
Vivo apenado por mi nivel miserable de escritor. Y encima fracasado (mis textos, al no tener lectores, no viven lo que Montale llamaba “la segunda vida del arte”, la reproducción de su emoción en una cantidad aceptable de público)
He pretendido ser poeta, PERO ESCRIBÍ MUCHA MIERDA. Mi poesía no provocó utilidad y deleite, según la preceptiva horaciana, y que según Sidney también es su propósito: “Poesy, therefore, is an art of imitation, for so Aristotle termeth it in his word mímesis, that is to say, a representing, counterfeiting, or figuring forth; to speak metaphorically, a speaking picture, with this end, to teach and delight”, The Defense of Poesy.
Escritor y poeta roñoso, indigente, gusano.
Máxima repetida a lo largo de la historia es que el poeta debe tener un don, un talento natural que te guía, un genio innato que, con la debida disciplina y trabajo, no se apaga. Si no tu Musa es entonces demasiado irregular y rupestre. Y dada esa condición necesaria es innegociable después el trabajo, el pulimento, el no apresurarse, el ser paciente, el corregir de modo compulso. El juicio de la posteridad es inclemente con las mediocridades.
Primero, un don; segundo, trabajo para pulirlo. Nuestro Juan del Encina recurre a la autoridad de Quintiliano para dejar claro que, aunque la gracia del cielo es muy importante, no es suficiente para componer poesía:
“Assi que aqueste nuestro poeta que establecemos instituyr, en lo primero venga dotado de buen ingenio…Es menester, allende deste, que el tal poeta non menosprecie la elocución…Y después desto debe exerticarse en leer no solamente poetas y estorias en nuestra lengua, mas también en lengua latina. Y no solamente leerlos, como dize Quintiliano, mas discutirlos en los estilos y sentencias y en las licencias, que no leerá cosa el poeta en ninguna facultad de que no se aproveche para la copia que le es muy necesaria, principalmente en obra larga”.
Largo camino el del arte, y breve y enfangada la vida.
