
Día tranquilo, de metrónomo y tila. Abusé de la Coca-Cola, y ahora creo que padezco una intoxicación de cafeína. Mezclo recuerdos y digo lo contrario de lo que pienso.
[ – Y eso que -dijo- hablaste perfectamente, Agatón. Pero dime aún un detalle: las cosas buenas, ¿no te parece que son también bellas?
– Lo que es a mí, sí.
– Entonces, si Eros está falto de las cosas bellas, y las cosas buenas son bellas, ¿también de las buenas estaría falto?
– Yo -dijo-, Sócrates, a ti no te puedo contradecir: ¡pues que así sea: como tú dices!
– Es que a la verdad no puedes contradecirla, querido Agatón; puesto que a Sócrates, no resulta nada difícil (contradecirle)…
Nota bene: Agatón acaba de proclamar las excelencias de Eros. Sócrates se dispone a hacerle una serie de puntualizaciones para mostrar que ha hablado sin fundamento, pero antes le dice con ironía que habló “perfectamente”, es decir, dando a entender que de hecho no ha sido así. Igualmente, cuando Agatón le reconoce a Sócrates que no hay manera de rebatir sus argumentos, él lo niega con ironía, pues sabe que de hecho es también así, y además provoca sutilmente más convencimiento en su interlocutor. Esta ironía forma parte de la caracterización que Platón compone de Sócrates. La ironía forma parte de la caracterización que Christian compone de Christian ]
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Camino lento por una Florencia remota (guardo un recuerdo de ello nitidísimo), un tumulto de formas y colores fantaseadas en La Biblioteca Mágica. Mi obra es como una lámina oriental, como una mezquita color bermejo sobre un muro de hierro. Meritorio y fecundo, fue y será mi juicio divinizado. Una pestaña negra cubriendo a las páginas reidoras. Venid, compradme la cristalería de Murano. Hay noches de carnaval, gatos de Hume, ornitorrincos de Kant, Valéry llevando crisantemos al Panteón de Voltaire, el Tiempo del Amor Eterno (vedado al vulgo), la holgazana incapacidad para tantear las pruebas que definen la genialidad (también vedadas al vulgo), está escribiendo Gabriel Miró, atento y meditativo, su escrupulosidad, y el mar “color de vino” de Homero; alabad –si os viene a bien- el uso que perora en mi paleta, el ojo en que se espeja la nave en que por un río navego.
Mathew Arnold despreció a Byron. Escribió: “No poseía el bagaje intelectual de un supremo poeta moderno; exceptuando su genio parcial, era un caballero común del siglo XIX, con poca cultura y ninguna idea”. Pound reprendió a Wordsworth: “don’t use such an expression as ‘dim lands of peace’. It dulls the image. It mixes an abstraction with the concrete. It comes from the writer’s not realizing that the natural object is always the adequate symbol. Go in fear of abstractions. Do not retell in mediocre verse what has already been done in good prose”. Y detestó con inquina exorbitante y holgada a Chesterton. Si eso dijeron grandes de grandes, ¿con qué adjetivos me empapelarán los trotacalles mindundis de la futura (o presente) literatura? Para ellos dedico este simplón poema:
A MIS NUNCA APOLOGISTAS
El adversario elocuente auditorio
pasmado en su baño bufonesco
lame el culo a cabrones, en efecto.
Cuidad vuestra prosa de mingitorio,
rapado (raspado el coco)
de vosotros mi afán y delirio,
mierdecillas de best-seller y la UNESCO.
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Paseo por Orense mi profundidad, intuición, disposición natural, talento, agudeza, finura, sentido estético, calor, magia, vivacidad, esa elegancia que me plagió el rey Luis XIV. Nadie me disputa la perfecta ideación de mis libros.
En la historia del progreso literario no hay enfoque más certero y hermoso que el mío. Gracias a haber asimilado el pasado me proyecto hacia el futuro. Mía la GLORIA. Hablo con el Dr. Gracia, con Moncho y Lamas, y la calle Cardenal Quevedo se transfigura en un mérito solar recurrente. Saint-Simon describe Versalles como: “El más triste e ingrato de todos los lugares, […] porque allí todo son arenas movedizas o pantanos […]. [Mansart] se complacía en tiranizar la naturaleza […], lo bello y lo feo estaban cosidos, lo vasto y lo estrangulado». Cambio la fluida penumbra de El Cercano por luz coloreada, a los babuinos políticos en matemáticos expertos en (y es la rama más difícil) Teoría de Números.
España me aburre; básicamente porque nadie se parece a mí. Merezco dedicarme un pasable -no sé- poema.
AUTORRETRATO
Con el exilio, la escritura pasó a ocupar un lugar
cada vez más importante en mi vida. Quizá escriba
un libelo satírico, una mazarinade, como las que hacían
furor en París en tiempos de Madame de Fiesque.
Pero me incita el aire puro y frío, el viento, más fuerte,
las montañas altas y los ríos largos, el vívido relámpago.
Recuerdo a Marta. El vestíbulo bamboleante y rechinante
del tren donde nos acariciábamos, la aguda turbación
de los besos como chiflados jazmines. Plata diaria.
También experimenté ese errante descenso a los
infiernos, y conocí manicomios, y al pueblo
áspero. Doy al mundo mi feliz y culposo estado.
Inteligente, en el mal sentido de la palabra. Volatín
y embeleco es la vida. Y el hombre no es bueno.
Hacia la tumba siguiendo los álamos temblones.
Como lo que rodea a una fotografía poco os he revelado;
guardo celosamente no pocos secretos.
Gorjeé efusiones de luces alternativamente azules y
rojas, onduló así mi mano entre lápices y papeles.
Escritor. Quizá poeta. Quizá sueño entre cosmogonías.
Mudé de opinión, mas no de destino.
