Libro dos desabafos 84

En mis escritos hay tanteos, improvisaciones, noches anubarradas y oscuras. Cenizas, pero no fuego. Nunca logro avanzar desde el esbozo hacia la intención final. La audacia desemboca en negligencia, el misterio en tópico, la música en sonsonete, la inspiración en rutina. Trabajo a tientas; recomienzo y rebusco el golpe de luz que me incitó a escribir y me atenaza al poco un muro por el que soy incapaz de subir o bien derribar. Se desvanece la unidad en un mosaico de pedazos rotos. Platón habla en el Menexeno (234c-235c) que el embeleso y el embrujo del ornamento del bello lenguaje transfigura instantáneamente al alma en algo más grande, más hermoso y más noble, y que la transporta “a las islas de los bienaventurados”.

Mi prosa y poesía son demasiado irregulares y se apagan continuamente. Me apremia la velocidad (sufro una nefasta salud) y trabajo muy aprisa. A veces hormiguean aquí y allá un rasgo de ingenio o un hallazgo expresivo no embarassings del todo, pero el imposible juicio de la posteridad será inclemente: el tiempo, los cuidados, los trabajos que no dediqué a mi obra, la merman y vician de valor y alimento. Sin notas magistrales solo percibo sus descuidos gordos y sus disparates en la primera versión.

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El arte, la leve sombra de un poder ignoto cerniéndose invisible sobre nosotros. El arte, EL ÉXTASIS de los esquinares de luz en un burbujeo de tafetanes.

Amiel: “¿No volveré a tener algunos de aquellos ensueños prodigiosos, como los tuve en otro tiempo?…Un día de mi adolescencia, al amanecer, sentado sobre las ruinas del castillo de Faucigny; otra vez, en la montaña, bajo el sol de mediodía, encima de Lavey, acostado al pie de un árbol y visitado por tres mariposas; una noche, también sobre la tierra arenosa del mar del Norte, tendido boca arriba y los ojos errantes sobre la Vía Láctea…Visiones grandiosas, inmortales, cosmogónicas, en las que se lleva el mundo en el pecho, en las que se toca las estrellas, en las que se posee el infinito…Momentos divinos, HORAS DE ÉXTASIS en que el pensamiento vuela de un mundo a otro, penetra el gran enigma, respira ampliamente, sosegadamente, profundamente, como la respiración del océano, sereno y sin límites como el firmamento azul” (Henri-Frédérique Amiel, Fragments d´un journal intime, pág. 49)

El arte, vestigios de un hoyo con agua cavado en el desierto, UN OLVIDO DE TI MISMO, una fanfarria metafísica, turbia y vívida. Luz solar trenzando el arco iris.

Van Gogh: “Cuando el crepúsculo caía, imagínate el silencio, la paz de esa hora. Imagínate una pequeña avenida de grandes álamos con su follaje otoñal. Imagínate un ancho camino hecho de barro, de barro negro, teniendo a la derecha un brezal hasta el infinito; a la izquierda, otro brezal hasta el infinito, las oscuras siluetas triangulares de algunas chozas de hierba, la claridad rojiza del fogón en sus ventanas, charcos de agua de un amarillo sucio, en que el cielo se refleja y donde se pudren raíces. Imagínate ese amasijo de barro en la tarde crepuscular; el cielo blancuzco por encima y todas esas cosas negras sobre ese fondo blanco. Y, sobre ese montón de barro, un personaje enteramente peludo, el pastor, masa oval en dos mitades, la una de lana, la otra de barro, chocando y penetrándose mutuamente. Y el rebaño, que le ves venir, que te rodea; luego das media vuelta y te pones a seguirlo. El rebaño indócil avanza sobre el camino de barro; avanza penosamente. Pero a lo lejos aparece la granja, techos musgosos, montones de paja y de turba entre álamos. El redil ya no es más que una sombría silueta triangular. Su puerta es grande, está abierta; se diría la entrada de una guarida. Por las fisuras entre las planchas, el cielo trasparece al fondo. La caravana de lana y de barro se hunde en el negro antro, el pastor y una mujeruca llevando una linterna cierran las puertas. Este regreso del rebaño en el crepúsculo era como el final de la sinfonía que ayer escuché. La jornada pasó como un sueño; de la mañana a la tarde estuve tan absorto en aquella música melancólica, que me olvidé de comer y de beber. Una raja de pan de campo y una taza de café, ese es todo lo que había tomado en la pequeña hospedería en que dibujé. El día había pasado; de la aurora al crepúsculo, o más bien de una noche a otra, YO ME HABÍA OLVIDADO DE MÍ MISMO en esa sinfonía. Regresé a casa, y, cerca del fuego, caí en la cuenta de que tenía hambre, y me pareció que era un hambre enorme…” (Carta a su hermano Theo, desde Drenthe, septiembre-noviembre 1883)

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