
Día de temor y temblor. En el mundo contemporáneo la cultura refinada no tiene una acogida hospitalaria. El impulso hacia la especialización se ha recrudecido e intensificado. Yo intento tener una personalidad cultural fuerte y expansiva, pero soy todo limitaciones. Un mediocre de conocimientos demasiado restringidos. Pero al menos algo me elevo respecto a la civilización chillona de nuestros políticos.
Me acompleja la debilidad de mi mente y mi estupidez natural. Acaso me reconcentro demasiado en la biblioteca. Montaigne decía que la variedad divierte, que al cambiar de lugar, ocupación y compañía, se refugiaba en la muchedumbre de otros pensamientos, donde se perdían sus huellas y se sentía salvo. Por otra parte, en varias ocasiones, Pascal nos puso en guardia contra lo que él llamaba “pasatiempo” o “distracción”, un modo de vida que solo podía conducir a la infelicidad permanente. La cita -conocida- no tiene desperdicio:
“Cuando a veces me he puesto a reflexionar sobre los diversos entretenimientos de los hombres, las penas y los peligros a los que ellos se exponen en la corte o en la guerra, donde nacen tantos litigios, tantas pasiones y aventuras audaces y a menudo perversas, he descubierto que TODA LA DESDICHA DE LOS HOMBRES SE DERIVA DE UN ÚNICO HECHO: QUE NO SABEN PERMANECER TRANQUILAMENTE EN SU PROPIA HABITACIÓN.
…Ellos tienen un instinto secreto que los empuja a buscar fuera diversiones y ocupaciones, y que está engendrado por el sentimiento de su constante infelicidad”.
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Puede ser, pero echo de menos Barcelona, París, Boston. Mis deseos para salir de mi aldea son lánguidos y débiles; vivo, pero me cuesta vivir. Añoro tiendas antiguas, avenidas y mercadillos callejeros, quiero menos lluvia, y el capuchón de neones abrillantando la noche. Pero tengo mi biblioteca gigante en casa.
Recuerdo nuestro hogar en Barcelona; una villa de estilo humbertiano a las afueras de la ciudad que señalaba el comienzo de la campiña; las estanterías de madera lacada en blanco rebosantes de libros; el despacho de mi padre que olía como a biblioteca municipal; el olor a papel polvoriento suavizado por el aroma de cuero viejo de las sillas. Me hundía en un sillón y leía.
Retirado del tráfago del mundo ya no experimento sus humores. Detestable e incoloro ser pobre habiendo sido rico. Aquí, en Nogueira, moriré. Solo y triste. Pero todavía me siento a gusto con Homero, Dante y Milton.
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Justo en este momento contemplo el tejido argentado del cielo. Oigo el cortacésped limpiando el perímetro de la iglesia. El cencerro de las vacas.
Debiera convencerme Wordsworth:
Si, al mezclarme con el mundo, me contento
con mis modestos placeres, y
he vivido apartado de las nimias
enemistades y los bajos deseos,
os lo debo a vosotras montañas,
te lo debo a ti, oh sagrada Naturaleza.
