
Sobre el murmullo de la aldea dibujo el silencio. Todos los que sabemos callarnos o estamos mucho tiempo callados, llegamos a ser hijos de los dioses, pues callándote nace la conciencia de tu origen trascendente o semi-divino. Los charlatanes nunca serán más que (y solo) hombres. Pero, ¿Cuántos saben callarse? ¿Cuántos disciernen lo que significa callarse?
Añoro una sociedad con menos palabras, y hago mía la desdeñosa exclamación de Shakespeare: «Words, words, words!» ¡Qué compulsiva inclinación a hablar y al ruido nos rodea!. Anuncios, altavoces, teléfonos, automóviles, televisores, discotecas; facundia estridente de chirridos.
Aludía al silencio el gran poeta sueco Gunnar Ekelöf (traducción mía -bastante libre- a partir del inglés):
Es el silencio lo que debes escuchar,
el silencio oculto tras los apóstrofes, tras las alusiones,
el silencio de la retórica
y el perfecto silencio del poema.
Todo lo que yo, con supuesto arte, intento escribir,
es, por contraste, algo carente de arte,
de un relleno palabrero y vacío.
Lo que yo deseo escribir
se escapa entre los versos.
***
Cincelo mi mente como la medianoche borra una imagen de colores pálidos pintada en un camafeo. Se adormece como lenta plata el cielo opaco. Mis palabras aletean como un pez afuera del río. Vivo dentro de la noche natural y no urbana con las mismas estrellas inmutables que vieron un héroe de poema homérico o un astrónomo caldeo. El candor de seda azul de la Luna encanta mi sangre. Mi mente, aquí en la aldea, es un tapizado de pagodas chinas. Soledades de roquedas y penedos y herbal áspero.
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En dos días me leí «El desarrollo de la lógica» del matrimonio Kneale. A la vez hojeaba «Historia de la lógica formal» de I.M. Bochenski. La matemática es una majestad de pieles y perlas en la luz de carrusel de los Campos Elíseos. La matemática es una caserna fortificada de oro luminoso.
Soy feliz.
