Burton 143

Si analizamos los datos electorales y demoscópicos, la premisa de Garrocho es muy discutible. Tras el 23-J, el PP ha ganado sucesivas elecciones y se ha mantenido en una posición destacada en la mayoría de las encuestas. Por tanto, el articulista razona a partir de arbitrarias sensaciones políticas y de un indemostrable «clima de opinión», no sobre una base empírica contrastada. Además, ¿qué significa que «un país o una organización opera de forma inconsciente»? Atribuir el inconsciente a una organización de miles de personas es un puro sinsentido lingüístico, mero flatus vocis. El autor usa una pantalla terminológica psicológica para dramatizar la política; convierte una disputa de escaños en una tragedia griega de personajes atormentados por su pasado. Es un planteamiento interesante en lo literario, pero que recae en conceptos vacíos: un discurrir semidelirante.

Pero no tengo ganas de pensar. Arde julio. El poniente sopla del monte, encendido y seco como el resuello de un horno de cal. El sol cae a plomo, rompiéndose en reflejos de azufre sobre los herrajes y los vidrios de los balcones cerrados. Un cielo ciego de luz; un cielo de un azul tan calcinado que toca en la blancura. También se achicharra España políticamente.

Burton 142

La filosofía francesa del siglo XX indica su castigo providencial, su regicidio espiritual, su delirio del terror. Ha pretendido sustituir la sabiduría de los siglos por las opiniones volubles de unos pocos pedantes. Una anarquía desarraigada, hermética y oscura. Una nación de tenderos y burócratas que confunden la grandeza con la riqueza y la libertad con el parloteo de la prensa. Los franceses exportan la vanidad, la moda efímera y el relativismo que hiela el corazón. «Su ingenio es ligero y su hablar vano, siempre atentos a la apariencia y al traje, descuidando la solidez de las virtudes y la gravedad del ánimo», Quevedo.

Filósofos que toman palabras como «hiperrealidad», «antropoceno», «transhumanismo» o «ciberontología», y las mezclan en una prosa densa que simula una profunda comprensión de la evolución técnica y científica del hombre (como denunció Sokal) Pero ya no son capaces de seguir el ritmo del avance matemático y científico, y se inventan un dialecto propio en el que pueden discutir infinitamente sin el peligro de ser refutados por un experimento, o por la mera incomprensión del interlocutor. Es una inflación de conceptos vacíos.

Un país confuso que sustituye la sintaxis por las onomatopeyas.

Burton 141

Benjamín Prado publica sus memorias, ughs. Gacetillero con pinta de Quasimodo, pelmazo, redactor de crónicas rockeras: un choclo crudo e indigesto. “Todo es tan gris e incómodo que al final parece que sufre constantes malestares de vejiga, como le pasa a la gente mayor cuando duerme”, comentó Nabokov sobre Beckett. Perfectamente aplicable a Prado, el de la prosa rapada.

La «Historia calamitatum» es el acta de nacimiento del intelectual en Occidente. Abelardo posee una grandiosa autoconciencia; se sabe superior a su tiempo y no hace nada por disimularlo. Todos sabemos a Benja muy inferior a su tiempo. Cellini se describe a sí mismo como un genio inmune a las leyes de los hombres comunes: escultor, músico, tirador de primera, soldado y asesino. Su narración de la fundición del Perseo en Florencia, luchando contra la fiebre, el fuego y la falta de metal, es uno de los pasajes más épicos de la literatura universal. Insuflar vida al bronce y al oro. Nuestro memorialista sabe insuflar palabras solo a las mentes precarias.

Leamos «Monodia» (o Recuerdos de mi vida), de Guibert de Nogent, el «Libro de la vida y costumbres de Pero Niño», de Gutierre Díez de Games, o el «Diario» (Efemérides) de Luca Landucci. Evitemos los libros malos. Los libros malos son perjudiciales: primero, porque se lee una cantidad ingente de ellos y se desperdicia un tiempo precioso que debería dedicarse a las obras maestras; y también porque el hábito de la mediocridad embota tanto el discernimiento como el gusto. Los lectores de Prado son seres blandos, perezosos, incapaces de comprender una verdad trágica o una «beauté difficile» . Yo hace siglos que no lo leo.

Burton 140

Esa gargantilla hecha con la crin de caballo de arcos de violín rotos es una genialidad prácticamente mística. El mismo material que durante años frotó las cuerdas para producir un sonido efímero en el Conservatori del Liceu, se solidifica ahora en una joya de pasarela.

Yo pasaría meses enteros clasificando, nombrando, describiendo y contemplando las gemas de Oriente: el crisopraso, verde como la savia de un árbol joven; el granate, con su color de vino tinto espeso; y la alejandrita, que muta del verde del mar bajo el sol al rojo purpúreo de las antorchas en la noche.

La buena vida es un olivino de tintes dorados. La felicidad cabe entera en el topacio de ámbar encendido y en los diamantes amarillos. El Bien, la Verdad y la Belleza se estremecen ante el rubí de Birmania o el zafiro de Cachemira

El arte perdura en la penumbra de la caja donde mamá guardaba sus joyas.

P.S.: Un enorme abrazo, Alba.

Burton 139

Corría mediados de los ochenta. Casi cada día mi familia y yo íbamos al «restaurant» «Le gens que j´aime»: hilo de Venecia, plata, cristal y luz. Mantel de lino de Flandes blanco, planchado a pulso directamente sobre el tablero para evitar cualquier arruga, bajoplato de porcelana. En el gran comedor, que el sol de la tarde inundaba aún con un oro decadente, las mesas ya estaban dispuestas, cubiertas de manteles de un blanco tan rígido que parecían esculpidos en mármol blanco. En el centro, un arreglo bajo de orquídeas y ramas de eucalipto perfumaba el aire. Los cubiertos de plata, pulidos hasta el extremo, reflejaban la luz parpadeante de las velas de cera. Y muchas flores.

Fui un niño rico. Apenas puedo separar la noción de mi propia infancia de la noción de una opulencia perfectamente natural y, por tanto, invisible para mí en aquel entonces. El dinero lo teníamos quienes debíamos tenerlo, y el aire olía a helado apasionado de nube. Mi madre me acariciaba el cabello con manos suaves, y mi padre, siempre elegante, hablaba con voz grave y cuajada de razones. Las estanterías de nogal de la enorme biblioteca, los libros encuadernados en cuero. Todo me parecía -y parece- de una delicadeza infinita. Las tardes oliendo a madera encerada. Y la voz de mamá que me “agombolava” solo con oírla.

Lo recuerdo todo con intensa claridad de símbolo: nuestra gente era aún ordenada, educada y sólida, sobrepujaba el pensamiento augusto, fluía magnánimo el gesto. Sentir esa intemporal existencia de ser propietario.

Burton 138

En «Remembrances of Things LSD: The Sourcebook», de Betty Eisner, así como en «D-Lysergic Acid Diethylamide in the Treatment of Schizophrenic Children», de Lauretta Bender, se propone curar e integrar a los esquizofrénicos mediante LSD.

Las palabras se disuelven en la sopa de la tarde. El enfermo no habla, es hablado por una máquina de escribir oxidada que tartamudea en el sótano. ‘Compre un Haydn flexible’, dice el lóbulo frontal izquierdo. La habitación está llena de luz líquida y los ojos de los pacientes se vuelven del revés.

Al gran consejero Sr. Sanz de las geometrías de humo:

Los caballos eléctricos han firmado el tratado de la sal. No hay más carne en el alfabeto del pan. Exijo que se me devuelva la clavícula izquierda que los radiadores me robaron el martes de ceniza mediante el método del agua estancada. Las chimeneas respiran al revés y el coronel de las cucharas ha ordenado el arresto de los geranios.

A veces la mente es una odisea: una mariposa mordida por una dentadura postiza.

Burton 137

Hoy gozo de un día magenta, italiano y musical. No me apetece el escalpelo ni usar mi parco cerebro en su modo analítico, desmontando brazaletes, coronas, muelles o rotores como un relojero. El arte, ciertamente, es como dar cuerda a un antiguo y delicado reloj dorado.

Recuerdo los pliegues de las telas como una carnadura en «La Virgen de los Consejeros», de Lluís Dalmau, o el «San Hugo en el refectorio de los Cartujos»: los negros aterciopelados, profundos pero nunca absolutos; los ocres y tierras apagadas, como madera encerada; los rojos contenidos. Colores, se diría, recién salidos de las «Musikalische Exequien». Nada tienen que envidiar —antes al contrario— a otras piezas del arte mundial.

Aplicar las tesis de Pascale Casanova en «La República mundial de las letras» al mercado y a la historia del arte es un ejercicio no solo viable, sino sumamente revelador. Artur Ramon propone que los artistas españoles dialoguen con extranjeros en el Museo de Orsay y no en el Reina Sofía. Esto es puro Casanova: para que un artista español rompa la barrera de la periferia, debe ser exhibido en los templos del “centro” legitimador. Esos centros, meridianos nodales y radiantes, son los que visibilizan el arte internacional. Madrid no está en el eje de esa trama.

Estoy totalmente de acuerdo con la tesis del articulista: el arte español ha quedado reducido con frecuencia a una anomalía exótica, una hermosa rareza de frontera, en lugar de ocupar el lugar que le corresponde como uno de los pilares de la tradición europea.

Burton 136

Las manos de mi madre, que en su juventud habían sostenido abanicos y anillos con una gracia ligera, se habían convertido en un laberinto de nudos calcáreos, una cordillera de articulaciones ajadas sobresaliendo en una epidermis descolorida, desprovista de savia viva, transparentes como papel de fumar.

Manos que besé en su agonía con la mayor ternura que se puede demostrar en este mundo, manos deformes gastadas por la artrosis, mates y pálidas; las ruinas hermosas del ser a quien más amé en esta vida, y más allá.

Burton 135

Taylor Swift». «Ta-y-lor». La punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Ta. Y. Lor. «T», hato compacto de cuarzo o de calcedonia; «y-lor», bloque casi carmesí, con el azulino de la «l», de joya de condesa de Flavigny, y la «o» con textura de trapo de tafetán verdoso al ser rasgado (todo del color del lodo dorado en los canales al atardecer); «w», chispa ovalada de azul de Patinir; «i», gomosa caoba; «f», el casteñeteo blanco; «t», bosquetes de la ripisilva, rasgeo de hipo naranja y fotovoltaico.

Burton 134

Llegó julio con un cielo blanco de calor, un cielo que parece de piedra caliza calcinada. Columnatas de luz patentes contra el cielo y su resplandor límpido. Una luz de hangar encendido y campos amarillos. La tierra se abre en costras sedientas y los pinos, quietos, fijos bajo el resplandor vertical del mediodía, perdiendo su verde ceniza, se quedan de metal fundido. Las chicharras, ocultas en la costra de los troncos, aserran el silencio del campo con un zumbido rabioso. Miro arder todas las tardes las copas de los álamos, el perfil de los montes, cada piedra minúscula, enjoyada del río, del dios río que llena de frutos nuestros pechos. Aquí, en estas riberas, donde atisbo el verano.