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London. December Morning, 1993
White-souled winter leopards
moved over the Thames,
as though returning from a lunar sleep.
Lead ran molten through the city’s arteries,
breathing — harsh, animal —
like a young bear choking on silence.
London: cold water beads upon your tongue.
You did not know it then,
yet you were right to keep that vision —
orange scarf, a foxed and crumbling book,
the fierce warmth of a studious heart.
Afterward would come
champagne skulls, bird-lungs,
the slow descent of immense dark feathers.
Years later you would understand
how often that moment returned:
a young student, terribly alone,
dazzlingly happy
within the populous roar.
A destiny condensed —
the tight solitude of a ragged pilgrim.
As if a card-reader had already laid the spread:
bridge, river, exile, book.
Christian — open your eyes.
Give yourself that memory
once, and again, and always.
Let it not perish; let it endure within you
like snow resting on the highest ridge of thought.
An image that drafted your life in a single stroke.
You are that sign:
a solitary figure in the city,
alone among innumerable solitary worlds.
Christian Sanz
Cabaleiro 100
(A Jordi Llovet)
Sí, mestre: hi ha una melangia específica —i molt europea— en aquesta consciència que el somni d’ésser europeus (en el sentit alt: cultural, moral, estilístic) s’ha malguanyat o, si més no, s’ha aprimant fins a tornar-se quimera. Però aquesta melangia, si la raonem amb calma, no és només nostàlgia: és diagnòstic de civilització.
El somni de ser europeus volia dir adquirir un cert timbre interior; una educació del gust i del caràcter. La “unitat cultural” europea, quan ha existit, ho ha fet com una unitat polifònica (una orquestra, no un himne). I tot i així, hi havia una gramàtica comuna: clàssics compartits, institucions que feien de pont (escola, universitat, premsa seriosa, vida literària), i un cert prestigi del saber lent. Ara, en canvi, topem amb forces dissolvents, que no cal mencionar.
Sense una aristocràcia del caràcter no hi ha Europa, hi ha administració. No parlo d’aristocràcia social, sinó d’aristocràcia moral: honor intel·lectual, rigor, cortesia, responsabilitat verbal. Si el discurs públic esdevé un circ d’afectes, Europa es converteix en un tràmit.
Potser Europa ja no és un relat sostingut per símbols; potser és una resistència íntima: fer vida interior en un món que premia la superfície. En això estem.
Cabaleiro 99
Tiene usted, Peter Fake, la rara virtud de escuchar antes de mandar, y mandar sin olvidar que gobierna para hombres libres. Su modestia y sobriedad resultan casi heroicas; no busca aplausos, sino resultados que sobrevivan al aplauso. En vos la prudencia no es freno, sino rienda firme que doma el ímpetu de la plaza. Hay políticos que hablan; usted parece pensar mientras habla, y no seduce por la promesa fácil, sino por la serenidad del criterio. De los pocos que convierten el desacuerdo en conversación. Y es que cuando interviene, el debate sube muchos peldaños.
No necesita coro porque sus ideas ya tienen su propia música.
Cabaleiro 98
Un pequeño tren de citas. Plutarco: «El adulador imita al amigo como el lobo al perro: se acerca moviendo la cola, pero busca su propio provecho», y Tácito: «Bajo los malos príncipes florecen los delatores y los aduladores» y Séneca: «Nada corrompe más el ánimo que el aplauso fácil; quien sólo oye elogios deja de conocerse».
En el cogollito, búnker o pandilla de cercanos sanchistas sobran salivas deslenguados y pelotas y cucañistas. Una peste lisonjera. Una caterva de elogiadores hipócritas y mentirosos. Halagadores espíritus serviles sin principios. Hay quien dice sí a todo para no tener que decirse la verdad a sí mismo, a saber, que se es un pobre mediocre miserable y chupapelotas.
Concluyo con otro tren de citas quevediano. «Hay hombres cuya lengua no sirve para hablar verdad, sino para pulir mentiras con halagos». «Al poderoso le nacen orejas de mentira cuando le rodean los que viven de decirle que acierta». «El lisonjero es eco sin voz: repite lo que oye para comer de ello».
Cabaleiro 97
Echo de menos a mi maestro José María Álvarez ¿Qué opinaría de la desfachetez misérrima de nuestros políticos? ¿O que en España ya no se garantice la propiedad privada? ¿Del surgimiento, auge y transformación de VOX? ¿De la libertad amordazada, vigilada, la presencia de una más o menos explícita coacción arbitraria, el camino de servidumbre allanado de buenas intenciones, la tremenda ingeniería moral, el afán ilimitado y cesarista de poder de Sánchez, de la corrrupción y descomposición y degradación de nuestra nación, la familiaridad íntima con una moral de esclavos, el espacio que va siendo morbosamente asfixiado, interferido, la pseudocultura triunfante, la pérdida de vigencia de los grandes nombres sustituidas por figurones ridículos?
Echo de menos al maestro. Su poesía. Su vitalismo. Su lenguaraz erotismo. Las observaciones sobre literatura y arte de una altura internacional. La sensibilidad ante el lenguaje. Tantas cosas. Hoy en día la censura forma parte del consenso, pero, como buen poeta, Álvarez vivía contra su tiempo y sabía -lo escribió- que la verdadera libertad es elegancia moral. La libertad, no se olvide, también es un gesto estético. No solo instituciones, también estilo. Quizá por eso me atrajo siempre: convirtió la libertad en una forma de vida, casi un dandismo ético (la estética enfrentándose épicamente a la universal vulgaridad)
Un maestro no es quien enseña contenidos, sino quien afina la mirada del discípulo hasta que éste empieza a pensar con voz propia. No transmite solo saber: transmite tempo, atmósfera espiritual. Álvarez transformó mi modo de estar en el mundo. Me inquietaba y me tranquilizaba. Despertaba en mí potencias dormidas. Me entregó una vasta biblioteca indispensable. Un maestro de estilo, casi a la manera renacentista —no moldeó mis frases, sino mi relación con la tradición. Y eso explica algo que se nota mucho en mis libros: la mezcla de dandismo y melancolía, la conciencia del canon, la libertad como elegancia moral.
Le echo de menos. Soy solo una pálida sombra de la disciplina invisible que sostuvo su estilo.
Cabaleiro 96
Yo a veces no cuido mi lengua, e injuro y difamo, o bien hago mofa y befa. En mis libros suelo aclarar que eso no pertenece a mi carácter (dado a la ingenuidad y la bonhomía), sino que funciona como un quevediano mecanismo retórico para epatar. Pese a que me reprimo, se embosca todavía en mí aquel adolescente malicioso que era capaz de vender su alma por un hallazgo expresivo feliz, aunque hiriente. En clase puse motes crueles a profesores y condíscípulos (por ello, y tantas cosas más, junto a los libros que robé, bien ganado tengo el infierno)
El lenguaje exige moderación. Debe instruir sin herir y reprender sin ofender. Séneca, «Contra la injuria», en «Cartas a Lucilio»: “La lengua desenfrenada es señal de un ánimo sin gobierno”. Quintiliano observó que el verdadero orador es un hombre bueno que sabe hablar, es decir, la retórica no debe degradarse en mofa o agresión, porque el fin del discurso es formar ciudadanos, no humillarlos. Brillar, no humillar.
Pido perdón por las chanzas o descripciones ofensivas que revelaron a lo largo de mi vida mi alma nada bella (la lengua es mensajera del corazón) Lingua moderanda est. Nihil est tam incivile quam maledicentia. Oratio… sit mitis atque humana. Pido perdón por sumarme a la tribu de los bárbaros con mazas y garrotes, a la vez que expreso mi honda admiración por aquellos que se retractan de sus inevitables excesos.
Cabaleiro 95
Immanuel Kant formuló quizá la defensa más influyente del universalismo: «Si la moral depende sólo de cada cultura, entonces prácticas injustas no podrían criticarse desde fuera». Además, si cada cultura tuviera su verdad incomunicable, el diálogo intercultural sería imposible.
El cosmopolitismo estoico, el humanismo renacentista, la Ilustración europea, aspiraron -muy legítimamente- a la universalidad. No afirmo que todas las culturas sean iguales, sino que la dignidad es independiente de ellas, y que la razón permite el diálogo sobre su base común.
Para mí la cultura no es todo lo que existe, sino lo que nos eleva por encima de nosotros mismos. El universalismo no niega las diferencias culturales, pero defiende una herencia compartida —literaria y filosófica— capaz de trascender identidades particulares. Interpreto el canon como puente hacia una humanidad compartida, no como imposición colonial.
Los derechos humanos no pertenecen a una cultura particular. El legado ilustrado —Kant, Voltaire— permite juzgar cualquier sociedad con criterios racionales compartidos. La cultura clásica permite salir del narcisismo identitario.
NOTA BENE: NOTA BENE: El puente común ya no está en Virgilio, Plutarco, Leibniz, la Biblia, Agustín, Newton, Carnap, Bohr ETCÉTERA, sino en los gossips sobre el hijo de Beckham, la familia real Noruega, Eurovisión, el Real Madrid, y demás nugae que difícilmente sirven para crear una personalidad o identidad cultural común de peso.
Cuando uno piensa en Ernst Robert Curtius, surge inevitablemente su idea de Europa como una continuidad espiritual sostenida por la retórica y la literatura latina. En «Literatura europea y Edad Media latina», Curtius no describe una Europa política, sino una Europa textual.
De eso hoy no queda nada, res de res, ladies and gentlemen. Y tiene razón, Sr. Llovet. Europa continúa soñando —quizá— con una identidad cultural unificada, pero sus símbolos ya no sostienen ese relato.
La celebrity culture no forma europeos sosegados.
Cabaleiro 94
Los humanistas italianos leen a Cicerón como modelo moral, los románticos reinterpretan a Grecia como ideal estético, los modernos usan lo clásico como ironía o distancia; ahora, el simiiforme de Bad Bunny reina y triunfa y es un referente político, ese campo tradicional para desarrollar la deliberación y el razonamiento. Bad Bunny, un pseudoartista con significativas limitaciones vocales, con pseudomúsica sin complejidad armónica, sin variación melódica y con letras de mediocridad y simpleza embarazosa.
Horacio: “He levantado un monumento más duradero que el bronce… No moriré del todo, y gran parte de mí evitará a Libitina”, Odas, III, 30. Petrarca: «Hablo con los antiguos como con amigos presentes”. La tradición no es un museo, sino un impulso; el hombre no solo hereda cultura, la rehace cada vez que lee, traduce o interpreta. Somos huéspedes de significados anteriores a nosotros. La cultura vive de la relectura. La amnesia histórica empobrece la imaginación.
Bad Bunny (que funciona como espejo emocional, no como obra elaborada y exigente) es mera bagatela, nadería, futilidad, «nugae». Solo viento y humo que devorará el tiempo. Estéticamente nulo, artísticamente paupérrimo, intelectualmente ínfimo, pero comercial o industrialmente muy exitoso. Esto habla muy mal de nosotros, pero refleja bien una época que sustituye el argumento por el espectáculo, la finezza por el trazo grueso, la gravitas por las payasadas, lo denso por lo breve, lo visible desplaza a lo reflexivo, en fin, que sustituye a Bach por el reguetón.
La decadencia avanza, incontenible.
Cabaleiro 93
La incertidumbre permanente produce deseo de seguridad cultural. De ello se aprovecha el populismo de derechas. Muchas personas sienten que la fila ha sido alterada, que perdieron reconocimiento, que «nos quitaron el país». A mi juicio esto tiene mucho de nostalgia imaginaria (No se añora un pasado real, sino una sensación de claridad perdida)
Acaso sientan que la élite cultural ridiculiza sus gustos o valores, por lo que aparece una reacción anti-intelectual, reacción que el populismo canaliza y explota. Creo que las fronteras o dicotomías del populismo de derechas, al igual que la de pueblo / élite, como en el populismo de izquierdas, también son lenguaje directo / tecnocracia, identidad / cosmopolitismo, emoción frente a deliberación.
Según Fukuyama muchas revueltas populistas no nacen del hambre, sino de la sensación de invisibilidad cultural. Estoy de acuerdo. La globalización y la aceleración crean ansiedad e invisibilidad cultural. Los relatos simples de pertenencia, entonces, prenden bien. Recordemos a Hannah Arendt: “La soledad puede preparar el terreno para la política extrema”.
Tiempos convulsos.
Cabaleiro 92
(Rufián)
Exhibicionismo, chulería, narcisismo, ingenio callejero, pobreza interior, falta abrumadora de lecturas, afirmaciones enfáticas no sostenidas por argumentos persuasivos, sino expresadas en píldoras emotivas, en obiter dicta sin justificar. Un hablar sin pensar, de modo traqueteante, creando un manto de ruido y de nulo pensamiento.
La cháchara descoyuntada suele ser un síntoma de vacío; las mentes ligeras hablan mucho de lo que no han estudiado; las profundas callan incluso sobre lo que saben. Borges veía al opinador improvisado como una figura casi literaria: alguien que confunde entusiasmo con conocimiento. Cito de memoria: “La ignorancia suele ser ruidosa; la erudición verdadera, discreta.”.
Rufián pontifica sin pruebas y discute sin método. Sustituye libros por tuits. Típico de nuestra época: el ignorante moderno que no calla: escribe y polemiza en X
Aristóteles veía la política como phronesis, prudencia práctica basada en la experiencia acumulada de la polis. De ahí que se necesiten conocimientos históricos. Martha Nussbaum ha defendido (con buenas razones) que la novela amplía la empatía; de ahí que el político de categoría deba ser un buen aficionado a las letras (la política trata con vidas, no con abstracciones) George Orwell advirtió que la corrupción del lenguaje precede a la corrupción del pensamiento. De aquí se infiere otro requisito cultural: saber escribir y hablar con precisión; sospechar de las palabras infladas. Max Weber distingue entre ética de la convicción y ética de la responsabilidad. El gran servidor público debe haber pensado seriamente sobre la justicia, la responsabilidad y sus consecuencias. Y también son condiciones necesarias una alfabetización científica mínima y el respeto por la evidencia y sensibilidad estética (comprender que el poder también comunica belleza y fealdad moral) Y, last but not least, capacidad de duda y escucha.
A mi juicio, Rufián ni habla con precisión, ni distingue cultura de propaganda, ni es prudente; el típico político tertuliano frente al político reflexivo y lector.
