Diario del zalaspastrán 9

Algunos escritores, cortitos y populistas, proclaman urbi et orbi que un artista es como un tipo cualquiera. Son los típicos que recorren un largo camino con muy poco carburante. Piezas de capó o compresores de aire acondicionado para el desguace.

Autores con libros destinados al carrito del supermercado.

Claro que se puede usar la forma periodística de nuestro tiempo para escribir, SI expresas tu personalidad, SI la prosa nutre como el batido de papaya. Y, ¿cómo es la personalidad del artista? La de aquel hombre que habla a otros hombres satisfecho de sus propias voliciones y de su propia mente, y que goza más que otros hombres con el espíritu que anida dentro de él. La del hombre que logra que quepa el universo en una infusión de tila o té: “la vieja casa gris que daba a la calle, donde estaba su cuarto, vino al instante como un decorado de teatro a ajustarse al hotelito (…), también entonces todas las flores de nuestro jardín, las del parque del Sr. Swann, los nenúfares del Vivonne, la buena gente del pueblo, sus casitas, la iglesia, todo Combray y sus alrededores -todo aquello, que iba cobrando forma y solidez- salió -ciudad y jardines- de mi taza de té” (evidentemente, Proust, p. 54).Lo contrario al escuadrón de guionistas que aplanan el lenguaje para que “sirva” en una serie de televisión, o al que embala su obra como una pieza vendible -en su lugar darían lo mismo tornillos o alfileres- en miles de cantidades iguales.

Escritores de cuatro perras producen chapucerías incluso cuando intentan algo serio.

No trato con condescendencia al lector. No diluyo la Cultura en brebajes o hierbajos de curandero silvestre y borrachín de las montañas: “Oh, conocimiento mal guardado / peor que Júpiter en una casa con techo de paja”, Shakespeare.

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