Tentativas 149

No se puede leer bien en medio del barullo y la distracción. La literatura no es un pasatiempo: es una forma de atención reconcentrada. Cuando leo, necesito una habitación cerrada, una luz precisa, un silencio mineral. Entonces las palabras empiezan a desplegarse con una riqueza imposible en cualquier otro estado del espíritu. Leer es entrar en una especie de hipnosis lúcida: el mundo se retira, y en su lugar aparece otro, más fino, más real en su artificio. No hay placer comparable a ese: el de una mente que, libre de interferencias, se entrega por completo a la textura de una frase. Sosiego y un libro. No pido nada más en esta vida.

Para leer —y también para escribir— hace falta ese silencio que no es solo exterior, sino interior: una especie de recogimiento donde todo lo superfluo se apaga. Hay libros que parecen escritos para ese estado: no piden rapidez, ni comentario, sino una atención callada, casi como la que se presta a un amor.

El lector verdadero es un solitario por elección, alguien que ha comprendido que el ruido empobrece y que la cultura exige demora. Leer es demorarse en la inteligencia de otros, habitar durante un tiempo una forma ajena de claridad. Pero eso solo es posible si uno ha sabido apartarse, si ha conquistado ese pequeño territorio de silencio que hoy parece casi un lujo.

Silencio y sosiego. No pido más a la vida.

Tentativas 148

Amo el silencio, un silencio que no es uniforme: tiene pliegues, irisaciones, pequeñas vibraciones al nacer, desarrollarse y bifurcarse las ideas en mi cerebro. Como ciertos fondos en la pintura flamenca, parece -falsamente- inmóvil, pero en él trabajan infinitas variaciones. Basta un leve cambio para que todo el tejido nervioso se reorganice al igual que una fuga musical.

El silencio es un requisito de la inteligencia: sin él, el pensamiento no logra articularse, sino que se dispersa en la cháchara vacía contemporánea. Callar es una forma de respeto y de dignidad hacia lo que todavía no ha encontrado su forma. En una época que confunde expresión con proliferación, psicología con costumbre, el silencio se vuelve casi subversivo. No es una nada, sino una disciplina: la de contener, seleccionar, ordenar, clasificar y analizar. Solo desde ese fondo puede surgir una palabra que no sea redundante ni baldía, una idea que no esté ya gastada por el uso.

Tentativas 147

Pienso en mí mismo como un escritor fracasado. El verdadero fracaso, además de la triste contingencia de no ser en absoluto leído, es no haber sido suficientemente preciso en la ejecución de una imagen, en el hallazgo verbal, en las ondulaciones rítmicas.

Nosotros, que no somos ninguno de los grandes que es vano nombrar, estamos condenados desde el principio. Todo lo que hacemos es una aproximación menor: páginas que no se sostienen entre sí, intuiciones que no han encontrado su ley, momentos aislados que no han coagulado. No hay arquitectura.

Uno escribe durante años creyendo que está construyendo una obra, y al final descubre que solo ha ido dejando una estela de naderías amorfas; queda la sospecha persistente —no estridente, pero continua— de haber escrito siempre por debajo de lo exigible, de haber elegido la palabra contigua y no la necesaria.

Mi obra no terminó de ocurrir.

Tentativas 146

En 1996, Alan Sokal, físico teórico, envió a la revista «Social Text» un artículo deliberadamente absurdo: “Transgressing the Boundaries: Toward a Transformative Hermeneutics of Quantum Gravity”. El texto estaba lleno de citas fuera de contexto, jerga posmoderna y afirmaciones científicas sin sentido. La revista lo publicó.

Una de las dianas del experimento es cierto clima intelectual donde se sostiene que la verdad es una construcción social o lingüística. Sokal mezcla términos matemáticos con teoría social, sugiriendo que conceptos como “espacios no lineales” o “topologías complejas” apoyan proyectos políticos emancipadores. No hay conexión lógica entre propiedades matemáticas de un espacio y programas políticos. Es una metáfora convertida ilegítimamente en argumento. También insinúa que constantes como la velocidad de la luz o la constante de gravitación podrían entenderse como dependientes de contextos culturales. Las constantes físicas son invariantes empíricos medidos (con independencia del observador cultural) Puede discutirse cómo se interpretan o se miden, pero no tiene sentido afirmar que su valor depende de convenciones sociales.

Posteriormente, junto a Bricmont, en su magnífico libro «Imposturas intelectuales», puso en solfa a aquellos intelectuales de un lenguaje denso y oracular, un lenguaje que se reverencia en lugar de entenderse y acaso refutarse, y que usurpa el estatuto cognitivo de la ciencia usando metáforas exageradas. El problema no es la metáfora, sino su uso sin función de interpretación que preserve el significado. Muchos de esos autores tienden, en algunos textos, a desplazar la noción de verdad hacia su dimensión discursiva y contextual, dependiente de estructuras de poder. Asimismo, no pocos textos sugieren la inexistencia de una realidad independiente y la equivalencia de las interpretaciones.

Lo que Sokal revela no es tanto pensamiento falso como lenguaje que ha olvidado las condiciones de su propia verdad —olvido que no ha dejado de gravitar, con efectos duraderos, en cierta tradición intelectual francesa.

Tentativas 145

La soledad del lector —y, en general, la del hombre que se ha educado entre libros— no es una desgracia ocasional, sino un cumplido destino. Quien ha aprendido a medir o meditar el mundo con el rasero de la literatura no puede ya abandonarse a la inmediatez de lo social, a las expectativas comunes, a las diversiones públicas y el consenso festivo, sin experimentar una cierta decepción. Los afanes y prioridades habituales le parecen poco sustantivos, la conversación ordinaria le parece pobre, no por desprecio, sino por comparación. Y así, poco a poco, se va estableciendo una distancia: no exactamente una retirada orgullosa y aristocrática, sino una incompatibilidad creciente e inevitable entre el mundo vivido y el mundo pensado o experimentado en la lectura.

Leer profundamente implica resistir (y evitar) las opiniones dominantes, desconfiar de la conversación superficial y el cliché social, alejarse de las prelaciones canónicas, permitirse una legítima rareza, sustraerse —al menos por un tiempo— a la presión social. En ese retiro o crisálida, el lector se vuelve más él mismo, pero también, inevitablemente, menos semejante a los otros.

Quien ha aprendido la funesta manía de leer no regresa intacto al mundo convencional. Ha adquirido una interioridad más compleja, una memoria más densa y razonada, y eso introduce una distancia: las palabras de los otros ya no le bastan, las situaciones le parecen insuficientes. La lectura, así, es una forma de exilio voluntario.

La vida adulta es, en gran medida, el descubrimiento de que la compañía es imperfecta y la soledad inevitable. Mi soledad entre libros es el mejor destino y exilio posible.

Tentativas 144

Jerónimo de Estridón, Ep. 52, ad Nepotianum (PL 22, col. 529–530)

«Lee con asiduidad y aprende cuanto puedas. Que la lectura nunca se aparte de tu mano; debes aprender aquello que has de enseñar. Ten siempre en tus manos a los libros doctos, y léelos con frecuencia —más aún: no los abandones nunca—; aprende lo que has de enseñar y conserva lo que has aprendido».

Isidoro de Sevilla, Etymologiae I, 3 (PL 82, col. 73)

«Las letras son indicios de las cosas, signos de las palabras, por los cuales el discurso de los ausentes habla sin voz. En ellas viven los muertos, en ellas están presentes los ausentes; sin letras, la vida de los hombres es muerte».

Tentativas 143

En «The Anatomy of Melancholy», Robert Burton vuelve una y otra vez sobre una idea casi obsesiva: la ociosidad como matriz de la melancolía. Hay en Burton algo muy moderno —casi clínico—: intuye que la mente sin objeto se vuelve autoreferencial, y que esa autoreferencia degenera en ansiedad, sospecha, tristeza difusa.

“La ociosidad es la raíz de todos los vicios, la madre de la melancolía, la nodriza de las enfermedades del alma y del cuerpo. El hombre que no tiene ocupación cae inevitablemente en mil pensamientos vanos, en fantasías inútiles y en cuidados sin causa; su mente, privada de objeto, se vuelve contra sí misma y se consume en su propio humo”.

“Cuando el cuerpo está en reposo y el espíritu sin empleo, entonces el alma, como un molino sin grano, gira en vacío y se fatiga en su propio movimiento. De ahí nacen esos castillos en el aire, esos temores sin fundamento, esas sospechas y tristezas que no tienen otro origen que la falta de ocupación”.

“La ociosidad abre la puerta a toda tentación, y el diablo encuentra siempre trabajo para las manos desocupadas. El hombre ocioso es presa fácil de la melancolía: se abandona a la tristeza, a la contemplación morbosa de sí mismo, y pronto se ve envuelto en una nube de pensamientos negros que no puede disipar”.

“Nada hay más eficaz contra la melancolía que el ejercicio y el trabajo. Mantén ocupada la mente y no tendrá tiempo de extraviarse. El estudio, el arte, cualquier labor honesta son remedios soberanos contra esos vapores del ánimo que surgen de la inacción”.

“Be not solitary, be not idle”, insiste muy sagaz. “Let thy mind be still intent upon some business or other, for idleness is the greatest bane that can be”, nos amonesta sabio.

Me gusta recordarlo hoy 1 de mayo.

Tentativas 142

El mayor anhelo del hombre es no morir del todo; y morir del todo es ser olvidado, ser nadie en la memoria de los demás. No basta valer; es menester ser estimado. No es fácil soportar la idea de no ser nada para nadie. Se diría que la conciencia ha sido inventada precisamente para que suframos por nuestra insignificancia. Escribo un libro y nadie lo reseña, ningún periodista me entrevista, ningún club de lectura me invita.

Tengo una necesidad casi física de singularidad. La vida ordinaria, con su cortejo de gestos previsibles, de destinos intercambiables, me produce una náusea estética. Y, la verdad desagradable asoma, los hombres me han devastado con su indiferencia. Mi vida, con todas sus minucias, sus recuerdos, sus obsesiones, sus vueltas y revueltas, no ha tenido consistencia fuera de mí mismo. Como un completo imbécil, busco la fama.

A menudo he pensado que la verdadera desaparición no consiste en morir, sino en dejar de ser tenido en cuenta mientras se sigue viviendo, en continuar hablando o escribiendo sin que nadie escuche o lea. La vida pública —esa feria continua de vanidades— decide quién existe y quién no, y los que quedan fuera no son ya derrotados, sino simplemente inexistentes. Nadie sabe mi nombre.

Tentativas 141

Los caramelos, en mi infancia, eran libélulas de brillos de colores, prismas que se astillaban en la boca y crujían como una nieve fina escarchada, azúcares que estallaban en el paladar como un timbal sinfónico. Recuerdo ahora, tal si fuese hace décadas, el sabor a frambuesa, a chillón limón, a vaga vainilla, y recuerdo cómo coloreaban la lengua de acrílicos y quimeras.

Las gominolas tienen algo de verano popular y feliz, de kiosco junto al mar o frente a la escuela, de dedos pegajosos y risas sin culpa. Hay en ese azúcar una ética pagana: gozar sin preguntarse demasiado por qué, como quien bebe granizado al mediodía.

Ay las chucherías —»chuchería», palabra de barrio, de infancia suburbial. Las chuches son la literatura menor del gusto, pero también su más sincera autobiografía. En cada nube, en cada ladrillo, en cada gusanito, hay un arrabal, una falda de niña, un profe hueso, una picazón como la raspa de pez por la lengua. Yo, que soy goloso de palabras, reconozco en las gominolas esa misma vocación: ser fugaces y dejar, sin embargo, una memoria indeleble.

Si bien se piensa, las gominolas son lo más parecido que tenemos a una fiesta portátil: colores descarados, formas ambiguas —que si ositos, que si corazones, que si coca-colas— y ese punto ligeramente indecente de lo que se chupa con delectación. Una fiesta. Basta con tener ganas de pasarlo bien.

No deja de ser curioso que los sabores más simples —azúcar, fruta sintética, esa acidez industrial— posean una eficacia evocadora que la alta cocina rara vez alcanza. Tal vez porque en ellos no hay mediación cultural: actúan de forma directa, casi fisiológica. La memoria del gusto es inexacta, pero implacable.

Comer una gominola es aceptar una ficción: la de que ese rojo imposible y pulimentado corresponde a una fresa, la de que esa dulzura rosa, algodonosa y blanca se aviene con una nube del cielo. Pero toda ficción bien asumida tiene su verdad, y la de las chucherías consiste en recordarnos que el placer, cuando es inmediato, no necesita justificación.

***

En chuchelandia las lenguas pica-pica son saxofones bajo un parasol, las nubes o malvaviscos son frentes pálidas de azúcar, los besitos de fresa estallan como pequeños disparos dulces, los ositos son cuencos gomosos llenos de luz.

La infancia fue para mí un paraíso clausurado, no tanto por su felicidad —que la tuvo— como por la intensidad con que cada detalle quedaba fijado. Recuerdo el regaliz, el temblor de los caramelos carmesíes en la boca, el chasquido de las monedas de chocolate al romperse entre los dedos. Todo parecía tener un sentido secreto que más tarde no he sabido recuperar.

Recuerdo las manos pegajosas, el leve crujido del azúcar al secarse en los dedos, la lengua áspera tras el exceso. El mundo entonces se ofrecía sin resistencia: bastaba llevar algo a la boca para que tomara cuerpo. Había en cada gesto una inmediatez que hoy me está vedada.

***

El sabor de aquellas pequeñas golosinas no era simplemente dulce: contenía un ardid de resistencia, una ligera aspereza que obligaba a la lengua a demorarse. Había en ellas un tempo interno, una progresión, como si cada capa de azúcar liberara un matiz distinto. Primero el golpe inmediato —apenas violento— de la sacarosa, luego una acidez que afinaba el conjunto, y por último una persistencia, pegada al paladar, que parecía querer prolongar la experiencia más allá de su duración física. No era tanto el gusto como la manera en que ese gusto se desplegaba lo que las hacía memorables.

Suavidad y resistencia, colores mezclados en la boca. Obscenidades de fresa o limón, dulzor en la huella de la lengua. Evidencia química de la acidez. El sabor no irrumpe de inmediato; se anuncia, se prolonga, se organiza en una lengua destellante. Y cuando finalmente lo hace, no es puro dulzor, sino una combinación minuciosa de azúcar y acidez, de brillo y sombra, que se fija en la memoria con una claridad melancólica.

Tentativas 140

Nada sé de la compañía o la amistad. Me gustaría haber abdicado mezclándome, pero pierdo el hilo, babeo, me temblequea la voz. Huí de los hombres, no por odio, sino por incapacidad, por descuido. Todo lo debí sacar de mi celda. Sostengo una soledad pesada que me deforma.

La verdadera vida de la conciencia ocurre lejos del ruido humano, me gusta pensar a veces. La conversación, incluso la más inteligente, introduce una imprecisión inevitable: obliga a simplificar lo que en nosotros es complejo, a traducir en palabras lo que solo posee forma en la percepción silenciosa. No es que el mundo desaparezca cuando uno está solo; al contrario, se vuelve más presente, más exigente. Lo trivial cae por su propio peso, lo esencial permanece.

El trato con los hombres ha llegado a resultarme insoportable, no por una repulsión automática, sino por un cansancio acumulado. Las mismas conversaciones, los mismos gestos, los mismos clichés repetidos me producen una fatiga incontenible. En la soledad cuidadosamente construida, cada sensación puede ser elegida, cada objeto examinado con una atención absoluta.

La independencia intelectual requiere una forma de aislamiento. No se trata únicamente de disponer de un espacio físico, sino de preservar un tiempo que no esté continuamente interrumpido por las demandas de los otros. El retiro permite que el pensamiento siga su curso, que una idea se desarrolle hasta sus últimas consecuencias sin ser desviada por la intrusión constante del mundo exterior.

En mi aislamiento feraz, los pensamientos dejan de ser meramente pensamientos para adquirir cualidades perceptivas: se oyen, se imponen, se repiten con una autonomía que uno no reconoce como propia. La falta de contraste con otros —de esa verificación continua que la vida compartida introduce— hace que la experiencia subjetiva se vuelva autorreferencial. El mundo exterior pierde consistencia, mientras que el interior se densifica hasta ocuparlo todo. En ese punto, la soledad deja de ser un espacio de elaboración y se convierte en un medio cerrado, donde la mente ya no distingue con claridad entre lo producido y lo recibido. Ahí estoy.