
LA HORDA
Se instala una opinión dominante y dogmática, una doxa, y así la gente que piensa las cosas un poco más hondo, o de distinta manera, que pone entre paréntesis una afirmación de ese orbe o cuerpo opinativo acríticamente cristalizado, para examinarla con cierta atención, para intentar ver su haz y envés, esos que para mí, por ello, ya se convierten en intelectuales, esa gente no tiene nada que hacer ni pinta nada.
Es el punto culminante de la crisis de las humanidades, la barbarie como modo de ser y existir: el hecho de que nunca haya verdadero diálogo alto, racional, ni ciencia –ni su influencia- ; que las opiniones maduradas no sirvan, por fundamentadas que estén; que la falacia triunfe sobre la lógica, la sofistería sobre el argumento, la ignorancia sobre el saber, el gesto sobre la idea, el histrionismo frente a la moderación, el canon vulgar frente a la desviación selecta, la chabacanería frente a la elegancia. Se desacredita el saber, se insulta también, defenestrándola, la idea de dignidad, de “dignitas” humana. Los bárbaros –un ejército cada vez más numeroso- o son malvados (desalmados) o no saben ya que son bárbaros.
Los jóvenes (y no solo ellos) están cada vez más cosificados; llevan en el bolsillo el telefonino que los está transformando, a ellos mismos –y no solo a ellos- en aquellos hombres-máquina de los que hablaba La Mettrie… en el siglo XVIII. Sus modelos no son los héroes de Plutarco sino influencers mamarrachos y vacíos, deportistas analfabetos, música asilvestrada. Si existe un evangelismo teocrático e idolátrico respecto al cuerpo atlético, si se afirma –flotando en la palpitación inculta y anti-ilustrada de los tiempos- que uno con su desidia y dejadez está gordo, y solo y exclusivamente por esa razón, no sorprende el estigma a los gordos. Y sustitúyase la palabra “gordo” por “muy inteligente” o “muy poco inteligente”, “gigante” o “enano”, “pobre”, “judío”, “homosexual”, “feo”, etcétera. Se da el mismo mecanismo social de exclusión y repulsa.
Lo diré de otro modo: los medios de comunicación, las redes, la opinión pública fantasmagórica que se ha generado, aquí y en todo el mundo occidental, ha hecho que no importe nada la soberanía intelectual que debe poseer todo ciudadano en cualquier democracia. Y sin esta soberanía individual, sin esa mayoría de edad de la razón, sin esa libertad de pensamiento, las naciones pueden derivar hacia una tiranía. Concretamente tenemos ahora la tiranía de la brutalidad, la zafiedad y la ignorancia.
Estamos nadando en una logomaquia, en una farfolla o decadencia de las palabras, rodeados de frases hechas, difundidas por los partidos políticos, las redes sociales, rodeados de las conversaciones de los hooligans tabernarios que saltan al escenario social, rodeados de la propaganda publicitaria, la hueca retórica política, la afirmación periodística del statu quo, los lugares comunes de la cultura popular, los axiomas de partido o secta o clase, el flujo interminable de banalidades en Facebook, Instagram o Tik Tok, las reconfortantes mentiras de padres o amigos…en fin, todo conspira, esa doxa conspira contra la episteme. Se minó la posibilidad del disentimiento elaborado y sensato, de una mínima Grandeza, de la opinión humanista e informada.
La estupidez gana cada día más terreno; por eso, los intelectuales o aquellos que simplemente aman la sabiduría y la inteligencia, los meros intelectuales en el sentido que estipulé al principio, o sea, alguien que se eleva a 1 sobre 0, no 10 ni 100 sobre 0, no pueden hacer otra cosa que quedarse en casa horacianamente leyendo y estudiando, o amurallando su alma ante la insensibilidad moral general, la falta de delicadeza del gusto, de la mente o de la opinión y la cultura (cultura que no es cultura), y, así, solitarios y apesadumbrados, retirarse en sus cabañas evitando la invasión de la horda.
Soy muy pesimista.
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Vivimos en un Chiquipark cultural, en una apocalipsis educativa, en un yermo intelectual pavoroso, en un Parque Temático de Bajura. Esta era es parecida al fin del imperio romano, al siglo XVII español; una metamorfosis de la cultura hacia lo peor. Jonathan Sacks, pensador judío: «Ibn Jaldun, Giambattista Vico, Stuart Mill, Bertrand Russell, Will Durant… Todos han mantenido lo mismo: que las civilizaciones comienzan a morir cuando pierden la pasión moral que les dio forma. Ocurrió en Grecia y Roma, y le puede ocurrir a Occidente. Los signos son: caída de la tasa de natalidad, decadencia moral, mayores desigualdades, una pérdida de confianza en las instituciones, autoindulgencia por parte de los ricos, desesperanza por parte de los pobres, minorías no integradas, la incapacidad de hacer sacrificios presentes para poder beneficiar a las futuras generaciones y una pérdida de fe en las creencias antiguas sin que sea reemplazada con un nuevo esquema de valores. Son señales peligrosas, y muchas de ellas están hoy en auge». Como dijo Upton Sinclair: “Nuestras libertadas se ganaron con sufrimiento, y pueden perderse a través de nuestra cobardía”.
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HORACIO, EPODOS, II
Paz a los hombres. Nunca fue fácil el vivir.
Deseo el silencio casto y conventual de la Luna,
y vivir libremente, olvidando los años.
¿Gozar de una gloriosa medianía?
La tentación de alejarse de los pleitos,
y huir, y apartarse, y aspirar a lo mínimo.
¿Desasosiego? ¿Fiebre? Dos ejércitos sin alma.
Levántate pronto, desayuna un dedo de vodka
con limonada, toma unas tostadas
con aceite, ajo y sal, pasea por los bosques
con tu perra, y dedica el resto del día
a traducir a Pessoa, a contemplar la poblada
galería de tus recuerdos…
Y cómo agrada entonces que tanto guste
lo que los sabios crearon para que te gustase,
cómo agrada el recto rímel de las estatuas,
el tempo lento y amoroso del piano,
bogar por islas donde ella braceó desnuda,
la tibieza de las flores, el crepúsculo sobre el río,
el cortejo de nubes naranjas al ocaso,
el campo cultivado con amarillos serenos.
Y cómo acolcha la noche con su libro,
o la cumplida modestia de una sencilla idea.
De la confusa selva del pensamiento contemporáneo
apártate, del mundo mendaz retírate en biblioteca.
Ajeno al mundo, aplasta su hosca desmesura.
Pide la altura de quedarte al margen:
la carne es impura, el espíritu enemigo.
Lee –saboreándolos– a Suetonio y Polibio,
paladea la rica prosa de Tácito, escucha al sutil
animal perfumado de la noche, evita los tenebrosos
hoplitas pletóricos de lucha…
Graba pues en tu memoria estas palabras,
señales y símbolos que rigen tu destino:
Feliz aquel que de pleitos retirado.
