Hoy España verá el partido de España de fútbol. Cervezas y chupeteos en golletes salivosos. Los temas e ideas no serán ciertamente muy sutiles y complejos. No habrá muchas observaciones disciplinadas buscando detalles. No oiremos disquisiciones sobre la lógica megárica ni sobre los puntos de vista de Tácito. Fútbol.
Emoción colectiva, difusa, casi vulgar en su intensidad. Un espectáculo curiosamente desprovisto de detalles memorables. El fútbol —si se me permite la observación— presenta una forma de dramatización elemental en la que los actores, lejos de expresar sutileza, encarnan una energía primaria. No hay en él, o hay muy poco, de esa conciencia interior en la que se da una verdadera introspección.
Más que un deporte, es un ritual moderno que permite a las masas experimentar una forma de pertenencia inmediata, una forma imbatible de gregarismo. Durante noventa minutos, se suspenden las diferencias, y una hinchada efímera se constituye en torno a símbolos compartidos y no pocas veces violentos.
En muchos países, el fútbol funciona como una estructura sustituta, un espacio donde se proyectan aspiraciones que no encuentran realización en otros ámbitos. El fútbol presenta una moral simplificada: reglas claras, fines definidos, recompensas visibles. Frente a la complejidad de la vida moral, resulta casi tranquilizador. Pero esa claridad es también una reducción. Los cuerpos chocan, giran, se lanzan: hay en el fútbol una coreografía primitiva, casi animal. No es tanto un juego como una descarga de energía acumulada, una forma ritual de violencia contenida.
El fútbol ocupa hoy un lugar que antes pertenecía a formas más exigentes de cultura. No es simplemente entretenimiento: es un símbolo que organiza el tiempo y la atención de millones. Y esa centralidad plantea preguntas incómodas. El balón es un personaje errante, un objeto que decide destinos sin saberlo. Los jugadores lo persiguen como si fuera una idea que siempre se les escapa.
El fútbol tiene una pureza que lo hace resistente a la ironía. Y, sin embargo, el aparato que lo rodea —dinero, horterismo, espectáculo— introduce una desproporción casi grotesca. El fútbol es cosa de hombres sudorosos que corren detrás de una pelota con más entusiasmo que cabeza. Y, sin embargo, ahí está todo el mundo, gritando como si le fuera la honra en ello.
No niego que pueda tener destellos de intensidad estética descollante o emociones de una intensidad casi sobrenatural. No niego que provee de sentido a muchas vidas a menudo brutales y rutinarias.
Pero el fútbol ofrece una felicidad simple, accesible, casi infantil. Quizá por eso es tan necesario: porque reduce la complejidad de la vida a un resultado claro, a una victoria o una derrota.
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Ni sé ni me importa el resultado del partido de fútbol de ayer de España. Estuve angustiado y escuché a Haydn. Ciertamente actividad más fructífera. Lo que fascina no es el juego, sino la posibilidad de compartir una emoción muy simplificada. La multitud no busca comprender: busca sentir al unísono, gregaria y comunitariamente. Y en ese acuerdo momentáneo hay algo seductor y, al mismo tiempo, profundamente empobrecedor.
El fútbol no exige memoria ni reflexión. Es un presente perpetuo que se consume a sí mismo. Hay un tipo muy particular de ansiedad en el espectador: sabe que estás invirtiendo una enorme cantidad de atención y emoción en algo que, en términos estrictos, no importa nada.
Recuerdo haber asistido con papá de niño al Camp Nou. Me sorprendió la intensidad de las reacciones: hombres tranquilos, incluso reservados, se transformaban en criaturas dominadas por una emoción inmediata y casi brutal. Lo que me intrigó no fue el juego, sino la fragilidad de esa transformación. Al terminar el partido, todos regresaban a sí mismos, como si nada hubiera ocurrido. Y, sin embargo, durante noventa minutos, habían habitado otra versión de sus vidas, la más irracional.
El fútbol posee una cualidad curiosa: permite a hombres ordinarios experimentar una forma de fe sin doctrina. No hay teología, pero sí devoción; no hay verdad, pero sí creencia. En ciertos estadios, la atmósfera recuerda vagamente a una iglesia: cánticos, rituales, una espera colectiva.
Permítanme la primera invectiva: El fútbol es la forma más perfecta de estupidez organizada, una maquinaria de embrutecimiento colectivo que se repite semana tras semana sin que nadie —nadie— se atreva a señalar su absoluta vaciedad. Se grita, se bebe, se celebra, y todo ello por nada, por absolutamente nada. Y lo peor es que quienes participan en esta comedia grotesca creen estar viviendo algo importante, cuando en realidad no hacen más que huir de sí mismos con una eficacia admirable.
El fútbol, como otras formas de entretenimiento colectivo, ofrece una pausa en la carga de ser uno mismo. Durante el partido, el individuo se disuelve en una identidad compartida, más ligera, más manejable.
Permítanme la segunda invectiva: Van al fútbol como van a todo: a olvidarse, a aturdirse, a no pensar. Se aprietan unos contra otros, gritan, babean, se excitan por nada… por una pelota. Es la feria, la misma feria de siempre, con otro nombre. Y salen de allí igual que entraron: más cansados, más vacíos, pero convencidos de haber vivido algo.
Siempre me ha intrigado la seriedad con la que se toma el fútbol. Es, al fin y al cabo, un juego bastante rudimentario, pero provoca reacciones que uno esperaría de asuntos mucho más graves. Tal vez ahí resida su encanto: en ofrecer emociones intensas sin consecuencias reales.
Lamento no haber puesto en esta nota un contrapunto positivo. Acaso la juzguen tendenciosa. Pero el fútbol poco diferente me parece a una estupidez colosal para orangutanes irreflexivos y acémilas.