Libro dos desabafos 47

Nunca tuve amigos. De joven y adolescente sí me producía eso envidia y dolor, y hubiera vendido mi alma al diablo por juntarme a la cuchipanda apandillada, por horas primitivas en billares, discotecas, francachelas etílicas, por la alegría de la banda, la cuatiza, the gang, l´équipe, la chorcha, la patocha. Pero mis compañeros me despreciaban por mi carácter estudioso e inteligente, culto e ilustrado, también por mis innumerables rarezas, y mi íntimo desasosiego no lo vendí por limosnas de camaradería.

Infinito debe ser el panóptico de la amistad, infinito su cielo, infinito el recuerdo de las noches y días felices pasados en compañía. Lo desconozco.

Como un árbol duro y orgulloso he resistido al fondo del valle, aislado y solitario, al viento, a la lluvia, a la escarcha, al granizo. No salí de mi conturbado monasterio ni de mi celda monacal. Me refugié en la lectura y el arte, algo en la escritura.

Amistad, ¿lluvia de flores en el melocotonero? Dudo que ningún hombre sobre la tierra hubiera resistido mis maratonianas y patológicas dosis de soledad.

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