Burton 27

Azaña podía pronunciar un discurso parlamentario citando a Tácito y a Galdós. Churchill había leído a Macaulay, Gibbon y Shakespeare. Burke escribía como un hombre que había pasado media vida entre historiadores clásicos. Incluso los revolucionarios franceses, con toda su violencia, se expresaban en el lenguaje de Plutarco y Rousseau. Hoy resulta difícil imaginar a un ministro discutiendo una reforma educativa a partir de Quintiliano, Tocqueville o Stuart Mill.

La oratoria política actual (bronca, incivil, y breve, pobre y triste) adolece de falta de sustancia. Se habla mediante construcciones gramaticales idénticas que valen tanto para un mitin como para una crisis institucional: «poner en valor», «hoja de ruta», «resiliencia», «cohesión transversal». Si se quitan los adjetivos de moda, la estructura se viene abajo; es un lenguaje que se muerde la cola sin llegar jamás al dato empírico ni a la premisa lógica.

El político actual no se nutre de la tradición del ensayo político, la filosofía o la historia, sino del dossier ejecutivo sintetizado por asesores de comunicación, del argumentario de partido de la mañana y del pulso de las redes sociales. El resultado es un discurso con la profundidad de un tweet y la consistencia de un eslogan publicitario.

La formación intelectual de Winston Churchill fue bastante heterodoxa. No pasó por Oxford o Cambridge ni recibió una educación clásica profunda como la de muchos políticos victorianos. De joven era más bien un oficial de caballería ambicioso que un erudito. Uno de los episodios decisivos ocurrió cuando estaba destinado con el ejército en la India, sobre todo en Bangalore (1896-1897) Allí se dio cuenta de las lagunas de su educación y emprendió un programa de autoformación feroz. Le pidió a su madre que le enviara libros y leyó durante horas todos los días. Entre las lecturas que él mismo menciona se encuentra Gibbon, Macaulay, Platón, Schopenhauer, Darwin, obras de historia inglesa, militar y parlamentaria. Más tarde, durante sus campañas en Sudán y Sudáfrica, continuó leyendo de forma obsesiva. Qué contraste con nuestros analfabetos funcionales poíticos de ahora.

«La retórica política moderna sufre de una epidemia de simplismo. Se ha producido una quiebra de la confianza en la capacidad del público para comprender el argumento político en toda su complejidad. El resultado es un lenguaje público infantilizado, donde las opciones difíciles se ocultan tras consignas sentimentales o tecnocráticas. Al sustituir la explicación por el eslogan, los políticos no solo degradan el idioma, sino que erosionan la legitimidad del sistema democrático», Mark Thompson, «Sin palabras: ¿Qué ha pasado con el lenguaje de la política?».

Cuando los políticos no se atreven a pensar, recurren a la frase hecha. La frase hecha es un pasaporte para la falta de pensamiento. La decadencia de un pueblo comienza cuando sus representantes confunden la verborrea con la elocuencia y el cliché con la idea; aquel que corrompe el lenguaje, tarde o temprano acabará corrompiendo las leyes y la convivencia.

El charlatán no engaña sobre los hechos, sino sobre sus propias intenciones. No le importa si lo que dice es verdadero o falso; le importa el efecto que produce. El político que recurre sistemáticamente al lenguaje huero, inane y cochambroso ya no respeta la verdad ni para falsearla. Su falta de lecturas e interés por el rigor conceptual se traduce en una indiferencia total hacia cómo son las cosas en realidad.

Las palabras pueden actuar como dosis mínimas de arsénico (Klemperer): uno las traga sin darse cuenta, parecen no tener efecto alguno, y al cabo de un tiempo se nota el efecto tóxico. Si el lenguaje de quienes gobiernan es agresivo y carente de lecturas, la mente del ciudadano se acostumbra a la inanidad y la agresividad. El lenguaje político actual, con su pobreza de vocabulario y su fijación por las frases hechas, devalúa la capacidad humana de discernir. La palabrarería política es contagiosa.

La clase política contemporánea adolece de una llamativa analfabetización cultural; ya no habitan el lenguaje de los clásicos. Al carecer de lecturas, carecen de memoria. Su lenguaje es puramente presentista, una costra de clichés que oculta un vacío espiritual absoluto. Cuando una sociedad tolera que sus gobernantes hablen un idioma degradado, está aceptando la devaluación de su propia altura intelectual.

Burton 26

Desasosiego y melancolía. Se premia lo breve, lo rápido y lo emocional, la atroz incultura, por encima de lo profundo y lo reflexivo. Sin embargo, también cabe la posibilidad de que la cultura y la inteligencia no estén desapareciendo, sino mutando hacia formas que a veces no reconocemos bajo los cánones tradicionales. No lo sé. Debiera pensarlo.

Mi impresión, en cambio, es que la educación ya no busca formar ciudadanos ilustrados, con un pensamiento crítico y una base sólida de conocimientos, sino preparar a consumidores dóciles en un mercado que cambia constantemente. El conocimiento se ha fragmentado en ‘píldoras de información’. La gente ya no lee libros extensos; lee resúmenes, tuits o fragmentos. Como consecuencia, la capacidad de sostener un argumento complejo, de entender una paradoja o de tolerar la ambigüedad intelectual desaparece. Nos estamos convirtiendo en una sociedad con una comprensión pasmosamente superficial.

Creo muy vigente el análisis de Schopenhauer cuando decía que a la gran mayoría de los hombres, el estudio y el pensamiento no les sirven de nada, porque no buscan en ellos la verdad, sino la confirmación de sus propios prejuicios o un medio para sus fines mundanos. El hombre de gran inteligencia, en cambio, se encuentra en una especie de aislamiento natural; vive en un mundo diferente al de los demás, y la distancia que lo separa de ellos es a menudo insalvable.

«El peligro en el mundo moderno no es tanto que la gente sea malvada o carezca de intenciones morales, sino que se niega a pensar. El pensamiento requiere detenerse, dar un paso atrás frente al flujo del mundo, examinar las cosas en profundidad. Sin embargo, la sociedad de masas fomenta todo lo contrario: una prisa constante y un consumo destructivo de experiencias superficiales. Clichés, frases hechas, códigos de expresión estandarizados y convencionales tienen la función socialmente reconocida de protegernos de la realidad, es decir, de esa exigencia de atención que el pensamiento reclama sobre los hechos y los acontecimientos. Cuando las personas pierden la capacidad de pensar por sí mismas, la cultura se desmorona y queda reducida a un mero entretenimiento o a un instrumento de propaganda. El resultado es una sociedad de seres humanos altamente funcionales, pero intelectualmente vacíos, incapaces de discernir la verdad de la falsedad», Hannah Arendt.

«Nuestra época no es una época filosófica, ni poética, ni mística, ni siquiera moral; es, sobre todo, la Era Mecánica. Se ha perdido la fe en el esfuerzo individual del alma, en la fuerza invisible de la verdad y del intelecto. Ahora todo se hace por sistemas, por maquinarias, por agregaciones. […] El intelecto ya no se cultiva por el valor intrínseco de la sabiduría, ni para que el hombre sea más noble, más sabio o más espiritual. Se cultiva únicamente como una herramienta para adquirir riqueza o poder inmediato. El hombre culto y reflexivo, que busca comprender los misterios de la existencia y conservar la herencia espiritual de la humanidad, es visto como un ser inútil, un soñador o un anacronismo. Las mayorías corren tras lo que produce un beneficio rápido y visible, despreciando la lentitud y el silencio que requiere la verdadera ilustración. Se prefiere la instrucción técnica que sirve para el comercio a la educación del alma que sirve para la libertad», Carlyle.

Las personas verdaderamente ilustradas son cada vez menos. El mundo moderno ofrece demasiados analgésicos para el espíritu. La gente prefiere no saber, no profundizar, vivir en una cómoda penumbra intelectual donde todo es fácil y nada exige un examen de conciencia. El comercio con el mundo, para quien conserva la lucidez, se vuelve un ejercicio de paciencia y, a menudo, de profunda resignación. El comercio con el mundo me causa una acusadísima melancolía.

Burton 25

La tertulia es el triunfo del audaz y del ignorante. El tertuliano es un profesional de la opinión obligatoria sobre cualquier materia, lo que le obliga a la simplificación y, a menudo, a la ramplonería verbal. Solecismos, anacolutos, barbarismos… todo un florilegio de la expresión más chabacana y macarrónica.

Hoy la competencia ya no es intelectual, sino teatral. Se premia el tono bronco, el eslogan y la agresión verbal sobre el argumento. El tertuliano de izquierda o de derecha no busca la verdad, busca la trinchera; y en la trinchera la primera baja es siempre la precisión y elegancia del lenguaje. Cuando el vocabulario se reduce a doscientas palabras comodín y los argumentos se construyen a base de tópicos y frases hechas, el pensamiento se extingue. El lenguaje chabacano no es solo feo; es peligroso porque impide matizar. Y sin matices no hay intelectualidad posible, solo dogmatismo.

El problema del tertulianismo no es su sesgo ideológico, sino su analfabetismo funcional respecto a la complejidad. La derecha y la izquierda radiofónica comparten exactamente el mismo vicio: la sustitución del conocimiento por la consigna. Hablan con una suficiencia categórica idéntica sobre macroeconomía, geopolítica o derecho constitucional, revelando en cada frase una alarmante falta de lecturas.

El tertuliano es un mercenario del tópico. Su lenguaje no busca descubrir la verdad, sino blindar un prejuicio. De ahí que utilicen una prosa tan roma, tan masticada, tan adocenada: porque el pensamiento original exige un esfuerzo verbal que sus cerebros, adiestrados en la consigna rápida, ya no pueden realizar. Antes, para hablar en público, se exigía un cierto prestigio intelectual o un conocimiento probado. Hoy basta con tener la piel gruesa, un caudal inagotable de frases hechas y la capacidad de hablar durante horas sin decir absolutamente nada. La tertulia es el triunfo del nihilismo cultural.

En la misma línea se expresaba el periodista Chaves Nogales (cuyas críticas al sectarismo y la ramplonería de los bandos siguen vigentes un siglo después): «Cuando la pasión política ahoga la inteligencia, el lenguaje se vuelve salvaje, primitivo. El sectario no habla para razonar, sino para embestir. Por eso sus palabras pierden todo matiz, toda finura cultural, y se convierten en meros ruidos de tribu».

Burton 24

Artículo afilado, irónico, trufado de referencias culturales pop e intelectuales, y con una carga política de fondo muy evidente.

En un mismo párrafo pasa de citar a Jesús Gil (y la delirante frase de su hijo sobre los antecedentes penales en el fútbol y la Marbella de los 90) a citar a Coriolano (el héroe de Shakespeare/Plutarco que se negaba a mostrar sus heridas de guerra al pueblo para dar lástima) y terminar en el espectáculo de luces de los templos egipcios de Abu Simbel. Rosa Belmonte trufa de alta cultura y delirios pop sus columnas; es nuestra Zizek retórica.

Periodismo de opinión de alta escuela. Consigue que un tema diario, machacón y a menudo desagradable como la corrupción y la guerra judicial se lea con fluidez gracias al barniz cultural. Usa la cultura de masas (series, música, cine) como un espejo retrovisor para explicar los vicios de la política actual española.

Me gustaría añadir o sumar a su magnífico texto el concepto de responsabilidad política, uno de los pilares más complejos de la teoría del Estado y la filosofía del poder. A diferencia de la responsabilidad penal o jurídica (que dictamina si un acto es legal o ilegal), la responsabilidad política se asienta sobre la ética, la asunción de las consecuencias no deseadas y el honor institucional.

El sociólogo alemán Weber es el punto de partida obligatorio. En su célebre conferencia de 1919, «La política como vocación», distinguió entre dos éticas irreconciliables, defendiendo que el verdadero político debe abrazar la segunda.»Tenemos que tener bien claro que toda acción orientada éticamente puede ajustarse a dos máximas fundamentalmente distintas e irremediablemente opuestas: puede orientarse según la ‘ética de la convicción’ o según la ‘ética de la responsabilidad’. (…) Hay una diferencia infinita entre actuar según la máxima de la ética de la convicción —es decir, haciendo el bien de forma que se deje el resultado en manos de Dios— o actuar según la máxima de la ética de la responsabilidad, que ordena que uno tiene que responder de las consecuencias (previsibles) de la propia acción. Al hombre que se guía por la ética de la convicción no le cabe en la cabeza que, si las consecuencias de una acción emprendida por pura convicción son malas, la responsabilidad no recae sobre el mundo, sino sobre él mismo, sobre su falta de previsión o sobre la necedad de los hombres que no supieron comprenderlo» Y añade: «El honor del caudillo político, es decir, del estadista dirigente, está precisamente en asumir personalmente la responsabilidad de todo lo que hace, responsabilidad que no debe ni puede rechazar o arrojar sobre otro. (…) Quien busca la salvación de su alma y la de los demás que no la busque por el camino de la política, cuyas tareas, que son muy distintas, solo pueden ser cumplidas mediante la fuerza y la asunción de la responsabilidad por las consecuencias terrenales y brutales de los propios actos».

Citemos también a Sartori: «La democracia es un sistema de responsabilidades revocables. Si el político puede cometer errores graves, ampararse en el ruido mediático, culpar sistemáticamente a la herencia recibida o a la oposición, y aun así conservar el cargo, la democracia se convierte en una fachada vacía. La responsabilidad política exige mecanismos donde el gobernante ‘rinda cuentas’ de manera efectiva, no mediante discursos de propaganda, sino asumiendo el coste de su mala gestión. Cuando la impunidad se normaliza y el debate político se reduce al chisme y al insulto, el ciudadano pierde el respeto a las instituciones porque comprende que quienes mandan han perdido por completo el sentido de la vergüenza y el honor del cargo.»

Concluyamos esta gavilla o convoy de citas con Arendt: «Donde todos son culpables, nadie lo es. La culpa, a diferencia de la responsabilidad, siempre es estrictamente personal. Se refiere a un acto, no a intenciones o solidaridades. Pero la responsabilidad política es de una naturaleza completamente diferente: es una responsabilidad por cosas que uno no ha hecho individualmente, pero de las cuales debe responder por el simple hecho de pertenecer a una comunidad política y civil. El gobernante o el ciudadano que se lava las manos diciendo ‘yo no sabía’ o ‘fueron mis subordinados’ destruye la propia idea de la República. Asumir la responsabilidad política significa aceptar que representas un cuerpo social y que las quiebras morales o materiales de ese cuerpo caen directamente sobre tus hombros, independientemente de tu pureza de intención».

Burton 23

Me levanto a las seis y cuarto y, en lugar de escuchar música, como es mi costumbre, escucho a Bustos en la COPE. Respeto intelectualmente a Bustos, es un buen escritor, culto, un joven periodista con talento.

Grandes pensadores, escritores y filósofos arremetieron contra el «bla, bla, bla» del periodismo político, la superficialidad de la prensa y la manipulación de la opinión pública. Recordemos a Karl Kraus: «No tener una sola idea y saber expresarla: eso es lo que hace a un periodista. El periodismo ha destruido la relación entre la palabra y el pensamiento. El público ya no exige la verdad; exige el espectáculo de la verdad, empaquetado en el formato de una noticia rápida que pueda ser olvidada al día siguiente para dejar espacio a la siguiente dosis de indignación programada».

Nietzsche despreciaba la prensa diaria porque consideraba que embrutecía al ser humano, sustituyendo la reflexión profunda por el ruido constante y la política de masas: «¿No veis a esos hombres que siempre están mirando hacia fuera, que no soportan su propio vacío y que por eso necesitan el periódico de la mañana, de la tarde y de la noche para llenarse? El periodismo político es el vómito diario de los impotentes. Se pasa la vida rumiando la opinión de otros, opinando sobre lo que no comprende, decidiendo sobre el destino de los pueblos entre un café y un cigarrillo. La prensa es el medio por el cual la mediocridad de la masa se impone como la única ley y la única verdad aceptable».

El periodismo político moderno es la tiranía de los ignorantes sobre los intelectuales. Han convertido el chisme en un asunto de Estado y las decisiones de Estado en un chisme de pasillo. Esto me parece innegable.

Burton 22

Alabo y me maravillo con tantos desnudos como el arte occidental nos ha proporcionado, pero me repugna la desnudez dominguera, es decir, hablando en plata, que la gente común y corriente se ponga en bolas, en pelotas, o en bikini…A favor del cuerpo desnudo o en bañador (se llame Ana de Armas, Margot Robbie o Chris Hemsworth), pero rotundamente en contra de la vulgar desnudez, por muy naturista o ecológica que fuere, o de la vulgar exhibición en la playa de cuerpos asimétricos y rechonchos. Una playa en Benidorm (con mujeres de tetas caídas y hombres barrigones) me parece un espanto, y exactamente lo contrario al arte. En esto soy elitista y probablemente lo somos todos los estetas: lo artístico es elaborado y bello, mientras que lo estrictamente natural tiende a vulgar y feo. Por eso el desnudo artístico está lleno de reglas, limitaciones y trucos de pose, en tanto que la mera desnudez no deja de ser una grosería, no moral -no hay de ese puritanismo en mi idea-, sino estética, que es mucho más grave. El cuerpo fofo es -metodológicamente- un pecado.

Ya lo advertía Winckelmann al estudiar a los griegos: la belleza corporal se fundamenta en la armonía matemática de las partes, donde las formas se encadenan unas con otras como las olas de un mar en calma. Esa belleza suprema, que hoy solo atisbamos en la simetría supraceleste de una Gal Gadot y sus pares, no excita los sentidos de manera grosera; al contrario, eleva el alma a una contemplación pura, libre de fluidos y miserias materiales. Es el milagro que tanto obsesionaba a Santayana: la capacidad de transformar un impulso puramente animal y posesivo en una emoción espiritual desinteresada. Ante la perfección, el deseo se suspende; ante la flacidez, el deseo simplemente muere.

Admirar un cuerpo hermoso es una de las experiencias más intensas y efímeras que nos son dadas. Ese acorde perfecto de líneas, esa cualidad de la luz jaspeada sobre la piel joven, esa actitud de reposo o de gracia contenida, existen solo para el momento. La belleza física es como el curso de un río helado que se funde: una combinación constante de elementos flotantes que cambian antes de que podamos atraparlos. Lo demás es recordarnos, a través de la celulitis y las lorzas adiposas, nuestra propia e higiénica decadencia biológica. Kristen Stewart recortada contra el horizonte donde palpitan llamas y aguas de oro. O César o nada, o placer visual o nada. Exijamos el derecho de admisión en las playas públicas.

Burton 21

Cuando un hombre muere, su biblioteca se dispersa. Es una ley melancólica. Los hijos venden lo que no entienden, los libreros compran por lotes, los amigos rescatan algunos ejemplares dedicados. Aquella colección que parecía un organismo vivo se convierte en centenares de volúmenes separados. Sin embargo, esa dispersión no es una muerte completa. Cada libro conserva la huella de quien lo leyó y lleva consigo una parte invisible de la vida de su antiguo dueño. Mi biblioteca no es una suma de libros, sino una autobiografía. Cada volumen recuerda una ciudad, una conversación, una esperanza, una época de mi vida. Quien contemple esos estantes después de mi muerte verá solo papel y cartón; yo veo años enteros convertidos en objetos. Perder una biblioteca es como perder una memoria.

«Jean-Claude Carrière: ¿Qué será de nuestros libros cuando hayamos muerto? Esa es la gran pregunta que se hacen todos los coleccionistas. A menudo los hijos no tienen los mismos gustos, la casa se vende, los libros estorban. Terminan en cajas de cartón en un sótano o vendidos por cuatro perras a un librero de viejo que los revenderá por separado. Hay algo trágico en la dispersión de una biblioteca que ha tardado una vida entera en formarse.

Umberto Eco: Es cierto. Una biblioteca no es solo una suma de libros, es un organismo vivo, una autobiografía intelectual. Verla desmantelada es como ver fragmentada la mente de quien la creó. Yo siempre digo que mis libros no me pertenecen; yo les pertenezco a ellos temporalmente. El día que yo no esté, volverán a la selva del mundo, a buscar nuevos dueños a quienes contagiar sus virus».

Toda una vida buscando ediciones raras, cuidando los lomos, ordenándolos por afinidades secretas que solo yo comprendo ¿Y luego qué? Vendrá un tasador, los mirará con indiferencia, los pesará casi como si fueran carne en el matadero, y los venderá en lotes. Las anotaciones que puse en los márgenes, mis rabias y mis entusiasmos impresos a lápiz, serán vistos como manchas o como curiosidades sin valor. Morir es también aceptar que tu mente, materializada en tus estanterías, va a ser subastada al mejor postor. El papel es más fuerte que la carne. Mi biblioteca es el testimonio de que no pasé por la tierra como un animal ciego; estudié, sufrí, busqué la belleza. Que mis libros se dispersen si es necesario; cada uno de ellos es un trozo de mi libertad que devuelvo al mundo.

¿QUÉ SERÁ DE ELLOS?

(A José María Álvarez, maestro de lecturas)

El sol, alejándose de los ventanales
va sumiendo la biblioteca en una penumbra grata, piadosa.
Contemplas los lomos de los libros que te han acompañado,
que te han convertido en lo que eres.
Hospitalarias letras doradas.
Continúas la lectura, otra vez más,
de la “Vida de Samuel Johnson”, y tus ojos
miran fijamente “La Comedia” de Dante,
lo tomas entre las manos, te emocionas,
tipografía gótica redonda, texto a dos columnas,
40 líneas por plana, espacios para iniciales rubricadas;
algunas iniciales en rojo y azul añadidas a mano.
Sin foliación impresa. Encuadernación
en pergamino flexible posterior.
Tocas algo sagrado, tus dedos
pasan las páginas con temor y asombro.
Vuelve a tu memoria aquella mañana en París,
olor a papel antiguo, ese instante exacto
cuando compraste la “Histoire de la Révolution française”,
y lo feliz que fuiste después leyéndola.
Caminar sin rumbo por el Sena.
En el fondo no saliste nunca de tu biblioteca,
del resplandor de oro y sangre de Stendhal,
la seda de ámbar de Horacio,
el mármol veteado de carne joven de Kavafis,
la verja historiada de misterios de soledad de Proust,
Flaubert, tu amistad con Montaigne,
Hayek igual a un manantial de luz al sur,
Hume como rocío tenaz del cielo,
el matrimonio Kneale y su prosa
de ojos con ungüentos de hadas,
la lucidez de láudano y cipreses de Baudelaire…
Ellos te hicieron y tú los custodiaste.
Todos, mirándome y conmigo. Cuando yo no esté,
¿Qué será de ellos? ¿Dónde irán?
¿Cedérselos a la diócesis de Orense?
¿A alguna biblioteca universitaria?
¿A mi hermana? Despedazarán y dispersarán la biblioteca.
¿Legarlos? ¿Venderlos? ¿Pero, a quién?
Los miro con amor y tristeza. Pronto nos separaremos.
Ya es de noche. Se oye el golpear
de herraduras de lejanos caballos rojos. Se cierne sobre
mi biblioteca una fatal y última penumbra.

Burton 20

El acto de «hojear» («feuilleter», en francés, o «browsing», en inglés) es una de las mayores delicias de la experiencia lectora. No es leer en el sentido estricto; es una exploración táctil, visual y olfativa, un vagabundeo caminante del ojo y de la mano que se entrega al azar, al seguro azar.

Hojear un libro es un arte que los lectores excesivamente serios desprecian injustamente. Consideran que es una pérdida de tiempo, cuando en realidad es un saboreo como de carne tierna de liebre. Al hojear, el espíritu mantiene su soberanía plenipotenciaria; no se somete a la dictadura ni a la tiranía del autor. Saltamos de la página veinte a la ciento cincuenta, nos detenemos en un adjetivo, contemplamos el blanco de los márgenes, admiramos la arquitectura de un párrafo. Hojear es dialogar con el libro en igualdad de condiciones, tentando el terreno, disfrutando del peso del volumen en la mano y de la música que hacen las hojas al rozarse entre sí. Es el aperitivo del espíritu «joguener».

Hay una impaciencia en ese primer contacto. El pulgar desliza las páginas con rapidez, provocando una ráfaga de aire que trae consigo el olor a tinta, a papel o a tiempo (solo somos un río de tiempo) acumulado. Es un instante de pura promesa. En esos pocos segundos en los que el libro desfila ante nuestros ojos como un cinematógrafo de papel, todo es posible. Vemos una palabra en cursiva, el inicio de un capítulo, un diálogo interrumpido… y la imaginación vuela, construyendo el libro antes de haberlo leído. Hojear es el placer de la anticipación en su estado más verosímil.

El verdadero amante de los libros necesita el crujido del papel, el peso del tomo equilibrado en la palma de la mano y, por encima de todo, la felicidad, la inmensa felicidad de hojear, de demorarse en el hojeo. Escuche el sonido que hace un buen libro cuando pasas las hojas rápidamente bajo los dedos: es un susurro, una música que te dice que el libro está vivo y dispuesto a entregarte sus secretos. Hojear es como asomarse a las ventanas de una casa extraña mientras caminas por la calle al atardecer.

«La lectura más placentera no es la que se realiza de manera continua y sumisa. Existe un placer de la deriva, que se produce cuando hojeamos, cuando saltamos páginas, cuando leemos a saltos y a tirones. Al hojear, el lector corta el hilo del discurso, crea lagunas, inventa su propio ritmo. Es una lectura desinhibida que busca las zonas de intensidad del texto. Deslizar los dedos por las páginas, detenerse en una línea porque nos atrae su tipografía o su sonoridad, y luego continuar el viaje hacia adelante o hacia atrás, es un acto hedonista. Hojear desmitifica el libro como monumento sagrado y lo convierte en un espacio de juego y de placer físico», Roland Barthes, «El placer del texto».

Burton 19

En su célebre obra «Elogio del libro» (así como en sus numerosos ensayos sobre biblioteconomía y amor a la lectura), el erudito español José Antonio Pérez-Rioja defiende la fisonomía del libro y el respeto que merece el volumen que ha envejecido prestando servicios a la cultura, a la humanidad: «El libro no es solo un depósito inerte de palabras, sino un organismo vivo que respira el aire de la época que lo vio nacer y de las épocas que ha logrado atravesar. El libro usado, aquel que muestra en sus páginas el rastro del tiempo y el sobamiento noble de unos dedos estudiosos, posee una dignidad de la que carece por completo el libro recién salido de las prensas. Un libro que ha envejecido con dignidad, que conserva su encuadernación original aunque esté fatigada, nos habla con dos voces distintas: la del autor que vertió en él su pensamiento y la del tiempo que lo ha consagrado. Quien maltrata un libro viejo o lo condena al rincón del olvido comete un acto de ingratitud hacia nuestra propia memoria colectiva, porque en esas páginas amarillentas late el pulso de las generaciones que nos precedieron».

En clásicos de la bibliofilia como «The Amenities of Book-Collecting and Kindred Affections» (1918), Edward Newton dejó fragmentos extraordinarios sobre el placer inigualable de adquirir libros con historia propia: «Los libros nuevos tienen un defecto imperdonable: carecen de antecedentes. Un libro de segunda mano, en cambio, viene a nosotros con un historial, con una hoja de servicios que a menudo resulta tan fascinante como el texto mismo. Me produce un placer indescriptible sostener un volumen que ha pertenecido a un hombre de letras del siglo pasado, contemplar su exlibris en la contracubierta o seguir el rastro de sus notas manuscritas en los márgenes. Hay una misteriosa simpatía en el libro usado; se adapta a las manos del lector con una flexibilidad que solo el uso constante puede otorgar. En las librerías de viejo, el bibliófilo no realiza una transacción comercial ordinaria; participa en una cacería espiritual. Es el rescate de un objeto que tiene alma, un objeto que ha sido amado y que espera pacientemente en un rincón polvoriento a que alguien vuelva a reclamar su compañía».

En su magnífico ensayo «Des bibliothèques pleines de fantômes», Jacques Bonnet reflexiona sobre la convivencia diaria con miles de libros, haciendo un hincapié en la naturaleza de los libros de segunda mano: «Coleccionar libros de viejo es, en gran medida, coleccionar los fantasmas de los lectores que nos han precedido. Un libro de segunda mano es un palimpsesto involuntario. Al abrirlo, a menudo caemos en la tentación de descifrar las intenciones de su anterior dueño: ¿por qué subrayó este párrafo y no el siguiente?, ¿qué le llevó a poner un signo de exclamación al lado de esta frase?, ¿quién era esa persona que olvidó una lista de la compra o una vieja carta de amor entre las páginas cincuenta y cincuenta y uno? El libro usado introduce un elemento de alteridad en la lectura. Ya no estamos solos con el autor; leemos en compañía de un desconocido con el que compartimos, a través de la distancia del tiempo, las mismas dudas o los mismos entusiasmos. Los libros nuevos son mudos respecto a su propia historia; los libros viejos, en cambio, son conversadores incansables que nos confiesan sus vidas pasadas al menor descuido».

No hay catálogo electrónico que pueda competir con el dedo humano que recorre una hilera de lomos de cuero gastado. El libro usado posee una fuerza magnética: te llama desde el fondo del estante. Cuando lo extraes de su nicho polvoriento y sacudes sus páginas, liberas una energía que ha estado cautiva durante años. Ese encuentro entre el libro abandonado y su nuevo lector es uno de los milagros cotidianos más bellos de la civilización. Tienen poros. Nos hablan. Un libro usado muestra las huellas de la vida, el polvo del mundo, el tacto del hombre. Los libros nuevos huelen a fábrica de productos químicos; las pantallas no huelen a nada. Pero el libro usado huele a flores secas, a desván, a especias exóticas. En las librerías de viejo compramos el derecho a tocar la historia. Al hojear un libro de viejo en una tienda polvorienta, uno se da cuenta de que la lectura es un acto de comunión con los muertos. Aquellas páginas no solo conservan las palabras del autor que murió hace siglos, sino el rastro de las miradas de los lectores que también han desaparecido. Alguien subrayó un adjetivo en 1943; alguien dejó caer una ceniza de cigarrillo entre las páginas setenta y setenta y uno; alguien lloró sobre el poema final dejando una pequeña ondulación en el papel. El libro usado es una máquina del tiempo imperfecta pero infalible: nos permite tocar lo que otros tocaron y sentir, exactamente en el mismo orden, la emoción que a ellos los destruyó o los salvó.

En sus famosos «Ensayos de Elia» (1823), Charles Lamb confesaba su absoluta preferencia por los libros maltratados por el tiempo frente a las ediciones lujosas e intocables: «No siento ninguna simpatía por esas ediciones de lujo, impresas en papel vitela y encuadernadas en seda, que parecen hechas para ser miradas y no leídas. Prefiero los libros con aspecto de veteranos, los que están desgastados en los bordes, los que tienen las tapas desvaídas por el uso. Un libro de viejo me atrae por su misma decadencia física. Cuanto más harapiento está, más seguro estoy de su valor real, porque los hombres no gastan las cubiertas de un libro que no dice nada al corazón. El libro usado es el verdadero ciudadano de la república de las letras: no tiene títulos de nobleza, pero tiene cicatrices de haber servido bien».

Un automóvil usado es chatarra; un mueble usado está viejo. Pero un libro usado es un espíritu que ha encarnado sucesivamente en diferentes lectores. Cada una de las personas que lo leyó dejó en él una capa invisible de emoción. Cuando tú te llevas ese volumen a los ojos, estás leyendo a través de un palimpsesto de miradas. En su correspondencia real convertida en el libro clásico, «84, Charing Cross Road», Hélène Hanff expresa su absoluto desprecio por los libros nuevos y su devoción por los ejemplares usados que le enviaban desde una librería de viejo en Londres: «Me encantan los libros de segunda mano que se abren por la página que su anterior dueño leyó más a menudo. El día que llegó el volumen de Hazlitt y se abrió de par en par por el ensayo «Sobre el amor a los libros», sentí que estrechaba la mano de un amigo muerto. Me gusta el olor de los libros viejos, ese aroma que es una mezcla de cuero, hojas secas y tiempo. Me fascina mirar las notas al margen y me muero de rabia o me muero de risa con los comentarios que los antiguos lectores dejaron allí. Comprar un libro nuevo en una de esas librerías modernas y esterilizadas me parece un acto tan frío como comprar un tubo de pasta de dientes».

Burton 18

Medito en esta alta madrugada color betún cruzado con rosas de estrellas. La sustancia es como un río en perpetuo fluir; las actividades cambian sin cesar y las causas sufren mil transformaciones. Solo somos un pulso insignificante en la cinta métrica infinita del universo, una velita efímera entre los dos cabos u orillas eternas de la noche. «Cuando considero la corta duración de mi vida, absorbida en la eternidad que la precede y que la sigue, el pequeño espacio que ocupo y que veo, abismado en la infinita inmensidad de los espacios que ignoro y que me ignoran, me espanto y me asombro de verme aquí y no allí, porque no hay ninguna razón de estar aquí y no allí, ni hoy y no mañana. ¿Quién me ha puesto aquí? ¿Por orden y disposición de quién este lugar y este tiempo han sido destinados para mí? El silencio eterno de estos espacios infinitos me aterra», Pascal.

La Tierra es un escenario muy pequeño, minúsculo y provinciano, en una vasta playa cósmica. Se ha dicho que la astronomía es una experiencia de humildad y construcción del carácter. También lo creo. Quizá no hay mejor demostración de la memez insensata de la soberbia humana que esta distante imagen de nuestro minúsculo, risible y enano mundo. Para mí, subraya nuestra responsabilidad de tratarnos más tierna y tolerantemente, con más bondad los unos a los otros. Nuestro hogar es una pequeña construcción de chapas de hojalata en un prado que se extiende por millones y millones de años-luz. El universo es vasto, impersonal y carente de propósito. El hombre es físicamente una mota insignificante, pero sus pensamientos abarcan las estrellas, miden sus distancias y penetran sus secretos. En esta soberanía de la mente reside su verdadera libertad y su único consuelo frente a la muerte inevitable. Centellea nuestra fábula de fuentes: somos la pequeñísima circulación sanguínea en el cuerpo de un titán gigantesco.