
Su Alteza, tornada militar gaznápira, entre facinerosos y mamacallos, bastante culta para entender «write, wrote, writen» o artillería elemental (sin ecuaciones), pero, por otro lado, como cualquier mujer, bastante vanidosa y gansa para, en secreto, hablar consigo misma en francés: «je me verrai, je m´extasierai et je dirai: Reine comme Rosalía!»
Nota bene: No estoy de acuerdo con el escrito.
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«Vivir sin hacer nada. Cuidar lo que no importa.
Y si todo va mal, si al final todo es duro,
como Verlaine, saber ser el rey de un ‘palacio de invierno’.»
Luis Antonio de Villena, «Un arte de vida».
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en el bellísimo paisaje de tus libros,
elige la más noble
edición que poseas de ‘Treasure Island’.
Y mientras populacho y soldadesca
con fin de igual vileza se acuchillan,
tú lee sereno, escucha a Rubinstein
interpretando a Chopin. Acaricia
la frente de tu perro.
Y en la alta noche
encamina tus pasos hacia el sueño.»
José María Álvarez, «Wuthering Heights».
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Lutero no fue únicamente severo al escribir «Wer nicht liebt Wein, Weib, und Gesang / Der bleibt ein Narr sein Leben Lang», Quien no ame el vino, la mujer y el canto será un tonto de por vida.
Parecen unos versos de inspiración tabernaria goliarda. Por ejemplo: «In taberna quando sumus / non curamus quid sit humus, / sed ad ludum properamus, /cui semper insudamus» Sentados en la taberna/nada nos importa la tumba/ dedicados al jolgorio / hasta sudar a mares».
Corolario: Ay, no hay nada nuevo ni cierto -no importa.
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Réquiem a la mente. Aunque no me acabo de creer del todo estas profecías o hecatombes, a veces debo decir que sí las creo. Las gentes cultas y lectoras siempre fueron minorías y, en cualquier vida, llega un momento en que deja de interesarte el presente (Whattpad, Tik Tok, costumbres y modas…), pero eso no significa, claro claro, que el presente no sea interesante.
Insisto: No sé nada de hechos culturales ni sociales; solo de las impresiones de un autista solitario viviendo en una aldea boscosa y que se toma -a veces- demasiado en serio sus propios mitos.
Más: «Plebs sordida», así definía Tiberio a su pueblo, según nos relata Tácito. Poco mudó el Tiempo.
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Lo que critico a Marwán, Elvira Sastre, Irene X, Loreto Sesma, Defreds y toda esa larga patulea, es que inducen en sus lectores una deshonrosa formación de la conciencia, alimentando y fomentando sentimientos deleznables en lugar de elevados.
Admito -claro- que hay un público incapaz de distinguir entre lo sublime y la basura, pero el filtro editorial que no corrige sino que se beneficia crematísticamente de esa falta de instrucción de los lectores, se comporta exactamente igual que un directivo de Tele 5.
Los libros son afluentes u océanos donde te influyes a ti mismo y cuya ayuda necesitas para interpretarte y madurar. Los mejores escritores son siempre quienes más nos ayudan. Los que menos nos ayudan son los peores escritores. Este tipo de literatura no distingue tipos, peculiaridades, causas o motivos humanos, y su peligro es que diluyen el genio psicológico que es forzoso -casi un destino- deber alcanzar («Es necesario que seas» Goethe), en una papilla uniforme de psicología popular que iguala -mucho- por abajo. El deleite (estética), el consejo (cognición), la inspiración (sabiduría), se sustituyen por el burdo efectismo, el tópico sentimental y la frase hecha.
Si la idea de los libros como compañeros insustituibles empieza a ser ajena en nuestra cultura (su lugar lo ocupa el ocio tecnológico, audiovisual, o el ocio meramente festivo), flaco favor hacemos a los incipientes lectores con un sucedáneo de poesía de ínfima calidad. Y conste que no abogo indefectiblemente por una poesía minoritaria, alta o elitista. Al ser la literatura (y la poesía) más que milenaria, un género con muchas especies distintas, existe abundante poesía de calidad mayoritaria, abundante poesía de calidad minoritaria, así como también mala poesía de minorías, y mala poesía de mayorías.
Si las editoriales antes prestigiosas apuestan por la mala poesía popular (y saben a la perfección que lo es); ¿qué podemos esperar de su público? ¿y dónde está la función directiva o educativa de las instituciones culturales (también de las privadas)?
Caminamos velozmente muchas parasangas en mitad de un duro invierno, parece que dichosos de ir ciegos e ignorantes hacia el báratro.
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A LOS PROFESORES
«Aprender puede ser un placer, pero, insisto, requiere un esfuerzo y un trabajo. Hay que decírselo a los niños. Si no, les estamos engañando. Tocar el violín, por ejemplo, no es fácil. Requiere mucha práctica. Infinidad de estudios muestran que se necesita un esfuerzo prolongado para mejorar en cualquier cosa (tocar el violín o el piano, aprender matemáticas o historia, aprender mecánica de automóviles, dibujar, danza, programar, redactar, etc…) Para ser bueno en algo tienes que dedicarle muchísimas horas. Y hay que hacerlo de forma consciente y trabajar con un maestro. Todas las investigaciones serias avalan la idea de una escuela basada en el esfuerzo del alumno bajo la dirección de un profesor» Enkvist
No vendamos la moto a desarmados e ingenuos alumnos de un mundo feliz al alcance de su mano. Formemos a futuras personas adultas y maduras. A la escuela no se va a hacer actividades más o menos chill out, sino a trabajar y estudiar. Si por desgracia los profes se encuentran a alumnos que no han oído un «no» en su vida, no nos pleguemos a los síes o sus síes. Una cosa es un aula y otra muy distinta el salón de su casa.
Si un docente al que su inconsciencia, inmadurez o lavado de cerebro por parte de pedabobos, cree que su función es respetar plenipotenciariamente el afán de descanso o entretenimiento de sus alumnos, creará monstruitos que, además, poco aprenderán, poco, muy pero que muy poco.
La escuela debe dar una base intelectual. El resto es timo del tocomocho. Amigos ex colegas ¡¡nunca os pleguéis al capricho de vuestros alumnos sobre qué estudiar y cómo!! En caso contrario, yo os acuso severamente de convertir el aula en una forma patética de ocio y en una fábrica colosal de ignorantes. Como ya lo es.
Nota bene: Aprender es un esforzado disfrute: pero quien no se esfuerza en aprender no lo sabe: no lo ha aprendido.
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A una Universidad que solo produce hombres de ciencia o de letras, y no damas ni caballeros, prefiero no ir.
Nota bene: Ahora fabrica ignorantes mamarrachos.
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La entropía del sistema (S) y la cantidad de información (I) extraíble del mismo están relacionadas por: S≥S−I≥0. En las redes abunda el DESORDEN.
Y debido a la inmediatez, a su propia ecología y diseño, la AUTOINDULGENCIA incita nuestra merma cognitiva y expresiva.
El corolario al alto desorden y el poco rigor es la PÉRDIDA DEL PENSAMIENTO CONTEMPLATIVO. Si la mente es un trozo de carne, las redes son ese trozo jugoso de carne que lleva el ladrón para distraernos de nuestra propia mente.
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WHAT THE INTERNET IS DOING TO OUR BRAINS?
Y en medio de esta ancha turbulencia,
retazos y harapos de un sanatorio vestiré
con el enrejado grisáceo de un cerebro pasivo.
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«Un hombre afirma que está mintiendo. ¿Lo que dice es verdadero o falso ?» declaró Eubulides de Mileto en la Grecia antigua.
Si miente, dice la verdad, si dice la verdad, miente.
AHORA SÁLTENSE ESTO:
Deducir, para toda fórmula cerrada A de £, \-t V((A))**A en donde (A) es el numeral que denota al número Gödel de A. Supongamos, pues, que los axiomas de T consisten simplemente de (i) los axiomas de PA y (ii) el esquema de axioma V((A)) A, que no es otro que el esquema de verdad de Tarski, cuya versión informal es discutida en muchos textos introductorios de Lógica y Teoría de Modelos. Con base en esta axiomatización, y bajo el supuesto que T está regida deductivamente por la lógica clásica, es posible demostrar que T es inconsistente. La razón es que los axiomas aritméticos de T permiten la demostración de un teorema conocido como el lema de diagonalización, según el cual, si G(v) es cualquier formula abierta de £ con variable libre, v, existe una formula cerrada B de £ tal que \-t B ** G((B))* Consideremos ahora la formula abierta de £. El lema de diagonalización garantiza la existencia de una fórmula cerrada B tal que B es, pues, una oración de £ que es intersustituible con la adscripción de la negación de verdad a su nombre. Pero el esquema de verdad de Tarski, que fue estipulado como un esquema de axioma de T, garantiza que K V{(B))<->B. En consecuencia, h r V((B))<^-V((B)) lo que en lógica clásica conlleva a K V({B))&-Vm), es decir, a una CONTRADICCIÓN EXPLÍCITA ( LA CONJUNCIÓN DE UN ENUNCIADO Y SU NEGACIÓN), lo que hace de T una teoría trivial, pues una contradicción tiene como consecuencia clásica a todas las fórmulas cerradas del lenguaje. Hasta aquí, la versión formal de la PARADOJA DEL MENTIROSO.
La solución propuesta por Tarski (y vuelvo a expresarme sin tecnicismos matemáticos) consiste en hacer una diferencia entre niveles del lenguaje para evitar la paradoja. Según su propuesta, ninguna oración tiene su valor de verdad en el mismo nivel del lenguaje en la que se manifiesta; si esto es así, concluye Tarski, no hay realmente enunciados autorreferenciales con respecto al valor veritativo, sino que dicha referencia se hace siempre desde un nivel superior. Lo que debemos hacer para hallar dicho valor de verdad es subir un nivel, pasando a un metalenguaje con respecto del cual el primer nivel sería el lenguaje objeto. La pregunta que se hace a continuación es, ¿qué sucede con lo que estoy diciendo en aquel metalenguaje?, pues si lo afirmado en este metalenguaje es la verdad del lenguaje objeto, ¿cómo se determina la verdad en ese metalenguaje? Tendría que ser en un meta-metalenguaje. Tarski propone entonces un esquema de jerarquías de lenguaje:
L3: metalenguaje de L2, aquí se predica la verdad de L2
L2: metalenguaje de L1, aquí se predica la verdad de L1
L1: metalenguaje de L0, aquí se predica la verdad de L0
L0: lenguaje objeto, aquí no hay predicados de verdad
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Entes – eventos
Ejemplificación:
(i) La nieve es blanca
(II) «la nieve es blanca» si y solo si la nieve es blanca
(iii) «»La nieve es blanca»» si y solo si «La nieve es blanca»
Nota bene: Si la oración NO está entrecomillada es usada y no mencionada. Doblemente entrecomillada, o triplemente o cuádruplemente, ETC…, significa doble (o triple o cuádruple) mencionada.
Se entenderá perfectamente la diferencia entre una expresión usada y otra mencionada, si observan que:
(a) Orense es una capital de provincia gallega
(b) «Orense» tiene seis letras.
(c) «»Orense»» es el nombre de la palabra «Orense»
QUÉ PLÚMBEO. Simplemente ocurrió que la enciclopedia del conocimiento de la humanidad avanzó más de 2500 años. Se han precisado matemáticamente conceptos como los de juego, verdad, probabilidad, información, aceleración, inercia, energía, ETC…
Ahora miremos atentamente el circuito de agua de la obra de Escher «Cascada» ¿Acaso no expresa un bucle autorreferencial contradictorio (entre muchas más cosas) exactamente igual a la paradoja semántica del mentiroso? ¡VIVA EL ARTE!
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Luis XVI exclamó: “C´est une revolte», a lo que respondió Liancourt: «Non Sire, c’est une revolution”. Larga noche de piedra.
Es cierto, mis trajes no puedo hacérmelos yo mismo, pero eso sí, ladies and gentlemen, no dejaré que nadie me prescriba mi filosofía ni amordace mi Libertad; los trajes sí que me los mandaré hacer, yo no puedo hacérmelos; mi vida, y mis ideas sobre todo, me las puedo (y debo) construir yo mismo.
La revolución, o el socialismo moderno, son un sarampión que presumió -y se jacta- de desentumecer al hombre. Pero ahí el derecho deja de ser una fuerza y la obediencia aplasta como un deber.
Estas letras de Fernando Vallejo lo analizan con lucidísima metáfora: «La revolución, y se lo digo yo, que he vivido tanto y tan errada aunque arrepentidamente, la revolución es fina operación que mata al paciente pero salva al médico».
Vivir bajo el socialismo es como vivir como polizones alimentándose de una aguada pitanza que los capitanes roban de los puertos. Marchar al propio aire; ¿acaso hay otro destino mejor? La jefatura de la manada reside en sus propios miembros, nos aleccionó Kipling. ¿Manada? Cómo goza la gentualla apiñándose.
Solo me queda el consuelo de repetirme lo que escribió Flaubert el 23 de febrero de 1873 a Laure de Maupassant: «Para la gente de gusto, la vida ya no es agradable».
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Hoy he inventado una nueva palabra: plagio
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Felicitan a un lógico que acaba de ser padre: «¿Has tenido un niño o una niña?». Y contesta emocionado: «¡Sí!».
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La primera regla del club de la tautología es la primera regla del club de la tautología.
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«¡Agorafóbico!». «¡Eso no me lo dices en la calle!».
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Todos deberíamos ser solipsistas.
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Cada vez que un madrileño se muda a Barcelona, el cociente intelectual medio de ambas ciudades sube.
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Catulo se quejaba amargamente de un siglo lleno de generaciones de hombres ausentes de gusto y gracia, «O saeculum insipiens et infacetum!»
Policarpo, obispo de Esmirna y Padre de la Iglesia, dijo en el siglo II, según se lee en la Patrología de Migne: “¡Dios mío! ¡En qué tiempo me habéis hecho nacer!”
Leopardi, en una carta enviada desde Florencia a Pietro Giordani el 24 de julio de 1828, escribe «En suma, empieza a asquearme el soberbio desprecio que aquí se profesa por todas las cosas bellas y por toda literatura: sobre todo porque no me entra en la cabeza que la cumbre del saber humano consista en saber política y estadística. Al contrario, considerando filosóficamente la inutilidad casi perfecta de los estudios hechos desde la época de Solón para obtener la perfección de los estados civiles y la felicidad de los pueblos, me da un poco de risa este furor de elucubraciones y cálculos políticos y legislativos. […] Sucede así que lo placentero me parece más útil que todas las cosas útiles, y la literatura útil de una forma más verdadera y cierta que todas estas aridísimas disciplinas [la política y la estadística]» Nada extraña que el poeta tildara su siglo de «soberbio y estúpido».
«Yo renunciaría antes a las patatas que a las rosas» señaló cáustico -y muy certero- Gautier.
San Agustín consideraba la estupidez un pecado original de Adán; acepto la alegoría; en cualquier civilización simplemente tendremos menores o mayores grados de estupidez. Ahora es especialmente estúpido el evangelismo tecnológico, la obsesión de los amantes del «subiti guadagni» (es decir, de rápidos beneficios monetarios) y una especie de «universae ignorantia».
No hace falta esperar a los bárbaros.
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Una vez le informaron de modo entusiasta a Borges: «¡Argentina ha vencido a Holanda». A lo que él respondió titubeante: «Será que once argentinos han vencido a once holandeses. Además…yo no quiero vencer a Erasmo»
«El pueblo tiene opiniones muy sanas. Por ejemplo, haber elegido el divertimiento y la caza más bien que la poesía. Los sabios a medias se burlan de ello y triunfan demostrando con ello la locura de la gente, pero por una razón en la que ellos mismos no penetran, la gente tiene razón» Pascal.
«¿Cómo me hubiera gustado ser? Yo mismo, pero logrado.» Mauriac
«Abunda tanto la tontería humana que la mayor parte de ella ha ido a parar a los inteligentes, quienes la emplean con más soltura y confianza de lo que lo haría un tonto» Monterroso
Mi epitafio: «Murió hace mucho tiempo, y su familia aún sigue buscándolo en el sillón»
«Toda la gloria que pretendo de mi vida es haberla vivido tranquilo» Montaigne
«Somos grandes locos. Se ha pasado la vida ocioso, decimos, no he hecho nada hoy ¿Cómo? ¿Es que no habéis vivido? Es esa no solo la fundamental, sino la más ilustre de vuestras ocupaciones. Componer nuestra conducta es nuestro oficio, no componer libros, y ganar no batallas ni provincias, sino el orden y la tranquilidad de nuestro proceder» Montaigne
«Es breve la vida de los atareados» Séneca.
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Además de la pertinaz bibliocastia, los libros encontraron otra amenaza más extensa: el papel ácido. A partir del siglo XIX, y para abaratar el papel, su pasta se dejó de fabricar con lino, cáñamo o algodón, y se sustituyó por la pulpa de madera. Pero la pulpa de madera contiene lignina que, con el paso de los años, se oxida al contacto del aire y se amarillea el papel. Y para más inri blanquearon la pulpa de madera con ácido clorhídrico o bien con colofonia y sulfato de alúmina que era un encolante que permitía permeabilizar el papel (así la tinta no se filtra sobre la página o entre ellas) Ya tenemos entonces servida la tragedia; el sulfato de alúmina en contacto con la humedad se transforma en ÁCIDO SULFÚRICO. Los libros entre 1850 y 1980 aproximadamente (a partir de los ochenta, a dios gracias, se empezaron a popularizar libros con papel libre de ácido) primero amarillean, después se tornan quebradizos y acaban convertidos en polvo.
Véase lo anterior como una parábola del actual desplazamiento de la centralidad del libro hacia la acracia electrónica y la oralidad audiovisual.
Creo percibir un ocaso del libro molecular o físico y del libro como concepto y cómplice. Descifrar desentrañar y esclarecer el tema de un libro mediante el escrutinio, el análisis, la reflexión y el estudio, es algo que estoy convencido no se logra mediante el discurso audiovisual o la navegación internáutica. EL MUNDO PUEDE SER LEÍDO COMO UN LIBRO, nunca como una película, un programa de televisión, una emisión radiofónica, o una web.
En 1985 Steiner escribió «»estamos asistiendo hoy en día, todos nosotros, al paulatino final de la era clásica de la lectura.De una época de una alta y privilegiada literariedad, de una cierta actitud hacia los libros que, en líneas generales, duró aproximadamente desde la época de Erasmo hasta el colapso parcial del orden mundial de la clase media […] y de los sistemas de educación y valores asociados a ella»
Réquiem a la mente, y también al libro ¿Fue todo tan solo el sueño breve de cinco siglos?
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«Sobre la especie humana se alza un inmenso y tutelar poder que asume la carga de asegurar las necesidades de la gente y cuidar de su destino y desenvolvimiento. El poder en cuestión es absoluto, minucioso, ordenado, previsor y bondadoso. Equivaldría al amor paterno si su misión fuera educar a los hombres en tanto alcanzan la edad adulta; pero, contrariamente, lo que pretende es mantenerlos en una infancia perpetua; es partidario de que el pueblo viva placenteramente a condición de que sólo piense en regocijarse. Convertido en el árbitro y origen de la felicidad de los humanos, el gobernante, con la mejor disposición, actúa y se preocupa de que nada les falte; satisface sus necesidades, facilita sus placeres, cuida de sus preocupaciones más importantes, dirige sus actividades mercantiles, regula el incremento de su patrimonio e interviene en su transmisión hereditaria. ¿Qué resta a las gentes por hacer cuando se les ha ahorrado las inquietudes de pensar y las tribulaciones que la vida comporta?», Tocqueville, citado por Hayek como encabezamiento de la tercera parte de su esplendoroso (genial) libro «Los fundamentos de la libertad».
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«El teatro español es el pueblo español», Max Aub, 1944.
Supongo que el pesimismo apocalíptico aflora en cualquier época. El análisis ponderado importa poco si se vive subjetivamente la decadencia. ¿Tiempos oscuros?…demasiados. Sobre la relación entre pesimismo y verdad se ocupan estas palabras de Cela: «Es difícil que los escritores del siglo XX -los hombres que, con la pluma en la mano, tenemos el deber de levantar acta notarial del tiempo que vivimos- podamos sentirnos íntimamente alegres, convencida y entrañablemente gozosos. Nuestro tiempo no es, de cierto, bueno ni amable, y la confesión de toda la verdad de su naturaleza, será puntualmente no halagüeña».
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Argumento de Steiner en contra de la moralidad de la alta cultura
«Después de haber pasado horas, días, semanas leyendo, aprendiendo de memoria, explicándonos a nosotros mismos o explicando a otros una de las trascendentes odas de Horacio, un canto del Infierno, los actos III y IV de El Rey Lear o las páginas sobre la muerte de Bergotte de la novela de Proust, volvemos a nuestros pequeños asuntos domésticos e insignificantes. Pero seguimos poseídos. El grito de la calle suena lejano a nuestros oídos, si es que lo oímos siquiera. Nos habla de una realidad caótica, contingente, vulgar y transitoria, que no se puede comparar con aquella de la que nuestra conciencia está poseída. ¿Qué vale ese grito en la calle al lado del de Lear a Cordelia, o al de Acab atado a su demonio blanco? Miles, centenares de personas mueren cada día, en las pantallas de televisión de un mundo aseptizado, en una completa monotonía. La destrucción de lejanas estatuas por fanáticos afganos, la mutilación de una obra maestra en un museo, nos hieren en el alma. El erudito, el verdadero lector, el hacedor de libros está saturado por la intensidad terrible de la ficción. Su formación le predispone a identificarse intensamente con las realidades textuales, con la ficción, a expensas de otras identificaciones», G. Steiner.
Sumergidos en una crestomatía de Shakespeares, Quevedos y Cervantes vivimos en una burbuja de cloroformo anestesiante.


