Burton 70

El problema con los burócratas y con el ciudadano común que participa en la violencia no es que sean monstruos sádicos, sino que son terroríficamente normales. Lo que caracteriza a esta forma de violencia cotidiana es la incapacidad para pensar, la renuncia a ponerse en el lugar del otro. Se ejerce el daño no por una maldad intrínseca, sino por mera rutina, por obediencia a las normas establecidas, por conveniencia o por dejarse llevar por la corriente de lo que la sociedad considera aceptable en un momento dado. Cuando la violencia se burocratiza o se atomiza en pequeñas tareas diarias, la responsabilidad se disuelve y el horror se vuelve banal. Las anteriores ideas están parafraseadas del excepcional tomo de Hannah Arendt: «Eichmann en Jerusalén».

El abandono de las humanidades en la educación deja a los ciudadanos desarmados éticamente, abriendo la puerta a una violencia cotidiana basada en la ignorancia y la falta de empatía. Advirtamos que la desaparición de las humanidades de los planes de estudio no es un mero cambio burocrático; es una catástrofe civilizatoria. Al privar a los jóvenes de la lectura de los clásicos, se les priva de la capacidad de descifrar el sufrimiento ajeno y de verbalizar el propio. Una sociedad sin cultura humanística es una sociedad abocada a una sutil forma de barbarie cotidiana: el lenguaje se empobrece, el pensamiento se vuelve gregario y la incapacidad para dialogar se transforma de inmediato en agresividad, en un desprecio sistemático hacia el otro que impregna las aulas, los trabajos y las calles. Una relación causa-efecto sutil, pero indudable.

Existe una violencia sorda vertida por el utilitarismo moderno que nos obliga a medir el valor de las personas solo por su rentabilidad inmediata. Esta mentalidad genera una convivencia hostil, donde el silencio y la reflexión son perseguidos como anomalías. La sociedad del ruido, de la prisa y del exhibicionismo digital ejerce una coacción diaria sobre el individuo, obligándolo a participar en un simulacro banal de felicidad y éxito. Quien no se somete a esa dinámica es castigado con la invisibilidad o el desdén, que son las formas de violencia más comunes y aceptadas de nuestro tiempo.

Asistimos al triunfo absoluto de la vulgaridad, que no es solo mal gusto, sino una forma de agresividad social. Hoy, la ordinariez, el insulto rápido y la chabacanería se exhiben como muestras de autenticidad. En las redes sociales y en la televisión se ha instalado una inquisición, un linchamiento digital donde las turbas bienpensantes destruyen al disidente. Hemos sustituido la cortesía, que era el gran dique de contención contra la barbarie y el respeto a la singularidad, por un gregarismo feroz que lincha al que es diferente, refinado o libre.

La violencia más peligrosa no empieza con un golpe, sino con la perversión de las palabras. Cuando el lenguaje se utiliza para falsear la realidad, para insultar, para crear bandos ideológicos irreconciliables o para deshumanizar al rival, se está inoculando un veneno en la mente colectiva. Esa crispación verbal, que vemos a diario en el parlamento y en los medios, desciende como una lluvia fina sobre los ciudadanos, destruyendo la posibilidad de una convivencia pacífica. Si nos acostumbramos a usar las palabras como piedras, terminaremos lapidando la democracia.

Acercando las palabras de Irene Vallejo a mis propias palabras, diría que el insulto y la descalificación rápida en el debate público actúan como un veneno sutil que acidifica nuestras relaciones más cercanas. Frente a esa violencia de trazo grueso, la lectura y la palabra cuidada no son un refugio elitista, sino un acto de resistencia civil. El lenguaje matizado nos devuelve la capacidad de entender la complejidad del otro, de frenar el prejuicio automático y de desactivar la hostilidad. Si dejamos que el ruido y la simplificación ganen la batalla diaria, destruiremos el tejido de la empatía, que es lo único que nos mantiene a salvo de la violencia.

La democracia no es solo votar cada cuatro años; es un ejercicio cotidiano de contención y cortesía. El día que empezamos a justificar las pequeñas faltas de respeto al prójimo bajo el pretexto del individualismo, legitimamos el derecho del más fuerte, es decir, nos adentramos plenamente en la barbarie, mundo del que no estamos demasiado alejado.

Burton 69

El artículo de Juanma Castaño es un ejemplo de manual de lo que podríamos llamar «periodismo de bufanda y micrófono»: textos que se escriben casi como se habla en una tertulia de radio nocturna, primando la inmediatez, el impacto emocional y la acumulación de frases hechas sobre el rigor lingüístico o la profundidad estilística.

Escribe el horrible «poner en valor» (un calco del francés «mettre en valeur» que ha invadido la política y el mundo corporativo) en vez de «valorar». Además el texto está plagado de lugares comunes que delatan pereza e ignorancia idiomática. Así ocurre con la metáfora bélico-médica: Uruguay es un «campo de minas», del que la selección sale «viva pero mutilada». Es un recurso facilón para dramatizar el deporte, elevando las lesiones a la categoría de tragedias de guerra. La sobadísima metáfora automovilística: «Los kilómetros y los accidentes han dañado este gran coche que conduce Luis de la Fuente». Comparar a un equipo con un coche y al entrenador con el chófer es un cliché desgastadísimo. Y frases hechas de tertulia: «pide a gritos» (Olmo), «el gran melón» (Rodri y Pedri), o «morir con ellos». Son expresiones que buscan la complicidad rápida del lector futbolero, pero que empobrecen la prosa escrita.

El escrito o pseudoescrito sufre de una alarmante falta de cohesión textual. Parece dictado en una nota de voz y transcrito a toda prisa. Miremos esta estructura: «El primero está KO, el segundo progresa esperando que cada partido sea una suma más de ritmo y competición hasta una hipotética última semana» ¡Vivan los anacolutos! O señalemos el uso confuso de los pronombres: «Yo tampoco les tocaría». Además del leísmo (aceptado si se refiere a hombres singulares, pero aquí habla en plural, «les», refiriéndose a Rodri y Pedri), la estructura «Zubimendi espera su turno, pero De la Fuente no tiene pinta de quebrar su confianza en los titulares. Yo tampoco les tocaría» confunde los antecedentes de a quién se está tocando o no.

Me provocó risa lo que podríamos llamar «el dilema del seleccionador». Acusa a De la Fuente de que «tampoco ha encontrado su once, ha virado buscando soluciones», pero inmediatamente después dice que el técnico «no tiene pinta de quebrar su confianza en los titulares» ¿En qué quedamos? ¿Da bandazos buscando soluciones o mantiene una confianza inquebrantable en sus vacas sagradas? Las dos premisas se anulan entre sí.

Para qué continuar. Casi todo es un despropósito. En definitiva, el estilo de Castaño es el no-estilo. Pertenece a esa escuela periodística que confunde la cercanía con el descuido. No hay un esfuerzo por buscar el adjetivo preciso, ni por construir una metáfora original, ni por dotar al texto de una cadencia elegante. Un cero patatero.

P.S. Castaño dice de Lamine Yamal que «progresa esperando que cada partido sea una suma más de ritmo y competición». ¿Qué significa «una suma más de ritmo»? Es pura palabrería hueca. El ritmo no se suma en saquitos; se coge, se pierde o se gestiona. Pero suena técnico, suena a «argot de vestuario», y con eso tira millas ¡Viva el lenguaje de «cuñao»! La puntuación es catastrófica. Las frases cortas y descabaladas («Olvidemos la Eurocopa», «Lejísimos», «Para empezar, porque…») no responden a una búsqueda de suspense o de impacto poético, sino a la incapacidad de sostener un argumento complejo a lo largo de una frase subordinada de más de quince palabras ¡Un «cero patatero» con todas las letras y en negrita!

Burton 68

El texto está muy bien escrito, enhorabuena. Permítanme algunas discrepancias. El texto afirma categóricamente que si hoy se puede «pasar página» es «precisamente, porque se aplican las medidas de descompresión que ha puesto en marcha estos años el Gobierno español». Esto ignora de forma deliberada otras causas: el desgaste electoral del propio independentismo, su división interna extrema, la fatiga social en Cataluña tras una década de parálisis, o el propio suelo constitucional y judicial que frenó el procés. Atribuir el escenario actual únicamente a los indultos y la amnistía es un sesgo que simplifica y no dice, ni mucho menos, toda la verdad.

En el primer párrafo señala que el PP busca «ampliar el foco de sus posibles acuerdos de futuro» con fuerzas del centro del tablero. Sin embargo, en el último párrafo concluye que esto entra en contradicción con «su propósito de gobernar en España junto a un partido ultranacionalista español como es Vox». Si la premisa inicial es que Feijóo busca sustituir o ampliar apoyos para no depender de Vox (centralidad), asumir al final que su propósito invariable sigue siendo gobernar con Vox rompe la lógica de la evolución política que el propio artículo describe. Aquí veo una contradicción lógica.

Por otra parte, «el pasar página» de Illa y Feijóo significan cosas distintas, no son semánticamente equivalentes.

A mi juicio, y de muchos otros, ese «pasar página» se ha conseguido a costa de debilitar al Estado de derecho, desarmar penalmente a la democracia (eliminación de la sedición) y trasladar la idea de que la ley es negociable según las necesidades de investidura del presidente de turno. No es «pasar página», es impunidad a cambio de votos. Este es mi punto de vista. El «pasar página» no salió gratis.

Yo, como votante (tapándome la nariz) del PP ¿cómo veo un posible pacto con Junts? Con Junts tengo la misma visión respecto a la vivienda, la empresa, los impuestos etc…, en fin, acuerdo con su visión económica. Me separa mucho de ellos su maniática obsesión identitaria. Si en esto bajaran el souflé, no me parecerían mal los acuerdos.

Burton 67

Una democracia no morbosa exige instituciones independientes (Fiscalía, Tribunal Constitucional, Poder Judicial) con poder real para frenar, investigar y sancionar los excesos del Ejecutivo y el Legislativo mientras gobiernan. Sin esto, el poder se fragmenta en mafias o liderazgos tiránicos. Cuando un Congreso puede cambiar la ley de amnistía o someter al sistema judicial a su antojo, la democracia muta en autocracia electiva (idea ampliamente razonada por el gran jurista Luigi Ferrajoli)

Steven Levitsky y Daniel Ziblatt (en su terriblemente recomendable ensayo «Cómo mueren las democracias») señalan que las leyes escritas no bastan; se necesitan lo que llaman «normas no escritas», a saber, la tolerancia mutua (aceptar que el rival político es un competidor legítimo, no un traidor o un criminal) y la contención institucional, es decir, no usar el poder al límite de lo legal para destruir al oponente.

Pobre Perú jodido. Cuando la derecha adopta el formato populista o autoritario (el fujimorismo radicalizado, Bolsonaro o la extrema derecha violenta), dinamita las instituciones en nombre del orden, usando el miedo como combustible. Por ello, la estabilidad de una nación depende, a mi juicio, de la existencia de una derecha liberal y democrática.

Una enorme inteligencia como Vargas Llosa escribió: «El populismo es la enfermedad infantil de la democracia, una tentación permanente que apela a los instintos más bajos del ser humano: el nacionalismo, el racismo, el miedo al otro, la simplificación de problemas complejos mediante respuestas mágicas. La derecha populista o autoritaria promete orden a cambio de libertad, pero lo que produce es corrupción y tiranía institucional. El verdadero liberalismo, la derecha democrática, no busca caudillos providenciales; busca leyes justas, instituciones neutrales y ciudadanos responsables. Sin una opción de centroderecha que respete las formas democráticas, la política se convierte en una guerra de trincheras donde la primera víctima es la verdad». Palabras no sé si más proféticas o sabias.

Una democracia deja de estar enferma cuando la política se muda del estómago a la cabeza. El triunfo de opciones de derecha que no exploten el trauma, que no persigan periodistas y que respeten la autonomía de los jueces es indispensable para que los sectores populares dejen de votar por miedo al caos, y empiecen a votar por la certeza de la ley (en principio, y acaso deba pensarlo más, ésta es mi conclusión)

P.S. Emocionante y muy bien razonado artículo. Le envío al autor un abrazo muy afectuoso. Desearía como coda citar unas palabras de Aron, que son al caso: «El político razonable sabe que las sociedades son complejas y que ninguna fórmula ideológica puede resolver de un plumazo la imperfección humana. Las derechas autoritarias pretenden congelar la historia mediante la fuerza, mientras que los populismos movilizan el resentimiento. Lo que una democracia necesita son partidos capaces de transigir, de aceptar que el adversario político no es un enemigo absoluto al que hay que exterminar, sino un compatriota con el que se debe cohabitar. La cordura constitucional exige renunciar a la violencia verbal y al uso punitivo del Estado para saldar cuentas políticas». Tiempos oscuros.

Burton 66

Veamos el artículo 102 de la Constitución Española (sus puntos clave):

1. La responsabilidad criminal del Presidente y los demás miembros del Gobierno será exigible, en su caso, ante la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo.

2. Si la acusación fuere por traición o por cualquier delito contra la seguridad del Estado en el ejercicio de sus funciones, solo podrá ser planteada por iniciativa de la cuarta parte de los miembros del Congreso, y con la aprobación de la mayoría absoluta del mismo.

Sánchez Cuenca argumenta que equiparar la no presentación de presupuestos con la «traición» o un «delito contra la seguridad del Estado» (utilizando la analogía del «impeachment» americano) es un salto en el vacío jurídico motivado por la crispación política, más que por una base legal sólida.

Tras bastante reflexión, debo decir que sustantivamente estoy de acuerdo con el autor del artículo. Me gustaría razonarlo. Parece claro suponer que la omisión política no es un delito: ni la parálisis parlamentaria, ni la prórroga presupuestaria, ni la incapacidad de fraguar mayorías para unas cuentas públicas están tipificadas en el Código Penal español. También me parece obvio que en el ordenamiento jurídico español, la «alta traición» o los delitos contra la seguridad del Estado implican actos tasados de extrema gravedad (por ejemplo colaboración con potencias extranjeras contra la soberanía nacional, rebelión, etc.) Equiparar la debilidad parlamentaria o el cálculo político a estos delitos desnaturaliza, a mi juicio, por completo el código punitivo.

Si el Tribunal Supremo tuviera que dirimir si la falta de presupuestos constituye un delito, la Sala de lo Penal se convertiría en el árbitro de la supervivencia de los gobiernos, usurpando el papel de las Cortes Generales y de los ciudadanos en las urnas.

Debemos apaciguarnos y ser más templados. Todo llegará.

Burton 65

Aberraciones como rechazar las matemáticas por considerarlas «racistas» o cuestionar la medicina basada en la evidencia, la modificación gramatical sistemática (el uso de la «e» o la «x»: todes, nosotres, niñxs), la censura de discursos, libros, películas o conferenciantes que puedan resultar «ofensivos», enseñar a la gente a buscar ofensas ocultas en interacciones cotidianas e inocentes, o argumentar que el esfuerzo y el talento individual son mitos diseñados para mantener el statu quo… éstas y otras mamarrachadas definen a la izquierda posmoderna.

El posmodernismo es un invento de intelectuales parisinos que no tienen nada útil que decir, pero quieren proteger su estatus académico con un lenguaje deliberadamente oscuro e incomprensible. Cuando observas lo que realmente proponen, te das cuenta de que rechazan la ciencia, la racionalidad y la Ilustración. Históricamente, la ciencia y el pensamiento racional han sido las herramientas más poderosas de los oprimidos para desenmascarar las mentiras de los poderosos. Decirle a la gente pobre o marginada que la verdad científica es solo un ‘invento eurocéntrico’ es condenarlos a la ignorancia y asegurar que sigan sometidos, razona un activista de izquierdas como Chomsky.

La cultura woke ha creado una nueva religión laica, pero con una diferencia crucial: es una religión que no ofrece el perdón. Si cometiste un error hace diez años, si usaste una palabra que hoy es tabú, eres cancelado permanentemente. Se ha santificado el victimismo; la víctima ya no es alguien que ha sufrido un daño y busca justicia, sino alguien que adquiere una autoridad moral incuestionable por el simple hecho de serlo. Esta dinámica pervierte la justicia, premia el resentimiento y castiga la excelencia en favor de la conformidad ideológica. Tiempos oscuros. Ideología vaporosa e imbécil.

Burton 64

La velocidad con la que hoy se vive y se exige producir (un turbocapitalismo cruel) ha destruido el concepto clásico del «otium» (el ocio creador) y ha corrompido en gran medida la Universidad. Hoy los estudiantes ya no leen: escanean, leen en diagonal, surfean, picotean el texto en pizzicatos. Buscan el rendimiento inmediato, el dato rápido en la pantalla, la digestión intelectual instantánea. Pero el conocimiento verdadero y la maduración del espíritu son, por definición, y necesariamente, procesos muy lentos, no pocas veces penosos; la contemplación requiere un tiempo demorado. Al acelerar la educación y someterla a las leyes de la velocidad supersónica del mercado, no estamos formando ciudadanos más sabios, sino semi-analfabetos altamente tecnificados. Hemos olvidado que para entender y analizar un gran poema o una gran idea hace falta una cantidad enorme de tiempo.

Frente a esta masa gregaria que devora el instante corriendo hacia ninguna parte, es necesario reivindicar el derecho a la lentitud, que es -piénsese bien- el derecho, el mismo magno derecho al placer y a la belleza. El verdadero aristócrata del espíritu es hoy quien se atreve a ir despacio: el que saborea una conversación sin mirar el reloj, el que pasea por el mero gusto de mirar, el que convierte la vida en un arte lentamente «aggiornato». La velocidad democratizó el transporte, pero vulgarizó la existencia. Hemos sustituido la intensidad de la experiencia por la acumulación de la prisa.

La prisa de nuestra época actúa como una lija que borra el relieve del pasado y de la memoria. Vivimos en la tiranía del presente absoluto, donde lo que ocurrió ayer ya es viejo y lo que pasará mañana ya nos aburre. Frente a este vértigo iconoclasta, defender la lentitud es un acto de resistencia cultural y política. El arte, la poesía y la historia exigen una mirada demorada, una atención sostenida que se niegue a ser devorada por el consumo rápido. Ir despacio nos permite percibir las grietas del mundo, dialogar con los muertos a través de sus textos y construir una identidad que no sea un producto de usar y tirar. La prisa deshumaniza porque nos quita la perspectiva del tiempo histórico.

Vivimos bajo la superstición de la novedad y la urgencia. Todo ha de ser inmediato, evaluable, rápido. En mi oficio, la escritura, si vas deprisa, yerras; si buscas el atajo, destruyes el texto. Y sospecho que con la vida ocurre exactamente lo mismo. Esta manía moderna de querer opinar de todo al segundo, de publicar sin madurar, de viajar sin enterarse, solo produce ruido. El rigor, el verdadero rigor intelectual y vital, requiere una lentitud meticulosa, un respeto casi sagrado por los plazos naturales de las cosas. Quien corre demasiado por la vida llega antes a la meta, sí, pero llega con las manos vacías y los ojos ciegos.

La lentitud no es inacción; es la máxima concentración del ser, la única forma de habitar el tiempo en lugar de ser arrastrado por él.

Burton 63

En Europa, el espacio liberal y la figura del partido bisagra («kingmaker») no solo existen, sino que han gobernado durante décadas haciendo exactamente lo contrario que hizo Ciudadanos: oscilar con pragmatismo a izquierda y derecha.

El Partido Democrático Libre (FDP) es el espejo en el que Ciudadanos debió mirarse. En el sistema político alemán, históricamente dominado por los democristianos (CDU) y los socialdemócratas (SPD), el FDP (de corte liberal en lo económico y civil) ha sido el pivote del poder. No tienen complejos ideológicos para mirar a ambos lados. Han gobernado en coalición con la derecha de la CDU (con Helmut Kohl) y también con la izquierda del SPD (con Willy Brandt o, más recientemente, en la coalición «Semáforo» de Olaf Scholz) Saben que su valor no es el volumen de votos (suelen moverse entre el 5% y el 11%), sino su posición estratégica. Su programa es su ancla: si gobiernan con la izquierda, frenan las subidas de impuestos; si gobiernan con la derecha, empujan las libertades civiles. Son perfecto pragmatismo puro.

También tenemos NEOS en Austria. Austria ha estado dominada tradicionalmente por el bipartidismo del SPÖ (socialdemócratas) y el ÖVP (conservadores). NEOS surgió hace una década con un espíritu muy similar al primer Ciudadanos: regeneración, transparencia, europeísmo y liberalismo reformista.

El sistema británico es mayoritario y castiga con crueldad a los terceros partidos. Aun así, los Lib Dems representan ese centro moderado que describe Camacho: europeístas, social-liberales y equidistantes del laborismo (izquierda) y el conservadurismo (derecha)

Rivera quiso ser Richelieu o Fouché en ambición, pero careció de su fría paciencia para manejar los tiempos del Estado.

P.S. Desearía expresar mi admiración por el Sr. Camacho. Escribe con elegancia (como Revel o Aron) y argumenta con la precisión de un reloj lógico (como el recientemente fallecido Mosterín) Es un placer leer sus análisis, siempre inteligentes y ponderados. Enhorabuena.

Burton 62

El «menudillo» de la política —esa cocina mundana donde los principios se diluyen en favor del pragmatismo, el cálculo de poder y la pura supervivencia- son comunes en el PP y el PSOE. Desde un punto de vista lógico, «dos errores no hacen hacen un acierto», es decir, tan mal está que pacten con abertzales la derecha o la izquierda, y que unos pacten con ellos no hace bueno el pacto después de los otros, y, desde un punto de vista ético, tan mal está la generalizada corrupción pasada de unos como la actual corrupción generalizada de otros.

En los sistemas de pluralismo polarizado, la necesidad de formar mayorías de gobierno conduce a lo que podemos denominar ‘coaliciones amorfas’ o de mera conveniencia. En este escenario, el programa político deja de ser un compromiso o pacto con el electorado para convertirse en regateo y cambalache. El ciudadano vota por un ideal, pero el político negocia a partir de la más descarada utilidad. Las contradicciones inevitables no se ven como traiciones, sino como el peaje necesario del extremo pragmatismo parlamentario; sin embargo, para el cuerpo electoral, el resultado es la percepción de una política vacía de principios, donde el fin del acceso al poder justifica la flexibilidad de los medios.

El PP antaño se coaligó estratégicamente con CIU, Sánchez «ni en sueños» pactaría con Podemos. La política, a mi juicio, y no debemos ser ingenuos, fractura la moral común. La gran paradoja de la democracia moderna es que nació para ser el gobierno del poder público en público, pero sobrevive gracias a pactos secretos, acuerdos de pasillo y concesiones mutuas que horrorizarían a los electores si se expusieran a la luz del día sin anestesia (y propaganda torcida) retórica.

Es la «realpolitik», en la que caen indistintamente PP y PSOE, y, creo, no debemos encastillarnos en defender una facción como ideal platónico de pureza frente a la otra como impura y sustancialmente «maligna». Recuerdo algo que dijo Richelieu: «Quien gobierna está obligado a ser como el timonel: debe cambiar las velas según sople el viento, y pactar incluso con los enemigos de la fe si con ello asegura la supervivencia del reino. Las contradicciones en política no son debilidades; son la flexibilidad necesaria que exige la conservación del poder frente a la mudanza constante de los tiempos». Y ese genio tenebroso llamado Fouché expresó una idea muy similar: «En política no existe la traición, solo existe el tiempo. Los hombres que se encadenan ciegamente a un programa o a un partido demuestran una peligrosa estrechez de miras; los programas políticos son para el pueblo, las realidades del poder son para quienes saben manejarlas».

Burton 61

Desde muy joven tuve ideales iluministas o ilustrados (la promesa de una ciudadanía emancipada y crítica) Creía en la mayoría de edad racional (Kant), en el «Sapere aude». Con el pasar del tiempo se fue quebrando esa quimera. Una democracia es buena en tanto en cuanto se maximice la calidad intelectual en la cabeza de cada votante o demócrata. Y aquí resta, a mi juicio, mucho camino por hacer. Me abochornan demasiados argumentos o pseudoargumentos políticos de parroquianos en la taberna, me apena el nivel estético y cognitivo de la deliberación pública. Hooligans broncos (en la diestra y la siniestra) ayunos de finezza y mostrando una flagrante ignorancia. La neurociencia y la psicología social nos enseñan que el cerebro humano prefiere la certeza identitaria (pertenecer al grupo, ganar el partido político) antes que el esfuerzo analítico que exige la verdad. Pensar cansa; indignarse en manada reconforta. Pende sobre la democracia la amenaza de la imbecilidad. Viene muy bien recordarlo gracias a su magnífico artículo.

P.S. Desearía como coda unas palabras de Hannah Arendt en «Entre el pasado y el futuro»: «La libertad de opinión es una farsa a menos que se garantice la información objetiva y que no estén en discusión los hechos mismos. En otras palabras, la verdad de hecho proporciona el suelo sobre el que se levanta el pensamiento político. […] Cuando la comunidad política se ve inundada de mentiras, de propaganda y de argumentos que apelan únicamente a las pasiones más bajas del grupo, el espacio público se corrompe. La deliberación ya no busca la persuasión a través de la razón, sino la dominación a través del ruido». Huyamos del asordamiento por el barullo o el estrépito, e intentemos pensar o razonar por nosotros mismos lo mejor posible.