
Delibes tiene sabor a perdices escabechadas. Cela es un sofrito y nada más. Pizarnik, una empanada fría y un poco húmeda. Kafka tiene un poco de col fermentada y otro poco de conejo estofado. Pla huele a sardinas a la brasa, pero sabe a alubias. Rosalía de Castro no tiene casi sabor, pero es un plato con restos de comida. Unamuno tiene el olor de la leña con la que Baroja se calienta una sopa… Pero lo peor, la sinestesia más dolorosa, son las parrillas que veo en las décimas de Hernández, del Martín Fierro. En lugar de estrofas veo parrillas y carne suculenta. Vacíos, entrañitas, colitas de cuadril, mollejas y tiras de asado.
Cuando leo a Quevedo puedo degustar, al mismo tiempo, unos arenques ahumados. No puedo leer a Santa Teresa, por ejemplo, sin imaginar al mismo tiempo unos tocinillos de cielo. Cada verso es un tocinillo, de hecho, que toma relieve en las hojas y que casi puedo tocar con los dedos. Houellebecq sabe a torrezno, Sylvia Plath a tostadas con mantequilla y mermelada de arándanos. Vila Matas con la calçotada. Onetti con la parrillada de carne. Piglia con la empanada argentina. Foster Wallace con los burritos picantes. Robert Walser con la menestra de verduras. Leopoldo Panero con el cocido madrileño. A Bukowski prefiero dejarlo para la hora de las copas.
Nabokov es como un magret de pato al roquefort, Shakespeare como un crujiente de tapioca con tartar de cigala, Azorín igual a una alcachofa confitada con jugo de ibérico, Cunqueiro tiene textura de «arròs a banda», Horacio sabe a gazpacho de espárragos verdes de Jean-François Rouquette. Y, mi prosa, ¿es como un sinfonier clásico o un sillón pan de oro, como fresones con crema de almendra, como un erguido flan con nata? El público y la ciencia responde: Fabada Litoral.
Pondal me sabe a tarta de manzana templada con cucharada de helado de vainilla. Cortázar sabe y huele a ratatouille y tabaco de pipa. Rosalía -rectifico, no es insípida- sabe a broa, a pan de maíz. Con Pérez Reverte supongo que te imaginarás pegando bocados a un muslo de pollo crudo mientras sueltas un mandoble a algún malandrín. Bernardo Atxaga lo asocio con el cobarde bacalao a la vizcaína. Y muchísimos escritores (vano mencionarlos) saben a churros de gasolinera y rosquillas resecas, a conserva de callos grasientos y escabeche avinagrado, a leche agria pasada y a yogur verduzco, caducado.
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Se han inventado manjares con tales atractivos que hacen brotar de nuevo sin interrupción el apetito; siendo al mismo tiempo tan ligeros, que lisonjean el paladar sin que apenas recarguen el estómago. Séneca hubiera dicho: «Nubes esculentas», nubes comestibles.
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A menudo hubiera querido yo (soñar es algo libre y omnívoro) participar en la comida frugal que Horacio destinaba -imagino- para convidar a un vecino o para el huésped que el mal tiempo hubiese obligado a buscar abrigo en su casa.
Dicha comida se compondría -permítanme fantasear- de un buen pollo, de cabrito (sin duda muy gordo) y de postres, uvas, higos y nueces. Añadiendo a eso vino cosechado bajo el consulado de Manlio («nata mecum consule Manlio»), y la conversación con aquel poeta voluptuoso, me figuro -y sueño con ella- fluiría atinada e invenciblemente, deliciosa e irrefutablemente. Hubiera sido una de las mejores y más memorables de mi vida.
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Sí, me imagino dialogando en banquetes o simposiums con mis escritores favoritos. Con Platón y Sócrates, con Montaigne y Hume, con Flaubert y Nabokov. Unas cervezas con espesa sopa de pollo, con tiernas almendras molidas, y fusión de verduras invernales. Unos queridos tagliatelle con champiñones, hinojo, anchoas, tomate y salsa de vermut.
Adorado rape braseado con cebollas, alcaparras y aceitunas verdes.
Estoy inclinado a creer que la aplicación de comidas tan suculentas en compañía de palabras tan inteligentes de mis interlocutores sobre sobre mi mente seca y enjuta, causaría el sentimiento más delicioso que puede experimentarse.
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La cebolla es diferente.
De vísceras, es carencia.
Es cebolla hasta la médula,
a la cebollil potencia.
[…]
Pero en la cebolla hay sólo cebolla,
ni intestinos hay ni hiel.
Múltiples veces desnuda,
nunca jamás diferente.
Es un ente coherente,
es una obra maestra.
Una y luego otra dentro,
grande a pequeña abarca,
y pequeña es la grande de otra,
que será tercera o cuarta.
Una fuga hacia el centro.
Eco de batuta diestra.
La cebolla tiene esencia.
Su vientre es una bealdad,
que sólo nimbos reviste,
y es su mayor cualidad.
[…]
W. Szymborska, «La cebolla».
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En la noche del júbilo o en la jornada adversa
exalta la alegría o mitiga el espanto
y el ditirambo nuevo que este día le canto
otrora lo cantaron el árabe y el persa.
Vino, enséñame el arte de ver mi propia historia
como si ésta ya fuera ceniza en la memoria.
J.L. Borges
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At mihi cum longum post tempus venerat hospes
Sive operum vacuo, longum conviva per imbrem
Vicinus, bene erat, non piscibus urbepetitis,
Sed Pullo atque hoedo, tum pensilis uva seundas
Et nux ornabat mensas, cum duplice ficu.
HORACIO
