
Hay escritores (no pocos, no pocos) que son la idea que tiene una persona estúpida de lo que es una persona inteligente.
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Marwán escribe la poesía de la época; la época comprendida entre los cinco y los doce años.
Querido, menos colorín y más latín; menos Rin Tin Tin y más magín.
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No soy feliz. Nunca lo fui.
Eurípides: «Omnis hominum vita est plena dolore», la vida de todo hombre está llena de dolor; como también son célebres los versos de Teognis: «Optima sors homini natum non esse», el más envidiable de nuestros bienes es no haber nacido. Byron: «Hay algo mejor que esto: no ser».
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«Después de haber pasado horas, días, semanas leyendo, aprendiendo de memoria, explicándonos a nosotros mismos o explicando a otros una de las trascendentes odas de Horacio, un canto del Infierno, los actos III y IV de El Rey Lear o las páginas sobre la muerte de Bergotte de la novela de Proust, volvemos a nuestros pequeños asuntos domésticos e insignificantes. Pero seguimos poseídos. El grito de la calle suena lejano a nuestros oídos, si es que lo oímos siquiera. Nos habla de una realidad caótica, contingente, vulgar y transitoria, que no se puede comparar con aquella de la que nuestra conciencia está poseída. ¿Qué vale ese grito en la calle al lado del de Lear a Cordelia, o al de Acab atado a su demonio blanco? Miles, centenares de personas mueren cada día, en las pantallas de televisión de un mundo aseptizado, en una completa monotonía. La destrucción de lejanas estatuas por fanáticos afganos, la mutilación de una obra maestra en un museo, nos hieren en el alma. El erudito, el verdadero lector, el hacedor de libros está saturado por la intensidad terrible de la ficción. Su formación le predispone a identificarse intensamente con las realidades textuales, con la ficción, a expensas de otras identificaciones.», G. Steiner.
Nada mala esta intuición de Steiner. Grandes dosis de objetos estéticos excelsos, con su recubrimiento de una película de perfección, velan las imperfecciones del mundo corriente, de los gritos y susurros comunes.
Sumergidos en una crestomatía de Shakespeares, Horacios, Quevedos y Catulos, es como si, dentro de esa nube o burbuja de cloroformo platónico ideal, nos anestesiáramos del dolor de nuestros semejantes. De alguna oblicua manera el usufructo del gran arte nos deshumaniza y narcotiza.
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EL VIAJE DEL SOL
El sol, el hijo de Hiperión,
en un cuenco de oro se embarca cada tarde,
para, una vez cruzado ya el Océano,
de la sagrada Noche tenebrosa.
Estesícoro.
El testimonio de Platón en el «Fedro» sobre Estesícoro y su Palinodia (Phdr. 242e-243a; F 90 a) es, junto al de Isócrates, el más antiguo que conservamos. En el diálogo, Sócrates le dice al joven Fedro que ha ofendido al dios Eros, y que, por tanto, debe purificarse; afirma que Estesícoro, a diferencia de Homero, conocía una antigua purificación para quien cometiera una ofensa contra una divinidad.
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Admito que algunos poetas redondean y dan forma artística a sus impresiones interiores con una plasmación peculiar. Los tapacubos del coche también podrían valer.
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AL PESAO
Aunque el fuego no me alumbre,
excuso mi uso y costumbre
de cagarme, no en frío diciembre,
sino en tu alegría de fiambre.
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PABLO ME ESCRIBE
Eres puto y maricón, gran mamón,
rey y luminaria de la mancebía;
«Oh padre mío, ay cómo mola tía,
saberte califa de nuestra profesión».
