
Mi momento del verano fue cuando, una noche, cálida y con mamá alejando a mis enemigos, y leyendo a Tucídides, advertí la inmensa dicha -casi una epifanía- de la dulzura intemporal de mi existencia como propietario rural ilustrado.
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Recuerdo cuando iba con mi abuela al bancal a recoger melones. Los cortábamos y los comíamos allí mismo. Los tengo idealizados. Pero más que el melón, lo que tengo sublimado es el momento, la experiencia unida a su consumo. Y lo mismo sucede con los tomates.
Echo de menos las comidas con mamá de tomate de Montserrat con ajitos y aceite de oliva, y, de segundo, lenguado de la costa de A Coruña, casi para conquistar los paladares de la monarquía y la aristocracia, pero es que mamá era una baronesa salpimentada de plata. El Amor no es suficiente afirmarlo de palabra, sino hacer que se vea y uno se dé cuenta. Gracias, querida. Vivir contigo fue memorable y celestial.
