Burton 21

Cuando un hombre muere, su biblioteca se dispersa. Es una ley melancólica. Los hijos venden lo que no entienden, los libreros compran por lotes, los amigos rescatan algunos ejemplares dedicados. Aquella colección que parecía un organismo vivo se convierte en centenares de volúmenes separados. Sin embargo, esa dispersión no es una muerte completa. Cada libro conserva la huella de quien lo leyó y lleva consigo una parte invisible de la vida de su antiguo dueño. Mi biblioteca no es una suma de libros, sino una autobiografía. Cada volumen recuerda una ciudad, una conversación, una esperanza, una época de mi vida. Quien contemple esos estantes después de mi muerte verá solo papel y cartón; yo veo años enteros convertidos en objetos. Perder una biblioteca es como perder una memoria.

«Jean-Claude Carrière: ¿Qué será de nuestros libros cuando hayamos muerto? Esa es la gran pregunta que se hacen todos los coleccionistas. A menudo los hijos no tienen los mismos gustos, la casa se vende, los libros estorban. Terminan en cajas de cartón en un sótano o vendidos por cuatro perras a un librero de viejo que los revenderá por separado. Hay algo trágico en la dispersión de una biblioteca que ha tardado una vida entera en formarse.

Umberto Eco: Es cierto. Una biblioteca no es solo una suma de libros, es un organismo vivo, una autobiografía intelectual. Verla desmantelada es como ver fragmentada la mente de quien la creó. Yo siempre digo que mis libros no me pertenecen; yo les pertenezco a ellos temporalmente. El día que yo no esté, volverán a la selva del mundo, a buscar nuevos dueños a quienes contagiar sus virus».

Toda una vida buscando ediciones raras, cuidando los lomos, ordenándolos por afinidades secretas que solo yo comprendo ¿Y luego qué? Vendrá un tasador, los mirará con indiferencia, los pesará casi como si fueran carne en el matadero, y los venderá en lotes. Las anotaciones que puse en los márgenes, mis rabias y mis entusiasmos impresos a lápiz, serán vistos como manchas o como curiosidades sin valor. Morir es también aceptar que tu mente, materializada en tus estanterías, va a ser subastada al mejor postor. El papel es más fuerte que la carne. Mi biblioteca es el testimonio de que no pasé por la tierra como un animal ciego; estudié, sufrí, busqué la belleza. Que mis libros se dispersen si es necesario; cada uno de ellos es un trozo de mi libertad que devuelvo al mundo.

¿QUÉ SERÁ DE ELLOS?

(A José María Álvarez, maestro de lecturas)

El sol, alejándose de los ventanales
va sumiendo la biblioteca en una penumbra grata, piadosa.
Contemplas los lomos de los libros que te han acompañado,
que te han convertido en lo que eres.
Hospitalarias letras doradas.
Continúas la lectura, otra vez más,
de la “Vida de Samuel Johnson”, y tus ojos
miran fijamente “La Comedia” de Dante,
lo tomas entre las manos, te emocionas,
tipografía gótica redonda, texto a dos columnas,
40 líneas por plana, espacios para iniciales rubricadas;
algunas iniciales en rojo y azul añadidas a mano.
Sin foliación impresa. Encuadernación
en pergamino flexible posterior.
Tocas algo sagrado, tus dedos
pasan las páginas con temor y asombro.
Vuelve a tu memoria aquella mañana en París,
olor a papel antiguo, ese instante exacto
cuando compraste la “Histoire de la Révolution française”,
y lo feliz que fuiste después leyéndola.
Caminar sin rumbo por el Sena.
En el fondo no saliste nunca de tu biblioteca,
del resplandor de oro y sangre de Stendhal,
la seda de ámbar de Horacio,
el mármol veteado de carne joven de Kavafis,
la verja historiada de misterios de soledad de Proust,
Flaubert, tu amistad con Montaigne,
Hayek igual a un manantial de luz al sur,
Hume como rocío tenaz del cielo,
el matrimonio Kneale y su prosa
de ojos con ungüentos de hadas,
la lucidez de láudano y cipreses de Baudelaire…
Ellos te hicieron y tú los custodiaste.
Todos, mirándome y conmigo. Cuando yo no esté,
¿Qué será de ellos? ¿Dónde irán?
¿Cedérselos a la diócesis de Orense?
¿A alguna biblioteca universitaria?
¿A mi hermana? Despedazarán y dispersarán la biblioteca.
¿Legarlos? ¿Venderlos? ¿Pero, a quién?
Los miro con amor y tristeza. Pronto nos separaremos.
Ya es de noche. Se oye el golpear
de herraduras de lejanos caballos rojos. Se cierne sobre
mi biblioteca una fatal y última penumbra.

Burton 20

El acto de «hojear» («feuilleter», en francés, o «browsing», en inglés) es una de las mayores delicias de la experiencia lectora. No es leer en el sentido estricto; es una exploración táctil, visual y olfativa, un vagabundeo caminante del ojo y de la mano que se entrega al azar, al seguro azar.

Hojear un libro es un arte que los lectores excesivamente serios desprecian injustamente. Consideran que es una pérdida de tiempo, cuando en realidad es un saboreo como de carne tierna de liebre. Al hojear, el espíritu mantiene su soberanía plenipotenciaria; no se somete a la dictadura ni a la tiranía del autor. Saltamos de la página veinte a la ciento cincuenta, nos detenemos en un adjetivo, contemplamos el blanco de los márgenes, admiramos la arquitectura de un párrafo. Hojear es dialogar con el libro en igualdad de condiciones, tentando el terreno, disfrutando del peso del volumen en la mano y de la música que hacen las hojas al rozarse entre sí. Es el aperitivo del espíritu «joguener».

Hay una impaciencia en ese primer contacto. El pulgar desliza las páginas con rapidez, provocando una ráfaga de aire que trae consigo el olor a tinta, a papel o a tiempo (solo somos un río de tiempo) acumulado. Es un instante de pura promesa. En esos pocos segundos en los que el libro desfila ante nuestros ojos como un cinematógrafo de papel, todo es posible. Vemos una palabra en cursiva, el inicio de un capítulo, un diálogo interrumpido… y la imaginación vuela, construyendo el libro antes de haberlo leído. Hojear es el placer de la anticipación en su estado más verosímil.

El verdadero amante de los libros necesita el crujido del papel, el peso del tomo equilibrado en la palma de la mano y, por encima de todo, la felicidad, la inmensa felicidad de hojear, de demorarse en el hojeo. Escuche el sonido que hace un buen libro cuando pasas las hojas rápidamente bajo los dedos: es un susurro, una música que te dice que el libro está vivo y dispuesto a entregarte sus secretos. Hojear es como asomarse a las ventanas de una casa extraña mientras caminas por la calle al atardecer.

«La lectura más placentera no es la que se realiza de manera continua y sumisa. Existe un placer de la deriva, que se produce cuando hojeamos, cuando saltamos páginas, cuando leemos a saltos y a tirones. Al hojear, el lector corta el hilo del discurso, crea lagunas, inventa su propio ritmo. Es una lectura desinhibida que busca las zonas de intensidad del texto. Deslizar los dedos por las páginas, detenerse en una línea porque nos atrae su tipografía o su sonoridad, y luego continuar el viaje hacia adelante o hacia atrás, es un acto hedonista. Hojear desmitifica el libro como monumento sagrado y lo convierte en un espacio de juego y de placer físico», Roland Barthes, «El placer del texto».

Burton 19

En su célebre obra «Elogio del libro» (así como en sus numerosos ensayos sobre biblioteconomía y amor a la lectura), el erudito español José Antonio Pérez-Rioja defiende la fisonomía del libro y el respeto que merece el volumen que ha envejecido prestando servicios a la cultura, a la humanidad: «El libro no es solo un depósito inerte de palabras, sino un organismo vivo que respira el aire de la época que lo vio nacer y de las épocas que ha logrado atravesar. El libro usado, aquel que muestra en sus páginas el rastro del tiempo y el sobamiento noble de unos dedos estudiosos, posee una dignidad de la que carece por completo el libro recién salido de las prensas. Un libro que ha envejecido con dignidad, que conserva su encuadernación original aunque esté fatigada, nos habla con dos voces distintas: la del autor que vertió en él su pensamiento y la del tiempo que lo ha consagrado. Quien maltrata un libro viejo o lo condena al rincón del olvido comete un acto de ingratitud hacia nuestra propia memoria colectiva, porque en esas páginas amarillentas late el pulso de las generaciones que nos precedieron».

En clásicos de la bibliofilia como «The Amenities of Book-Collecting and Kindred Affections» (1918), Edward Newton dejó fragmentos extraordinarios sobre el placer inigualable de adquirir libros con historia propia: «Los libros nuevos tienen un defecto imperdonable: carecen de antecedentes. Un libro de segunda mano, en cambio, viene a nosotros con un historial, con una hoja de servicios que a menudo resulta tan fascinante como el texto mismo. Me produce un placer indescriptible sostener un volumen que ha pertenecido a un hombre de letras del siglo pasado, contemplar su exlibris en la contracubierta o seguir el rastro de sus notas manuscritas en los márgenes. Hay una misteriosa simpatía en el libro usado; se adapta a las manos del lector con una flexibilidad que solo el uso constante puede otorgar. En las librerías de viejo, el bibliófilo no realiza una transacción comercial ordinaria; participa en una cacería espiritual. Es el rescate de un objeto que tiene alma, un objeto que ha sido amado y que espera pacientemente en un rincón polvoriento a que alguien vuelva a reclamar su compañía».

En su magnífico ensayo «Des bibliothèques pleines de fantômes», Jacques Bonnet reflexiona sobre la convivencia diaria con miles de libros, haciendo un hincapié en la naturaleza de los libros de segunda mano: «Coleccionar libros de viejo es, en gran medida, coleccionar los fantasmas de los lectores que nos han precedido. Un libro de segunda mano es un palimpsesto involuntario. Al abrirlo, a menudo caemos en la tentación de descifrar las intenciones de su anterior dueño: ¿por qué subrayó este párrafo y no el siguiente?, ¿qué le llevó a poner un signo de exclamación al lado de esta frase?, ¿quién era esa persona que olvidó una lista de la compra o una vieja carta de amor entre las páginas cincuenta y cincuenta y uno? El libro usado introduce un elemento de alteridad en la lectura. Ya no estamos solos con el autor; leemos en compañía de un desconocido con el que compartimos, a través de la distancia del tiempo, las mismas dudas o los mismos entusiasmos. Los libros nuevos son mudos respecto a su propia historia; los libros viejos, en cambio, son conversadores incansables que nos confiesan sus vidas pasadas al menor descuido».

No hay catálogo electrónico que pueda competir con el dedo humano que recorre una hilera de lomos de cuero gastado. El libro usado posee una fuerza magnética: te llama desde el fondo del estante. Cuando lo extraes de su nicho polvoriento y sacudes sus páginas, liberas una energía que ha estado cautiva durante años. Ese encuentro entre el libro abandonado y su nuevo lector es uno de los milagros cotidianos más bellos de la civilización. Tienen poros. Nos hablan. Un libro usado muestra las huellas de la vida, el polvo del mundo, el tacto del hombre. Los libros nuevos huelen a fábrica de productos químicos; las pantallas no huelen a nada. Pero el libro usado huele a flores secas, a desván, a especias exóticas. En las librerías de viejo compramos el derecho a tocar la historia. Al hojear un libro de viejo en una tienda polvorienta, uno se da cuenta de que la lectura es un acto de comunión con los muertos. Aquellas páginas no solo conservan las palabras del autor que murió hace siglos, sino el rastro de las miradas de los lectores que también han desaparecido. Alguien subrayó un adjetivo en 1943; alguien dejó caer una ceniza de cigarrillo entre las páginas setenta y setenta y uno; alguien lloró sobre el poema final dejando una pequeña ondulación en el papel. El libro usado es una máquina del tiempo imperfecta pero infalible: nos permite tocar lo que otros tocaron y sentir, exactamente en el mismo orden, la emoción que a ellos los destruyó o los salvó.

En sus famosos «Ensayos de Elia» (1823), Charles Lamb confesaba su absoluta preferencia por los libros maltratados por el tiempo frente a las ediciones lujosas e intocables: «No siento ninguna simpatía por esas ediciones de lujo, impresas en papel vitela y encuadernadas en seda, que parecen hechas para ser miradas y no leídas. Prefiero los libros con aspecto de veteranos, los que están desgastados en los bordes, los que tienen las tapas desvaídas por el uso. Un libro de viejo me atrae por su misma decadencia física. Cuanto más harapiento está, más seguro estoy de su valor real, porque los hombres no gastan las cubiertas de un libro que no dice nada al corazón. El libro usado es el verdadero ciudadano de la república de las letras: no tiene títulos de nobleza, pero tiene cicatrices de haber servido bien».

Un automóvil usado es chatarra; un mueble usado está viejo. Pero un libro usado es un espíritu que ha encarnado sucesivamente en diferentes lectores. Cada una de las personas que lo leyó dejó en él una capa invisible de emoción. Cuando tú te llevas ese volumen a los ojos, estás leyendo a través de un palimpsesto de miradas. En su correspondencia real convertida en el libro clásico, «84, Charing Cross Road», Hélène Hanff expresa su absoluto desprecio por los libros nuevos y su devoción por los ejemplares usados que le enviaban desde una librería de viejo en Londres: «Me encantan los libros de segunda mano que se abren por la página que su anterior dueño leyó más a menudo. El día que llegó el volumen de Hazlitt y se abrió de par en par por el ensayo «Sobre el amor a los libros», sentí que estrechaba la mano de un amigo muerto. Me gusta el olor de los libros viejos, ese aroma que es una mezcla de cuero, hojas secas y tiempo. Me fascina mirar las notas al margen y me muero de rabia o me muero de risa con los comentarios que los antiguos lectores dejaron allí. Comprar un libro nuevo en una de esas librerías modernas y esterilizadas me parece un acto tan frío como comprar un tubo de pasta de dientes».

Burton 18

Medito en esta alta madrugada color betún cruzado con rosas de estrellas. La sustancia es como un río en perpetuo fluir; las actividades cambian sin cesar y las causas sufren mil transformaciones. Solo somos un pulso insignificante en la cinta métrica infinita del universo, una velita efímera entre los dos cabos u orillas eternas de la noche. «Cuando considero la corta duración de mi vida, absorbida en la eternidad que la precede y que la sigue, el pequeño espacio que ocupo y que veo, abismado en la infinita inmensidad de los espacios que ignoro y que me ignoran, me espanto y me asombro de verme aquí y no allí, porque no hay ninguna razón de estar aquí y no allí, ni hoy y no mañana. ¿Quién me ha puesto aquí? ¿Por orden y disposición de quién este lugar y este tiempo han sido destinados para mí? El silencio eterno de estos espacios infinitos me aterra», Pascal.

La Tierra es un escenario muy pequeño, minúsculo y provinciano, en una vasta playa cósmica. Se ha dicho que la astronomía es una experiencia de humildad y construcción del carácter. También lo creo. Quizá no hay mejor demostración de la memez insensata de la soberbia humana que esta distante imagen de nuestro minúsculo, risible y enano mundo. Para mí, subraya nuestra responsabilidad de tratarnos más tierna y tolerantemente, con más bondad los unos a los otros. Nuestro hogar es una pequeña construcción de chapas de hojalata en un prado que se extiende por millones y millones de años-luz. El universo es vasto, impersonal y carente de propósito. El hombre es físicamente una mota insignificante, pero sus pensamientos abarcan las estrellas, miden sus distancias y penetran sus secretos. En esta soberanía de la mente reside su verdadera libertad y su único consuelo frente a la muerte inevitable. Centellea nuestra fábula de fuentes: somos la pequeñísima circulación sanguínea en el cuerpo de un titán gigantesco.

Burton 17

Me fui a dormir a las doce y me levanté a las tres y media, en parte debido al calor, en parte porque me despertaron las voces. Me duché en el jardín, desnudo, con agua fría, y a la luz de la luna, y tomé después un poco de sandía. Tengo ganas de escribir.

¿Qué libros me salvaron de la locura? Cuando estás al borde del abismo, la literatura puede ser el recordatorio de que otros también han estado allí y han regresado para contarlo.

He descubierto que no sabía ver. No, no supe ver. Todo penetra en mí más profundamente y no se detiene en el lugar donde, hasta ahora, todo terminaba. Tengo un interior que ignoraba. Que ignoraba. Ahora todo va allí. No sé lo que pasa allí dentro ¿O sí lo sé? He estado estirado en mi cama, atento a las voces; sentía que no podía continuar, que estaba en un punto donde todo se detiene. ¿Es posible que todavía no se haya visto, dicho ni escrito nada real y fundamental? ¿Es posible que se hayan tenido miles de años para mirar, reflexionar y registrar, y que se hayan dejado pasar esos miles de años como un recreo en la escuela? Sí, es posible. Si mi angustia no fuera tan grande, me consolaría diciéndome que no es imposible ver las cosas de otra manera, y sin embargo continuar viviendo. La sandía. Ver esa carne encendida, tachonada de pepitas negras en medio de la noche calurosa del campo, da una sed rabiosa, un deseo violento de morder el frío de nevera de la fruta y sentir cómo el agua dulce limpia la garganta reseca por el polvo de los trigales. Carne esponjosa, de un rosa subido, llena de venas blancas que parecían hilos de plata. Cada bocado se deshace en la boca sin necesidad de masticar, es como beber un agua espesa y perfumada que te baja por el pecho y te enfría los pulmones. Una fortaleza vegetal recubierta de una coraza impermeable que desafía el sol abrasador del estío. Mientras el suelo se resquebraja y las hojas de los árboles se marchitan, este prodigio acumula litros de un agua destilada por las raíces con una pureza que ningún laboratorio puede replicar. Su interior es una geometría perfecta; una pulpa celular que retiene el líquido no como un cántaro, sino como millones de diminutas celdas de cristal que estallan al menor contacto. La sandía. El significado. La locura.

Me salvaron de la locura muchos libros bibliófilos y los de temática lógico-matemática. El mundo del bibliófilo no pertenece a quien simplemente lee, sino a quien rinde culto al libro como objeto sagrado, obra de arte y cápsula del tiempo. Para un bibliófilo, un libro es una entidad viva que posee cuerpo (encuadernación), alma (texto) y voz propia (el crujido del papel, el aroma de la tinta)

Atributos físicos como el aroma: una mezcla de vainilla, madera vieja, cuero curtido y el toque ácido del papel que ha envejecido con dignidad. Los químicos lo llaman degradación de la lignina; el bibliófilo lo llama el perfume del «tempus fugit». Y la encuadernación en piel de becerro o cabra (marroquí), grabada en oro de veinticuatro quilates con pequeños hierros calientes. Los nervios realzados en el lomo son las vértebras de una criatura que ha sobrevivido a siglos de olvido. O el papel de tina o de hilo, con barbas (los bordes desiguales y sin cortar), que conserva el tacto rugoso y orgánico del algodón. Al trasluz, revela la filigrana: la marca de agua del artesano que lo fabricó hace trescientos años. Y las guardas: hojas de papel jaspeado o al agua, con aguas de colores que imitan el mármol o el plumaje de un ave exótica, dando la bienvenida al lector antes de llegar a la portada.

Libros, libros… embajadoras del conocimiento, del razonamiento deductivo. «Introduction to Mathematical Logic», «A Mathematical Introduction to Logic», «Computability and Logic», «Gödel’s Proof», «Principia Mathematica». Una demostración no se obtiene únicamente reuniendo silogismos. Una demostración es una construcción que hace visibles las relaciones profundas entre los objetos matemáticos. Un teorema es una verdad matemática; una demostración es la explicación de por qué esa verdad no podría ser de otro modo. La demostración transforma una sospecha en conocimiento, una intuición en necesidad y una conjetura en certeza racional. La lógica es el arte de obligar a la inteligencia a seguir el camino de la necesidad. Allí donde termina la opinión y comienza la demostración, comienza también la lógica.

Estas cosas alivian algo mi irreductible (nocturna) locura.

Burton 16

Los libros nos sacan de la pequeña celda, a menudo insidiosa y morbosa, de nuestro presente y de nuestra propia soledad para integrarnos en otra ciudadanía. La República de las Letras. El libro es la patria de los que no tienen patria, el refugio -íntimo, rosa acrílico- de los que se sienten extraños en su propia tierra. Al abrir sus páginas, el solitario deja de estar solo; se conecta con una memoria que dialoga con él en el silencio más estricto, en una intimidad que ninguna ágora puede ofrecer. Los libros son mi patria, mi hogar, mi lenguaje, el significado de mi vida y mi único cielo. Para mí, las revoluciones, las guerras, el fútbol, las catástrofes cotidianas no son más que alborotos sordos que no logran penetrar en el sanctasanctórum de mi memoria impresa. El mundo exterior solo adquiere sentido cuando se transformaba en una línea de texto. Leer es ausentarse, retirarse de la escena del mundo para construir, en la penumbra, un orden propio. Por eso el libro es el país del solitario: porque le permite habitar un espacio ideal sin tener que soportar la mirada de los otros. El que lee está solo, pero en esa soledad funda una comunidad invisible con todos los demás lectores dispersos por el tiempo. La literatura es la única frontera donde el destierro del mundo se convierte en el más alto honor. «Fundar bibliotecas es como construir graneros públicos, amasar reservas contra un invierno del espíritu. […] En los momentos de más profunda soledad, cuando el mundo exterior parece desmoronarse o volverse hostil, el libro se convierte en un suelo firme. No hay patria más hermosa ni más segura que un libro bien amado. En él, el lector solitario encuentra una patria que no le exige sacrificios de sangre ni juramentos de bandera; solo le pide atención y silencio. Es el único territorio del mundo donde el pasado y el presente coexisten para consolarnos del horror de la prisa cotidiana», Yourcenar. E Italo Calvino: «Lo que te rodea debe quedar difuminado, lejos. El libro debe ser tu única realidad en este momento. […] Leer es apartarse de la masa, es fundar un territorio propio donde nadie puede entrar sin tu permiso. El lector solitario es un monarca de una patria que mide apenas unos centímetros cuadrados (lo que ocupa el papel abierto), pero que es más vasta que cualquier imperio de la tierra. En ese espacio, estás a salvo de los juicios, de las obligaciones y del ruido estéril de la vida. Estás, por fin, en tu verdadero lugar en el mundo».

Y todo ello sin olvidar la materialidad del libro. El olor de un libro viejo es madera, humedad, cola animal y polvo. Hay una sensualidad en acariciar el papel áspero, cortado a mano, sentir el relieve que la imprenta de tipos móviles deja en el reverso de la página, como una cicatriz. Los márgenes amplios no son un desperdicio de espacio; son las playas donde el ojo del lector descansa antes de volver a sumergirse en la corriente de la tinta. Quien no sepa apreciar la belleza de una página bien tipografiada, con sus letras negras alzándose firmes sobre el papel color crema, es un bárbaro que solo lee con los ojos, pero no con las manos ni con el corazón.

Libros, temblor, relumbre, músicas presentes y totales, razón y esencia de mi vida.

Burton 15

Empecé mi vida como sin duda la terminaré: en medio de los libros. En el despacho de mi madre los había por todas partes… Yo no sabía leer todavía, pero veneraba aquellas joyas alineadas erguidas o inclinadas, apretadas como ladrillos en los estantes de la biblioteca. Sentía que el porvenir de mi familia se jugaba allí. Los tocaba a escondidas para honrar mis manos con su polvo, pero no tenía la menor idea de su uso. Cada día asistía a ceremonias cuyo sentido se me escapaba: mi madre marchaba hacia ellos, cogía uno sin dudar, lo hojeaba con un crujido de papel… Para mí, esos objetos eran sagrados, y mi primer libro de cuentos fue un fetiche que abrí antes de entender las letras, buscando adivinar el misterio que los adultos guardaban con tanto celo.

Apenas puedo recordar una época en la que no estuviera leyendo o en la que los libros no fueran el paisaje de mi mente. Recuerdo el primer libro que me perteneció de verdad, que no era un préstamo, sino mío. Sentarse en el suelo, con el libro en las rodillas, rodeado del gran silencio de la casa por la tarde, era entrar en un estado de trance. No se trataba solo de seguir la historia; era el olor de las páginas pegadas, el peso del volumen en mis manos infantiles. Aquellas primeras lecturas de infancia tenían una intensidad que nunca ha vuelto a repetirse; leíamos no para criticar, no para aprender, sino para devorar, para absorber el mundo de otros y transformarlo en nuestra propia carne y sangre. Descubrir que un libro podía transportarte lejos de la habitación fue mi primera experiencia de verdadera libertad.

Acabaré de vivir como empecé a vivir: con un libro entre las manos.

Burton 14

Recupero, «a modiño», con «sentidiño», mis ritmos de lectura. Hoy leí cuatro horas por la mañana (a Baroja) y la tarde la voy a dedicar a Christopher Hitchens. Los libros me defienden de la infelicidad, de la incuria y grisalla atroz de estos tiempos, de las dentelladas del perro negro de la melancolía, y crean un mundo donde la vida es más rica, más intensa, sin las limitaciones de la realidad, donde puedo vivir muchas vidas y morir muchas veces, pero seguir viviendo.

Cuando abrimos un libro, entramos en un refugio donde el tiempo se detiene, la imaginación fulge, la sensibilidad se eriza, el cerebro se engrasa, donde podemos dialogar con los muertos y comprender a los vivos. La pasión por la lectura no es un pasatiempo; es una manera de habitar el mundo con más lucidez, más empatía y más libertad. Feliz memoria pasada que se convierte en promesa de futuro.

Burton 13

El fútbol es la cháchara elevada al cuadrado. El ciudadano ya no discute sobre la gestión de la educación (urge un debate público al respecto) o la política fiscal o las condiciones necesarias de la democracia, sino sobre lo que el árbitro debería haber visto o lo que el entrenador debería haber decidido. El discurso deportivo es la parodia de la discusión política; ofrece la ilusión de la participación democrática y del debate apasionado, pero sobre un objeto completamente inane e irrelevante. Es el mecanismo perfecto de los sistemas de poder: mantener a la población ocupada e indignada por un fuera de juego para que no miren hacia donde se toman las decisiones reales. Pan y circo.

Pero yo no quiero ser adulto y racional. Deseo recuperar mi infancia (con papá siempre íbamos al Camp Nou a ver el Barça, y papá, un hombre frío y nada empático, se mostraba inusualmente calido), ser otra vez un niño en la cancha soñando con marcar el gol decisivo en el último minuto. Vivir bajo la certeza trágica de que podemos perder, bajo la euforia apasionada de que podemos ganar. Gozar con un astro que gambetea a medio equipo rival, con un gol de volea que se incrusta perfecto en la escuadra. La inteligencia es recta y directa, algo cartesiana. Me quedo con las parábolas calientes del balón.

Burton 12

Ayer fui a la Biblioteca Pública de Ourense Nós. Tomé en préstamo una edición y selección de los «Diarios» de André Gide por parte de Laura Freixas, los tres volúmenes de Tusquets de la autobiografía de Baroja, «Desde la última vuelta del camino», los Diarios 2018-2020 (los últimos que escribió), «Evocaciones y presencias», de Jiménez Lozano (libro que me «cruspí» ya por la tarde-noche), dos dietarios de Miguel Sánchez-Ostiz, «Idas y venidas» y «Vivir de buena gana», y, por último, «Hitch-22», la lúcida autobiografía del gran polemista e intelectual Christopher Hitchens. Me apenó ver que en la biblioteca prácticamente ningún estudiante consultaba o leía libros, sino que todos estaban embebidos con sus «gyns» tecnológicos. Fue una mañana bonita, un día feliz de luz zodiacal.

A veces pienso que el cielo debe ser una biblioteca continua e interminable, donde el tiempo no corre y las luces nunca se apagan. Hay una complacencia profunda, un deleite casi físico, en caminar entre los pasillos, pasar los dedos por los lomos gastados y sentir el olor a papel viejo y sabiduría acumulada. Estar en una biblioteca es la forma más pura de libertad: nadie te interrumpe, nadie te exige nada; estás a solas con el universo entero condensado en estanterías de madera. Un día feliz de luz zodiacal y oxigenada.