
Lo decía nada menos que David Bowie: “El Rock ha sido la música del diablo”.
Ahí estaba también Little Richard para decir: “Si Dios puede salvar a un degenerado como yo, puede salvar a cualquiera”. Eran muchos los que pensaban de verdad, con Frank Sinatra, que el Rock es una falsedad tocada y cantada habitualmente por cretinos.
Y sobre los “intelectuales” del Rock, las sardónicas palabras de Zappa: “Los críticos de Rock son personas que no saben escribir, haciendo entrevistas a tipos que no saben hablar para gente que no sabe leer”.
Paul Johnson, en 1963, expresó sobre la nueva música lo que muchos pensaban: “Mientras suena la música, las cámaras se pasean frenéticamente sobre las caras del público ¡Cuánta vacuidad nos muestran! Enormes caras, pobladas de accesorios baratos y embadurnadas con maquillaje de supermercado, bocas entreabiertas y ojos vidriosos, manos repiqueteando mecánicamente al ritmo de la música, tacones de aguja rotos, ropa estereotipada de última moda y de la peor calidad: según parece, aquí tenemos el retrato colectivo de una generación esclava de una máquina comercial…Quienes rodean a los Beatles, quienes chillan histéricos, esas caras distraídas que parpadean en la pantalla de la televisión, son los ejemplos más desafortunados de su generación, los lerdos, los holgazanes, los fracasados: su existencia…es una terrible condena para nuestro sistema de educación”.
A propósito de si se puede decir que el Rock es o no un arte, o, como yo creo, mero tam tam de supermercado con una ocasional inmersión en el nagual de una modesta poesía, estas sugestivas palabras de nuestro mejor crítico, Diego. A. Manrique: “Es una bonita capa la de Artista, con mayúscula, y son muchos los músicos que no han dudado en encargar una hecha a su medida. En estas zonas conviene ponerse en guardia; el rock es sustancialmente un producto industrial, hecho para ser consumido en su época, y suele carecer de deseos de trascendencia. Y he aquí que las creaciones de grandes pretensiones suelen tener una vejez más dura que las piezas elementales y espontáneas. Además, con la abundancia de engreídos en estas lides, lo peor que se puede hacer es subirlos a un pedestal. Es preferible hablar, como Leonard Cohen, de obreros de la canción”.
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La vida consiste en gozar el extraordinario monumento del Campidoglio hecho en una especie de basalto mágico. Tener en los labios l´entrecuix de mármol salino de tu scort favorita. Puta, y no exagero, de la que podría decir con propiedad cada una de las siguientes palabras: “Di questa donna non si può contare: / ché di tante bellezze adorna vène / che mente di qua giù no la sostene / sì che la veggia lo ´ntelletto nostro” (“Imposible es hablar de esta dama. Tantas hermosuras la engalanan que ni universales mentes terrenas ni nuestro individual intelecto las comprende”)
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Y de Campidoglio a Ikea, y de Cavalcanti al Rock, y del Rock al Reguetón.
Letra del compositor y músico (arias cantadas por un principiante borracho en la bañera) Daddy Yankee:
Randy!
Hey baby
Te juro que me vuelves crazy
Tu cuerpo fenomenal (I love you baby)
Te juro que me vuelves crazy
Hey baby, tú sabes que te quiero
Y lo que quiero es que te pongas crazy
Calentitos los dos
Todos los hombres son iguales
El diferente soy yo.
Vuelvo a mis incendios en las hierbas de la infinitud; al telón de nubes de mi pueblo; a San Agustín (“En altres llocs, el polemista i el tractadista ciceronià veia l´espectacle còsmic davant de la historia, a frec de l´horitzó; aquí, espaordida, la consciència es veu a si mateixa, presa fugaç del mots que lluiten en una flamarada”, Gimferrer) Vuelvo a mi silencio sin respuestas. A mi papel, con Bach, de anima mundi -en griego antiguo: ψυχή τοῦ παντός, psychḗ tou pantósa.
Pues parece gustaros, para vosotros el cagadero y la letrina del macro-festival.
