrando el germen de la neurastenia moderna. Aquel que busca en el papel impreso el pasto continuo de su entendimiento, sin el contrapeso del ejercicio corporal y del reposo reparador, no hace sino fatigar la máquina viviente, provocando una postración tal del ánimo que anula las fuerzas más nobles de la voluntad y sume al hombre en una postración melancólica, fatídico tributo que la civilización impone al exceso del trabajo mental», Moreno Nieto, José. Del exceso del trabajo mental (Discurso leído ante la Real Academia de la Historia en la recepción pública del autor) Madrid. Imprenta de la Viuda e Hijos de J. A. García. 1882. pp. 24-25

Qué monada. Despierten y lean.

NOTA BENE: Existe un pequeño subgénero médico decimonónico —hoy prácticamente olvidado— dedicado a las «enfermedades de los hombres de letras» (maladies des gens de lettres, overwork, surmenage intellectuel, higiene intelectual). En Francia, Inglaterra y España produjo opúsculos mínimos, tiradas reducidas y memorias académicas casi inencontrables sobre la fatiga del estudio, la bibliomanía, la neurastenia del lector y los peligros fisiológicos de la lectura. Ese corpus constituye, en cierto modo, el verdadero heredero del opúsculo atribuido a Cazotte, «Des petits inconvénients de lire». Es un territorio bibliográfico extraordinariamente fértil y aún muy poco explorado.

Periódico 37

Hay algo profundamente benetiano en esa imagen de una marcha nocturna bajo la lluvia, donde los caminos de herradura se vuelven torrenteras de arcilla y el avance carece de sentido militar. Es el peso de un otoño perpetuo, el eco de una artillería invisible y la sospecha de que, al final, solo quedará rencor.

Lo dejó escrito de forma lapidaria Philippe de Commynes en el siglo XV: «Se les pide que odien al vecino porque así lo dicta un heraldo, y mueren sin saber por qué causa se baten, mientras que los señores que provocaron la discordia cenan en sus cámaras de oro…».

Periódico 36

Consulto la voz «belleza» en el diccionario. En el Tesoro de la lengua castellana o española, Sebastián de Covarrubias señala sucintamente que «beldad» proviene del toscano beltá, pero se explaya en la voz «hermoso»: «Dícese de todo aquello que en sí tiene tal compostura y agrado que deleita con su vista, y lleva tras sí nuestro ánimo y voluntad».

Detrás de todo el rencor y oprobio del mundo se yergue la belleza. Siento el placer puro, la hermosura cálida y sin mácula, el alto ser sin porqué, a través de innumerables palabras (a un escritor se le supone sensibilidad lingüística, como el valor al soldado).

Leo u oigo «guasanga» —bulla, algazara, barahúnda—, y la u parece el oblicuo ventanal de un pequeño hotel; las aes, unos huevos de gaviota; y las ges imitan henos recién cortados de un color verde brillante. Leo «sardinal» —red para pescar sardinas—, y la palabra abre en mi mente tordos cantando entre la lluvia, rosáceos tubérculos, una sombra de ocas pequeñas y algo medroso que a tientas se asoma a la noche con una música de clarinete. Oigo de unos labios jóvenes «plomizo», y la z abomba las choperas, rasga la electricidad, mientras el grupo fónico pl conserva en el lomo su rojizo polvo de huesos.

Las palabras son esa fuerza de las fuentes que refresca los manantiales: basílicas bizantinas submarinas, montañosos pueblos para saborear fruta confitada y unas perdices en sus tabernas, ceremoniosa corúa de arlequines. Son gatitos, lobisones, lobeznos, potrillos, lechones, chivos, pollinos, cervatillos; y áureos tulipanes, y charolados crisantemos, y satinados lirios, lagrimeando en los sueños lúbricos del tenso marfil. Las hay alegres, orgullosas, entusiasmadas; o bien taciturnas y melancólicas. Otras son rojas, magentas, turquesas, así como verdes lima, verdes helecho, y de un blanco seda, de un blanco nieve. Hay palabras existencialistas, anarquistas, platónicas, algebraicas, cristianas, maternales, estoicas; como las hay también de un barroco agitato, de un clasicismo diminuendo, de una modernidad piangevole.

El lenguaje, ese exótico y omnipotente predicador de incienso, oro y mirra, es al escritor lo que la luz oxigenada a las estrellas del universo.

Dentro de poco, ese lenguaje lo calcará tal cual la IA.

Periódico 35

En las extrapolaciones exponenciales de los años sesenta y setenta, se creían inminentes los coches voladores o la colonización masiva de Marte. Sin embargo, la ciencia no avanza de forma lineal. Si hoy la IA escribe mejor que el 99% de los españoles —dixit Millás—, de ahí no se infiere necesariamente que en diez años vaya a escribir mejor que los grandes genios de la literatura.

Los sesgos narrativos de Harari lo han convertido en multimillonario. Ejemplifiquemos uno que profiere en la misma entrevista: «La democracia es conversación». Sí, pero la democracia no es solo conversación; añádanse a ello las instituciones económicas y jurídicas, la asociación civil, la separación de poderes o la tradición, entre otros elementos. Es típico que Harari construya sus argumentaciones a partir de este tipo de reduccionismos.

¿Pretende la IA sobrevivir y expandirse? La afirmación más extravagante requiere de las pruebas más rigurosas, no de intuiciones que parecen extraídas de un poema emocional. Penrose sería el crítico más severo de Harari. El físico sostiene desde hace décadas que la inteligencia humana no puede reducirse completamente a una computación algorítmica, un argumento que procede parcialmente del teorema de Gödel. La IA puede manipular símbolos extraordinariamente bien, pero comprender matemáticamente no es simplemente manipular símbolos. Para Penrose, generar soluciones nuevas no implica necesariamente comprensión: que AlphaGo descubriera movimientos desconocidos no significa que entendiera el Go. Distingamos, por tanto: cálculo y comprensión no son lo mismo.

Lo que menos me gusta del israelí es que, de hipótesis más o menos plausibles, extraiga predicciones apodícticas e indisputables, inevitables como los vaticinios de un futurólogo con su bola de cristal. Como poema universal personal puede resultar sugestivo; como estándar de rigor intelectual, infinitamente menos.

Periódico 34

Estimada Rosa Belmonte:

Tu prosa avanza a golpe de frase corta, punzante y con un ritmo sincopado; a golpe —glups, glups— beat, buscando la complicidad, a veces cínica, del lector. Es una prosa sentenciosa, paratáctica y de remate epigramático cuyos antecedentes pueden rastrearse hasta la Antigüedad tardía y el alto Medievo latino.

Enodio de Pavía (siglos V-VI) cultivó una prosa hecha de martilleos breves a base de yuxtaposiciones, cambios repentinos de registro y frases que funcionan casi como proyectiles: «Brevitas saepe plus pungit quam longa oratio» («La brevedad hiere a menudo más que el largo discurso»). Rítmicamente, veo también homologías clarísimas entre tu escritura y la de Isidoro de Sevilla.

Pensando —y salto ahora varios siglos— en tu ritmo eufónico, saltarín, y en esa fusión de alta cultura con cultura pop, encuentro contigo cuatro paralelismos fascinantes: Félix Fénéon, Jean-Patrick Manchette, Leo Perutz y Albert Cossery. Todos ellos, admirables escritores de culto.

Mi carta telegráfica solo pretendía discurrir sin perplejidad, más que delirar con valentía. «Verba docent, exempla trahunt» («Las palabras enseñan; los ejemplos arrastran»). «Qui multa loquitur, saepe veritatem amittit» («Quien habla demasiado, pierde con frecuencia la verdad»). En la conversación tabernaria hispana se mezcla hoy a Lamine Yamal con Smaragdo de Saint-Mihiel.

Se despide de ti,

un servidor, un esclavo, un admirador, un amigo, un siervo.

Atentamente,

Aleix Leví Carballo.

P. S.: Como escribió Bernardo de Claraval: «Mente humilde, vida honesta, palabra amable». No parece máxima baladí.

Periódico 33

En el discurso ante los ganadores del Premio Nobel de 1962, Kennedy profirió: «Creo que esta es la colección más extraordinaria de talento y conocimiento humano que jamás se haya reunido en la Casa Blanca, con la posible excepción de cuando Thomas Jefferson cenaba solo». Por su parte, John Quincy Adams hablaba con fluidez siete idiomas; su mente era un instrumento de precisión científica alimentado por la literatura clásica. Su tragedia política fue que su sabiduría y su visión estaban un siglo por delante del ciudadano medio de su época. No hubo un presidente más comprometido con la idea de que el conocimiento y la ciencia debían guiar a una nación.

El contraste con Trump es significativo: veleta, burrito sabanero, Alarico saqueando Roma, suevo cruzando el Rin, tontón de ideas semiarticuladas, tórpido, majadero.

La prosa de Emerson es como un sinfonier clásico o un sillón de pan de oro. Faulkner escribe como un crujiente de tapioca con tartar de cigala. Nuestro Cervantes es igual a una alcachofa confitada con jugo de ibérico. En cambio, la cabeza de Trump es un hueso apepinado.

Necesito tomarme un whisky de malta añejo —un buen single malt escocés— con zumo de yuzu o lima fresca y sirope de arce, servido con mucho hielo picado, para desinfectarme del personaje.

Periódico 32

Mi psiquiatra durante más de una década —una psiquiatra y ser humano excelente, mucho mejor que la media— un día comentó al bies, como de refilón, sin darle importancia: «Tú perteneces más al mundo de los eruditos que al mundo de los locos». Esas palabras calentaron mi corazón y las recibí, emocionado —todavía me emocionan—, como el más alto elogio.

Un escritor es un erudito; por lo tanto, yo era más escritor que loco. Ese cumplido generoso laborea dentro de mí y mi permite cruzar las tinieblas; son palabras que sostengo como una madeja en mis muñecas, con los brazos abiertos, y que voy moviendo al compás que marcaba mamá al hacer el ovillo.

Acaso me engañe, pero no deseo que me recuerden como un loco que a veces escribía, sino como un escritor al que dio la casualidad de que le tocó la infausta locura. Un escritor menor, qué duda cabe, pero un escritor al fin y al cabo. Un escritor, un tratante del lenguaje, de su ritmo, su conciencia y su gramática.

Escritor y también adicto a la lectura. Un drogadicto de esa tecnología insuperable llamada libro.

Ahora mismo leo The Philosophy of Mystery, de Walter Cooper Dendy. Pertenece a ese género de libros fascinantes escritos antes de que la neurología, la psiquiatría y la psicología se separasen y cuajasen definitivamente; esas obras donde conviven la decimonónica anatomía cerebral, Shakespeare, los fantasmas, la fisiología primitiva, los moribundos, los opiáceos, Plinio, los casos médicos, las fiebres tifoideas, los sueños o la filosofía natural. Una hibridación que pasma y engancha al lector. Mejor que el sexo.

Deseo ser recordado como un bibliófago. Y que en las playas, en los muelles con luz cenital, los bañistas y vagabundos cuchichearan a mi paso y me motejaran únicamente como el Hombre Archilector. El polvo dormido en rollos dormidos de plata y bronce, losanges de cinabrio y piedras; el polvo que aventaba mi ser libresco.

Periódico 31

Estimado David:

La precisión en la palabra, la claridad en el trazo y la generosidad con el lector no son síntomas de una mente superficial, sino el triunfo de un escritor que ha logrado domar la densidad del caos para entregarla, limpia y luminosa, a la inteligencia de los demás. Escribir difícil es, a menudo, mucho más fácil que escribir sencillo.

Tú te vistes con ropajes inteligibles. Te liberas de trabas fastidiosamente académicas. La novela de gran alcance no necesita de oscuridades ni de laberintos verbales para conmover; le basta con reflejar el latido de la existencia común con la dignidad que da la observación sincera. Cualquiera de tus lectores se siente interpelado. Debajo de la superficie de tu obra late una melancolía y una agudeza intelectual que obligan a reflexionar sobre la ética, la política y la soledad; es decir, sobre la vida (Arnold decía que la literatura es una crítica de la vida).

Honesto. Sin pretenciosidad. Poniendo el bisturí a la decepción, a la ternura y al cinismo desde un prisma humanista. Y, como articulista, heredero de Pla, Chaves Nogales y acaso Espinàs.

«Quien conoce el dolor ajeno ya no juzga con la misma medida», escribió Gilbert de Hoyland, un monje inglés del siglo XII, autor con el que tienes un aire de familia, al igual que con Aelredo de Rievaulx (la misma ternura racional), o también con Hugo de Fouilloy y Hélinand de Froidmont (perdona la extravagante y pedantuela erudición a la violeta).

El olvidado, y quizá otro sosias tuyo, Pierre-Henri Simon, dijo: «Me niego a creer que la profundidad de una obra se mida por la opacidad de su lenguaje o por su capacidad para eludir al lector común. Hay una aristocracia del espíritu que consiste, precisamente, en hacerse comprender por todos sin rebajar la exigencia del pensamiento. La gran literatura es hospitalaria: utiliza la palabra limpia, el ritmo natural y la observación sincera de la cotidianidad para desvelar los misterios más complejos del alma humana. Escribir con claridad es un acto de generosidad y de respeto hacia el prójimo; es tender un puente en medio del caos. El arte que se encierra en laboratorios verbales acaba hablando solo para sí mismo, estéril y frío. El arte que sobrevive es el que se mancha las manos con la realidad de la calle, el que acompaña al hombre en su soledad y le ofrece un amparo comprensible contra la desesperación».

El genial Eliot fue acerbo con Henry James. En una frase aguda y «recargolada», le acusó de tener una mente tan perfecta que ninguna idea podía profanarla. Tú, para mi felicidad, profanas mi mente desde hace años.

Un saludo muy afectuoso de

Christian Sanz