Para mi madre, Noemí y Clara, veranos sin mezcla con el invierno.
LIMINAR
El libro que el lector tiene entre sus manos tiene un objetivo: lograr ser el complemento de uno bueno o el suplemento de uno malo, de modo similar a como el queso es el complemento de una buena comida o el suplemento de una mala.
También tiene como intención la busca de un lenguaje claro a la par que elegante, con mampostería educada. Si por un lado evita la variedad verbosa, la llevada a unas cimas sorprendentes de calidad por un Cicerón o un Góngora, o la variante conceptista formulada con pasmosa felicidad por un Tácito o un Gracián, tampoco le importaría acuñar de vez en vez frases con esos dignísimos modelos.
Descreo del estilo tosco y simplón, superficial, que no levanta un palmo del suelo, esa prosa monocolor y liofilizada, huera y epidérmica, pero me disgusta asimismo una escritura en permanentes vacaciones por la ininteligibilidad galáctica, de hermetismo gnóstico. Mi modelo de escritura sería un métissage entre George Eliot o Jane Austen con Dickens o Stevenson. Mi estilo anhelado gravita entre dos polos: Hume o Quine y, en el otro extremo, David Lewis. Busco una lengua, refiriéndome ahora a la prosa carolina y republicana del siglo XVII inglés, sin el estilo latinizante (a menudo difícil) de Milton, sino más bien con el estilo agradable y suelto de un Walton, pasando por el término medio de Thomas Browne y Jeremy Taylor. Juan Goytisolo taraceado por Eduardo Mendoza, Quevedo refrenado por Cernuda, Gracián iluminado por Galdós, Góngora alisado por Gil de Biedma, Benet laminado por Delibes. Perdonen la vanidad o presunción patológica y desmesura, la irracional soberbia, de declararles que aspiro a mimetizarme con Josep Pla o Álvaro Cunqueiro (como prosistas) y Kavafis (como poeta) Ese fuera el punto de equilibrio o cocción perfecto para mis guisos literarios; de antemano les pido disculpas por la comida rústica, cruda o requemada.
Debo insistir en que Pertinencias e impertinencias. Libro póstumo pertenece al género literario, no a la larga lista de tratados científicos o filosóficos. Su meta se resume en mi radiografía moral y en la persuasión emotiva; el único argumento de la obra soy yo. El tono bronco y a veces despreciativo brotan como una impostura, máscara o personaje. El libro, como la vida, es ondoyant, no una fórmula matemática para describir con exactitud una parábola. En él abundan las molestas sofisterías: sesgos cognitivos, reducción de lo complejo a lo simple, generalización apresurada, incapacidad para percibir muestras representativas, traducción de un fenómeno multicausal a una sola causa, muestras de la innumerable fauna de las falacias, ETCÉTERA. Lógico la falta de lógica; si pinto el mundo y sus costumbres, tal añagaza sirve para mi exclusivo autorretrato. Todo es ondoyant, insistamos, ondoyant. Desde mis símbolos privados a mis puntos de vista u observaciones arbitrarias propias de un solitario pertinaz y no poco autista. Para encontrar filiaciones o antecedentes, acaso mencionar Sur Plusieurs Beaux Sujects, de Wallace Stevens, Certain World, de Auden, o bien el Libro de los amigos, de Hofmannsthal. O sea, Pertinencias e impertinencias. Libro póstumo nace -se adjunta- como un cuaderno privado o de trabajo, especialmente para mis poemas (y yo, básicamente, me siento y creo –o sentía y creía- poeta)
Siendo “p” cualquier oración o sentencia declarativa, “Sabemos que p” si y solo si:
(i) creemos que p
(ii) tenemos suficientes elementos de juicio para sustentar que p
(iii) p es verdad
En las aserciones categóricas y contundentes que el lector encontrará espolvoreadas aquí y allá a lo largo de las páginas que siguen, evidentemente se cumple la condición (i); no estoy loco, pues afirmo aquello que creo. Y, si hilara con finezza, si fuera intelectualmente honesto, diría que la condición (ii) es bastante perfectible, y la (iii), la objetividad o verdad de mi descripción del estado de cosas existente, más bien la ignoro. Acúsese de ello al carácter pasional –ondoyant- de la literatura y no a mí.
La estructura del libro, aparentemente tan caótica, viene dada por el fluir rítmico, por la alianza entre la lengua española y la música, por el perpetuum mobile del eufónico ordenamiento prosódico que va desde el primer párrafo al último verso (se incluye una plaquette poética) Agustín de Hipona afirmaba que la música es la ciencia de la modulación. Codicio o ansío la idea de que no escribí un libro atonal. Todo es deliberadamente melódico, ondoyant: la vida, el amor, las palabras…
Acaso deba explicar algo sobre esta salmodia distribuida en FRAGMENTOS en que consiste el libro. El fragmento fue una forma literaria inventada y utilizada por vez primera por el romanticismo alemán. Este recurso permite contener aforismos, carnets, poemas, sentencias, apotegmas, apuntes, máximas, paradojas, citas, boutades, parábolas, micro-ensayos, pecios, humoradas, prédicas, costumbrismos, ETCÉTERA… Su escritura, en mi caso, es consecuencia de mi altiva dejadez, de mi imponente y perezosa desidia, de mi mimada y aristocrática abulia. Una fértil y pasadora forma didáctica y expresiva que espero se rija también por la ley del bello ordenamiento melódico y acaso por algún vislumbre intelectual no bochornoso del todo.
***
Nací el 27 de diciembre de 1971 en la de que el alba sería, tras un embarazo que duró 10 meses, 2 días, 4 horas y 53 minutos. Saturno dejó unos minutos de rotar en mi honor. Despertó diez segundos de su tumba Aristóteles. La madrugada cobró un señorío que la volvió inusitadamente joven. Pero ahora os molesta y ofende cuanto escribo. Alrededor de mi cuna no flotaba olor a estiércol, sino esencia de jazmín y olor a manzana verde, culebreo de orquídeas, plumón de mirlos. Mi vida ha sido una afortunada combinación de estudio, escritura, lectura y locura. Tengo un temperamento acaso sencillo y melancólico a la par que amable, a veces sereno y frecuentemente ceremonioso. Viví trabajando en lo que me gustaba, gozando del ocio estudioso y muchas veces con bastante (de eso nada ahora) dinero. Me bañé en el Mediterráneo, me hospedé en cucos hotelitos modernistas, viajé con mis papás por Europa. Añoro la domesticidad judía, el ambiente de invernadero de mi infancia, y no, no me gusta estar desvalido y a la intemperie como estoy. Intelectualmente precoz, socialmente patoso, estéticamente raquítico, indiferente al peculio. Solitario, todavía conservo libros bellamente encuadernados regalados por mis padres. Solitario, nunca dejo de pasear en las rompientes, de acercarme quiméricamente al mar, al que la Luna pálida y dorada enviaba su luz.
Las primeras líneas de la Autobiografía de Russell empiezan así:
“Tres pasiones simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por el sufrimiento de la humanidad. Estas pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación”.
Y concluye con un balance generoso: “Ésta ha sido mi vida. La he hallado digna de vivirse, y con gusto volvería a vivirla si se me ofreciese la oportunidad”.
Mi vida también la hallo muy digna de revivirse, con ganas la volvería a vivir tal cual fue, y se ha sustentado sobre tres pilares graníticos: el amor, la belleza y la lectura.
Que me arrastren insomnes e inmisericordes los glaciares del olvido: fracasé en el AMOR. Hijo sin hijos, sin novia, ni esposa ni mujer, como un Gregor Samsa convertido en eremita harapiento, en tenia devoradora, una contra-marea, un oleaje de petróleo a veces llega a la playa de mi espíritu. Acaso fui cobarde, acaso temeroso o ruin. Pero, lenitivo dulce, me compensa no haber sido del todo un mal hijo, aunque, acaso, debiera haber sido un mejor hermano. Pero permítanme no continuar (por pudor) por esta línea de pensamiento.
Más fructuosos fueron mis tratos con la BELLEZA. Esa facultad que todavía me eleva por encima de todo, ese gran misterio (plural) captado habitualmente con los sentidos y reconocido mediante la inteligencia. Gracias a la belleza y sus sinestesias y entreveros, atisbé grandezas invulnerables y pruritos de inmortalidad. La vi atravesando el arte, veteando la poesía, el lenguaje, unida al cuerpo de un hombre o una mujer, cruzándose entre las ideas matemáticas. Sus colores nítidos, su brillo platónico, su acabado perfecto, erizaron y potenciaron las sustancias que regulan mi glándula pineal. Formó e inspiró mi existencia también como sustituto vicario a mi falta de amor. Anverso y reverso de la expresión y la idea, cosmos musical divino. Recuerden: Elegantia est, quae facit, ut locutio sit congrua, propia et apta.
De la LECTURA consignar tan solo que es mi afición preferida. Archilector obsesivo-compulsivo, sin un libro no concibo el cielo en la tierra. Gracias a los libros pude ser no solo uno sino múltiple. A veces llegué a pensar que leer y asimilar lo mejor que se ha escrito es por lo único que merecía la pena vivir. Pocas cosas me han pasado y muchas he leído; pero pocas cosas me han pasado más dignas de memoria (Borges) que la torre de Montaigne o la Alejandría de Kavafis, o la espuma violácea e historiada de Proust y Nabokov. No me jacto (otra vez Borges) de lo pobre escrito; me enorgullece enormemente lo admirable o sublime leído. Nunca estará de más acogernos a la perspicacia de Longino:
“Cinco son pues aquellas que podríamos llamar las fuentes más productivas de la expresión sublime; como fundamento común de estas cinco formas se encuentran la potencia expresiva, sin la cual no se hace absolutamente nada. La primera y más importante es la capacidad de concebir grandes pensamientos. La segunda es la emoción vehemente y entusiasta […] Las restantes son: la específica formación de las figuras, la expresión noble y […] la composición digna y elevada”.
El arte de la escritura es una lenta asimilación. Permítanme una larga cita de Petrarca que resume mi poética y mi idea de lo que es ser escritor (mi vocación de escritor deriva de mi vocación de lector). Palabras llameantes de fuego, cristalizada sabiduría:
“Solo una vez leí a Emilio Plauto, Felice Capella, Apuleyo, y los leí aprisa…Pero a Virgilio, Horacio, Tito Livio, Cicerón, los he leído y releído no una, sino mil veces, y no corriendo, sino con detenimiento y activando en ellos la fuerza de mi ingenio. Gustaba en la mañana el alimento que digería por la tarde; comía de niño para rumiar de viejo; y tanto me domestiqué con ellos, tan bien me sentaban, no digo ya en la memoria, sino también en la sangre y en la médula; quedaron tan profundamente asimilados en mi ingenio, que aunque cese de leerlos, mientras viva siempre quedarán profundamente impresos en mi alma…Yo me ocupo de adornar la vida y las costumbres con las sentencias y las máximas de esos antiguos escritores; pero no el estilo. Acostumbro igualmente citar sus palabras, o apropiarme con ingeniosa asimilación su sustancia, como las abejas forman la miel con muchas y variadas flores, y más me agrada (si no puede ser de otro modo) que mi estilo sea torpe e inculto, con tal que aparezca, como el vestido a la persona, adaptado y apropiado a mi ingenio, que no usar el estilo de otro, aun espléndido y elegante, pero que, semejante a un lujoso vestido, resulte por todos lados inadaptado a la medida limitada de mi mente. A un histrión quizá le pueda convenir cualquier vestimenta, pero no al escritor cualquier estilo.
Yo soy tal, que me empeño en seguir el camino de nuestros padres, pero no hasta el punto de poner mis pies en sus huellas. Y si me gusta quizá servirme de sus escritos, no para robarles, sino para hacer de ellos un uso moderado, más me agrada, allí donde puedo, servirme de los míos. Yo soy tal, que me complazco en la imitación, no en la copia; y aun en la invitación evito el exceso…Prefiero no tener guía de ninguna clase que tener que poner siempre mi paso donde lo pone mi guía. No quiero un guía que me encadene, sino que vaya ante mí de manera que yo pueda seguirle, por honrarle no me resigno a perder los ojos, la libertad y el juicio. Nunca habrá quien me impida conducir mis pasos adonde me agrade, huir de quien me disguste, intentar cosas no inventadas todavía, meterme, si me viene en gana, por senderos más fáciles o más cortos, apretar el paso, pararme, cambiar el camino, volverme atrás” (Litterae familiares Vers. 1359. Ed. y trad. por G. Fracassetti [1863-67] let. 26, II ).
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Una coda final de AGRADECIMIENTOS. Este libro no hubiera sido posible sin el amor y acicate de mi hermana Noemí Sanz Gómez (caballito de mar babilónico, abrigo de panel de oro, radiante y rugiente rescate de mis penas, alondra galopando los llanos del aire) y el apoyo de mi amigo, prematuramente fallecido, Mauricio Basullas Romero (único ser en el planeta que conocía mis secretos más sorprendentes y non sanctos, y amistad que duró casi veinte años y casi sin mengua alguna ni altibajos)
También en su origen se encuentra el impulso grácil del grupo (que me quita soledad y encima además me da muy agradable compañía) en torno al bar y Asociación cultural “El cercano”. No los cito a todos para no cometer la impertinencia de olvidar a alguno. Pero debo –nobleza obliga- citar a tres de ellos: Moncho Conde Corbal (alma mater de “El cercano”) y mis maestros Santiago Lamas y el Dr. Vicente Gracia (Sapientia aedificavit sibi domvm)
Aunque a veces defendí apasionadamente la soledad, haciendo de la necesidad virtud, ronronea el diablillo de la contradicción en mí. Por lo que no puedo menos que citar a la Ilíada y la Ética a Nicómaco. Sentencias y sabidurías de la amistad dirigidas a mis amigos:
En la guerra de Troya, Diomedes, el guerrero indomable y valeroso, se adentra en territorio enemigo, y le hace decir entonces Homero “Cuando van dos juntos, uno se anticipa a otro en advertir lo que le conviene; cuando se está solo, aunque se piense, la inteligencia es más tarda y la resolución más difícil”
Y Aristóteles nos recuerda “¿Qué es pues la amistad? Es lo más necesario para la vida, porque sin amigos nadie querría vivir, aunque poseyera todos los demás bienes; es además algo hermoso y loable; en su forma perfecta cuando no se limita a perseguir egoístamente lo útil o lo agradable, consiste en querer y procurar el bien del amigo por el amigo mismo”
Probablemente, debido a mi pésima salud, éste sea el último libro que publique. Lego al olvido los poemas incluidos en este libro y el anterior, Diario de un esquizofrénico, Y ÚNICAMENTE ESOS POEMAS. Lego al fatal y rígido olvido las prosas incluidas en ambos Y SOLO ESAS PROSAS. Me hubiera gustado tener tiempo para pulir, sutilizar y escamondar. Pero apremia el caliginoso destino. Hechas las sumas y restas, no lo pasé nada mal en este mundo. Duc in altum (“Dirígete a lo profundo”, “Rema mar adentro”). Gracias. De corazón. Gracias de verdad y de corazón a todos ustedes. Et tamen stellae, “Y sin embargo hay estrellas”.
