-¿Cuál es, para ti, el verdadero lujo?
-Un «The Annals of Tacitus» en su edición de The Folio Society. Encuadernado en tela de alta calidad, con estampaciones en oro que evocan la sobriedad imperial: su elegancia es clásica, casi estoica, como el propio Tácito. El papel, de gramaje generoso y tono marfil, ofrece una superficie mate donde la tipografía —nítida, bien espaciada— se asienta con una claridad que no fatiga. Los márgenes, amplios sin exceso, permiten que el texto respire; no hay prisa en estas páginas.
-¿Qué objeto humilde ha llegado a parecerte indispensable, y por qué?
-La regadera de latón, olvidada junto al seto de lilas, que retiene en su vientre curvado un sol doméstico, ligeramente verdoso por la oxidación incipiente, como si la luz hubiera decidido envejecer allí.
-¿Recuerdas el primer lujo que te concediste con plena conciencia de estar excediéndote?
-La compra de un anillo de oro a mi primer y único amor. El anillo se templaba con la piel, como si respirara con ella. Su oro no relucía: era una claridad suave que parecía guardar en su círculo las horas por vivir.
-¿Qué forma de gasto te resulta intolerable?
-Los Lamborghinis, los áticos en Dubai, las esculturas de Koons, los aviones privados. Me parece todo una horterada incomparable.
-¿Cuál es el lujo más silencioso que practicas —aquel que nadie ve ni podría envidiar?
-Esa invención mental que no consiste en hacer combinaciones al azar, sino en discernir, entre una multitud de combinaciones posibles, aquellas que son fecundas.
-¿Te resulta más placentero adquirir o conservar? ¿Por qué?
-Conservar. Los huevos de Fabergé y el samovar de la casa de mis padres, las editio princeps de Ferrater, los cuadros de Vidal Quadras. Si algo no tiene la pátina del tiempo y el pulimento de la tradición me parece mera hojalata sin aura.
-¿Qué pequeño gasto —casi trivial— te devuelve, sin embargo, una sensación de orden o de dignidad?
-El zumo de naranja con una tostada de pan con aceite, sal, tomate y jamón serrano cada mañana en el bar.
-¿Qué lugar representa para ti la forma más pura de lujo?
-Un paseo que serpentea suavemente, una arboleda que se abre sin rigidez, una pradera que parece no haber sido tocada por la mano del hombre. Y cualquier biblioteca.
-¿Qué relación guardas con el exceso: lo temes, lo buscas o lo domesticas?
-El orden es una forma de sabiduría. Pero propendo a los palacios del exceso.
-¿Cuál ha sido el lujo más inútil que te has permitido?
-Perfumes, terciopelos, tejidos. Vivo de sueños.
-¿Existe para ti un lujo moralmente sospechoso, aunque estéticamente irresistible?
-El cuerpo de una meretriz bella. Piel de tersura argentada, exquisito y opulento y escandaloso amor mercenario.
-En tiempos de escasez, ¿qué capricho mínimo te niegas a abandonar?
-La luz de Velázquez.
-¿Qué gesto funciona en ti como una forma de restitución?
-Tomar un café lento cuyo leve amargor —esa aspereza delicada que precede al calor— organiza de nuevo el mundo.
-¿Cuál sería, para ti, el lujo último?
-Serían dos: el tiempo y el silencio. El silencio, en particular, no es nunca completo: siempre está tejido de minúsculos accidentes —la respiración apenas perceptible, el roce del viento, el latido del propio pensamiento. Pero hay momentos en que esos fragmentos se ordenan de tal modo que producen la ilusión de una quietud absoluta. Esa quietud es el lujo último.
