
Leemos en el último volumen de memorias de Carlos Barral:
“No sabría explicar cómo empezó ese fenómeno, ese descaro de la profesionalidad entre la gente de letras que se fue contagiando a los letraheridos. De pronto todas las conversaciones derivaban a asuntos relacionados con el éxito y el dinero. Sin ningún pudor por parte de los practicantes y de los aspirantes, la literatura era una cuestión de mercado y se hablaba de ella en los términos que hasta entonces habían sido privativos de la infraliteratura y la escritura para el consumo. Por fin los escritores eran productores, pero en el peor sentido de la palabra. Ya dijo Quintiliano que cuando la palabra comenzó a ser lucrativa y se comenzó a abusar de los dones de la elocuencia, ésta fue presa de los mediocres. “Infirmorum ingeniis velut praedae fuit”.
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Entre los escritores los juicios versan de parné y ventas, no de estética. A todos les gustaría ser una nueva Corín Tellado o un remozado Vázquez Figueroa. Buscan triunfar, y sinecuras y fama, no escribir midiéndose con Tácito y Montaigne. La posteridad y rotundidad de sus obras les importa poco; quieren comprarse un chalet con piscina.
Estos escritores ejecutivos del mercado hacen jogging, lucen moreno todo el año y dentadura inmaculada, visten trajes a rayas y corbatas “llampants”. Hablan de ligues y juegan al pádel en clubes del extrarradio. Para ellos los libros son una mercancía absolutamente fungible. Las palabras, contantes y sonantes, se gozan como sumideros de dinero. La belleza es el territorio de la acronía. No les importa que la historia los termine engullendo onerosamente: “¡Que me quiten lo bailao!” No escriben con la cabeza y el corazón el libro que quieren escribir, escriben con el talonario. Ven poco decoro en una larga y silenciosa vida de trabajo. Les chifla lo audiovisual y su natural envanecimiento les reconforta. Son los triunfadores. El presente y el futuro de la literatura.
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Decía Feijóo: «Más oportuno es, para ganar créditos, delirar con valentía que discurrir con perplejidad; porque la estimación que se debía a discretas dudas se ha hecho tributo de temerarias resoluciones».
Chesterton asimismo afirma: «Un hombre no sabe que está diciendo hasta que sabe qué no está diciendo».
Así que la estrategia de esta nota será decir clara y perspicazmente QUÉ NO ES filosofía para, indirectamente, inquirir QUÉ ES filosofía; discurramos con valentía, seamos diligentes a la vez que próvidos. Conmovamos, deleitemos y persuadamos.
(i) La filosofía no es la cansina y abnegada propaganda (la tarambana propaganda) de una ideología política.
(ii) Tampoco la farragosa y árida propagación de un credo o dogma religioso, el esportizo por donde cae su ortodoxia.
(iii) Tampoco es una histérica y empalagosa metafísica recalcitrante e ininteligible, la micrografía de cómputos de terrorismo conceptual y diarrea verbal
(iv) Ni un vaporoso poema del universo o cosmovisión de gurú basada en particulares experiencias inefables, de intuiciones con contratos mercantiles de condiciones y cláusulas secretas y no compartibles
(v) Ni la exploración de estados de imperturbabilidad de conciencia o similares, de resbaladizos umbrales por noches sagradas y esótericas del filósofo (o supuesto filósofo)
(vi) Ni un complanar experiencias o ideas cuya convicción íntima de certeza sustituye las pruebas por la emoción, es decir, la narración no susceptible de debate crítico de las verdades o evidencias de un yo
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Un buen filósofo es un filósofo con buenos argumentos, pues la filosofía es un campo en general remoto a las corroboraciones empíricas. Un buen filósofo buca la argumentación explícita, persuade con la claridad, usa la lógica y no hace ascos a la mejor información de la que disponemos, a saber, la información científica. Un filósofo bueno no cae en la trampa de la seducción o embrujamiento del lenguaje, no se rinde a sus malabarismos, calambures, artificios, tretas y añagazas. Su cabeza no huye a paraísos verbales de brevaje misticoide, sino hacia la conjetura razonable y meditada a lo largo y a lo ancho, con no poca sabiduría, y, por ello, por supuesto, con no poca audacia. Un buen filósofo es dispendioso en inteligencia, y parco -nulo- en melopeas verborreicas. Un buen filósofo es una delicia fluxible. Y con discurso no profético, sino empírico y exacto.
La investigación filosófica se convirtió, para Carnap, en una especie de “ingeniería conceptual”. Como colofón, digamos que no me parece ese ningún mal programa, si no de final, al menos sí que de inicio.
