Tentativas 71

Las dos de la mañana. En la oscuridad perlada de la madrugada de mi aldea, solo el sonido de un ladrido a lo lejos y el halo orgulloso de las farolas en algunos caminos que la circunvalan. Las ventanas de mi casa reflejan un negro azulado, y el huerto parece barnizado por ojos divinos, atentos. La tierra — fértil— exhala un vapor tenue que se eleva entre los cercados, y los árboles, aún en penumbra, parecen guardar el secreto de un día que ya ha sido vivido innumerables veces. Aire fresco, y ningún viento; aire ligeramente perfumado de hierba. Uno puede pensar sin interrupción. Volúmenes, líneas, superficies que el ojo debe reconstruir con un esfuerzo deliberado. Todo invita a quedarse un poco más, a alargar ese instante en que el mundo todavía no ha empezado a exigir nada.

Salgo al jardín a fumar sentado en la hamaca de hierro de tela naranja. Y pienso en lo extraordinario que es escribir, en el gozo y esta funesta manía deliciosa en que consiste la escritura. La alegría sensual, pictórica -textura y color, pincelada y composición- de la frase. La persecución interminable de un placer incomparable. Construir palabras como lugares de colores. Una necesidad tan absurda como absoluta. Goce refinado de un lenguaje. La vida pasa, pero la frase queda. Todo lo demás es accesorio.

Tentativas 70

Mi madre, gran jugadora de damas, solía recordarme que las damas han sido injustamente consideradas como un juego trivial. En realidad -decía- exigen una atención más constante y una vigilancia más sostenida que el ajedrez. Las piezas, moviéndose sobre un campo limitado, sin la variedad de posibilidades que complica el ajedrez, obligan al jugador a apoyarse, no en la memoria ni en la combinación espectacular, sino en la claridad de percepción y en la exactitud del juicio. Este era el tipo preciso de su inteligencia.

Las fichas, con un círculo de erosión apenas circunscrito, blancas y negras, sin rostro, se desplazan en silencio siguiendo trayectorias oblicuas como tercetos de la Divina Comedia. Cada avance es una amenaza, cada captura una pequeña debacle. El tablero, a cierta altura del juego, recuerda ciertos pavimentos antiguos. Las fichas, pulidas por el uso, reflejan la luz con una discreción casi pirrónica.

Toda la vida jugué partidas con mamá. La tarde suspendida, la mesa compartida, el sonido casi imperceptible de las fichas al rozar el tablero, el chasquido del golpe al comerse una ficha o al encadenar capturas. Una forma de dulzura, movimientos apenas distintos. No importaba quién ganara. Lo que importaba era ese estar ahí, frente al otro, compartiendo un tiempo que no pedía nada. Y siempre, el mismo juego.

Tentativas 69

Con mi hermana jugaba a las cartas en los tiempos de mi infancia y adolescencia. Barajaba las cartas con lentitud; jugábamos sin verdadera ambición de ganar. Alterábamos las reglas caprichosamente, y no mostrábamos una competitiva astucia: no existían tensiones ni visibles ni invisibles. Era irrevocable el candor y la ternura, no así el cálculo.

Recuerdo el leve sonido de los naipes al deslizarse entre los dedos, ese roce que parecía amplificado por la quietud. Hablábamos y gesticulábamos. Las partidas se llenaban de bromas y no tenían ni un asomo de sombra, ni de melancolía.

Todavía recuerdo esos rectángulos de cartón, esas superficies donde flotaba la tinta dibujando el as de oros, el trote elegante del caballo de espadas, los bordes de las calzas amarillas y naranjas de la sota de bastos. Cartas levemente combadas por el uso, de satinado imperfecto, con dobleces de huellas humanas.

Tentativas 68

Con papá, en la mesa de juegos de caoba negra pulida con su tapete verde manzana, jugaba al ajedrez. En el tablero, en los escaques, alternaban simétricamente luces de mediodía y negruras de invierno, alternancia rigurosa de claros y oscuros. Pequeño mundo ceremonial de leyes inmutables.

Mi padre era un gran jugador. Movía la reina con retórica ciceroniana, los saltos de los caballos eran de jinetes jenízaros, las torres describían líneas de fuerza como falanges romanas. Qué maravilla ver lo largo y ancho de su inteligencia a través de las piezas.

Cuando, a partir de los diez u once años, empecé a ganarlo, nunca más quiso jugar conmigo.

Tentativas 67

Debido al abuso de los ansiolíticos para amortiguar el efecto tan molesto e incapacitante de los ataques de angustia, ahora noto como si el mundo hubiera perdido filo y relieve: desapereció la urgencia más ansiosa, pero las cosas perdieron su vivacidad. Como si me hubiera tomado cuatro whiskis concentrados en las gotas. Cedió la profundidad emocional. Hay un estado más plano y menos vibrante. Ahora define mi sensibilidad la apatía.

El residuo post-crisis es de una fatiga y fragilidad extremas. Queda un estado de agotamiento; de alguna manera es casi como si te hubieran molido a palos. No estás en crisis, pero tampoco estás bien. Estás cansado, tembloroso. Una sombra que no es tormenta, pero tampoco calma.

Tentativas 66

Tuve una mañana deliciosa. A la tarde me las prometía muy felices (lectura de Richard Zenith, o Julien Gracq, o Pierre Boncenne, o bien Jonathan Swift) y resultó dramática. Un ataque de ansiedad tras otro, prácticamente seguidos, desde las cuatro hasta las diez de la noche.

Lo peor no es sentir el malestar, sino saber que no cesará. Que volverá, que ya está ahí incluso cuando parece ausente. Es como si el futuro está ya contaminado por adelantado. Una desesperación monótona. Revivir una y otra vez el miedo. No es el dolor lo que mata, sino su repetición. El hecho de que vuelva cada día, cada hora, idéntico, sin novedad. La desesperación no está en el momento, sino en la permanencia. Una angustia que no puede compararse con nada. No hay instante en que me deje. Todo penetrado por esa sensación de absurdo y de terror.

Los terrores que me asaltan no tienen forma definida; son ilimitados, y por eso mismo más horribles. No puedo asignarles causa ni término. Se despliegan ante mí como paisajes infinitos de sufrimiento, en los que mi mente vaga sin esperanza de salida. Como tener una alarma instalada en el cuerpo que no se apaga nunca. Incluso cuando no hay peligro, la alarma sigue sonando. Y al final uno ya no sabe qué es peligro y qué no lo es. Un pánico agudo como una tormenta en el cerebro. No hay tregua. Olas continuas de dolor que apenas dejan un intervalo de descanso, de pausa. Todo me pesa. Rumor dentado de fondo.

La inquietud devora con una crueldad refinada.

Tentativas 65

(De risu IV)

«Hay algo sospechoso en quien nunca se permite una ironía sobre sí mismo. La risa, cuando no es grosera, introduce una duda saludable en el discurso. Nos recuerda que todo lo que decimos podría haber sido dicho de otro modo, o incluso no haber sido dicho. En ese sentido, la risa no es frivolidad, sino una forma discreta de inteligencia», Javier Marías.

«Me interesa esa literatura que, sin dejar de ser seria, sabe sonreír. No una sonrisa complaciente, sino una que pone en cuestión el propio acto de escribir. Hay libros que parecen ignorar que son libros; a mí me interesan los que se saben libros y, por eso mismo, pueden permitirse una ironía, una leve risa que los salva de la solemnidad», Enrique Vila-Matas.

«Riure és una forma de resistència. No pas el riure buit, que només distreu, sinó aquell que desmunta les impostures. Quan un poble perd la capacitat de riure’s dels seus ídols, ja no és lliure. La sàtira no és un luxe, és una necessitat: és la higiene de la vida pública. I si a voltes el riure sembla cruel, és perquè la veritat també ho és», Pere Quart.

«El món és prou estrany perquè encara l’haguem de fer més seriós. La ironia és una manera de mirar-lo sense quedar-hi atrapat. Quan un personatge meu fa alguna cosa absurda, no és perquè jo vulgui riure-me’n, sinó perquè vull mostrar que la lògica que ens governa és més fràgil del que sembla», Pere Calders.

«La ironia és l’últim refugi de l’intel·lectual en una època de simplificacions. No es tracta de riure per riure, sinó d’introduir una distància que permeti pensar. Quan tot es presenta com a evident, la ironia recorda que res no ho és del tot», Jordi Llovet.

Tentativas 64

(De risu III)

«Nada hay más contrario a la sabiduría que la gravedad afectada. Me gusta una cabeza bien hecha, pero no tensa. La risa, cuando es libre, no ofende a la razón, sino que la acompaña. Es señal de que el espíritu no se ha endurecido en opiniones inamovibles. Reírse de uno mismo es la más alta forma de juicio: quien puede hacerlo ha aprendido ya a no tomarse por el centro del mundo», Montaigne.

«Si quitáis del mundo la risa, ¿qué queda sino una severidad insoportable? Yo, la Locura, he concedido a los hombres este don: poder ver sus propias necedades sin desesperar por ellas. Porque la risa no destruye la verdad, sino que la hace soportable. Gracias a ella, los hombres toleran sus errores, sus ilusiones, sus vanidades. Y en esa tolerancia reside, quizá, una forma de sabiduría», Erasmo de Rotterdam.

«Yo no creería sino en un dios que supiera bailar. Y cuando vi a mi demonio, lo encontré grave, profundo, solemne: era el espíritu de la pesadez. No con la cólera, sino con la risa se mata. Aprended a reír más allá de vosotros mismos: esa es la única victoria», Nietzsche.

«La risa es un gesto social. Castiga la rigidez allí donde la vida exige flexibilidad. Nos reímos del hombre que se automatiza, que se vuelve mecánico en sus gestos, en sus ideas, en su carácter. La risa lo corrige, lo despierta, lo devuelve a la movilidad de la vida», Bergson.

«La raza humana posee un arma verdaderamente eficaz: la risa. Contra el asalto de la indignación, la risa se defiende mejor que la furia. Desarma al adversario, lo vuelve ridículo, y al mismo tiempo nos libera de la tentación de tomarnos demasiado en serio», Mark Twain.

«Prefiero a quien puede reírse de sí mismo que a quien jamás se equivoca. Hay en esa risa una indulgencia que hace habitable el mundo. Sin ella, la vida sería una serie de juicios sin apelación», Charles Lamb.

Tentativas 63

(De risu II)

«¡Ay de vosotros, los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis! Porque vuestra risa es ligera y pasajera, y no nace de la verdad, sino de la satisfacción momentánea. Llegará el tiempo en que lo que ahora os divierte os parecerá vacío, y entonces conoceréis el peso de aquello que habíais tomado a la ligera», Lucas (6,25)

«Como el crepitar de los espinos bajo la olla, así es la risa de los necios. Brilla, estalla, hace ruido, pero no calienta ni alimenta. Es fugaz, estéril, incapaz de sostener nada duradero», Eclesastés (7,6)

«No fue para la risa para lo que hemos sido llamados, sino para la sobriedad del espíritu. Cristo no rió nunca —al menos, la Escritura no lo atestigua—, pero sí lloró. ¿Qué significa esto? Que la vida presente es un lugar de combate, no de diversión. La risa disuelve la vigilancia del alma, afloja la disciplina interior y abre la puerta a pensamientos ligeros, que pronto se vuelven impuros», Juan Crisóstomo.

«La risa inmoderada es señal de un alma que ha olvidado su propio peso. El hombre sobrio no se abandona a convulsiones del cuerpo, porque sabe que toda agitación exterior refleja una agitación interior. Así como el agua agitada no refleja el cielo, el alma que ríe sin medida no puede reflejar a Dios», Basilio el Grande.

«Me aparté de aquellos juegos en los que el alma se derrama en carcajadas sin fruto. Porque, ¿qué es la risa sino una expansión del espíritu hacia lo exterior? Y cuando el espíritu se dispersa, pierde su centro. No condeno toda alegría, pero sí aquella que no tiene raíz en la verdad», Agustín de Hipona.

«El monje debe guardarse de la risa como de una puerta abierta al enemigo. Porque no entra primero el pecado grave, sino la ligereza. Y la ligereza comienza en el rostro, en el gesto, en la risa que no se contiene. Poco a poco, el alma pierde su firmeza y se vuelve incapaz de recogerse», Juan Casiano.

«La risa frecuente revela un corazón vacío. El que está lleno de Dios no necesita reír mucho, porque su alegría es silenciosa. Pero el que carece de ese gozo busca en la risa un sustituto, un eco superficial de una felicidad que no posee», Bernardo de Claraval.

Tentativas 62

(De risu I)

«La risa es satánica, es decir, profundamente humana. Tiene su origen en la idea de superioridad. Pero esta superioridad no es moral: es la conciencia de nuestra caída. Reímos porque nos sabemos caídos, y porque vemos en el otro una caída aún más visible. Así, la risa es el signo de una miseria compartida, pero celebrada como triunfo momentáneo. Es una alegría amarga, una exaltación nacida del abismo», Baudelaire.

«Hay una risa que no nace de la alegría, sino del vértigo. El hombre que ríe así no se eleva, sino que se precipita. Es una risa que no comunica, que no une, sino que separa al hombre de sí mismo. En ella hay algo de desafío, algo de blasfemia: como si el hombre, al reír, negara toda ley, toda medida, toda forma. Esa risa pertenece a los espíritus perdidos», Dostoyevski.

«La risa no es otra cosa que una súbita gloria, nacida de la concepción repentina de alguna eminencia en nosotros mismos, por comparación con la debilidad de otros o con la nuestra anterior. Y aunque parezca leve, este movimiento revela una inclinación constante a la humillación del prójimo, una forma de violencia sin sangre, pero no sin crueldad», Hobbes.

«La risa abre en el hombre una herida por la que se escapa todo lo que creía estable. Nada resiste a la risa: ni la ley, ni el deber, ni la identidad. Reír es, en cierto modo, consentir en la ruina. Es aceptar que el orden moral no es más que una construcción precaria, suspendida sobre el vacío», Bataille.

«Reímos porque hemos comprendido demasiado. Porque todo lo que se presenta como serio —la moral, la cultura, la política— no es más que una mascarada. La risa es el último gesto de honestidad, pero también el más devastador: no deja nada en pie. Quien ríe de verdad ya no puede creer en nada», Bernhard.

«La risa es el grito del espíritu que ha perdido toda ilusión. No es alegría, sino la forma sonora de la desesperación. Reír es abdicar del sentido, es aceptar que todo es igualmente vano. Por eso hay en la risa algo de diabólico: no porque invoque al demonio, sino porque destruye toda posibilidad de redención», Cioran.