Libro dos desabafos 68

Definición de “aticismo” según la RAE:

1. m. Delicadeza, elegancia que caracteriza a los escritores y oradores atenienses de la edad clásica

Sin.:delicadeza, elegancia, finura, gusto, estilo.

2. m. Delicadeza de gusto en escritores y oradores de cualquier época o país.

Sin.:delicadeza, elegancia, finura, gusto, estilo.

3. m. Uso del griego, imitando el ático clásico, en la época posclásica.

4. m. Ling. Giro o vocablo peculiar del dialecto ático, usado en época posterior a la clásica por la escuela aticista.

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Según Quintiliano el aticista se distingue por la concisión y la perfección, rehúye lo excesivo y evita la vaciedad y la repetición; busca la belleza en lo exactamente necesario y en lo absolutamente claro, en las palabras apropiadas y en el orden correcto (“Nobis prime sit virtus perspicuitas; propria verba, rectus ordo, non in longum dilata conclusio: nihil neque desit, neque superfluat”) El asianista, por el contrario, es ampuloso y vago; en su búsqueda de lo esplendoroso, incurre una y otra vez en repeticiones inútiles y en descripciones interminables; oscurece el pensamiento con su ostentosa verborrea (“Est etiam in quibusdam turba inanium verborum, qui dum communem loquendi morem reformidant, ducti specie nitoris, circumeunt omnia copiosa loquacitate, eo quod dicere nolunt ipsa”) Uno de los motivos de la falta de claridad es el abuso de toda clase de imágenes y metáforas (“Corruptissimo quoque poetarum figuras seu translationes mutuant, tum demum ingeniosi, scilicet si ad intelligendos eos opus sit ingenio”) El aticista busca la comprensión inmediata; sus palabras siguen al pensamiento como la sombra al cuerpo. Con el asianista sucede todo lo contrario: adolece de un decidido empeño en obscurecer los sentidos y en hacer difícil la comprensión, y para conseguir tal cosa usa la alegoría hasta lo enigmático (“Haec allegoria, quae est obscurior, aenigma dicitur, vitium meo quidem iudicio, siquidem dicere dilucide virtus”)

El público de los asianistas se deleita en la interpretación de los enigmas y en el ingenio que esto supone. El asiano se siente incómodo con lo natural. Cuando encuentra una expresión perfecta, no está contento con ella: tiene que buscar algo insólito, antiguo e inesperado (“Sunt qui, cum optima sint reperta, quaerant aliquid quod sit magis antiquum, remotum, inopinatum”) Y siente especial predilección por lo monstruoso, tanto físico como anímico: las ciudades y las construcciones deben ser grandes, los sentimientos humanos extremos. La nota característica del aticismo es el “decens”: la adaptación de las palabras al pensamiento y la fidelidad a los sentimientos expresadas.

Nota bene: Quintiliano nació en Calahorra, y admiraba aquello reconocido y consagrado por la admiración general. Sus modelos predilectos entre los griegos eran Homero y Demóstenes, y, entre los latinos, Cicerón y Virgilio. A éstos los analizaba y estudiaba detenidamente, una y otra vez, y de continuo inculcaba a la juventud la conveniencia de limitarse a pocos libros. Odiaba la novedad que no tiene más mérito que ser nueva. Predicaba un estilo sobrio y sereno. Recuérdalo: los cielos son bellos “por su dorada claridad” (Job, 37, 22) Malditos sean mis barroquismos como alfombras descoloridas, como muebles viejos y destartalados.

Las citas de la “Institutio oratoria” son de la edición de M. Witerbottom, Oxford Classical Texts, 2 vols., 1970.

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