
Estamos en medio de una crisis de proporciones gigantescas y de enorme gravedad mundial: la crisis de las humanidades. Una crisis, en el fondo, en materia de educación. La codicia y el narcisismo combaten contra el respeto y el amor, la falta de empatía y la desconfianza se enfrentan a la compasión y la razón.
Llovet insiste: “No puede construirse ningún sistema democrático propiamente dicho si la ciudadanía no está preparada intelectualmente para el necesario discernimiento de todos los hechos que se le presentan a diario ante sus ojos y su conciencia […] Si una democracia no posee esta fons salutis que significa disponer de una capa social muy bien preparada intelectual, política y cívicamente, entonces cae, a menudo de manera beatífica, en las formas más perversas del regimiento de la cosa pública: la plutocracia, la mercadocracia, y, en el límite, los totalitarismos disfrazados con las máscaras más sofisticadas”.
No debemos permitirnos la debilidad de la palabra, debe quedar incólume su dignidad, no admitamos el empobrecimiento del pensamiento. La EDUCACIÓN es clave.
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Se publicó en 2011 en Renacimiento dos conferencias de Pedro Salinas en el exilio americano de 1940. Propone defender al estudiante y la universidad. Dados los atropellos que se han impuesto de manera general son palabras más vigentes que nunca. Recordemos su mensaje lucidísimo:
“…algo tan delicado como el proceso formativo del ser humano, fin esencial de la universidad. No consiste este en una acumulación de datos o de leyes de la materia, sino en un delicado adiestramiento del alma para ir percibiendo, sintiendo directamente, toda la complejidad de los problemas del hombre y del mundo, y hacerles cara con conciencia y sentido de responsabilidad o moral”, Defensa del estudiante y la universidad, pp. 61-62
“Un estudiante es un hombre que tiene fe en que por medio del estudio y de la ampliación de sus conocimientos va a mejorar y enriquecer su naturaleza humana, no en cantidad, sino en calidad, va a hacerse más persona, mejor persona, y a cumplir mejor su destino, va a entender mejor los problemas del hombre y del mundo. El que toma el estudio como vía de acceso a beneficios de imprevisible grandeza, y no a la posesión de una habilidad que le permite ganar dinero. Lo que hay que fomentar en el estudiante es ese valor vital de la cultura, esa fe en su capacidad para elevar la naturaleza del hombre”, pp. 49-50
