Libro dos desabafos 38

Noche de lluvia y locura (llevo tres horas escuchando voces) Quiero anotar el hecho de que no solo no le tengo miedo a la muerte, sino que esa idea me es más bien halagüeña. El detalle de la vida, la vida de la vida, es algo a menudo para mí insoportable.

Leo a Guillermo Carnero. Dudo que eso sea el genio. Las sacudidas de placer que me produce son muy ocasionales; observo una cantidad enorme de “fatras” y un brillo sin carne estremecida, de papelería. Es un poeta demasiado puesto al sol, de arena y serrín. Álvarez o Villena se me presentan como cielos albaricoques con llamas de fuego, y luego un regusto o memoria en el paladar de un color rosa encendido. Carnero pone sobre cada cosa un río plastificado de lentejuelas. Sus gorriones pían como gallinas.

El poder de la música en el alma (que Lorenzo describe maravillosamente a Jessica en El mercader de Venecia) ha sido restaurado por los jóvenes. Pero en ellos la música clásica está muerta. Su taquigrafía psicológica orbita en un espacio muy exterior a Beethoven o Brahms. Son devotos de una pasión dionisíaca extraordinariamente vulgar. Se niegan a reverenciar hipócritamente la alta cultura. La idea de los grandes libros como compañeros inseparables les es ajena. Desconocen que los grandes escritores pueden ayudarles más. Son incapaces de distinguir lo sublime de la basura, la profundidad de la mera propaganda. Quien aspire a una visión inspirada en los viejos clásicos inmortales está abocado a las catacumbas. Soy muy pesimista.

Por decirlo con franqueza; todo rebosa jodidamente de basura.

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