Burton 2

A una isla desierta me llevaría «Anatomía de la melancolía», de Burton, un tomo de más de mil páginas, impreso en papel ahuesado de buen gramaje, con amplios márgenes. La portada debería estar revestida en plena tela o piel oscura, quizá verde botella o burdeos profundo, con hierros dorados discretos en el lomo. No conviene una encuadernación ostentosa; Burton detestaría el lujo vacío. Le corresponde una nobleza grave, casi monástica. Un volumen destinado más a la conversación intelectual que a la exhibición.

Miles de citas en latín, griego, italiano, francés y español; referencias a médicos árabes, filósofos antiguos, cronistas medievales, poetas renacentistas, astrónomos, teólogos, viajeros y locos. El lector no avanza por un camino recto, sino por un laberinto de senderos que se bifurcan continuamente. Burton habla de la tristeza, pero termina hablando de todo: del amor, de la amistad, de la religión, de la música, de los sueños, de la política, de la educación, de la muerte y de la condición humana.

Se puede abrir al azar y encontrar una observación brillante sobre Hipócrates, una sátira feroz contra los pedantes o una defensa apasionada de la música como remedio del alma. Es uno de esos rarísimos volúmenes que justifican la existencia de una biblioteca. No es casual que escritores tan distintos como Samuel Johnson, Charles Lamb, Jorge Luis Borges o William Osler lo venerasen.

Burton 1

La corte de Elsinor está plagada de espionaje, traición y asesinatos dinásticos. Hamlet lamenta el estado de caos y anarquía moral en el que ha caído el reino tras la usurpación del trono: «El mundo entero se ha desquiciado… ¡Oh, maldita perversidad, que haya nacido yo para tener que enderezarlo!».

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«¡Pobre patria, que casi tiene miedo de conocerse a sí misma! No se la puede llamar nuestra madre, sino nuestra tumba…», Macbeth, Acto 4, Escena 3

«Sangra, sangra, pobre patria. Gran tiranía, cimienta bien tus bases, que la bondad no se atreve a contenerte», Macbeth, Acto 4, Escena 3

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«He visto la corrupción hervir y burbujear en la ciudad, hasta que las leyes mismas parecen listas para pudrirse», Medida por medida.

«El orden está trastocado, la discordia gobierna, y el fin de todo se acerca», Ricardo III.

«Un perro es obedecido cuando ejerce el poder… Mira cómo el juez de paz insulta al pobre ladrón… Rompe la ley con oro y la fuerte lanza de la justicia se quiebra sin herir», El Rey Lear.

Cornaro 202

«En cuanto a lo que los diversos oradores dijeron en la asamblea, ya fuera antes de empezar la guerra o ya cuando iban a comenzar, me ha sido difícil recordar la exactitud de las palabras pronunciadas, tanto a los que yo mismo oí como a los que me informaron desde otras partes; por ello, he redactado cada discurso conforme a lo que, a mi parecer, cada orador exigiría más acertadamente sobre la situación de cada momento, manteniéndome lo más cerca posible del sentido general de lo que realmente se dijo. Pero en cuanto a los acontecimientos de la guerra, no me pareció conveniente relatar lo que averiguaba por el primer testigo que se presentaba, ni tampoco escribir según mis propias conjeturas, sino que, o bien fui testigo ocular de los hechos, o me informé por otros con la mayor exactitud posible en cada caso. La investigación fue laboriosa, ya que los testigos presenciales no daban las mismas versiones sobre los mismos hechos, sino que cada uno recordaba según su parcialidad hacia uno u otro bando o según su memoria. Y es posible que la ausencia de elementos fabulosos en mi relato resulte menos agradable al oído; pero me será suficiente con que aquellos que quieran conocer con claridad tanto los sucesos pasados como los que alguna vez, en el futuro, por la condición humana, volverán a ser iguales o parecidos, juzguen mi obra útil. Pues ha sido compuesta como una adquisición para siempre y no como una pieza de concurso para escucharla un solo momento», Tucídides, «Historia de la guerra del Peloponeso», I, 22

«Si bien es verdad que todos los hombres, por lo general, y de un modo particular cuantos se dedican a la historia, afirman que el mejor medio de aprender a gobernar en las diversas situaciones de la vida es la experiencia de los acontecimientos, puesto que no hay otra escuela verdadera que la historia…», Polibio, «Historias», I, 1

«Por otra voz que no sea la del orador, ¿cómo podría la historia, testigo de los tiempos, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida y heraldo de la antigüedad, consagrarse a la inmortalidad?», Cicerón, «De Oratore», II, 36

«Sí, cada muerto deja un pequeño bien, su memoria, y pide que se la cuide. Para el que no tiene amigos, el magistrado debe suplirlos. Porque la ley, la justicia, es más fuerte que la muerte. He pasado cuarenta años buscando en las tumbas, exhumando las crónicas olvidadas, y he aprendido que la historia es una resurrección integral de la vida pasada. Sirve para que los que sufrieron en silencio, el pueblo llano, los artesanos, los soldados desconocidos, vuelvan a hablar. El historiador no es un mero cronista; es el juez de los muertos, el encargado de devolverles la dignidad que el tiempo y los tiranos les robaron», Michelet.

«La historia es, en cada ocasión, el registro de lo que una época encuentra digno de mención en otra», Jacob Burckhardt, «Reflexiones sobre la historia universal».

«La historia es, en cada ocasión, el registro de lo que una época encuentra digno de mención en otra», Huizinga. Y también: «La historia es la ciencia de los hombres en el tiempo».

Cornaro 201

Mi mamá tenía en su biblioteca alrededor de unos tres o cuatro mil tomos (muchos en francés) de historia, y era una aficionada o estudiosa diletante de fuste. Le apasionaba especialmente el imperio bizantino y la edad media. Buena parte de su biblioteca (si no toda) la heredé. Cuando tenía 8 ó 9 años quiso transmitirme el «cuquet» y me regaló muchos libros de divulgación de Carlos Fisas (les guardo un cariño rosa y amarillo) Cuando comparo a Fisas con la indocumentada y despeinada o atropellada Nieves Concostrina, siento íntima la debacle de nuestra civilización.

Del mismo modo que no preguntamos para qué sirve contemplar la talla de la Majestad Batlló del s. XII o el Adagio para cuerdas de Samuel Barber, tampoco deberíamos sentirnos obligados a justificar el conocimiento histórico por su rentabilidad o utilidad inmediata. Aristóteles en su «Metafísica» empieza diciendo que los hombres comenzaron a filosofar por admiración. La Historia nace de esa misma admiración. Es el deseo profundamente humano de saber quiénes fueron los que nos precedieron y cómo vivieron. Una curiosidad no necesariamente utilitaria. A veces conocer la verdad por la verdad misma es más que suficiente.

Como filósofo ilustrado y autor de una monumental y muy legible «Historia de Inglaterra», Hume consideraba que la historia nos permite estudiar al ser humano en mil situaciones distintas para entender cómo funciona nuestra mente y nuestra moral: «La principal utilidad de la historia consiste únicamente en descubrir los principios constantes y universales de la naturaleza humana, mostrando a los hombres en toda variedad de circunstancias y situaciones, y proporcionándonos materiales desde los cuales podamos formar nuestras observaciones y familiarizarnos con los resortes regulares de la acción y la conducta humana. Estos registros de guerras, intrigas, facciones y revoluciones son otras tantas colecciones de experimentos que permiten al filósofo de la política o de la moral fijar los principios de su ciencia, del mismo modo que el médico o el filósofo natural se familiariza con la naturaleza de las plantas, los minerales y otros objetos externos mediante los experimentos que realiza con ellos».

Para Gibbon, ese solterón feliz, sensato y equilibrado, registrar el pasado sirve para recordar lo frágil que es la civilización y lo fácil que es caer en la barbarie: «La historia es, en verdad, poco más que el registro de los crímenes, las locuras y las desgracias de la humanidad. Sin embargo, su estudio es el ejercicio más noble del entendimiento. El conocimiento de las causas que destruyeron el Estado más grande del mundo antiguo debe servirnos para medir la solidez de nuestras propias instituciones. Un pueblo que olvida las lecciones de la decadencia ajena está condenado a revivirla, pues el poder absoluto, la superstición y la relajación de las virtudes cívicas destruyen imperios con la misma certeza con que el tiempo desgasta la piedra».

Ranke -el padre de la historia científica moderna- en su famoso prefacio de su primera obra (1824), atacó directamente la idea tradicional de que la historia debe ser la maestra de la vida (magistra vitae): «A la historia se le ha asignado la tarea de juzgar el pasado, de instruir al presente en beneficio de las edades futuras. El presente ensayo no aspira a cumplir funciones tan elevadas. Su único objetivo es, simplemente, mostrar cómo ocurrieron las cosas realmente («wie es eigentlich gewesen»). Cada época está en relación directa con Dios, y su valor no radica en lo que de ella se deriva, sino en su propia existencia. El historiador debe borrar su propio ‘yo’ y dejar que hablen únicamente los documentos y los hechos puros, libre de los prejuicios y las utilidades del presente».

Macaulay representa la corriente británica que unía el rigor con la alta literatura. Fue una de las mejores prosas de nuestra historia. Para él, la historia debe leerse como una novela verdadera para forjar el espíritu crítico y el progreso cívico. Mommsen, premio Nobel de Literatura en 1902, en su monumental «Historia de Roma», asevera que el pasado no se estudia para aislarse en una torre de marfil, sino para actuar con madurez en la política del presente. Según Menéndez Pidal, nuestro Menéndez Pidal, solo reconociendo las constantes éticas, los aciertos y los trágicos errores de nuestro pasado, podremos los españoles comprendernos mutuamente y proyectar un porvenir común libre de fanatismos. El gran Barzun, enorme historiador de las ideas, dice perspicazmente (y aquí termina mi gavilla o cometa de notas): «La historia no nos da reglas fijas para el futuro, pero nos otorga algo mucho mejor: nos dota de perspectiva y madurez mental. Estudiar historia sirve para librarnos del peor de los provincianismos: el provincianismo del tiempo, esa soberbia creencia de que las ideas, los valores y las tecnologías de nuestra década actual son el pináculo de la creación humana y que el pasado solo era ignorancia. Al ver cómo pensaban, sufrían y creaban los hombres de otras épocas, expandimos las facultades de nuestra mente, aprendemos a dudar de las certezas absolutas de las modas del día y adquirimos un sano escepticismo frente a los eslóganes del momento».

Todavía me veo con nueve o diez años tirado feliz en el suelo de mi cuarto leyendo las anécdotas de Fisas en los libros azul mate de Planeta, los volúmenes del Club de Historia del que era socia mi madre, o aquella novela romántica en varios tomos de las «Historias de amor de las reinas de Francia». Aunque creo que la reina de las humanidades es la literatura (otro día debiera argumentarlo), si alguna disciplina le disputara el trono sería la historia, o acaso -no sé- la filología. Gracias, mamá.

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«En cuanto a lo que los diversos oradores dijeron en la asamblea, ya fuera antes de empezar la guerra o ya cuando iban a comenzar, me ha sido difícil recordar la exactitud de las palabras pronunciadas, tanto a los que yo mismo oí como a los que me informaron desde otras partes; por ello, he redactado cada discurso conforme a lo que, a mi parecer, cada orador exigiría más acertadamente sobre la situación de cada momento, manteniéndome lo más cerca posible del sentido general de lo que realmente se dijo. Pero en cuanto a los acontecimientos de la guerra, no me pareció conveniente relatar lo que averiguaba por el primer testigo que se presentaba, ni tampoco escribir según mis propias conjeturas, sino que, o bien fui testigo ocular de los hechos, o me informé por otros con la mayor exactitud posible en cada caso. La investigación fue laboriosa, ya que los testigos presenciales no daban las mismas versiones sobre los mismos hechos, sino que cada uno recordaba según su parcialidad hacia uno u otro bando o según su memoria. Y es posible que la ausencia de elementos fabulosos en mi relato resulte menos agradable al oído; pero me será suficiente con que aquellos que quieran conocer con claridad tanto los sucesos pasados como los que alguna vez, en el futuro, por la condición humana, volverán a ser iguales o parecidos, juzguen mi obra útil. Pues ha sido compuesta como una adquisición para siempre y no como una pieza de concurso para escucharla un solo momento», Tucídides, «Historia de la guerra del Peloponeso», I, 22

«Si bien es verdad que todos los hombres, por lo general, y de un modo particular cuantos se dedican a la historia, afirman que el mejor medio de aprender a gobernar en las diversas situaciones de la vida es la experiencia de los acontecimientos, puesto que no hay otra escuela verdadera que la historia…», Polibio, «Historias», I, 1

«Por otra voz que no sea la del orador, ¿cómo podría la historia, testigo de los tiempos, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida y heraldo de la antigüedad, consagrarse a la inmortalidad?», Cicerón, «De Oratore», II, 36

«Sí, cada muerto deja un pequeño bien, su memoria, y pide que se la cuide. Para el que no tiene amigos, el magistrado debe suplirlos. Porque la ley, la justicia, es más fuerte que la muerte. He pasado cuarenta años buscando en las tumbas, exhumando las crónicas olvidadas, y he aprendido que la historia es una resurrección integral de la vida pasada. Sirve para que los que sufrieron en silencio, el pueblo llano, los artesanos, los soldados desconocidos, vuelvan a hablar. El historiador no es un mero cronista; es el juez de los muertos, el encargado de devolverles la dignidad que el tiempo y los tiranos les robaron», Michelet.

«La historia es, en cada ocasión, el registro de lo que una época encuentra digno de mención en otra», Jacob Burckhardt, «Reflexiones sobre la historia universal».

«La historia es, en cada ocasión, el registro de lo que una época encuentra digno de mención en otra», Huizinga. Y también: «La historia es la ciencia de los hombres en el tiempo».

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El presentismo o adanismo, sí, una plaga de nuestra época. Muchos jóvenes lo único que conocen de la historia es lo que estrictamente se circunscribe al arco de su existencia, a sus limitadísimos «moments of being». Ergo, desconocen olímpicamente quiénes son y cómo llegó a ser como es la sociedad en que viven. Ciegos, mudos, perdidos en el laberinto, borriquitos con chándal.

Cornaro 200

Vivo un momento de profunda dignidad y paz. Escribí trece libros. Reconozco el valor de la propia obra, acepto sus imperfecciones con humilde lucidez y, aun así, sé que he dejado un eslabón propio en la gran cadena de la literatura. El verdadero triunfo de una vida dedicada a las letras.

Ese sentimiento de «tarea cumplida» y de tranquila entrega a la posteridad (del que ya conozco su impasible desdén) resuena con fuerza a lo largo de la historia de la literatura. Johann Wolfgang von Goethe, «Conversaciones con Eckermann», hacia el final de su vida:

«El valor de mi obra no reside en que yo haya sido el mejor, sino en que fui un eslabón honesto en la cadena de la cultura. Trabajé duro duro y sembré mi parte. La naturaleza y la historia juzgarán. Puedo mirar atrás y ver que no desperdicié el tiempo que se me otorgó».

Samuel Johnson, Prefacio a su Diccionario de la lengua inglesa, 1755: «Al entregar este trabajo al público, lo hago con los temores de un hombre que sabe que ha fallado en muchas cosas, pero con la tranquilidad de quien sabe que ha hecho todo lo que sus fuerzas le permitían. He sobrellevado mi tarea a través de los años, en la enfermedad y en la tristeza, sin el patrocinio de los grandes y sin la alabanza de los doctos. No espero que mi obra sea perfecta, pues sé cuán numerosa e imperfecta es la mente humana; pero cuando calculo lo que he rechazado y lo que he aceptado, miro el resultado con un orgullo moderado. He puesto mi grano de arena en el avance de mi patria, y puedo retirarme en paz de la escena literaria».

León Tolstoy, de sus diarios y cartas de vejez: «Miro hacia atrás, a mis libros, y veo en ellos tantas faltas, tanta paja innecesaria que debió ser quemada antes de salir a la luz. ¡Cuánto mejor habría sido pulir más, escribir menos! Y sin embargo, cuando pongo las sumas y las restas en la balanza de mi conciencia, sé que puse mi alma entera en lo que creía verdadero. No soy Homero, no soy Shakespeare; estoy a una distancia inmensa de los verdaderos maestros. Pero hice lo que pude con el talento que se me dio. La obra está terminada. Ahora que la noche se acerca, siento que puedo desprenderme de ella y morir en paz, porque las palabras ya no me pertenecen; pertenecen a la corriente de la vida».

Virginia Woolf, de su Diario: «A veces pienso en el volumen de lo que he escrito; es un océano de palabras, una masa densa y a menudo innecesaria. Hubiera querido más tiempo para limar las aristas, para borrar lo superfluo. Pero hoy, al mirar la estantería donde descansan mis libros, siento una extraña y profunda ligereza. El sentido de mis días está encerrado ahí, entre esas páginas. He tejido mi pequeña red en el gran árbol de la literatura inglesa. No importa si cae o si permanece; el esfuerzo fue real, fue honesto. He terminado mi jornada, y el descanso que siento en el espíritu es dulce».

Sé que la ambición de permanencia —el «monumentum» de Horacio, el «ktêma es aieí» de Tucídides o la entrega total de Montaigne— es, en mi caso, una simple quimera. Sin embargo, reconozco que fue el impulso necesario para resistir el esfuerzo de escribir trece volúmenes; se necesita una fe casi sagrada en la palabra para no desfallecer en el intento.

Pero hoy se impone el contrapunto de la humildad: el límite del talento, la gratitud por encima del ego que siempre desplegué, y esa lucidez de Newton al mirar hacia arriba para ver a los gigantes que lo precedieron, y no a sí mismo.

Al poner el punto final se siente la melancolía de Gibbon; la obra se desprende de uno y pasa a ser un objeto del mundo. Pero ese vacío se llena de inmediato con la armonía de haber cumplido con el deber intelectual y haber justificado el tiempo concedido del que habló Séneca. Hechas las sumas y las restas, el balance no es negativo. Mis miles de palabras ya forman parte de ese rumor de la memoria al que se refirió Vives. Miro mi biblioteca con el espíritu satisfecho: mi eslabón está forjado.

Cornaro 199

(De mis memorias «El transportista de pianos»)

Mi bisabuelo paterno fue militar, matemático y poeta. Escribió un libro de divulgación de álgebra y varios poemarios. Mi padre lo admiró mucho. Mi bisabuelo materno fue un esquizofrénico. Emigró a América y estuvo un par de décadas deambulando perdido y viviendo a salta de mata; un día mi abuela Pascua se dirigió a mí, entre tierna y apenada, y me confesó: «Eres igual que mi padre». Esas sangres hierven en mí: el loco, el lógico, el escritor. Todos ellos fueron inteligentísimos y la historia los asumió y olvidó pese a sus hazañas. Hoy solo son muy vagos recuerdos de gotas de miel azul de una memoria familiar desvaída.

Desearía ser recordado como un estudioso, como aquel que en su infancia entró en una biblioteca, y no solo no salió de ella, sino que no permitió que nadie entrara en ella. Me gustaron los libros con desmesura; miraba con amor aquellas páginas blancas y limpias, aquellos caracteres negros y bellos. Los amaba como el avaro ama su oro, como el amante ama a su amante. Un hombre de espíritu científico, cuya sed de conocimiento era insaciable… que contemplaba el mundo a través de los cristales de sus gafas con la benevolencia de un filósofo y la curiosidad de un niño. Aquel hombre que parecía consumido por el fuego de una devoción puramente intelectual. Sus ojos, fijos en el vacío, parecían mirar hacia dentro, hacia un texto inmenso grabado en la memoria.

Soy un hombre de libros, un habitante de la Ciudad de los Libros, y no sé nada del mundo real salvo lo que he leído en pergaminos y papeles viejos. He pasado mi existencia descifrando manuscritos, catalogando textos, buscando variantes en códices medievales. A veces me pregunto si no habré cambiado la sustancia de la vida por su sombra. Sin embargo, ¡qué hermosa es esta sombra! En mi biblioteca, el tiempo no transcurre de la misma manera que en las calles de Barcelona u Orense. Aquí, los muertos hablan con más claridad que los vivos, y las pasiones de hace mil años conservan un perfume más dulce que las alegrías del presente. Sé que para muchos soy solo un viejo fósil cubierto de polvo de archivos, pero en este polvo yo encuentro la luz de los siglos

No leo para entretenerme, no leo solo para aprender; leo con una especie de absorción mística, un ensimismamiento total que no deja espacio para el mundo exterior. Vivo en una atmósfera compuesta exclusivamente de tipografía, títulos, fechas y nombres. Para mí, un hombre no es un cuerpo con un alma, sino un nombre asociado a un libro o a una edición. Mi cabeza calva, pulida por los años, es casi como un archivo indestructible en el que están registrados, con tinta invisible, pero indeleble, los títulos y los precios de todos los libros que han salido de las prensas del mundo entero durante cuatro siglos.

Mi hermana escribió de mí: «Christian era un hombre que pensaba; un hombre que guiaba a su mente por los senderos del conocimiento como un general guía a su ejército. Pero al llegar a cierto punto, al notar que la mente humana tiene un límite que él no podía traspasar, se llenaba de una tristeza desértica. Se veía a sí mismo como un faro que ilumina la noche, pero que permanece clavado en la roca, solitario y frío. Toda su erudición, todos sus libros publicados, no le servían de nada cuando regresaba al comedor con su familia. Su mente, tan afilada para la lógica, era torpe y cruel para las relaciones humanas. Exigía simpatía, exigía elogios como un niño hambriento, porque en el fondo de su ser, el sabio temía que toda su vida de estudio no hubiera sido más que un largo paseo por un cementerio de ideas muertas, mientras la vida de verdad pasaba de largo».

Escribir libros, como uno de mis bisabuelos, y la vesanía, como la de otro de mis bisabuelos. Y ser un terrible melancólico, un compacto solitario que no se ama a sí mismo.

Cornaro 198

Aunque Adriano es un emperador, Yourcenar lo retrata en gran parte de la obra como un agudo estudioso de la condición humana, la filosofía y las letras griegas. Aquí reflexiona sobre la relación entre el sabio y sus libros: «Casi todo lo que los hombres han dicho de mejor lo han dicho en griego… He fundado bibliotecas; es como construir graneros públicos, amontonar reservas para un invierno del espíritu que, por ciertos signos, a mi pesar, veo venir. (…) Me gusta entrar en las escuelas, escuchar a los sofistas, ver a los jóvenes ejercitarse en las disputas lógicas. El estudio ha sido para mí un remedio contra la ambición, un refugio contra los hombres, y a menudo un consuelo en la desgracia. En los libros he aprendido a conocer a los antiguos, y en ellos he creído encontrar las claves de mi propio destino».

Y recordemos al estudioso obsesivo Alonso Quijano: «Es, pues, de saber, que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año), se daba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber de ellos… En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio».

No cesa mi pasión por el estudio y el conocimiento. Me lo legó mi familia y mis maestros, y es lo menos innoble que hay en mí. Mi biblioteca es grande, y es selecta; se compone de libros que han envejecido conmigo, que han compartido mis mudanzas, mis noches de insomnio y mis raros momentos de paz. Me gusta el desorden ordenado de sus estantes, donde un tratado de filosofía del siglo XVIII descansa al lado de una novela barata de misterio que me consoló durante una gripe. Cuando entro en esa habitación, el olor me recibe como un perro fiel: es una mezcla de tabaco de pipa, cuero viejo, madera de cedro y ese aroma dulzón, casi a vainilla, que desprenden las páginas de los libros antiguos cuando se descomponen lentamente. Es una geología del pensamiento; puedo mirar un lomo gastado y recordar no solo lo que dice el texto, sino quién era yo la primera vez que lo leí.

Pirkei Avot (6:1): «Quien se dedica a la Torá por amor de ella merece muchas cosas; más aún, el mundo entero resulta digno por él. Es llamado amigo, amado de Dios y amado de los hombres; reviste humildad y reverencia; lo hace apto para ser justo, piadoso y recto; lo aleja del pecado y lo acerca al mérito». O Francis Bacon, «Of Studies»: «Los estudios sirven para deleite, para ornamento y para capacidad. Su principal utilidad para el deleite está en la vida retirada y en la contemplación; para el ornamento, en el discurso; y para la capacidad, en el juicio y en la administración de los negocios. Leer hace al hombre completo; conversar lo hace ágil; escribir lo hace preciso». O bien Maimónides, «Guía de los Perplejos»: «La perfección auténtica del hombre consiste en adquirir las virtudes intelectuales, es decir, en concebir ideas inteligibles que nos enseñen las verdades metafísicas. Por ellas alcanza el hombre su fin último y se hace verdaderamente hombre».

Cornaro 197

Me hundo; caigo en las entrañas de la tierra. El silencio cae sobre mí como un peso o una daga afilada. El mundo se ha alejado; las voces de los que amo están amortiguadas, muertas y distantes. Estoy solo, terriblemente solo, en una vasta llanura donde no hay caminos ni refugios. Siento que mi propio cuerpo se desvanece, que ya no soy una entidad sólida, sino una niebla que se disipa en la oscuridad. Esta es la verdadera soledad: no estar físicamente aislado, sino sentir que la propia existencia carece de significado para los demás, que si desapareciera en este instante, el universo continuaría su curso sin notar el más mínimo vacío.

La máxima desgracia no es estar solo en la propia habitación, sino estar solo en una multitud. Sentir que los demás ríen, hablan y se aman, y saber que entre tú y ellos hay un abismo insalvable que ningún puente podrá cruzar jamás. Esta soledad mía no es un accidente; es una dolencia crónica, un defecto de fábrica de mi alma. He intentado abrirme al mundo, he intentado amar, pero siempre regreso a este rincón oscuro, a este silencio que me juzga y me condena. Nadie se cura de la soledad; a lo sumo, uno se acostumbra al dolor que produce, como se acostumbra un tullido a su cojera.

La verdadera desgracia no es estar solo, sino no poder estar con los otros aunque se los desee. Hay una forma de aislamiento que no ennoblece, que no purifica ni vuelve más lúcido: simplemente desgasta. En ese estado, el pensamiento no se eleva, se repite; no crea, se muerde la cola. El mundo exterior se vuelve inaccesible y el interior se vuelve inhabitable. El aislamiento no es lo mismo que la soledad. En la soledad uno está consigo mismo; en el aislamiento, uno está abandonado incluso por sí. El aislamiento destruye la capacidad de pensar porque el pensamiento necesita, aunque sea implícitamente, la presencia de otros. No es la ausencia de sentido lo que más hiere al hombre, sino la ausencia de rostros. Un mundo sin interlocutores no es un mundo absurdo: es un mundo inhabitable.

Cornaro 196

La soledad elegida puede ser una fuente inmensa de creación, reflexión y libertad interior. De Montaigne a Proust, de Emily Dickinson a Cioran, abundan los ejemplos de vidas profundamente retiradas y extraordinariamente fecundas. El problema no es la soledad buscada, sino aquella que se impone cuando uno necesita compañía y no encuentra a nadie.

Soledad. Ir hacia sí mismo y no encontrar a nadie durante horas, esto es lo que se debe poder lograr. Estar solo como se estaba solo de niño, cuando los adultos deambulaban de aquí para allá, envueltos en cosas que parecían importantes porque se mostraban muy activos y no se comprendía nada de su ocupación. Nuestra soledad debe ser un apoyo y un hogar, incluso en medio de circunstancias muy extrañas, y a partir de ella encontrar todos los caminos.

Soledad. Para descansar, para detenerse, para ser uno mismo, despojado de todo lo que no fuera el propio ser… eso era lo que ansiaba. Perder la forma externa, convertirse en una cuña de sombra, invisible para los demás. Cuando se estaba solo, se podía pensar, se podía descansar. Todo el esfuerzo de presentarse ante el mundo, de hablar, de sostener una imagen, se desvanecía. En la soledad, uno quedaba reducido a su propia esencia, a esa paz oscura que no necesita dar explicaciones a nadie, y desde ahí, el mundo parecía infinitamente más vasto, más libre y más hermoso.

Si la soledad elegida es la gloria del espíritu, la soledad impuesta —el aislamiento, la desconexión del tejido comunitario— es una de las fuerzas más devastadoras para el ser humano. La desolación, a diferencia de la soledad elegida —en la que el individuo permanece en compañía de sí mismo—, consiste en no pertenecer al mundo. Es la experiencia de sentirse abandonado por la compañía humana, de sospechar que la propia existencia apenas deja huella y que ya no importa verdaderamente a nadie. Ese aislamiento radical erosiona lentamente la capacidad de pensar y de experimentar la realidad, porque el mundo sólo se confirma plenamente cuando es compartido. Necesitamos la mirada ajena no para existir, sino para verificar que habitamos un suelo común, una misma realidad y un mismo horizonte de sentido.

Cornaro 195

Hoy acabé mi decimotercer libro. Me gustaría titularlo «tarannà», pero la palabra es catalana e intraducible. Hay no pocos equivalentes o aproximaciones al español, pero, rebuscando en viejos diccionarios históricos, hallé una desusada palabra de significado con cierto aire de familia: CONDIGNO. Una bellísima palabra olvidada que hacía referencia a la proporción, propiedad o correspondencia de la manera de ser de alguien con su entorno o su estirpe. Suena misteriosa y literaria. Así se titulará mi libro.

Nebrija traduce condigno al latín como dignus, muy digno o sumamente proporcionado. En las mentalidades del siglo XV, la condignidad de un hombre era su comportamiento proporcionado a su linaje, a su moral o a su naturaleza interna. El Diccionario de Autoridades (RAE, Tomo II, 1729) define condignidad como: «La proporción del mérito con el premio, y del delito con la pena». Define condigno como: «Lo que es proporcionado, correspondiente y debido a otra cosa». Condigno suena imponente, culto, y evoca la justicia de ser fiel a la propia naturaleza. Buen título.

Escribir el primer libro es un acto de fe; escribir el decimotercero es un acto de fidelidad. La satisfacción ya no es demostrarle al mundo que puedes hacerlo, sino demostrarte a ti mismo que el fuego sigue ardiendo, a pesar de todo lo que ya ha quemado, acaso fútilmente.

Siento una alegría medida, moderada, un airón fresco y grato.