Charles 72

Hondo deseo de “convivir con los mejores” y dejarme de beodos tabernarios y paletos; ya Proust, Nietzsche u Oscar Wilde vieron en la elegancia social y estética algo más que lujo: una forma de afirmación cultural frente a la mediocridad. Tengo hambre de excelencia, de estilo y de mundo.

Tengo gustos muy sencillos: me conformo siempre con lo mejor.

El lujo no es una necesidad para los ricos, sino para quienes poseen imaginación. La verdadera vulgaridad consiste en carecer de estilo; en cambio, la elegancia —en el vestir, en la casa, en la conversación— es una forma de arte. El hombre que cultiva la belleza y la refinación crea a su alrededor una atmósfera donde la vida se vuelve más intensa y más interesante (Wilde)

Hambre de relaciones de lujo y de las relaciones de lujo que rodean a los objetos. Un café elegante, una conversación cultivada, un gesto lleno de estilo, valen más que cualquier fortuna. Anhelo esa perfecta aristocracia: rodearse de belleza, inteligencia y sensibilidad.

Donde vivo no existe un suelo de riqueza, ocio, bibliotecas y museos. Aquí el lujo intelectual es una especie de pecado mortal. El mediocre no se irrita por la grandeza; simplemente no la ve. Porque la mediocridad tiene una ventaja: siempre está muy bien acompañada. La inteligencia inferior no percibe lo superior, como el sordo no percibe la música. Cuesta en estas montañas ser un creador, un escritor, un noble de gusto y opiniones, cuesta la cortesía del espíritu frente a la grosería universal. No hay lujo en el lenguaje, ni en los muebles, ni en las telas, ni en las cabezas. La escenografía representa un ruralismo pobre y hortera y muy rapaz. No se dispone de tiempo para pensar, leer o conversar. Nadie entiende mi vida dedicada al lenguaje.

***

“La estupidez humana es una de las fuerzas más poderosas del mundo. Es compacta, tranquila, satisfecha de sí misma. El imbécil está convencido de que posee razón y buen gusto; y esa convicción es lo que lo vuelve invencible. Nada hay más peligroso que la mediocridad que se cree inteligente”, Flaubert.

“La mediocridad es el mayor peligro para la humanidad. No odia, no crea, no destruye: simplemente nivela. Donde domina el hombre mediocre, todo lo elevado se vuelve sospechoso y todo lo vulgar se convierte en norma. El mediocre llama exageración a toda grandeza”, Nietzsche.

“En el mundo hay más gente que se cree inteligente que gente inteligente. La mediocridad es el estado natural de la mayoría; lo sorprendente no es encontrarla, sino encontrar algo que la contradiga”, Chamfort.

Charles 71

(Memento mori)

Mi posición frente a la muerte se resume en un naturalismo fuerte. No lo digo con tono provocador ni con el gusto infantil de la blasfemia, sino como conclusión tranquila tras muchos años de reflexión. El argumento central es simple. La conciencia depende del cerebro. El cerebro es un sistema físico. Cuando el cerebro se destruye, desaparece la conciencia. Por tanto, la muerte implica la aniquilación total de la experiencia. Es exactamente la posición de pensadores como Epicuro, Lucrecio, David Hume, Schopenhauer (parcialmente), Bertrand Russell, Jean-Paul Sartre, Thomas Nagel (aunque más escéptico) y también de muchos científicos contemporáneos. Puede discutirse en los márgenes, pero su núcleo posee una sobriedad intelectual que siempre me ha parecido difícil de refutar.

La muerte, contemplada desde esta perspectiva, produce un sentimiento peculiar que Rudolf Otto describió con la expresión «mysterium tremendum et fascinans». Hay en ella terror, sobrecogimiento y también una extraña fascinación. Pero esa experiencia del misterio no demuestra nada metafísicamente. Sentir el vértigo del universo no implica la existencia de un dios personal. El asombro no es una prueba. El estremecimiento tampoco.

A lo largo de la historia, las doctrinas religiosas han ofrecido consuelo frente a ese vértigo. Pero con frecuencia parecen responder más a necesidades psicológicas que a exigencias intelectuales. El miedo a morir, el deseo de justicia cósmica, la esperanza de reencontrar a los muertos, la necesidad de creer que el universo no es indiferente a nuestras vidas: todos estos impulsos son comprensibles, profundamente humanos. Pero su intensidad emocional no constituye una demostración.

El individuo es efímero, pero la obra del genio pertenece a la humanidad y atraviesa los siglos. La única forma de sobrevivir es dejar huellas en la mente de otros.

Moriré (los gusanos harán una cena fría con mi cuerpo) y nada de mi ego sobrevivirá. No soy joven y amo -no siempre- la vida. Pero despreciaría temblar de terror ante la aniquilación. La felicidad, aunque sea rara avis en la vida, no deja de ser verdadera porque sea pasajera. La vida es breve y el mundo indiferente. Pero en ese breve, brevísimo e insignificante intervalo, podemos construir amor, conocimiento y literatura.

Desde el punto de vista filosófico, muchas proposiciones metafísicas presentan una dificultad adicional: no son exactamente falsas, pero tampoco parecen poseer un significado claro. Cuando se someten al análisis lógico se descubre que utilizan palabras sin un criterio preciso de aplicación empírica. Parecen decir algo acerca de la realidad, pero en realidad no dicen nada que pueda verificarse o refutarse. El metafísico cree describir el ser del mundo, cuando en muchos casos no hace más que expresar una actitud emocional frente a la existencia. En ese sentido, la metafísica se aproxima más al arte que al conocimiento: produce imágenes, metáforas, estados de ánimo.

Además, no podemos salir de nuestra piel científica para juzgar la ciencia desde fuera. Todo intento de comprender el conocimiento humano forma parte de la misma empresa natural que intenta explicar el universo. La filosofía no se sitúa por encima de la ciencia como un tribunal supremo; es, en el mejor de los casos, una continuación de ella por otros medios.

Si aceptamos este marco naturalista, lo mental no constituye un reino separado de sustancias. Los eventos mentales pertenecen al mundo físico, aunque no puedan describirse exhaustivamente en el vocabulario de la física. La conciencia sigue siendo un fenómeno profundamente enigmático, pero ese enigma no exige postular entidades sobrenaturales. Si el materialismo es verdadero, entonces la experiencia consciente debe ser una parte real de la estructura física del mundo, no una ilusión ni un residuo inexplicable.

Desde esta perspectiva, el yo aparece como un patrón que emerge dentro de un sistema físico extraordinariamente complejo: el cerebro. Mientras ese sistema existe, el patrón se mantiene. Cuando el sistema desaparece, el patrón desaparece también. Nada de mi ego sobrevivirá a la destrucción de mi cerebro. Cuando muera me pudriré. No hay razón para pensar que algo de mi conciencia persistirá después.

Las ideas, los libros, las palabras, las formas de pensamiento pueden persistir mucho más allá de la vida biológica de quienes las crearon. En ese sentido, fragmentos de lo que fuimos continúan existiendo como patrones mentales en otros cerebros. No es una inmortalidad personal, pero tampoco es nada.

Dios es un producto de la imaginación humana. El hombre primitivo, incapaz de comprender las fuerzas de la naturaleza, imaginó dioses que dirigían los fenómenos del mundo. Hoy sabemos que ese tipo de explicación ya no es necesario.

Tal vez por eso la muerte, contemplada con serenidad intelectual, no exige desesperación. El universo no fue creado para nuestra felicidad. La naturaleza no prometió a ningún ser vivo permanencia. Todo lo que existe está destinado a desaparecer, y probablemente el propio cosmos tenga también una historia finita.

Aceptar ese destino no significa renunciar a la dignidad. Significa comprender nuestra posición real en el orden de las cosas.

Giacomo Leopardi, en «Operette morali»:

“La naturaleza no ha creado al hombre para la felicidad.
Lo ha creado para sufrir y para desaparecer.
Todo lo que vive está condenado a extinguirse,
y el universo mismo se precipita lentamente hacia la nada”.

Charles 70

Dos cuestiones distintas, aunque íntimamente entrelazadas: el soliloquio y el aislamiento. El primero, por sí solo, no es una patología. De hecho, una parte importantísima de la vida intelectual consiste en hablarse a uno mismo: ensayar argumentos, responder objeciones, dramatizar posibilidades, rumiar escenas, revisar agravios, afinar frases. Todo escritor verdadero es, hasta cierto punto, un conversador interior. El problema empieza cuando el monólogo deja de ser un instrumento del pensamiento y se convierte en su medio único.

Sin interlocutor, la mente pierde fricción. Ya no hay corrección, ni contraste, ni desmentido, ni el saludable bochorno de descubrir que una idea, al decirla en voz alta ante alguien, se desinfla sola. El monologuista radical corre el riesgo de ir sustituyendo el diálogo por una cámara de eco: cada pensamiento confirma al anterior, cada recuerdo se reescribe según la emoción dominante, cada obsesión se pule y se vuelve más convincente por mera repetición. No es que piense más: a veces circula más dentro de sí mismo. Samuel Johnson lo formula con dureza al advertir que puede haber “solitude without peace”, soledad sin paz.

¿Mi soledad hirsuta, concentrada, prolongada, patológica, fanática? Los ritmos se desacoplan. Los escrúpulos aumentan o se deforman. La susceptibilidad crece. Cosas pequeñas adquieren un relieve excesivo. La imaginación, que en compañía fecunda, en aislamiento puede hipertrofiarse y enfermar. Uno se vuelve más delicado, pero a la vez más bizarro; acaso más lúcido en ciertos detalles, pero menos fiable en la visión de conjunto. El aislamiento radical no siempre embrutece: a veces refina de manera malsana. Hace más sutil, pero menos sano; más penetrante, pero menos proporcionado.

El otro nos civiliza. Nos obliga a modular la voz, a ordenar lo que sentimos, a relativizar la importancia de nuestras fijaciones. Sin ese comercio, uno puede adquirir un tono absoluto, una gravedad sin pausa, una relación demasiado compacta consigo mismo. Hazlitt observó algo parecido al describir a ciertos caracteres que “live in society as in a solitude”: incluso entre otros, permanecen encerrados en su propio recinto mental. Perdónenme.

Surge el monólogo porque falta conversación real; porque el cerebro, animal dialógico, fabrica su sucedáneo; porque el escritor necesita oírse para pensarse; porque la conciencia, privada de trato, dramatiza su propia actividad.

El aislamiento radical daña. No solo duele: deforma la proporción. Las cosas pequeñas crecen. La memoria se teatraliza. La interioridad se vuelve demasiado sonora. El mundo exterior pierde espesor y acaba siendo reemplazado por representaciones.

***

“El hombre que imagina que puede vivir feliz aislado del trato humano se engaña profundamente. La mente humana necesita comunicación del mismo modo que el cuerpo necesita alimento. La conversación despierta nuestras facultades, corrige nuestras extravagancias y modera nuestras pasiones. En la soledad, en cambio, los pensamientos se repiten sin contradicción; cada capricho adquiere apariencia de razón; cada resentimiento se fortifica por la falta de oposición. La mente se vuelve su propio tirano, y lo que empezó como retiro termina siendo prisión”, Samuel Johnson.

“Hay hombres que viven en sociedad como si estuvieran en soledad. Caminan entre la multitud, pero su mente permanece cerrada dentro de sí misma. Sus pensamientos no buscan contacto ni contraste; giran en círculos silenciosos, como si el mundo exterior fuese solo un decorado. El peligro de esta disposición no es que el hombre piense demasiado, sino que piensa siempre lo mismo. Sin el roce de otras inteligencias, las ideas pierden elasticidad; se vuelven rígidas, obstinadas, y terminan por deformar el juicio”, Hazlitt.

“Hay una forma de vida interior que se vuelve demasiado perfecta para el mundo. El espíritu se acostumbra a habitar en sus propias sensaciones y pensamientos con tanta intensidad que el contacto con los demás hombres comienza a parecer grosero o perturbador. Pero ese aislamiento estético tiene un precio: el alma corre el riesgo de perder la proporción de las cosas y de sustituir la realidad por una delicada, pero artificial, construcción de sí misma”, Walter Pater.

“Ningún hombre puede mantenerse sano si vive únicamente dentro de sí mismo. La imaginación, cuando no encuentra corrección en la experiencia común de la humanidad, tiende a exagerar lo pequeño y a dramatizar lo trivial. El corazón humano necesita la presencia de otros corazones para conservar su medida. Cuando esa presencia falta, incluso las facultades más nobles comienzan a torcerse”, Ruskin.

Charles 69

(Musée de Beaux-Arts)

La luz entraba en el museo con un resplandor dorado y polvoriento, iluminando los cuadros y las molduras con una claridad casi fantástica. Las sombras se alargaban sobre el suelo como figuras espectrales, y entre el murmullo de las salas parecía escucharse el eco de una música lejana. Todo adquiría entonces una apariencia teatral, como si las salas enteras se hubieran convertido en un escenario donde la luz, caprichosa y solemne, representaba su propio drama.

¡Turner! Uno lo contempla primero con curiosidad, luego con un interés más concentrado, y finalmente con esa especie de deleite silencioso que solo se produce cuando el ojo ha aprendido a reconocer los detalles más sutiles. La luz del paisaje parece moverse sobre la superficie del cuadro como si obedeciera a una coreografía invisible: una sombra delicada se desplaza, un color vibra ligeramente junto a otro, y de pronto la composición entera se revela como un sistema perfecto de relaciones secretas. En ese instante comprendemos que el arte no consiste en copiar el mundo, sino en recrearlo con una precisión más intensa, más luminosa que la realidad misma. La grandeza de Turner reside en su comprensión incomparable de la luz. Sus paisajes no representan simplemente montañas, ríos o nubes; representan la atmósfera misma, esa sustancia luminosa en la que todas las cosas parecen disolverse y renacer continuamente.

¡Velázquez! Me acerqué al cuadro con la atención reflexiva de quien sabe que cada obra encierra una historia secreta. Durante un instante permanecí inmóvil, dejando que los colores y las formas se organizaran lentamente ante mis ojos. Era curioso advertir cómo, a medida que la mirada se detenía en ciertos detalles, la pintura parecía adquirir una profundidad inesperada, como si cada figura estuviera rodeada de una atmósfera invisible (ese aire suyo transfísico) que prolongaba su presencia más allá de los límites del lienzo.

¡Haydn! La música comenzó suavemente en el Liceo, como si emergiera del silencio mismo. Las notas se sucedían con una delicadeza casi líquida, y cada una parecía abrir un pequeño espacio en la mente donde podían alojarse recuerdos, emociones, imágenes fugitivas. Era extraño cómo la música, sin decir nada preciso, parecía decirlo todo: cada timbre despertaba una resonancia interior, y durante unos instantes la conciencia se sentía suspendida en una especie de claridad luminosa. Era la más extática felicidad.

Y la luz de mi aldea. La luz de la Ribeira Sacra. Nada deleita tanto al espíritu humano como las variaciones de la luz sobre la naturaleza. El resplandor de la mañana, la claridad del mediodía y el brillo melancólico del atardecer producen en la mente una serie de emociones que parecen elevar el pensamiento por encima de las preocupaciones ordinarias.

Charles 68

¡YA TENGO EL CAFÉ Y EL DUCADOS! Me sirvo el café, y ese café, cuyo perfume delicado parece contener ya la expresión de estas palabras que escribo, lo sorbo lentamente, con suave morosidad, con sinestesias de atmósfera intelectual, como si cada sorbo quisiera prolongar mi literatura. El vapor asciende en espirales ligeras, y mientras las cucharillas golpean suavemente la porcelana, las frases comienzan a desperezarse con esa lentitud reflexiva que solo poseen las letras (amarillas, verdes, caobas) que saben que no tienen prisa. Comprendo que el café no es simplemente una bebida, sino una especie de preludio a los sintagmas y las preposiciones: algo que prepara al espíritu para la emoción estilizada de un placer verbal, para la observación benevolente de un adjetivo aplicado a un lunar en el recuerdo de un amor.

Bebido el café encendió el cigarrillo con una pequeña inclinación de cabeza, como si se tratara de un gesto ritual aprendido hace mucho tiempo en tiempos de belleza y arquitectura barroca. Durante un instante el fósforo ilumina mi rostro con un resplandor rojizo y efímero, y luego el humo comienza a ascender en delicadas espirales azuladas que parecen dudar entre permanecer en el aire o desaparecer. Sostengo el cigarrillo, no con negligencia, sino con una disciplina atenta, y las volutas helicoidales traducen formas visibles del pensamiento y del gusto por la bibliofilia. Y mientras pienso y escribo estas líneas, cada frase parece acompañada por una ligera nube que se deshace lentamente, como si las palabras necesitaran también evaporarse en el pozo del tiempo que huye.

Escribo con la calma reflexiva que parece dar a cada palabra una importancia particular. Se despeja mi mente, se aligera, pierde sus grumos, flota como en ingravidez. El cigarro, sostenido entre los dedos, se convierte en una especie de puntuación visible de mis frases: una pausa, una observación, una ligera sonrisa que se pierde entre las volutas mágicas del humo.

Hay algo profundamente pacífico y civilizado en este gesto cotidiano: fumar, beber café, dejar que las palabras fluyan sin urgencia. Es como si el tiempo hubiera sido suavemente detenido para permitir que la mente vagara a su antojo y hallara su verdadero destino.

Charles 67

Irritabilidad, sensación de vacío, inquietud motora, dificultad para concentrarse… ¡estoy sin tabaco y sin café! Daría un golpe de estado plenipotenciario.

El café se introduce en el estómago y enseguida todo se pone en movimiento: las ideas marchan como batallones de un gran ejército en el campo de batalla… Los recuerdos avanzan, las comparaciones se despliegan, la imaginación se enciende, las ideas crepitan en avalancha regular, la voluntad se sosiega. Pero cuando falta el café, el cerebro cae en una especie de languidez y sopor mortífero; los pensamientos se arrastran con pesadez y el trabajo se vuelve imposible, el alma es menos ágil, la inteligencia menos penetrante. Palabras sin cafeína son como sol al que no sigue su sombra. El café es un combustible que alimenta la maquinaria de la creación. Siento sin él un vacío interior, una muy molesta pereza nerviosa.

Y, sin el humo del cigarrillo, ¡cómo acompañar el ritmo, el curso y las sinuosidades de las frases! Sin tabaco la mente se distrae e inquieta, no encuentra el nombre, el verbo ni el adjetivo. Falta algo esencial. El pensamiento se vuelve menos fluido y el humor más sombrío. No se trata sólo de un hábito físico: el cigarro ha llegado a formar parte del tempo, de la melodía, del metrónomo y los compases del trabajo mental.

Sin café y sin tabaco las idean permanecen en la sombra, dormidas, incapaces de moverse. Voy a enloquecer.

Charles 66

Me oprime y me aplasta una soledad de hierro, un océano hirsuto de hielo. Encerrado entre los barrotes de una jaula y respirando cemento; solo pido calor humano. Mi mente repite las mismas ideas, el cuerpo se queda sin energía, la habitación es una cueva con el aire envenenado. Una crecida de sangre y semen primero sube y cubre mi cintura, después mi pecho, hasta llegar a mi boca. Necesito un alma que echarme a la boca, comida humana (conversación, alguien cerca, presencia, amor)

Estoy aislado de todos los hombres, no por voluntad, sino por esquizofrenia interior. La conversación me fatiga debido a mi problemas de atención y concentración, la presencia de otros me inquieta debido a mi propensión paranoide, y sin embargo, la soledad me oprime con un peso casi insoportable. Cuando estoy solo siento que me hundo en una especie de silencio mineral y canceroso, como si el mundo estuviera hecho de plomo. Y cuando estoy con los demás me invade una angustia extraña, como si mi verdadera vida estuviera en la piara donde hace décadas que me pudro. Vivo encerrado en una habitación, rodeado de papelotes estúpidos, sin valor, y esa habitación es al mismo tiempo mi triste e inevitable refugio y mi más atroz condena.

Demasiadas noches en las que la soledad adquiere una densidad basáltica y de hocico de rata. No es ya una simple ausencia de hombres; es un cuchillo afilado que parte en dos el pecho. Humo de tabaco barato. Habitación sin ventanas. Como un animal encerrado en una jaula al que agreden el resto de su manada. Separado de todo por una pared invisible.

Y entonces siento la necesidad de gritar mi soledad para que alguien —cualquiera— pueda oírla.

Charles 65

Hay ratas en el fallado. El simple pensamiento de que una rata pudiera tocar mi cara me hace perder el control. Es un miedo absoluto. El terror me paraliza. Las ratas, hambrientas y agresivas, son lo peor del mundo. Desde niño me han producido un horror especial. El C.N.I. sabe de mi musofobia, y, torturándome en una casa de la plaza Lesseps, me hizo comer una rata muerta.

Una pesadilla recurrente: De pronto advierto que el suelo está cubierto de ratas. Miles de ellas se deslizan sobre el pavimento, negras, enormes, repugnantes. Sus ojos brillan con un fulgor rojo a la débil luz. Se acercan cada vez más. Siento el roce de sus cuerpos fríos sobre mis manos y mis pies. Aquella multitud de criaturas voraces parece comprender que yo soy su presa. Su proximidad me produce un horror indescriptible.

Me tomé 15 gotas de Rivotril. Escribo estas líneas drogado y con arcadas. Ratas corriendo por el suelo y por las vigas del techo. Se oye su correteo incesante entre las paredes. A veces se detienen y miran con ojos brillantes desde los agujeros de la madera podrida. Aquellas criaturas parecen dueñas del lugar. El silencio de la noche está lleno de su movimiento y de su inquietante presencia.

De debajo del armario comienzan a salir ratones, primero unos pocos, luego decenas, luego centenares. Sus ojos brillan en la oscuridad como pequeñas chispas malignas. En medio de ellos aparece una criatura horrible: el Rey de los Ratas de Alcantarilla, con múltiples dientes afilados, muy grande, mojada, violenta y con una mirada terrible.

Siento un escalofrío de miedo al ver aquella multitud que avanza hacia mi cuello, mi boca y mis ojos.

Charles 64

En su libro fundamental, «Physiologie du goût», Brillat-Savarin define la gastronomía de forma muy reveladora:

“La gastronomía es el conocimiento razonado de todo lo que concierne al hombre en cuanto se alimenta. Su objeto es velar por la conservación de los hombres mediante el mejor alimento posible. Lo logra dirigiendo, con principios seguros, a quienes buscan, proporcionan o preparan las cosas que pueden convertirse en comida”.

Esta definición es clave para mi argumento: la gastronomía es conocimiento aplicado al alimento, no creación estética autónoma.

Otra de sus formulaciones más citadas insiste en el mismo carácter:

“La gastronomía gobierna la vida entera del hombre; porque las lágrimas del recién nacido anuncian ya su necesidad de alimento, y su último suspiro se mezcla con el recuerdo de los placeres de la mesa”.

Aquí se ve claramente que Brillat-Savarin sitúa la gastronomía en el ámbito biológico y social de la alimentación, no en el de la creación artística. Una tercera reflexión muy reveladora:

“La invención de un nuevo plato hace más por la felicidad del género humano que el descubrimiento de una estrella”.

La frase es ingeniosa y famosa, pero muestra también algo importante: la cocina produce placer y bienestar, no necesariamente forma estética perdurable.

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Grimod de La Reynière, en uno de sus textos más representativos, escribe:

“El verdadero gourmet no es aquel que come mucho, sino el que sabe apreciar. La mesa es un teatro donde el gusto ejerce su jurisdicción, y donde el juicio debe presidir siempre al apetito”.

La metáfora teatral no convierte la cocina en arte; más bien subraya el acto de degustar y juzgar. En otro pasaje describe la gastronomía como un código de civilización:

“La gastronomía es una de las instituciones más importantes de la vida social. Ella reúne a los hombres, suaviza sus costumbres y establece entre ellos una agradable igualdad”.

Aquí la gastronomía aparece como fenómeno cultural y social, comparable a la etiqueta o a la conversación. Y en una observación muy citada afirma:

“La mesa es el gran vínculo de la sociedad civilizada”.

De nuevo, el énfasis está en la sociabilidad y el placer compartido, no en la producción de obras artísticas.

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Los grandes fundadores de la cultura gastronómica moderna tampoco hablaron de arte. Brillat-Savarin definía la gastronomía como «el conocimiento razonado de todo lo que concierne al hombre en cuanto se alimenta». Es decir, una ciencia del gusto, un saber aplicado al alimento. Y Grimod de La Reynière veía la mesa como una institución social donde el gusto ejerce su juicio. Para ellos la gastronomía era civilización, sociabilidad y placer… pero no una de las artes.

Hoy los chefs, peritos en fogones y hornillos, desean ser considerados artistas. La gastronomía, a mi juicio, es una parte fundamental de la civilización, un oficio, una techné, una excelencia artesanal, no una de las artes. Podemos hablar de la cocina como una ciencia del gusto, no como un arte comparable a la poesía o a la música. Podemos analizar restaurantes y platos con una seriedad casi literaria. Pero incluso en ese momento, nadie debe confundir el oficio del cocinero con la ópera o la pintura.

La gran cocina puede ser maravillosa, refinada y emocionante. Pero sigue siendo un placer del cuerpo. Lo agradable no es lo mismo que lo bello. El arte, en cambio, es una experiencia del espíritu que permanece en el tiempo. Un plato extraordinario desaparece en diez minutos; un verso de Horacio lleva dos mil años vivo.

Platón ya decía en el Gorgias que la cocina pertenece al reino del placer corporal inmediato, no al del conocimiento ni al de la verdadera formación del espíritu. La cocina puede ser maravillosa. Puede exigir talento, imaginación, disciplina y hasta genialidad. Pero sigue perteneciendo al mundo de los grandes oficios humanos, no al de las artes mayores.

Los chefs son hoy celebridades mediáticas. Llamar arte a su oficio eleva su prestigio. Y también abre puertas institucionales: subvenciones, reconocimiento cultural, políticas públicas. En nuestra época el concepto de arte se ha vuelto extraordinariamente elástico. Hoy todo parece o quiere ser arte: la moda, el diseño, la publicidad, el tatuaje, los grafiti, la peluquería, la ebanistería… y ahora también la cocina. Si todo es arte, entonces nada lo es.

Charles 63

Estoy ahora mismo delirando. En mi percepción delirante advierto correctamente el objeto, pero inmediatamente le impongo un significado nuevo y extraordinario que no puede ser corregido por la reflexión. Mi experiencia no consiste simplemente en una interpretación equivocada, sino en una transformación del sentido de lo percibido. Siento con absoluta certeza que aquello que he percibido se refiere directamente a mí. De este modo surgen los delirios de referencia o alusión: el experimentar que los acontecimientos externos, palabras o gestos ajenos contienen un mensaje dirigido específicamente a mí.

Refiero a mi propia persona hechos completamente indiferentes. Una tos, un carraspeo, una mirada casual, un comentario que no tiene relación conmigo, un anuncio en el periódico o incluso fenómenos cósmicos pueden ser interpretados como dirigidos especialmente a quien les escribe. Lo que para otros es un acontecimiento trivial lo convierto en una señal cargada de significado. El mundo entero parece transformarse en un sistema de alusiones. De este modo, el delirio de referencia constituye con frecuencia el terreno sobre el cual se desarrollan posteriormente los delirios de persecución. Lo que primero aparece como una insinuación o señal, acaba interpretándose como un acto hostil dirigido contra nosotros los esquizofrénicos. Esta convicción se impone con una evidencia subjetiva tan intensa que ninguna argumentación logra debilitarla.

En estos estados paranoides interpreto la conducta de los otros como dirigida contra mí. Gestos ambiguos, comentarios casuales o miradas fugaces adquieren un significado personal exagerado. Vivo en una vigilancia constante, tratando de descifrar los supuestos mensajes ocultos que percibo en el comportamiento de quienes me rodean.

Siento que todo lo que me rodeaba está cargado de señales. Una palabra pronunciada al azar, una cifra encontrada en un libro, un gesto de un desconocido en la calle… todo parece contener una alusión secreta a mi persona. El mundo se ha convertido en un lenguaje cifrado exclusivamente dirigido contra Christian Sanz.

Me acomete la poderosa convicción de que no soy objeto de una simple enfermedad nerviosa, sino de una persecución sistemática. Fuerzas invisibles actúan en mí y sobre mis nervios, y toda clase de fenómenos externos adquieren un significado particular. Siento de modo indubitable que cada acontecimiento está conectado con mi destino personal.

Soy el megalómano personaje central de una trama internacional de espionaje y contra-espionaje. Mi vida se convirtió en un aventurero plató televisivo. Me escrutan cámaras y micrófonos 24 horas al día. Monitorizan mis movimientos. Leen mis pensamientos con ordenadores cuánticos. Todo está contra mí. Todo habla de mí. Mi yo sufre una fatal amenaza organizada. La angustia, como es previsible, alcanza cotas máximas.