Postscriptum a Diario del falso aristócrata

POSTSCRIPTUM

Cuando este libro ya estaba acabado, murió mi madre.

Abrigo sentimientos de desagrado contra mí mismo, sin casi poder atender a otra cosa que mi pena. Me veo impedido para seguir con mis trabajos intelectuales. Esto lo debería sufrir con entereza, pero no puedo, mi horizonte se me ha cerrado. Ovidio señala que los versos salen siempre de un alma serena. No sé.

Sin añadidos, tachaduras, correcciones o borrones, sin tiempo para que reposen y poder pasarlos a limpio, adjunto unos poemas dedicados a ella. Mi madre fue el centro y sentido de mi vida. Su amor, su compañía, su tiempo han muerto: pero, sustancialmente, no se embarcó, su alma quedó en puerto.

Cual de si la cabecera de su lecho me oyese, le relato esa vida que atesoramos. Charlo sin sentido con una imagen de aire: flotan vagos, vagos recuerdos, nada sino recuerdos. Pronto (nos dicen) llegará la nieve y Antioquía la espera en cada esquina.

Se puede seguir el consejo de Villaespesa: «Vive la vida mísera y goza la gloria póstuma«. Mi vida con mamá fue sencillamente memorable y celestial. Nada me importa, pues, mi gloria mísera. Ningún ser cae en la nada. No hay punto y final. Ella vive cerca del mar, entre plumones de ave. Lamento el desaliño estético de los poemas. Merecía los mejores.

A MAMÁ, IN MEMORIAM (1943-2024)

Detrás de la cortina del Capitán Trueno

con dibujos vela el Tiempo.

Te has ido al país de jade, mamá,

donde rompe la alborada,

y se duerme la estación del bosque.

Te fuiste al país de las hierbas fragantes,

a la gran llanura de la pampa de las estrellas

con papá y José. Se cubren de flores la tierra.

Fuiste agua limpia en torno a nuestros corazones;

seguirás viviendo en ellos y en la memoria

del Universo. Hola mamá, reina del bosque,

niñita con trenzas rubias, luz de fresa y nata.

Todo es ahora. Zarpa tranquila al horizonte.

CARMINA INVENIENT ITER

Hoy soñé contigo. Estábamos en la galería

cálida y, debajo de casa, corría un río.

Un río tintineante entre el nacimiento

y la muerte. La boca del oráculo no era

un tonel de silencio, sino que invocaba

pájaros de verano, púrpuras vivas,

sombras pensadas para lucir en la loca

alma de la historia, fuegos y un viento antiguo.

De repente me decías: “Se pueden llevar las

pulseras de oro a cualquier hora, pero sin exageración.

El papel de carta, para las cartas particulares,

deberá ser de color blanco o de algún tono

pastel claro: beige, gris, azul pálido, crema”.

Mamá, te envío desde el planeta Tierra

un beso ultra-secreto que cruzará el párpado

de los milenios. Virgilio, Égloga II: “Me tamen

urit amor”. Desde luego que ya no enmoheceré.

GABBIANI

Desprecio la calma marina o reposo

en la vía de una solución romana.

Si me atraviesan, gaviota herida, las espinas

de un destino demoníaco, no debo estropear

las fuerzas del espíritu. No debo trabucarme

al sentir tanta soledad en el prado populoso.

Encadenarme al aire de tu dulcísimo amor,

recordar y notar el sabor compasivo y noble

del achicharrarse de la niebla. ¿Por qué

no consumir la vida en un cementerio de recuerdos,

entregado desmesuradamente a la lectura

y la escritura, a la meditación, a viajar poco o nada,

y refugiarme en la soledad laboriosa? ¿Por qué

no residir en un Versalles o una Venecia mental,

en una calle de Roma en mitad de la aldea,

en el bosque de Fontainebleau? Vivir con traje

de titán herido, pero con los ojos abiertos.

Sí, es una especie de irreligiosidad maquillarse

con la solución senequista. Recuerda a Cardarelli:

Come la tragedia è l´arte di mascherarsi”.

Desaliento, arrepentimiento, reproches. ¿Por qué no fui mejor hijo, más feliz? Mi ojo otea un sendero tenebroso, mi amor se agita en las turbinas de la noche. Perdona mamá por no creer en las cosas, por el efímero placer que me mueve. Tú eras bálsamo, fármaco fiel. Todo.

Me siento desvalido, ventana opaca a la luz. Desearía un dañoso y dulce invierno que, con su mano melancólica, verificara mi muerte. Desearía un selvático invierno que me condujera al bronce de luz gótica donde estás. Te quiero. Fuiste mi silabeo, mi aire, mis pulmones. Adiós, mamá. Te querré siempre, y todavía después.

3 respuestas a “Postscriptum a Diario del falso aristócrata

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