
Puigdemont se cree un intelectual, un Fouché y un Talleyrand, y solo es un caganer. Se cree un referente y un héroe, y solo es un invertebrado fideísta con un ideario de astrólogo bujarrón de televisión nocturna. Con carisma de sectario alelado. Un fauno reumático que ha leído un poquito a cuatro best-selleristas de pacotilla. Un fargallán dundeco, turuleco, zurumbo y pinacate. Un pedante amanerado que se adorna con la más obvia estupidez. La tonadillera favorita de la prensa rosa. La Gran Vedette Tostón que enrojece de vergüenza como un piojo intelectual, como la vil capa de escoria de un estanque. Creo que es retrasado mental.
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Mejor texto que el mío (escribe mucho mejor que yo), el del buen amigo Marc Colell:
«Puigdemont me parece algo así como el negativo del Quijote. Es un hombre abonado a la cobardía, parásito de la bondad, adalid de las causas injustas y soñador de molinos. Es la falta de ternura, vivir cuerdo y morir loco, prometer desiertos donde hay ínsulas preciosas, montar un caballo obeso, despreciar a Dulcinea. Proteger a los poderosos».
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CAMBALACHE
Y llegó el fin de los doctos profesores,
y de ellos, el más burro, el freak, va a ser rey,
alumnos lo sufrieron en sus carnes
que en clase lelos se arrastran como buey.
¿Protones? ¿Neutrones?
¿Electrones? ¿Muones?
Solo importa cuál es
el más tonto de los cojones.
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«Cuando tus ojos ya no juzguen
sino contemplen,
cuando ya sólo agradezcas.
Ésa es la edad de Roma,
la edad de pasear
JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ
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«Deja que todo te suceda: la belleza y el terror.
Solo sigue adelante.
Ningún sentimiento es definitivo».
Rainer Maria Rilke
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Profesor, el crepúsculo. Ahora tendrá su bebida y mi mamadita.
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En el psiquiátrico.
-Christian, ven a hacer gimnasia
-No diga tonterías, no me tutee y tráigame un daiquiri
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En el psiquiátrico.
-Christian, por Dios, hazte la cama
-No sé hacer las camas
-Parece mentira que en 30 años no hayas aprendido a hacer una cama
-Y parece mentira que usted en 30 años solo haya aprendido a hacer una cama
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Plutarco recomienda cierta dosis de generosidad y benevolencia cuando se va a escuchar porque «oponerse al discurso pronunciado no es difícil, sino muy fácil, pero oponerle otro mejor es sumamente costoso». Recuerda asimismo que lo importante no es la persona ni la brillantez de la elocución sino el provecho obtenido de la sesión. ¿Ha sido transformadora? ¿Ha tenido efecto? Pone un ejemplo inolvidable: salir de una disertación se parece a salir de una peluquería porque, así como nos miramos al espejo y nos tocamos el pelo y la cabeza revisando lo que allí ha pasado, después de una disertación es preciso examinar «cuidadosamente si el alma se ha vuelto más ligera y agradable tras despojarse de algo de lo inoportuno y sobrante. Porque, como dice Aristón, “ni el baño ni el discurso son de utilidad si no limpian”».
