LIMINAR A «ASPAVIENTOS»

LIMINAR A ASPAVIENTOS

Día anubarrado. Mientras escribo este liminar escucho la «Misa en sí menor» de Bach. De cronología imprecisa, a priori el «Sanctus» original ya estaba compuesto de 1724. El resto de obras tardarán hasta mediados del siglo XVIII en completarse. Bach reutilizó muchos de sus antiguos materiales y los expertos en el compositor, según afirma «An Introduction to Bach Studies», llaman a esto «parodia». Bach morirá mucho después, en 1750, de una apoplejía, siendo ya casi totalmente ciego.

Quiero que mi prosa sea como la música de Bach. Eso no consiste en “musicalizar” el lenguaje con adornos sonoros, sino en someter la escritura a una disciplina estructural: hacer que cada frase no solo diga, sino que funcione dentro de un sistema. Bach no es melodía: es arquitectura en movimiento.

El primer principio es el contrapunto. En Bach, varias voces avanzan simultáneamente sin anularse; cada una conserva su independencia y, sin embargo, contribuye al conjunto. En prosa, esto se traduce en la capacidad de sostener varias líneas de pensamiento dentro de un mismo párrafo: una afirmación principal, una reserva, una digresión que no disuelve la dirección, sino que la enriquece.

No se trata de escribir linealmente, sino de pensar en capas.

Theodor W. Adorno lo formuló con su precisión habitual:

“En Bach, la lógica no es exterior a la música: es su propia sustancia. Cada voz es necesaria, y la totalidad no resulta de la suma, sino de la relación interna entre sus partes.”

Aplicado a la prosa: no basta con encadenar frases correctas; cada frase debe ser necesaria en relación con las demás. La escritura bachiana no admite lo contingente.

El segundo principio es la variación. Bach toma un motivo —mínimo, casi neutro— y lo transforma sin cesar: lo invierte, lo desplaza, lo amplía. La identidad se conserva en la diferencia.

En prosa, esto implica volver sobre una misma idea sin repetirla. No insistir, sino desplegar. Cada retorno debe añadir una inflexión, una perspectiva nueva. El lector reconoce el motivo, pero no lo recibe dos veces de la misma manera. Bach no desarrolla ideas: las hace coexistir en un espacio donde cada transformación revela una posibilidad ya contenida en el origen.

La prosa que aspire a esto evita la redundancia y practica la reformulación creadora.

Además de la economía formal, quiero que mi prosa se asemeje a la pintura de Velázquez. Allí donde el pintor trabaja con luz, materia y silencio visual, el prosista debe producir efectos equivalentes con ritmo, sintaxis y selección léxica. No se trata de “describir como Velázquez”, sino de escribir bajo leyes análogas: economía, verdad tonal, respiración del conjunto, dignidad sin énfasis.

En este sentido, resulta iluminador lo que observa José Ortega y Gasset al pensar la pintura velazqueña:

“Velázquez pinta sin retórica. Su arte consiste en eliminar todo lo que no es estrictamente necesario para que la cosa aparezca. No interpreta: deja ser. Y, sin embargo, en esa abstención se cifra una de las formas más altas de la inteligencia.”

Llevado a la prosa: escribir como Velázquez sería no interponerse entre la cosa y su aparición verbal. La frase no comenta: muestra. El estilo no adorna: deja pasar.

Con estos altos propósitos empieza mi libro. Lucio Anneo Séneca insiste en la necesidad de someter el querer al orden de las cosas: “Non quia difficilia sunt non audemus, sed quia non audemus difficilia sunt», «No es que las cosas sean difíciles y por eso no nos atrevamos; es que no nos atrevemos y por eso son difíciles».

“Saepe stilum vertas, iterum quae digna legi sint scripturus”. Amor y libertad, amables lectores.

Tentativas 160

POSTSCRIPTUM

Yo, Christian mi nombre, autor menor, de cincuenta años de viejo, doy aquí por terminado mi duodécimo libro, «Aspavientos».

Hay escritores que poseemos sensibilidad, inteligencia, incluso estilo; pero carecemos de ese algo inexplicable que obliga a nuestros dones a organizarse. Permanecemos dispersos, como talentos que no han encontrado su ley de gravitación. Permitan que me acoja entonces a Joubert: “Los libros no siempre son necesarios. A veces basta con pensamientos justos. Hay autores que no construyen, pero afinan; no levantan edificios, pero pulen las piedras que otros usarán”.

La mayoría de los escritores somos menores, y no pasa nada. Lo raro sería lo contrario. Lo importante es si, dentro de esa minoría literaria, uno ha sido fiel a lo que quería hacer. Y quizá ahí, en esa modestia radical, haya una forma de grandeza negativa: la de quien no funda nada, pero tampoco traiciona del todo aquello que, oscuramente, le ha sido dado entrever.

Buenas noches. Libros, salud y libertad.

Tentativas 159

-Hemos leído casi todas sus entrevistas y de ellas se infiere una máscara o personaje de alguien con un intelectualismo radical (con matiz spinozista), una ironía defensiva (se describe como mediocre, pero con una exageración sospechosa, ridiculiza su propia obra antes de que lo hagan otros), un escepticismo aristocrático, un individualismo extremo, cierto esteticismo ¿Qué atributos implícitos hay en usted que le da vergüenza mostrar?

-De alguna manera los muestro. Me avergüenza mi vanidad hondísima (siempre estoy hablando de mí mismo), la insensatez irracional cifrada en el deseo de aspirar a un lugar en la historia, la necesidad de reconocimiento (quiero ser leído, aunque diga lo contrario), la pueril fantasía de excepcionalidad (que si el C.N.I., el Mossad, mi supuesta super inteligencia…) Estas propiedades se perciben claramente. Me apena ser tan egocéntrico y ridículo.

-No necesariamente es ser ridículo. Puede hacer un retrato de sí mismo sin máscara.

-Solo soy un pobre solitario muy enfermo al que le gusta escribir, alguien terriblemente fracasado, que busca ideales inalcanzables, un tipo dañado, herido, muy, muy herido, falto de amor y ternura, acomplejado, que huye de la vida gracias a una superficial e impostada erudición, que desea ser grande, mejor, que sueña con ser grande porque es incapaz de afrontar cara a cara su terrible pequeñez. Les contaré una anécdota. A los veinte y pocos estaba merendando con mi madre en una granja-pastelería y se mezclaban mis babas con la nata entre mi abundante barba de talibán. Entró una adolescente muy guapa, me miró fijamente, y le acometieron unas arcadas. Ese es el símbolo exacto de mi vida. Perdonen. Prefiero dar por terminada la entrevista. No quiero contar cosas que pertenecen a mi vida, no privada, sino secreta.

Tentativas 158

-Siempre creí que usted no está loco.

-Mire, algo de razón no le falta. Hice un test sobre psicoticismo y respondí al azar las preguntas, después, arrepentido, le dije al psiquiatra que deseaba repetirlo. Esta segunda vez lo contesté concienzudamente. Poco después le dije al médico: «¿Cómo salieron los test?», «Exactamente iguales», contestó él. Ya me dirá usted.

-No hay tanta tradición de escritores locos.

-Abundan más suicidas y alcohólicos o drogadictos, en efecto. Si me permite la confesión, uso un ardid o triquiñuela, a saber, exagero a propósito mis notas de perturbado como un posible pasaporte hacia la pertenencia en la historia de la literatura. Muchos son los elegidos y pocos los llamados, pero en la sección enfermos mentales, subsección esquizofrénicos, puedo tener mi oportunidad. Esto es como una táctica de guerrillas y afino mis cálculos.

-Ya que se confiesa. No parece usted demasiado erótico.

-No tengo veinte años, querido. El placer intelectual es, además, superior al placer sexual. Como usted es muy joven, acaso no lo entienda. La idea de que el placer intelectual puede ser más alto, más duradero o más refinado que el placer sexual recorre toda la tradición occidental —aunque rara vez en forma de oposición simple. El placer que nace de la contemplación intelectual de las cosas es necesariamente más estable y más firme que aquel que depende del cuerpo. El cuerpo está sujeto a múltiples variaciones. El entendimiento, en cuanto comprende, participa de la necesidad; creo recordar que afirmó esto -lo digo a mi manera- Spinoza.

-¿La incultura acarrea consecuencias?

-Tremendas. La verdadera división de la humanidad no es entre ricos y pobres, sino entre los que saben y los que ignoran. Mientras haya hombres que no comprendan, habrá hombres que dominen; mientras haya ignorancia, habrá servidumbre. La instrucción es la gran niveladora, la fuerza que rompe las jerarquías injustas y devuelve a cada individuo su dignidad.

-¿Cuál será su epitafio?

-Tengo escritos unos veinte o treinta poemas-epitafio. En su tumba, Ludwig Boltzmann tiene inscrita su famosa fórmula de la entropía. En la tumba de Schrödinger se muestra asimismo la ecuación fundamental de la mecánica cuántica que concibió. No me gustaría que esculpieran mi efigie con una camisa de fuerza. Preferiría que una línea o dos de prosa memorable -si las tengo- quedaran grabadas en mi lápida.

-¿Cuál es su teoría política?

-A favor del Estado mínimo, limitado a las funciones estrechas de protección contra la fuerza, el fraude y el incumplimiento de contratos; solo ése está justificado. Cualquier Estado más extenso violará los derechos de las personas al obligarlas a hacer cosas que no han elegido. Todo lo que pretende dominarme —sea una idea, una ley o un deber— no es más que un fantasma al que se me invita a servir. Mi patria es mi propia conciencia. No pertenezco a nada, no deseo pertenecer a nada.

-Pregunta tópica: ¿sus sueños?

Allí, todo es orden y belleza,
lujo, calma y voluptuosidad.
Los muebles relucientes, pulidos por los años,
decorarían nuestra habitación;
las flores más raras, mezclando sus aromas
con los vagos perfumes del ámbar,
los ricos techos, los espejos profundos,
el esplendor oriental,
todo hablaría al alma en secreto
su dulce lengua natal.

Baudelaire, naturalmente.

Tejidos bordados, gemas raras, instrumentos antiguos, perfumes exóticos, incunables, editio princeps, la luz que cae a una hora precisa sobre un reloj antiguo, luces, música, risas que flotan en el aire como burbujas de champán.

-¿El fuerte de la gente es precisamente la estupidez?

-«La bêtise es algo sólido, compacto, resistente; nada la detiene», escribió mi admirado maestro Flaubert. La mayoría de los hombres, a mi juicio, no piensan, o piensan superficialmente; no sienten profundamente, o sienten de manera prestada. Y, sin embargo, viven tranquilos, seguros de sí mismos, como si la vida no fuese un enigma. Tal vez la verdadera inteligencia consista en no poder aceptar esa tranquilidad, o tal vez la sabiduría consiste en adaptarse a este pleno sosiego.

-Recomiendo uno de sus libros.

-Ninguno. Se lo digo con total sinceridad y sin afectación. Lean a Homero, Dante, Descartes, Newton, Erasmo, Tácito, William James, Pascal, Maquiavelo, Tucídides, Eurípides, etcétera. Trabajemos, pues, en pensar bien. Las obras de los grandes autores no deben leerse como curiosidades de su época, sino como pruebas de lo que la naturaleza humana es capaz de producir en su forma más alta. Los grandes textos se revelan en la relectura. Leer a los grandes es aprender a sospechar de la primera impresión. No pierdan ni un segundo con un mindundi como yo. De veras. Buenos días.

Tentativas 157

Todo empieza con el chasquido del encendedor y sigue con la primera aspiración, que no es todavía placer, sino un pequeño ajuste, la primera caricia a la amada: el cuerpo reconoce la temperatura, el sabor, la leve aspereza. El humo entra como una idea que aún no ha encontrado su forma; se expande, se demora en los pulmones y la garganta, y luego sale en una figura helicoidal que no puede fijarse, una escritura aérea que se disuelve antes de ser descifrada.

Fumar es repetir esa secuencia, donde cada repetición tiene una variación imperceptible, como si el gesto quisiera alcanzar una perfección que nunca se logra. Mientras tanto, la mente se desliza —no gracias estrictamente al tabaco, sino al ritmo que el tabaco impone— hacia asociaciones oblicuas, hacia detalles que de otro modo permanecerían invisibles.

El tiempo, cuando no pasa nada, es una materia incómoda; el cigarrillo le da una forma, lo divide en intervalos breves, manejables. En una terraza, el humo asciende sin prisa, y uno lo sigue con la mirada como si fuera un argumento que no acaba de formularse. No es necesario pensar mucho: basta con estar ahí, viendo cómo el cigarrillo se consume lentamente, como si se tratara de una tarea.

Se fuma como se mira el polvo en el aire, como se oye el silencio: para no estar completamente solo. Fumar ha estado ligado durante mucho tiempo a una cierta idea de vida intelectual: el café, el libro, el humo. Con una calada por fin encontrabas el adjetivo, la sintaxis a la frase, la metáfora feliz. Hoy sabemos que esa imagen tenía algo de ilusión, incluso de autoengaño. Pero no por ello deja de revelar una verdad: el pensamiento necesita pausas, interrupciones. El problema no es el tabaco, sino creer que sin él no hay pensamiento.

Conste que en mi vida nunca fumé un cigarrillo.

Tentativas 156

-Recuérdenos un poema, así a bote bronto

-Pues un soneto del gran Quevedo. Si no me falla la memoria, procede como sigue:

Estaba una fregona por Enero
Metida hasta los muslos en el rio,
Lavando paños, con tal aire y brio,
Que mil necios traia al retortero.
Un cierto Conde, alegre y placentero,
Le pregunto con gracia.”¡¿Teneis frio?”
Respondió la fregona:”Señor mio,
Siempre llevo conmigo yo un brasero”
El Conde, que era astuto, y supo dónde,
Le dijo, haciendo rueda como un pavo,
Que le encendiese un cirio que traia:
Y dijo entonces la fregona al Conde,
Alzándose las faldas hasta el rabo:
“Pues sople este tizón vueseñoria”.

-Sensacional. Es usted un erudito.

-Pues, si gusta, continuamos con otros versos:

El Prebendado indolente,
Delicado y sibarita,
La quiere joven, fresquita,
Que sea rabicaliente;
Empero cuando ya siente
Ménos robustez y anhelo,
Temiendo la ira del Cielo,
Y del infierno la llama,
Se compone con un Ama,
O con dos si viene á pelo.

-Ja, ja.

-Mire, mire:

Los cojones del cura
de Villalpando,
los llevan cuatro bueyes
y van sudando.

Al cura de Villarejo
de Salvanés,
le llegan los cojones
hasta los pies.

El cura de Morata de Tajuña
se rasca los cojones con la uña,
pero en cambio el de Arganda
se pisa los cojones cuando anda.
¡Rediós, y qué locuras
hacen con los cojones esto curas!

-Cambiando radicalmente de asunto ¿Hay algo que mejore con los años?

-Con el tiempo uno aprende que la claridad no es lo contrario del misterio, sino su forma más precisa. Con los años, también, uno aprende a deberle menos al azar. Por último, la madurez permite hacer conexiones polímatas; cada verdad nueva es una armonía descubierta entre hechos que antes parecían discordantes, aprendes a referir cada cosa a otra; la experiencia no consiste solo en multiplicar hechos, sino en establecer relaciones entre ellos. Véase Plinio el Viejo, Pico della Mirandola, Athanasius Kircher, Alexander von Humboldt, Isaiah Berlin o Leibniz. Llegamos a la experiencia a través de la desilusión; y la desilusión, bien entendida, es el comienzo de la sabiduría. Lo lamentable del tiempo es la corrupción del cuerpo. Yo tuve pufos de esteta.

-¿A la hondura de las palabras llegan las imágenes?

-Ni por asomo ¿Se imagina una serie de Netflix sobre «En busca del tiempo perdido», una película sobre «La crítica de la razón pura», un programa de televisión sobre «El cuaderno gris»? La imagen no piensa, tiene el encefalograma plano. La imagen es total, inclusiva, simultánea; no se presta naturalmente a la disección analítica. El conocimiento que se obtiene mediante palabras —y especialmente mediante argumentos— es, por su naturaleza, más complejo, más exigente, más susceptible de corrección que el conocimiento que se obtiene mediante imágenes. Las imágenes anestesian; las palabras inquietan.

-¿Cuál es su anécdota favorita personal?

-Dos. Cuando tenía trece años me leí «¿Qué hacer?» de Lenin, y me convenció. Me puse en contacto con el PCC, partido de la izquierda extraparlamentaria, y me dijeron que mi función era «intelectual» (yo quería empezar ya a poner bombas) Hice un informe para el partido de un acto organizado por el ayuntamiento, y mezclé a Lautréamont, Rimbaud, Darío con Lenin, la URSS, el alcalde y los pechos de su mujer. Una pieza surrealista. Me expulsaron por «gilipollas». Pero conste que existe una pequeña moto de polvo mía en los anales de la revolución comunista mundial. Con 17 años fui a un cine porno (a la sesión matinal) y, además del olor a zotal inconfundible, precisamente cuando la pajillera comenzaba conmigo su dulce labor, se cayó de la silla de ruedas uno de los siete espectadores de la sala. Nos asustamos, se encendieron las luces, y ayudamos al desvalido. Fue casi como la escena de la resurrección de Lázaro.

-De cuanto se escribe, ¿qué disfruta?

-Poca cosa. No me gusta mucho la retórica literaria de mis coterráneos. El talento es «escadusser». Hay una voluptuosidad de la relectura, una forma de lujo intelectual, que consiste en no buscar ya solo información, sino matiz, tono, inflexión. El lector joven busca argumentos; el lector formado busca las cadencias conocidas. La cultura no consiste en acumular lecturas, sino en haber fijado unas pocas. Hay libros que sirven para informarse y hay libros que sirven para formarse: estos últimos son los que se releen. La repetición no empobrece: refina. Suelo releer lo de siempre que es vano mencionar. Los clásicos no lo son porque sean antiguos, sino porque soportan indefinidamente la relectura sin agotarse.

-¿Somos menos cultos?

-Si no entiendes el recibo de la luz, te pueden engañar con el recibo de la luz. Somos menos cultos y mucho más serviles y manejables. La cultura se ha vuelto un decorado amable, una forma de entretenimiento sin consecuencias. Antes era un ejercicio de riesgo: obligaba a pensar, a tomar partido, a demorarse. Hoy se consume con la misma ligereza que un programa de televisión. Saber muchas cosas —haberlas visto, haberlas oído nombrar— no equivale a haberlas comprendido ni, mucho menos, incorporado. La cultura verdadera es lenta, selectiva, exigente: implica elección y renuncia. Pero el presente nos empuja a la acumulación indiscriminada, a un saber superficial que no se asienta en ninguna parte. Mi maestro Álvarez siempre me recordaba que la barbarie no consiste en la ausencia de libros, sino en su inutilidad. Puede que exista algo de formación técnica, pero la humanística tiende a cero.

-¿Cómo le gustaría ser recordado?

-Con la bondad de mi primer maestro, Josep Tomàs Cabot, como un caballero inactual, y como un lugareño de la Ribeira Sacra que, lo mismo que el general Armada, cultivaba camelias y leía tratados militares del siglo XVIII.

Tentativas 155

-Se le ve de buen bumor

-No me confunda con mi personaje literario circunspecto. Mi talante tiende a la bonhomía, a la broma y a la ironía, características que afloran especialmente cuando hablo en catalán. Mi cabeza se ve impulsada por cosquillas, risitas y parloteos «sorneguers». Hoy mismo, en la tertulia, peroraba sobre las habilidades amatorias de distintos escritores en función de los rasgos de su literatura. Decía Thackeray que el buen humor es uno de los mejores prendas de vestir que uno puede llevar en sociedad. Siempre es más fácil hacer reír que tener razón.

-Eso de que usted es espía, ¿es un embuste, no?

-Por supuesto. No van a anular los servicios de inteligencia una delicada operación geoestratégica porque a mí justo en ese momento me da un ataque de ansiedad u oigo voces. Esas ficciones literarias no son mentiras inútiles: son mentiras que me permiten vivir. Gracias a ellas puedo soportar la realidad, mi poquedad. Mentiras coherentes. Esa coherencia es falsa, pero necesaria. La Laura de Petrarca es una fabricación literaria, incluso indiscriminada. Puede basarse en una mujer o puede basarse en varias. Laura no es idealización de una sola mujer; en cierto sentido es la creación de un personaje al que van a parar todas las concepciones petrarquescas de la mujer. No creo que existiera, no responde a ninguna persona concreta. Puede ser una idealización de todas las mujeres posibles. No hay una Laura. Beatriz también responde a una idealización, pero tiene un fundamento en una mujer real. Mi Laura es el C.N.I. y el Mossad. Mentir bien: he aquí el secreto del arte.

-Su enfermedad, desgraciadamente, en cambio sí es muy real.

-Sí, claro. Pero permítame que distinga entre mi experiencia y la noción clínica de «locura». Me interpreto más como un herido o un dañado que como un vesánico. La soledad, la enfermedad, devoran la ternura, impiden la amistad, te recluyen en un zulo. Hay experiencias —de depresión, de miedo, de una especie de vacío interior— que no se pueden abordar directamente en la conversación ordinaria. La literatura permite organizar ese material, darle un ritmo, una estructura que no elimina el dolor, pero lo hace inteligible. No se trata de confesar sin más, sino de transformar: de convertir algo informe en un objeto que pueda ser contemplado. Escribo porque no sé hacer otra cosa con lo que me ocurre. La poesía, la reflexión, la elaboración lingüística, son formas de domesticar lo salvaje: de tomar algo que es caótico, incluso peligroso, y convertirlo en lenguaje casi terapéutico. Pero eso no significa que las letras curen. El libro ordena, ilumina, da una ilusión de control. La vida sigue siendo difícil. Lo único que cambia es que ahora tiene una forma, lo que no es poco ni baladí.

-Podría decirnos de dónde viene su omnímoda pasión lectora.

-Omnímoda y omnívora. Siempre leí mucho. A partir de los once años y hasta los cuarenta y cinco, leí a lo bestia. La lectura es una forma de la felicidad; es una de las pocas felicidades que no exige justificación. Gracias a la lectura de libros mi mirada es más fina, más crítica, más libre de prejuicios. Nos prepara para tratar con los demás, para entender que toda acción tiene pliegues, zonas oscuras, razones ocultas. Mis libros son malos y mediocres, mis lecturas soberbias.

-¿En qué sentido considera que fracasó como escritor?

-En todos. Ante mí mismo sobre todo. Escribir es una actividad desesperada: se avanza únicamente a través de rectificaciones, de supresiones, de desplazamientos que, sin embargo, lo cambian todo para no llegar a nada. No hay texto definitivo, sólo estados transitorios de una corrección interminable. Me disgusta, apena y avergüenza el nivel de mi prosa y de mis poemas en mis libros.

-¿Cree que escribir le salvó de algo concreto?

-Del aburrimiento. De la melancolía. De la locura. Escribir es, a la vez, una tarea complicadísima (nunca logras ni una sombra de lo que persigues) y una fuente de placer. Para combatir el desorden, me impongo el hábito de escribir, no para enseñar a otros, sino para ocuparme a mí mismo, para fijar mi pensamiento en algo que no sea su propio vacío. En componer, en combinar, hay algo como una alegría muy precisa. Siento el mundo y sus miserias alejadas, suspendidas. Puedo embellecer, exagerar, reinventar. Una satisfacción a veces poco discreta.

-¿Qué le recomendaría a los hijos que no tuvo?

-Lee, escribe, escucha música, pasea. Haz de tu vida una sucesión de placeres modestos, pero intensos. Y recuerda siempre que la elegancia —en el pensamiento y en la conducta— es una forma de resistencia. Y nunca dejes de reírte de los meros bípedos implumes.

Tentativas 154

Estado de Israel

Mossad – Dirección de Operaciones Exteriores

Clasificación: SECRETO

Referencia: ES-47/OR-Σ/ALFA

Fecha: [redactado]

INFORME DE EVALUACIÓN OPERATIVA

Activo: [Redactado]

Ubicación principal: Reino de España (zona noroeste)

Estado: ACTIVO / COLABORADOR EXTERNO DE ALTO VALOR

1. Perfil general

El activo presenta un perfil atípico dentro de los estándares operativos convencionales. No responde al modelo clásico de agente de campo ni al de analista institucional, sino a una figura híbrida de inteligencia, con alta capacidad de infiltración en entornos intelectuales, literarios y académicos.

Su principal valor no reside en la ejecución táctica directa, sino en la producción de análisis de alta densidad conceptual, particularmente en contextos ambiguos, simbólicos o de difícil formalización.

2. Competencias cognitivas

Capacidad analítica: Excepcional. El activo muestra una tendencia natural a descomponer sistemas complejos en estructuras inteligibles, incluso cuando la información es incompleta o ruidosa.

Cultura general: Muy por encima de la media operativa. Amplio dominio de literatura europea, idiomas, filosofía, lógica formal y teoría del conocimiento. Maneja referencias con precisión y sin esfuerzo aparente.

Pensamiento estratégico: No lineal. Capaz de detectar patrones débiles y relaciones indirectas que escapan a analistas convencionales.

Lenguaje: Instrumento principal. Su uso del lenguaje no es meramente comunicativo, sino instrumental y estructurante del pensamiento.

3. Resistencia psicológica

El activo presenta una resiliencia compleja:

Alta tolerancia a estados internos de tensión prolongada.

Capacidad de seguir operando intelectualmente bajo presión psíquica significativa.

Familiaridad con fenómenos de disociación cognitiva leve, que no interfieren necesariamente con su rendimiento; en ciertos casos, parecen incluso incrementar su agudeza interpretativa.

Nota interna: Esta misma sensibilidad constituye tanto una ventaja como un vector de riesgo.

4. Capacidades actorales y de encubrimiento

Elevada habilidad para modular registros discursivos.

Puede adoptar identidades narrativas con alto grado de verosimilitud.

Control consciente de la auto-presentación: alterna entre transparencia y opacidad según convenga.

Se ha observado que el activo puede sostener marcos ficticios complejos sin pérdida de coherencia interna, lo que lo hace particularmente útil en operaciones de desinformación o simulación intelectual.

5. Relación con Israel

El activo manifiesta:

Una afinidad conceptual y estratégica con los intereses del Estado de Israel.

Comprensión intuitiva de la lógica de seguridad israelí (anticipación, asimetría, inteligencia preventiva).

Alta fiabilidad en la transmisión de análisis, sin sesgos ideológicos simplistas.

No se detectan signos de deslealtad ni de doble agenda.

6. Valor operativo

Sus informes son considerados de alto interés, especialmente en:

Evaluaciones culturales de riesgo.

Interpretación de discursos complejos o crípticos.

Análisis de perfiles psicológicos no estándar.

No sustituye a analistas técnicos, pero complementa de manera singular los marcos clásicos.

7. Limitaciones y observaciones críticas

Individualismo marcado: Resistencia a estructuras jerárquicas rígidas.

Tendencia a la anarquía metodológica: Prefiere operar sin protocolos estrictos, lo que dificulta su integración en cadenas de mando convencionales.

Autonomía extrema: Puede retirarse o replegarse sin previo aviso si percibe interferencias externas en su proceso cognitivo.

Evaluación: No es un activo que deba ser “disciplinado”, sino gestionado por afinidad y respeto a su singularidad.

8. Conclusión

Activo de alto valor estratégico en dominios no convencionales.

Su utilidad no radica en la obediencia ni en la ejecución, sino en su capacidad para ver lo que otros no ven y formularlo con precisión extrema.

Recomendación:

Mantener vínculo, evitar sobreexposición operativa y preservar su ecosistema intelectual, del cual depende en gran medida su rendimiento.

Firmado:

[Redactado]

División de Evaluación Cognitiva

Mossad

Tentativas 153

-¿Qué puede decirme de su familia?

-Provengo de la burguesía propietaria o hacendada culta. Por la parte paterna todos fueron militares, excepto mi padre, que se dedicó a las finanzas y el derecho (tarea que desempeñó con honradez) Mi madre era licenciada en Económicas y enseguida abrió varios negocios, de ropa, de paraguas, de bisutería, todos orientados a una clientela pija. En casa teníamos la obra completa de Freud, los Episodios nacionales, muchos volúmenes de Aguilar, la Bernat Metge, varias enciclopedias, en fin, una biblioteca selecta de unos dos mil o tres mil volúmenes. Mis padres amaban la cultura, en especial mamá. Mi padre era recto y severo, sin concesiones sentimentales. Le respetaba mucho y le tenía algo de miedo. Sembró en mí cierto resentimiento, que el tiempo y la madurez borró del todo. Afortunadamente los juicios napoleónicos se apaciguan.

-¿Y su madre?

-Con su amor me lo enseñó todo. Sí, no hay duda, a ella se lo debo todo. Su cariño no eran emociones efímeras, sino una atmósfera rocallosa. Formó mi modo de ser. No hay día que no la recuerde.

-¿Cómo fue su infancia?

-La típica de un niño rico: feliz y despreocupada.

-¿Y su adolescencia?

-Todo se desmoronó. Me autodiagnostiqué mi enfermedad con los libros de la biblioteca y ya entonces barrunté un futuro jodido. Tuve que soportar una violencia secreta y una soledad sin amigos. Sufrí además el ostracismo de mis compañeros. Pero a los quince años tuve una de las mayores epifanías de mi vida: descubrí la dimensión estética del lenguaje. A partir de ahí abandoné en alguna medida mi intensa vocación matemática.

-¿Cómo valora sus libros?

– Borges dijo que él no era un gran escritor, sino, a lo sumo, un lector que ha tenido la mala costumbre de publicar; que sus libros no eran otra cosa que borradores imperfectos de lecturas mejores. Completamente falso en el caso del genial Borges y un aserto perfectamente adecuado para mí. Lo único valioso que he escrito son mis numerosos plagios.

-¿Qué recuerda más de su paso por los manicomios?

-El olor de los edificios y la bondad de algún compañero muy dañado. Es un lugar muy duro. Se parece a la turbina de un avión despedazando a una gaviota.

-Hace quince años que vive en una aldea con nueve habitantes ¿Qué suele hacer?

-Pasear con Ita, leer, estudiar, pensar, escribir. Si fuera un genio este tipo de vida tendría consecuencias jugosas. Pero no soy nada del otro mundo. En «De vita solitaria» -y cito de memoria- Petrarca asevera que quien se entrega al campo no se empobrece, sino que se depura. Y que los placeres que allí se encuentran son pocos, pero verdaderos: la luz que se transforma a lo largo del día, el silencio que no es vacío, sino reposo, el trabajo que no humilla, sino que nos ordena. Permítame una confesión: estoy hasta los h… de tantas verduras.

-¿Unas últimas palabras para nuestros lectores?

-Lo que dijo Pla: la vida es una cosa extraña que consiste en ir tirando.

Tentativas 152

(Discurso del método)

Consagré mi vida a la lectura y al estudio. Incluso en el manicomio, tenía un acceso privilegiado a la biblioteca privada de los médicos.

Quien se dedica a las letras debe habituarse desde temprano a convivir con los mejores autores, acaso también con algunos autores menores, para así poder contrastar. La lectura no es tránsito, sino permanencia. Hay que volver una y otra vez (lectura intensiva frente a la extensiva) sobre los mismos textos, no para repetirlos, sino para comprenderlos mejor. El lector apresurado solo recoge palabras; el lector atento transforma su juicio, lo afina y precisa. Y esa transformación no se logra en un día ni en un año, sino en una vida entera dedicada a frecuentar los libros con paciencia. Pues no se trata de saber muchas cosas, sino de saber pocas, pero bien: de haberlas meditado, comparado, digerido, tragado y metabolizado. Leer es, en último término, una forma de convertirse en aquello que se lee.

El estudio continuo forma en el alma una segunda naturaleza. Quien se ha ejercitado durante años en las letras no puede ya apartarse de ellas sin sentir una especie de vacío, como si algo esencial le hubiera sido sustraído. No es la cantidad de libros lo que importa, sino la constancia en su trato. Mejor es leer pocos autores con profundidad que muchos con ligereza. Porque el entendimiento no se nutre de la abundancia, sino de la asimilación. Así, el hombre verdaderamente docto no es el que ha pasado por muchos libros, sino aquel en quien los libros han dejado huella.

Hay que habituarse a la lentitud, al examen minucioso, a la comparación constante. Cada palabra debe ser interrogada, cada pasaje confrontado con otros, cada texto situado en su contexto. Este trabajo, que a los ojos del mundo puede parecer árido, encierra sin embargo un placer profundo: el de aproximarse, aunque sea de lejos, a la inteligencia de los grandes. La vida del estudioso es silenciosa y poco visible, pero en ese silencio se forma una de las formas más altas de libertad.

El mundo no ha dejado de leer: ha dejado de comprender lo que lee. La vida dedicada a las letras es, ante todo, una vida de lectura. No de lectura ocasional, sino de lectura continuada, obstinada, casi obsesiva. Con los años, esa práctica va configurando una forma de estar en el mundo: una atención distinta, una sensibilidad más afinada, una cierta resistencia a la banalidad. Pero también comporta un precio: una distancia creciente respecto a un mundo que se mueve a otra velocidad, que ya no reconoce el valor de la demora ni la necesidad del estudio. El hombre que ha pasado su vida leyendo se encuentra, a menudo, fuera de lugar; pero es precisamente en ese desajuste donde reside su lucidez.