
Los filósofos lo consideran falso, los legisladores inútil e ilegal, los poetas feo y degradado, los científicos supersticioso e inexacto. Los más zafios de la humanidad no temen condenar en los demás la misma zafiedad que ellos mismos exhiben. La telebasura es rentable, la inteligencia es cara y se desprecia.
Al historiador del futuro se le impone un deber más que melancólico; deberá descubrir la inevitable mezcla de error y corrupción que contrajimos durante nuestra época, entre seres débiles y degenerados. Lo kitsch y el embauco se disfrazan de creatividad. Rebosan los entierros en fosas comunes. ¿Dónde encontraremos, en el personaje de nuestro siglo, la imponente superioridad de alma de un Chopin? ¿Algún mártir será cubierto por la “dalmática”? ¿Alguien sumará el amor al placer, la sed al conocimiento, la vida a la libertad?
El declive de los modales, la búsqueda cínica y sin vergüenza de la ventaja personal y del dinero firman el ahora. Las Letras, que ya no están apegadas a lo «sublime», sino más bien a la «eficacia» inmediata, al marketing, al entretenimiento absurdo, se encaminan hacia un ocaso quizá definitivo, hacia una caída en desgracia sin regreso a su viejo esplendor.
“It will take a long time, and certainly the West will remain the dominant civilization well into the next century, but the decline is occurring”, Samuel P. Huntington. Si tengo que bajar a esta civilización por una escalera, rechazaré la invitación. Callar. Frente a la falta de gracia de expresión del periodismo como una agranulocitosis, frente al toma y daca oral de mis congéneres como moscas cayendo en la taza de café.
Sí, la confianza disminuye, la gente se odia, nadie respeta al otro. Todo se desmorona. Pero la decadencia y caída de la civilización apenas es notada por la abrumadora mayoría de los ciudadanos.
