Burton 32

La perfección no existe, pero, la dignidad en el esfuerzo y la lealtad a una tradición, sí. Me dejo guiar por una humildad noble: no necesito cambiar el rumbo de la historia de la literatura para formar parte de ella. Soy como ese científico que aportó su pequeño ladrillo a un edificio milenario.

A menudo me digo a mí mismo: Haz tu obra tal que, si es una contribución a la cultura de tu pueblo, quede en ella como queda el grano de arena en la base de la montaña. No te cuides de que tu nombre se repita; cuídate de que tu esfuerzo sea limpio. El científico que descubre una ley menor, el artesano que pule una madera con paciencia, el escritor que alinea sus páginas con honestidad, todos ellos salvan su alma en su trabajo. No hay ridículo en no ser un genio; el único ridículo es el del vanidoso que no hizo nada por miedo a no ser eterno.

La literatura no es para los superhombres. Es el producto de hombres comunes que, por una misteriosa paciencia, logran poner en palabras el peso de su tiempo. Al igual que el biólogo que pasa años frente al microscopio para avanzar un milímetro en el conocimiento humano, el escritor pasa la vida puliendo su estilo para añadir una brizna de verdad al caos del mundo. Esa pequeña contribución es nuestro único y verdadero título de grandeza.

Cumplí con mi deber.

Burton 31

Incluso el erudito más hermético, aquel cuya mente habita habitualmente entre las estructuras lógicas de la teoría de modelos, la polifonía de Monteverdi o el rigor de Tarski, comparte el mismo aire respirable que sus contemporáneos.

También en mi obra se filtró la cultura de masas, como textura, ritmo y contraste. Mis libros se ordenan en una «estructura de mosaico» o fragmentaria, el salto de un tema a otro, el uso del monólogo interior, algo que imita inconscientemente el corte y el montaje de los medios audiovisuales e Internet. La porosidad de mi prosodia y el uso del lenguaje coloquial en mis libros también transpiran la palpitación de estos tiempos. Platón dialogaba con los sofistas y los artesanos de su Atenas; yo dialogo con los estímulos de mi siglo.

El intelectual de hoy está sumergido en lo que podemos llamar el «vórtice de la actualidad» (Kundera): los medios de comunicación, las noticias rápidas, la cháchara política. Un escritor que pretenda ignorar esto se convierte en un habitante del pasado. La gran literatura contemporánea absorbe el kitsch, lo coloquial, los fragmentos de la cultura de masas, no para rendirse a ellos, sino para comprenderlos.

Debes permitir que los giros del habla cotidiana, el ritmo sincopado de las redes o la televisión y los temas de la actualidad más baja penetren en tus estructuras. Al hacerlo, el pensamiento estricto sufre una contaminación necesaria. La obra se convierte en un campo de batalla donde el estilo lucha por imponer el orden y la concentración sobre un material que, por su propia naturaleza, tiende a la dispersión y a la facilidad. Es en esa tensión, y solo en ella, donde el arte moderno encuentra su verdad.

La cultura de masas y el imperio del entretenimiento lo han invadido todo; han modificado la política, la filosofía y el arte, imponiendo la primacía de las imágenes sobre las ideas y de la ligereza sobre la densidad. Ante este panorama, el escritor ya no puede actuar como si habitara un planeta flotante. El escritor actual escribe contra su tiempo, pero dentro de su tiempo. La inevitable contaminación con la cultura del espectáculo, con la velocidad de las redes y la fragmentación mediática es el precio que se paga por estar vivo. Esa influencia que se filtra en los libros, a veces de forma imperceptible para el propio autor, es el testimonio de su contemporaneidad.

El intelectual no puede ser ya un sacerdote de las musas; su labor se asemeja más a la del trapero (Benjamin), que recoge los desechos de la jornada, los detritos de la cultura de masas, los fragmentos de los periódicos y los eslóganes de la calle, para darles una nueva e insospechada dignidad formal. Las grandes obras del presente no nacen de la pureza, sino del montaje. La velocidad de la vida moderna, el parpadeo de las luces de la ciudad y el flujo incesante de la información barata han alterado nuestra percepción de tal manera que la estructura misma del libro debe absorber esa fragmentación.

Burton 30

Cuando la política se separa de la moral, el ser humano se reduce a una cifra y el Estado a una fría maquinaria de administración de intereses. La peor corrupción no es solo la que se mide en euros mangados, sino la que vacía de contenido palabras sagradas como ‘justicia’, ‘libertad’ o ‘derecho’, utilizándolas como meros adornos para encubrir la ambición asquerosa de no pocos. El político corrupto no ve el rostro del ciudadano al que despoja; se escuda en en el decreto, en la orden superior. Al abdicar de su responsabilidad moral individual, convierte el servicio público en un ejercicio de cinismo cotidiano, donde el mayor crimen es la indiferencia ante el sufrimiento ajeno provocado por su codicia.

Las instituciones son tan buenas o tan malas como los hombres que las habitan. Podemos construir las constituciones más perfectas, podemos erigir los tribunales más solemnes, pero si los hombres que ocupan las sillas del gobierno están vacíos de honor y llenos de codicia, todo el edificio se vendrá abajo. La corrupción política infunde una sospecha generalizada que envenena la vida privada. Cuando el ciudadano observa que los más altos cargos se alcanzan mediante la intriga, el engaño y el soborno, empieza a desconfiar de su vecino, a dudar del valor del trabajo honrado y a considerar el patriotismo como el refugio de los hipócritas. Una nación no se empobrece tanto por la pérdida de sus tesoros materiales como por la quiebra de la confianza mutua entre sus hombres.

Con el sanchismo la mentira y el latrocinio son un pilar del Estado. El saqueo más descarado se llama «gestión», la complicidad de ladrones, «lealtad». El gobierno socialista está corrompido desde sus cimientos. Somos rehenes de una infección. La rectitud cae moribunda. El expolio está a la orden del día. «Un pueblo que elige a corruptos, impostores, ladrones y traidores no es víctima, es cómplice», George Orwell.

Burton 29

Una mañana apacible, de lectura y escritura. A la tarde, sin embargo, el perro negro de la melancolía, la araña peluda de la angustia, las alucinaciones. Se instaló una tormenta de tinieblas sin parangón, una especie de flojera, desasimiento, parálisis, un desesperado bloqueo de la energía vital.

Estoy solo, en el fondo del abismo, y el agua sigue subiendo. No es el miedo a la muerte; es este frío, esta distancia de todo, esta imposibilidad de tocar la realidad con las manos desnudas. El mundo se vuelve un escenario de sombras y yo soy la sombra que observa a las demás.

De pronto, la llanura de la tarde se vuelve pesada, monstruosa. Siento esta lasitud en las manos, en las piernas; es un vacío pastoso que lo tiñe todo. Los objetos parecen salirse de sus nombres. Yo mismo me siento de más, una excrecencia blanda y gris en medio de la casa.

Juan Casiano, en su obra fundamental «Instituciones cenobíticas» (especialmente en el Libro X), diseccionó este estado de acedía, «el demonio del mediodía», que perfectamente podía extenderse por la tarde: «Nuestro sexto combate es contra lo que los santos Padres llaman acedía, y que nosotros podemos denominar tedio o ansiedad del corazón. Este vicio es pariente de la tristeza y ataca principalmente a los solitarios, siendo un enemigo terrible y frecuente en el desierto. Rompe las fuerzas del alma sobre todo hacia la hora sexta [el mediodía], de tal manera que algunos ancianos la llaman ‘el demonio del mediodía’. Cuando este demonio sitia el alma del desdichado, le infunde un horror espantoso por el lugar donde se encuentra, un disgusto por su propia celda y un desprecio hacia los hermanos que viven con él, a quienes empieza a mirar como negligentes o poco espirituales. El monje se vuelve entonces lánguido e inerte para cualquier trabajo espiritual dentro de su celda», Juan Casiano, «Instituciones cenobíticas», Libro X, Cap. 1-2

Leo a Casiano y me arrastro por su Libro X. Hace mil quinientos años ese maldito monje ya sabía que mi tarde sería una ciénaga. Describió exactamente lo que me ocurrió hoy: la mañana fértil, pero al llegar la tarde, el «demonio» alterando el tiempo, trayendo la angustia de las alucinaciones (las «tinieblas y pensamientos vagos» del monje) y dejándome en ese estado de «languidez y desasimiento». Los monjes sabían que ante la acedía, el peor error es desesperarse por no poder trabajar, leer o escribir. Cuando el barro se respira pesado, la única victoria es resistir el embate quietamente, sabiendo que el mediodía y su tarde no son eternos.

Burton 28

La enfermedad mental crónica o grave rara vez se limita al cuerpo; casi siempre sabotea los puentes que nos conectan con el mundo exterior. La salud cuenta con toneladas de literatura, pero la enfermedad carece de palabras. Al no poder comunicar lo que nos pasa, nos vemos arrojados a una soledad o encerramiento radical.

La literatura hace todo lo posible por inculcar la idea que el cuerpo es una hoja de cristal liso a través de la cual el alma se muestra clara y radiante. Pero, para nosotros (todo el día y la noche) el cuerpo interviene; se embota, se encrespa, se atropella o se afila, se tiñe de oscuridad o se decolora. Tienes que forjar tus propias palabras, juntarlas, entenderlas, darles coherencia, hasta que caen en picado y ya de nada sirven. Esta monstruosa morbidez nos obliga a la soledad mientras dura la enfermedad, y todavía después, una soledad fanática que nos confina en un desierto donde no hay amigos, ni libros, ni cómplices, ni ternura, ni amor, ni camaradas. Es insoportable.

Qué soledad es esta. El dolor es un convento de clausura helado; te separa del mundo de los vivos de un modo más radical que la distancia o el tiempo. Mi hermana -lo sé- me mira con compasión, me habla con dulzura, pero está en la orilla de los sanos, y yo estoy en la corriente del dolor y la irracionalidad, arrastrado, incapaz de alcanzarla, incapaz de hacerle entender lo que es estar aquí dentro.

Hay una cualidad particular en la soledad de la esquizofrenia que es increíblemente destructiva. Es una soledad que te convence de que estás completamente aislado no solo del resto del mundo, sino de tu propio pasado, de cualquier posibilidad de un futuro y de cualquier rastro de calidez humana. Te sientas en una habitación llena de gente que te ama, que intenta desesperadamente alcanzarte a través de la niebla, pero sus voces te llegan como si vinieran desde el fondo de un océano o desde otra galaxia. El lenguaje se rompe. No puedes encontrar las palabras para explicar que te estás ahogando en la tierra firme, y esa incapacidad para comunicarte sella tu reclusión dentro de los muros de tu propia mente.

La psicosis es un desierto del alma donde no crece nada y donde el tiempo se detiene. Lo peor no es el dolor en sí, que ya es devastador, sino la convicción absoluta de que estás irremediablemente solo en ese dolor. Miras a los demás y te das cuenta de que ellos habitan un mundo de luz, movimiento y significado, de placer y alegría, mientras que tú has sido exiliado a una zona de sombra.

La enfermedad mental te despoja de tu ciudadanía en el mundo común. De repente, tus pensamientos más íntimos ya no son solo tuyos; son síntomas. Tu delirio es un síntoma, tu alucinación es un síntoma. Esta patologización de toda tu existencia por parte del mundo exterior te obliga a replegarte. Te encierras en tu mente porque es el único lugar donde tus pensamientos, por muy rotos que estén, por muy obsesivos que sean, no están siendo constantemente evaluados, diagnosticados o temidos por los demás.

La soledad de la enfermedad mental es una cicatriz poco visible, pero profunda. Sin embargo, ponerle palabras a esa incomunicación, escribir sobre el encerramiento, sobre el maldito enclaustramiento, es una forma de romper la campana de cristal. Cuando un enfermo lee las palabras de otro que ha habitado su mismo infierno, el muro de la soledad se agrieta un poco. Ya no estás completamente solo en la oscuridad; descubres que hay otros que también han caminado por ese desierto y han sobrevivido para contarlo. Espero servir de ayuda a alguien.

Burton 27

Azaña podía pronunciar un discurso parlamentario citando a Tácito y a Galdós. Churchill había leído a Macaulay, Gibbon y Shakespeare. Burke escribía como un hombre que había pasado media vida entre historiadores clásicos. Incluso los revolucionarios franceses, con toda su violencia, se expresaban en el lenguaje de Plutarco y Rousseau. Hoy resulta difícil imaginar a un ministro discutiendo una reforma educativa a partir de Quintiliano, Tocqueville o Stuart Mill.

La oratoria política actual (bronca, incivil, y breve, pobre y triste) adolece de falta de sustancia. Se habla mediante construcciones gramaticales idénticas que valen tanto para un mitin como para una crisis institucional: «poner en valor», «hoja de ruta», «resiliencia», «cohesión transversal». Si se quitan los adjetivos de moda, la estructura se viene abajo; es un lenguaje que se muerde la cola sin llegar jamás al dato empírico ni a la premisa lógica.

El político actual no se nutre de la tradición del ensayo político, la filosofía o la historia, sino del dossier ejecutivo sintetizado por asesores de comunicación, del argumentario de partido de la mañana y del pulso de las redes sociales. El resultado es un discurso con la profundidad de un tweet y la consistencia de un eslogan publicitario.

La formación intelectual de Winston Churchill fue bastante heterodoxa. No pasó por Oxford o Cambridge ni recibió una educación clásica profunda como la de muchos políticos victorianos. De joven era más bien un oficial de caballería ambicioso que un erudito. Uno de los episodios decisivos ocurrió cuando estaba destinado con el ejército en la India, sobre todo en Bangalore (1896-1897) Allí se dio cuenta de las lagunas de su educación y emprendió un programa de autoformación feroz. Le pidió a su madre que le enviara libros y leyó durante horas todos los días. Entre las lecturas que él mismo menciona se encuentra Gibbon, Macaulay, Platón, Schopenhauer, Darwin, obras de historia inglesa, militar y parlamentaria. Más tarde, durante sus campañas en Sudán y Sudáfrica, continuó leyendo de forma obsesiva. Qué contraste con nuestros analfabetos funcionales poíticos de ahora.

«La retórica política moderna sufre de una epidemia de simplismo. Se ha producido una quiebra de la confianza en la capacidad del público para comprender el argumento político en toda su complejidad. El resultado es un lenguaje público infantilizado, donde las opciones difíciles se ocultan tras consignas sentimentales o tecnocráticas. Al sustituir la explicación por el eslogan, los políticos no solo degradan el idioma, sino que erosionan la legitimidad del sistema democrático», Mark Thompson, «Sin palabras: ¿Qué ha pasado con el lenguaje de la política?».

Cuando los políticos no se atreven a pensar, recurren a la frase hecha. La frase hecha es un pasaporte para la falta de pensamiento. La decadencia de un pueblo comienza cuando sus representantes confunden la verborrea con la elocuencia y el cliché con la idea; aquel que corrompe el lenguaje, tarde o temprano acabará corrompiendo las leyes y la convivencia.

El charlatán no engaña sobre los hechos, sino sobre sus propias intenciones. No le importa si lo que dice es verdadero o falso; le importa el efecto que produce. El político que recurre sistemáticamente al lenguaje huero, inane y cochambroso ya no respeta la verdad ni para falsearla. Su falta de lecturas e interés por el rigor conceptual se traduce en una indiferencia total hacia cómo son las cosas en realidad.

Las palabras pueden actuar como dosis mínimas de arsénico (Klemperer): uno las traga sin darse cuenta, parecen no tener efecto alguno, y al cabo de un tiempo se nota el efecto tóxico. Si el lenguaje de quienes gobiernan es agresivo y carente de lecturas, la mente del ciudadano se acostumbra a la inanidad y la agresividad. El lenguaje político actual, con su pobreza de vocabulario y su fijación por las frases hechas, devalúa la capacidad humana de discernir. La palabrarería política es contagiosa.

La clase política contemporánea adolece de una llamativa analfabetización cultural; ya no habitan el lenguaje de los clásicos. Al carecer de lecturas, carecen de memoria. Su lenguaje es puramente presentista, una costra de clichés que oculta un vacío espiritual absoluto. Cuando una sociedad tolera que sus gobernantes hablen un idioma degradado, está aceptando la devaluación de su propia altura intelectual.

Burton 26

Desasosiego y melancolía. Se premia lo breve, lo rápido y lo emocional, la atroz incultura, por encima de lo profundo y lo reflexivo. Sin embargo, también cabe la posibilidad de que la cultura y la inteligencia no estén desapareciendo, sino mutando hacia formas que a veces no reconocemos bajo los cánones tradicionales. No lo sé. Debiera pensarlo.

Mi impresión, en cambio, es que la educación ya no busca formar ciudadanos ilustrados, con un pensamiento crítico y una base sólida de conocimientos, sino preparar a consumidores dóciles en un mercado que cambia constantemente. El conocimiento se ha fragmentado en ‘píldoras de información’. La gente ya no lee libros extensos; lee resúmenes, tuits o fragmentos. Como consecuencia, la capacidad de sostener un argumento complejo, de entender una paradoja o de tolerar la ambigüedad intelectual desaparece. Nos estamos convirtiendo en una sociedad con una comprensión pasmosamente superficial.

Creo muy vigente el análisis de Schopenhauer cuando decía que a la gran mayoría de los hombres, el estudio y el pensamiento no les sirven de nada, porque no buscan en ellos la verdad, sino la confirmación de sus propios prejuicios o un medio para sus fines mundanos. El hombre de gran inteligencia, en cambio, se encuentra en una especie de aislamiento natural; vive en un mundo diferente al de los demás, y la distancia que lo separa de ellos es a menudo insalvable.

«El peligro en el mundo moderno no es tanto que la gente sea malvada o carezca de intenciones morales, sino que se niega a pensar. El pensamiento requiere detenerse, dar un paso atrás frente al flujo del mundo, examinar las cosas en profundidad. Sin embargo, la sociedad de masas fomenta todo lo contrario: una prisa constante y un consumo destructivo de experiencias superficiales. Clichés, frases hechas, códigos de expresión estandarizados y convencionales tienen la función socialmente reconocida de protegernos de la realidad, es decir, de esa exigencia de atención que el pensamiento reclama sobre los hechos y los acontecimientos. Cuando las personas pierden la capacidad de pensar por sí mismas, la cultura se desmorona y queda reducida a un mero entretenimiento o a un instrumento de propaganda. El resultado es una sociedad de seres humanos altamente funcionales, pero intelectualmente vacíos, incapaces de discernir la verdad de la falsedad», Hannah Arendt.

«Nuestra época no es una época filosófica, ni poética, ni mística, ni siquiera moral; es, sobre todo, la Era Mecánica. Se ha perdido la fe en el esfuerzo individual del alma, en la fuerza invisible de la verdad y del intelecto. Ahora todo se hace por sistemas, por maquinarias, por agregaciones. […] El intelecto ya no se cultiva por el valor intrínseco de la sabiduría, ni para que el hombre sea más noble, más sabio o más espiritual. Se cultiva únicamente como una herramienta para adquirir riqueza o poder inmediato. El hombre culto y reflexivo, que busca comprender los misterios de la existencia y conservar la herencia espiritual de la humanidad, es visto como un ser inútil, un soñador o un anacronismo. Las mayorías corren tras lo que produce un beneficio rápido y visible, despreciando la lentitud y el silencio que requiere la verdadera ilustración. Se prefiere la instrucción técnica que sirve para el comercio a la educación del alma que sirve para la libertad», Carlyle.

Las personas verdaderamente ilustradas son cada vez menos. El mundo moderno ofrece demasiados analgésicos para el espíritu. La gente prefiere no saber, no profundizar, vivir en una cómoda penumbra intelectual donde todo es fácil y nada exige un examen de conciencia. El comercio con el mundo, para quien conserva la lucidez, se vuelve un ejercicio de paciencia y, a menudo, de profunda resignación. El comercio con el mundo me causa una acusadísima melancolía.

Burton 25

La tertulia es el triunfo del audaz y del ignorante. El tertuliano es un profesional de la opinión obligatoria sobre cualquier materia, lo que le obliga a la simplificación y, a menudo, a la ramplonería verbal. Solecismos, anacolutos, barbarismos… todo un florilegio de la expresión más chabacana y macarrónica.

Hoy la competencia ya no es intelectual, sino teatral. Se premia el tono bronco, el eslogan y la agresión verbal sobre el argumento. El tertuliano de izquierda o de derecha no busca la verdad, busca la trinchera; y en la trinchera la primera baja es siempre la precisión y elegancia del lenguaje. Cuando el vocabulario se reduce a doscientas palabras comodín y los argumentos se construyen a base de tópicos y frases hechas, el pensamiento se extingue. El lenguaje chabacano no es solo feo; es peligroso porque impide matizar. Y sin matices no hay intelectualidad posible, solo dogmatismo.

El problema del tertulianismo no es su sesgo ideológico, sino su analfabetismo funcional respecto a la complejidad. La derecha y la izquierda radiofónica comparten exactamente el mismo vicio: la sustitución del conocimiento por la consigna. Hablan con una suficiencia categórica idéntica sobre macroeconomía, geopolítica o derecho constitucional, revelando en cada frase una alarmante falta de lecturas.

El tertuliano es un mercenario del tópico. Su lenguaje no busca descubrir la verdad, sino blindar un prejuicio. De ahí que utilicen una prosa tan roma, tan masticada, tan adocenada: porque el pensamiento original exige un esfuerzo verbal que sus cerebros, adiestrados en la consigna rápida, ya no pueden realizar. Antes, para hablar en público, se exigía un cierto prestigio intelectual o un conocimiento probado. Hoy basta con tener la piel gruesa, un caudal inagotable de frases hechas y la capacidad de hablar durante horas sin decir absolutamente nada. La tertulia es el triunfo del nihilismo cultural.

En la misma línea se expresaba el periodista Chaves Nogales (cuyas críticas al sectarismo y la ramplonería de los bandos siguen vigentes un siglo después): «Cuando la pasión política ahoga la inteligencia, el lenguaje se vuelve salvaje, primitivo. El sectario no habla para razonar, sino para embestir. Por eso sus palabras pierden todo matiz, toda finura cultural, y se convierten en meros ruidos de tribu».

Burton 24

Artículo afilado, irónico, trufado de referencias culturales pop e intelectuales, y con una carga política de fondo muy evidente.

En un mismo párrafo pasa de citar a Jesús Gil (y la delirante frase de su hijo sobre los antecedentes penales en el fútbol y la Marbella de los 90) a citar a Coriolano (el héroe de Shakespeare/Plutarco que se negaba a mostrar sus heridas de guerra al pueblo para dar lástima) y terminar en el espectáculo de luces de los templos egipcios de Abu Simbel. Rosa Belmonte trufa de alta cultura y delirios pop sus columnas; es nuestra Zizek retórica.

Periodismo de opinión de alta escuela. Consigue que un tema diario, machacón y a menudo desagradable como la corrupción y la guerra judicial se lea con fluidez gracias al barniz cultural. Usa la cultura de masas (series, música, cine) como un espejo retrovisor para explicar los vicios de la política actual española.

Me gustaría añadir o sumar a su magnífico texto el concepto de responsabilidad política, uno de los pilares más complejos de la teoría del Estado y la filosofía del poder. A diferencia de la responsabilidad penal o jurídica (que dictamina si un acto es legal o ilegal), la responsabilidad política se asienta sobre la ética, la asunción de las consecuencias no deseadas y el honor institucional.

El sociólogo alemán Weber es el punto de partida obligatorio. En su célebre conferencia de 1919, «La política como vocación», distinguió entre dos éticas irreconciliables, defendiendo que el verdadero político debe abrazar la segunda.»Tenemos que tener bien claro que toda acción orientada éticamente puede ajustarse a dos máximas fundamentalmente distintas e irremediablemente opuestas: puede orientarse según la ‘ética de la convicción’ o según la ‘ética de la responsabilidad’. (…) Hay una diferencia infinita entre actuar según la máxima de la ética de la convicción —es decir, haciendo el bien de forma que se deje el resultado en manos de Dios— o actuar según la máxima de la ética de la responsabilidad, que ordena que uno tiene que responder de las consecuencias (previsibles) de la propia acción. Al hombre que se guía por la ética de la convicción no le cabe en la cabeza que, si las consecuencias de una acción emprendida por pura convicción son malas, la responsabilidad no recae sobre el mundo, sino sobre él mismo, sobre su falta de previsión o sobre la necedad de los hombres que no supieron comprenderlo» Y añade: «El honor del caudillo político, es decir, del estadista dirigente, está precisamente en asumir personalmente la responsabilidad de todo lo que hace, responsabilidad que no debe ni puede rechazar o arrojar sobre otro. (…) Quien busca la salvación de su alma y la de los demás que no la busque por el camino de la política, cuyas tareas, que son muy distintas, solo pueden ser cumplidas mediante la fuerza y la asunción de la responsabilidad por las consecuencias terrenales y brutales de los propios actos».

Citemos también a Sartori: «La democracia es un sistema de responsabilidades revocables. Si el político puede cometer errores graves, ampararse en el ruido mediático, culpar sistemáticamente a la herencia recibida o a la oposición, y aun así conservar el cargo, la democracia se convierte en una fachada vacía. La responsabilidad política exige mecanismos donde el gobernante ‘rinda cuentas’ de manera efectiva, no mediante discursos de propaganda, sino asumiendo el coste de su mala gestión. Cuando la impunidad se normaliza y el debate político se reduce al chisme y al insulto, el ciudadano pierde el respeto a las instituciones porque comprende que quienes mandan han perdido por completo el sentido de la vergüenza y el honor del cargo.»

Concluyamos esta gavilla o convoy de citas con Arendt: «Donde todos son culpables, nadie lo es. La culpa, a diferencia de la responsabilidad, siempre es estrictamente personal. Se refiere a un acto, no a intenciones o solidaridades. Pero la responsabilidad política es de una naturaleza completamente diferente: es una responsabilidad por cosas que uno no ha hecho individualmente, pero de las cuales debe responder por el simple hecho de pertenecer a una comunidad política y civil. El gobernante o el ciudadano que se lava las manos diciendo ‘yo no sabía’ o ‘fueron mis subordinados’ destruye la propia idea de la República. Asumir la responsabilidad política significa aceptar que representas un cuerpo social y que las quiebras morales o materiales de ese cuerpo caen directamente sobre tus hombros, independientemente de tu pureza de intención».

Burton 23

Me levanto a las seis y cuarto y, en lugar de escuchar música, como es mi costumbre, escucho a Bustos en la COPE. Respeto intelectualmente a Bustos, es un buen escritor, culto, un joven periodista con talento.

Grandes pensadores, escritores y filósofos arremetieron contra el «bla, bla, bla» del periodismo político, la superficialidad de la prensa y la manipulación de la opinión pública. Recordemos a Karl Kraus: «No tener una sola idea y saber expresarla: eso es lo que hace a un periodista. El periodismo ha destruido la relación entre la palabra y el pensamiento. El público ya no exige la verdad; exige el espectáculo de la verdad, empaquetado en el formato de una noticia rápida que pueda ser olvidada al día siguiente para dejar espacio a la siguiente dosis de indignación programada».

Nietzsche despreciaba la prensa diaria porque consideraba que embrutecía al ser humano, sustituyendo la reflexión profunda por el ruido constante y la política de masas: «¿No veis a esos hombres que siempre están mirando hacia fuera, que no soportan su propio vacío y que por eso necesitan el periódico de la mañana, de la tarde y de la noche para llenarse? El periodismo político es el vómito diario de los impotentes. Se pasa la vida rumiando la opinión de otros, opinando sobre lo que no comprende, decidiendo sobre el destino de los pueblos entre un café y un cigarrillo. La prensa es el medio por el cual la mediocridad de la masa se impone como la única ley y la única verdad aceptable».

El periodismo político moderno es la tiranía de los ignorantes sobre los intelectuales. Han convertido el chisme en un asunto de Estado y las decisiones de Estado en un chisme de pasillo. Esto me parece innegable.