Libro dos desabafos 15

Lluvia y frío. La medicación me deja muy cansado, como temporal ensuciando de mugre a un barco. Me noto en una cueva de murciélago incapaz de habitar habitaciones iluminadas. Echo un vistazo al escrupuloso salón de mi comedor. Soledad y silencio. Tantísimo echo en falta a mamá. Glacial mañana estéril; la vida es sin para qué.

Leo: “De petit, Beckford vivía a Fonthill, que tenia un dels salons més amplis de tot el reialme, ple de ressons vasts i fondos i de corredors que feien giragonses. De gran, Beckford, recloent-s´hi, tornà a inventar-se Fonthill: bastí jardins, moblà els salons amb tapissos, amb sedes i amb búcars, féu festes per a l´almirall Nelson i la segona lady Hamilton. Beckford és Vathek. Beckford és un califa al casal de Fonthill, en un Orient de teatre. El món com a escenografía”.

Me gusta esta copa azul de fraseología oceánica. Esta hojarasca de volutas verdes. En mi último libro, «Pertinencias e impertinencias», reproduzco un tono musical casi de cena con madame Récamier. Pretendo efectos rítmicos «ondoyants». Nos invade un tono periodístico rapero y bajo; yo –y seguramente equivoqué el propósito- voy a la busca de ritmos saltarines, de tonadas secretas como nubes blancas y quietas, un aleteo o un diorama o una lluvia de imperceptible aire azulado en el lenguaje. Escribir con pluma de ganso y un tintero de cuerno melodías de chelo, oyéndose al paso el rasgar del papel. Si acercaras el oído a mi libro, sueño con que oirías una sucesión de copas de champán en las manos de una sucesión de lascivas mujeres hermosísimas tomando el aire de la noche en un balcón curvado de casa victoriana.

En mi covacha miserable ahora huele a tabaco, a ginebra barata, a condenación y a melancolía. No soporto el espejo que devuelve mi figura. La inquietud y el desasosiego del ocio malsano. La locura alrededor. Los días extremadamente oscuros y fríos. Estar lejos de París, o de Barcelona, o Italia, o Londres, de la calima hirviendo. La soledad, ¿me salió rana?; a veces (algunas veces) «c´est une fôret de Bondy» (malfamado por estar repleto de malhechores) Pero en soledad pensamos sobre las cosas (y en las palabras) mientras que en mitad del mundo nos vemos obligados a pensar en los hombres. Y, lo prueba la experiencia, lo primero es más satisfactorio que lo segundo. En la mayoría de nuestra pasable soledad, sin embargo, solo hay una mera cháchara que no aburre. En la mayoría de los libros -también- los pensamientos son tan fácilmente concebidos como rápidamente olvidados. De mi libro desearía ante todo que quedara una música: ese sueño supremo de invierno veneciano, una elegía de Tibulo levemente decorativa y afiebrada, el nutrir al crepúsculo con luz zodiacal de cine.

No sabría expresarlo de otra manera. Estoy triste, cansado, y escribo mal. El lenguaje como alegre escenografía musical, la vida como triste decorado o teatro vacío. Señorea cerca la muerte. Me dirijo, a paso raudo, hacia Antioquía.

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