Boswell, en «Vida de Samuel Johnson», nos narra: “Cuando Johnson tomaba el libro y se ajustaba las gafas, el mundo quedaba excluido. No eran un adorno ni una debilidad: eran su armadura. Decía que leer sin ver con precisión era como pensar sin distinguir conceptos: una forma de pereza disfrazada de valentía”.
Se me rompió la montura de mis gafas de cerca. Sin ellas, las palabras son manchas; con ellas, vuelven a ser voces. Hay días en que la cabeza está viva pero los ojos no la siguen, y entonces las gafas se convierten en el delicado puente entre el pensamiento y la página.
¿Gafas? El lector que necesita gafas ha leído mucho: ha gastado los ojos en signos. Son, en cierto modo, una condecoración silenciosa. Las gafas recuerdan que leer no es un acto natural, sino una conquista frágil.
“Una superchería intelectual consiste en utilizar conceptos científicos —a menudo de manera vaga, metafórica o directamente errónea— con el único fin de conferir autoridad a un discurso que carece de contenido empírico o rigor lógico. El abuso del vocabulario científico no es un error inocente: es una estrategia retórica destinada a intimidar al lector y a inhibir la crítica”.
“Cuando términos como ‘teoría del caos’, ‘relatividad’, ‘topología’ o ‘mecánica cuántica’ se emplean sin definición ni conexión con resultados verificables, dejan de ser conceptos científicos y se convierten en ornamentos ideológicos. No estamos ante interdisciplinariedad, sino ante impostura”.
“La confusión deliberada entre metáfora literaria y afirmación factual es uno de los rasgos distintivos de la superchería: el autor se reserva siempre una salida retórica. Si se le exige precisión, responde que hablaba ‘poéticamente’; si se le critica por vaguedad, invoca la ‘complejidad’”.
Mario Bunge
“Las pseudociencias y las supercherías científicas no se caracterizan por afirmar cosas falsas —la ciencia también se equivoca—, sino por carecer de mecanismos internos de corrección. Allí donde no hay posibilidad de refutación ni voluntad de revisión, no hay conocimiento, sino simulacro”.
“El lenguaje oscuro no es profundidad: es a menudo una coartada. Quien no puede explicar con claridad qué afirma, cómo lo sabe y qué contaría en contra de su tesis, no está haciendo ciencia, sino propaganda intelectual”.
“Las supercherías prosperan en ambientes donde se confunde tolerancia con indiferencia epistemológica. Respetar a las personas no implica respetar ideas mal fundamentadas”.
Jesús Mosterín
“Una creencia que se blinda contra la evidencia deja de ser una hipótesis y se convierte en dogma. Muchas supercherías contemporáneas se presentan con ropaje científico, pero rehúyen sistemáticamente cualquier contraste empírico serio”.
“Invocar la ciencia sin aceptar sus reglas es como apelar a la ley sin admitir tribunales. El prestigio simbólico de la ciencia se usa entonces como capital retórico para vender convicciones previas”.
“No hay obligación moral de respetar creencias infundadas. La única obligación intelectual es ajustar el grado de creencia al grado de evidencia disponible”.
Richard Feynman
“El primer principio es no engañarse a uno mismo —y uno mismo es la persona más fácil de engañar. La pseudociencia suele comenzar cuando se confunde el deseo de que algo sea cierto con una prueba de que lo es”.
“Si una teoría no puede fallar, tampoco puede acertar. Una idea que explica todo, en realidad no explica nada”.
Carl Sagan
“Afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias. La ausencia de evidencia no se compensa con entusiasmo, ni con jerga técnica, ni con testimonios personales”.
“La pseudociencia se disfraza de ciencia imitando su lenguaje, pero evita cuidadosamente sus métodos”.
Steven Pinker
“Gran parte del pensamiento confuso contemporáneo proviene de tratar metáforas sugestivas como si fueran teorías explicativas. Usar palabras científicas no convierte una intuición en conocimiento”.
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«Nunca atribuyas a la conspiración lo que se explica perfectamente por tu estupidez», Napoleón.
La llamada ‘teoría conspirativa de la sociedad’ es la creencia de que los fenómenos sociales se explican siempre por la acción secreta de individuos poderosos y malintencionados. Esta forma de pensar es un sustituto primitivo de la explicación racional: elimina el azar, la complejidad y las consecuencias no previstas, y los reemplaza por intenciones ocultas.
El conspiranoico no entiende que muchas consecuencias sociales son el resultado de acciones humanas, pero no de designios humanos. Allí donde no hay un plan, imagina uno; donde hay fracaso, ve sabotaje; donde hay complejidad, introduce maldad.
El conspiracionista concibe la historia como un melodrama moral absoluto: nada es accidental, nada es ambiguo, nada es gradual. Todo acontecimiento debe ser explicado como resultado de una voluntad maléfica perfectamente coherente. La evidencia contraria no corrige la teoría: se integra como prueba adicional de la magnitud de la conspiración.
El rasgo distintivo del pensamiento paranoico no es la falsedad de sus afirmaciones, sino su estructura cerrada: una vez adoptado el marco conspirativo, ninguna experiencia puede refutarlo.
El conspiracionismo es una forma extrema de creencia irracional: fija convicciones allí donde la evidencia es débil o inexistente y, además, se blinda contra cualquier posible refutación. Desde el punto de vista cognitivo, no es una hipótesis, sino un dogma.
La mente conspiranoica no busca información, sino confirmación. Cada dato nuevo no se evalúa por su fuerza probatoria, sino por su utilidad narrativa dentro del relato previo.
La patria no existe fuera de los hombres que la hacen; vive mientras ellos la recuerdan y la renuevan, recuerdo que dijo Michelet. Y según Theodor Mommsen: “La patria no es una emoción primaria ni un arrebato sentimental, sino una construcción histórica sostenida por el derecho, la costumbre y la participación cívica. En Roma, el amor a la patria no se expresaba en proclamas, sino en obediencia a la ley común y en la aceptación del deber público. Cuando la ley se corrompe, la patria se vacía; cuando el civismo declina, el patriotismo degenera en retórica.”
Para H. L. Mencken el patriotismo era una superstición política: “El patriotismo es la convicción de que este país es superior a todos los demás porque tú naciste en él. Se trata de una emoción elemental, útil para movilizar masas, pero intelectualmente indefendible. La patria, cuando se la invoca sin ironía, suele servir para justificar estupideces que ningún individuo aceptaría en privado».
Edmund Burke justificaba la nación como herencia viva y continuidad moral: “La nación no es una invención momentánea ni un contrato firmado por individuos aislados, sino una asociación entre los vivos, los muertos y los que aún no han nacido. Amar la patria es respetar esa continuidad invisible que da sentido a las instituciones y dignidad al sacrificio.”
Yo creo que, con erosión de costumbres y falta de lealtad a los símbolos, con la predilección por comodidades privadas en lugar del bien común, sin ciudadanos capaces de juicio independiente, la nación puede disolverse.
«La prosa de Jordi Llovet és una rara combinació de claredat clàssica i exigència conceptual. Escriu com qui pensa en veu alta, però amb una sintaxi disciplinada, elegant, sense concessions a la vaguetat ni a l’efectisme. Cada frase sembla haver estat pesant amb una balança moral i intel·lectual […] Llovet no utilitza la llengua com a simple vehicle d’idees, sinó com a instrument de pensament. La seva prosa no il·lustra conceptes prèviament formats: els construeix mentre avança. Llegir-lo és assistir al procés mateix de la intel·ligència en acció […] La seva escriptura s’inscriu en la millor tradició humanista europea: Montaigne, Valéry, Curtius. Com ells, Llovet escriu amb la convicció que l’estil no és un afegit, sinó la forma visible del pensament. En ell, prosa i criteri són indestriables […] En temps d’assaig sorollós i de prosa exhibicionista, Jordi Llovet representa una rara forma de discreció intel·ligent. No necessita cridar ni provocar: la seva autoritat prové del domini de la llengua i de la solidesa del judici […] Llovet ha contribuït decisivament a demostrar que el català és una llengua plenament apta per al pensament abstracte, la crítica literària i l’assaig d’alt nivell. La seva prosa és un exercici constant de dignificació lingüística», Muntaner, Pere (2024). «La prosa del criteri. Estil, intel·ligència i tradició en Jordi Llovet». Barcelona: Edicions del Paral.lel, col. Lloviana, 214 pp.
“El éxito comercial es casi siempre una señal de que un libro ha renunciado a cualquier exigencia intelectual. El ‘best-seller’ no es el libro que más se lee, sino el que menos resiste la lectura crítica. Para vender mucho, un libro debe no pedir nada a quien lo compra: ni atención sostenida, ni esfuerzo conceptual, ni incomodidad moral. El lector debe poder abandonarlo y retomarlo sin haber perdido nada esencial, porque en realidad no había nada que perder».
Milan Kundera
“El best-seller es el triunfo del reconocimiento inmediato. Su ambición no es descubrir, sino confirmar. No dice al lector: ‘mira lo que no sabías’, sino ‘tienes razón en todo lo que ya piensas’. Por eso no molesta, no hiere, no abre fisuras. La novela, cuando se somete al mercado, deja de ser una exploración de la existencia para convertirse en un espejo tranquilizador. El éxito masivo es, casi siempre, la señal de que la obra ha renunciado a la ambigüedad, que es la respiración misma del arte”.
Vladimir Nabokov
“Desconfío profundamente de los libros escritos para ‘el gran público’. Esa expresión suele ocultar una claudicación estética. Un escritor que piensa en millones de lectores está, de hecho, pensando en ninguno. El best-seller halaga, adormece, simplifica. La verdadera literatura, en cambio, exige un lector ideal, no numeroso: uno que relea, que tropiece, que se equivoque. La popularidad inmediata es una forma de ruido; el arte trabaja en silencio”.
Italo Calvino
“La literatura industrial produce libros como quien fabrica electrodomésticos: con piezas intercambiables, funciones previsibles y obsolescencia rápida. El best-seller nace con fecha de caducidad. Está diseñado para ocupar un tiempo vacío y desaparecer sin dejar sedimento. El libro verdadero, en cambio, no se agota: vuelve distinto cada vez que se relee, porque no fue pensado para el consumo, sino para la duración”.
Hermann Broch
“El kitsch literario es el mal absoluto del arte. El best-seller es su forma más perfecta, porque simula profundidad sin asumir ningún riesgo ético. Emociona sin verdad, consuela sin comprensión. Allí donde la literatura auténtica inquieta y desestabiliza, el best-seller promete alivio. Es una estética del narcótico”.
Theodor W. Adorno
“La cultura de masas no elimina el arte: lo degrada. El best-seller es el producto cultural por excelencia, porque se presenta como elección libre cuando en realidad es resultado de una estandarización previa del deseo. El lector cree reconocerse en el libro, pero solo se reconoce en un molde que ya ha sido decidido por el mercado”.
Julien Gracq
“El éxito literario inmediato me parece sospechoso. Un libro que se vende con facilidad suele haber renunciado a toda aspereza. La literatura no debería deslizarse como aceite; debería ofrecer resistencia. El best-seller es una obra que se deja consumir demasiado bien, y por eso mismo se olvida con rapidez”.
Harold Bloom
“La popularidad no es un criterio estético. El best-seller pertenece al reino del entretenimiento, no al de la literatura fuerte. Leer únicamente lo que vende millones es aceptar que otros decidan por ti qué vale la pena pensar. El canon no se construye con cifras de ventas, sino con rerelecturas a lo largo del tiempo”.
José Ortega y Gasset
“Cuando la obra se adapta al gusto de la masa, deja de ser obra y se convierte en producto. El éxito multitudinario es, con frecuencia, el síntoma de una renuncia: la renuncia a exigir, a elevar, a incomodar. El arte auténtico siempre ha sido minoritario, no por elitismo, sino por dificultad”.
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¿Soportar lo insoportable sin cuestionar sus causas? ¿Iluminar el sufrimiento y «superarse», «mejorar»? ¿Aceptar sin más el reduccionista «Si no eres feliz, es culpa tuya»?
«La cultura de la autoayuda no libera al individuo: lo infantiliza. Le promete control emocional a cambio de obediencia psicológica. El ciudadano se convierte en paciente, y el conflicto social en un problema de autoestima. La autoayuda sustituye la política por terapia y la ética por bienestar subjetivo. En vez de formar carácter, enseña técnicas de supervivencia narcisista.”, dijo Christopher Lasch, uno de los intelectuales más lúcidos del siglo XX, hoy injustamente olvidado.
La literatura edificante o de la autoayuda niega la injusticia, el azar, la tragedia. Ocurre -dicen- simplemente que no supiste «programarte» bien a ti mismo. Este género de ideas ofende a la inteligencia. Las recetas de consuelos prefabricados de un gurú no funcionan. Si algo tiene visos de funcionar es el consejo que uno se da a sí mismo, previa y ABUNDANTE reflexión. El dolor no se ilumina con fórmulas. La felicidad no es un arcano que se encuentra en un libro de doce euros.
El hombre es un ser sin respuestas definitivas. La obsesión contemporánea por ‘sentirse bien’ ha producido una literatura que confunde sufrimiento con error. No se enseña a vivir como a conducir un auto.
Veamos un caso: Deepak Chopra. Ejemplo perfecto de pseudociencia consoladora; términos de la física cuántica usados como incienso retórico. No explica, seduce; no argumenta, sugiere. La autoayuda aquí adopta el tono de la ciencia para no someterse a su rigor. El resultado es una metafísica de aeropuerto.
U otro, Coelho, que reduce la experiencia espiritual a fábula motivacional. Todo conflicto queda resuelto por “escuchar al corazón”, fórmula que evita el pensamiento, la ética y la tragedia. Su éxito no proviene de la profundidad, sino de la eliminación sistemática de cualquier dificultad intelectual. Espiritualidad sin teología, destino sin culpa, sentido sin historia.
O, por citar a un español de biografía amarga, Albert Espinosa, un optimismo sentimental elevado a programa vital. El dolor se estetiza, se vuelve entrañable, amable, digerible. El sufrimiento pierde su dimensión trágica y se transforma en anécdota inspiradora.
La prosa de Pérez-Reverte está construida sobre la frase sentenciosa, no sobre la frase pensante. Cada párrafo parece exigir asentimiento inmediato, como si la literatura fuera una sucesión de verdades viriles que no admiten réplica. No hay respiración sintáctica ni deriva reflexiva: la frase cae como un veredicto. Es una prosa que no dialoga con el lector, lo somete.
Marías escribía como quien no termina nunca una frase porque sabe que pensar es demorarse. Pérez-Reverte escribe como quien remacha: frase corta, sentencia, cierre. Uno confía en la dilación; el otro en el impacto del anabolizante didáctico.
Pérez-Reverte no es un mal escritor: es algo más decepcionante. Es un escritor que podría haber sido peligroso y eligió ser confortable. Ha cambiado la intemperie por la trinchera, la duda por la pose, la literatura por la épica de sí mismo. Sus libros se leen con facilidad y se olvidan con la misma rapidez, porque no dejan herida: solo ruido bien organizado.
La literatura empieza cuando el autor se vuelve vulnerable ante su propio texto. Pérez-Reverte nunca se vuelve vulnerable. Por eso escribe novelas sólidas, eficaces, vendibles… y profundamente irrelevantes a largo plazo. No porque estén mal hechas, sino porque no arriesgan nada esencial.
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Cuando la universidad confunde la popularidad con la relevancia estética, abdica de su función crítica. Estudiar productos de consumo masivo puede ser legítimo desde la sociología cultural, pero convertirlos en paradigma literario es un síntoma de rendición: la institución deja de formar criterio para reflejar el mercado.
La inflación de estudios sobre best-sellers no indica apertura democrática del canon, sino empobrecimiento del juicio. La academia, incapaz de sostener la exigencia formal y conceptual, sustituye la dificultad por la accesibilidad y llama a eso actualización.
Nunca veréis en la poesía de A.V. una sintaxis académica, sino un ritmo fisiológico, de menstruo y cópula. No escribe con ideas, escribe con nervios. Las ideas vienen después, cuando el el poema ya está hecho. Antes está el temblor, el espasmo, la bilis. Si no sangra un poco, no ha escrito nada. La buena poesía es la que conserva el latido, incluso cuando parece incorrecta. Todo lo demás es redacción.
Acto somático, con tensión existencial que roza lo patológico (sotto voce) Expulsa, excreta, pero no pierde la forma, una rara elegancia, por decirlo así. Su mente obedece a la carne triturada, al sufrimiento vivido, a la misantropía y la soledad. Sus confesiones adquieren notas de universalidad (como en Sexton o Safo, por citar dos referentes muy disímiles)
No quiere agradar; lo que no quiere es engañarse. Clarice Lispector: “No escribo solo con la inteligencia. Escribo con el cuerpo entero. Cuando escribo, no entiendo: siento. Comprender vendrá después, si viene. La escritura verdadera es peligrosa porque desorganiza”.
Tiene algo de mujer maldita y femme fatale. Roza el límite de lo soportable, anatemiza la moral común. Mi gran maestra Kathy Acker, de quien casi lo aprendí todo, escribió: “La escritura es una forma de autolesión controlada. No se trata de belleza ni de forma, sino de verdad corporal. El texto es una cicatriz”.
(i) No puedo menos que asentir con Montaigne (traducción libre de los «Ensayos», II, 17): «Me siento tan vivamente tocado por el mérito de otro como si fuese propio. No conozco pasión más natural ni más justa que alegrarme del bien ajeno cuando lo reconozco verdadero. La gloria de los hombres excelentes no me empequeñece, me agranda: añade mundo a mi mundo. Me parece que el espíritu humano se honra entero cuando uno solo alcanza su cima. Quien no sabe admirar, se mutila. Quien no puede gozar del talento ajeno, vive empobrecido incluso cuando triunfa».
Vivo el éxito ajeno de algunos autores como una victoria de la literatura misma. Leo los libros de Colell con emoción profunda. Me consuela pensar que, mientras existan libros así, no todo está perdido. Su éxito me tranquiliza. Prueba que la excelencia no es inútil y que aún se puede escribir sin falsedad. El triunfo de un libro verdadero es un triunfo para todos los que escribimos a su sombra. Hay una alegría secreta en ver que otro ha llegado más lejos: demuestra que la justicia existe.
Borges (paráfrasis fiel a una de sus «Conversaciones»): «Nunca he entendido la envidia literaria. Cuando un escritor escribe bien, el mundo se enriquece, y ese enriquecimiento es común. Que otro alcance la perfección que yo no he alcanzado no me disminuye: me confirma. Prefiero leer una obra admirable que escribir una mediocre. El éxito ajeno no me roba nada; me da algo que leer».
Produce placer ver florecer el talento de otros. El verdadero espíritu no teme ser superado, porque sabe que cada grandeza nueva amplía el horizonte del arte.
Enhorabuena, Marc.
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(ii) Critico mi prosa de estilo deliberadamente no trabajado, el que se queda en la linde de las zonas de sombra donde la conciencia vacila. La verdadera prosa no es un derrame espontáneo del sentimiento, sino el resultado de una construcción intencional. El escritor que se abandona a la inspiración sin método produce confusión, no intensidad. Toda buena prosa debe ser concebida con el mismo rigor que una demostración matemática: cada frase tiene una función, cada palabra una necesidad. Allí donde no hay cálculo, no hay arte.
El estilo auténtico no se adquiere ni se aprende: se soporta. Es una carga que el escritor lleva consigo y que lo obliga a escribir incluso cuando ya no espera nada de la literatura. Allí donde no hay esa compulsión, hay oficio; allí donde existe, hay destino.
(Reflexiones de orden muy general a propósito del estilo de prosa en la novela «Las crines» de Marc Colell)
Enhorabuena, Marc.
NOTA BENE: Aunque la fraseología tiene un ritornello algo cursi y propio de un mediano escritor victoriano, de «Las crines» se puede decir lo que Abdelguáhed el Marrecoxi escribió sobre la Qasīda ‘Abdūniyya de Abdún: «Es una perla que empalidece toda poesía y encanta con su magia; conforta el corazón cual bebida espirituosa; ninguna alcanza tal fulgor; nadie podrá disputarle la cima que ha alcanzado».
Su prosa branquial aletea como el amarillo (el color de los locos) A veces es cortante, áspera y sucia como una baba o un diente de perro o sangre de ternera, y, otras, ámbar y gotas de porcelana deslizándose por la piel tibia igual a una caricia voluptuosa. Para mi particular sinestesia, en mis asociaciones privadas, no se presenta su lenguaje como objetos separados, sujeto y predicado, sino como una llanura densa donde martillea vasta geometría. Las letras de sus páginas no entran por los ojos, se quedan pegadas a la piel. Siento zumbando palabras verdes como quemaduras, otras, blancas como una mariposa grande dentro de un confesionario, o rosas, como un ataque de vértigo en mitad de la noche y la soledad.
Debo continuar escribiendo, que NO publicando. Dejar de escribir, para mí, es deshilacharme. Existen muchos modos de articular la identidad; la mía es escribiendo. Publicar tiene una dimensión más de exposición y expectativa de respuesta, que, dado mi colosal fracaso, ya ni me atrae ni me interesa. Escribiré en las redes. Las redes no son literatura, pero sí pueden ser un modo de presencia, y eso me hace bien. No estoy diciendo: “Quiero dejar de escribir”, estoy diciendo: “Quiero dejar de mentirme” (aspirar a la función de mercado y reconocimiento del escritor édito)
Porque no escribir me destroza. No es una ocupación entre otras, ni una vocación que pueda abandonarse sin consecuencias: es la forma misma en que respiro, en que soy, en que mis branquias cogen oxígeno. La escritura me da savia y existencia. El público es una circunstancia secundaria, y la publicación, una molestia -y mucho más acusada si te conviertes en esa figura grotesca de escritor mediático o famoso. Lo que escribo está destinado a una minoría selecta y esa tampoco resonó.
Mi querido maestro Walser escribió: “Nunca he escrito para producir libros, sino para caminar con el pensamiento. La idea de una obra me resulta sospechosa: demasiado definitiva, demasiado satisfecha. Escribir me sirve para no endurecerme, para no convertirme en alguien que se toma demasiado en serio. Publicar es una interrupción; escribir, una continuidad”. Entiendo muy bien esas palabras.
Escribo para desahogar mis ideas, no para venderlas en la plaza pública. Soy un escritor onanista, no un tendero. Esperé ingenuamente algo de la publicación; ahora ya nada. Escribo para no disolverme, no para ganar dinero y salir en la televisión.
A veces (no siempre) la publicación lo estropea todo.
No es una curiosidad ociosa investigar y estudiar. El entendimiento humano no nos fue dado para permanecer inactivo, sino para ejercerse; y se envilece cuando se lo reduce a la repetición de fórmulas heredadas y acomodadas. El estudio fortalece la mente, disciplina el juicio y acostumbra al hombre a distinguir entre lo probado y lo supuesto.
El estudio preserva de la superstición. Allí donde la ignorancia gobierna, la credulidad se instala; y donde no hay estudio, florece el engaño. No pensar no es una forma de inocencia, sino de abandono. El estudio serio y paciente es una disciplina de la mente; y enseña humildad ante los hechos y templanza ante las conjeturas.
Permítanme una idea demoledora frente al anti-intelectualismo: La ignorancia voluntaria no excusa el error: lo agrava. Quien rehúsa examinar, rehúsa también la responsabilidad de su propio juicio.
Observamos entusiasmos ciegos, obediencias mecánicas, supercherías extravagantes y pasmosamente inexactas. El estudio regular evita esas tiranías. Estudiar no es acumular datos: es aprender a no ser engañado.
Whewell, «On the Philosophy of Discovery» (1860): «Los grandes descubrimientos no son fruto del azar ni de una iluminación súbita que visite a mentes ociosas. Son el resultado de una larga familiaridad con los hechos, de un ejercicio constante del pensamiento y de una disciplina intelectual que prepara al entendimiento para reconocer la verdad cuando se presenta. El estudio no garantiza el descubrimiento, pero sin estudio no hay descubrimiento posible».
Y Mill, en «Inaugural Address Delivered to the University of St Andrews» (1867) habla directamente del estudio, la universidad y la ciencia. Es uno de sus textos más importantes.
«El objeto de la educación no es hacer de los estudiantes meros instrumentos de una profesión, sino formar seres humanos capaces de juicio independiente. El estudio de la ciencia no vale solo por las verdades que enseña, sino por el hábito mental que inculca: exactitud en la observación, sobriedad en la inferencia y resistencia a la ilusión […] Una mente no entrenada puede creer firmemente sin comprender nada. El estudio riguroso es el antídoto contra la convicción vacía […] La mente que rehúye el esfuerzo intelectual se vuelve crédula. Allí donde no hay hábito de pensar con rigor, cualquier apariencia se acepta como explicación».
Y, por último, Gracián: «No basta tener entendimiento; es menester ejercitarlo. El saber no se hereda: se conquista. El que no cultiva su ingenio, lo pierde; y quien no adelanta, retrocede. Hay entendimientos que nacen capaces, pero mueren estériles por falta de estudio».