Diario del silencio 1

Nuestra habla es un puchero avinagrado de palabras inspiradas por la imbecilidad, mezcladas con otras expresiones de andar dando tumbos por los bares. Estar en compañía (estrepitosa, vociferante, chirriante) es pertenecer a la casta más mísera, más afligida y más menospreciada o abellacada. Hablar tiene una contextura de prosa de sobremesa agotacerebros, de tertulia entre señoras gordas; hablar es convertir en moho y alfalfa las palabras.

Decido convertirme y vivir definitivamente como un cartujo. Sin encender la televisión, la radio, sin trato con mis semejantes, sin dialogar con nadie; viajando a la energía coloreada de la soledad y el silencio. Mis coetáneos rechinan cuando intentan ser verdaderamente grandes en algo.

Nuestra sociedad se caracteriza por admitir mal el silencio. Yo detesto la facundia española, la compulsión a no saber estar con la boca cerrada ni diez segundos. El silencio se vive cargado de amenazas, de tensión. No se percibe la paz, ese bosque cantando de una manera jamás oída, la luz de la luna deslizándose por el valle. La conversación es estéril, pero el silencio incuba un nido.

Lo verbal, lo acústico, lo musical; una invasión de TENEBROSO RUIDO. Detestable la compulsión hispana a hablar y hablar y hablar. Nuestra trastienda personal, gloriosa, verdaderamente libre, se asienta en el retiro. Flores de tojo y algas rojas. Cuántos patanes supuestamente abrillantados ocupan el escenario ahora. Viven entre decibelios microfonados como una sucia freiduría, gritones todos y bien dispuestos a responder con la coz a la mínima pregunta. Cutrísima España (yo soy un emperador meditabundo y solitario y callado, un togado antiguo cuidadoso de entrar en contacto con estos bárbaros)

Va y viene el arco iris y es perfecta la rosa. Dejadme en mi cueva aldeana.

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