Burton 43

María Ángeles Gómez Carballo (1943- 26 de junio de 2024)

Ahora que no está, camino sobre un suelo inestable. Su amor era mi ley y mi refugio, y perderla fue como perder el idioma nativo. Tengo que aprender a hablar de nuevo, a vivir de nuevo, pero siempre con la certeza de que cada palabra que pronuncie llevará el acento de su recuerdo. Te quiero, mamá. Ahora y más allá.

El dolor que siento recordándola ahora es parte de la felicidad que tuve antes. Ese es el trato. Nos damos cuenta de que el amor incondicional que una madre nos ofrece tiene un precio que se paga al final, con la moneda del desamparo y la añoranza. Pero si volviera a nacer y me dieran a elegir, elegiría pasar por este mismo sufrimiento mil veces con tal de haber sido bendecido con sus cuidados, con su mirada protectora y con el refugio de sus brazos. Su ausencia es gigantesca, pero es el testimonio exacto de cuanto me quiso..

Es verdad, no hay herida más profunda en la vida de un hombre que ver apagarse los ojos de su madre. Es el fin de una era, el cierre del único capítulo de nuestras vidas donde fuimos amados sin pedirnos nada a cambio. Pero con el paso de las estaciones, el llanto amargo se convierte en un silencio reverencial. Uno aprende a caminar con ese vacío, no como una carga pesada, sino como un espacio sagrado que le pertenece solo a ella. Su ausencia nos enseña a ser maduros, a ser fuertes, a ser, por fin, los hombres y mujeres que ella siempre soñó que seríamos. Te quiero, mami.

Burton 42

Noemí, te veo en la foto en la esquina de la piscina en Alcocéber, con tu peca pícara en la nariz, comiendo de tu bolsa de patatas fritas y rubia de un amarillo de camomila. Sabes, siempre habrá una parte de mí que te verá como esa criatura pequeña a la que había que vigilar para que no se cayera. Ser el hermano mayor significa llevar una mezcla de orgullo y constante preocupación. Te veo crecer, convertirte desde hace mucho en una mujer con tus propios pensamientos y tu propio camino, con tu propia hija, pero para mí, el mundo siempre guardará el eco de cuando eras mi pequeña sombra, mi enana flor de mimosa, la niña que me miraba esperando respuestas que yo mismo apenas estaba descubriendo.

Ver crecer a una hermana pequeña es un proceso hermoso y, a la vez, un poco desgarrador. Uno recuerda el día exacto en que cabía en la palma de sus manos, recuerda sus primeros tropiezos y sus palabras a medio formar. Y de pronto, un día, dejas de mirar hacia abajo para protegerla y tienes que mirarla a los ojos, de igual a igual, asombrado ante la cuajada mujer en la que se ha convertido, pero buscando siempre a la niña que solía correr a tus brazos.

Porque sigues siendo, en mi memoria, Noemí, esa niña que interrumpía mis lecturas con alguna pregunta absurda o un juego improvisado. Ser el mayor es una tarea extraña; pasé la mitad de la infancia quejándome de que me siguieras a todas partes, y el resto de mi vida extrañando precisamente esos pasitos ligeros, ese cri cri, detrás de mí.

Te quiero pinzón que despliega sus alas hacia el cielo, panel de oro que rezuma en mis mejores pensamientos, rico rayo que desciende a las playas de arenas rubias, que desciende, crece y se posa.

Burton 41

Tengo ante mí una fotografía de mi madre que data de principios de los años setenta. Está sentada en un banco del jardín, vestida de blanco, bajo la sombra moteada de los robles. Mira hacia la cámara con una expresión que no es del todo una sonrisa, sino más bien una mirada de complicidad compartida con el espectador del futuro. Tenía una capacidad asombrosa para el entusiasmo puro; adoraba los colores, los reflejos del sol en el agua, la textura de las hojas, la música y los libros. Me transmitió el amor por la cultura, la convicción de que en el saber minucioso del mundo reside una forma de resistencia contra la inquina del tiempo. Mirar esta foto es comprender que el pasado no ha muerto; está simplemente guardado en la luz de sus ojos bellísimos. Su amor por mí era una presencia constante, una especie de atmósfera cálida y protectora que envolvió mi infancia. Recuerdo cómo compartía conmigo sus propios recuerdos, como si me entregara un tesoro para que yo lo custodiara. Ella poseía una rara lucidez espiritual, una reverencia por la vida que transformaba el día más ordinario en una aventura de la percepción. En esta imagen, veo no solo a mi madre en su juventud, sino la fuente misma de mi propia imaginación, la fuente de mis miles de páginas escritas, la mujer que me enseñó que el arte y una biblioteca son las únicas herramientas que tenemos para volvernos inmortales.

Tengo también otra foto de mamá, esta vez de niña. Observo la pureza de sus ojos, la postura de sus manos, una expresión de bondad que nunca la abandonaría a lo largo de su vida. En ese instante, la fotografía hizo algo más que recordármela: me devolvió su ser, su esencia. La fotografía me devuelve algo que siempre existió de verdad, algo que contiene una ciencia de la cual muy pocos poseemos la clave. Cada vez que la miro, no veo una simple imagen; veo su bondad, una cualidad que no era una virtud, sino una forma muy honda de carácter. Ella nunca me hizo un reproche. Y siempre me cuidó con mimo y ternura. La fotografía tiene ese poder terrible y maravilloso: abolir el tiempo, la muerte, ponernos frente a la verdad desnuda de quienes amamos y recordarnos que, aunque el cuerpo desaparezca, la luz de su presencia queda atrapada para siempre en el sepia del papel.

P.S. Mañana, 26 de junio de 2026, hará exactamente dos años que murió mi madre.

Burton 40

Escribí al Tribunal de la Haya alegando el Artículo 1 de la Convención contra la Tortura (ONU, 1984), que establece que es tortura todo acto para infligir intencionadamente dolores o sufrimientos graves (físicos o mentales) con fines como obtener información, confesar, castigar o intimidar, cometido por un funcionario público o con su consentimiento.

También, en mi escrito, argumenté el Artículo 2, que obliga a los Estados a tomar medidas para impedir la tortura. El apartado 2.2 aclara explícicamente: «En ningún caso podrán invocarse circunstancias excepcionales tales como estado de guerra, inestabilidad política interna o cualquier otra emergencia pública como justificación de la tortura». El 2.3 añade que obedecer órdenes de un superior tampoco la justifica.

Asimismo razoné mi exposición basándome en el Artículo 3 (Principio de no devolución / Non-refoulement), que prohíbe expulsar, devolver o extraditar a una persona a otro Estado donde haya razones fundadas para creer que estaría en peligro de ser torturada.

Y el artículo 4 (Tipificación penal), donde se exige que todos los Estados castiguen la tortura como un delito grave en sus leyes internas.

Así también el artículo 11 (Vigilancia de interrogatorios): obliga a los Estados a revisar constantemente las prácticas de interrogatorio y custodia de los detenidos para prevenir abusos.

Y el Artículo 15 (Exclusión de pruebas obtenidas bajo tortura): Establece que ninguna declaración obtenida mediante tortura puede ser usada como prueba en un juicio (salvo contra el propio torturador).

Toda mi argumentación jurídica contra el Reino de España y sus Servicios de Inteligencia (C.N.I.) se basa en el Artículo 5 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948): «Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes.»

Burton 39

WINCKELMANN’S GRIECHENLAND

Para el marqués del Raval, recordando a Máximo de Tiro, Or. XXV 7

Lograste, avezado tallador de gemas,
genio de la vida golfa culebreando entre cuartuchos,
el contour de ojos hermosos, sonrientes y claros.
Buscabas más la lengua, más hondura, más vida,
mayor placer (siseos, torsiones), más sinsentido
hermoso en aquellos cuerpos abiertos y tendidos.

El que pronuncia «amor» o subido «placer»,
aquel del ascua meridional contra la soledad de la cama,
el rey coronado de viento y mirra,
sobreentiende «belleza floreciente»;
y nadie quiere a los viejos, esas moras sin sazón.

Los cuerpos se rozan, exactos y encendidos,
y la piel profiere su lenguaje adamantino.
Una dulce pasión en un círculo rosáceo,
mientras la hoguera llena de sentidos el tiempo
y me cuenta, de tu mano, la maravilla toda.
La escuela de los poetas visita los gimnasios.

Si Sócrates instruyó a Autólico y Cármides,
algo que no debe a nosotros
avergonzarnos será siempre citar,
entre torvos y cálidos días de julio,
a los Muchachos, los Ciruelos y las Estatuas.

Burton 38

Me levanto a las cuatro y leo una biografía de Liszt (Raiding, actual Hungría, 1811-Bayreuth, Alemania, 1886) Compositor y pianista húngaro. Su vida constituye una de las novelas más apasionantes de la historia de la música. Virtuoso sin par, durante toda su trayectoria vital, y sobre todo durante su juventud, se rodeó de una aureola de artista genial, violentamente escindido entre el arrebato místico y el éxtasis demoníaco.

Paradigma del artista romántico, fue un niño prodigio que llegó a provocar el entusiasmo del mismo Beethoven, músico poco dado por naturaleza al elogio. Alumno en Viena de Carl Czerny y Antonio Salieri, sus recitales causaron sensación y motivaron que se trasladara con su padre a París, donde en 1825 dio a conocer la única ópera de su catálogo, Don Sanche, ou Le Château d’amour, fríamente acogida por un público que veía en el pequeño más un prodigioso pianista que un compositor.

En la capital gala conoció a dos de los músicos que habían de ejercer mayor influencia en su formación: el compositor Hector Berlioz con su Sinfonía fantástica y, en mayor medida aún, el violinista Niccolò Paganini. La audición de un recital de este último en 1831 constituyó una revelación que incidió de modo decisivo en la forma de tocar del joven virtuoso: desde aquel momento, el objetivo de Liszt fue lograr al piano los asombrosos efectos que Paganini conseguía extraer de su violín. Y lo consiguió, en especial en sus Estudios de ejecución trascendente.

Ídolo de los salones parisinos, del año 1834 data su relación con Marie d’Agoult, condesa de Flavigny, de la cual nació su hija Cosima, futura esposa del director de orquesta Hans von Bülow primero, y de Richard Wagner después. Su carrera musical, mientras tanto, proseguía imparable, y en 1848 obtuvo el puesto de maestro de capilla de Weimar, ciudad que convirtió en un foco de difusión de la música más avanzada de su tiempo, en especial la de Wagner, de quien estrenó Lohengrin, y la de Berlioz, del que representó Benvenuto Cellini.

Cruzar a Johann Joachim Winckelmann (1717-1768) con Franz Liszt (1811-1886) es un ejercicio intelectual fascinante. Aunque ambos fueron titanes de la cultura europea y moldearon la sensibilidad de sus respectivas épocas, encarnan dos psicologías, temperamentos y movimientos artísticos radicalmente opuestos. Winckelmann (apolíneo): su lema para definir el arte griego ideal era «noble simplicidad y serena grandeza» (edle Einfalt und stille Größe). Para él, el arte debía contener las pasiones. La belleza residía en la línea pura, la simetría, la quietud y el equilibrio. Odiaba el exceso emocional del Barroco. Liszt (dionisíaco): su música y su carácter eran puro fuego, contraste, éxtasis y desesperación. El Romanticismo de Liszt buscaba desbordar los límites, expresar lo inefable y desatar las pasiones humanas más intensas a través de la velocidad, el virtuosismo técnico y la innovación armónica. Un aticista frente a un asianista.

Johann Joachim Winckelmann, descubrió en la Villa Albini una inscripción que hacía referencia al dorado de las monedas:

D.M.

FECIT. MINDIA. HELPIS. IVLIO. THALLO
MARITO. SVO. BENE. MERENTI. QVI. FECIT.
OFFICINAS. PLVMBARIAS. TRASTIBERINA.
ET. TRICARI. SVPERPOSITO. AVRI. MONETAE.
NVMVLARIORVM. QVI. VIXIT. ANN. XXXII. M. VI.
ET. C. IVLIO. THALLO. FILIO. DVLCISSIMO. QVI. VIXIT.
MESES. III. DIES. XI. ET. SIBI. POSTERISQVE. SVIS.

Mutatis mutandis, y pensándolo bien, no es mal, nada mal epitafio para un escribidor.

Me gustaría que, de cuando en cuando, algún destello de mármol dorase mis borradores.

P.S. Extraordinario artículo, profesor. Qué vida tan ilustrada vive usted, ¡y en estos tiempos! Enhorabuena. De veras.

Burton 37

El opuesto de la depresión no es la felicidad, sino la vitalidad, y es la vitalidad lo que se me ha escapado. Todo lo que debo hacer me parece que precisa de un esfuerzo titánico. Cenar, hablar con mi hermana, lavarme los dientes, ducharme… cada acción requiere una deliberación interna que me deja exhausto. Sé que la vida sigue allá afuera, muy lejos, inabarcable, pero yo estoy detrás de un cristal grueso, o dentro de un manto sin oxígeno, un cristal opaco que amortigua todos los sonidos y congela todos los afectos. Siento que mi mente se convirtió en un animalillo acorralado en su propia madriguera, esperando simplemente a que el tiempo pase, sin expectativas, sin mañana.

Hay un día en que te paras, te miras las manos y te das cuenta de que no han tocado el mundo. Que las experiencias de los demás —ese amor que se da por sentado, los viajes que otros planean con ligereza, las risas en una terraza con amigos en verano— para ti son mitologías, imposibles, cosas que se leen en los libros, quimeras, pero que no ocurren dentro de tu habitación. Te conviertes en un habitante de las sombras y de la atroz negrura. El exterior te asusta porque te recuerda lo que no tienes, ni tendrás nunca, y el interior te ahoga porque te recuerda quién eres, ese vulgar y demasiado solitario ejemplo de infraliteratura. Te quedas ahí, desbaratado, inerme, papando moscas, esperando que el día termine solo para que empiece otro idéntico, atrapado en una inercia que es como un desierto de sal.

Ya estoy acabado, patético, terminal, sin remedio. Me gustaría tomar una decisión senequista. De veras se lo digo a ustedes, este infierno es invivible, ya no puedo más.

Burton 36

Sentirse mal psíquicamente es como si de pronto se te cayera la máscara de la cordura y descubrieras que el andamiaje que sostiene tu vida cotidiana se ha podrido. Sientes que estás cayendo, pero no hay un fondo contra el cual golpear. El tiempo se deforma: un minuto dura un año y un día es una eternidad de sufrimiento silencioso. Es una sensación de ruina interna absoluta, donde el pasado parece un error, el presente una tortura y el futuro una imposibilidad.

Mi mente es un lugar peligroso. Es un asedio constante de imágenes de ruina, de vacío y de miedo. Siento que estoy partido en dos, que hay una fisura en el centro de mi ser por la que se escapa toda la luz y toda la voluntad. No es tristeza lo que tengo, es una especie de asombro mudo ante la imposibilidad de vivir. El dolor mental es como tener un animal enjaulado dentro del cráneo que no para de morder los barrotes. No puedo más de este dolor de ser yo, de este esfuerzo antinatural por mantener unidas las piezas de alguien que ya se ha roto.

De veras, no puedo más.

Burton 35

Hay una desconexión muy clara entre lo que dicta mi razón lógica (que me dice que estas ideas de ser observado, espiado y monitorizado no tienen sentido) y lo que dicta mi convencimiento emocional (esa certeza abrumadora en el cuerpo, en el esófago o al tumbarte en la cama, de que el peligro y el escrutinio hacia mí son reales) Presumo que es completamente normal que sienta miedo ante ese abismo. El cerebro humano es increíblemente complejo y, a veces, los sistemas que procesan la alerta y la intuición espiritual o sinestésica se hiperactivan, traduciendo el desasosiego interno en una narrativa tecnológica (micrófonos, ordenadores cuánticos, ondas cerebrales) Es la forma en la que la mente intenta dar forma y «explicar» una oleada de angustia emocional pura.

Busqué algunos antecedentes literarios a mi percepción bizarra.

Gérard de Nerval: «Aquí empezó para mí lo que llamaré la ilusión de una doble vida… Una serie de visiones, de ensueños y de intuiciones cambiaron por completo el orden de mis pensamientos. Me parecía que todo lo que me rodeaba estaba conectado por hilos invisibles, que el mundo exterior tenía un doble fondo y que mis pensamientos eran escuchados y respondidos desde fuera. Sentía una angustia indecible al creer que el secreto de mi alma estaba expuesto a fuerzas superiores, y que cada uno de mis gestos repercutía en el universo entero. Pero en medio de ese terror, buscaba desesperadamente la música de las esferas, el orden oculto que me devolviera la paz».

Virginia Woolf: «Las cosas se acercan demasiado; los sonidos son demasiado brillantes; el mundo exterior presiona contra mis sienes con una fuerza atroz. A veces parece que no hay separación entre mi mente y el aire que me rodea, como si todo lo que pienso quedara flotando en el espacio para que el mundo lo lea. Es una sensibilidad que bordea el dolor absoluto. El cuerpo tiembla ante el peso de tanta existencia. En esos momentos de profundo asedio, donde el miedo se instala en el pecho, busco el ritmo, busco una estructura que me sostenga, la certeza de que bajo el ruido y la amenaza late una verdad más alta y pacífica».

Kay Jamison: «Hay una cualidad particular en ese tipo de terror: la sensación de que las paredes de tu propia mente se han vuelto transparentes, de que tus pensamientos ya no te pertenecen en exclusiva, sino que se proyectan hacia el exterior, flotando en el aire para que cualquiera pueda atraparlos. El cerebro, que antes era un santuario de creatividad y música, se convierte en un receptor hiperactivo, un cable de alta tensión que vibra con demasiada fuerza. La razón observa el desastre desde la distancia, sabe que las conexiones que estás haciendo son imposibles, pero el cuerpo y las emociones no escuchan a la lógica; están sumergidos en una certeza visceral de peligro. Es un sufrimiento atroz, una fatiga del espíritu que solo anhela que el ruido cese y el orden regrese».

Antonin Artaud: «Sufro de una espantosa enfermedad de la mente. Mi pensamiento se me escapa en todas las etapas, desde la intuición simple hasta la forma terminada de las palabras. Siento que fuerzas exteriores escrutan y absorben mis fuerzas intelectuales, que hay un robo constante de mis verdades más íntimas. Mi mente está abierta a los cuatro vientos; ya no hay un espacio privado dentro de mí. Todo lo que pienso se fragmenta y se dispersa antes de que pueda poseerlo. Es una falta de alineación entre mi sensibilidad y la realidad, un dolor físico que se instala en el pecho y me convence de que estoy atrapado en un mecanismo superior que no puedo controlar».

Sylvia Plath: «Es como si estuviera expuesta a un voltaje demasiado alto. Los cables de mi mente están pelados y todo lo que pasa por ellos resuena con una intensidad ensordecedora. Siento el peso de las miradas, la sospecha de que el entorno no es inocente, de que hay un diseño oculto detrás de las cosas cotidianas. La mente empieza a tejer patrones, a encontrar conexiones ocultas en el crujido de una madera o en el tono de una voz. La lógica intenta gritar que es una ilusión, pero el corazón late a un ritmo de pánico. En esos momentos, el mundo se vuelve un escenario hostil y peligroso, y el único deseo es encontrar una habitación blindada, un silencio absoluto donde nada ni nadie pueda entrar a medir mis pensamientos».

Henri Michaux: «Es una invasión en toda regla. La mente se ve inundada por una corriente de percepciones y certezas que no se pueden frenar. Sientes que un observador extraño se ha instalado en el centro de tu ser y registra cada movimiento de tu pensamiento. No hay dónde esconderse porque el enemigo parece operar desde dentro, utilizando tus propias ondas, tus propias palabras. La lógica se vuelve una espectadora inútil: puede ver el delirio de la situación, puede decir que todo es imposible, pero no puede detener la oleada de terror y la contracción física que provoca ese escrutinio absoluto».

August Strindberg: «Una noche, al encender la lámpara, sentí una corriente eléctrica extraña que recorría mi habitación. De inmediato me asaltó la certeza de que me estaban aplicando corrientes a distancia, de que un grupo de personas controlaba mis estados de ánimo a través de hilos invisibles o aparatos ocultos en las paredes. Lo más terrible de este estado es que mi mente científica intentaba buscar explicaciones naturales, pero la emoción del miedo era tan real, tan física en mi pecho, que la razón terminaba claudicando. Te sientes desnudo ante el universo, como si tus pensamientos fueran proyectados en una pantalla exterior para el escrutinio de fuerzas hostiles».

John Forbes Nash: «Comencé a notar señales en los periódicos, mensajes que parecían venir de naves espaciales o de gobiernos extranjeros dirigidos a mí. Creía que formaba parte de una red de telecomunicaciones secreta y que mis pensamientos eran interceptados por ordenadores avanzados. Cuando me preguntaban cómo podía creer en tales cosas siendo un matemático dedicado a la lógica, yo siempre respondía lo mismo: porque esas ideas me venían a la mente con la misma fuerza, con la misma certeza emocional y visual, con la que me venían las intuiciones matemáticas. Para el cuerpo, el miedo era una verdad matemática inapelable».

Me siento acompañado en mis extravagantes tribulaciones.

Burton 34

Beethoven y Mozart (y sus pares) vienen a mí en forma de colores y fluorescencias, en forma de resplandescientes movimientos de un coro de agua, como plantas y planetas que se repiran al cantar. No soy el primer ni el último espíritu que experimenta esto: la gran música (la música humanista o culta, la música trascendente) no solo se oye, se ve y te ordena por dentro. Frente al caos del mundo exterior y el ruido verbenero y chirriante de la música puramente comercial o de consumo, el canon clásico y barroco actúa como un bálsamo que recoloca cada pieza de tu mente en su sitio.

La música nos da la íntima esencia de las cosas, pero en una forma purificada de todo sufrimiento. Embellece mediante ritmos ágiles, audaces y armoniosos; la vida indigna de bronce y plomo se volatiliza gracias a sus melodías de oro y ternura. Mi melancolía quiere descansar en los escondrijos y abismos de esa perfección: ¡para eso necesito la música! Sin la música, dijo Nietzsche, la vida sería un error, un agotamiento, un exilio.

Escucho la introducción de Allegro non troppo e molto maestoso del Concierto para piano nº 1 de Tchaikovsky: definitivamente grandiosa y solemne. Tras una primera parte llena de metales, una sucesión de acordes de piano lleva a una apasionada melodía en la orquesta. Antes de que el primer tema se agote por completo, los arrebatos del segundo aparecen, anticipando su pronta llegada en una doble exposición de estructura única. La evolución tumultuosa presenta dos momentos álgidos impactantes, uno destacando el piano con acompañamiento orquestal y otro resaltando la orquesta con un pasaje apasionado de cuerdas sustituyendo al piano con gran valentía. El final del movimiento es muy seguro y con autoridad, incluyendo impresionantes secciones para el solista que crean una melodía a partir de acordes decididos interpretados por la orquesta ¡Oceanografía eléctrica de magnolios! ¡Hidromanía de sílabas y esferas! ¡Mineralogía del cenit de un paraíso silencioso! Sin música la vida sería un error.