Libro dos desabafos 30

 

“Blas tenía la cabeza pequeñita y muy apepinada y era bisojo y algo dentón, calvoroto y pechihundido, babosillo, pecoso y patiseco. El hombre era un tonto conspicuo, cuidadosamente caracterizado de tonto; bien mirado, como había que mirarle, el Blas era un tonto en su papel, un tonto como Dios manda y no un tonto cualquiera de esos que hace falta un médico para saber que son tontos”, Cela.

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Ésta es la información, éste el proceso

del hombre que ha de ser canonizado,

en quien, si es que vio el mundo algún pecado,

advirtió penitencia por exceso.

Doce años de su suegra estuvo preso,

a mujer y a su sueldo condenado;

vivió bajo el poder de su cuñado,

tuvo un hijo no más, tonto y travieso.

Nunca rico se vio con oro o cobre,

vivió siempre contento, aunque desnudo,

no hay incomodidad que no le sobre.

Moró entre un herrador y un tartamudo,

fue mártir, porque fue casado y pobre,

hizo un milagro, y fue no ser cornudo.

Quevedo

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En las reuniones, mesas redondas, simposiums, conferencias, debates de escritores, fluye una pendencia papanatas, se arma un tiberio de memeces. Mitigan o disimulan sus carencias con desplantes y dotes de actor; en efecto, parieron los montes y nació un ridículo ratón. Abrutados zopencos, bobos desmañados y torpones.

Covarrubias cre que «tonto» procede de la palabra latina «tondus», que significa «vacío», puesto que al tonto se le supone la cabeza hueca y vana. Al latín recurren también aquellos como Francisco Sánchez de las Brozas, El Brocense para los amigos, que ya en el siglo XVI opinaban que proviene de «attonitus», participio de «attonare», compuesto a su vez por «ad tonare», que vendría a significar «quedar pasmado o atontado». Y lo explicaba aludiendo a que el tonto parece estar siempre en estado de asombro o espantado, como si estuviera en mitad de una tamborrada furiosa que ríete tú de la de San Sebastián o la de Calanda. O de «tunditus» («vapuleado», «molido a golpes»), opinan otros, porque con el tonto todos se meten y suele recibir los palos. Incluso al griego nos remiten algunos, como nos recuerda Pancracio Celdrán Gomáriz, recogiendo las teorías que lo hacen venir del vocablo heleno «tonzorizo» y que originó la expresión antigua de «tonto del rizo», si bien también nos recuerda que esta explicación es la menos probable de todas. Pero lo que sí hay son muchos derivados y formas de llamar tonto según las provincias: «atontolinao» y «atontolinau» en Salamanca y Mérida respectivamente; «tontuso» en Toledo; «tontarrilón» en Badajoz o «tontera» en Castilla son solo algunos ejemplos, todos ellos con diferentes matices e intensidades: desde el más simple hasta el más superlativo.

Ignoro si se me tachará de fastidioso y exagerado. Pero engordan la tontería los escritores, con una tontería franca y pelada. Buenos mozos, colorados como un flamenco, pescuezo corto y doble cerviguillo. Ignoran lo que ni el clérigo más zote de la montaña (pero se pavonean de sabihondos) Sablistas, pero vagos, avaros, pero sin dineros. Gritón en el café como un tropel de caballos en estampida. En lo íntimo se creen genios, y lo más que dan es para folleto de oficina de ferrocarril o papel din a4 barato. Esporo no fecundado. Coicos y corcobados. La parpaña de la inteligencia. Perfectos mediocres.

Escritor, parvo de entendederas. Panoli, pipo, melón, pavitonto. Por su parte, en su tratado «Des maladies mentales considérées sous le rapport médical, hygiénique, et médico-légal» (originalmente publicado en 1838), Jean-Étienne Dominique Esquirol no solo incorporó en el lenguaje médico a la imbecilidad o al idiotismo entre las formas de la enajenación mental atribuibles a la impotencia o debilidad de las funciones intelectuales, sino que además distinguió la imbecilidad y la idiotez como especies de degradación de la inteligencia humana. Sus modelos en la investigación fueron los escribidores.

En el libro de Jean Baptiste François «Descuret La Médecine des passions, ou, Les Passions considérées dans leurs rapports avec les maladies, les lois et la religion» (originalmente publicado en 1841), encontramos una sistematización de todo este saber médico-legal sobre las supuestas enfermedades intelectuales, en el cual cada término constituye un grado descendente de la razón hacia el idiotismo pleno y congénito: la imbecilidad («imbécillité» o, en latín, «imbecillitas») corresponde al debilitamiento de las facultades intelectuales de individuos que tuvieron su razón cabal y pueden dar muestras momentáneas de memoria, atención o juicio; la «tontería» («bêtise», «stultitia») consiste en una forma de idiotismo que exhibe tenues fragmentos de inteligencia y capacidad de hablar; la «estupidez» («stupidité», «stupiditas») es la forma de idiotismo que exhibe solo algunas percepciones y sentimiento de las necesidades físicas; por último, el «embrutecimiento» («abrutissement», «amentia») sería el estado más abyecto de la condición humana, en el cual ni siquiera se dan percepciones o sentimiento de necesidades (Descuret, 1857, pp. 147-148). Grados que dedujo de la obserbación avisada de literatos varios.

El tonto cree que es sabio, pero el sabio se sabe tonto (dicho de Shakespeare que cruzó su obra hasta los refranes y giros populares) Menos famoso es esto de Barby d´Aurevilly: «Cuando la vanidad está satisfecha y lo demuestra se convierte en fatuidad».

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La mosca se posó en el dorso de la mano derecha del escritor insigne. La mosca anda unos centímetros y se posa en el tintero (extravagancia del escritor para narrar en la tertulia esto de las plumas y los tinteros). Lo más parecido a una mosca mojada de tinta es un monito charlatán. Medio centímetro más y habría que sacrificarla de un arponazo. O mejor dejarla agonizante sobre la pista barnizada del escritorio, por si resucitaba como Lázaro y se quedaba dorada con el polvillo de la mente del polígrafo. Gracias a la mosca su gloria tenía ahota un espectador zoológico no humano. No cabía en sí de alegría el Premi d´Honor de les LLetres Catalanes.

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«Papamoscas», según la RAE, masculino coloquial de papanatas. Se emborronan papeles, pantallas. Sobramos todos.

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