Diario del silencio 28

De repente surge el reguetón. Tembloteo, cacareo, carcajeo, como un pájaro picamadero saltando de manicomio en manicomio. Orates bailando al son de esa música. Trotan, saltan, se estremecen, se estremecen, se ponen nariz de payaso, picotean en la basura, bizquean, se burlan de la Grandeza, del elemental decoro, del mínimo saber hacer.

El ritmo se encabrita, cocea, se quiebra. Una barahúnda de descerebrados lo celebra drogado. Qué injuria; qué insulto; qué desprecio. Los jóvenes, que nada construyen, todo lo destruyen. Vuelven añicos la visión clásica, atomizan lo sensible y entero.

Que gire el jaleo y el trompeteo. Id a los conciertos de Daddy Yankee. Yo miraré la mirada de Henry James en el Retrato que le hizo J. E. Blanche (Galería Nacional de Retratos, Washington) y escucharé “El Mesías” de Händel dirigido por Gardiner.

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Cae eternamente una noche sin luz. Al despertar El Planeta, una mañana, tras un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un monstruoso insecto. Criptas sin estrellas.

Empalideciendo me dijo El Poeta: “Descendamos ahora al mundo de las tinieblas; yo marcharé delante de ti, tú me seguirás”. Y yo, que había observado su palidez, repuse: “¿Cómo podré seguirte si tú, que me alientas y confortas, te muestras ahora tan sobrecogido?”. A lo que él contestó: “No es temor lo que mi rostro refleja, sino inmensa piedad hacia los desdichados que gimen en este abismo terrible”, Dante.

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