Diario de una soledad

Si oigo el cencerro de tantos zombis, no puedo menos que asentir con Neil Postman: «Cuando una población se distrae con lo trivial, cuando la vida cultural se redefine como una perpetua rueda de entretenimientos, cuando el discurso público serio se vuelve una especie de balbuceo, cuando, en breve, la gente se convierta en una audiencia y su participación en los asuntos públicos en un acto teatral, entonces una nación se halla en peligro; la muerte cultural es una clara posibilidad».

Acaso más que una posibilidad.

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Carezco de la capacidad visionaria de Chesterton ante lo ordinario: «Si hay una cosa de la que siempre he estado seguro desde la niñez, y lo he estado cada vez más a medida que me hacía mayor, es que nada es poético si la simple luz del día tampoco lo es; y ningún monstruo debería asombrarnos si no nos asombra el hombre normal.»

Amo los buenos libros; los hombres normales no aman los buenos libros. Amo la soledad; los hombres normales no aman la soledad; amo la inteligencia; los hombres normales no son inteligentes; no amo la vida, los hombres normales la aman.

Quiero estudiar y leer. Acepto mi muerte venidera. Y siempre me acompañarán estas palabras de Petrarca que me sé de memoria:

«Tengo amigos cuya sociedad me es en extremo agradable. Son de todas las edades y de todos los países. Se han distinguido, a la vez, sobre el campo de batalla y en el silencio del gabinete, y han obtenido grandes honores por su conocimiento de las ciencias. Es fácil llegar a ellos porque siempre están a mi servicio, y les admito a mi lado o los despido cuando me place. Jamás son importunos, y responden a mis preguntas inmediatamente…A cambio de todos estos servicios solo me exigen que les preste una habitación conveniente en un rincón de mi modesta morada, en donde puedan descansar en paz, porque a estos amigos seduce más la paz de un tranquilo retiro que los ruidos del mundo».

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Están por todas partes. Todo lo llenan. SON ELLOS. Entre bastidores, en la escena, en platea. Anubarrando el cielo. Perros zarceros, pachones o falderos, con su tribal cultura jurásica, con gordas sanguijuelas en lugar de azules ideas claras y distintas. SON ELLOS. Todos. LOS DEMENTES.

Tengo miedo y me siento extraño

en un mundo que no he creado yo.

Son ellos quienes mandan,

tienen la fuerza, aunque sean dementes.

A.E. Housman

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Matar por amor es normal, por dinero es canalla, matar por capricho merece la horca.

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«Ya no logro que mis alumnos lean un libro entero», afirmaba apesadumbrada una profesora de Humanidades de la Duke University. Y Roca Barea: «Siempre hubo analfabetos, pero nunca tantos salidos de la universidad». Rodríguez Adrados en «El reloj de la historia» recuerda al profesor Regenbogen, en Heidelberg, a comienzos de los cincuenta, inclinándose reverentemente, ante una clase llena, cuando evocaba a su profesor Wilamowitz. ¡Qué tiempos cuando atraía el conocimiento! Se cumple a rajatabla el dictamen de Jiménez Lozano: «Destruir una cultura entera parece ser la única virtud que queda sin discusión».

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En 1979, Christopher Lasch, uno de los espíritus más penetrantes del siglo XX, describía en estos términos el declive del sistema educativo estadounidense:

“La educación en masa, que prometía democratizar la cultura, antes

restringida a las clases privilegiadas, acabó por embrutecer a los propios privilegiados. La sociedad moderna, que ha logrado un nivel de educación formal sin precedentes, también ha dado lugar a nuevas formas de ignorancia. A la gente le es cada vez más difícil manejar su lengua con soltura y precisión, recordar los hechos fundamentales de la historia de su país, realizar deducciones lógicas o comprender textos escritos que no sean rudimentarios»

Casi un cuarto de siglo después no podemos dudar de la clarividencia de esas observaciones, aquí y allá: la educación es un desastre sin paliativos.

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Palabras que nos recuerda agudamente Alain Finkielkraut: “Los antiguos pasquines contestatarios son las directivas gubernamentales de la actualidad. En Francia, hace treinta años, eran los comités de acción de estudiantes los que proclamaban que, para combatir las desigualdades, los profesores no debían contentarse con transmitir la cultura que poseían, sino que tenían que despertar la personalidad de cada alumno y enseñarle a formarse por sí mismo. Ahora, son los inspectores de los distritos escolares los que se expresan en estos términos”.

A la cual respondo sin dudar: Sapientia restituta! Porque como dijo también Séneca, “Sapientia sola libertas est”.

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«Hoy, nuestras élites socioeconómicas, mucho más sofisticadas -o

actuando como sofistas, a mayor despecho del viejo y digno Sócrates- no queman bibliotecas, las cierran; no destruyen restos arqueológicos, los dejan sin financiación; no publican índices de libros prohibidos, vacían las escuelas de contenidos científicos y académicos. Y no percibo el sentimiento de horror entre los llamados a la resistencia, incluso veo colaboración», escribe el joven profesor, historiador y escritor Pascual Gil, en su magnífico libro «Schola delenda est?». La resistencia, no se preocupe, importa y continúa.

Tropicalmente fantástico Hegel (en la cita, raro en él, se le entiende la mar de bien) describiendo esa acuñación pedagogista nefasta que premia las competencias o habilidades extra-epistémicas, subrayando el desprestigio del conocimiento. Fantástico, insisto, y para meditar largamente en la cita anticipadora: «Según la obsesión moderna, especialmente de la Pedagogía, no se ha de instruir tanto en el contenido de la filosofía, cuanto se ha de procurar aprender a filosofar sin contenido; esto significa más o menos: se debe viajar y siempre viajar, sin llegar a conocer las ciudades, los ríos, los países, los hombres, etc. […] El modo triste de proceder, meramente formal, este buscar y divagar perennes, carentes de contenido, el razonar o especular asistemáticos tienen como consecuencia la vaciedad de contenido, la vaciedad intelectual de las mentes, el que ellas nada puedan.»

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Otras partes del mundo tienen monos; Europa tiene españoles. Una cosa compensa la otra (Por la «Tomatina» y otros casos y cosas que me autocensuro)

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