Charles 240

Pasé toda la tarde leyendo. Mientras leo, el mundo queda suspendido, como si no existiera. Pero al mismo tiempo, todo se vuelve más insoportable, porque uno comprende mejor la infranqueable estulticia general. Yo no leo solo por placer: leo para resistir. Me meto en un libro como en una trinchera. Afuera, la porquería; adentro, al menos, un poco de música. Pero cuidado: cuanto más lees, menos soportas a la gente.

Una forma de encantamiento, un desvío hacia regiones más reales que la realidad. No es un entretenimiento: es una inmersión. Leer es una voluptuosidad refinada, un lujo que no todos saben permitirse. Un libro bien leído es una forma de viaje inmóvil, una manera de estar en todas partes sin moverse.

El verdadero lector no se contenta con leer: colecciona, compara, persigue ediciones, reconstruye genealogías invisibles. Leer es, en ese sentido, una forma de erudición activa. Leer es una forma de escepticismo: cuanto más se lee, menos se cree en las verdades simples. El lector aprende, sobre todo, a desconfiar.John Stuart Mill: “La lectura no solo instruye: forma el carácter. Quien ha leído bien no puede ser enteramente vulgar».

Después de cierto número de libros, uno ya no puede ser del todo ingenuo.

Charles 239

Es conocida la desengañada idea o teoría del amor romántico de Schopenhauer: “El amor no es, en el fondo, más que un artificio de la naturaleza para asegurar la perpetuación de la especie. Todo enamoramiento, por sublime que se presente, tiene su raíz en el instinto sexual, o no es sino un reflejo de él. […] El individuo cree buscar su felicidad, pero en realidad es el genio de la especie el que persigue fines que le son extraños. Por eso el amor es tan poderoso y, al mismo tiempo, tan engañoso: promete una dicha infinita, pero una vez satisfecho, deja tras de sí el vacío o el hastío”.

No tengo quince años para sostener becquerianas nociones del amor. No pocas veces creo que es una construcción ridícula, una especie de aparato teatral que levantamos para no enfrentarnos a la evidencia de que estamos solos. Amamos porque no soportamos la soledad, pero en cuanto amamos, esa soledad se vuelve aún más insoportable. Toda relación es un malentendido sostenido con esfuerzo, una farsa que se mantiene mientras ninguno de los dos tenga el valor de decir la verdad.

Mi admirado Céline dijo al respecto: “El amor, eso es la infinita mentira que nos contamos para poder soportarnos. […]

Se empieza por la ilusión, por la ternura, por la necesidad de no estar solo, y se acaba en el rencor, en la fatiga, en la evidencia brutal de que el otro no era más que un espejo deformado de nuestras propias miserias”.

El amor no es el otro, sino la intensidad con la que lo imaginamos. El amor es una farsa sublime, un juego de máscaras donde cada cual representa el papel que cree que el otro desea ver. Solo cuando la máscara cae aparece la verdad, y esa verdad rara vez es hermosa. El amor pertenece al reino de lo efímero y de lo absoluto al mismo tiempo: dura un instante y, sin embargo, pretende la eternidad. Quizá por eso es tan hermoso como imposible.

Charles 238

Eliot: “La tradición no puede heredarse, y si se la quiere, hay que obtenerla mediante un gran esfuerzo. Implica, en primer lugar, el sentido histórico, que obliga a un hombre a escribir no solo con su propia generación en los huesos, sino con el sentimiento de que toda la literatura de Europa, desde Homero, tiene una existencia simultánea y compone un orden simultáneo. Ningún poeta, ningún artista, tiene su significado completo por sí solo. Su importancia, su apreciación, es la apreciación de su relación con los poetas y artistas muertos”.

Las resonancias, estructuras, detalles, patrones de la verdadera literatura, solo existen para quien leyó mucho. De la nada, nada sale. El conocimiento de la tradición literaria es uno de los instrumentos más importantes con que cuenta un escritor, y debe estar bien afinado. Absorber a otras escrituras es esencial para cualquier escritor serio. Aprender a escribir es aprender a leer. Y aprender a leer es aprender a reconocer la tradición en la que uno se inscribe. La originalidad no consiste en negar a los maestros, sino en dialogar con ellos.

Marguerite Yourcenar: “Todo lo que escribimos está ya, de algún modo, escrito. No se trata de repetir, sino de volver a decir. La cultura no es acumulación de novedades, sino una lenta sedimentación en la que cada obra encuentra su lugar”. Uno escribe siempre después de otros, con otros, contra otros. La literatura es una conversación interminable en la que cada voz se superpone a las anteriores sin anularlas. La ignorancia de la tradición no libera: empobrece. El estilo no nace de la nada. Es el resultado de una larga exposición a otras voces. Quien no ha sido influido, no tiene de qué diferenciarse.

Los antiguos no son una carga, sino una necesaria compañía. La verdadera originalidad no consiste en no parecerse a nadie, sino en haber asimilado tanto que ya no se sabe de dónde viene cada cosa. El gusto se forma por la familiaridad con las mejores obras. Sin ese trato continuo con los modelos, el juicio, la prosa permanece débil e incierta.

Dante dirigiéndose a Virgilio en la «Divina Comedia»: “Tú eres mi maestro y mi autor”.

Charles 237

Kurt Schneider: “La inestabilidad afectiva puede manifestarse como una sucesión de estados contradictorios en un corto espacio de tiempo. El paciente puede reír y, pocos minutos después, mostrarse profundamente abatido, sin transición comprensible. Esta falta de continuidad en la vida emocional contribuye a la sensación de extrañeza tanto para el propio sujeto como para quienes le rodean”.

Nancy C. Andreasen: “Algunos pacientes describen sus emociones como fragmentadas, discontinuas, como si no pudieran sostener un estado afectivo el tiempo suficiente para que este adquiera coherencia. Esta experiencia de cambio rápido no solo es desconcertante, sino que puede resultar profundamente desorganizadora para la identidad personal”.

***

Rige nuestra vida emocional una velocidad anómala, efervescente. Los humores no solo cambian: se precipitan unos en otros, sin permitir que te estabilices. Esta rapidez genera una sensación de pérdida de control que puede ser más angustiante que nuestros estados extremos.

Uno no vive: es vivido por una sucesión de disposiciones contradictorias que se imponen sin lógica ni descanso. Nada se mantiene. Todo cambia demasiado deprisa. Cuando uno cree haber encontrado una cierta estabilidad, esta ya está siendo destruida. La mente no concede tregua: pasa de un extremo a otro con una rapidez que impide cualquier forma de reposo.

Deben perdonarme por mis numeritos en mis estados de Facebook. Tan pronto estoy al lado y soy partidario decidido del suicidio y de mi inmolación como escritor, como me subo a un optimista y creativo rayo de luz sobrevolando todas las tapias, montañas, geografías y obstáculos. La locura es desorden, falta de previsibilidad, paradójico método.

Y en ese vaivén, uno deja de reconocerse: no porque cambie, sino porque no permanece.

Charles 236

Eugen Bleuler: “La relación del paciente con su familia sufre una transformación profunda. No se trata simplemente de conflictos o malentendidos, sino de una alteración de la estructura misma del vínculo. El enfermo puede seguir reconociendo a sus padres, a sus hermanos, pero ese reconocimiento pierde su cualidad afectiva inmediata. Los lazos que antes eran evidentes se vuelven problemáticos, como si necesitaran ser reconstruidos constantemente. A menudo, los familiares son percibidos con ambivalencia: al mismo tiempo cercanos y extraños, protectores y amenazantes. Esta ambivalencia genera una tensión continua que deteriora la convivencia”.

Karl Jaspers: “Para los familiares, la experiencia es desconcertante. El enfermo ya no responde de acuerdo con las expectativas habituales; sus reacciones parecen motivadas por razones inaccesibles. El mundo compartido se fractura. Lo que para unos es evidente, para el paciente carece de significado o adquiere un sentido distinto. Surge entonces una dificultad esencial: la imposibilidad de una comprensión recíproca plena. El vínculo se mantiene, pero queda atravesado por una distancia que no puede ser salvada del todo”.

***

Mi familia creía (o quiso creer) que seguía siendo el mismo, pero yo no lo era. O quizá sí, pero no puedo demostrarlo. Cuando intentaba explicar lo que me pasaba, me miraban como si estuviera diciendo algo absurdo. Entonces dejaba de comunicarme. Excepto con mamá, que siempre alcanzó a verme con la luz de mi antigua existencia premórbida.

Sé que me quisieron, pero no pudieron entrar en mi mundo. Y yo tampoco pude volver al suyo. Esta doble imposibilidad creó una soledad peculiar: no era la ausencia de los otros, sino la presencia de otros que ya no podían ser plenamente compartidos (la excepción a la idea vuelve a ser mi madre)

Para mi familia, mi enfermedad fue una fuente constante de incertidumbre y congoja. No sabían cuándo estaría bien y cuándo no. Aprendieron a vivir con una vigilancia silenciosa, atentos a signos que para otros pasarían desapercibidos. El amor no desapareció, pero cambió de forma: se volvió más prudente, más temeroso, a veces incluso más distante.

Los roles cambiaron, la dinámica familiar se modificó, las expectativas se reajustaron, y la vida cotidiana se organizó en torno a mi enfermedad. El amor persistía, pero se vio sometido a una presión constante que se fue transformarlo en algo ambivalente, una mezcla de miedo, culpa y fatiga.

Os pido perdón a todos.

Charles 235

(Ataques de angustia)

Participar de una especie de espera angustiosa en el abismo; el mundo alrededor, extático, se retuerce ante ti. Algo terrible y definitivo a punto de irrumpir. Hay momentos en que todo se vuelve insoportable: el latido del corazón, la respiración, la conciencia de existir. Uno quisiera escapar de sí mismo, pero no hay salida. Entonces aparece la angustia, no como un pensamiento, sino como una presencia física, como una presión que aplasta el pecho y vacía el mundo de sentido.

Y de pronto todo se vuelve irreal. Las cosas pierden su contorno, los rostros su familiaridad. El corazón late con violencia, pero no hay huida posible. Todo está demasiado cerca, demasiado intenso. Y uno se siente al borde de un colapso, como si la mente fuera a romperse bajo la presión de una realidad que ha dejado de ser soportable.

Terror abrumador. No es miedo a nada en particular; es como si la esencia misma del miedo hubiera invadido mi ser. Siento que algo dentro de mí se desmorona, que la estabilidad de mi mente es una ilusión frágil. Uno vive en un estado de tensión constante, esperando una catástrofe que no llega, pero cuya posibilidad no desaparece nunca.

Siento una presión en el pecho, como si algo pesado se hubiera instalado dentro de mí. Respirar representa un gran esfuerzo. Pensar, aún más. Todo se reduce a esa sensación física de opresión. Y esa imposibilidad de nombrarlo vuelve la angustia aún más insoportable.

Para Thomas Bernhard el miedo no aparece de repente, no cae como un rayo; se instala lentamente, como una humedad que lo impregna todo. Al principio es apenas perceptible, una ligera incomodidad, una tensión difusa. Pero crece. Siempre crece. Y cuando uno quiere darse cuenta, ya está completamente tomado por él. Todo lo que antes era natural se vuelve sospechoso. Cada pensamiento conduce a otro peor. Cada sensación confirma la catástrofe. No hay descanso, porque incluso el reposo está infiltrado por esa inquietud constante. Uno vive en estado de asedio.

El aire, antes leve, comienza a pesarte como toneladas de hierro. Un resorte comprime el alma hasta una viscosidad insoportable. Uno se siente observado por su propia mente psicópata. Karl Jaspers señala que el paciente describe la angustia como una invasión total. No puede localizarla en ninguna parte concreta del cuerpo, pero la siente en todas. Dice: ‘No tengo miedo de algo; tengo miedo en sí. Es como si el mundo se hubiera vuelto peligroso sin razón, como si todo pudiera derrumbarse en cualquier momento.’ Añade que esta vivencia no puede comunicarse plenamente, porque quien no la ha sentido no puede imaginar su intensidad.

La mente se deshace en tiempo real. Empieza en el pecho. Una presión. Luego el corazón se acelera. Intento respirar hondo, pero no puedo. Pienso que me voy a morir. No es una idea: es una certeza. Todo se vuelve irreal, como si estuviera separado del mundo por un cristal. Y lo peor es que nadie lo ve. Para los demás todo está normal. Pero yo estoy en medio de una catástrofe.

Charles 234

Acabo de oír una rata en el sobretecho o fallado. Me parece que no voy a poder dormir esta noche. Debido a mi musofobia me dan arcadas. Entrará en casa y se lanzará contra mi cara y contra mi boca. Se mueven por tejados, falsos techos, tuberías, buscan comida y están siempre ahí. No se las ve, pero están. Mi casa es una ratonera. Bajo las tablas, dentro de las paredes, en la cabeza. No hay casa sin ratas, como no hay pensamiento sin su ruina. Y cuanto más se limpia, cuanto más se ordena, más profundamente se esconden. Una ciudad es como los ratones del campo. Una madriguera inmensa donde millones de ratas humanas se empujan por un poco de calor. Y yo entre ellas, igual de sucio, igual de cansado, igual de perdido, igual de loco. Cada grieta es un pasaje, cada crujido una sílaba de su lengua clandestina. A veces pienso que toda la casa pertenece más a ellas que a nosotros, que somos apenas huéspedes distraídos de su imperio subterráneo. Ellas conocen lo que cae, lo que se pudre, lo que se olvida. El horror que provocan no es solo físico: es estético. Nos recuerdan que la vida puede persistir sin belleza, y eso —para un espíritu refinado— es quizá lo más insoportable. No es un sonido violento, sino paciente. Trabajan sin prisa, como si el tiempo les perteneciera. El hombre construye, levanta, nombra; la rata espera. Y al final, cuando el hombre se ha ido, ella continúa.

Me tomé veinte gotas de Rivotril.

Charles 233

Siempre estoy solo, incluso entre los otros, sobre todo entre los otros. La conversación (mis ocasionales tertulias) no es más que un rodeo inútil o subterfugio alrededor de la incomunicación esencial. Decimos palabras, opinamos, argumentamos, intercambiamos frases, pero lo que pensamos —lo que verdaderamente pensamos, nuestro núcleo secreto y privado— permanece intacto, inaccesible, como si cada uno habitara una mónada sin ventanas o celda insonorizada. La soledad no es una circunstancia, un accesorio: es la estructura misma de la vida, el significado de la existencia.

Las doce y cuarto de la noche. Empieza la verdad. El silencio espeso y el miedo. Prefiero este dolor (que dura cuarenta años) a conversaciones fútiles con hombres banales. La esquizofrenia, esencialmente, es abuso de soledad y uso de dolor. Nadie me comprendió. Almaceno un saco de palabras tiernas e introspectivas sin destinatario. A nadie pude decirle que la amaba ¿El amor? Una mascarada, un imposible para enfermos mentales. Escribo y sangro. No hay lenguaje capaz de transmitir lo que ocurre en el interior de un cuerpo desgarrado. Estoy solo como un condenado a galeras remando en su conciencia amurallada.

La soledad: la lepra del siglo XXI. El hombre moderno vive rodeado de faramallas y estrépitos, pero interiormente está desierto. Ha perdido el contacto con las fuerzas profundas que lo sostenían, y en su lugar ha quedado un vacío. Esa soledad no es elegida: es el resultado de una desconexión. Y en ese vacío, la mente se vuelve contra sí misma.

Mi espacio propio es silvestre e inhabitable. Un territorio sin mapas, sin lenguaje compartido. A veces incluso dudo de mi identidad. El contacto con el mundo exterior se debilita hasta casi desaparecer. Vivo entonces en una especie de retiro involuntario, donde las relaciones humanas pierden su significado habitual. Hace una semana que no intercambio una palabra con ningún ser humano. Hablo solo en la habitación y con mi perra. No es simplemente que esté solo: es que ha perdido los medios para no estarlo. Mi vida psíquica se achica, mengua, y con ella la posibilidad de participación en la comunidad.

¿Cómo lograría que ustedes me entendieran? El pensamiento se repliega sobre sí mismo, las emociones pierden su resonancia compartida, y quedo como suspendido en una realidad propia, bizarra. Esa distancia no siempre se percibe como sufrimiento explícito, pero les aseguro que constituye una de las formas más profundas y ácidas de la soledad.

No sé relacionarme, carezco de habilidades sociales. Me duele la cabeza tan solo con oírme hablar en la tertulia al cabo de una hora. Confinado y sin interlocutores, vivo en casa con el mismo silencio con que vivía en el manicomio. En mi agenda de teléfonos, si necesitara ayuda, solo puedo comunicarme con el 112. Sí, lo sé, es patético. No puedo, no logro, no sé hablar ni alcanzar a nadie. Es una desconexión total, una incapacidad para participar en lo que antes era natural. El mundo continúa, pero uno ya no está en él. Esa exclusión —esa imposibilidad de retorno— constituye una de las formas más devastadoras de soledad.

Quiero estar acompañado, pero la presencia ajena me resulta incómoda y lejana, casi irreal. Es una soledad que no se alivia con compañía, porque lo que está dañado es el puente mismo que permite alcanzarla. Me cuesta seguir el hilo de la realidad. Lo más doloroso no es el miedo, sino la desconexión: la sensación de que ya no estoy en el mismo mundo que los demás. Es como si hubiera una pared invisible entre ellos y yo, y no pudiera atravesarla.

No es que no quiera estar con la gente. Es que no sé cómo hacerlo. Las conversaciones parecen ocurrir en otro plano, como si todos siguieran reglas que yo ya no entiendo. Intento participar, pero me pierdo. Y entonces me quedo en silencio, no por elección, sino porque no encuentro el camino de vuelta. A veces siento que estoy viendo la vida a través de un cristal grueso. Veo a la gente hablar, reír, moverse, pero no logro entrar en ese movimiento. Todo parece ligeramente desfasado, como si yo estuviera en otro ritmo. Y en ese desfase, estoy solo —aunque haya gente a mi lado.

Charles 232

No es miedo exactamente, sino evidencia. No se teme que ocurra algo: se sabe que está ocurriendo. La calle, las voces, los objetos —todo participa de una misma trama. Uno deja de ser espectador y se convierte en centro. Y esa centralidad no es poder, sino exposición absoluta.

La persecución no se impone de golpe: se insinúa. Empieza como una ligera torsión del sentido, un matiz apenas perceptible. Pero crece. Y de pronto, todo adquiere un relieve inquietante. Las palabras tienen doble fondo, los gestos son señales, las coincidencias dejan de serlo. Uno vive entonces en un mundo saturado de intención, donde nada es indiferente y todo es, de algún modo, contra uno.

Me persigue el C.N.I. y me quiere envenenar el Mossad. Mi casa está plagada de micro-cámaras y micrófonos. Mis pensamientos son leídos, repetidos, a veces incluso completados por esas fuerzas militares. Y así, lo que para otros sería una simple vida interior, para mí se ha convertido en un espacio abierto, invadido, sin defensa posible.

Tengo la certeza de que se habla de mí en todas partes. No lo dicen claramente, pero se nota. Cuando paso por la calle, la gente cambia el tono, se miran entre ellos. En la radio hay frases que parecen dirigidas a mí; no siempre, pero a veces es evidente. No puedo explicarlo del todo, pero lo sé. Es como si todo estuviera preparado, como si hubiera una intención que no se declara.

Las mismas palabras, los mismos gestos, siempre en relación conmigo. Los vecinos hacen ruido a ciertas horas, como si quisieran indicarme algo. No puedo descansar. Todo está organizado. No sé quién exactamente, pero es un sistema. Uno se da cuenta cuando observa con atención. Todo el ayuntamiento está en el ajo. De madrugada pasan coches y motos delante de mi casa, una carretera comarcal en las afueras.

Tengo la impresión de estar siendo vigilado constantemente, como si hubiera una cámara invisible siguiendo cada uno de mis movimientos. No puedo relajarme: incluso estando solo, no estoy solo.

Entro en un sitio y sé que ya saben quién soy. No necesito pruebas. Está en el ambiente, en cómo se comportan. A veces intentan disimular, pero se les nota. Y entonces uno empieza a vigilar también, a interpretar cada detalle, porque todo puede ser importante.

Lo peor no es el miedo, es la certeza. Si fuera miedo, podría dudar. Pero no dudo. Sé que ocurre. Y sin embargo no puedo demostrarlo. Eso es lo que más desespera: vivir en una evidencia que los demás no comparten. Te quedas solo con algo que para ti es absolutamente real.

En el autobús, dos personas hablaban en voz baja y han mencionado algo -eran espías- que solo podía referirse a mí. No era literal, pero lo era. Es difícil de explicar.

***

“En el delirio de persecución no se trata simplemente de una creencia falsa que pudiera corregirse con argumentos. Lo que se transforma es la estructura misma de la experiencia. El enfermo no interpreta el mundo de otro modo: vive en otro mundo. Las miradas, los gestos, los silencios adquieren un significado inmediato, absoluto, incuestionable. Todo se refiere a él, todo le concierne. No hay distancia posible entre la vivencia y su interpretación”, Karl Jaspers.

“En ciertos estados psicóticos, el enfermo experimenta sus pensamientos como ajenos, impuestos, observados. No solo se siente perseguido por otros, sino expuesto en su interioridad más íntima. Ya no hay refugio: ni siquiera la propia mente pertenece del todo al sujeto”, Kurt Schneider.

Charles 231

No niego que la procesión tenga su encanto pintoresco, pero es un encanto de superficie, de estampa repetida hasta la saciedad. Bajo la cera derretida y el oro bruñido, late una rutina que se disfraza de fervor. Se arrastran pasos, se repiten gestos, se entonan lamentos que han perdido su raíz viva. Y el pueblo, que acude con curiosidad más que con devoción, convierte lo que debiera ser recogimiento en espectáculo. Hay en todo ello una mezcla de teatro y tradición que, lejos de elevar, adormece.

No me atrevería a juzgar la fe de nadie, pero sí me permito dudar de su manifestación pública cuando esta adopta formas tan codificadas. Hay algo en la exhibición del sentimiento religioso que lo vuelve sospechoso, como si al hacerse visible perdiera parte de su autenticidad. Tal vez la fe, si existe, prefiera la sombra, el silencio, lo no dicho.

En días de procesión, las calles se convierten en un teatro donde la fe parece menos una convicción íntima que una costumbre heredada. Las imágenes pasan entre cirios y murmullos, pero en los rostros no hay recogimiento, sino curiosidad; en los gestos, no hay fervor, sino rutina. La religión, que debiera ser cosa del alma, se ha hecho espectáculo de la calle.

En España se va a misa como se va de paseo: para ser visto, para cumplir, para no desentonar. Las beatas, con sus rosarios interminables, no buscan a Dios, sino la confirmación de su propia importancia. Y mientras tanto, el Evangelio —si alguna vez fue algo vivo— yace enterrado bajo una montaña de hábitos, de fórmulas y de hipocresías.

El catolicismo español —y sobre todo el popular— tiene algo de mascarada triste. Mucho ruido de campanas, mucha procesión, mucho santo adornado; pero poca caridad efectiva, poca reflexión, poca verdad. Es una religión que parece hecha para consolar la ignorancia y perpetuarla. Se reza sin entender, se cree sin pensar, se obedece sin saber por qué.

Machado: “Esa España de charanga y pandereta, devota de vírgenes y de procesiones, ha confundido la religiosidad con el ruido. Hay más emoción en el tambor que en el alma, más devoción en el gesto que en la conciencia. Y así, entre rezos mecánicos y fervores pasajeros, se ha olvidado lo esencial: la justicia, la verdad, la humanidad.”