
Leer sin comprender ni jota es una pésima experiencia filosófica o literaria. A veces un texto te supera, o bien por tus limitaciones técnicas o bien por tus limitaciones culturales, pero también pasa que se deba a la complacencia con que el autor oscurece y enmaraña su expresión (Heidegger, Lacan, Hegel, Marcuse, Góngora, Lezama, Mallarmé, Gamoneda, etc…)
Ser intencionadamente impenetrable, llenar de jerga las palabras, «esdrujulear», llevarse de vacaciones al lenguaje por una galaxia de piedras de Abraxas (gemas y amuletos gnósticos que se muestran con la cabeza de un gallo, el cuerpo de un hombre, y con serpientes en lugar de piernas, a menudo sosteniendo un látigo o un escudo) puede pasmar a jóvenes con ínfulas o inevitable papanatería, pero en el fondo es un gesto de barbarie. Evitémoslo.
Como decía Bocángel: «que nadie confunda lo culto con lo escuro, que lo escuro no es culto sino inculto». Ser claro es una «fuerza cohesiva» de la cultura y constituye la «clave de bóveda» de toda gran civilización. Los griegos y romanos se entendían, eran ordenados. Para Borges ser clásico era ser ordenado. Donald Davidson: «Terminological infelicities have a way of breeding conceptual confusion».
Como una ola jónica de un mar encalmado la claridad. Como agua en el pétalo de la primavera.
