
El gobierno reacciona con dificultad y torpeza ante el narcotráfico en Barbate. Que desplacen a la Marina y con tres o cuatro misiles se acaba con esos hijos de mala sangre. Y que el infierno de millones torturadas de noches les sea concedido a esos delincuentes madres y padres de las pestes.
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Gide le dijo en cierta ocasión a Malraux que no había ningún imbécil en sus novelas y él le respondió que para eso basta la vida. Yo, leyendo tantas novelas despechugadas, sin una sola “línea de madeja sutil y bella” (para usar las palabras con que Swann describe el rostro de Odette), esos manoteos espasmódicos en lugar de prosa, los clarinazos retóricos que se pierden en la vacuidad, las caídas en la sensiblería, los feroces retratos con técnica de gran guiñol, las convenciones mediocres tumultuosas, los torvos espías bolcheviques que en vez de viajar en el Orient-Express van en un tren de mercancías repleto de patatas, los obreros de mono azul manchado de grasa en lugar de duquesas (que para un escritor siempre tienen veinte años) en hoteles de lujo y sleeping-cars, yo, decía, leyendo esas novelas creo que ahora los imbéciles son los novelistas. Con gran éxito de crítica y público (ajustándose a la deliciosa sentencia de la Claudine de Colette: “gustará porque es estúpido”)
