Cornaro 36

Miró las hamacas de hierro con la tela naranja butano en su jardín; una oleada de sonidos y voces arqueadas chillaban en su cabeza, se agitaban, se alzaban, le increpaban, caían, desaparecían, aparecían, le insultaban. La radio le hacía señales incontrovertibles. La locutora del telediario se dirigía a él con premeditados balanceos de cabeza de asentimiento. Veía como un torrente viscoso de cristales que se acercaban hasta sajar en dos su globo ocular. Tenía dentro el espíritu y el cuerpecillo de un bebé muerto. Le pesaban los pensamientos como el cemento girando dentro de una hormigonera. Ganas de vomitar. Las ratas moviéndose en la boca le daban un asco insoportable.

***

El texto anterior es una alegoría malamente literaria de mi locura. Supongo que entonces entenderán mi monomanía lectora y la apología recurrente a los libros. Al igual que mi infancia, esas son casi las únicas regiones de luz rosácea a lo largo de mi vida. Refugio, anestesia, hogar frente al dolor.

En las «Cartas familiares» (Rerum familiarium libri), específicamente la carta III, 18, dirigida a Giovanni Anchiseo, escribe Petrarca: «Los libros me dan un placer que me llega hasta la médula de los huesos. Me hablan, me consultan y se unen a mí con una suerte de familiaridad viva y penetrante… En el aislamiento de mi biblioteca, el estrépito del mundo se apaga. Cuando el dolor de la pérdida o la traición de los hombres me asedian, abro un volumen y, de repente, la angustia se disuelve en el pensamiento de otros. No son papel y tinta; son un puerto seguro donde las tormentas de la vida no pueden alcanzarme».

Los libros me consuelan de las persecuciones salvajes de mi propio entendimiento. Son esa tregua necesaria para no sucumbir a mi realidad vesánica. Me quitan el asco a la vida. Todo me asfixia menos un libro con papel fabriano y grabados al aguafuerte.

Cornaro 35

La cultura no se hereda biológicamente. Cada generación debe volver a conquistarla mediante la educación, la lectura y el ejercicio de la memoria. Los grandes libros no sobreviven automáticamente; sobreviven porque hombres y mujeres concretos continúan leyéndolos con amor y recomendándolos a otros. Una civilización se mantiene viva cuando todavía existen personas capaces de entusiasmarse sinceramente con Virgilio, con Lucrecio, con Bach, con Leonardo o con Racine sin necesidad de justificarse irónicamente.

Ahí reside mi problema. En el evangelismo acrítico e inocente respecto a los clásicos, en mi visión grave carente de ironía, en el fervor casi religioso con que los juzgo tal fueran la pócima de Fierabrás. Tengo la convicción misionera de que los grandes libros pueden transformar interiormente a una persona, creo en esa autoridad espiritual, moral y estilística de los grandes libros, creo -insisto- que todavía son capaces de enseñarnos a vivir.

Esta es una idea antigua que atraviesa toda la tradición humanista. Gracias a los libros se conserva incorrupta la memoria del género humano y se permite la continuidad de la civilización. Me cuesta refutar esta sagrada mitología. La sociedad desprecia a los clásicos e incentiva el consumo, las finanzas, la baja cultura y la creación de especialistas. El humanismo permite seres humanos capaces de pensar, juzgar y vivir razonablemente.

Mortimer Adler escribió sobre «The Great Conversation», es decir, la conversación a lo largo de la civilización, desde los griegos hasta hoy mismo, de los temas más esenciales e importantes: la justicia, la verdad, el placer, la ciencia, el alma, Dios, el amor, la felicidad, la poesía, la belleza, la muerte etc… Permanecer fuera de esa conversación es permanecer parcialmente fuera de la civilización.

Los intelectuales temen parecer ingenuos y lo envuelven todo de ironía defensiva (no, no quiero caer en ese error) El respeto litúrgico a Homero es sospechoso. Se ha volatilizado el canon y la admiración incondicional. Críticos vinculados a estudios poscoloniales, teoría crítica y multiculturalismo denuncian la ausencia relativa en el canon de mujeres, autores africanos, minorías sexuales o minorías raciales. Se argumenta que el canon occidental es eurocéntrico y que refleja solo relaciones de poder en lugar de la excelencia universal. A mi juicio se abandona la grandeza intelectual en favor del relativismo cultural y político. Si todo es “construcción cultural”, da lo mismo estudiar a Platón que la oratoria de Angie Regueiro (periodista deportiva de Antena 3), vale igual, pues no existen criterios para discriminarlos, Agustín de Hipona que Bárbara Cartland .

Es autoevidente -lo prueba la experiencia- que existen obras excepcionalmente profundas, que la educación implica jerarquía intelectual (no estudiaremos en las clases de música del instituto a Bisbal en vez de Mozart), y que admirar no es sumisión, sino formación. De todo ello se desprende un corolario: la civilización debe transmitir las grandes obras

¿Se imaginan ustedes que en el siglo XXIII solo se estudie y transmita a las generaciones los libros de Marwán, Defreds, o Elvira Sastre, la música de Shakira, Bad Bunny o Karol G, los dibujos de los párvulos de cuatro años? Si no conservamos la jerarquía estética vamos directos a parar a la escombrera de la historia.

Cornaro 34

Mi tesis: el tatuaje triunfa porque convierte la piel en autobiografía pictórica. En una época de identidades inestables, mucha gente busca algo así como un signo visible de permanencia: “esto soy”, “esto me pasó”, “esto quiero recordar”. También hay, acaso, una propensión sutilmente tribal: pertenecer a una estética, a una generación, a una comunidad. Y algo narcisista hay en ellos, me atrevería a afirmar: el cuerpo ya no se recibe meramente, sino que se edita, se esculpe, se personaliza.

Pero lo que se tatúa a los veinte, a los cuarenta puede parecer una antigualla psicológica, un vestigio caduco. De ahí que existan bastantes arrepentimientos. El estado perenne del alma que se desea fijar en un tatuaje, las más de las veces es un estado transitorio y evanescente.

Mi maestra Kathy Acker fue una pionera de los tatuajes y el body-building. En una célebre entrevista de 1991, Larry McCaffery la describe así: “She is her own text, her own gallery. She’s a body builder in more than the usual way: her muscles animate spectacular tattoos. She has seized control over the sign-systems through which people ‘read’ her”, «Ella es su propio texto, su propia galería. Es culturista en más de un sentido habitual: sus músculos animan tatuajes espectaculares. Ha tomado control de los sistemas de signos mediante los cuales la gente la ‘lee’». Su iconografía pública —músculos, cuero, motocicletas, tatuajes— formaba además parte de una construcción deliberada del yo. Un artículo reciente de The New Yorker resume muy bien esa dimensión: “En sus últimos años fue algo así como un icono feminista: una motociclista musculada a la que le gustaba ser fotografiada con el torso desnudo para exhibir mejor sus tatuajes”. Si entiendo bien esta actitud, para Acker los tatuajes funcionaban como máscaras, como personajes, acaso quería que se leyera su piel como nosotros leemos hoy las redes sociales. No sé.

Yo nunca me tatuaría. Me gusta mi piel limpia, intonsa. Creo que el cuerpo tiene como una suerte de nobleza silenciosa que se afea al ser mancillada. Me interesan muchísimo más las huellas invisibles: un poema aprendido de memoria, la fidelidad amorosa al recuerdo de mi madre, la sensación ante una tela en el museo o al escuchar una música en el auditorio. Las pieles tatuadas que veo suelen carecer de composición y medida: me parecen, desde el punto de vista estrictamente estético, malogradas. El cuerpo, como los amplios márgenes de una edición príncipe del siglo XVIII, posee una elegancia que no conviene saturar de signos.

Cornaro 33

“Solitaria vita, vigiliae, nimium studium et continua meditatio melancholiam augent”, “La vida solitaria, las vigilias, el exceso de estudio y la meditación continua aumentan la melancolía”.

“Studium immodicum corpus exsiccat, nervos debilitat, spiritus consumit”,“El estudio desmedido reseca el cuerpo, debilita los nervios y consume los espíritus”.

“Immoderata vigilia ingenium hebetat, memoriam frangit, corpus extenuat atque animum ipsum ad maerorem inclinat. Lucerna nocturna multos doctos consumpsit; neque mirum, cum natura humana requiem poscat nec perpetuum laborem ferre possit”, “La vigilia desmedida embota el ingenio, quebranta la memoria, extenúa el cuerpo e inclina el ánimo mismo hacia la tristeza. La lámpara nocturna ha consumido a muchos sabios; y no es extraño, pues la naturaleza humana exige descanso y no puede soportar un trabajo perpetuo”.

“Non ad pompam nec ad inanem famam discendum est, sed ad vitam corrigendam. Scientia quae mores non mitigat onus est potius quam ornamentum”, “No se debe estudiar para la ostentación ni para la fama vacía, sino para corregir la vida. La ciencia que no suaviza las costumbres es más una carga que un ornamento”.

“Doctiores saepe tristiores sunt. Rudis homo intra angustias vivit; litteratus vero latius humanarum miseriarum spectaculum intuetur. Inde nascuntur curae, inde tacita desperatio, inde illa gravitas quae plerosque studiosos comitatur”, “Los hombres más cultos suelen ser más tristes. El hombre rudo vive dentro de estrechos límites; el hombre instruido contempla, en cambio, un espectáculo más amplio de las miserias humanas. De ahí nacen las preocupaciones, de ahí la desesperación silenciosa, de ahí esa gravedad que acompaña a tantos estudiosos”.

“Ad libros saepe confugi contra tempestates animi; nec semper sanatus sum, sed certe honestius dolui. Sunt enim litterae fidelissimae comites solitudinis humanae”, “Muchas veces me refugié en los libros contra las tempestades del ánimo; y aunque no siempre quedé curado, sí sufrí con mayor dignidad. Pues las letras son las compañeras más fieles de la soledad humana”.

Cornaro 32

Tomo mi taza de café antes del alba. Hay una felicidad secreta en levantarse cuando todos duermen, preparar café lentamente y sentarse a trabajar mientras amanece. Uno escribe muy temprano, cuando todavía la casa conserva una especie de silencio uterino. Antes de que el mundo se vuelva completamente vulgar, existe un breve instante matinal de gracia.

Ahí reside la clave: vulgaridad y decadencia. Tengo intercambiadas decenas de cartas con mi querido maestro Álvarez al respecto: hemos llegado al final de una tarde larguísima de civilización. No se ven chispazos brillar en torno a la bóveda del mundo. El sol desciende sobre bibliotecas, jardines, ruinas clásicas, hoteles melancólicos y puertos antiguos. «Alles ist ausgeruht: / Dunkel und Helligkeit, / Blume und Buch». Aún quedan algunos libros admirables, algunos cuadros, algunos cuartetos de Beethoven, algunos amigos capaces de conversar inteligentemente. Quizá eso baste, me decía. Quizá la verdadera elegancia consista precisamente en conservar la lucidez y las buenas maneras en medio del crepúsculo. «A lonely impulse of delight / Drove to this tumult in the clouds». Las civilizaciones no desaparecen de golpe. Primero se degrada el lenguaje; luego la enseñanza; después la capacidad de atención; finalmente el gusto. Cuando ya nadie distingue entre lo excelente y lo mediocre, la decadencia está consumada, insistía. Allí donde aparece una inteligencia superior, una sensibilidad refinada o una verdadera elegancia espiritual, la masa siente incomodidad y hostilidad. Europa fue una conversación inmensa sostenida durante siglos por poetas, soldados, filósofos, cortesanas, pintores, filólogos y músicos. Atenas, Roma, Florencia, Venecia, Viena, París: nombres que designaban no sólo ciudades, sino formas superiores de conciencia. Hoy esa conversación se interrumpe bajo el ruido de la administración, la propaganda, la televisión y el comercio universal. Se sustituye la memoria por la información; la educación por la pedagogía; la cultura por el entretenimiento. La vulgaridad contemporánea no consiste únicamente en la incultura. Hay analfabetos nobles y profesores profundamente vulgares. La verdadera vulgaridad consiste en la incapacidad para percibir jerarquías espirituales. El hombre moderno cree que todas las cosas valen lo mismo, que Mozart y la publicidad pertenecen al mismo plano de realidad, que una conversación trivial equivale a la inteligencia. Esa indiferenciación es uno de los síntomas terminales de las civilizaciones agotadas, me aleccionaba lúcido mi maestro («Honor a aquellos que en sus vidas / custodian y defienden sus Termópilas»)

La modernidad destruye lentamente todo aquello que no puede medirse económicamente: el ocio inteligente, la conversación lenta, la erudición inútil, la elegancia moral. La decadencia puede ser también una forma de lucidez: la conciencia dolorosa de vivir entre ruinas espirituales. Europa ha cambiado a Virgilio por la publicidad y a Catulo por el eslogan.

Huysmans convirtió la decadencia en una estética completa: refinamiento extremo, horror a la vulgaridad moderna, repliegue aristocrático del espíritu. En «À rebours» escribe: “El mundo moderno se estaba convirtiendo poco a poco en un inmenso bazar de vulgaridades. La nobleza de las antiguas costumbres había desaparecido; el dinero reinaba sobre todas las cosas, y los hombres parecían ya incapaces de comprender cualquier placer que no fuese inmediato, grosero y cuantificable. Des Esseintes sentía crecer en sí mismo una fatiga infinita ante aquella civilización industrial donde el alma era sacrificada diariamente a la utilidad”.

La sensación de fragilidad existencial, de belleza fugitiva, de felicidad amenazada desde dentro: Schubert. Su música parece muchas veces sonreír mientras presiente la pérdida. Una de las piezas donde esto resulta más evidente es el segundo movimiento del Piano Trio No. 2 in E-flat major, D. 929, el célebre Andante con moto. Schubert posee quizá el oído armónico más milagroso del primer Romanticismo. Sus cambios de tonalidad no funcionan únicamente como arquitectura formal, sino como auténticos desplazamientos psicológicos. La música parece abrir de pronto una puerta lateral hacia una región inesperada de la conciencia.

Álvarez, Schubert, Blake, Eliot, Cervantes… «Ouvrir ma bouche à lastre efficace des vins!». El resto, murmullos de luz de amarillo indiferente.

Cornaro 31

Soy un hombre perfectamente monstruoso e intempestivo: una mezcla de poeta, científico y niño apasionado. La llamada «realidad social» me interesa muchísimo menos que el dibujo granulado de una hoja, el movimiento de un insecto o la cadencia exacta y de cola de pez de una frase.

Confieso que no creo en este tiempo. He vivido rodeado de libros, pero cada vez tengo más la irrefragable impresión de pertenecer a una civilización que se desmorona. Mi verdadera patria nunca fue exactamente un país, sino, como decía Canetti, una biblioteca. Allí aprendí casi todo lo que valía la pena aprender: la morosidad, el temple irónico, el matiz, el placer de la gramática bien elaborada. A veces me siento un viejo humanista, un vltimvs romanorvm entre Odoacros. Comparo traducciones de Catulo y Píndaro, y me emociona hasta la última gota de mi sangre tomar un volumen entre las manos: cuero fatigado color miel oscura, nervios apenas gastados por generaciones de lectores, leves hierros dorados todavía vivos bajo la lámpara. El papel —marfileño, ligeramente verjurado— exhala ese olor seco y noble de las bibliotecas antiguas.

Me horrorizan el entusiasmo plebeyo, la espontaneidad excesiva y la vulgaridad emocional. Prefiero las conversaciones civilizadas, las porcelanas, la literatura francesa, la filosofía inglesa, los jardines italianos y las personas capaces de practicar el difícil arte de la ligereza. Nunca me interesó pertenecer a la multitud moderna. Siempre me atrajeron más las civilizaciones tardías, refinadas y ligeramente decadentes, porque en ellas el hombre aprende finalmente a estilizarse. Mi sensibilidad ha sufrido violentamente bajo la fealdad moderna, bajo el ruido democrático, bajo la invasión de lo común. He buscado refugio en perfumes, tapices, libros raros, libros clásicos, flores artificiales, monedas romanas, piedras grabadas y conversaciones exquisitas, no por frivolidad, sino por legítima defensa.

Mi patria fueron antes Cavafis, Horacio, Vives, Hume, Estambul o Alejandría, que cualquier gris circunstancia española. Desde muy joven entendí que el estilo no era un adorno, sino una forma de orgullo. Viví rodeado de libros, de poemas, de ruinas clásicas, de músicas antiguas y de ciertos sueños aristocráticos que acaso eran ya anacrónicos, pero que daban belleza y espesor a la existencia.

Mi educación sentimental -nunca dejaré de insistir en ello- no provino de la experiencia inmediata, sino de los libros, de los cuadros, de la música y de ciertas formas culturales exquisitas. He vivido muchas veces la realidad a través de sus representaciones. El arte no era para mí un ornamento añadido a la vida, sino una segunda naturaleza más intensa, más verdadera y más inteligible.

Este es mi autorretrato, algo quimérico y estilizado. Creo que ese resplandor lívido permanece en la memoria de mis libros y en el recuerdo de los pocos hombres que me conocieron bien. La gloria tiene la última palabra. Vale.

Cornaro 30

Buena pregunta la de qué tipo de huella quieres dejar en el mundo, la de por qué o cómo quieres ser recordado. Empecemos con un párrafo sintético: fui un hombre solitario, pero no mezquino; extremadamente culto, pero todavía sensible; irónico, pero vulnerable; refinado, pero sin esnobismo agresivo en el fondo de mi corazón; alguien que convirtió la lectura y el estilo en una costumbre o una forma de resistencia frente a la vulgaridad contemporánea. He trabajado pacientemente sobre mí mismo para convertirme poco a poco en alguien cuya mera presencia dejara en los demás una impresión de profundidad, de urbanidad, de silencio y de verdad. Acaso sea ésta una meta demasiado alta.

Como cualquiera, caí en detalles poco nobles, indecorosas imperfecciones, pero batallé por disciplinar y refinar mi percepción, elucidar lógicamente mis ideas, exponer racionalmente mis argumentos. Siempre creí que los libros no servían únicamente para saber más, sino para aprender a mirar, a juzgar y a respirar de otra manera. Me hubiera gustado lograr vivir según aquella sabia divisa que expresó Thomas Browne: “Be substantially great in thyself, and more than thou appearest unto others”, “Sé sustancialmente grande en ti mismo, y más de lo que aparentas ante los demás”.

No quiero dejar la impresión de “genio explosivo”, sino la de una conciencia elaborada, y, en su fondo, apaciguada y tranquila. Me gustaron omnívoramente los libros, el silencio y la musica, la biblioteca al amanecer, el rocío del jardín, los volúmenes fatigados, la conversación inteligente, las caminatas lentas, la luz sobre los limoneros, los hoteles y los puertos, la habitación cerrada al ruido moderno; desearía dejar esa atmósfera, esa fragancia que llevé casi siempre conmigo.

Soy un hombre que detestó la brutalidad, la pedantería, el histrionismo, la vulgaridad. Alguien que de alguna manera encarnaba aquella antigua figura europea del lector civilizado, el estilista erudito, el amante de la forma verbal, de la biblioteca y con no excesivos juicios indignos. Un solitario humanista y estudioso, de vida atenta y casi monástica. No un «triunfador», sino uno que se molestó en elaborar su yo.

Disculpen si peco de una ineducada automitificación. Quizá alguien de mí diga, y me sentiría complacido en el retrato: “Christian no aspiró realmente al poder ni al éxito social. Aspiró a otra cosa más antigua y más inútil: a convertir la existencia en una forma de elegancia mental. Eso suele conducir a la soledad, pero también a ciertas horas perfectas. Perteneció todavía a la antigua especie del lector voraz europeo: aquel que leía por placer intelectual, antes que por utilidad profesional. Eso hoy es rarísimo y admirable. Aunque a veces se desvió hacia el mero capricho libresco y la erudición de carnaval, su formación tuvo fuste y solidez. Fue un hombre, en fin, que respetó la claridad civilizada».

Cornaro 29

Tengo muchas lagunas literarias. De joven estudié mucha lógica, historia y filosofía de la ciencia, y también filosofía analítica. De poetas, y eso bien se nota, no debo haber leído más allá de cien en mi vida. Y tuve una inclinación morbosa a las rarezas y los descatalogados. Disfruto (o disfruté) singularmente de los libros mediocres, de las obras olvidadas, de las compilaciones ingenuas, de los viejos tratados polvorientos donde el escritura humana aparece sin geniales afeites. Las obras maestras imponen admiración; pero ciertos libros oscuros ofrecen algo acaso mejor: la intimidad de una época, o bien el «pathos» de un hombre menor, pero apasionado.

Recuerdo la impresión que me causaron las «Confesiones inconfesables» de Dalí, una prosa de dandísticas hormigas, de incendio cobrizo en las ideas (por ejemplo el método paranoico crítico) Asimismo también leí al Dr. Manuel Cabaleiro Goás, sus estudios patográficos (Werther, Mischkin, Joaquín Monegro etc…) Y las obras completas del profesor Manuel Mantero, tratados de teología sin valor doctrinal, extravagancias filosóficas, numerología, o los miles de páginas de la «Historia de la literatura universal» de Riquer y Valverde. Devoré obritas de ocasión y época como los ensayos de McLuhan o Alvin Toffler. Y extraños volúmenes sobre estilográficas, historia bizantina, numismática, e incluyo la literatura -muy aburrida- falsamente consoladora y de autoayuda. Cuando fui algo rico pude iniciarme en la bibliofilia, y, en mi biblioteca, tengo todavía algunas estanterías que rinden honores a esos lujos. Me encantan las enciclopedias (antiguas, modernas, de cualquier tema), los libros de citas, los Libros Jubilares, los libros de locos. En fin, que habité las casas excéntricas y los callejones oscuros de la literatura.

Sí, pequé de la comezón absurda por los tratados de ciencias muertas y los libros inverosímiles (los que glosaban el movimiento perpetuo, las tesis creacionistas, el tarot o la cábala más popular)

Mi maestro Álvarez, dada mi dispersión ineficaz, siempre me instaba a no desperdigarme como un erudito a la violeta y algo bobo. Gracias a él se modidificaron mis hábitos de lectura y me centré en la «desolada grandeza». Lo agradezco. Fue su señal mayor de maestría y tutelaje. Pero a veces, ay, la cabra tira al monte.

Quizá nadie expresó mejor esa voluptuosidad del lector errante que Logan Pearsall Smith: “Some books are visited rather than read. We wander through them as through curious old houses: pausing before odd objects, climbing staircases that lead nowhere, opening forgotten drawers. Their very uselessness becomes part of their charm”.

Cornaro 28

Descreo del estilo tosco y simplón, superficial, que no levanta un palmo del suelo, esa prosa monocolor y liofilizada, huera y epidérmica, pero me disgusta asimismo una escritura en permanentes vacaciones por la ininteligibilidad galáctica, de hermetismo gnóstico. Mi modelo de escritura sería un «métissage» entre George Eliot o Jane Austen con Dickens o Stevenson. Mi estilo anhelado gravita entre dos polos: Hume o Quine y, en el otro extremo, David Lewis. Busco una lengua, refiriéndome ahora a la prosa carolina y republicana del siglo XVII inglés, sin el estilo latinizante (a menudo difícil) de Milton, sino más bien con el estilo agradable y suelto de un Walton, pasando por el término medio de Thomas Browne y Jeremy Taylor. Juan Goytisolo taraceado por Eduardo Mendoza, Quevedo refrenado por Cernuda, Gracián iluminado por Galdós, Góngora alisado por Gil de Biedma, Benet laminado por Delibes. Perdonen la vanidad o presunción patológica y desmesura, la irracional soberbia, de declararles que aspiro a mimetizarme con Josep Pla o Álvaro Cunqueiro (como prosistas) y Kavafis (como poeta) Ese fuera el punto de equilibrio o cocción perfecto para mis guisos literarios; de antemano les pido disculpas por la comida rústica, cruda o requemada.

Muchos autores me han influido. Citaré los más recónditos. La traducción del «Decamerón» publicada en Medina del Campo, 1543, por Pedro de Castro, conforme a la edición incunable de Estanislao Polono y Meinardo Ungut realizada en Sevilla, 1496, con el título: «Las C nouelas de Juan Bocacio».

El estilo de George Saintsbury, hombre muy universal y de gran amplitud de conocimientos, estudioso de pluma fácil, a pesar de su complicado estilo. Recomiendo su biografía de Dryden.

El detalle pintoresco y la fluidez narrativa de Macauly en «The History of England» han supuesto una verdadera delicia lectora y creo que influyeron en mi prosa de esponja. También hay influjos en mi escritura, pero indirecta u oblicuamente, de la visita que hice a la casita de Grasmere, hoy museo, no lejos de Ambleside, donde Wordsworth vivió hasta su muerte. Aquello fue una epifanía.

Dentro de este régimen de inspiraciones, enfatizaré sobre todo la del matrimonio Kneale con su libro soberbio «The Development of Logic». Un lenguaje que posee la silenciosa autoridad de las inteligencias más interesadas en la verdad que en la exhibición (los autores rechazan tanto la oscuridad como la simplificación porque respetan por igual al lector y a la materia tratada)

La prosa avanza con una confianza deliberada. En todas partes se percibe el trabajo paciente de autores profundamente preocupados por la precisión verbal. «The Development of Logic» pertenece a esa distinguida línea de la prosa intelectual inglesa en la que la propia exposición se convierte en una forma de conducta civilizada. Los capítulos se despliegan con la inevitabilidad de estructuras cuidadosamente diseñadas. El estilo posee una transparencia clásica. Nunca se siente la prosa interpuesta entre uno mismo y el argumento; funciona, más bien, como un medio de pensamiento perfectamente pulido.

Los autores jamás intentan impresionar al lector mediante efectos de profundidad artificial. Su autoridad procede del dominio del tema y de la perfecta sobriedad de la expresión. El lector atraviesa materiales altamente técnicos gracias a una prosa de equilibrio y compostura poco comunes. Las frases están cuidadosamente moduladas, nunca precipitadas, y sostenidas por una calma intelectual subyacente.

En pintura, el libro recuerda ante todo a «La escuela de Atenas» de Rafael. El fresco posee una cualidad profundamente “knealeana”: claridad monumental. Nada es caótico; cada figura ocupa un lugar racional dentro del conjunto. La inteligencia aparece como orden. También podría compararse con ciertas obras tardías de Nicolas Poussin, especialmente «Et in Arcadia ego».

En música, la similitud obvia es con Bach (aunque también hay algo mozartiano) En Bach, especialmente en «El arte de la fuga», múltiples líneas independientes se desarrollan simultáneamente bajo leyes rigurosas de simetría y transformación. El oyente percibe una libertad inmensa sostenida por una estructura matemática invisible. Los Kneale producen una impresión análoga: doctrinas separadas por siglos empiezan a responderse unas a otras como voces contrapuntísticas. Aristóteles prepara a los escolásticos; los escolásticos anuncian a Leibniz; Leibniz prefigura la lógica simbólica moderna. Todo aparece conectado por una arquitectura intelectual subyacente.

He leído nueve o diez veces «El desarrollo de la lógica», con pasmo y admiración cada vez crecientes. En mis asociaciones privadas poéticas, el libro es una redonda y balsámica esfera, un sueño alegre de fulgor y paz, una civilizadísima terraza donde tomar té y mermelada.

Cornaro 27

Supongo que está meridianamente claro que buscar constantemente la aprobación exterior es propio del rebaño. La excentricidad ha abundado siempre allí donde reinaban la fuerza moral y la riqueza cognitiva; y el hecho de que hoy haya tan poca excentricidad en el mundo es uno de los principales peligros de nuestro tiempo. Yo soy estrafalario ¿Es una necesidad ardiente construirse una personalidad original dentro de los límites exteriores de las conveniencias, sin caer -por supuesto- en el histrionismo narcisista, exhibicionista o adolescente? A mi juicio, eso es un imperativo ineludible.

El tipo bizarro puede soportar mejor largos períodos de lectura, de trabajo solitario o de contemplación, es decir, tolera mejor la soledad. Muchas personas “raras” poseen intereses intensísimos y aparentemente inútiles: lenguas muertas, insectos, miniaturas persas, lógica modal, relojes del XVIII, criptografía renacentista; ello puede conducir a una fructífera concentración obsesiva. Muchos excéntricos, o algunos, reniegan a vivir de un modo utilitario, y aspiran a convertir su vida en una obra de arte. También fácilmente resisten las consignas y modas pasajeras. Asimismo muchos grandes eruditos, científicos o artistas parecieron “raros” precisamente por su independencia intelectual, por su punto de vista original sobre la vida y la realidad. Por último, algunos son muy creativos y nos sorprenden con sus asociaciones inesperadas y su pensamiento divergente.

“La mayoría de las personas son otras personas. Sus pensamientos son opiniones ajenas, sus vidas una imitación, sus pasiones una cita. Ser natural es simplemente una pose, y la más irritante de todas las poses”, Wilde.

“El hombre de genio quiere ser uno; el hombre vulgar quiere ser muchos. El genio experimenta horror ante la uniformidad. La multitud le parece un inmenso depósito de lugares comunes”, Baudelaire.

“Hay personas cuya rareza exterior no es más que el reflejo visible de una vida interior extraordinariamente activa. El mundo práctico las juzga absurdas porque no obedecen al ritmo ordinario de las conversaciones, las ambiciones o las costumbres”, Virginia Woolf.

“Las personas superficiales creen que la originalidad consiste en una diferencia visible y teatral. Pero la verdadera originalidad procede de una diferencia profunda en la manera de sentir”, Proust.