El español es tardo en reacción. Sin palabra libre y fácil. De vocabulario muy circunscrito. No usa más que palabras o frases cortas, las largas y bien formadas no logra articularlas en su sesera. Desprovisto de los instrumentos racionales del entendimiento, su símbolo es la cabra de la legión. Lentitud y embarazo, pérdida de vivacidad. Todo español se acerca más o menos al grado máximo de incapacidad. Niños retardados y atrasados. No es posible la enmienda: tal es su naturaleza congénita.
No me verán fogueándome en el padelsurf, el kayak o el surf. Ni relajándome una seráfica mañana en un spa o apuntándome a una clase de yoga o de fitnes al aire libre. Ni alechugado bajo el sol espeluznante. "Vita Cartesii simplicissima est”, recordaba Valéry en "Monsieur Teste". La mía es abrumadoramente más simple. Un libro entre las manos, paseos con la perra, oír pájaros, salmorejo, crema fría de espárragos blancos y mermelada de moras. Feliz verano. Libertad, lógica y literatura.
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