
En mi juventud, campo propicio para la especulación y las poéticas, creí que los tropos no son producto del ingenio de los escritores, sino modos necesarios de expresión, que constituyeron el lenguaje esencial de los pueblos primitivos y no solo de los poetas. Creí que era la primera necesidad de la mente humana, un medio natural de autoexpresión anterior a la prosa.
Ya en la madurez rotundamente afirmo que se tambalean todas mis convicciones. Me interesa hacer un buen poema, no así inquirir el abstruso tema de la naturaleza de la poesía. De alguna manera mis ideas hoy se avienen con el famoso artículo de Eliot en su colección de The Sacred Wood, el famoso artículo –decía- “Tradition and individual talent”.
Terry Eagleton ha resumido con acierto la idea central del ensayo de Eliot:
“Las grandes obras de la literatura forman entre sí un orden ideal, ocasionalmente redefinido por el ingreso de una nueva obra maestra. Los clásicos que ocupan el estrecho recinto de la tradición hacen sitio cortésmente para que tenga cabida el recién llegado, con lo cual presentan un aspecto diferente. Ahora bien, como el recién llegado, en una u otra forma, ya se hallaba desde un principio dentro de la tradición, pues de otra manera se le habría negado la entrada, su ingreso sirve para confirmar los valores centrales de la tradición. Dicho de otra manera, la tradición no se adormila jamás: en cierta forma misteriosa prevé las obras maestras aún por escribirse, y aun cuando estas obras, una vez escritas ocasionen un nuevo avalúo de la tradición, ésta las absorbe sin dificultad”.
La fuerza de la tradición condiciona todo trabajo creativo, y, al valorar la experiencia de un escritor, hay que tener muy en cuenta sus experiencias literarias.
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El polvo no se mete con nadie si no se lo hurga; si lo dejamos descansar no molesta. Si alguien me lee me gustaría que prescindiera de polvo erudito, polvo que, al sacudirse, limpia, pero no resplandece. No hay crítico verdadero si no se niega a sí mismo y a su utillaje jergal, y no se pone en el lugar del poeta.
Que se sepa que detesto al crítico oscuro; que digan lo que quieran, pero que al menos se entienda. Descreo de lo barroco, indisciplinado y oscuro. No hay peor época que aquella que no está convencida que no decir las cosas con claridad es no decirlas de ningún modo. Clarín:
“Nada más hermoso y útil que la erudición fecundada por el ingenio; nada más inútil que la manía del papel viejo profesada por un espíritu opaco, adocenado y estéril”.
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Estoy a años luz de igualarme con el verso a Virgilio y con la prosa a Tulio. El emperador Maximino el Tracio, descomunal y bárbaro, cuando le aconsejaron aflojar en sus enormes empresas respondió: “Pero es que cuanto mayor sea, más por ello debo esforzarme”. Frase impropia de un bárbaro y que invita a evitar la acediosa holganza.
Si los dioses me proveen de un extra de tiempo, intentaré reescribir mi trilogía publicada o fragmentos antológicos de la misma (única obra de la que me hago responsable y que solo permito que reedite mi albacea)
Espero dulcemente la muerte.
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EL ARTE DE MORIR
Aquí a la sombra de la muerte es difícil
pronunciar la palabra final.
La alegría de las gotas de la Luna
en la hierba cuando van
transformándose de nuevo en luz.
Iré con papá y mamá.
Nunca exactamente cuándo.
Difícil pronunciar las palabras finales.
Solo diré, por tanto, “Nada que decir”.
Nada más. Nada más.
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Buen verano y buenas noches.
