Libro dos desabafos 25

Leo «Intelectuales colectivos». Prosa deplorable de barraca, prosa infectada de bacilos y microbios. También leo al magnificente Emil Ludwig, que compensa a las líneas primeras. Así como hay westerns de ideas o crepusculares, me gusta imaginar mis diarios misceláneos como una novela de espías de ideas. «No vaig massa errat al veure-ho així». Gran desorden interior. Sol de invierno.

Como ciudadano tengo una educación caballerosa versallesca, una moral de cerrado y sacristía, mi máximo placer consiste en gozar de un paisaje solariego y un «arròs a banda» algún sábado, mi conducta asimismo es incapaz de ganarse psicopáticamente una multa de tráfico; en fin, como ciudadano soy profundamente estúpido. Como escritor, todo lo contrario. Mi idioma se elabora en un laboratorio de perfumes rebosantes de verdadera aristocracia. Mi estilo es opuesto al de la kitsch tienda de souvenirs sita en la avenida principal de una ciudad chusca y turística.

A veces tengo el prurito de que en el futuro seré descubierto. No por profesores sino por algunos pocos escritores, los hacederos del canon. Lamento la impúdica confesión soberbia. Pero no puedo no pensarlo, pese a los múltiples elementos de juicio demasiado plausibles que niegan esa afirmación.

Desorden interior, sí. Boquete y sima por la que caigo. Es triste fracasar como escritor cuando, por contraste, adviertes la mediocridad lacerante y falta de talento campanuda de demasiados de los «exitosos». En fin. El bíblico: «Nada nuevo bajo el sol».

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