Libro dos desabafos 102

Bernardo de Chartres solía compararnos con enanos encaramados en los hombros de gigantes. Señaló que vemos más y más lejos que nuestros predecesores, no porque tengamos una visión más aguda o mayor altura, sino porque somos elevados y transportados en su gigantesca estatura”, Juan de Salisbury, 1159.

Bernardo de Chartres, un filósofo y teólogo francés del siglo XII, utilizó la metáfora de los enanos a hombros de gigantes (que le atribuyó Juan de Salisbury), para expresar la idea de que el conocimiento humano se construye sobre los hombros de los conocimientos de los que nos precedieron. Los enanos, en este caso, representan a los intelectuales de su época, que podían ver más lejos y más cosas que sus predecesores gracias a que se encontraban en una posición más elevada, es decir, gracias a que tenían acceso a un mayor acervo de conocimiento.

En concreto, Bernardo de Chartres se refería a los conocimientos de los filósofos y pensadores clásicos, tanto paganos como cristianos. Afirmaba que los intelectuales de su época podían ver más lejos que los antiguos porque estaban parados sobre sus hombros, es decir, porque podían aprovecharse de sus conocimientos y descubrimientos.

Esta metáfora ha sido utilizada por muchos otros autores (la de Newton es celebérrima) a lo largo de la historia para expresar la idea de que el conocimiento humano es progresivo y que cada generación se beneficia de los conocimientos de las generaciones anteriores.

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En mis alucinosis a veces siento algo como una mística naturalista panteísta. Si fuera un relojero de las ideas resumiría esas intuiciones en (i) Todo es uno (ii) Tú eres parte del todo-uno (iii) Tú eres parte consciente, una chispa de la conciencia del todo (iv) En la toma de conciencia tú pierdes tu individualidad y te disuelves en el todo-uno (al menos intencionalmente) (v) El tiempo no pasa.

Esta es para mí una experiencia local de desatada emocionalidad. Mi poema cósmico. No sabría racionalizarla.

Spinoza dijo: “El amor intelectual del alma hacia Dios es el mismo amor con que Dios se ama a sí mismo”. Y de Blake pasaron a la historia los versos: “Ver un mundo en un grano de arena / y el cielo en una flor silvestre / al infinito en la palma de la mano / y la eternidad en una hora”. Sin obviar al gran Al-Bastami: “Me zambullí en el océano de las ideas y de las velas divinas, hasta que finalmente alcancé el trono, y hete aquí que estaba vacío. Así que me instalé en el trono y pregunté: “Maestro, ¿dónde debo buscarte?Y las velas se apartaron y vi que era yo. Me volví a ver lo que buscaba y resultó que era yo y no otro hacia lo cual me dirigía”.

Meditemos en silencio y soledad, calmosamente, estas palabras.

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