
Todo es muy complejo, tiene cara y contracara. Se puede refutar el uso forzado que hace Nietzsche cuando afirma que el espíritu apolíneo domina en el arte plástico (que es armonía de formas), mientras que el dionisíaco se muestra en la música que, por su embriaguez y exaltación entusiasta, está privada de forma. La epopeya y la escultura no son siempre contemplación serena, como lo prueban Milton y el barroco; por no citar más. Y la música no es siempre agitación y tumulto, y si no recordemos a Bach e incluso Mozart.
Todo es susceptible de afirmación y negación. Demetrio estudia en Sobre el estilo el ritmo de la prosa. Las unidades en que divide la prosa son miembros, frases y períodos. En cuanto a los períodos, los divide a su vez en históricos, conversacionales y retóricos. Unos lectores gustan unos, otros otros. Para gustos hay colores (“De gustibus non est disputandum”)
Para mí el sufragio universal es de sofistas y charlatanes, una bestia feroz. Bajo el ropaje popular asoma el caníbal. Para otros es –la expresión ya suena chocarrera y risible- “la fiesta de la democracia”.
Y coincido con la primera parte del Prologus Baenenssis en su apología al libro y la escritura. Según Baena, gracias a ellos se conserva la memoria de los grandes hechos del pasado y de los avances de las ciencias. El saber humano no cae en el olvido y pasa de generación en generación: “Ca si por las escripturas non fuesse ¿cuál sabiduría o cuán engeño o memoria de hombres se podrié membrar de todas las cosas pasadas? Onde si los homes pararen bien mientes al pro que nasce de las escripturas, conoscerán que por ellas son sabidores de todos los fechos e de todas las sciencias, e que de todo ello non sopieran ningua cosa, si cuando murieron aquéllos que eran vivos a la sazón e tiempo que pasaron los grandes fechos non los dexaran por escripto, para que los sopiesen los otros que eran por venir. Por la cual razón todos los homes son adebdados de amar a todos aquéllos que lo tal fezieron e ordenaron, pues que saberán por ellos muchas cosas que non supieran por otra manera”.
Para Baena el contacto con los libros es un ocio cortesano nobilísimo (como jugar al ajedrez, cazar, etc…), pero el provecho es mayor porque se refuerza el entendimiento y la memoria, se experimenta placer, se vuelve uno virtuoso. Esto nos dejó escrito al final de su prólogo: “Pero con todo esso, mucho mayor vicio e placer e gasajado e comportes reciben e toman los reyes e príncipes e grandes señores leyendo e oyendo e entendiendo los libros e otras escripturas de los notables e grandes fechos pasados, por cuanto se clarifica e alumbra el sesso e se despierta e ensalça el entendimiento e se conorta e reforma la memoria e se alegra el coraçón e se consuela el alma e se glorifica la discreción e se gobiernan e mantienen e repossan todos los otros sentidos, oyendo e leyendo e entendiendo e sabiendo todos los notables e grandes fechos pasados, que nunca vieron, nin oyeron, nin leyeron, de los cuales toman e resciben muchas virtudes e muy sabios e provechosos enxemplos, como sobredicho es […]”
Pero no pocos desprecian libros y palabras, o destruyen libros y bibliotecas, inefable masacre cometida con las bibliotecas desde sus comienzos en la región mesopotámica de Súmer (hace 5.300 años aproximadamente), pasando por el emperador chino Qin Shih Huang Ti (213 a.C.), la quema de manuscritos en Constantinopla, la de la España medieval, la destrucción de códices prehispánicos, los expurgos inquisitoriales, la hoguera del oprobio hecha por los nazis (1933), hasta los memoricidios efectuados por los serbios (1993) y, aun ahora, en Ucrania.
El apelativo griego biblioclastia (o biblioclasmo) se define, según el Piccolo Dizionario di Bibliofilia como un “odio, feroce avversione verso i libri, accompagnata da volontà distruttiva. Simile alla Bibliofobia”. Por su parte Umberto Eco, en su texto Desear, poseer y enloquecer distingue tres tipos de biblioclastia:
“Existen tres formas de “biblioclastia”, es decir, de destrucción de los libros: la biblioclastia fundamentalista, la biblioclastia por incuria, y aquella por interés. El biblioclasta fundamentalista no odia los libros como objeto, teme por su contenido y no quiere que otros los lean. Además de un criminal, es un loco, por el fanatismo que lo anima. La historia registra pocos casos excepcionales de biblioclastia, como el incendio de la biblioteca de Alejandría o las hogueras nazis. La biblioclastia por incuria es la de tantas bibliotecas italianas, tan pobres y tan poco cuidadas, que a menudo se transforman en espacios de destrucción del libro, porque una manera de destruir los libros consiste en dejarlos morir y hacerlos desaparecer en lugares recónditos e inaccesibles. El biblioclasta por interés destruye los libros para venderlos por partes, pues así obtiene mayor provecho”.
Archilectores, bibliófilos, y bibliófobos y biblioclastas. Todas ramas del árbol del mundo.
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A mí me gusta una incesante relación con los libros, poco contacto diario con la realidad. Detesto aspectos de mí que no puedo remediar: el despilfarro, la indiferencia, la languidez, la ligereza, la torpeza, la indolencia, mi prosa, mis abstracciones nada exquisitas. Me aburre mi vacuidad de escritorzuelo ingeniosillo, mi tosquedad como poeta, el haberme convertido en un estudioso enfermo y recogido que nada conoce el Gran Mundo, que ni ha escuchado las agudezas de una petit souper, un tipo incapaz de conquistar a la chica más guapa de la discoteca.
Otros, en cambio, arrojan luz del sol sobre esas sombras mías.
Centrífugos y centrípetos, más mal que bien, avanzamos y discutimos en perenne discordia.
