
El lenguaje de los políticos es una ficción de opiniones baratas en boca de maniquíes iguales. Vociferan atropelladamente convirtiendo la civilización en una arteriosclerosis absoluta. Voces en un coro de parásitos mezquinos, bestiales, corruptos, codiciosos e ignorantes. Se meten en atolladeros y embotellamientos con sus lenguas de trapo. Y hablar es pensar y pensar es hablar.
Las lenguas no son exactas ni tienen eficacia analítica por hablar de muchas cosas con gran confusión, sino por hacerlo con claridad, aunque sea de pocas cosas. “El lenguaje es el órgano que forma la idea. La actividad intelectual, por entero interior y que en cierto modo pasa sin dejar huella, se vuelve exterior en el discurso gracias al sonido, y con ello perceptible a los sentidos. Por eso actividad intelectual y lenguaje son uno e indivisibles”, Humboldt.
El ser humano es imitativo y, dada la presencia universal del discurso político en los medios, temo que, por desprendimiento y capilaridad, infecte al habla común. Por eso los ojos -antenas del pensamiento- de demasiados españoles parecen discos vacíos, por eso de sus laringes casi solo salen ruiditos trillados.
El lenguaje es el espejo del entendimiento. Nada más hermoso que la lívida desnudez de un argumento poderoso, de una idea brillante, de la precisión oportuna y ajustada, del hábito de la inalterable elegancia.
Busquemos palabras sensatas y bien inspiradas que no vacilen como una amarilla llama de gas; palabras de esmalte de Limoges, palabras –frente a lo liso tonto o lo elemental vacío y vulgar- que sean a la verdad lo que un medallón de ágata a la belleza.
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Contemplar la unidad del pensamiento y su acendrada dimensión estética. A veces el carácter demasiado deliberado del lenguaje, el que llame demasiado la atención sobre sí mismo, puede impedir la emoción o idea genuina, e incluso el simple decir algo. Hay tanteos de camuflaje bonitos, y tanteos adustos y sin gracia. El del político, y algunos ciudadanos, es el tanteo cero de la escritura. Quisiera acabar esta nota con un maestro, Josep Pla. Un cáustico o corrosivo frente al país de la mediocridad.
“Por la noche caen cuatro gotas y la tramontana persiste con una irrupción glacial. Siento en los huesos la frialdad de los años pasados, recuerdo los inacabables inviernos de cuando era pequeño –el viento que silba, el cielo muy azul, el ruido de la arena en los cristales, la boca seca, la nariz tapada, los trompazos del viento en la espalda y en la mejilla, la tensión nerviosa, el viento pasando por debajo de las puertas, por las insospechadas rendijas de balcones y ventanas. Es un viento que agujerea los obstáculos. Cuando se produce, una de las casas más inconfortables de la población, entre muchas otras, es ésta donde vivimos. Las habitaciones que dan al jardín, encaradas al norte, son glaciales. Embaldosadas de mosaico, hacen el efecto de tener una barra de hielo en la suela de los zapatos. Las chimeneas dan humo, están mal construidas. Sólo se está bien en la cama –a condición de no sacar los brazos y de no tener ninguna veleidad de leer. Sacar la nariz o los brazos del embozo quiere decir quedarte helado. La impresionante manía de mi madre de hacer “sábado”, prácticamente cada día, de fregar el suelo, aumenta la frialdad hasta un grado insoportable. Es como vivir en la calle. Es la educación espartana”.
El Verbo fue al principio
