De Demóstenes, Cicerón o Churchill aprendimos claridad expositiva, ironía elegante, rigor lógico, ritmo musical y dominio del idioma. También solemnidad contenida, o equilibrio entre conversación y elevación. De esos ilustres precedentes hemos pasado a la embarazosa mediocridad de los tertulianos.
Las tertulias ofrecen ignorancia de la gramática, la historia, la filosofía, el derecho o la ciencia. Tertulianos que, en rigor, conocen muy poco. Fast-thinkers que se interrumpen sin cesar, no mantienen un orden estructural en su exposición, y sustituyen el argumento por una cascada de falacias; un discurso, en fin, sin decoro ni competencia técnica, y con bajos estándares intelectuales.
Sus intervenciones son tan breves que no se puede oír desarrollar un argumento, y todo está envuelto en un ambiente de tan acusada superficialidad que la profundidad deviene un ideal imposible. En las tertulias los problemas se reducen a consignas. El gesto es lo relevante, no así el razonamiento. Y, dado que la polémica aumenta la audiencia, se incentiva y prima la discusión bronca y maleducada.
Si la oratoria clásica aspiraba a formar ciudadanos, la tertulia contemporánea aspira solo a generar audiencia. A veces observamos algún dialéctico rápido y ágil, o bien con una notable cultura, pero eso es la excepción.
Recordémoslo. Hablar mucho no es hablar bien. Una buena idea vale más que diez opiniones. La interrupción significa la renuncia a persuadir. La elocuencia no es viralidad. Levantar la voz no significa alzar la razón. Ridiculizar no es refutar.
En resumen, un buen tertuliano debería ser una persona razonable experta en hablar; y no una máquina chirriante de ruidos y aspavientos.