Libro dos desabafos 40

Tiempos negruzcos y renegridos.

Tiempos a los que se les asigna un determinado tipo de lenguaje L. Con clichés que apesadumbran las oraciones, haciéndolas tópicas e irrelevantes. Un lenguaje aplanado, sin gracia ni originalidad expresiva. Desordenado, con ideas oscuras, con no meditadas ideas inválidas. Con palabras y giros que solo hacen bulto y no enriquecen el significado. Un lenguaje enojoso, sin esfuerzo de obrador. Y políticamente devastador.

Momento de salvajismo (tiempos anubarrados, insisto) e «histeria latente» en que únicamente reinan la retórica y la pura jerga («el ámbito privado desaparece, todo es discurso, todo es público, todo es invocación«, dirá Klemperer refiriéndose al L nazi tan similar a los usos y funciones de nuestro L) cuando «las palabras se vuelven más y más ambiguas«: «Los nuevos lingüistas —afirmaba Steiner— estaban siempre preparados para hacer del idioma alemán un arma política más absoluta y efectiva que cualquier otra conocida por la historia, para degradar la dignidad del habla humana y reducirla al nivel del aullido de lobos«. Así explicó también el poder maléfico de ese «aullido de lobos» Ernst Weiss, el amigo de Kafka, que se suicidó en 1940 a la entrada de los nazis en París, en su magnífica novela póstuma El testigo ocular (1963): «Él hablaba y yo sucumbía. Con su palabra nos aplastaba a todos, a los inteligentes y a los tontos, a los hombres y a las mujeres, a viejos y a jóvenes«.

«Observaba cada vez con mayor precisión –afirmó Victor Klemperer– cómo charlaban los trabajadores en la fábrica y cómo hablaban las bestias de la Gestapo y cómo nos expresábamos en nuestro jardín zoológico lleno de jaulas de judíos. No se notaban grandes diferencias; de hecho, no había ninguna. Todos, partidarios y detractores, beneficiarios y víctimas, estaban indudablemente guiados por los mismos modelos». Y más adelante: «El nazismo se introducía más bien en la carne y en la sangre de las masas a través de palabras aisladas, de expresiones, de formas sintácticas que imponía repitiéndolas millones de veces y que eran adoptadas de forma mecánica e inconsciente».

El nuevo L en que estamos es un engrudo donde se expresan con similares categorías simpatizantes y opositores. Un insidioso aullido de lobos que a todos nos atenaza. A medida que iba leyendo el texto de Klemperer, me iba dando cuenta de que la mayoría de los apuntes filológicos de Klemperer se podían ejemplificar con palabras, modismos y giros sintácticos extraídos directamente de la situación política española (y mundial) actual.

Nuestra neolengual L es un bacilo que nos corrompe. Lengua de trepadores y farsantes acanallados. Es escalofriante la corrupción del lenguaje institucional, del lenguaje de la calle, de las palabras de la tribu. Usar el idioma de modo personal e intransferible, casi usar un lenguaje privado, acaso nuestra única salida; la de purificarnos de su uso público demencial.

Deja un comentario