Cyril 170

La cama es mi patria. Me tiendo y reino en mi madriguera soberana. La cama es el lugar donde el pensamiento se vuelve faisán de cristal a punto de hacerse añicos. Allí, sin distracciones, todo argumento gira como un derviche. El cuerpo yace, la cabeza no cesa.

Pero de pie es difícil conocer la verdad. Levantarme me parece una exigencia desproporcionada. Desde allí el mundo es, al fin, tolerable. El que permanece acostado se declara incompetente para la sevicia, para la comedia diaria, para la velocidad con que el mundo se atropella.

La realidad es hostil, absurda y mal organizada. Los metros cuadrados de mi cama son mi único paraíso.

Cyril 169

A veces, al amanecer, mientras el mundo aún no ha decidido si va a ser real o soñado, un pájaro canta desde lo alto de un pino, y ese canto no explica nada, o acaso persuade de lo esencial. Ligereza y frivolidad sin miedo al vacío. Espejos mientras caen las hojas. Su canto es feliz porque no está amenazado por la conciencia. El pájaro es feliz porque no piensa; el hombre piensa porque ha dejado de ser feliz, escribió el cálido Leopardi.

En la Ribeira Sacra las aves no son animales, sino vecinos. Saben cuándo va a llover antes que los hombres y cuándo una boda está a punto de comenzar. Saben de luces sobre los azulejos del monte. Algunos cantan como si recordasen vidas anteriores; otros guardan silencio, porque lo vivieron todo. Pequeños chispazos de tamboriles suaves. Cubiletes de piel —moteada, de colores. No es raro que un pájaro sepa más de ti que tú mismo: te escuchó desde siempre.

Cando un paxaro cala, algo grave acontece no mundo dos homes. A liberdade sempre se anuncia primeiro no aire.

Cyril 168

Cruje el maderamen, se dilata la piedra, susurra el viento en los aleros. En la casa solitaria, los ruidos nocturnos no son intrusos, sino habitantes del ultramundo. El crujido de la escalera, el golpe leve de una contraventana, el roce de un árbol contra el muro perturban el sueño y me desvelan ¿Un servomecanismo instalado por el Mossad? ¿Un código de comunicación del C.N.I. repleto de signos alusivos?

La noche multiplica los sonidos como si temiera el vacío. Una gota en una canaleta se convierte en metrónomo torturante. La casa parece gemir, pero es el hombre quien no halla paz ni reposo. En la soledad rural, el ruido es una filosofía explicando el miedo.

Los ruidos nocturnos de una casa aislada no son accidentales, son acusatorios. Cada chasquido del techo, cada golpe seco en la pared señala al habitante como intruso. La casa, que durante el día se deja usar, por la noche se venga de la ocupación. No descansa. No concede tregua. Y quien pretende dormir en ella aprende que el silencio absoluto es una ficción.

Fantasmas, la casa encantada, payasos asesinos dentro de la casa. Para los espías yo ya sobro de la ecuación.

Cyril 167

Pessoa, quiza el gran escritor astrológico moderno, conocía minuciosamente la técnica de las cartas astrales. Para él la astrología no era una ciencia ni una superstición vulgar, sino clases simbólicas celestes que el hombre siente oscuramente en su interior. Creía en ella metafóricamente, no como cadenas de causas eficientes o mecánicas.

¿Inscribir la experiencia humana en el orden cósmico? La afirmación más extraordinaria requiere de la prueba más rigurosa ¿Vincular el sentido individual a una estructura de género universal? Las fechas reales en las que el Sol pasa actualmente a través de una constelación zodiacal determinada se han desplazado aproximadamente un mes desde que se determinaron las fechas tradicionales debido a la precesión u oscilación de la Tierra ¿Los astros como letras escritas en el cielo? Las predicciones astrológicas fallan y no superan el azar; y la astrología no proporciona mecanismos físicos válidos que vinculen los movimientos celestes con la conducta humana; y sus conclusiones no están bajo ningún punto de vista respaldadas por la ciencia (creencias sin asomo alguno de fundamento empírico)

Hermann Hesse no tomaba la astrología como un oráculo que le dijera qué le ocurriría mañana, sino como una imagen simbólica de sus tensiones, posibilidades y conflictos. Italo Calvino no la ridiculizaba; creía que era una narración simbólica tan útil como otras. Para Yourcenar reírse de ella era una forma de arrogancia. John Banville: «No creo en la astrología, pero me parece más honesta que muchas certezas contemporáneas. Al menos admite su carácter narrativo. No se disfraza de neutralidad. Es una forma de ficción que sabe que lo es, y por eso a veces dice más verdad que los discursos que se proclaman científicos sin serlo».

Para mí es un claro autoengaño, un error infantil de la humanidad. El primer principio es que no debes engañarte a ti mismo, y uno mismo es la persona más fácil de engañar. La astrología prospera precisamente porque ofrece explicaciones que reconfortan sin exigir comprobación. No se le pide que funcione; se le pide que consuele.

Los intelectuales literarios suelen tener una enorme facilidad verbal y una diminuta formación científica. Eso hace que farfullen elegantemente y con atrevimiento ideas extravagantes. Parece ser que creer cosas raras vestidas con un ropaje gramatical elaborado, te convierte en un tipo más profundo y original.

Su persistencia no se debe a su verdad, sino a nuestra profunda necesidad de sentir que nuestras vidas tienen un significado cósmico. Que una idea sea antigua, poética o simbólicamente rica no la hace verdadera. El universo es mucho más interesante de lo que la astrología permite, precisamente porque no gira en torno a nosotros.

***

Vladimir Nabokov

«La astrología es una de las supersticiones más perniciosas porque halaga la inteligencia mientras la anula. Ofrece la ilusión de una estructura profunda allí donde solo hay vaguedad».

Susan Sontag

«La astrología pertenece a un clima mental que renuncia a comprender el mundo para limitarse a interpretarlo sentimentalmente. No amplía la conciencia; la sustituye».

Michel Onfray

«La astrología es una metafísica para perezosos: promete sentido sin trabajo, orden sin crítica, identidad sin historia. No explica el mundo: anestesia la inquietud que debería empujarnos a pensarlo».

Umberto Eco

«La astrología no fracasa porque sea simbólica, sino porque confunde símbolo con conocimiento. Un símbolo es fecundo cuando sabemos que no describe la realidad, sino que la interpreta. La astrología olvida esa distinción».

La astrología no sobrevive porque explique el mundo, sino porque promete sentido allí donde pensar duele.

Cyril 166

¿En el siglo XXI la banalización ha adquirido una respetabilidad inédita de modo que se presenta como democracia cultural? ¿Una cultura que no distingue entre lo importante y lo trivial se incapacita para pensar? ¿El resultado de ello es libertad o infantilización? ¿Estamos entrando en una época que ya no sabe qué hacer con la grandeza? ¿La facilidad tecnológica ha abolido el esfuerzo interior? ¿El siglo XXI parece decidido a vivir sin la tensión que produjo las grandes obras del espíritu? ¿Todo debe ser accesible, inmediato, ligero? ¿Está Internet minando nuestra capacidad de concentración y contemplación y atención? ¿Qué ganamos y perdimos en las nuevas formas familiares, en las nuevas relaciones entre hombre y mujer? ¿Tiene nuestra época una relación patológica con la felicidad? ¿Todo debe ser placentero y rápido? ¿Nos encontramos con un promedio de humanidad cansada, cínica y mediocre? ¿Por qué los vínculos, las ideas y las instituciones duran tan poco? ¿Nuestra sociedad es rica en medios y pobre en fines? ¿Aspiramos a algo más que no salirnos de una burbuja de confort técnico? ¿El mundo se ha vuelto más saludable, más pacífico, más alfabetizado y más próspero? ¿Nunca antes tantos seres humanos tuvieron acceso a educación, atención médica, protección jurídica y oportunidades vitales? ¿Vivimos en la era más segura, más ilustrada y más humana de la historia? ¿Logramos una reducción dramática de la pobreza extrema, un aumento sin precedentes de la esperanza de vida y una expansión masiva del acceso al conocimiento? Medicina personalizada, erradicación de enfermedades, expansión radical de la inteligencia humana: ¿Lo que para generaciones pasadas habría sido un milagro, para nosotros es rutina? ¿Ampliamos el círculo de consideración moral con el reconocimiento a los derechos de las mujeres, de las minorías, de las personas con discapacidad? ¿Es la nostalgia por un pasado idílico un error metodológico, un engaño de la melancolía? ¿Es la tecnología la que degrada el pensamiento o la renuncia voluntaria a ejercerlo?

A mis tentativas y provisionales respuestas implícitas a estas preguntas, me atrevería a asegurar que nuestro siglo, corregible como cualquier otro, tan consciente de sus propios errores, no es en absoluto un siglo sublime, pero, bajo ningún concepto, tampoco de los peores de la historia.

NOTA BENE: Permítaseme esta cascada de preguntas retóricas que reconstruyen el debate contemporáneo entre un diagnóstico de la decadencia y la narrativa del progreso. Pretende no ser un panfleto ni una diatriba. Es un texto de un escepticismo ilustrado. Agunas preguntas condensan debates enormes en una sola línea. Y disculpen, por fin, el poco riesgo en mi voz, la templanza o prudencia o apocamiento.

Cyril 165

El calambre es un tipo de sensación corporal que se impone súbitamente, como un puñetazo en lugar de un razonamiento.

Andre Agassi, en «Open», lo describe así: “El calambre llega como un sabotaje interno. Sabes exactamente qué músculo va a fallar y no puedes hacer nada para impedirlo. Se encoge, se endurece, y cada paso siguiente es una discusión absurda entre la voluntad y la fisiología». Y, otro deportista, Christopher McDougall, en «Born to run» lo define como: «no es solo falta de sales o de entrenamiento; es el momento en que la carrera se vuelve íntima y brutal. El músculo se cierra como un puño y te obliga a escuchar algo que llevabas kilómetros ignorando. Cuando llega, se acaba la épica y empieza la verdad”.

Muy versosímilmente los libros de Agassi y McDougall los esribieron negros de la editorial. Comparemos esos fragmentos con otros de Bernhard y Canetti. El primero escribe: «“El calambre es la forma más clara de desprecio que el cuerpo muestra hacia el pensamiento. Aparece en el momento exacto en que uno cree tener control. Se instala, se contrae, y toda voluntad queda reducida a una mueca absurda. El cuerpo se burla con precisión quirúrgica.”, y, Canetti, nos informa: «Las contracciones involuntarias del cuerpo son pequeñas rebeliones. No buscan destruirlo, sino recordarle al individuo que no es soberano. Un músculo que se cierra de golpe tiene más autoridad que cualquier pensamiento. El cuerpo posee sus propios decretos de excepción.”

***

En Open (Agassi) y Born to Run (McDougall) el calambre aparece descrito con notable corrección técnica y una prosa eficaz. Incluso si estos textos fueron escritos (o pulidos) por “negros” editoriales —lo cual es probable—, el punto decisivo no es la autoría, sino el molde industrial del sentido: el dolor no puede quedar mudo, porque el lector debe salir reconfortado.

Bernhard y Canetti, en cambio, aceptan el riesgo máximo; que el cuerpo no tenga razón, o el calambre no diga nada, o la voluntad sea irrelevante.

Donde el best seller extrae una lección, el gran escritor pierde una ilusión.

Cyril 164

Si tuviera que poner tres titulares al siglo XX serían: (i) Máximo esplendor científico (ii) Revolucionaria innovación artística y (iii) Descomunal, aberrante barbarie moral.

Respecto a lo primero, la ciencia asombrosamente creativa e insurgente, consignemos esa explosión sin precedentes que produjo un cambio epistémico radical en nuestra milenaria visión del mundo. Vano será nombrar la teoría de la relatividad, la mecánica cuántica y la cosmología moderna. O, en biología y medicina, anotemos la síntesis moderna del evolucionismo, la biología molecular, los antibióticos, las vacunas, la cirugía moderna, y eso sin desdeñar la psicofarmacología y la psiquiatría moderna.

Respecto a la revolución artística, humanística y literaria, solo me limitaré a nombrar unos pocos gigantes, entre muchos: Freud, Weber, Saussure, Proust, Joyce, Kafka, Breton, Picasso, Schoenberg.

Sobre la evidente hecatombe y monstruosidad moral del siglo XX, señalar un dato escalofriante; sumadas las guerras mundiales, el holocausto, las hambrunas y purgas estalinistas y maoístas, murieron alrededor de 150 millones de personas. Una devastación sin consuelo.

***

Durante estos 26 años de siglo XXI tuvimos, a mi juicio, una atonía, o incluso cierta mediocridad artística y literaria; en lo humano fue un siglo más pacífico, menos letal a gran escala; y, referido a la ciencia, vivimos una gran potencia científica donde se explotan los avances cruciales del XX [genómica, edición genética (CRISPR), neurociencia computacional, IA y aprendizaje automático, física de partículas, exoplanetas, ondas gravitacionales]

***

Reconstruyendo a mi manera una idea de Orwell, considero a la historia como una carrera entre la educación y la barbarie, entre la civilización y la catástrofe. A veces elijo creer en la inteligencia organizada, la claridad científica y la buena voluntad aplicada a los problemas humanos. Existir entonces tiene un tono moral positivo. Otras veces creo en el ocaso de nuestra civilización, como si estuviéramos inmersos en una adolescencia turbulenta.

¿Avanza la humanidad hacia la disolución o hacia cierto moderado esplendor? No lo sé, sinceramente no lo sé y creo que nadie puede saberlo (el cerebro humano no puede descubrir algo que no existe: las leyes históricas) La historia acumula escombros y algunas vetas de oro. El progreso es un solo un mito decimonónico.

Me gustaría la ética de una visión común, y ciencia y tecnología sin consecuencias apocalípticas. No me siento cómodo ni entre ingenuos oteadores de paraísos celestiales en la tierra, ni entre profetas del fin. El hombre y la historia son imperfectas.

Si usamos la inteligencia para ampliar la dignidad humana, la era de las máquinas acaso pueda ser una bendición. Si no, un desastre sin paliativos. El futuro todavía no está escrito.

NOTA BENE: En mis libros, por pose literaria, adopto especies melancólicas y pesimistas sobre el presente y el futuro. Pero las dos únicas palabras que puedo escribir con absoluto convencimiento son: «Nada sé».

Cyril 163

Hace unos dos días se ha publicado un nuevo Estudio sobre Cultura Científica en España de la Fundación BBVA, basado en encuestas representativas a más de 4000 adultos, que ofrece datos robustos sobre cómo piensan los españoles acerca de hechos científicos básicos, creencias conspirativas y su nivel de conocimiento y actitud hacia la ciencia.

Más del 80 % de los españoles dice estar interesado en la ciencia, especialmente por el placer de aprender, aunque solo alrededor del 23–37 % se siente bien informado sobre temas científicos.

Conceptos elementales de ciencia o metodologías científicas (como “algoritmo”, “grupo de control”, “variable independiente”, «cambio climático», «vacunas», «inercia» etc) presentan dificultades de comprensión entre una parte muy considerable de la población.

Una minoría significativa todavía sostiene ideas que van en contra de la evidencia científica:

(i) Creencias sobre extraterrestres ocultados por gobiernos: alrededor del 28 % lo considera plausible o verdadero.

(ii) Duda sobre la llegada del hombre a la Luna: aproximadamente 22 % expresa dudas o rechazo.

(iii) Negacionismo del cambio climático: cerca del 15 % cuestiona su existencia o causa humana.

(iv) Asociar vacunas con autismo (creencia sin base científica): cerca del 6 % lo cree.

(v) Terraplanismo: aproximadamente el 5 % sostiene que la Tierra es plana.

En resumen: aunque esas creencias son claramente minoritarias, no son anecdóticas — y se observan especialmente entre segmentos con menor nivel educativo o menor comprensión científica.

A mi juicio el estudio muestra datos notables de analfabetismo científico. La cultura científica no se limita a conocer hechos; implica comprender cómo se genera, valida y aplica el conocimiento científico. Sin esta comprensión, las personas son más vulnerables a creencias erróneas y a la manipulación informativa. Existe una relación no lineal entre conocimiento científico y confianza: mientras aumenta la confianza, el conocimiento real puede estancarse, lo que a menudo genera sobreconfianza sin fundamento.

***

«Vivimos en una sociedad exquisitamente dependiente de la ciencia y la tecnología, en la que casi nadie sabe nada de ciencia ni de tecnología. Esta es una receta clara para el desastre. La ciencia es algo más que un conjunto de conocimientos: es una forma de pensar. Si no somos capaces de distinguir entre lo que se siente bien y lo que es cierto, si no podemos evaluar pruebas y detectar falacias, quedamos a merced de quienes tienen poder y están dispuestos a explotarlo. En una democracia, la ignorancia científica no es solo un inconveniente: es una vulnerabilidad estructural», Carl Sagan.

«El analfabetismo científico no consiste simplemente en no conocer hechos científicos, sino en no comprender cómo funciona el conocimiento científico: qué es una hipótesis, qué cuenta como evidencia, por qué los experimentos controlados importan y por qué la anécdota no sustituye a los datos. Muchas personas creen “pensar críticamente” cuando en realidad solo están racionalizando intuiciones previas. Esa ilusión de racionalidad es más peligrosa que la ignorancia franca», Steven Pinker.

«La mayoría de las personas no son ignorantes en el sentido clásico; son confiadas sin fundamento. No saben cuánto no saben. Cuando se trata de ciencia, esta combinación —ignorancia más exceso de confianza— resulta especialmente tóxica, porque genera opiniones firmes sobre cuestiones que requieren alfabetización estadística, comprensión de probabilidades y familiaridad con el método científico», Daniel Kahneman.

Cyril 162

El mundo habla demasiado y dice muy poco. Sueño con Simón el Estilita o con Antonio Abad. Uno tiene la impresión que callar es sospechoso, el silencio parece arrogancia y que quien no opina “no existe».

«El silencio no es ausencia de palabra, sino una palabra que ha decidido no prostituirse”, expresó con su habitual lucidez Cioran. Y, si me permiten la erudición (o la pedantería), recuerdo ahora a Miguel de Molinos: “Quien habla mucho de Dios, aún no ha entrado en Él. Cuando el alma llega al centro, la palabra cae como cáscara inútil, y el silencio ya no es virtud, sino estado”, «Guía espiritual que desembaraza el alma y la conduce por el interior camino para alcanzar la perfecta contemplación y el rico tesoro de la interior paz», Roma: Ex Typographia Angeli Bernabò, 1675, Parte I, cap. XII, §7, pp. 96–97.

Cyril 161

Pisístrato entró en Atenas simulando haber sido atacado por sus enemigos, lleno de heridas falsas, para pedir una guardia personal “por seguridad”. Trump no fingió heridas físicas, pero sí una agresión permanente del “sistema”, de los medios, de las élites, que justificaba medidas excepcionales. Cleon, descrito con desprecio por Tucídides y Aristófanes, era alborotador, vociferante, antiintelectual y hostil a la moderación. Especialista en dividir a la polis en “ellos” y “nosotros”. Dionisio de Siracusa desconfiaba de todos, se rodeaba de fieles incompetentes, pero leales, y veía conspiraciones por doquier.

Trump no gobierna para su país, sino para oír su nombre repetido. No pocos aires de familia tiene con aquellos tiranuelos griegos.