
La verdad cruda es nuestra irrefutable desintegración. Indiferentes al imperfecto jardín y plantando coles debemos esperar a la muerte, nos advirtió Montaigne. La muerte es el puerto de la vida, y la vejez el barco que entra en el fondeadero.
Shakespeare: “Todo cuanto vive debe morir, cruzando por la vida hacia la eternidad” (Hamlet, II, ii: 72)
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Comamos y bebamos ¿Y de merienda? Algo ligerito: perniles cocidos; capones o pavos asados calientes; empanadas inglesas, pichones y torreznos; pajaritos fritos sobre alfilete frío; cazuelas de pies de puerco con piñones; salpicones de vaca y tocino magro; costradas de limoncillos, huevos mejidos, truchas de escabeche y papín tostado con cañas; y las frutas conforme el tiempo que haga en la merienda.
Y el estudiante nos recuerda la cancioncilla:
Y si esta razón no encarna
dicen autores bastantes
que el hambre de estudiantes
es más vieja que la sarna.
