Diario del silencio 11

El envanecimiento lujurioso es debilidad tan insensata como irracional. Pero cuando evalúo mi prosa no puedo dejar de compararla con un gran ventanal veneciano con realces jónicos y un tímpano arqueado con antemios. O con un magnolio «delavayi» creciendo a lo largo de las páginas. O con una biblioteca atestada de editio princeps donde conforta el elegante y sutil olor a viejo.

En mis libros charlo sobre mi vida mental tal comiera «pain au chocolat» en porcelana de Sèvres. Mis libros son chorros de luz cenital en una franja de aire que escarba el mediodía. Son aguas carolingias goteando en la piel de terciopelo brillante de un pimiento que comeré después con trufas blancas y codorniz. No puedo evitarlo: mi escritura es fácilmente magnífica.

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Toda la mañana leyendo a clásicos latinos. Pongo la radio. Fútbol. Periodistas con un cerebro líquido y calloso como gárgaras mucosas apaleando la sintaxis y mineralizando las cantidades espirituales.

El fútbol es popular porque la estupidez es popular.

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