Libro dos desabafos 101

En esta vida descreí de farragosas y áridas metafísicas gomosas, ocupé el tiempo -demasiado- en el abnegado estudio del credo científico, rehuí la cansina quincallería orientalista de feria tan de moda hoy, negué dogmas religiosos, deploré el histriónicamente recalcitrante laborar de los poetas herméticos, insulté la autoayuda como coños de cupletistas viejas.

Poca vida me queda. Pese a estar leyendo toda mi vida, NADA SÉ. Acaso, ya que me dirijo pronto a la muerte, lamento no haber vivido con más lamés, serpentinas, orquestas con rubias platino y músicos de esmoquin, brillantinas, cabrilleos, plumas y boatos. La locura me abatió igual que la bala abatió a Lincoln o M.L. King.

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Una evidencia: a lo largo de la historia los tontos reinan. Para ganar créditos es mucho más oportuno delirar con atrevimiento y valentía como el borracho en el bar, que discurrir con esclarecimiento, cautela y cultura. Me acosa una íntima certeza: la emoción del cencerro siempre triunfa sobre la prueba del matemático. La gentuza parece gozarse con los grilletes de la ignorancia ¡Qué ñoños mis juveniles ideales ilustrados!

La inmensa minoría arde con la combustión nuclear del sol, una inmensa mayoría se conforma con la luz de los faros de su coche. Es una constante de la historia y la humanidad. Las palabras imbéciles nos inspiran y gobiernan.

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