Me avergonzaban los lloros y aullidos que salían de mi habitación los veranos de mi adolescencia: raudal de lágrimas: ni un alma que echarse entre las piernas. El silencio entraba como un aro de espinas, mi dentadura mordía mariposas disecadas -vaga disposición sentimental al suicidio-; unos justificados modelos de brusca soledad. Recuerdo esa vida tras muchos años pasados. ¿Ahora? Lo mismo, pero corregido y aumentado.
No me verán fogueándome en el padelsurf, el kayak o el surf. Ni relajándome una seráfica mañana en un spa o apuntándome a una clase de yoga o de fitnes al aire libre. Ni alechugado bajo el sol espeluznante. "Vita Cartesii simplicissima est”, recordaba Valéry en "Monsieur Teste". La mía es abrumadoramente más simple. Un libro entre las manos, paseos con la perra, oír pájaros, salmorejo, crema fría de espárragos blancos y mermelada de moras. Feliz verano. Libertad, lógica y literatura.
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