
Si no detesto la vida, al menos no la adoro ni me interesa (a veces) Lo único que espero es morir de la forma lo menos dolorosa posible, y que nadie sufra por mí. Morir de una forma pacífica. Una infección o un infarto, por ejemplo.
Lo que más amo es pasear y pasar desapercibido. Ver los barcos cómo van y vienen. El viento y el sol en la cara. Leer periódicos locales, «La región» digamos, comerme un tomate grande con aceite, ajitos y sal.
Temo los rigores de la pobreza y me cansa la gente. Y creo una «carallada» la gloria, perdurar más allá de mí (idea tan vacua como irrisoria) En el fondo descreo del más allá literario. Y ni leer me gusta ya (bueno, a veces) Y si no tuviera tanto tiempo libre no escribiría ni una página -no estoy seguro-, y todo fenomenal.
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Tácito sobre Petronio -ideal de vida sabio-:
«Se pasaba el día durmiendo y la noche en sus ocupaciones y en los placeres de la vida; al igual que a otros su actividad, a él lo había llevado a la fama su indolencia, pero no se lo tenía por un juerguista ni por un disipador, como a tantos que consumen sus patrimonios, sino por hombre de un lujo refinado. Sus dichos y hechos, cuanto más despreocupados y haciendo gala de no darse importancia, con tanto mayor agrado eran acogidos, por tomárselos como muestra de sencillez. Sin embargo, como procónsul de Bitinia y luego como cónsul se reveló hombre de carácter y a la altura de sus obligaciones. Después volvió de nuevo a los vicios, o a la imitación de los vicios, y fue acogido como árbitro de la elegancia en el restringido círculo de los íntimos de Nerón, quien, en su hartura, no reputaba agradable ni fino más que lo que Petronio le había aconsejado».
La escena de su suicidio (nuevamente relatada por Tácito):
«Pero no se quitó la vida precipitadamente, sino que tras cortarse las venas, se las ligó y se las volvió a abrir de nuevo según le vino en gana, mientras hablaba a sus amigos, no en términos serios o que le procuraran fama de valeroso; y escuchaba lo que le decían, que no era nada acerca de la inmortalidad del alma y de las opiniones de los filósofos, sino canciones ligeras y versos ocasionales. A sus siervos, a unos les hizo larguezas y a otros le dio de azotes. Se puso a la mesa y se entregó al sueño para que su muerte, aunque forzada, se pareciera a la natural».
Nada de gestos melodramáticos, nada de sentencias profundas, sólo canciones ligeras y versos de circunstancias.
Petronio; cualquier cosa menos un estúpido. Lo que más odio es la estupidez, incluyendo la mía. O la espontaneidad. Ambas cosas refutan el calificativo soberbio de Petronio: «arbiter elegantiorum».
