Cornaro 140

Sostres sostiene (con teología costumbrista) que el ser humano no puede escapar de su propio vacío existencial ni de su necesidad de trascendencia y perdón. Para el autor, la masa que se vuelca a las calles no lo hace por mera curiosidad, sino porque la belleza y el misterio litúrgico revelan una verdad histórica: que España está hecha «mirando al Cielo», lo que paradójicamente la vuelve un pueblo ingobernable para los poderes terrenales.

Convierte un rasgo históricamente conflictivo (el carácter ingobernable de los españoles, nuestra historia enredada y el resentimiento) en una consecuencia mística: el español no obedece porque, en su fuero interno, solo responde ante el Creador. La coda final sobre el Real Madrid es la típica técnica jesuítica: mezclar lo sublime con lo profano para hacer que el dogma entre de manera más natural.

El Areopagita, en sus tratados sobre los nombres divinos, ya hablaba de cómo incluso las criaturas que parecen alejadas o sumidas en el caos se mueven por la atracción de la Belleza Suprema: «Esta sobreesencial Belleza se llama hermosura porque de ella proviene la armonía de todas las cosas, cada una según su propia naturaleza… Y es el principio de todo, en tanto que es la causa eficiente que mueve el Todo y lo mantiene unido por el amor de su propia belleza. Por eso, todas las cosas, incluso aquellas que parecen negarlo o ignorarlo, tienden hacia lo Bello y lo Bueno por un deseo secreto, pues no hay criatura que no lleve en sí la sed de su Principio».

La frase de Sostres «Dios es la falta que nos hace, nuestro vacío» es una paráfrasis moderna de la antropología agustiniana del corazón inquieto: «Tú mismo excitas al hombre para que se deleite en alabarte, porque nos hiciste para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti. ¿Y cómo te invocaré yo, Dios mío, si cuando te invoco te llamo a mí? ¿Y qué lugar hay en mí adonde venga mi Dios? […] No existiera yo, Dios mío, no existiera en absoluto si tú no estuvieras en mí; o más bien, no existiría si yo no estuviera en ti, de quien, por quien y en quien son todas las cosas».

Péguy y la «Sed de la Voz»: «El pecador, el increyente, no está fuera de la cristiandad; está en el corazón mismo de la cristiandad. Nadie es más competente que el pecador en materia de cristiandad. Nadie, a menos que sea el santo. El laicismo cree haber construido un mundo sin Dios, pero solo ha construido un tejado de paja. Cuando cae la gran lluvia de la angustia humana, el hombre vuelve a mirar hacia arriba, porque su pecado no es una ausencia de Dios, sino el grito herido de su necesidad de Él».

¿Mi propio sentido de la vida? No soy un providencialista. Lo encuentro en la CIENCIA. El verdadero sentido de la vida, la verdadera madurez del espíritu, se alcanza, a mi juicio, cuando miramos al abismo del universo no con miedo a un juez, sino con la audacia de la razón. Sentir que somos una mota de polvo cósmico que, a través de la evolución, ha desarrollado la capacidad de comprender el código de la vida y la física de las estrellas… esa es la verdadera trascendencia. La ciencia no nos deja vacíos; nos llena de una reverencia genuina por lo real. No necesitamos que un pastor nos perdone; necesitamos entender nuestro lugar en la cadena de la naturaleza para ser libres. También en el ARTE. Schopenhauer: «La contemplación de la obra de arte nos arranca por un instante del torrente del deseo y de la servidumbre de la voluntad. Cuando nos perdemos en la belleza de una pintura, en la armonía de una sinfonía o en la arquitectura que desafía al tiempo, dejamos de ser individuos alienados por la necesidad y el egoísmo; nos convertimos en el puro ojo del mundo, en sujetos puros del conocimiento. El arte realiza el milagro que la religión promete en vano: suspende el sufrimiento». Y, por último, en la LITERATURA. Frente a la vanidad y el olvido, la literatura vence a la muerte.

P.S. Gran artículo. Respeto sus tesis provocadoras ¿Leerlo? Fue un placer.

Cornaro 139

(Fragmento de mis memorias «El transportista de pianos»)

Mis colegas de la sección operativa siempre nos llamaron «ratones de biblioteca». Ellos llevaban pasaportes falsos; nosotros leíamos los informes que aquellos pasaportes producían. Con los años aprendí que las guerras rara vez las ganan quienes disparan primero. Las ganan quienes saben leer, escrutar, analizar. Yo estudié derecho mercantil danés, mapas topográficos, y modelé escenarios con teorías matemáticas, entre otras cosas, para defender los intereses de mi país de adopción. Me dan un poco de lástima la generación de nuevos analistas de inteligencia: hablan de algoritmos, satélites de resolución cuántica e inteligencia artificial. Creen que el mundo es un tablero de ajedrez matemático que se puede resolver con suficiente potencia de cálculo. Olvidan el factor humano. Ese que aprendí leyendo a historiadores grecolaticos, medievales y renacentistas.

Retirado en la inmensa biblioteca de mi casa, sonrío. Los hombres son ingratos, volubles, simuladores y disimuladores, y huyen de los peligros y son ansiosos de ganancias. Mientras les haces bien, te son enteramente adictos; pero cuando la necesidad se aleja, se rebelan contra ti.

Tengo grabadas en una pared de mi despacho estas palabras de Jean Bodin, palabras que son mi santo y seña: «La naturaleza de los hombres es tan inconstante y mudable, y está tan sujeta a los vaivenes de las pasiones indomables, que si no se les contiene mediante leyes severas y un poder soberano que dicte justicia con mano firme, la sociedad se desvanece en un instante. Los seres humanos nacen con un deseo insaciable de poseer lo ajeno y de mandar sobre sus semejantes; es una ambición ciega que no conoce límites ni respeta la razón. Si examinamos la historia, veremos que los estados no se fundan sobre la bondad natural o la concordia espontánea, sino sobre la fuerza del más fuerte que logra someter el caos originario. El hombre común es una bestia de muchas cabezas, movida por el rumor y el apetito del momento; por ello, pretender que la multitud se gobierne a sí misma por la sola luz de la virtud es el mayor de los delirios políticos. La soberanía no es un capricho del monarca, sino el freno indispensable que la razón impone a la destructiva condición de los hombres». Acaso algunos me entenderán.

Cornaro 138

El escritor Mark Twain definió la Venus de Urbino varios siglos después como «la pintura más loca, salvaje y obscena del mundo». No era una diosa; era la representación de una mujer muy real dispuesta para el «exquis voyeurisme» y el deleite del duque que la encargó.

Ingres, en La gran odalisca, alteró la anatomía de la mujer de forma deliberada: le añadió tres vértebras de más a la columna y le alargó los brazos para que su curva fuera más sinuosa, turbadora, «feutrée», líquida y anatómicamente imposible. No buscaba ningún tipo de realismo, por supuesto, solo maximizar el atractivo sexual del cuerpo para el espectador.

Me maravillan las «nymphettes» poco honestas que no son del todo mujeres de carne y hueso, sino sueño lascivo de pasta de almendras rosa y blanca.

Bienvenidos a La casita de Bad Bunny.

Cornaro 137

En psicopatología, se diferencia la alucinación de la alucinosis. Mientras que el alucinado cree incontrovertiblemente en lo que percibe y carece (o no es susceptible) de autocrítica sobre su percepción, el paciente con alucinosis experimenta una percepción falsa, pero mantiene intacta la conciencia de esa irrealidad. Es decir, sabe que su cerebro le está engañando.

Al igual que el enfermo de alucinosis ve un tigre rosa en la habitación, pero sabe que es un error de sus conexiones y mapas mentales, los portavoces del relato oficial socialista leen los autos de la Audiencia Nacional y observan las ramificaciones de la galaxia de Leire Díez, pero deciden «verbalizarlo» como una «alucinación colectiva» de la oposición y los jueces. Sostienen la percepción irreal con plena conciencia de la verdad subyacente.

Reducir los hechos investigados a meras elucubraciones subjetivas choca y niega frontalmente los criterios epistemológicos de la ciencia. El relato del «espejismo fabricado» que aduce el PSOE es un sistema dogmático que no permite la falsación. Si la UCO encuentra indicios, es «fantasía judicial»; si no los encuentra, confirma su inocencia.

«Los partidarios de una teoría, cuando esta se ve amenazada por una refutación empírica, suelen salvarla mediante la introducción de hipótesis auxiliares ad hoc o mediante la reinterpretación de la teoría de manera que escape a la refutación. Esta maniobra la rescata de la destrucción, pero lo hace al precio de destruir, o al menos rebajar, su estatus científico. […] El método de buscar verificaciones para las teorías parece omnipresente: los astrólogos, en sus horóscopos, encuentran siempre pruebas que confirman sus tesis; los psicoanalistas ven en cada caso clínico una confirmación de sus principios. Lo que caracteriza a la ciencia no es la búsqueda de confirmaciones, sino la búsqueda activa de refutaciones: el test empírico riguroso», Karl Popper, «Conjeturas y refutaciones».

Asimismo, no se olvide: «El realismo científico es la única filosofía que no hace de la propiedad predictiva y explicativa de la ciencia un milagro. Si las entidades teóricas postuladas por nuestras mejores teorías no existieran realmente en el mundo físico de forma independiente a nuestras mentes, la coincidencia masiva entre nuestras predicciones y los resultados experimentales sería un enigma inexplicable, una magia inconcebible. […] Sostener que el mundo exterior es una construcción o que las estructuras que inferimos a partir de indicios empíricos repetidos son meras ilusiones de los instrumentos o de los sujetos que conocen, nos condena a un solipsismo estéril que invalida el progreso acumulativo del saber humano», Hilary Putnam, «Mathematics, Matter and Method».

Cornaro 136

Ambrosio escribe a Teodosio tras la matanza de Tesalónica: «No puedo ofrecer el sacrificio si tú pretendes estar presente. Lo que no me es lícito después de haber derramado sangre inocente, tampoco me es lícito hacerlo mientras permaneces en ese estado. La ley de Dios me lo prohíbe. […] ¿Cómo levantarás las manos aún manchadas de sangre? ¿Cómo recibirás con esas manos el santísimo cuerpo del Señor?», Epistula 51, PL 16, cols. 1161-1164.

Gregorio Magno insiste repetidamente en que los pastores deben corregir a los poderosos y no buscar su favor: «Hay quienes, deseosos de agradar a los hombres, temen decir libremente la verdad. El pastor que calla ante el pecado por miedo a perder el favor humano deja de ser pastor y se convierte en mercenario», Regula Pastoralis, II, 4; PL 77.

Jerónimo se mostró especialmente feroz contra los eclesiásticos que frecuentaban palacios: «Hay clérigos que buscan las casas de los ricos, que persiguen los saludos de los poderosos y consideran honor sentarse a la mesa de los príncipes. Han olvidado que los apóstoles siguieron a un crucificado y no a los triunfadores del siglo», Epistula 52 ad Nepotianum, PL 22.

Bernardo de Claraval advierte al papa Eugenio III: «Te rodean aduladores; y nada hay tan peligroso para quien gobierna como tener oídos acostumbrados a la alabanza. Aprenderás más de quien te reprende que de quien te aplaude», De consideratione, II, 13; PL 182

El pastor pierde autoridad moral cuando busca el favor de los gobernantes en vez de conservar la libertad de reprenderlos. León XIV se enfrenta al maniobrero y purulento Sánchez que querrá instrumentalizar ignominiosamente su visita. El presidente convierte todo lo que toca en un rastrero y hortera aquelarre masónico.

Cornaro 135

El lunes recibo en mi casa orensana los casi 90 libros que compré en librerías de viejo y de ocasión ¡Voluptuosidad del bibliófilo! ¡Emoción inconmesurable, erótica, o, mejor que el sexo! Lo que siento -entiéndase- no es solo afán de acumulación; es la pasión ciega del bibliófilo. Pues hay algo profundamente sensual —y sí, insisto, erótico— en el tacto del papel envejecido, el olor a humedad noble, a tinta de otra época y a misterio guardado. Entrar en una librería de viejo es ir de caza; recibir el botín en mi pazo orensano (vivo en una biblioteca y no en una casa) es coronar la conquista.

Coleccionar libros es una obsesión que roza la locura, un vicio que, una vez que se apodera de un hombre, ya no lo suelta. Las habitaciones se llenan, los pasillos se estrechan, las pilas de volúmenes amenazan con sepultar al morador. Pero el bibliófilo no ve desorden; ve una geografía del espíritu. No vive en una casa; vive dentro de un cerebro expandido, donde cada estante es una circunvolución cerebral y cada libro, un recuerdo o un sueño dispuesto a despertar en cuanto se abra su portada.

«La biblioteca debe contener lo que uno no sabe, no lo que ya sabe. Con los años, los libros leídos disminuyen frente a los no leídos, que nos miran con una mezcla de reproche y promesa. Una biblioteca no es un almacén de trofeos, es una herramienta de trabajo y de descubrimiento. Los libros no leídos son tan importantes como los leídos, porque nos recuerdan constantemente todo lo que nos queda por aprender, manteniéndose como un monumento a nuestra ignorancia, que es la única forma de mantenernos curiosos», Umberto Eco.

Hay un misticismo sagrado en el olor de las páginas amarillentas, un perfume que ningún estante de novedades modernas podrá jamás emular. El verdadero lector prefiere el polvo noble del pasado al brillo estéril del presente.

Pocos placeres hay en la tierra comparables al ritual de abrir una caja, extraer un libro, acariciar su lomo y susurrarle: «Salve; bene domum venisti».

Cornaro 134

Macbeth apuñala a Duncan mientras duerme. La obra termina con Macduff mostrando la cabeza ensangrentada del tirano. Malcolm es proclamado el nuevo y legítimo rey de Escocia, prometiendo restaurar la justicia y el orden en una nación que había sido desangrada por la ambición maníaca de un solo hombre.

Chile, pimienta, jengibre, mostaza y wasabi. Así, condimentado el Estado con cantidades brutales semi-venenosas, gobierna (o desgobierna) nuestro presidente ladino, marrullero y lagarto.

En su famoso soliloquio, Macbeth admite que carece de motivos reales para su conducta, excepto los de su ego patológico: «No tengo más espuela para pinchar los costados de mi intención que una ambición desmedida, que salta sobre sí misma y cae del otro lado». Más adelante, cuando el país cae en el caos por su tiranía, Macduff describe el estado de su patria de una forma que nuestra oposición atinadamente utiliza para describir la España actual: «¡Pobre patria, casi tiene miedo de conocerse a sí misma! No puede llamarse nuestra madre, sino nuestra tumba».

Y recuerden siempre, no olviden nunca, cómo acaba Macbeth.

Cornaro 133

Cuando hoy un laboratorio de microbiología en Lima colabora en tiempo real con un equipo en el MIT de Boston y otro en la Universidad de Kioto para corregir el borrador de un artículo científico (un erudito no comete la indecorosa afición de dormir), están haciendo exactamente lo mismo que hacían Poliziano, Budé, Erasmo, Juan Luis Vives y Nicolas-Claude Fabri de Peiresc hace quinientos años. Solo han cambiado las herramientas y la velocidad; el espíritu es casi idéntico.

Afortunadamente, la vieja Res Publica Litterarum sigue viva.

Cornaro 132

Cuando alguien vive aislado durante mucho tiempo, la mente se vuelve un sistema cada vez más cerrado sobre sí mismo. Para una persona vulnerable a la psicosis o a las ideas delirantes, ese encerramiento puede convertir cualquier pensamiento en una cámara de ecos torturantes que magnifican los síntomas.

El gran bibliófilo Aby Warburg hablaba de la biblioteca como una forma material del pensamiento. No era una acumulación de papel, sino un mapa visible de la mente. Quizá por eso me hace bien hojear los libros. No busco únicamente información; quiero hallar compañía, complicidad, continuidad. Un hombre acostumbrado a leer nunca está completamente solo. El libro funciona como un amigo que acompaña sin juzgar: un refugio de papel y tinta que amortigua la hostilidad del mundo exterior.

Séneca advierte que el mero aislamiento físico no sirve si la mente sigue en guerra consigo misma, pero ofrece la clave de la autosuficiencia: «Me preguntas qué debes evitar principalmente. Te lo diré: la multitud. Todavía no puedes confiarte a ella de manera segura. […] ¿Quieres saber qué es lo que te hace libre y te alivia de este peso? Que te vuelvas hacia ti mismo. Nadie puede vivir felizmente si solo se contempla a sí mismo y si todo lo refiere a su propia utilidad; debes vivir para el prójimo si quieres vivir para ti. Pero cuando estés solo, aprende a ser tu propio compañero. […] El sabio se basta a sí mismo para vivir bien, no para vivir solo. Si pierde a un amigo por muerte o exilio, soporta la pérdida con ánimo entero, porque tiene en su interior la fuente de toda alegría y todo consuelo. El hombre que se ha encontrado a sí mismo ya nunca está desamparado».

No me resulta fácil esta música cognitiva. Y también dificultosa, a veces, me parece esta observación de Marco Aurelio: «Los hombres buscan retiros en el campo, en la costa, en las montañas. Tú también sueles desear ardientemente tales cosas. Pero todo eso es de lo más vulgar, puesto que te es posible, a la hora que quieras, retirarte en ti mismo. En ninguna parte se retira el hombre con más tranquilidad y calma que en su propia alma, sobre todo quien tiene en su interior tales bienes que, si se inclina hacia ellos, de inmediato encuentra una perfecta quietud. Y denomino quietud a nada más que al buen orden interior. Concédete, pues, continuamente este retiro y renuévate».

Se hace empinada la soledad para la mente esquizoide. La esquizofrenia te aísla de una manera que ninguna otra enfermedad física puede hacerlo; abre un abismo entre tu mente y el resto del mundo social. Cuando estás en medio de un brote psicótico, el lenguaje de los demás no te llega, y tus propios intentos de comunicarte se convierten en lo que los médicos llaman «ensalada de palabras». Estás atrapado dentro de una casa de espejos distorsionados donde cada pensamiento se convierte en un perseguidor. La soledad se vuelve casi vertical, porque no puedes confiar en tus propios sentidos y, por lo tanto, no puedes confiar en nadie más. El aislamiento no es solo la falta de personas a tu alrededor; es la convicción aterradora de que estás viviendo en un planeta completamente diferente, cuyas leyes físicas y lógicas nadie más comprende.

Cuando la mente humana sufre y el lenguaje se quiebra, la lectura lineal puede volverse imposible porque exige una concentración que la enfermedad mental impide. Sin embargo, el libro como objeto (su peso, el olor del papel, la textura de las cubiertas, el sonido de las páginas al pasar) ofrece un anclaje sensorial con el mundo real. Los libros en las estanterías actúan como una multitud silenciosa y segura: son conciencias humanas que no increpan, no exigen, no juzgan y están listas para ser sostenidas en las manos. Sobrevivo gracias a esta bibliofilia terapéutica.

Mi biblioteca es mi espacio de seguridad, el lugar donde el sufrimiento del mundo se extingue. A veces entro en ella no para buscar un poema, o leer una novela o un ensayo, sino simplemente para estar entre ellos. Sostener un libro hermoso en las manos, sentir el peso de su memoria, hojear sus páginas al azar viendo pasar las palabras como pájaros, es —a qué dudarlo— un acto curativo. Los libros exigen muy poco y ofrecen un refugio incondicional.

Tomo en mis manos «Introduction to Mathematical Philosophy», de Bertrand Russell (George Allen & Unwin Ltd., Londres. Segunda edición, reimpresión de 1920/1930. Octavo mayor) El volumen está revestido con una tela editorial rígida de un tono azul cobalto profundo, casi nocturno, que ha resistido las décadas. Al pasar las yemas de los dedos sobre las tapas, se siente el grano grueso y áspero del tejido primitivo, una textura que ancla las manos a la realidad. El lomo, ligeramente descolorido por el sol de pasadas bibliotecas, exhibe el título y el nombre de Russell grabados en letras de oro viejo. El dorado ha perdido su brillo estridente; ahora es un destello mate, más sabio, que emerge de la penumbra del estante.

Al abrir la cubierta, lo primero que recibe al tacto son las guardas de un papel grueso, de un color crema pálido que huele a lignina y a vainilla oxidada. En la esquina superior de la primera página en blanco, hay una firma manuscrita con pluma estilográfica y tinta ferrogálica negra, ya virada a un tono sepia: el rastro de un dueño anterior, una presencia humana borrada por el tiempo.

Las páginas están salpicadas de teoremas aislados en el centro de la hoja, rodeados de generosos márgenes blancos que dan aire y fluidez a la mente. Símbolos existenciales, cuantificadores, variables, implicaciones lógicas. Me olvido de la vida y soy feliz.

Cornaro 131

Vivo solo, completamente solo. No hablo con nadie, nunca; no recibo nada, no doy nada. Cuando se vive solo, ya ni siquiera se sabe lo que es narrar, hablar o compartir vocablos; incluso el laconismo desaparece junto con los amigos y la energía. Las frases se deshacen, las palabras se vuelven opacas y con filos puntiagudos, los objetos pierden su nombre y se quedan ahí flotando: enormes monstruos mudos, monstruos patéticos y ridículos.

Estoy solo en medio de estas voces alegres y razonables, rezumantes de fiesta y apandilladas de regocijo cómplice y calor de abrazos. Todos estos tipos pasan el tiempo explicándose, poniendo su vida en común en palabras amigas, gesticulando al unísono, reconociendo con satisfacción que están de acuerdo y son altos, indestructibles camaradas. ¡Dios mío, qué importancia le dan a pensar todos juntos las mismas cosas! ¡Amar a las mismas personas y objetos! ¡Tener en los valles el mismo color verde de los sueños!

Me da pánico pensar que soy un ser humano, pero que no tengo a nadie en el mundo y que, sin embargo, existo. Me da pánico el muro invisible que me rodea: el hombre sin padres (un don nadie) viviendo en una aldea minúscula y anónima, en una casa con un jardín como una escombrera o un vertedero lleno de ratas.

Iba cayendo, caía por un abismo, pero no tocaba el fondo. Estaba completamente solo, abandonado en la orilla del mundo, como un marinero que ha sobrevivido al naufragio y contempla desde una roca desolada cómo el barco se hunde en el mar. La gente pasaba a mi lado, hablaban, sonreían, pero sus voces me llegaban desde una distancia infinita, como el murmullo de un bosque lejano. Yo conocía la verdad que los demás ignoraban; estaba encerrado en el manicomio de mi propia mente, donde los pensamientos son monstruos reales y las palabras de consuelo no son más que ruidos vacíos, incapaces de cruzar la inmensa distancia que me separa de la raza humana. Así lo escribió, precisa y vigilante, Virginia Woolf; pensando en ella, en mí y en la devastación mental de todos nosotros, los locos.

La peor soledad no es la falta de compañía física, sino la ausencia de resonancia y humanidad: el peso mortal y sangriento de saber que, sea por las circunstancias de la vida o por la niebla de la enfermedad, uno se ha vuelto ya invisible para el resto del mundo.