Libro dos desabafos 12

Varios lectores de mi anterior libro se me han quejado (no amargamente) de que era un libro «difícil», que exigía paladearlo poco a poco. Mi mente no es modesta y pido a un lector vigoroso. Mis estratagemas y giros no imitan los del sabio de taberna. Si te asomas a través de la hendidura de mis frases, no ves la realidad vulgar, sino un decorado donde la realidad vuelve a sus antiguas necesidades de esplendor, grandeza de ideas y don de discernimiento. Yo no escribo para dependientas del Zara, pero soy tontamente accesible. Soy accesible SI el lector ha pensado previamente por él mismo pensamientos que se expresan en el libro o pensamientos parecidos, SI su sensibilidad ha sentido sentimientos análogos o similares.

También cierta dificultad puede provenir o tiene su origen en que redondeo la falsa sinceridad de mis frases previo paso por un balbuceo o traba al hablar. Los herreros y dependientas de Zara no se traban al hablar, los «dons» de Oxford sí. Mi linaje es oxoniense, no tabernario. Traslado las filigranas de la conversación a mis libros, no las meras conversaciones. Mis palabras sangran, son vasculares y vivas, pero sangran letras y referentes de la cultura occidental. Cortadlas y no tendréis una morcilla de pueblo, sino repostería fina.

Detesto utilizar mis artificios para poner a los hombres en contra de su naturaleza. Tengo una inteligencia superdotada y una sensibilidad de rey decadente; para gente de esa naturaleza hablo. Y son pocos, cada vez más pocos. Mi destino es el olvido post-mortem (como a casi todos), pero TAMBIÉN el olvido pre-mortem. Estoy demasiado elaborado para estos tiempos cuya mayor complejidad es el mecanismo del yo-yó.

No importa. Todo es aire y fuego consumiéndose. De nada, no importa.

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