Diario del silencio 15

El ejército del pueblo romano («exercitus populi Romani») se dedicaba al amor, al vino, a poner altos precios a las estatuas, tablas pintadas y vasos cincelados, a robarlos privada y públicamente. Robo, iniquidad y saqueo en aquella y nuestra decadencia.

Se considera asimismo que los tiempos decadentes están afectados por un lenguaje falso, tal como lo describen los textos de Teognis, Hesíodo o Platón. Quizá el mejor ejemplo de esta inversión del lenguaje, que expresa una perversión de los valores sociales, lo constituya la descripción que hace Tucídides de la crisis de Corcira:

«Y las acostumbradas relaciones de las palabras con las cosas cambiaron según lo que cada uno tenía por justo. El atrevimiento desenfrenado fue considerado valentía amistosa hacia los del propio partido, las dudas del prudente, cobardía disimulada, la mesura, excusa del cobarde, y el juzgar inteligentemente sobre cada cosa, incapacidad para emprender cualquiera de ellas: y se consideró a la vehemente temeridad como propia de la naturaleza del hombre, y la circunspección al deliberar fue aceptada como un bien armado pretexto para evitar la acción. Y el violento fue visto como confiable, y el que se le oponía como sospechoso» (Th., 3.82.4-5)28

¿Por qué la catástrofe, la invasión de los bárbaros, se abate sobre España?

Otro excelente ejemplo de fusión de discurso clásico sobre la decadencia y elementos apocalípticos, es la epístola de san Cipriano en respuesta a Demetriano, procónsul de África, quien acusaba a los cristianos de ser los causantes de las catástrofes del siglo iii: «Dixisti per nos fieri et quod nobis debeant imputari omnia ista quibus nunc mundus quatitur et urgetur quod dii vestri a nobis non colantur. Qua in parte, quia
ignarus divinae cognitionis et veritatis alienus es, illud primo in loco scire debes, senuisse jam mundum, non illis viribus stare quibus prius steterat, nec vigore et robore eo valere quo antea praevalebat. Hoc etiam, nobis tacentibus et nulla de Scripturis sanctis praedicationibusque divinis documenta promentibus, mundus ipse jam loquitur et occasum sui rerum labentium probatione testatur. Non hyeme nutriendis seminibus tanta
imbrium copia est, non frugibus aestate torrendis solis tanta flagrantia est, nec sic vernante temperie sata laeta sunt, nec adeo arboreis foetibus autumna foecunda sunt. Minus de effossis et fatigatis montibus eruuntur marmorum erustae, minus argenti et auri opes suggerunt exhausta jam metalla, et pauperes venae breviantur in dies singulos et decrescunt, deficit in arvis agricola, in mari nauta, miles in castris, innocentia in foro, justitia in judicio, in amicitiis concordia, in artibus peritia, in moribus disciplina. […] Sic sol in ocassu suo radios minus claro et igneo splendore jaculatur; sic, declinante
iam cursu, exoletis cornibus luna tenuatur, et arbor quae fuerat ante viridis et fertilis, arescentibus ramis fit postmodum sterili senectute deformis; et fons qui, exundantibus prius venis, largiter profluebat, senectute deficiens, vix modico sudore distillat. Haec sententia mundo data est, haec Dei lex est, ut omnia orta occidant et aucta senescant, et infermentur fortia, et magna minuantur, et cum infirmata et diminuta fuerint, finiantur (Cypriano Carthaginense, Liber ad Demetrianum III [Migne PL, vol. 4, 546A-547A]),

“Dijiste que a causa nuestra suceden y que se nos deben imputar todas estas [desgracias] que ahora golpean y asolan al mundo, puesto que nosotros no honramos a vuestros
dioses. En relación a lo cual, puesto que ignoras la divina cognición y eres ajeno a la verdad, en primer lugar debes saber esto, que ya ha envejecido el mundo, que no se mantiene con aquellas fuerzas con las cuales antes se mantenía, y que tampoco resiste con la fuerza y el vigor con los que antes se sostenía. Esto, aunque nosotros nos calláramos, y no refiriéramos ninguna de las pruebas de las Santas Escrituras y de las divinas predicaciones, el mundo mismo ya lo dice y atestigua su propio ocaso, dando como prueba la declinación de [todas] las cosas. En el invierno [ya] no hay tanta cantidad de lluvias para nutrir a las semillas; en el verano el sol no tiene tanto calor para calentar las mieses, y tampoco en la estación primaveral los cultivos están fértiles, ni los frutos otoñales de los árboles son tan fecundos. De los exhaustos y fatigados montes se extraen menos piezas de mármol, los metales extenuados indican menos riqueza de oro y plata, y las venas empobrecidas se hacen más pequeñas cada día y decrecen, falla en los campos el labrador, en el mar el navegante, el soldado en el campamento, la inocencia en el foro, la justicia en el juicio, la concordia en la amistad, la pericia en las artes, el orden en las costumbres […] Así el sol en su ocaso lanza rayos con esplendor menos ígneo y claro; así, cuando declina ya su curso, envejecidos [sus] cuernos, se atenúa la luna, y el árbol que antes fuera verde y fértil, se hace luego, resecas sus ramas, deforme a causa de la estéril vejez; y la fuente que, rebosante antes su cauce, con abundancia fluía, desfalleciendo a causa de la vejez, destila apenas un módico chorro. Esta es la sentencia dada al mundo, esta esta es la ley de Dios, que todas las cosas nacidas perezcan y que las que hayan crecido envejezcan, y que se debiliten las fuertes y las grandes se empequeñezcan, y que cuando se hagan débiles y diminutas, lleguen a su fin”.

Llegamos al fin; las bibliotecas no fascinan; las nubes obscurecieron de pronto el mundo; el polvo nos ciega; huracanes atraviesan y devastan la llanura; profundas y corrompidas almas de rubias tontas en los bares; Welles y Truffaut murieron cuando más los necesitábamos; chasquido de olas en las esquinas heladas; tigres enfermos de gonorrea; manchas de quemadura de cigarrillos en la colcha. No existen seres extraordinarios. El sinsentido de las Ruinas de la Civilización. ¿Qué hice yo para estar en el centro de semejante LOCURA?


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