
COMO EL SECRETO OVIDIO
Ovidio en Ponto fue tal vez el único
que en realidad vivió profundamente
la vida de aquel tiempo en Roma.
Por eso se apartó de las callejas ruidosas,
de burdeles y mercados, y puso su mente
en pensamientos viejos y en la soledad.
Los políticos usaban palabras como arañas
diabólicas, la plebe usaba palabras como
murciélagos sin tripas, el emperador usaba
palabras como bilis, excremento y luego pánico.
Flojo letargo vivir estos tiempos, melindroso
reptil de somnolencia. Chozas de tinieblas.
Ovidio fue el único que vivió verdaderamente,
despreciando los epígrafes con ratas de su tiempo.
***
«Tus amigos no son religiosos: solo arrendatarios de bancos de iglesia. No son morales: solo convencionales. No son virtuosos: solo cobardes. Ni siquiera son viciosos: solo «frágiles». No son artísticos: solo lascivos. No son prósperos: solo ricos; no valerosos: solo pendencieros; no magistrales: solo dominantes…», G. B. Shaw.
***
«Se puede, en poesía, emplear un tipo de adorno fácil o difícil. Pero a esto hay que añadir que ni el adorno fácil ni el difícil poseen ningún valor si son solo exteriores. Así pues, el adorno superficial de las palabras, a no ser que se ennoblezca con un contenido juicioso y de valor, es semejante a una pintura barata, que causa gran placer al que permanece quieto, pero desagrada al que la contempla en detalle; así también el adorno de las palabras sin el adorno del contenido causa placer al que la escucha, y desagrada al que las examina atentamente.
Sin embargo, el adorno superficial de las palabras unido al adorno del contenido es semejante a una pintura excelente, que cuanto más detalladamente se observa, tanto más valiosa parece», Godofredo de Vinsauf, Documentum de modo et arte dictandi et versificandi, II, 3, 1.
***
Ovidio llevó una vida desahogada en Roma, como yo en Barcelona, repartiendo el tiempo entre la vida mundana y la composición de sus poesías. Pero en el año 8 d.C. esa existencia urbana acabó bruscamente. Augusto lo desterró a Tomis, a orillas del mar Negro, actualmente una pequeña ciudad llamada Constanza, en Rumanía.
Ya nunca pudo volver a Roma, y murió desterrado y olvidado en el año 17 d.C (nunca podré volver a Cataluña, y en mi exilio en una minúscula aldea gallega, un mundo hostil sin ciudadanos cultos que comprendan mi obra, sí he de decir que los lugareños me atienden bien y amablemente)
Pero la diosa Fama escuchó el epílogo que poco antes de su exilio había escrito en su «Metamorfosis». Con esperanza me sumo a las palabras de Ovidio suponiendo que la gloria acaso no me aniquile del todo, como muy presumiblemente ocurrirá.
“Ya he culminado una obra que no podrán destruir
ni la cólera de Júpiter ni el fuego ni el hierro ni el tiempo voraz.
Que ese día que no tiene derecho más que a mi cuerpo,
acabe cuando quiera con el devenir incierto de mi vida;
que yo, en mi parte más noble, ascenderé inmortal por encima
de las altas estrellas y mi nombre jamás morirá, y por donde
el poderío de Roma se extiende sobre el orbe sojuzgado, la gente
recitará mis versos, y gracias a la Fama, si algo de verdad hay
en los presagios de los poetas, viviré por los siglos de los siglos.”
