Charles 173

Discrepo (y ahora habla mi yo biográfico, sin mi máscara de falso aristócrata) de la tesis sobre el denigrado y anti-estético lenguaje tabernario en la literatura española.

El lenguaje de nuestra picaresca, lejos de ser descuidado, estiliza lo vil; la taberna y el prostíbulo son como ciencias matemáticas. Mezcla registros en una matriz rica de lenguaje. España, a diferencia de otras tradiciones europeas, no ha temido descender a los fondos de la existencia. Cuando nos despojamos de idealizaciones también transformamos el estilo. Quevedo, por ejemplo, con su uso de lo bajo no rebaja el estilo, sino que lo electriza.

El habla cotidiana, con sus repeticiones, sus vacilaciones, sus banalidades, posee una riqueza que la literatura ha despreciado demasiado tiempo. Reproducirla no es empobrecer el estilo, sino devolverle su raíz. La realidad española exige una forma literaria que sea capaz de integrar múltiples registros: lo científico, lo vulgar, lo lírico (y sus fricciones) Solo mediante esa mezcla —ese pastiche— puede aspirarse a una representación adecuada.

Los escritores españoles tenemos la convicción de que la verdad literaria pasa por lo impuro. Mi enfermedad mental introduce esa impureza en mi escritura. Mis ensayos teóricos refieren el plano diurno y racional. Las expansiones líricas y preciosistas son máscaras lunares. Todo son escrituras necesarias: así trabaja mi prosa de esponja.

Charles 172

«Hay quienes hablan mucho para no decir nada, y otros que dicen poco y lo dicen todo. La verdadera finura no consiste en multiplicar las palabras, sino en elegirlas. Un espíritu elegante no pesa sobre el oyente: pasa, toca, y deja una huella ligera, como si no hubiera querido dejarla. El exceso revela esfuerzo; la medida, dominio», La Bruyère.

«La verdadera elegancia consiste en hacerse entender sin esfuerzo y en hacer reír sin grosería. Nada es más vulgar que la oscuridad: es el refugio de los espíritus confusos. Quien piensa con orden escribe con claridad; quien escribe con claridad, persuade. El estilo debe ser como una espada bien templada: ligero en la mano, mortal en el golpe», Voltaire.

«La verdadera elegancia no se muestra: se percibe en la delicadeza con que una emoción es captada y retenida. Un gesto, una inflexión, una pausa pueden contener más verdad que un discurso entero. El estilo consiste en hacer visible lo invisible, en dar forma a lo que, sin él, se perdería en la indistinción del tiempo», Proust.

«La frase tiene que latir. Si no late, está muerta. No me importa que sea fea o hermosa: quiero que tenga pulso. La verdadera elegancia no está en las palabras bonitas, sino en el ritmo que las arrastra. Escribir es hacer oír una música, aunque sea áspera, aunque duela», Céline.

Charles 171

Recuerdo con una intensa claridad de símbolo ciertos olores de mi infancia: el perfume húmedo de la tierra en verano tras la lluvia (el «petricor», horrible palabra que hiede a coliflor hervida), el olor de los lápices Alpino recién afilados, el vago aliento de lavanda en los cajones, el aroma, mezcla de flores y pelusilla, de los jerseis de cachemira.

Recuerdos del perfume oscuro, pesado, de la vegetación en descomposición y del agua estancada. Y el cálido de la carne asada, ese que parece atravesar la mente. O el del sutil aire-como de letras carmesíes oblongas- del incienso y las rosas. Y el perfume de la cera, seda oriental de Estambul, como una gran y última prueba palpable de realidad.

El cielo recién lavado. La uva en los lagares. La madera. Ella recién salida de la ducha.

Muy pronto, con el verano, todo olerá a sal, a crema solar, a fruta abierta y a cuerpos felices; un perfume colectivo que se nos pegará a la piel y al recuerdo.

Charles 170

Nabokov, en las entrevistas de «Opiniones contundentes», Anagrama, se sienta en su trono de gran escritor lanzando bolas de fuego y relámpagos y, muy de vez en cuando, algún destello de elogio. El lector encuentra encantadora la arrogancia y desdén olímpico -y su aristocrático desprecio- hacia algunos de los nombres más grandes de la literatura, muchos de ellos contemporáneos suyos, pero también escritores del pasado firmemente asentados en el canon. La extrema elegancia verbal no logra ocultar una crueldad implícita. Nabokov rara vez desmonta lo que critica: simplemente arroja barro -reluciente e ingenioso- hasta manchar. Algunos ejemplos:

«Los lectores no rusos no se dan cuenta de dos cosas: que no todos los rusos aman a Dostoyevski tanto como los estadounidenses, y que la mayoría de los rusos que lo hacen lo veneran como a un místico y no como a un artista. Fue un profeta, un periodista lleno de palabrería y un comediante chapucero. Admito que algunas de sus escenas, algunas de sus tremendas disputas farsescas, son extraordinariamente divertidas. Pero sus asesinos sensibles y sus prostitutas llenas de alma no se pueden soportar ni un instante —al menos para este lector».

«Desde los tiempos en que mediocridades tan formidables como Galsworthy, Dreiser, una persona llamada Tagore, otro llamado Maxim Gorki, un tercero llamado Romain Rolland, eran aceptados como genios, siempre me han desconcertado y divertido las nociones fabricadas sobre los llamados “grandes libros”. Que, por ejemplo, la asinina «Muerte en Venecia» de Mann, o el melodramático y vilmente escrito «Zhivago» de Pasternak, o las crónicas rústicas de Faulkner, puedan considerarse “obras maestras”, o al menos lo que los periodistas llaman “grandes libros”, me parece una ilusión absurda, como cuando una persona hipnotizada se enamora de una silla».

Y algo que ha degenerado a un nivel exponencial este último medio siglo, lo que llamó «poshlost», es decir:

“Basura sentimental, clichés vulgares, filisteísmo en todas sus fases, imitaciones de imitaciones, falsas profundidades, pseudoliteratura grosera, estúpida y deshonesta: estos son ejemplos evidentes. Ahora bien, si queremos localizar la poshlost en la escritura contemporánea, debemos buscarla en el simbolismo freudiano, en mitologías apolilladas, en el comentario social, en los mensajes humanistas, en las alegorías políticas, en la obsesión excesiva por la clase o la raza, y en esas generalidades periodísticas que todos conocemos”.

Nabokov es el escritor que convirtió la prosa en una forma de éxtasis. Cada frase suya parece compuesta con una intensidad que roza lo sobrenatural. Es uno de esos raros autores cuya relación con el lenguaje no es instrumental, sino absoluta: escribe no para decir algo, sino para mostrar lo que el lenguaje puede llegar a ser.

Su biógrafo principal, Brian Boyd (los dos tomos de su biografía también traducidos en Anagrama), escribió: “La grandeza de Nabokov reside en su capacidad para combinar una inteligencia analítica excepcional con una imaginación lúdica inagotable. Sus novelas no solo son construcciones formales de enorme complejidad, sino también experiencias de lectura profundamente vivas”.

El autor de «Lolita», «Pnin», «Pale Fire» y «Speak, Memory» nació un 23 de abril —el cumpleaños de William Shakespeare y Miguel de Cervantes— en 1899, y murió el 2 de julio de 1977.

En Nabokov, el desprecio no es un defecto del estilo: es una de sus formas más refinadas.

Charles 169

Y como no podía ser de otro modo en este país de todos los demonios, ¡a reinar siempre la televisión de baja estofa, el «telelixo», la “televisione spazzatura”!

Una televisión que encuadra y moldea una realidad de una exagerada rutina del mal gusto, que empaqueta una circulación de estereotipos sin ideas por su vida social. Una paleotelevisión cuyo único dios es la audiencia, y a ella lo rinde todo. Lo bueno es lo que se ve, lo malo es lo que no tiene audiencia. Ese es el unico criterio. Una televisión donde las diferencias entre información y entretenimiento deben desaparecer, donde una sugerencia de cultura y algo de nivel es juzgada como una jeremiada propia de una antigualla idealista y zombi. Intelectualmente al nivel de amebas, moscas y protozoos, por lo que, como tiene el monopolio sobre la mayoría de las cabezas, las cabezas de los televidentes raramente superan el nivel de caracoles y eucariotas.

Neil Postman, «Amusing Ourselves to Death»: “Lo que está ocurriendo es que la televisión está alterando el significado de ‘estar informado’ al crear una forma de información que podría llamarse con propiedad desinformación. Me refiero a información engañosa: no mentiras, sino información fuera de lugar, irrelevante, fragmentada o superficial, que crea la ilusión de saber algo cuando en realidad nos aleja del conocimiento […] El resultado no es que se nos niegue la información, sino que se nos inunda con ella en una forma que le priva de coherencia y de seriedad”.

La televisión produce una humanidad uniforme, previsible, incapaz de pensamiento crítico. La televisión es el espejo de un país que no quiere verse. Todo se simplifica, se reduce, se vuelve aceptable. La estupidez se convierte en espectáculo, la vulgaridad en lenguaje común, y lo que debería ser excepción se convierte en norma. No es la televisión la que es vulgar: es el país el que se reconoce en esa vulgaridad y la aplaude. La televisión no hace más que devolver, amplificándola, la imagen de una sociedad que ha dejado de pensar.

La televisión española ha elegido el camino más fácil: el del rebajamiento. No se trata solo de entretener, sino de simplificar hasta vaciar, de hacer todo digerible, inocuo, inmediato. El resultado es una cultura ligera no en el sentido positivo del término, sino en el de inconsistente, sin espesor, incapaz de dejar huella. La televisión en España (y permítaseme el desahogo o exabrupto) embrutece y abaja el poco cerebro de muchos españoles.

Cuenta el impacto inmediato, no la verdad ni la comprensión. Cuenta el instante, lo que pasa, lo que rápidamente se olvida. Ahí, el pensamiento complejo y la profundidad, son imposibles de mostrar, quedan automáticamente descalificados.

«La televisión participa en una empresa general de rebajamiento cultural. Sustituye el juicio por la reacción, el conocimiento por la emoción, la cultura por el entretenimiento. Todo se nivela, se simplifica, se vuelve accesible al precio de una pérdida de sentido. No es solo el mal gusto lo que triunfa, sino la desaparición misma de la exigencia», Alain Finkielkraut.

No es que la televisión degrade al país: es que el país, incapaz de pensarse, ha terminado por verse y reconocerse en ella.

Charles 168

(Contra España)

España es una gran farsa, una gran mascarada, una gran comedia o guiñol donde todos fingen lo que no es. Se habla de honor, de patria, de grandeza, de una historia magna, de un antiguo imperio, pero todo está podrido desde dentro. En nuestras guerras civiles enviamos hombres a morir por palabras vacías, por discursos que no significaban nada. Todo es mentira, y lo peor es que no todos lo saben.

«Aquí no ha habido propiamente sociedad, sino una yuxtaposición de grupos que no han logrado constituirse en un proyecto común. Falta un vertebrador que articule la vida nacional. Lo que hay es dispersión, particularismo, desagregación”, Ortega. España es un caos sin redención. Nada en ella funciona, nada en ella se sostiene. Todo se desmorona mientras se proclama lo contrario. España es un país que vive de la mentira que se cuenta a sí mismo. Un país de criminales, de hipócritas, de analfabetos. Aquí la virtud es una excepción ridícula. Lo normal es la trampa, la violencia, la corrupción. Una escuela del mal, una fábrica de desgracias. Una máquina de producir infelicidad. Quien nace aquí nace condenado. Todo es una farsa perpetua sostenida por la ignorancia y la complicidad.

Este país no tiene remedio. Está podrido hasta la médula. Todo en él es corrupción, putas y degradación. No hay una sola institución que no esté infestada. España es un derrumbe continuo, un despeñadero donde todo cae, donde todo se pierde, donde todo se envilece.

España es un país que odia a quienes piensan, a la inmensa minoría de españoles razonadores. Quien intenta argumentar queda destruido por ella. Es un país que solo tolera el tópico, la sumisión, la inercia. Todo lo demás es expulsado, eliminado o ridiculizado hasta desaparecer. Lo que se llama cultura es para desternillarse. Detrás de cada institución cultural hay vacío y liturgia burocrática, detrás de cada discurso hay enorme impostura o crasa ignorancia. Todo está construido para simular profundidad donde no hay más que superficialidad organizada, mediocridad embarazosa, trivial cultura de estado.

El español medio es incapaz de pensamiento independiente o medianamente avispado. Vive bañado en clichés, en fórmulas televisivas, impregnado de restos de una tradición que no comprende e ignora. Todo en España está orientado a impedir el pensamiento, a bloquear cualquier intento de claridad, de ideas claras y distintas. Aquí la inteligencia es sospechosa, peligrosa, indeseable, insultante.

Su historia es una larga operación de limpieza, de amputación, de empobrecimiento deliberado. Bajo la apariencia de unidad, lo que hay es miedo a la diferencia, rechazo de lo otro, incapacidad de aceptar su propia complejidad. Todo lo que desborda esa ficción es expulsado o silenciado. Ha vivido demasiado tiempo de espaldas a Europa y a sí misma. Su atraso no es solo económico o político, sino mental: una incapacidad persistente para cuestionarse, para revisarse, para romper con sus propios mitos. La España de la envidia, los toros, la paella, el flamenco, la Sema Santa, las tabernas, y la intolerancia.

Una nación hipócrita donde todo es apariencia. Se cuidan las formas, se preserva el decoro, pero por debajo no hay más que miseria, mezquindad y desoladora pequeñez. La gente vive atrapada en una representación constante, como si la vida fuera un teatro barato del que nadie puede salir. Todo en ella es impostura: la política, la cultura, la moral. El país entero parece un organismo enfermo. Todo está gangrenado: las ideas, las instituciones, las palabras.

***

“La historia de España es, en gran medida, la historia de sus desequilibrios: entre centro y periferia, entre tradición y modernidad, entre autoridad y libertad. La incapacidad para resolver esas tensiones ha producido crisis recurrentes que han marcado su desarrollo”, Vicens Vives.

“España ha caído en excesos de intolerancia que han empobrecido su vida intelectual. La persecución de las ideas ha sido una constante que ha limitado el desarrollo de la ciencia y del pensamiento.”, Menéndez Pelayo.

“España ha vivido muchas veces de espaldas a su propia realidad. Ha preferido la leyenda a la historia, el mito a la crítica. Esa inclinación a idealizar el pasado ha dificultado una comprensión verdadera de sí misma y ha retrasado su madurez histórica”, Menéndez Pidal.

Charles 167

(Ataque de angustia a las siete y media)

El corazón parece desollado. Late con una violencia que parece que hará estallar las costillas. Una angustia flotante, sin objeto preciso, te invade, una especie de inquietud que no puedes justificar ni disipar. La razón huye de vacaciones, los sentidos se erizan como hierros atraídos por un imán. Sientes que algo está mal en el mundo, pero no sabes qué; y ese no saber es más insoportable que cualquier certeza. La propia conciencia se vuelve contra sí misma, generando una presión constante, un zumbido, una corriente como por dentro de un embudo, una vibración picuda con láminas de acero que amenaza con rasgar el hilo del pensamiento.

***

“En la angustia vital, el mundo pierde su carácter de familiaridad. Todo se vuelve extraño, amenazante, pero sin objeto determinado. No es miedo ante algo, sino un estado en el que el ser entero está en peligro. El paciente no puede decir ‘temo esto’, sino simplemente ‘estoy en peligro’”, Jaspers.

“En ciertos estados de angustia, se pierde la evidencia natural del mundo. Lo que antes era obvio deja de serlo. El sujeto ya no confía en la realidad ni en sí mismo; todo requiere una confirmación imposible”, Wolfgang Blankenburg.

Charles 166

Me pasé toda la infancia y adolescencia en «restaurants» de lujo. Por lo que me permito citar un largo pasaje de Henry James en que la comida aparece como escena social y conciencia, en que comer es como filtrar el mundo social: «“Había en la disposición de la mesa —en la blancura excesivamente perfecta del lino, en la colocación deliberada de las copas, en la lenta ceremonia del servicio— una suerte de lenguaje que no todos sabían leer. Y, sin embargo, para quien atendía, cada plato traía consigo no solo su sabor, sino una insinuación moral, un matiz de carácter. Se comía, sí; pero más aún se interpretaba. La anfitriona ofrecía un faisán, pero ofrecía también una versión de sí misma: su ambición, su delicadeza, su deseo de agradar sin exponerse. Y el invitado, al aceptar, participaba en ese juego de percepciones donde el gusto era apenas el primer umbral».

Recuerdo, con una claridad casi insoportable, el frío exacto de las cerezas en el cuenco de cristal. Al morderlas, la piel cedía con una resistencia mínima, elegante, y el jugo —ni demasiado dulce ni demasiado ácido— se expandía en la boca con la precisión de una nota musical perfectamente afinada. Comerlas no era saciar un apetito, sino ejecutar una pieza musical, una operación de la memoria y del placer.

Recuerdo, con intensa claridad de símbolo, consomés de mamá donde parecía que en su interior se encontraba un secreto alquímico, o lampreas recién llegadas del Miño que guisaba mi abuela, cuyo sabor verdadero no estaba en la lengua, sino en la imaginación. Y cabrito, apenas sazonado con sal gruesa y una rama de romero, que giraba lentamente ante las brasas. No había en él artificio alguno: solo tiempo. Y ese tiempo, acumulado en la grasa que comenzaba a rendirse, producía un perfume que no era exactamente olor, sino una forma de lenguaje. La salsa, espesa sin pesadez, envolvía la carne con una suavidad que no anulaba su carácter, sino que lo prolongaba. Había en el conjunto un equilibrio difícil de explicar: cada elemento conservaba su identidad y, al mismo tiempo, participaba de una armonía mayor.

Y el pan rural, recién salido del horno, que tiene aún el calor de la tierra que lo ha producido. Al partirlo, el vapor se elevaba con una fragancia que parece contener no solo el trigo, sino las estaciones que lo han hecho posible: la lluvia, el sol, el esfuerzo de manos anónimas. Comerlo era, de algún modo, participar en ese ciclo silencioso en el que todo nace, madura y desaparece. Y había en ello una tristeza leve, inseparable del placer.

Charles 165

Antes, la ignorancia era una limitación vivida de un modo vergonzoso; hoy es una bandera que se enarbola con orgullo. El no saber perdió su antiguo pudor. Quien ni piensa ni sabe suele pecar de un exceso de suficiencia (efecto Dunning-Kruger) Al versado y erudito, en líneas generales, le acomete el síndrome del impostor (subestima sus capacidades)

Nada de esto es completamente nuevo. Poco se cambió respecto al realismo áspero que expresó Baroja: “El español medio —y no solo el español— no es que sea ignorante: es que se complace en serlo. La cultura exige esfuerzo, disciplina, soledad; y todo eso le repugna. Prefiere la opinión rápida, el juicio sin fundamento, la frase hecha. Así se forma una sociedad donde todos hablan y casi nadie piensa».

Este empobrecimiento se advierte de forma particularmente clara en el lenguaje. En la taberna y en el parlamento oigo hablar con palabras vagas, mecánicas, infladas, imprecisas. Pasión de hablar por hablar sin decir nada. Christopher Lasch analizó el narcisismo cultural: “La sociedad contemporánea produce individuos informados, pero incapaces de juicio. Están saturados de imágenes, opiniones, estímulos, pero carecen de un criterio estable. El yo se convierte en el único tribunal, y ese tribunal es voluble, superficial, inseguro. Así se configura una ignorancia nueva: no la de la carencia, sino la de la dispersión”.

En este contexto, se invierte la jerarquía tradicional del conocimiento. Se prefiere la intuición al estudio, la emoción a la razón. El experto es sospechoso; el ignorante, auténtico. Y, así, la ignorancia se reviste de virtud.

Nunca habíamos tenido acceso a tanta información, y nunca había sido tan escasa la atención. Los jóvenes no son analfabetos en el sentido tradicional: leen constantemente, pero leen fragmentos, mensajes, titulares. Carecen de continuidad intelectual. Saben navegar, pero no profundizar. Su cultura no es ignorancia pura, sino una forma de dispersión permanente.

“Las universidades han abandonado el rigor en favor de la complacencia. Se evita la dificultad, se simplifican los textos, se rebajan las exigencias. El estudiante ya no es desafiado: es protegido. Y en ese ambiente, la mente se debilita. La ignorancia ya no es un obstáculo: es el estado normal”, Camille Paglia.

La inteligencia, señala Marina, no es acumular información, sino saber qué hacer con ella. Nuestra época produce individuos informados, pero desorientados. Tienen datos, pero no criterio. Y, sin criterio, la información es inútil.

Vivimos en una cultura que privilegia la rapidez sobre la reflexión. El conocimiento exige tiempo, esfuerzo, continuidad; la cultura contemporánea ofrece lo contrario: fragmentación, interrupción, dispersión. No es que la información haya desaparecido, sino que ha perdido su contexto. Y, sin contexto, la información no se convierte en conocimiento.

La cultura contemporánea tiende a simplificarlo todo. Se desconfía de la complejidad, se evita la dificultad, se rebaja el lenguaje. El resultado es una forma de infantilización generalizada. Los ciudadanos son tratados como incapaces de comprender, y acaban siéndolo.

Diversos estudios (OCDE – PISA, PIAAC) indican que entre el 15% y el 25% de adultos tienen dificultades serias para comprender textos complejos. Un porcentaje significativo no puede inferir ideas implícitas, distinguir argumentos de opiniones o evaluar la fiabilidad de una fuente.

Según encuestas de hábitos culturales en España (Ministerio de Cultura, CIS, INE) las acividades más comunes de ocio son la televisión y las plataformas (Netflix, etc.) También son de uso diario masivo las redes sociales e Internet. Y una inmensa mayoría sale con amigos a bares y terrazas, o bien practica y mira algún deporte, o hace alguna corta escapada turística. Este es el núcleo real del ocio español medio.

Librerías, museos, lectura, bibliotecas, ópera, conciertos, son en cambio ocios residuales. España no es un país culto. Existe cierta (y menguante) cultura, pero no estructura los hábitos mayoritarios. Para un español -para la gran mayoría- la cultura no significa el centro de su vida, sino una lejana y poco frecuentada periferia.

Charles 164

Instantes ilusorios y efímeros de placer frente a la corrupción y enfermedad del tiempo. Dolor, aburrimiento, desidia, desengaño supremo hasta el colapso. La nada es la única verdad. La naturaleza solo engendra dolor y muerte. “Todo cuanto hay es corrupción: el tiempo lo devora todo, la edad lo marchita todo, el uso lo gasta todo […] Nada hay que no decline; todo comienza a morir desde el instante mismo en que comienza a ser”, Gracián.

La obra devastadora del tiempo. Nos roe. Nos devora. Nos aniquila. Somos una frágil caña a la que le cuesta mucho soñar. La vida, como la historia, se limita a acumular de escombros. Vivir es ir cayendo. El mundo termina con un gemido. “La verdad de este mundo es la muerte. […] Todo lo demás es ilusión, charlatanería, anestesia. […] Se nace roto, se vive reparando lo irreparable, y se muere sin haber comprendido nada, salvo que todo estaba perdido desde el principio”, Céline.

Cuanto más se vive, más evidente se hace que todo ha sido un error. «¿Qué será de lo que hago hoy o haré mañana? ¿Qué será de toda mi vida? […] La respuesta es clara: nada. […] Todo lo que vive se destruye; y cuanto antes lo comprendí, más insoportable se me hizo la existencia.”, Tolstói. “El hombre se acostumbra a todo, incluso a lo más espantoso. […] Esa es quizá la definición más exacta que puede darse de él.”, Dostoyevski.

Pero, a pesar de todo, hay momentos —al amor de la familia, con un libro, en un día repleto de sol, en una tertulia que se alarga sin motivo— en los que uno siente que la vida es suficiente.