
«Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.» (Mt 2, 11)
[Supongo que es inevitable la mitología. La superstición emocional en lugar de la lógica racional es un necesario cuento humano, demasiado humano].
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Yo regalé a Marta C. (gran y único amor de mi vida), en unos reyes del 92, cuando estábamos ambos en la Facultad, la colección completa de los clásicos greco-latinos y paleocristianos de la «Fundació Bernat Metge». Me llenó de tartas y de besos, que diría el poeta. La melancolía es un burdo pasatiempo. Pero mi soledad ahora solo está poblada de recuerdos. Felices reyes, queridos.
POEMA A M. A PARTIR DE RETAZOS DE «MUSEO DE CERA».
No hay luz en las páginas amadas.
Falstaff muere.
Calles de invierno y bares lúgubres,
labios que se buscan en la sombra,
y no son los nuestros.
La voz de la Locura.
La voz de la Soledad.
Rotos los huevos
tan solo salen
pájaros oxidados e innobles.
Contemplo Barcelona extenderse
como polvo de plata suspendido
en la noche helada que camina.
El mundo (la vida) es una selva de fiebre,
un erizo anguloso,
insoportable playa si no estás conmigo.
Morir en París,
vivir en Atenas,
en un pequeño restaurante,
cerca de la plaza Monastiraki
protegido por tus senos.
Recuerdos, solo recuerdos,
recuerdos y raíles y bisontes.
El Amor, el Tritón Fabuloso,
abandonó fuertes y fronteras.

