Libro dos desabafos 23

Empecé -oh tempora- en mi adolescencia a escribir con pluma estilográfica en cuartillas holandesas, unas cartulinas de oficina muy chulas y prácticas. Sentía el rasgar al escribir, la sensibilidad en los dedos, me enfadaban los borrones de tinta, y me complacía reescribir dejándolo todo lleno de tachaduras, subrayados, flechitas y enmiendas.

Los poemas eran desahogos sentimentales de solitario a imitación -mala- de lo que iba leyendo. No conservo nada de esa época; lo quemé en una crisis lipemaniaca. Ahora ya no escribo nada a mano. Y todos mis poemas tienen «truco».

Extraordinariamente sensible a los argumentos lógicos, no sé encontrar un correlato simbólico o metafórico a mis experiencias (mentales o biográficas), así que el poema se convierte en un microensayo espolvoreado aquí y allá de tópicos líricos naturales (la luna, las estrellas, el viento, etc…) No sé pensar como poeta. Y entonces plagio.

No sé traducir mi visión del mundo a una dimensión estética no necesariamente realista o discursiva. Lo intenté, pero no me sale. Acepto estas limitaciones y sigo mi camino.

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La pálida falena de los Papa Borgia de esbelta figura y pose diamantina es superior a la caterva ignara y sin perfumar de los asientos de la extrema izquierda.

Mis papás, señores míos, vendían porcelana. Ellos son platos llanos.

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Militante contra la mediocridad y sequedad de mi época, así como consciente de la mía, decido convertirme en un ávido escuchador de mi imperialismo solipsista, de mi autismo cesáreo, y plagiar el epitafio de Dorothy Parker: «Perdonen por el polvo».

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Escritores como esquiando fuera de pista, os adoro, escritores que aguijonean la rabia del corazón de los filisteos, célibes que se alejan de las perversiones de los parques suburbanos dominicales llenos de familias Profidén, escritores que los críticos tontos se empecinan en declarar que no hacen literatura (¿harán acaso ciruelas, mostaza, pimientos, hinojo?), escritores con trato íntimo con cientos de «everyone who was anyone», escritores con trato íntimo con alpargateros y porqueros, tan lejos de los platós hollywoodienses, escritores lisérgicos, no mediáticos, pelmas, narcisos, neurasténicos, discretos, anfetamínicos, vendedores de marranadas, heterodoxos todos y siempre, os adoro, y os susurro con voz cómplice y hermana los versos duros y heresiarcas de Plath:

«Mujer araña, tramo espejos / en los que me reflejo / y que solo expresan sangre. / ¡Probadla, roja, tintada en negro».

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Los escritores son unos lengudos. Se hechan un pedo y creen que eso cambiará el destino de la especie. Yo nunca seré escritor -bueno- ni escritor (bueno o malo) famoso. Una pena. Hasta de las gripes de X y de la amenorrea de Y ( ¿habla la envidia del resentido fracasado?) me entero por «El País».

Por algo se llama el periódico global.

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El «Elegante», aquel que mi bisabuelo, coronel de la Guardia Civil en Valencia, llamaba «señorito de ciento en boca», «pirraca» y «paquete».

El petimetre, el currutaco, el lechuguino, el «fashionable», a él, ladies and gentlemen, decidle que me envíe su sastre a mi aldea gallega; entre las vacas se ajustará como un guante un frac de pico de pato como el suyo. A la Rubia, a Blanca, a Benita, a Chispa, les puedo así jurar «devouement» y cariño eternos.

Y así, por fin, liberado, inspirado y alado, escribiré estético y nunca alelado:

Christian el pocero notó clase al oler malvasía

o que en su exótica manía

vive su verdadera fantasía:

la de una baguette française de chocha panadería.

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Deberíamos -arduamente cuesta- evitar tutores del alma y la psique, desde los algoritmos hasta aquel conocido eslogan de El Corte Inglés: «Especialistas en ti».

Debieramos o deberíamos ejercitar el propio discernimiento en aquello que más nos concierne. La obediencia o escucha (ob-audire) a libros o personas sapienciales, tan provechosa y útil, nada tiene que ver con la desobediencia o renuncia a nuestra responsabilidad profunda.

Emerson, en un pasaje memorable de «Confía en ti mismo», lo expresa de modo paraigual, y con un eco reverberante, zigzagueante, tan soberbio como pasmoso:

«Nada es sagrado, excepto la integridad de nuestra alma, de nuestras ideas. Recuerdo una respuesta que, muy joven aún, tuve que dar a un consejero eminente que solía importunarme con las viejas doctrinas de la Iglesia. Al decirle: «¿Qué me importa a mí la santidad de esas tradiciones si vivo una vida completamente interior?», me contestó: «Pero esos impulsos pueden venir de abajo y no de arriba». A lo que yo le repliqué: «No me parece que sea así; pero si soy hijo del Diablo, viviré del Diablo». Para mí no hay ley más sagrada que la de mi propia naturaleza».

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