Libro dos desabafos 79

Pocos políticos pretenden ahora ser en lugar de cebolla, cebollón, una variedad de cebolla, de forma aovada, menos picante y acre que la común. Pero sus almas de inquisidores frailunos los delatan enseguida. Y de ignorantes subidos hasta la estratosfera.

La lengua culta desaparece de su boca, aplastada lentamente y hasta la muerte bajo el peso de un extraño magma verbal, un pseudo-discurso que resulta a un tiempo endeble y pretencioso, constituido por cientos de desatinos, torpezas y errores en la gramática, la sintaxis, los modismos, las metáforas, la lógica… ¡Qué baja y degenerada su conciencia del lenguaje, sus aptitudes antropoides!

Pero hablan y hablan y hablan. No pueden abandonar sus pasiones palabreras, sus vaniloquios analfabetos: «Semen Retemtum Venenum Est«. Afortunadamente la tierra del poeta es opuesta al hogar popular del político: “aquel cuyo corazón alado –nos dice Rilke– bate contra los barrotes de su tiempo; UNA Y OTRA VEZ SE ALZA DE LA MASA, no tiene su base en ella, sino que se rige por leyes más amplias; tiene extrañas costumbres y gestos atrevidos: el futuro habla por él. Es el que presiente la posibilidad de nuevos mundos y les da forma sensual”.

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El mundo que se infiere de los políticos es como su habla: pobre. Indolente, falto de atención, de ideas, de conocimiento remediado, perezoso, usurpador de la grandeza. Falto de riqueza, precisión, altura, intensidad y energía.

El Diccionario cuatrilingüe de Esteban Terreros y Pando de 1788 indica que “pobre” es tanto el necesitado como una persona “sin bienes”, “sin hacienda” o —muy significativamente ya— quien está “acabado”. La expansión del campo semántico de pobreza se aquilata con toda la nueva serie de adjetivos que Terreros Pando propuso como equivalentes latinos de “pobre”: depressusdenudatusspoliatus. El pobre se asociaba, por tanto, al hundido o bajo, al despojado y al expoliado.

La pobreza de nuestros políticos es bellaca y gallofera (bellaca porque a todos convierten en lo que son: harapientos)

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En este melancólico invierno, ¿qué mayor placer que, con un vodka con naranja, junto al fuego, antes o después de oír buena música, deleitarse con las grandes frases de la literatura?

Las cadencias armoniosas y solemnes como los párrafos de Gibbon en la Historia de la decadencia y ruina del imperio romano, los sublimes fenómenos de transición y reverberación, por sfumato y resonancia, en los párrafos de Borges (y su delicado tacto de omisión)

Frente a la incoherente vaguedad, la carencia de vigor en la marcha del estilo, la falta de armonía entre sonido y sentido, de políticos y populacho, el lento demorarse (como una geisha erudita) de Proust o Flaubert, donde en cada palabra ponen a prueba su vida, el terciopelo con campo magnético, la seda crepuscular, esa cabaña de luz insurrecta llena de electrones, de la prosa de Pater, Ruskin o Huysmans.

Como bellamente dejó escrito De Quincey: “El estilo o administración de la lengua se encuentra entre las bellas artes, capaz de procurar un placer intelectual, aparte del interés del tema tratado”.

Resulta muy beneficioso para un escritor imitar a los grandes genios de la lengua. En los políticos la afluencia de las palabras es mandril, la variedad de las figuras trillada, el modo de componer no muestra un gramo de entendimiento. Apartémonos de ellos. Quedémonos junto al fuego paladeando las mejores y más rítmicas frases o versos: Dante, Hazlitt, Addison, Plutarco, Longino, Taine, Auden, Perucho, Pla, Michelet, Quevedo, el maíz primaveral de Eliot, el violín zíngaro de Miró, etcétera.

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