Salviano de Marsella (c. 400-470), en su obra «De gubernatione Dei» (Sobre el gobierno de Dios), incluida en la Patrologia Latina de Migne (PL 53), ofrece uno de los testimonios más crudos sobre la corrupción, la miseria y la decadencia moral del Imperio Romano de Occidente en el siglo V, justificando las invasiones bárbaras como un castigo divino.
«De gubernatione Dei», Libro III, 10-11:
«O bona nostra, quae nos perdunt! (…) At nunc quid agimus? Ad ecclesias, ut scitis, confluimus, immo nonnunquam confluimus. (…) Et quid hoc est? Deum enim patrem veneramur, sed opera nostra Deum non venerantur. (…) Illi enim [bárbaros] in iniquitate sunt, sed non in scelere; nos in scelere, sed non in iniquitate. (…) Romanus orbis ruit et tamen ridet».
«¡Oh bienes nuestros, que nos pierden! (…) Pero ahora, ¿qué hacemos? Confluimos a las iglesias, sí, a veces confluimos. (…) ¿Y qué es esto? Veneramos a Dios como padre, pero nuestras obras no veneran a Dios. (…) Ellos [los bárbaros] están en la iniquidad, pero no en el crimen; nosotros en el crimen, pero no en la iniquidad. (…) El mundo romano se derrumba y, sin embargo, ríe». [De gubernatione Dei, III, 10, 11]
En Gildas, «De Excidio Britanniae» (en Patrologia Latina vol. 69), leemos:
«Reges habet Britannia, sed tyrannos; iudices habet, sed impios, pastores habet, sed imprudentes; sacerdotes habet, sed stultos. Omnes declinaverunt, simul inutiles facti sunt; non est qui faciat bonum, non est usque ad unum. Principes eius persecutores, socii furum; omnes diligunt munera, sequuntur retributiones. Iustitiam non faciunt, pupillo non iudicant, et causa viduae non ingreditur ad eos».
«Britania tiene reyes, pero son tiranos; tiene jueces, pero impíos; tiene pastores, pero imprudentes; tiene sacerdotes, pero necios. Todos se han desviado, todos se han vuelto inútiles; no hay quien haga el bien, no hay ni uno solo. Sus príncipes son perseguidores, compañeros de ladrones; todos aman los dones, siguen las recompensas. No hacen justicia, no defienden al huérfano, y la causa de la viuda no llega hasta ellos».
Recomiendo la lectura de las obras de San Pedro Damián (Sancti Petri Damiani), incluyendo sus cartas (Epistolae) Se encuentran principalmente en los volúmenes 144 y 145 de la Patrologia Latina (PL) editada, como es sabido, por Jacques-Paul Migne. En el cardenal benedictino del siglo XI encontramos paralelismos respecto a la incuria y decadencia de nuestro tiempo.
El Papa León XIII, en su encíclica «Arcanum Divinae» (1880) y especialmente en «Etsi Nos» (1882) habla de la corrupción moral de su tiempo. Denunció con firmeza la crisis moral y social de finales del siglo XIX, enfocándose especialmente en la destrucción de la familia, el matrimonio y la influencia de sectas y corrientes laicistas. Advierte que por el «ejemplo de los maestros, las mentes de la juventud se corrompen y se asesta un tremendo golpe a la religión y se extiende la perversión de las costumbres». Y también señala la «destrucción del orden público» y el «derrocamiento de todo poder legítimo» al abandonar los principios religiosos.
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A mi juicio, mutatis mutandis, vivimos hoy una completa tiniebla del espíritu. Nos hemos quedado sin capital cultural, sin orientación, sin proyecto, sin sabiduría, sin cultura, sin civilización. Basta observar el estado de la enseñanza, el empobrecimiento del lenguaje, la desaparición de los referentes comunes. La decadencia ya no es un diagnóstico: es una experiencia cotidiana. La ignorancia ha dejado de ser un accidente para convertirse en norma. Ya no avergüenza, ya no se disimula: se exhibe con orgullo. Y cuando la ignorancia se vuelve prestigiosa, el pensamiento se retira.
Concluyamos con el sabio profesor Llovet: «Una sociedad que no considera necesario conocer su tradición, ni leer a sus clásicos, ni comprender su lengua, es una sociedad que ha renunciado a comprenderse a sí misma. Puede seguir funcionando, pero ya no sabe lo que es».